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jueves, 26 de agosto de 2021

Al tren. Clarín.

AL TREN

(Lo texto del llibre de Clarín no sirá igual que este)

Leopoldo Enrique García-Alas y Ureña (Clarín).

Lo duc del Pergamino, marqués de Numancia, comte de Peñasarriba, consellé de ferrocarrils de vía ampla y de vía estreta, ex ministre de estat y de Ultramar...


Lo duc del Pergamino, marqués de Numancia, comte de Peñasarriba, consellé de ferrocarrils de vía ampla y de vía estreta, ex ministre de estat y de Ultramar... está que bufe y agarre lo sel... ras del coche de primera en les mans; y al seu juissi té raó que li sobre. Figúronse vostés que ell ve desde Madrid sol, tombat tot lo llarg que es a un reservat, en lo que ha tingut que contentás, perque no va ñabé a la seua dispossisió, per torpesa dels empleats, ni coche-llit, ni cosa pareguda. Y ara, cuan milló dormíe, a mija nit, a la mitat de Castilla, li obrin la porta del seu departamén y li demanen mil perdons... perque té que admití la compañía de dos viachés nada menos: una siñora enlutada, cuberta en un vel espés, y un tinén de artillería.

¡De cap manera! No ña cortessía que valgue; lo noble español es mol inglés cuan viache y no se entreté en miramens medievals: defén lo home lo seu resservat poc menos que al sport que ha adeprés a Eton, a Inglaterra, lo noble duc castellá, estudián inglés.

¡Un consellé, un senadó, un duc, un ex-ministre, consentí que entron dos desconeguts al seu coche, después de habé consentit en pressindí de una berlina-llit, al que té dret! ¡impossible! ¡Allí no entre ni una mosca!

La dama de dol, avergoñida, confusa, procure desapareixe, buscá refugi a consevol furgó aon pugue ñabé gossos mes fins... pero lo tinén de artillería li tanque lo pas ocupán la eixida, y en molta tranquilidat y finura defén lo seu dret, lo dels dos.

- Caballé, no nego lo dret de vosté a reclamá contra los descuidos de la Compañía... pero yo, y per lo vist esta siñora tamé, ting billet de primera; tots los demés coches de esta classe venen plens; an esta estassió no ña manera de aumentá lo servissi... aquí ñan assientos de sobres, y aquí mos embutirem. Lo jefe de la estassió apoye en timidés la pretensió del tinén; lo duc se creix, lo jefe sedix... y lo artillé cride a un cabo de la Guardia Sivil, que, enterat del cas, aplique la ley marsial al reglamén de ferrocarrils, y decrete que la viuda (ell la creu viuda) y lo seu tinén se quedon al resservat del duc, sense perjuissi de que este se queixo dabán de qui correspongue.

Pergamino proteste; pero acabe per calmás y hasta li oferix un magnífic puro al militar, del que acabe de sabé, acsidentalmen, que va al expresso a incorporás al seu regimén, que se embarque cap a Cuba.

- ¿Aixina que va vosté a Ultramar a defendre la integridat de la patria? - Sí siñó, al radé sortech (o sorteo) me ha tocat la china.- ¡Y vaya chinada!-

Dixo a ma mare y a la meua dona dolentes y dixo dos chiquets de menos de sing añets. - be, sí; es lamentable... ¡Pero la patria, lo país, la bandera!

- Ya u crec, siñó duc. Aixó es lo primé. Per naixó hi vach. Pero séntigo separám de lo segón. Y vosté, siñó duc, ¿aón sen va?

- Phs... per lo pronte a Biarritz, después al Nort de Fransa... pero tot aixó está mol vist; passaré lo Canal y repartiré los mesos de agost y de setembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y Osborn...
La dama del dol y del vel, ocupe silensiosa un racó del resservat. Lo duc no sen fixe en ella. Después de repassá un periódic, seguix la conversa en lo artillé, que es de poques paraules.

- Alló está mol mal. Cuan yo, per novatada de ministre, vach admití la cartera de Ultramar, pera adependre, me vach convense de que tenim que cauterisá la administrassió ultramarina, si se vol salvá.

- Y vosté ¿no va pugué aplicál?

- No vach tindre tems. Vach passá al estat, per los meus merits y servissis. Y ademés... ¡ñan tans compromisos! Oh, pero la insensata rebelió no durará; los nostres héroes defenen alló com a leons; miro vosté que es magnífica la mort del general Zutano... víctima de la seua valentía a la acsió de Tal... Zutano y un atre valén, un capitá... Lo capitá... no sé cuáns, van perí o morí allí pel mateix valor y lo mateix patriotisme que los mes renombrats martirs de la guerra. Zutano y lo atre, lo capitá aquell, se mereixen estatues; lletres de or a una lápida del Congrés... Pero de totes maneres, alló está mol futut... No tenim una administrassió... Conque ¿vosté se quede aquí pera pendre lo tren que lo porto a Santander? pos venga, bona sort, mols llorés y poques bales... Y si vol vosté algo per aquí... ya sap vosté, lo meu tinén, durán lo estiu, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn...

Lo duc y la dama del dol y lo vel se queden sols al resservat. Lo ex-ministre procure, en discressió relativa, conversá.

La dama conteste en monossílabos, y a vegades en señes.

Lo de Pergamino, despechat, se aburrix. A una estassió, la enlutada mire en impassiensia per la finestreta.

- ¡Aquí, aquí! - cride de repén -; Fernando, Adela, aquí...

Una parella, tamé de dol, entre al resservat: la enlutada del coche los abrasse, plore damún del pit de l´atra dona, sofocán los gañols. Lo tren seguix lo seu viache. Despedida, abrassos un atra vegada, ploreres...

Se van torná a quedá sols la dama y lo duch.
Pergamino, mort de impassiensia, se aventure al terreno de les possibles indiscressions. Vol sabé a tota costa lo origen de aquelles penes, la causa de aquell dol... Y obté freda, seca, irónica, entre llágrimes, esta breve resposta:

- Soc la viuda del atre... del capitá Fernández.

// 

EN EL TREN.


El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar… está que bufa y coge el cielo… raso del coche de primera con las manos; y a su juicio tiene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo a su disposición, por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida. Y ahora, a lo mejor del sueño, a media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su departamento y le piden mil perdones… porque tiene que admitir la compañía de dos viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un teniente de artillería.

¡De ninguna manera! No hay cortesía que valga; el noble español es muy inglés cuando viaja y no se anda con miramientos medioevales: defiende el home de su reservado poco menos que con el sport que ha aprendido en Eton, en Inglaterra, el noble duque castellano, estudiante inglés.

¡Un consejero, un senador, un duque, un ex-ministro, consentir que entren dos desconocidos en su coche, después de haber consentido en prescindir de una berlina-cama, a que tiene derecho! ¡Imposible! ¡Allí no entra una mosca!

La dama de luto, avergonzada, confusa, procura desaparecer, buscar refugio en cualquier furgón donde pueda haber perros más finos… pero el teniente de artillería le cierra el paso ocupando la salida, y con mucha tranquilidad y finura defiende su derecho, el de ambos.

-Caballero, no niego el derecho de usted a reclamar contra los descuidos de la Compañía… pero yo, y por lo visto esta señora también, tengo billete de primera; todos los demás coches de esta clase vienen llenos; en esta estación no hay modo de aumentar el servicio… aquí hay asientos de sobra, y aquí nos metemos.

El jefe de la estación apoya con timidez la pretensión del teniente; el duque se crece, el jefe cede… y el artillero llama a un cabo de la Guardia civil, que, enterado del caso, aplica la ley marcial al reglamento de ferrocarriles, y decreta que la viuda (él la hace viuda) y su teniente se queden en el reservado del duque, sin perjuicio de que éste se llame a engaño ante quien corresponda.

Pergamino protesta; pero acaba por calmarse y hasta por ofrecer un magnífico puro al militar, del cual acaba de saber, accidentalmente, que va en el expreso a incorporarse a su regimiento, que se embarca para Cuba.

-¿Con que va usted a Ultramar a defender la integridad de la patria?

-Sí señor, en el último sorteo me ha tocado el chinazo.

-¿Cómo chinazo?

-Dejo a mi madre y a mi mujer enfermas y dejo dos niños de menos de cinco años.

-Bien, sí; es lamentable… ¡Pero la patria, el país, la bandera!

-Ya lo creo, señor duque. Eso es lo primero. Por eso voy. Pero siento separarme de lo segundo. Y usted, señor duque, ¿a dónde bueno?

-Phs… por de pronto a Biarritz, después al Norte de Francia… pero todo eso está muy visto; pasaré el Canal y repartiré el mes de Agosto y de Septiembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y Osborn…

La dama del luto y del velo, ocupa silenciosa un rincón del reservado. El duque no repara en ella. Después de repasar un periódico, reanuda la conversación con el artillero, que es de pocas palabras.

-Aquello está muy malo. Cuando yo, allá en mi novatada de ministro, admití la cartera de Ultramar, por vía de aprendizaje, me convencí de que tenemos que aplicar el cauterio a la administración ultramarina, si ha de salvarse aquello.

-Y usted ¿no pudo aplicarlo?

-No tuve tiempo. Pasé a Estado, por mis méritos y servicios. Y además… ¡hay tantos compromisos! Oh, pero la insensata rebelión no prevalecerá; nuestros héroes defienden aquello como leones; mire usted que es magnífica la muerte del general Zutano… víctima de su arrojo en la acción de Tal… Zutano y otro valiente, un capitán… el capitán… no sé cuántos, perecieron allí con el mismo valor y el mismo patriotismo que los más renombrados mártires de la guerra. Zutano y el otro, el capitán aquél, merecen estatuas; letras de oro en una lápida del Congreso… Pero de todas maneras, aquello está muy malo… No tenemos una administración… Conque ¿usted se queda aquí para tomar el tren que le lleve a Santander? Pues ea; buena suerte, muchos laureles y pocos balazos… Y si quiere usted algo por acá… ya sabe usted, mi teniente, durante el verano, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn…

El duque y la dama del luto y el velo quedan solos en el reservado. El ex-ministro procura, con discreción relativa, entablar conversación.

La dama contesta con monosílabos, y a veces con señas.

El de Pergamino, despechado, se aburre. En una estación, la enlutada mira con impaciencia por la ventanilla.

-¡Aquí, aquí! -grita de pronto-; Fernando, Adela, aquí…

Una pareja, también de luto, entra en el reservado: la enlutada del coche los abraza, sobre el pecho de la otra mujer llora, sofocando los sollozos.

El tren sigue su viaje. Despedida, abrazos otra vez, llanto…

Quedaron de nuevo solos la dama y el duque.

Pergamino, muerto de impaciencia, se aventura en el terreno de las posibles indiscreciones. Quiere saber a toda costa el origen de aquellas penas, la causa de aquel luto… Y obtiene fría, seca, irónica, entre lágrimas, esta breve respuesta:

-Soy la viuda del otro… del capitán Fernández.

FIN.

jueves, 25 de julio de 2024

1. 5. De cóm Pedro Saputo va determiná adependre algún ofissi.

Capítul V.

De cóm Pedro Saputo va determiná adependre algún ofissi.


Llichí y mes lligí als llibres que li dixáe lo retó y un ric del poble va sé lo que va fé en mol tems. Entre tots los que mes li agradáen eren los de historia y les fábules de Esopo en la vida de este gran fabulista: y un atre llibre al que li dieben Lo Cortesano. Pero no olvidáe lo ejercicio de les roques ni lo aná als campos en lo primé llauradó que entopetabe o topetabe, ni les probes de agilidat.

Un día li va di sa mare: 

- Fill, ya tens dotse añs; ya es tems de que adeprengues algún ofissi. Y ell va contestá que pera qué eren los ofissis. Són, fill, li va contestá sa mare, pera no está bambán y guañás la vida. 

- ¿Només que per an aixó?, va di ell; pos yo tos dono paraula de no está may bambán, com veéu que tampoc no u estic ara, pos ya vech que es roín, encara que sol sigue perque lo que no fa res, ya en aixó fa mol mal no ocupán lo entretenimén y les mans, y en cuan a guañás la vida tingue firme esperansa que no me faltará, si Deu vol, ni a vosté en mí. Que no vull yo que vaigue a rentá en fret y en caló perque es siñal de molta pobresa, y no ha de passá tans mals ratos. Pero si tos entristix que no adeprenga un ofissi, digueume quin hay de adependre. Y sa mare li va contestá que lo que vullguere. 

- Pos yo, va di ell, no ne vull adependre cap. Perque hau de sabé que segons yo hay advertit, los homens són mol ignorans y no fan mes que disparates, obrán en tot en molta torpesa y sense cap discurs; y encara mes, generalmen fan mal als atres en malissia, y potsé an ell mateix per rechás. Yo no sé si a datres puestos són diferens, perque ya sabeu que no hay eixit de Almudévar mes que pera aná a vore als nostres parens, y dos vegades a Huesca aon a ningú vach coneixe ni vach tratá mes persones que les recaderes del mercat, que per sert gasten mol desenfado y poca vergoña. Pero si tots són lo mateix, no nessessito cap ofissi pera guañám la vida y félay a vosté descansada.

- Fill meu, va di entonses sa mare: mol saps y vech que parles com los flares que prediquen o com los homens que van en nous trajes per lo món y vénen de lluñanes terres. Fes lo que vullgues y Deu te ilumino: sol no vullguera que fores roín.

- Hasta ara, mare, va contestá ell, no u hay sigut ni hay probat de séu; y lo que hasta los dotse añs no es roín, ya sempre sirá bo. 

- Segons, li va replicá sa mare: algúns s' hi tornen después. 

- No pot sé, va di ell: perque yo sé que lo que es roín de home fet ya u ere de chiquet, pero no sabíe ni podíe empleá la maldat, pero lo que es mala inclinassió ya la teníe al alma.

- Ara vech, va contestá sa mare, que vas tenín raó. 

¿Quí t’ha amostrat estes coses?

- Aquí dins, va contestá ell, me les amostren totes; y los llibres que llechisgo o llixgo, y les dones cuan riñen unes en atres. 

- ¿Cóm poden enseñát o amostrát res les dones y mes reñín?, 

va preguntá sa mare mol admirada.

- Pos me enseñen mol, va contestá ell; tot lo que entonses diuen es locura y sabiduría, y lo mateix me enseñe la un que l’atre. Y u adepreng de elles y dels atres chics a les seues enganchades, y dels llibres, u aplego aquí dins y u guardo, y alló engendre atres coses, y estes engendren después atres; y les junto y les regiro y amasso totes, o les separo y compong segons me demanen les ocasions.

Entonses sa mare, esbarrada de sentíl parlá en tanta sabiduría, li va di: 

- No sé, fill meu, cóm sen yo tan tonta vach parí un fill tan espabilat.

- ¡Tonta, diéu!, va contestá ell; pos yo no hay advertit que u siguéu, perque les dones que yo ting per tontes al poble són vanes, cantoneres, gorrines, desastrades, rezongueres, noveleres, picudes, chismoses y bachilleres

8M Valderrobres , si natros o natres mos aturem

- Fill, fill, li va di entonses sa mare; eixa es massa malissia pera la teua edat; dixa a les pobres dones, que tan despressio porten a costes per sé dones y per ende lo espart del món.

- Ara sí que vech que sou una mica tonta, va di ell: perque hau dit una tontada mol gran. ¿Cóm diéu que les dones són lo espart del món? ¿Quin espart sou vosté a la vostra casa? Vosté sou la siñora y yo lo vostre fill, vosté me voléu y yo la vull; vosté me servís ara y yo la serviré después; vosté me cuidéu y yo creixco y me fach home pera donali honra y amparala y mantíndrela. No tos digáu espart, perque me hau afrentat y casi no puc mirala a la cara.

Un atre día a la hora de minjá va arribá sa mare en gran sofoco dién entre llágrimes:

- Los rics sempre rics y los pobres sempre ham de callá. Mira, fill, que ving acalorada. Lo hidalgo de la cantonada de la plassa me ha topetat al carré, y plantanse a cuatre passes me ha dit: "Be críe lo fill, la pubilla; ya casi es home y sol sap parlá y fé lo Marc Esopo. 

La paga que ell tos donará per lo ofissi que li habéu amostrat. ¿Pensáu fél rentadora o cuinera com vosté? Milló li cuadraríe lo ofissi de comare o de casamenté.» Yo, al sentí paraules tan ofenedores, me hay mort de vergoña, la llum del sel no la veía; y casi me aufego de la pena que me unfle lo pit. ¿Qué me dius, fill meu, per al meu consol?

- Per ara, mare meua, sol tos dic que mingéu en gust, y demá tos diré lo que faré en este enfado que tos han donat perque no convé obrá ni adoptá consell cuan la caló de la passió está al mes alt pun, com u está ara als dos, vosté plore pero yo encara que estic ofés parlo en esta templansa. Ya que eixe hidalgo creu que pot oféndrela perque no me donéu ofissi, dixem la seua insolensia y agarrem la raó. Demá, si voléu, adependré de teixidó, después demá, de sastre, lo dilluns, de pelaire, lo dimats, de fusté, lo dimecres... 

casa el sastre, turismo rural, Beceite

- Fill meu, lo va tallá sa mare olvidán les llágrimes y la afrenta:

¿quín disparate estás dién? ¿No saps que cada un de eixos ofissis coste mols añs de adependre, y tú, vols adependren un cada día? 

- Torno a di, y sertifico, va contestá ell, que cada día hay de adependre un ofissi, y mes si es menesté o convé. Hasta mich día lo estudiaré, per la tarde entrenaré les mans, y a la nit cuan vinga a casa li portaré ya alguna mostra de la meua obra. Perque yo hay mirat a ixos homens als seus tallés y sé lo que me dic. Mínjo y alégros, que lo fill que hau parit no va naixe pera burret o ruquet, com Carlos Rallo Badet; ni tampoc pera sé humillat per cap fill d' algo ni pera patí que sa mare u sigue per ningú.
Yo faré que dins de pocs díes sigáu beneída per tots, y envechada potsé de eixe mateix hidalgo que tos ha insultat. Perdonemlo empero per la bona intensió en que u haurá fet, encara que en poc miramén y sobrada fanfarronería y mals modos. aixó es soberbia de naiximén y confiansa en les riqueses.

Aquella tarde anáe Pedro a casa de sa padrina, com solíe, y al passá per la plassa va vore al hidalgo en lo mossen: se va arrimá an ells y sense saludá se va encará en aquell y en gran aplom li va di: 

sa padrina, Ángeles Gil Guimerá

- Siñó fill d'algo de la cantonada (cridanlo aixina per despressio): avui hau fet plorá a ma mare, y les seues llágrimes me han abrasat les entrañes y les guardo aquí (siñalán lo cor), perque soc lo seu fill y sé quí té o no té dret a oféndrela. No u olvidéu, que tampoc yo u olvidaré. Adiós. Y dién aixó sen va aná en tota serenidat y mirada severa.
Lo mossen lo va cridá moltes vegades y hasta va volé seguil; pero lo va tindre que dixá perque ni la cara va girá pera mirál y va colá com un rellámpec. Va sentí mol lo mossen aquell cas, y u va sentí tamé lo hidalgo, pero de manera diferén, perque lo mossen u sentíe per amor al chiquet, y l’atre de ira y de rencor de les seues paraules y atrevimén.


Original en castellá:

Capítulo V.

De cómo Pedro Saputo determinó aprender algún oficio.

Leer y más leer en los libros que le dejaba el cura y un rico del pueblo fue lo que hizo en mucho tiempo. Entre todos los que más le gustaban eran los de historia y las fábulas de Esopo con la vida de este gran fabulista: y otro libro que llamaban El Cortesano. Pero no olvidaba el ejercicio de las peñas ni el ir a los campos con el primer labrador que encontraba, ni las pruebas de agilidad y ligereza.

Un día le dijo su madre: - Hijo, ya tienes doce años; ya es tiempo de que aprendas algún oficio. Y él respondió que para qué eran los oficios. Son, hijo, le respondió su madre, para no estar ocioso y ganar la vida. - ¿No más que para eso?, dijo él; pues yo os doy palabra de no estar nunca ocioso, como veis que tampoco no lo estoy ahora, pues ya se me alcanza que es malo, aunque sólo sea porque el que no hace nada, ya con eso hace mucho mal no ocupando el entretenimiento y las manos, y en cuanto a ganar la vida tened firme esperanza que no me faltará, Dios mediante, ni a vos conmigo. Que no quiero yo que vayáis a lavar con frío y con calor porque es señal de mucha pobreza, y no os habéis de dar tan mal tiempo ni vida tan lacerada. Pero si os afligís porque no aprendo un oficio, decidme cuál he de aprender. Y su madre le respondió que el que quisiera. - Pues yo, dijo él, no quiero aprender ninguno. Porque habéis de saber que según yo he advertido, los hombres son muy ignorantes y no hacen sino disparates, y rudezas obrando en todo con mucha torpeza y sin ningún discurso; y el que es un poco más avisado, generalmente hace daño a los otros con malicia, y tal vez a sí mismo por reverbero. Yo no sé si en otras partes son diferentes, porque ya sabéis que no he salido de Almudévar sino que para ir a ver a nuestros parientes, y dos veces a Huesca en donde a nadie conocí ni traté más personas que las recaderas del mercado, que por cierto gastan largo de su desenfado y poca vergüenza. Pero si todos son lo mismo, no necesito ningún oficio para ganar la vida y dárosla a vos descansada. - Hijo mío, dijo entonces su madre: mucho sabes y veo que hablas como los flaires que predican o como los hombres que andan con nuevos trajes por el mundo y vienen de luengas tierras. Haz lo que quieras y Dios te ilumine: sólo que no querría que fueses malo. - Hasta ahora, madre, respondió él, no lo he sido ni entendido serlo; y el que hasta los doce años no es malo, ya siempre será bueno. - Según, le replicó su madre: algunos se tornarán después. - No puede ser, dijo él: porque yo conozco que el que es malo de hombre hecho lo hubo de ser de niño, sino que no sabía ni podía ejecutar la maldad, pero lo que es mala inclinación ya la tenía en el alma.

- Agora veo, contestó su madre, que vas teniendo razón. ¿Quién te ha enseñado esas cosas? - Aquí dentro, respondió él, me las enseñan todas; y los libros que leo y las mujeres cuando riñen unas con otras. - ¿Cómo pueden enseñarte nada las mujeres y más riñendo?, preguntó su madre muy admirada. - Pues me enseñan mucho, respondió él; todo lo que entonces dicen es locura y sabiduría, y lo mismo me enseña lo uno que lo otro. Y lo aprendo de ellas y de los otros chicos en sus contiendas, y de los libros, lo recojo aquí dentro y lo guardo, y aquello engendra otras cosas, y éstas engendran luego otras; y las junto y las revuelvo y amaso todas, o las separo y compongo según me cumple y piden las ocasiones.

Entonces su madre, espantada de oírle hablar con tanta sabiduría, le dijo: - No sé, hijo mío, cómo siendo tan tonta he parido un hijo tan agudo. - ¡Tonta, decís!, contestó él; pues yo no he advertido que lo seáis, porque las mujeres que yo tengo notadas por tontas en el lugar son vanas, cantoneras, puercas, desastradas, rezongueras, noveleras, picudas, chismosas y murmuradoras. - Hijo, hijo, le dijo entonces su madre; ésa es demasiada malicia para tu edad; deja a las pobres mujeres, que harto desprecio llevan a cuestas con ser mujeres y por ende el estropajo del mundo. - Ahora sí que veo que sois un poco tonta, dijo él: porque habéis dicho una muy grandísima necedad. ¿Cómo llamáis a las mujeres el estropajo del mundo? ¿Qué estropajo sois vos en vuestra casa? Vos sois la señora e yo vuestro hijo, vos me queréis e yo os quiero; vos me servís agora e yo os serviré después; vos me cuidáis e yo crezco y me hago hombre para daros honra y ampararos y manteneros. No os llaméis estropajo, por vida mía, porque me habéis afrentado y casi no oso miraros a la cara.

Otro día a la hora de comer llegó su madre con gran bochorno y pasión diciendo entre lágrimas: - Los ricos siempre ricos y los pobres siempre hemos de callar. Mira, hijo, que vengo llena de calor y corrimiento. El hidalgo de la esquina de la plaza me ha topado en la calle, y plantándoseme a cuatro pasos me ha dicho: «Bien criades el hijo, la Pupila; ya casi es hombre y sólo sabe parlar y hacer el Marco Esopo. El pago que él os dará por el oficio que le habéis enseñado. ¿Pensáis hacelle lavandera o cocinera como vos? Andad, que mejor le cuadraría el oficio de comadrón o de casamentero.» Yo, al oír palabras tan injuriosas, me he cubierto de vergüenza, la luz del cielo no veía; y casi me ahogo de la pena que me hinche el pecho. ¿Qué me dices, hijo mío, para mi consuelo? - Por ahora, madre mía, sólo os digo que comáis con gusto, y otro día os diré lo que hace a este enojo que os han dado porque no conviene obrar ni adoptar consejo cuando el calor de la pasión está en su mayor punto, como lo está ahora en los dos, que vos lloráis e yo de puro levantado y ofendido hablo con esta templanza. Y ya que ese hidalgo cree que puede ultrajaros porque no me dais oficio, dejemos su insolencia y tomemos su razón. Mañana, si queréis, aprenderé de tejedor, después de mañana, de sastre, el lunes, de peraile, el martes, de carpintero, el miércoles... - Hijo mío, le atajó su madre olvidando las lágrimas y su afrenta: ¿qué disparate estás diciendo? ¿No sabes que cada uno de esos oficios cuesta muchos años, y tú, quieres aprender uno cada día? - Torno a decir y certificaros, contestó él, que cada día he de aprender un oficio, y más si es menester o conviniera. Hasta medio día lo estudiaré, por la tarde ejercitaré las manos, y a la noche cuando venga a casa os traeré ya alguna muestra de mi obra. Porque yo he mirado a esos hombres en sus talleres y sé lo que me digo. Comed y alegraros, que el hijo que habéis parido no nació para jumento; ni tampoco para ser escarnecido de ningún hidalgo ni para sufrir que su madre lo sea de nadie. Yo haré que dentro de pocos días seáis bendecida de todos, y envidiada quizá de ese mismo hidalgo que os ha insultado. Perdonémosle empero por la buena intención con que lo habrá hecho, aunque con poco miramiento y sobrada altivez y mal modo. Eso es soberbia del nacimiento y confianza en las riquezas.

Aquella tarde iba Pedro a casa de su madrina, como solía, y al pasar por la plaza vio al hidalgo con el cura: acercóse a ellos y sin saludar se encaró con aquél y con grande entereza dijo: - Señor hidalgo de la esquina (llamándole así por desprecio): hoy habéis hecho llorar a mi madre, y sus lágrimas me han abrasado las entrañas y las guardo aquí (señalando el corazón), porque soy su hijo y sé quién tiene o no tiene derecho a ultrajalla. No lo olvidéis, que tampoco yo lo olvidaré. Adiós. Y diciendo esto se fue con su serenidad y mirada severa. El cura le llamó muchas veces y aun quiso seguirle; mas lo hubo de dejar porque ni aun la cara volvió a mirarle y traspuso como un relámpago. Sintió mucho el cura aquel caso, y lo sintió también el hidalgo, pero diferentemente, porque el cura lo sentía de amor al niño, y el otro de ira y de mancilla de sus palabras y atrevimiento.

lunes, 29 de julio de 2024

4. 9. Seguix lo mateix registre. Morfina.

Capítul IX.

Seguix lo mateix registre. Morfina.

Morfina, Pedro Saputo


De Graus va passá a Benabarre, va doná una volta per la Llitera, va baixá a Monzón, Monsó, Monçó, de allí va pujá a Fontz o Fonz y Estadilla, va pensá en dirigí lo rumbo cap a casa seua, penanli no podé torná a Benabarre, perque va sé aon va vore mes cares majes, y pits mes uberts, (y caps mes grillats, com lo de Manuel Riu Fillat,) y olvidán en pena alguns amors que se va dixá allá desperdigats.

- Pero prou, va di; hay donat gust a mon pare y me l'hay pres yo tamé, y no poc.

Li faltáen micha dotsena de pobles, entre atres lo de Morfina; y donán los demés per vistos, se va atansá al de aquell nobilíssim primé amor que no sabíe cóm trobaríe ni cóm se habíe de presentá, ni en quina cara después de tans añs. Y dudán, y bateganli fort lo cor, y en no menos temó que dessich, va arribá al poble y se va encaminá a casa seua.

Habíe mort lo pare fée dos añs, com vam di, aquell don Severo tan bo y tan generós; y lo fill fée cuatre que estáe casat. 

Morfina, cumplits ya los vintissing añs, sense pare, sa mare pensán sol en misses y rosaris, y lo germá en poca autoridat a casa seua, se miráe an ella mateixa com la sombra de la casa; lo que jun en lo chasco tan cruel que li va doná lo home del seu amor y a qui li va fiá mes que lo seu cor (que chasco se pot di tan llarga suspensió de la seua esperansa), y sempre en una passió que no teníe sol ni día al añ, habíe perdut aquella alegría que tan brilláe a un atre tems al seu bellíssim rostro, y sense está esguellada se coneixíe que se habíe semat la lozanía dels seus pensamens, entregada a una ressignassió penosa, que de sé ella menos animosa o de temple menos fi, la haguere consumit del tot. ¡Ah!, dels vin als vintissing passe una época, una edat sansera, y la mes forta y de mes gran mudansa a les donselles. Pero a Morfina ademés se li ajuntáe la causa espessial de que habíe amat y amabe encara al únic home que va arribá al seu cor y éste ¡fée set añs que la teníe olvidada!, mentres ella ere insensible pera tots, resignada a morí an aquell estat antes que doná la seua má a datre.

Va arribá Pedro Saputo y sol ella lo va coneixe abans de parlá; pero tots se van alegrá, hasta la cuñada. Buscán una ocasió li va preguntá a Morfina qué ere de lo seu antic amor y cariño. 

Ella li va contestá que no sabíe en quí parláe.

- En lo teu amán, va di ell.

- No tos conec per tal, va contestá ella; pero sí tos diré que ne vach tindre un, y que si me se presentare se trobaríe com la primera vegada, y com la segona, y com la tersera que mos vam vore.

- Pos yo soc, va di ell; dónam la teua queixa, pero dispósat a sentí la meua contesta.

- No trobo cap satisfacsió, va di ella; y si tots los grans homens són com vosté, si tal prossedí es inseparable de la seua exelensia, ben infelises són les que los volen. Yo tos vach volé sense sabé quí ereu, perque vach vore lo que ereu; vach vore que la idea de perfecsió que yo me había format de un home cabal, de un home digne de mí omplíe vosté cumplidamen, y mes si mes puguere sé, encara que tan jove. Después vach sabé que ereu Pedro Saputo, y sol vach tindre que ajuntá a la persona la fama del nom; y al sentí del vostre naiximén vach doná grassies a la meua estrella perque me fassilitabe fé algo per vosté y per lo meu amor; pos encara que de la fortuna fores poc afavorit, teníes un alma mol sublime. Yo tenía que heredá de mon pare, lo just pera no tindre temó que per esta causa fore mes poca la nostra felissidat. Y desde aquell momén passe un añ, ne passen dos, y cuatre y sing y sis, y cap notissia ressibixco de vosté. ¿Tos escric y qué me contestéu? Va aná a vóretos mon pare, vau prometre vindre, y tos vau burlá de la vostra paraula. 

¿Debía yo creure, dec ara creure, que me hau vullgut?

Se case mon germá, mor mon pare, quedo del vostre amor abandonada y sola; passen los añs, ni veniu, ni teniu la cortessía de escríurem una carta, o de enviám un simple recado. Sé per la fama que estéu per la vostra terra; y al mateix silensio sempre. 

¿Debía creure, ting que creure ara, que me volíeu o que me haigáu volgut may? Lo meu amor es sempre lo mateix, u confesso, perque es la meua mateixa vida, soc yo mateixa; ¿qué me diréu vosté del vostre? ¿Qué me diréu pera que a mí no me sigue fassilidat, imprudensia y error voluntari créuretos y fiám de les vostres paraules? Y encara abans de sentí la vostra resposta, vull sertificatos que no me ha penat ni me penará habetos vullgut, encara que ara mateix sense contestá a la meua queixa me aviéu una mirada de despressio, y me giréu la esquena y desapareguéu, y sápiga después que tos hau casat en un atra. Es mes fort que tot aixó lo amor que tos hay tingut, y la alta aprobassió que lo meu cor li ha donat sempre. Y encara aixina, sacrifissi per vosté no ne hay fet cap; may faré aná esta paraula, tos vach doná lo cor, allí estáe tot.

Va sentí Pedro Saputo la seua justa y sentida queixa sense interrumpila o interrómprela, y miranla afablemen, li va contestá:

- La sort y no la meua voluntat te ha privat de la satisfacsió que lo teu amor nessessitáe y lo meu ploráe per no podét doná. 

No admitixgo, pos, no admitixco contra mí la teua queixa, perque no ha estat a la meua má lo naixe de pare conegut, la seua desgrassia ha sigut la causa general y particulá de la forsa de moltes sircunstansies, ben tristes, per sert, después de conéixet, de diverses époques de la meua vida. Pensarás tú, enhorabona, en tota la noblesa que dius y vach vore per los meus ulls; pero yo debía tindre datres miramens en tú y en lo nostre amor, que no habíe de sé de un sol día, ni gosás a la soledat y fora del trate humano. Talento tens, y no nessessites que te explica estes reflexions. 

Per un atra part, a la teua edat y al meu dessich ya no cabíe entretindre la esperansa en plassos indefinits, pijós mil vegades que lo absolut silensio que hay guardat, perque éste podrá matá un amor vulgar, pero no traure lo temple ni embotá un amor verdadé a cors com los nostres. Una mirada de la fortuna que ningú sap encara, me va fassilitá lo podét proposá condissions que mos permitíen pressindí de lo que tú me oferíes en los bens de ton pare. Y cuan me disposaba a vindre a vóret, va ocurrí un cas que ha arretrasat esta visita hasta ara, com te diré cuan me haigues declarat la teua ressolusió. Estam al día; avui es, dolsa y encantadora Morfina. 

Mira lo sel; y si encara eres la mateixa pera mí, dónali les grassies al teu cor, y vine pera sempre als brassos del teu volgut, als brassos del teu home...

Va di estes raderes paraules en tan afecte, que no va pugué Morfina aguantás; y abalotada, tendra y resolta lo va abrassá ben preto exclamán: 

- ¡Amor meu! ¡Home meu!

- Pos ara, li va di ell, sabrás pera la teua satisfacsió y la de la teua familia, que ya no soc Pedro Saputo, fill de aquella pupila de Almudévar, sino que soc fill de ella y del caballé don Alfonso López de Lúsera, en qui se va casá ma mare fa cuatre mesos, habenme ell conegut per casualidat y trobanse viudo de la seua primera dona.

- ¡Fill eres, va di Morfina espantada, de don Alfonso López de Lúsera! Lo conec de nom y de vista, perque añs atrás va passá per aquí dos o tres vegades y se tratáe de amic en mon pare. Sí que eres son fill, sí; men enrecordo, te li assemelles. Be díe la fama que eres fill de un gran caballé. ¡Don Alfonso, ton pare! Tamé, pos, haurás ya conegut a la seua nora, ara ta cuñada, aquella Juanita que diuen que es tan discreta, y la mes selebrada de tota esta terra.

- Sí, va contestá ell, y la vach coneixe ya de estudián, en la seua amiga Paulina...

- Són inseparables, va di Morfina; y tamé diuen de ixa Paulina que es mol grassiosa.

- Ara vindrás tú, va di Pedro Saputo, a aumentá lo número de les persones que unix aquella amistat y la sang, mes discreta que Juanita, mes amable que Paulina, mes hermosa y digna que les dos, y la verdadera gloria meua y de la meua familia. Mira sinó lo consepte que li mereixes a mon pare. Y li va enseñá la llista de les donselles en la nota que teníen totes. La va mirá Morfina; estáe ella la cuarta habenles ficat son pare per orden de distansia dels pobles; y sen va enriure de lo que afegíe al final sobre no voldre sentí parlá de amors ni casás.

- ¿Cóm, va di, haguere pogut lo bon don Alfonso imaginá, que si yo no volía sentí de amors, ere perque amaba a son fill? Pareix, pos, que ya les has vist a totes, si aixó signifique la creu que porten los seus noms.

- Ixa creu, va contestá ell, la vach fé a totes lo primé día, donanles per vistes; pero pera feli cas a mon pare y passá uns díes de curiosidat que me recordáen una mica la vida de estudián, hay estat an alguns pobles, y sert que men hay enrit.

- ¿Tamé has vist a la filla del escribén Curruquis?, va preguntá Morfina.

- ¿Quí es lo escribén Curruquis?

- Este (siñalán en lo dit); y si no hi has estat, mira de anay encara que faigues volta, perque vorás a un pare y a una filla mol originals. Y de pas podrás vore estes dos que formen la sombra del cuadro.

Va arribá en aixó la cuñada, y van continuá la charrada, y tamé dabán del germá que va vindre después, y de sa mare; que va sé la declarassió de Pedro Saputo a la familia, pos tratán a Morfina en tanta familiaridat, van entendre que ñabíe algún secretet ya no secret entre ells.

- Este caballé, va di Morfina, es fill de don Alfonso López de Lúsera.

- ¿Cóm?, va di lo germá; ¿pos no es Pedro Saputo?

- Sí, don Vicente, va contestá ell, pero tamé soc fill de don Alfonso, encara que hasta fa poc tems no se sabíe; com fa poc tamé que va enviudá de la seua primera dona y se ha casat en ma mare. Y en lo nou nom y en lo antic hay vingut a vore a Morfina y ditos a tots, que desde estudián mos volem y teníem tratat, o entés al menos entre los dos, lo nostre casamén.

- ¡Oy, sel san, si visquere mon pare!, va exclamá don Vicente. ¡Vosté, Pedro Saputo, fill de don Alfonso López de Lúsera! ¡miréu si u vach di yo cuan vach vore lo retrato! ¿Quí está, pos, a casa nostra?

- Un amán de Morfina, va di ell; un fill polític vostre, siñora (diriginse a la mare), y un germá vostre, don Vicente, si Pedro Saputo primé, 

y ara don Pedro López de Lúsera es digne de tan honor, així com es amo fa tans añs del cor de la vostra germana.

- Miréu, va di don Vicente a sa mare, miréu a la que no volíe casás. 

- ¿Y cóm había de voldre a datre, va contestá Morfina, volén ya desde sagala a don Pedro? Sí, germá, desde entonses lo vull y mos volem, y ni vull ni voldré a datre home, ni lo podría voldre, encara que don Pedro haguere mort. Y perdonéu, siñora mare, que sén donsella y están vosté presén me atrevixca a parlá de esta manera. 

- Filla, va contestá sa mare: ya saps que ploraba de vóret reassia y perque no volíes casát; ara ploro de goch de sentí lo que me dius y de vore a don Pedro a la nostra casa; ya no ting res mes que demaná a Deu an este món. ¡Ay, si vixquere ton pare! ¡Tan que parláe de Pedro Saputo, y no sabé que tots lo coneixíem! 

Pero tú, filla meua, ya u sabíes.

- Sí, mare; pero no me atrevía a díu.

- Pos siñó, va di don Vicente; ara sí que no ton aniréu al cap de un mes, ni may; ham de cassá, amic, ham de aná de cassera, y hau de tocá lo violín, anem, aquelles coses tan bones que sabéu fé. 

¡Conque Pedro Saputo! Y tú, Morfina, u sabíes tot, y qué calladet que u has tingut.

- No tan cassá, amic don Vicente, perque vull fé lo retrato de la vostra germana. - Y lo de la meua dona, va di don Vicente.

- Be, tamé lo farem.

- Y lo meu.

- Pos tamé, ya que mos hi fiquem. Después ting que contali a Morfina coses importans de la meua vida, y preguntán moltes atres. 

- Ahí la teniu, va di don Vicente; ya no es chiqueta; vostra es 

¿no es verdat, mare?

- Sí, fill, sí, va di la bona siñora. Deu los beneíxque com yo los beneíxco de la meua part. La nora, sin embargo, se coneixíe que pensabe alguna vegada en lo patrimoni que significabe Morfina, a la que teníe destinada al seu cap com a tía mol volguda dels seus fills. Li habíe dixat son pare un patrimoni que pujáe uns mil dossens escuts al añ; y sentíe la nora que ixquere de casa seua. 

Lo germá ere mes noble.

Pedro Saputo va enviá al criat a son pare, escribinli que estáe a casa del difún don Severo Estada, una familia que coneixíe mol desde estudián, y lo aturaben alguns díes pera fé los seus retratos.

Pero Morfina en la gran satisfacsió de tindre al seu amán y en la seguridat del seu amor que tans suspiros y llágrimes li habíe costat, y en la libertat de confessáu y manifestáu, va recobrá la seua antiga bellesa, la energía dels afectes, la alegría del seu cor; y serena, contenta, ufana y gloriosa brilláe en totes les grassies y encans de la incomparable hermosura que li debíe a la naturalesa.

Mes y mich se va pará allí Pedro Saputo, fen los retratos, cassán tamé algún día, y gosán de la felissidat suprema del amor en la seua amabilíssima y dolsíssima enamorada, Morfina. 

Don Vicente, veénlo tan hermós, pincho, caballé, cabal y perfecte en tot y en tantes grassies y habilidats li va preguntá un día a la taula: 

- La verdat, don Pedro; ¿cuántes dones hau tornat loques an este món? ¿Totes les que hau vist?

- Y mes, va contestá Morfina, perque algunes se haurán enamorat de ell per la fama.

- No, per sert, va contestá ell; perque algo diríe ixa mateixa fama, y res hau sentit. Aixó, Morfina, signifique sol que vach naixe pera vosté, així com vosté hau naixcut pera mí; y don Vicente, que me vol com amic y com a germá, está sense cap duda encara mes sego que tú, y per aixó delire tan.

Al remat va arribá lo día de separás: día anugolat y tristot; día que may haguere tingut que portá lo sel en les seues voltes; y dixá casi sense vida an aquella infelís.

¡Gloria de este món! ¡Felisidats de esta vida!


Original en castellá:

Capítulo IX.

Sigue el mismo registro. Morfina.

De Graus pasó a Benabarre, dio vuelta por la Litera, bajó a Monzón, de allí subió a Fontz y Estadilla, pensó en dirigir el rumbo hacia su casa, doliéndose de no poder volver a Benabarre, porque fue donde vio más lindas caras, y pechos más abiertos, y olvidando con pena algunos amores que se dejó allá perdigados. - Pero basta, dijo; he dado gusto a mi padre y me lo he tomado yo también no pequeño.

Braulio Foz, Fórnoles, Matarraña, Teruel

Faltábanle empero una media docena de pueblos, entre otros el de Morfina; y dando los demás por vistos, se dirigió al de aquel nobilísimo primer amor que no sabía cómo encontraría ni cómo se había de presentar, ni con qué cara después de tantos años. Y dudando, y latiéndole fuertemente el corazón, y con no menos temor que deseo, llegó al pueblo y se encaminó a su casa.

Había muerto el padre hacía dos años, como dijimos en otra parte, aquel don Severo tan bueno y tan generoso; y el hijo hacía cuatro que era casado. Morfina, cumplidos ya los veinticinco años, sin padre, su madre pensando sólo en misas y rosarios, y el hermano de poca autoridad con su mujer, se miraba a sí misma como la sombra de la casa; lo cual junto con el chasco tan cruel que le dio el hombre de su amor y de quien fió más que su corazón (que chasco se puede llamar tan larga suspensión de su esperanza), y a las manos siempre a pesar de todo con una pasión que no tenía sol ni día en el año, había perdido aquella alegría que tanto brillaba en otro tiempo en su bellísimo rostro, y sin estar ajada se conocía que se había marchitado la lozanía de sus pensamientos, entregada a una resignación penosísima, que a ser ella menos animosa o de temple menos fino, la consumiera del todo. ¡Ah!, de los veinte a los veinticinco pasa una época, una edad entera, y la más fuerte y de mayor mudanza en las doncellas. Pero en Morfina además obraba la causa especial de que había amado y amaba aún al único hombre que llegó a su corazón y éste ¡hacía siete años que la tenía olvidada!, mientras ella era insensible para todos, resignada a morir en aquel estado primero de dar su mano a otro.

Llegó Pedro Saputo y sólo ella lo conoció antes de hablar; pero todos se alegraron, hasta la cuñada. El primer día no quiso ser, aun para la misma Morfina, sino Pedro Saputo, porque les dijo desde luego que él era; y buscando una ocasión preguntó a Morfina qué era de su antiguo amor y cariño. Respondióle que no sabía con quién hablaba. - Con tu amante, dijo él. - No os conozco por tal, contestó ella; pero sí os diré que tuve uno en otro tiempo, y que si se me presentase me encontraría como la primera vez, y como la segunda, y como la tercera que nos vimos. - Pues yo soy, dijo él; dame tu queja, pero disponiéndote a oír mi respuesta. - No cabe satisfacción, dijo ella; y si todos los hombres grandes son como vos, si tal proceder es inseparable de su excelencia, bien infelices son las que los aman. Yo os quise sin saber quién érades, porque vi lo que érades; vi que la idea de perfección que yo me había formado de un hombre cabal, de un hombre digno de mí llenábades vos cumplidamente, y más si más pudiera ser, aunque tan joven. Después supe que érades Pedro Saputo, y sólo tuve que unir a la persona la fama del nombre; y al oír de vuestro nacimiento di gracias a mi estrella porque me facilitaba el hacer algo por vos y por mi amor; pues si de la fortuna fuésedes poco favorecido en otros bienes y nada más teníades que aquella alma tan sublime, yo los debía heredar de mi padre suficientes para no temer que por esta causa fuese menor nuestra felicidad. Y desde este momento pasa un año, pasan dos, y cuatro y cinco y seis, y ninguna noticia recibo de vos. ¿Os escribo y qué me respondéis? Va a veros mi padre, prometéis venir, y os burláis de vuestra palabra. ¿Debía yo creer, debo ahora creer, que me habéis querido? Cásase mi hermano, muere mi padre, quedo con vuestro amor abandonada y sola en medio de mi familia; pasan años, ni venís, no tenéis la cortesía de escribirme una letra, de mandarme un simple recado. Sé por la fama que andáis por vuestra tierra; y en el mismo silencio siempre. ¿Debía creer, debo creer ahora, que me queríades o me hayades querido nunca? Mi amor es siempre el mismo, lo confieso, porque es mi misma vida, soy yo misma; ¿qué me diréis vos del vuestro? ¿Qué me diréis para que en mí no sea facilidad, imprudencia y error voluntario creeros y fiar de vuestras palabras? Y aun antes de oír vuestra respuesta, quiero certificaros que no me ha pesado ni me pesará de haberos querido, aunque ahora mismo sin responder a mi queja me echéis una mirada de desprecio, y me volváis la espalda y desaparezcáis, y sepa luego que os habéis casado con otra. Es más fuerte que todo eso el amor que os he tenido, y la alta aprobación que mi corazón le ha dado siempre. Y no obstante, sacrificios por vos no he hecho ninguno; jamás usaré esta palabra, os di el corazón, allí estaba todo.

Oyó Pedro Saputo su justa sentida queja sin interrumpirla, y mirándola afablemente, le contestó: - La suerte y no mi voluntad te ha privado de la satisfacción que tu amor necesitaba y el mío lloraba de no poderte dar. No admito, pues, no admito contra mí tu queja, porque no ha estado en mi mano el nacer de padre conocido, cuya desgracia ha sido la causa general y particular de la fuerza de muchas circunstancias, bien tristes, por cierto, después de conocerte, de diversas épocas de mi vida. Pensarás tú, en hora buena, con toda la nobleza que dices y vi tan por mis ojos; pero yo debía tener otros miramientos contigo y con nuestro amor, el cual no había de ser de un sólo día, ni gozarse en la soledad y fuera del trato humano. Talento tienes, y no necesitas que te explique estas reflexiones. Por otra parte en tu edad y en mi deseo ya no cabía entretener la esperanza con plazos indefinidos, peores mil veces que el absoluto silencio que he guardado, porque éste podrá matar un amor vulgar, pero no quitar el temple ni embotar un amor verdadero en corazones como los nuestros. Una mirada de la fortuna que nadie sabe aún, me facilitó el poderte proponer condiciones de tanta libertad en nuestra suerte, que nos permiten prescindir de la que tú me ofrecías con los bienes de tu padre. Y cuando me disponía a venir a verte, sucedió un caso que ha retardado esta visita hasta ahora, como te diré cuando me hayas declarado tu resolución. Estamos en el día; hoy es, dulce y encantadora Morfina. Mira el cielo; y si aún eres la misma para mí, dale las gracias en tu corazón, y ven para siempre a los brazos de tu amante, a los brazos de tu esposo... Dijo estas últimas palabras con tanto afecto, que no pudo Morfina consigo; y agitada, tierna y resuelta le abrazó estrechamente exclamando: - ¡Amor mío! ¡Esposo mío!

- Pues ahora, le dijo él, sabe para tu satisfacción y la de tu familia, que ya no soy Pedro Saputo, hijo de aquella pupila de Almudévar, sino que soy hijo de ella y del caballero don Alfonso López de Lúsera, con quien casó mi madre hace cuatro meses, habiéndome él conocido por casualidad y hallándose viudo de su primera mujer. - ¡Hijo eres, dijo Morfina espantada, de don Alfonso López de Lúsera! Le conozco de nombre y de vista, porque años atrás pasó por aquí dos o tres veces y se decía de amigo con mi padre. Sí que eres su hijo, sí; me acuerdo, te le pareces. Bien decía la fama que eras hijo de un gran caballero. ¡Don Alfonso, tu padre! También, pues, habrás ya conocido a su nuera, ahora tu cuñada, aquella Juanita que dicen que es tan discreta, y la más celebrada de toda esta tierra. - Sí, respondió él, y la conocí ya de estudiante, con su amiga Paulina... - Son inseparables, dijo Morfina; y también dicen de esa Paulina que es graciosísima. - Ahora vendrás tú, dijo Pedro Saputo, a aumentar el número de las personas que une aquella amistad y la sangre, más discreta que Juanita, más amable que Paulina, más hermosa y digna que las dos, y la verdadera gloria mía y de mi familia. Mira si no el concepto que mereces a mi padre. Y le enseñó la lista de las doncellas con la nota que tenían todas. Miróla Morfina; estaba ella la cuarta habiéndolas puesto su padre por orden de distancia de los pueblos; y se rió de lo que añadía al fin sobre no querer oír hablar de amores ni casarse. - ¿Cómo, dijo, pudiera el buen don Alfonso imaginar, que si yo no quería amar ni oír de amores, era porque amaba a su hijo? Parece, pues, que ya las has visto a todas, si eso significa la cruz que llevan sus nombres. - Esa cruz, respondió él, la hice ya a todas el primer día, dándolas por vistas; sino que por complacer a mi padre y pasar unos días de curiosidad que me recordaban un poco la vida estudiantina, he estado en algunos pueblos, y cierto que me he reído. - ¿También has visto a la hija del escribano Curruquis?, preguntó Morfina. - ¿Quién es el escribano Curruquis? - Éste (señalando con el dedo); y si no has estado, mira de ir por allá aunque rodees, porque verás un padre y una hija muy originales. Y de paso podrás ver estas dos que forman la sombra del cuadro.

Llegó en esto la cuñada, y continuaron la plática, y asimismo delante del hermano que vino luego, y también de su madre; que fue la declaración de Pedro Saputo a la familia, pues tratando a Morfina con tanta llaneza, entendieron que había algún secreto ya no secreto entre ellos. - Este caballero, dijo Morfina, es hijo de don Alfonso López de Lúsera. - ¿Cómo?, dijo el hermano; ¿pues no es Pedro Saputo? - Sí, don Vicente, respondió él, pero también soy hijo de don Alfonso, aunque hasta hace poco tiempo no se sabía; como hace poco también que enviudó de su primera mujer y ha casado con mi madre. Y con el nuevo nombre y con el antiguo he venido a ver a Morfina y deciros a todos, que desde estudiante nos queremos y teníamos tratado, o entendido al menos entre los dos, nuestro casamiento. - ¡Oh, cielo santo, si viviese mi padre!, exclamó don Vicente. ¡Vos, Pedro Saputo, hijo de don Alfonso López de Lúsera! ¡Mirad si lo dije yo cuando vi el retrato! ¿Quién está, pues, en nuestra casa? - Un amante de Morfina, dijo él; un hijo político vuestro, señora (dirigiéndose a la madre), y un hermano vuestro, don Vicente, si Pedro Saputo primero, y ahora don Pedro López de Lúsera es digno de tanto honor, así como es dueño hace tantos años del corazón de vuestra hermana. - Mirad, dijo don Vicente a su madre, mirad, cuerpo de mí, la que no quería casarse. - ¿Y cómo había de querer a otro, respondió Morfina, queriendo ya desde niña a don Pedro? Sí, hermano, desde entonces le quiero y nos queremos, y ni quiero ni querré a otro hombre, ni le podía querer, aunque don Pedro hubiese muerto. Y perdonad, señora madre, que siendo doncella y estando vos presente me atreva a hablar de esta manera. - Hija, respondió su madre: ya sabes que lloraba de verte reacia y que no querías casarte; agora lloro de gozo de saber lo que me dices y de ver a don Pedro en nuestra casa; ya no tengo qué pedir a Dios en este mundo. ¡Ay, si viviera tu padre! ¡Tanto que hablaba de Pedro Saputo, y no saber que todos le conocíamos! Pero tú, hija mía, ya lo sabrías. - Sí, madre; pero no me atrevía a decillo. - Pues señor, dijo don Vicente; ahora sí que no os vais en un mes, o nunca; hemos de cazar, amigo, hemos de cazar, y habéis de tocar el violín, vamos, aquellas cosas tan buenas que sabéis. ¡Conque Pedro Saputo! Y tú, Morfina, lo sabías y has callado. - No tanto cazar, amigo don Vicente, porque quiero hacer el retrato de vuestra hermana. - Y el de mi mujer, dijo don Vicente. - Bien, le haremos. - Y el mío. - También, ya que nos ponemos. Después tengo que contar a Morfina cosas importantes de mi vida, y consultar muchas otras. - Ahí la tenéis, dijo don Vicente; ya no es niña; vuestra es, componeos; ¿no es verdad, madre? - Sí, hijo, sí, dijo la buena señora. Dios los bendiga como yo los bendigo de mi parte. La nuera, sin embargo, se conocía que pensaba alguna vez en el patrimonio que se llevaba Morfina, a quien tenía destinada en su mente para tía muy querida de sus hijos. Habíale dejado su padre un patrimonio que daba unos mil doscientos escudos anuales; y aunque no de más monta, sentía la nuera que saliese de su casa. El hermano era más noble.

Pedro Saputo envió el criado a su padre escribiéndole que estaba en casa del difunto don Severo Estada, cuya familia conocía mucho desde estudiante, y le detenían algunos días para hacer sus retratos. Pero Morfina con la gran satisfacción de tener a su amante y con la seguridad de su amor que tantos suspiros y lágrimas le había costado, y con la libertad de confesarlo y manifestarlo, volvió a cobrar su antigua belleza, la energía de los afectos, la alegría de su corazón; y serena, contenta, ufana y gloriosa brillaba con todas las gracias y encantos de la incomparable hermosura que debiera a la naturaleza.

Mes y medio se detuvo allí Pedro Saputo, haciendo los retratos, cazando también algún día, y gozando de la felicidad suprema del amor con su amabilísima y dulcísima enamorada, Morfina. Don Vicente, viéndole tan hermoso, tan caballero, tan cabal y perfecto en todo y con tantas gracias y habilidades le preguntó un día en la mesa: - La verdad, don Pedro; ¿cuántas mujeres habéis vuelto locas en este mundo? ¿Todas las que habéis visto? - Y más, respondió Morfina, porque algunas se habrán enamorado de él por la fama. - No por cierto, respondió él; porque algo diría esa misma fama, y nada habéis oído. Esto, Morfina, significa solamente que nací para vos, así como vos habéis nacido para mí; y don Vicente, que me quiere como amigo y como hermano, está sin duda aún más ciego que tú, y por eso delira tanto.

Al fin hubo de llegar el día de separarse: día anublado y triste; día que jamás debiera traer el cielo con sus vueltas; porque dejar sin vida a aquella infeliz, que sólo aquéllos pudo decir que había vivido. ¡Gloria de este mundo! ¡Felicidades de esta vida!

sábado, 27 de julio de 2024

3. 2. De cóm Pedro Saputo li va traure lo monjío del cap a una sagala.

Capítul II.

De cóm Pedro Saputo li va traure lo monjío del cap a una sagala.

De cóm Pedro Saputo li va traure lo monjío del cap a una sagala.

¡Benaventurats los mansos de temperamén, perque de ells es lo pessebre an este món y al atre, lo sel dels que se moren sense chupá la sal del siñó mossen! Beneíts, bonachons, passifics y alegres sense sabé lo que es bondat, dicha, y alegría; sense amor ni odio de res; la fullarasca, burrufalla, ballarofa, barallofa, pallús del trate sivil, que no sé cóm los fa falta datre alimén que ells mateixos.

A los pocs díes va aná a visitál un ric del poble, que se díe Juan del Alt, y per mal nom y mote, Sisenando; éste li va di que veníe a demanali consell de lo que faríe en sa filla Tereseta, una mossa de denou añs de edat, que habén anat a vore l’añ passat a una tía monja a les descalses de Huesca y passat sing o sis mesos al convén pera adependre algunes moneríes de la agulla, va aná a buscala y ne va tindre un fart pera portala a casa, perque va di que volíe sé monja.

- Yo, va afegí lo bon home, la había pensat casá en un fill de Pero Pérez de Tardienta, mol compinche meu, y en qui desde fáe mols añs tenía mich consertat este casamén.

- Está be, va di Pedro Saputo; pero vosté ¿qué es lo que vol?, ¿que li traga la vocassió del claustro o que la convensixca de que se caso en lo Pero Pérez?

- Yo, va contestá lo del alt, voldría les dos coses, pero si no pot sé, me contentaré en una. Com la mes gran la ting ya casada, voldría fé an esta hereua, ya que Deu sol me ha donat sagales, y portám lo gendre a casa.

- Nessessito, pos, va di Pedro Saputo, que me permitixque visitala en alguna frecuensia y parlali a soles y en alguna libertat. 

- ¿Aixó?, va contestá lo buit de alma: encara que vullgáu vindre dos o tres vegades al día, y estatos desde que se fa cla lo sel hasta que se apague la radera llum de casa per la nit. Ya u ting parlat en la meua dona, y així u entenem los dos.

- Pos anéu en pas, siñó Juan, va di Pedro Saputo, que demá en pretexto de tornatos la visita, faré la primera a la vostra filla. 

Y miréu que la intensió no la sábigue ella ni dingú.

- Pos entesos, va contestá Sisenando; y sen va aná mol contén.

Ere la casa del siñó Juan alt o del alt de les que may frecuentáe Pedro Saputo, perque no li agradáe tratá en tontos, y u ere Sisenando mes que los draps, y no mol espabilada la seua dona, a qui tamé habíen batejat en lo apodo de la Pintiparada.

Teníen un arca de algún pes a les seues tripes, y se habíen tornat encara mes badocs de lo que van naixe, y la filla se va criá absoluta per la vanidat que li habíen infundit y la poca autoridat dels pares. Nessia com ells no u ere, y de la seua persona, ben feta, encara que no hermosa; pero teníe uns ulls que lay suplíen tot, negres, vius y pensadós; la veu mol dolsa, la seua conversa sucosa, y lo seu trate afissionat y amable, si no caíe en les impertinensies de la seua mala educassió; rara vegada les fée aná, sol en persones de molta franquesa, com eren los parens y algunes amigues.

La va corregí mol de estos defectes Pedro Saputo; pero encara li va quedá un ressabio del que no va sé possible curala del tot, ni es fássil curá de ell a ningú si no són persones de mol talento, de molta reflexió y capassos de una filossofía que se enseñe poc y se practique encara menos al món. Se reduíe lo ressabio que li va quedá, a que perque no se diguere que fée algo per avís de atres, o que la opinió de atres ere mes fundada que la seua, volén sempre quedá per damún, no admitíe advertensia ni consell, ni en les coses de menos importansia, com són ficás una flo mes o menos a la guirnalda, una sinta al traje, una agulla de cap; o enmendá o revocá una disposissió no ben ensertada al gobern de la casa; fé primé o después, o fe o no fe una cosa fore la que fore; només fée falta que se li donare un consell pera fe lo contrari. U sentíe Pedro Saputo, y lay va di oportunamen moltes vegades, dixanla al final y dissimulán esta miseria que admitix en moltes atres lo ánim flaco de la dona per una vana pressunsió de excelensia a la que se sebe lo seu amor propi. Pero es lo cas que la patixen tamé alguns homens, y tots per les mateixes raons; que són, mala criansa la primera, y después orgull, soberbia y quijotismo.

Va arribá Pedro Saputo, y la mare li va abocá tota la canasta de oferimens no quedanli res per di ni oferí. No així la sagala, lo va ressibí en agrado y res mes. Va torná en son demá y la mare los va dixá sols un rato. Ell va parlá de coses generals; y lo mateix va fé cuatre o sing díes, pero procurán en dissimul y eficassia arribá al seu cor, y anotán tot lo que ella sense pensá anáe manifestán. 

Un día, después de está segú de la disposissió de Tereseta per varies siñals infalibles, va di, están la mare, que tratabe de fé un viache de alguns mesos. Apenes va sentí aixó la mare, va saltá: 

- ¿Cóm? ¿Ara que tos escomensáem a voldre tan ton aniréu? 

- ¿Cóm? Va contestá ell. ¿Ara escomensáeu a vóldrem, cuan yo pensaba que sempre me habíeu vullgut? 

Engañat hay viscut, per vida meua.

- Les que tos volíen abans, o sempre, com diéu, va di la sagala, teníen en vosté esta obligassió; natros no la teníem hasta ara. 

Va entendre Pedro Saputo la alusió, que per un atra part ere bastán clara; pero ya la sagala habíe mostrat está vivamen ferida per la notissia, per mes que va volé dissimulá. Y va di ell sonriense:

- Yo, apressiable Tereseta, correspong a qui su mereix, y en lo grado que su mereix. Y no van passá de aquí an esta primera explicassió que tot u dixáe al mateix estat, pero en la brecha siñalada y casi uberta.

Va torná per la tarde, y la mare com acostumabe tamé los va dixá sols. 

- Regularmen, li va di a la Tereseta, vindré ya sol a despedím, perque estic cometén una imprudensia de la que hasta avui no había caigut. Vosté hau de sé monja, y ni a vosté ni a mí están be tan frecuentes visites; a vosté perque igual dirán que tos agraden les converses mundanes, y a mí perque lo tems que passo an esta casa lo podría empleá milló a datres aon no pensen desapareixe dels meus ulls pera sempre. 

- Y vosté u sentix mol, va di ella. Diguéu milló que tos pene de vindre a vorem, o que tos demanen sels, y no aleguéu lo monjío.

- No me demanen sels, va contestá ell; pero sí me pene de vindre a vóretos, perque a la que no vol als homens, ¿per qué la voldríe algú?

- Si me dixaren voldre a qui yo vull, va contestá ella, no pensaría en lo claustro. - Pero lo amor, Tereseta, es libre, y si vullguereu an algún, estéu segura de que ningú tos u podríe impedí; y si aburriu an eixe home que tos proposen, ningú tampoc tos forsaríe a amál. Parléu, explicautos, digueume lo que ña al vostre cor, y yo intentaré liberatos de tota molestia y importunidat. En estes paraules ella se va conmoure, lo va mirá an ell en vergoña y en tendresa, se va ficá colorada, va suspirá, y va di:

- Ya u veéu, no tos puc di mes; u hau pogut coneixe estos díes. 

- Sí, amable Teresa, va di ell, sí que u hay conegut... Viu tranquila y segura, que yo te asseguro que no te parlarán mes del fill de Pero Pérez ni del triste y desesperat claustro.

- Pos yo, va di ella sense cap reserva, perque ya no ne cabíen, te hay volgut sempre, ¡y tú no veníes a vórem! No tenía, no, vocassió de monja; en tú y sol en tú pensaba sempre, y aixó y lo vore la tossudería de mon pare en eixe payo de Tardienta me desesperabe y vach di: pos monja, primé monja per despit, monja per venjansa... Maldién la meua sort y a tú y a tots en ella. ¡Perque, ay, tan teua que era, y tú ni sabéu volíes! Tan poc valía hasta avui als teus ulls. ¡Ay lo que hay patit!

- Valíes mol, Teresa, valíes mol, li va di ell; pero ya acabarás de coneixem, y entendrás per qué esquivaba lo teu trate o mes be lo vindre a casa teua. Pero ¿S' acabará desde avui tota la teua pena?

- Ya s'ha acabat, va contestá; ya, sí, ya ha parat, ya soc felís. 

Hay pogut dit que ere teu lo meu cor, y tú u has admitit. Lo demés corre tot de la teua cuenta. (Y va corre, en efecte, hasta lo honor de ella mateixa.)

En son demá va di ell a son pare, que ya Tereseta habíe desistit de lo seu propósit de ficás a monja, pero que conveníe no parlali al particulá per ara; y a sa tía escríureli que com cosa de tanta consecuensia su habíe de pensá mol, y que se li avisaríe. En cuan al enllás que teníen proyectat, que no la importunaren, perque habíe ell vist que ni a un ni al atre los conveníe. Y així u van fé, quedanli mol agraít per lo servissi lo alma fofa de Sisenando.

Perillós es lo examen de la vocassió y una mica ocasionada la proba; pero de teules aball este examen es lo mes legítim, y esta proba la de menos engañs. Per lo menos es cosa averiguada que la vocassió a la vida del claustro es mol rara, així com són mol rares les persones a qui diu mes lo estat recte y natural del matrimoni que lo violén y antinatural del selibat perpetuo. Tamé está observat que les joves que creuen y se creu que no saben voldre, es perque no han donat en lo home de lo seu cor; cuan donon en ell, al pun amarán, al pun se les vorá sensibles y apassionades. Y si al brancal del convén se topen y les fan una seña, del brancal del convén se tornarán atrás, y lo seguirán, y buscarán lo seu descans y felissidat als brassos de aquell home. Yo, testigo.


Original en castellá:

Capítulo II.

De cómo Pedro Saputo quitó el monjío de la cabeza a una muchacha.

¡Bienaventurados los mansos de temperamento, porque de ellos es el pesebre en este mundo y en el otro, el cielo de los que mueren sin chupar la sal del señor cura! Benditos, bonachones, pacíficos y alegres sin saber lo que es bondad, dicha, y alegría; sin amor ni odio de nada; la hojarasca, la paja del trato civil, que no sé cómo necesitan otro alimento que a sí mismos.

A los pocos días de llegado fue a visitarle un rico del pueblo, que llamaban Juan del Alto, y por mal nombre y apodo, Sisenando; el cual le dijo que venía a pedille consejo de lo que haría con su hija Teresita, muchacha de diecinueve años de edad, que habiendo ido a ver el año pasado a una tía monja en las descalzas de Huesca y pasado cinco o seis meses en el convento para aprender algunas monerías de la aguja, fue a buscalla y tuvo gran trabajo en traella a casa, porque dijo que quería ser monja. - Yo, añadió el buen hombre, le había pensado casar con un hijo de Pero Pérez de Tardienta, muy cosa y compinche mío, y con quien desde muchos años tenía medio concertado este casamiento. - Está bien, dijo Pedro Saputo; mas vos ¿qué es lo que queréis?, ¿que le quite la vocación del claustro o que la persuada a que se case con el Pero Pérez? - Yo, respondió el del Alto, quisiera las dos cosas, pero si no puede ser, me contentaré con la una. Porque como la mayor la tengo ya casada en Lohare, quisiera hacer a ésta heredera, ya que Dios sólo me ha dado chicas, y traerme el yerno a casa. - Necesito, pues, dijo Pedro Saputo, que me permitáis visitalle con alguna frecuencia y hablalla a solas y con alguna libertad. - ¿Eso?, contestó el forro de alma: aunque queráis venir ni dos ni tres veces al día, y estaros desde que se hace claro en el cielo hasta que se apaga la última luz de casa por la noche. Ya lo tengo hablado con mi mujer, y así lo entendemos los dos. - Pues id en paz, señor Juan, dijo Pedro Saputo, que mañana con pretexto de volveros la visita, haré la primera a vuestra hija. Y mirad que la intención no la sepa ella ni nadie. - Pues se entiende, respondió Sisenando; y se fue muy contento.

Era la casa del señor Juan Alto o del Alto de las que nunca frecuentaba Pedro Saputo, porque no le gustaba tratar con tontos, y lo era Sisenando a todo trapo, y no muy aguda su mujer, a quien también habían bautizado con el apodo de la Pintiparada. Y era que tenían una arca de algún peso en sus tripas, y se habían tornado aún más tontos de lo que nacieron, y la hija se criara absoluta por la vanidad que le habían infundido y la poca autoridad de los padres. Necia como ellos no lo era, y de su persona, bien hecha, aunque no hermosa; pero tenía unos ojos que le suplían todo, negros, vivos y pensadores; la voz muy dulce, su conversación jugosa, y su trato aficionado y amable, si no caía en las impertinencias de su mala educación; rara vez las usaba sino con personas de mucha franqueza, como eran los parientes y algunas amigas.

Corrigióla mucho de estos defectos Pedro Saputo; mas todavía le quedó un resabio del cual no fue posible curarla del todo, ni es fácil curar de él a nadie si no son personas de mucho talento, de mucha reflexión y capaces de una filosofía que se enseña poco y se practica aún menos en el mundo. Reducíase el resabio que le quedó, a que porque no se dijese que hacía algo por aviso ajeno, o que la opinión de otro era más fundada o prevalecía contra la suya, queriendo siempre quedar superior, no admitía advertencia ni consejo, aun en las cosas de menos momento, como son ponerse una flor más o menos en la guirnalda, una cinta en el traje, un alfiler en el prendido; o enmendar o revocar una disposición no bien acertada en el gobierno de la casa; hacer primero o después, o hacerlo o no absolutamente una cosa fuese la que fuese; antes bastaba que se le advirtiesen para seguir lo contrario. Sentíalo Pedro Saputo, y se lo dijo oportunamente muchas veces, dejándola al fin y disimulándole esta miseria que admite con otras muchas el ánimo flaco de la mujer por una vana presunción de excelencia en que se ceba su amor propio. Mas es el caso que la padecen también algunos hombres, y todos por las mismas causas; que son, mala crianza la primera, y después orgullo, soberbia, quijotismo, que todo junto es sólo pequeñez de ánimo e irracionalidad.

Llegó Pedro Saputo, y la madre le derramó todo el canasto de ofrecimientos no quedándole nada por decir ni ofrecer. No así la muchacha, que le recibió con agrado y nada más. Volvió al día siguiente y la madre los dejó solos un rato. Él, sin embargo, habló de cosas generales; y lo mismo hizo cuatro o cinco días, pero procurando con disimulo y eficacia llegar a su corazón, y notando todo lo que ella sin pensar ni querer iba manifestando. Un día, en fin, después de estar seguro de la disposición de Teresita por varias señales infalibles, dijo, estando la madre, que trataba de hacer un viaje de algunos meses. Apenas oyó esto la madre, saltó: - ¿Cómo?; ¿agora que os empezábamos a querer tanto os iríades? - ¿Cómo?, dijo, también yo, respondió él; ¿agora comenzabais a quererme, cuando yo pensaba que siempre me quisisteis? Engañado viví, por vida mía. - Las que os querían antes, o siempre, como decís, dijo la muchacha, tenían con vos esta obligación; nosotras no la teníamos hasta agora. Entendió Pedro Saputo la alusión, que por otra parte era bastante clara; pero ya la muchacha había mostrado ser vivamente herida por la noticia, por más que quiso disimular. Y dijo él sonriéndose: - Yo, apreciable Teresita, correspondo a quien me lo merece, y en el grado que me lo merece. Y no pasaron de aquí en esta primera explicación que todo lo dejaba en el mismo estado, pero con la brecha señalada y casi abierta.

Volvió por la tarde, y la madre como acostumbraba también los dejó solos. - Regularmente, dijo a Teresita, vendré ya sólo a despedirme, porque estoy cometiendo una imprudencia en que hasta hoy no había caído. Vos habéis de ser monja, y ni a vos ni a mí están bien tan frecuentes visitas; a vos porque acaso dirán que gustáis de conversaciones mundanas, y a mí porque el tiempo que paso en esta casa le podría emplear mejor en otras donde no piensan en desaparecer de mis ojos para siempre. - Y vos lo sentiríades mucho, dijo ella. Decid más bien que os pesa de venir a verme, o que os piden celos, y no aleguéis el monjío. - No me piden celos, respondió él; pero sí me pesa de venir a veros, porque a quien no quiere a los hombres, ¿por qué la querría ninguno? - Si me dejasen amar a quien yo quiero, contestó ella, no pensaría en el claustro. - Pero el amor, Teresita, es libre, y si amásedes a alguno, estad segura de que nadie os lo podría impedir; y si aborrecéis a ese hombre que os proponen, nadie tampoco os forzaría a amalle. Hablad, explicaos, decidme lo que hay en vuestro corazón, e yo me prefiero a libraros de toda molestia e importunidad. A estas palabras ella se conmovió, le miró a él con vergüenza y con ternura, se paró colorada, suspiró, y dijo: - Ya lo veis, no os puedo decir más; y harto a pesar de mi cuidado, lo habéis podido conocer estos días. - Sí, amable Teresa, dijo él, sí que lo he conocido... Vive tranquila y segura, que yo fío no te hablarán más del hijo de Pero Pérez ni del triste desesperado claustro. - Pues yo, dijo ella desechando toda reserva, porque ya no cabía, te he querido siempre, ¡y tú no venías a verme! No tenía, no, vocación de monja; en ti y sólo en ti pensaba siempre, y esto y el ver la terquedad de mi padre con ese payo de Tadienta me desesperaba y dije: pues monja, primero monja por despecho, monja por venganza... Maldiciendo mi suerte y a ti y a todos con ella. ¡Porque, ay, tan tuya que era, y tú ni aun sabello querías! Tan poco valía hasta hoy a tus ojos. ¡Ay lo que he padecido! - Valías mucho, Teresa, valías mucho, le dijo él; mas ya acabarás de conocerme, y entenderás por qué esquivaba tu trato o más bien el venir a tu casa. Pero ¿cesará desde hoy toda tu pena? - Ya ha cesado, respondió; ya, sí, ya ha cesado, ya soy feliz. He podido decirte que era tuyo mi corazón, y tú lo has admitido. Lo demás corre todo a tu cuenta. (Y corrió, en efecto, hasta el honor de ella misma.)

Al día siguiente dijo él a su padre, que ya Teresita había desistido de su propósito de meterse monja, pero que convenía no hablarla en el particular por ahora; y a su tía escribirle que como cosa de tanta consecuencia había que pensarlo mucho, y que se le avisaría. En cuanto al enlace que tenían proyectado, que no la importunasen, porque había él conocido que ni al uno ni al otro les convenía. Y así lo hicieron, quedándole muy agradecido por el servicio el alma fofa de Sisenando.

Peligroso es el examen de la vocación y un tanto ocasionada la prueba; pero de tejas abajo este examen es el más legítimo, y esta prueba la de menos engaños. Por lo menos es cosa averiguada que la vocación a la vida del claustro es muy rara, así como son muy raras las personas a quien diga más el estado recto y natural del matrimonio que el violento y antinatural del celibato perpetuo. Asimismo está observado que las jóvenes que creen y se cree que no saben amar, es porque no han dado con el hombre de su corazón; den con él y al punto amarán, al punto se les verá sensibles y apasionadas. Y si al umbral del convento topan y les hacen una seña, del umbral del convento se volverán atrás, y le seguirán, y buscarán su descanso y felicidad en los brazos de aquel hombre.
Yo, testigo.