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domingo, 28 de julio de 2024

3. 6. De cóm Pedro Saputo va fé lo milagre de Alcolea.

Capítul VI.

De cóm Pedro Saputo va fé lo milagre de Alcolea.


Van arribá al poble en tot lo acompañamén de gen que traballabe a les fosses, seguinlos los carros de vitualles y ferramentes.

Li van fé gran festa los amics, que u eren tots, y mes, encara que en menos soroll les amigues, que com se sap eren dos prinsipalmen:

Eulalia, la de la caiguda, y la consabuda y desmadellada Tereseta, no tan viva y salerosa com aquella, pero entesa y fonda.

Estáe casada desde fée cuatre mesos, pensán que no voríe mes a Pedro Saputo y per doná gust als seus pares que la van achuchá mol; no en lo de Tardienta, sino en un mosso ben plantat de Bolea.

Ya se veu, lo novio tossut, lo pare sandio, la mare apretán lo morro, Pedro Saputo aussén mes de dos añs, y ella passá dels vin ¿qué habíe de passá? Pero ¡oh, cuán u va sentí al vore torná a Saputo! Poc li va faltá pera aburrí al home o feríl en sospeches; be que ere de bona pasta y mol passadó de raons, paganse de consevol. 

Pedro Saputo en prudensia la va aná consolán, y animán, y poc a poc li va doná a entendre y la va persuadí de que la dona casada se podíe morí, pero no faltá al que deu al home, y tratanla en suavidat no demostranli desvío y severidat, y no irritán lo seu genio, la va fé prudenta y virtuosa, y va restituí al seu cor la pas, al seu pit la serenidat, y al seu semblán y trate la natural y acostumada apassibilidat.

Encara se va trobá en una novedat no esperada; un atra amiga en qui may haguere pensat; y va sé Rosa, la filla de sa padrina, a la que ell cridáe y va cridá sempre germaneta, sagala majíssima y que va vore que lo volíe en un atre amor del de abans. Pero ell en la mateixa familiaridat y inossensia que la tratabe la contentabe fassilmen. Encara no fée sis díes que habíe arribat, encara no habíe acabat sa mare de mirál, y de alegrás de vórel, encara no se cansaben los del poble de saludál, cuan se li presenten dos ricachons de Alcolea de Cinca diénli que veníen a demanali consell y trassa pera vendre un vi que sels apuntabe; perque ya entrat lo setembre y están les viñes carregades de fruit, no ñabíe mich ni esperansa de despachá lo vell. Los va preguntá cuán vi ñabíe, y li van di que sobre setse mil cantes. Y ¿qué me donaréu?, los va preguntá entonses. Y ells van contestá: la cuarta part de lo que valgue, segons se vengue.

De cóm Pedro Saputo va fé lo milagre de Alcolea.

- ¿Pot encara beures per vi y no per vinagre?

- Per ara encara es vi y no roín, perque encara escomense a tombás cap a agre.

- Pos doneume ixa cuarta part del seu valor en dos reals de plata, que es lo preu mes baix al que lo vendréu, y yo tos lo dono per venut. Si dudéu, si no se ven, o no tot, tos tornaré lo que sigue a prorrata.

- No tenim tantes perres.

- Pos busqueules: sense los meus dinés a la má no cal que me parléu mes del assunto. Se van conformá, van aná a per los dinés a Alcolea, los hi van portá y entregá a Pedro Saputo.

Entonses ell los va di...

- Pos ara anéu, y feume pregoná a Huesca, a Barbastro, a tot lo Semontano, a la Llitera y Ribagorsa, que Pedro Saputo saltará a les Ripes de Alcolea lo día de San Miquel: que los que vullguen vore lo milagre, acudixquen allá aquell día y no los costará mes que lo traball de eixecá la vista a mirál. ¿Qué dudéu? 

- Pero... - Anéu, tos dic, o no ña res de lo dit y me quedo en estes perres. Ells, veénlo tan resolt, sen van aná dién: 

- La seua alma a la seua palma; ell se compondrá; ell sap com u prometix. Natros vengam lo nostre vi, que aixó es lo que mos importe. Y sen van aná y van fé publicá lo dit pregó a tot arreu, y van esperá a vore en qué pararíe alló.

Són les Ripes de Alcolea una muralla natural mol altíssima, formada sobre lo Cinca, de uns montes plans que corren la seua ribera dreta dividinlo del riu Alcanadre, en lo que té confluensia una mica mes aball, tallats perpendicularmen per aquella part que sirá be un cuart de legua. A primera vista pareix que lo riu passare per lo peu an algún tems passat, y que esgarrapán lo monte se vinguere éste aball arrebatán les aigües la terra sorsida, y va quedá aquella maravilla als ulls del viaché a qui de llarg sorprén: vistoses tamé de prop per la seua eixecada y la variedat uniforme del seu magnífic fron, frontispissi, adornanles ademés a un ters de altura les hermoses faixes del Arco Iris o arc de san Martí, que de lluñ no se veuen. 

Allí críen, viuen, canten, piulen y revolotegen continuamen muixons de mil espessies, tots a la vegada y segons lo instinto de cada un, trobanse desde l'águila o áliga hasta lo vilero, pardal, los ciquilines en los coloms, y los mes contraris y que menos t' esperaríes trobát allí solen avindres. Y desde dal habíe de saltá Pedro Saputo, que, sert ere salt digne de vores. Perque encara que propiamen parlán no ere saltá, sino dixás caure, pero estáe lo chiste a que no pensabe fes mal, y així u creíe y esperabe la gen.

La vespra de san Miguel se va omplí lo poble de forastés, y encara que haguere sigut mes gran tamé, pos sen van eissí al campo y lo van aná collán de ases, burros, mules, tendes y persones de totes les edats y condissions, ñabén qui va fe pujá lo número a coranta mil almes, despoblades casi les siudats, viles, llocs y aldees desde Ayerbe a Albelda, y desde Bujaraloz a les valls dels Pirineus.

Tamé va arribá Pedro Saputo, sen gran la curiosidat de vórel, y se va hospedá a casa del mes ric y al que mes li importabe lo milagre per sé lo que mes vi teníe.

Va eixí lo sol lo día de San Miquial, se va di una missa al peu de les Ripes, que van escoltá les multituts com van pugué, y se van quedá tots en gran expectassió de aquell salt o vol que ni se habíe vist als siglos passats ni se habíe de vore als que vindríen; cuan allá a les onse del matí va eixí Pedro Saputo y va di fenlo pregoná per lo campo, que lo siñó mossen li habíe fet presén que perillán la seua vida a la proba que anáe a fé, no podíe a fuer de cristiano dixá de confessás y combregá; y que per tan no podíe saltá aquell día perque teníe que preparás.

Per al siguién va fé di y pregoná que lo siñó mossen volíe que la confessió fore general, y que un home del món no podíe fé lo examen de consiensia mentres se fregix un ou com una monja que se confesse totes les semanes y va entrá al convén abans de mudá les dens. Y aquella nit va preguntá al seu huésped com anáe lo despach del vi.

- En un día mes, li va contestá, se venen hasta les solades y se les haurán de trascolá perque no ñaurá datra cosa. Pos eixe día, va di ell, ya lo tenim guañat. Manéu pregoná que demá a les dos de la tarde sirá lo salt y la satisfacsió de tots.

Va passá la nit, va vindre lo día, va arribá la hora, y Pedro Saputo va pujá a les Ripes, voltanles per la part nort; se va presentá a la mes alta y en gran veu va preguntá a la caterva:

- ¿Conque saltaré de esta ripa?

- Sí, van contestá tots, ressonán lo crit un cuart de hora per les mateixes ripes y la vall del riu. Y ya del susto, ya de la imaginassió van malparí sing dones, una faenada per als homens y allegats. 

¿Per qué hi anáen si habíen de assustás?, dirá algún; y yo li contesto, que hi van aná perque en no anáy se hagueren mort de dessich; y mes val malparí que morís. Va torná a dils Pedro Saputo: 

- Miréu que no ñague entre vatres qui u contradigue, perque un sol que ñague que digue que no, ya no puc saltá. Y van contestá:

- ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, en un crit general y tots a una. Y va di ell entonses: 

- Pos allá vach... ¡allá vach!... ¡que vach!... que salto... (fen grans brassillades y ademans), pero per si acás y perque aquí ña un que diu que no, ahí va lo meu gabán, miréu cóm vole. Y al mateix tems lo va aviá en forsa, y va arrencá a corre cap al monasteri de Sijena, Sigena o Sixena, aon ñabíe inmunidat y salvaguarda, y va dixá an aquella caterva de gen mes creguda y veleta encara que los del seu poble, miranse los uns als atres y medinse los nassos que a tots se 'ls van quedá tan llargs com va sé lo vol del gabán; mentres lo seu amo se moríe de rissa, encara corrén talons al cul cap a port segú. Pero no se van ofendre de la burla; los va caure en grassia, y sen van entorná mol contens a les seues cases.

A los vuit díes va eixí del monasteri cap al seu poble, después de habé pintat alguns cuadros famosos, y va di an alguns amics, que de bona gana se haguere dixat encantá entre aquelles monges, perque fora del gutibambismo de la orden y de les seues families, eren de conversa fássil, amables algunes de elles, admitíen visites particulás, y no se arrugaben en lo mojigatismo y escrupols que tan empalagaben a datres. Desde lo primé día va tindre amigues, desde lo segón, amans, los demés, favors a dos mans, y lo radé lo teu goch a un pou, perque va di que sen volíe aná, y no lo van pugué detindre en rogs, llágrimes, afalagamens ni tendreses; y aixó que en ell no se verificabe lo dit: amor de monja y pet de flare, tot es aire, y sol un día mes les va consedí, senne nou los que va está entre elles.


Original en castellá:

Capítulo VI.

De cómo Pedro Saputo hizo el milagro de Alcolea.

Llegado que fue al lugar con todo el acompañamiento de gente que trabajaba en las malhadadas fuesas, siguiendo en pos de los carros de vituallas y herramientas, le hicieron gran fiesta los amigos, que lo eran todos, y más, aunque con menor ruido las amigas, que como se sabe eran dos principalmente: Eulalia, la de la caída, y la consabida y desmadejada Teresita, no tan viva y salerosa como aquélla, pero entendida y profunda. Sólo que estaba casada hacía cuatro meses, pensando no ver más a Pedro Saputo y por dar gusto a sus padres que la fatigaron mucho; no con el de Tardienta, sino con un mozo harto bien dispuesto de Bolea. Ya se ve, el novio terco, el padre sandio, la madre frunciendo el hocico, Pedro Saputo ausente más de dos años, y ella pasar de los veinte ¿qué había de suceder? Pero ¡oh, cuánto lo sintió al ver volver a Saputo! A par de muerte le fue, y no hizo poco en no aborrecer al marido ni herirle de sospechas; bien que era de buena pasta y muy pasador de razones, pagándose de cualquiera. Pedro Saputo con prudencia y mónita la fue esforzando, consolando, y alegrando, y poco a poco le dio a entender y persuadió que la mujer casada debía poder morir, mas no faltar a lo que debe al marido, y tratándola con blandura no demostrándole desvío y severidad, y no irritando su genio, la hizo al fin prudente y virtuosa, y restituyó a su corazón la paz, a su pecho la serenidad, y a su semblante y trato la natural usada apacibilidad. Todavía se encontró con novedad no esperada; otra amiga en quien jamás hubiera pensado; y fue Rosa, la hija de su madrina, la que él llamaba y llamó siempre hermanita, muchacha lindísima y que vio le quería con otro amor que de denantes. Mas él con la misma familiaridad e inocencia que la trataba la contentaba fácilmente. Aún no hacía seis días que había llegado, aún no había acabado su madre de mirarle, y de alegrarse de verle, aún no se cansaban los del pueblo de saludarle, cuando se le presentan dos ricachos de Alcolea de Cinca diciéndole que venían a pedirle consejo y traza para vender un vino que se les torcía; porque siendo ya entrado el setiembre y estando las viñas cargadas de fruto, no había medio ni esperanza de despacharlo. Preguntóles cuánto era, y le dijeron que sobre dieciséis mil cántaros. Y ¿qué me daréis?, les preguntó entonces. Y ellos respondieron: la cuarta parte de lo que valga, según se venda.

- ¿Puede aún beberse por vino y no por vinagre? - Por ahora aún es vino y no malo, porque no hace más de empezar a tornarse agrio. - Pues dadme desde luego esa cuarta parte de su valor a dos reales de plata, que es el precio más bajo a que le venderéis, y yo os le doy por vendido. Si dudáis, si no se vende, o no todo, os devolveré lo que sea a prorrata. - No tenemos tanto dinero. - Buscadle: sin mi dinero en la mano excusado es que me habléis más en el asunto. Conformáronse, fueron a por el dinero a Alcolea, le trajeron y entregaron a Pedro Saputo.

Entonces él les dijo... - Pues agora id, y hacerme pregonar en Huesca, en Barbastro, en todo el Semontano, en la Litera y Ribagorza, que Pedro Saputo saltará a las Ripas de Alcolea el día de san Miguel: que los que quieran ver el milagro, acudan allá para dicho día y no les costará más que el trabajo de levantar la vista a miralle. ¿Qué dudáis? - Pero... - Id, os digo, o no hay nada de lo dicho y me quedo con este dinero. Ellos, viéndolo tan resuelto, se fueron diciendo: - Su alma en su palma; él se compondrá; él sabe como lo promete. Nosotros vendamos nuestro vino, que esto es lo que nos importa. Y fueron e hicieron publicar el susodicho pregón en todas partes, y esperaron en qué pararían.

Son las Ripas de Alcolea una muralla natural muy altísima, formada sobre el Cinca, de unos montes llanos que corren su ribera derecha dividiéndole del Alcanadre, con quien tiene confluencia poco más abajo, cortados perpendicularmente por aquella parte que será bien un cuarto de legua. A primera vista parece que el río pasase por el pie en algún tiempo, y que socavando el monte se viniese éste abajo arrebatando las aguas lo desprendido, y quedó aquella maravilla a los ojos del viajero a quien de largo cielo suspende y para en su camino: vistosas también de cerca por su elevación y la variedad uniforme de su magnífico frontispicio, adornándolas además en su tercio de altura las hermosas fajas del Arco Iris, que de lejos no se divisan. Allí crían, viven, cantan y revuelan continuamente pájaros de mil especies, todos en paz y su instinto cada uno, encontrándose sin ofender desde el águila hasta el gorrión, los ciquilines con las palomas, y los más contrarios y que menos fuera de allí suelen avenirse. Y desde arriba había de saltar Pedro Saputo, que, cierto era salto digno de verse, y que si alguno ahora le quisiera dar iría yo dos jornadas que estoy de aquella ribera. Porque aunque propiamente hablando no era saltar, sino dejarse caer, pero estaba el chiste en que no pensaba hacerse daño, y así lo creía y esperaba la gente.

La víspera de san Miguel se llenó el pueblo de forasteros, y más aunque fuera mayor, pues se salieron al campo y le fueron cuajando de acémilas, tiendas y personas de todas edades y condiciones, habiendo quien hace subir el número a cuarenta mil almas, despobladas casi las ciudades, villas, lugares y aldeas desde Ayerbe a la Albelda, y desde Bujaraloz a los valles de los Pirineos. También llegó Pedro Saputo, siendo grande la curiosidad de verle, y se hospedó en casa del más rico y del que más le importaba el milagro por ser el que más vino tenía.

El filólogo Javier Giralt habló de las lenguas en el Aragón oriental

Salió el sol el día de san Miguel, díjose una misa al pie de las Ripas, que oyeron las multitudes como pudieron, y quedaron todos en grande expectación de aquel salto o vuelo que ni se había visto en los siglos pasados ni se había de ver en los venideros; cuando allá sobre las once de la mañana salió Pedro Saputo y dijo haciéndolo pregonar por el campo, que el señor cura le había hecho presente que peligrando su vida en la prueba que iba a hacer, no podía a fuer de cristiano dejar de confesarse y comulgar; y que por consiguiente no podía saltar aquel día porque tenía que prepararse.

Para el siguiente hizo decir y pregonar que el señor cura quería que la confesión fuese general, y que un hombre del mundo no podía hacer el examen mientras se fríe un huevo como una monja que se confiesa todas las semanas y entró en el convento antes de mudar los dientes. Y aquella noche preguntó a su huésped en qué iba el despacho del vino. - Con otro día más, le respondió, se venden hasta las heces y habrán de beberlas porque no habrá otra cosa. Pues ese día, dijo él, ya le tenemos ganado. Mandad pregonar que mañana a las dos de la tarde será el salto y la satisfacción de todos.

Pasó la noche, vino el día, llegó la hora, y Pedro Saputo subió a las Ripas, dándoles vuelta por el norte del lugar; presentóse en la más alta y con grande voz preguntó a la multitud: - ¿Conque saltaré de esta ripa? - Sí, respondieron todos, resonando el grito un cuarto de hora por las mismas ripas y el río. Y ya del susto, ya de la imaginación malparieron cinco mujeres, que fue gran trabajo para los maridos y allegados. ¿Por qué iban si habían de asustarse?, dirá alguno; y yo le respondo, que fueron porque a no ir se hubiesen muerto de deseo; y más vale malparir que morirse. Tornó a decirles Pedro Saputo: - Mirad que no haya entre vosotros quien lo contradiga, porque uno solo que haya que se oponga diciendo que no, ya no puedo saltar. Y respondieron: - ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, con un grito general y unánime. Y dijo él entonces: - Pues allá voy... ¡allá voy!... ¡que voy!... que salto... (haciendo grandes conatos y ademanes), pero por si acaso y porque aquí hay uno que dice que no, ahí va mi gabán, mirad cómo vuela. Y al mismo tiempo le arrojó con fuerza, y echó a correr hacia el monasterio de Sigena donde había inmunidad y salvaguardia, y dejó a aquella multitud de gentes, más crédula aún y llevadera que los de su pueblo, mirándose de unos a otros y midiéndose las narices que a todos les quedaron tan largas como fue el vuelo del gabán; mientras su dueño se moría de risa, aun corriendo como iba a tomar puerto seguro. Mas no se dieron por ofendidos de la burla; antes les cayó en gracia, y se volvieron muy contentos a sus casas.

A los ocho días salió del monasterio, para su lugar, y dijo a algunos amigos, que de buena gana se hubiese dejado encantar entre aquellas titulosas monjas, porque fuera del gutibambismo de la orden y de sus familias, eran de conversación fácil, amables algunas de ellas, admitían visitas particulares, y no se arrugaban con el mojigatismo y escrúpulos que tanto empalagaban en otras. Desde el primer día tuvo amigas, desde el segundo, amantes, los demás, favores a dos manos, y el último tu gozo en un pozo, porque dijo que se quería ir, y no le pudieron detener con ruegos, lágrimas, halagos ni ternezas; y eso que con él no se verificaba el dicho: amor de monja y pedo de fraile, todo es aire, y sólo un día más les concedió, siendo nueve los que estuvo entre ellas.

sábado, 27 de julio de 2024

3. 3. De cóm Pedro Saputo va fé un atre viache mes llarg.

Capítul III.

De cóm Pedro Saputo va fé un atre viache mes llarg.

Dos añs y mich fée que habíe tornat de la seua primera ixida, y va viure en un ay perque continuamen li escribíen y cridáen pera obres de pintura, volén tots donálay an ell en gran enveja dels pintós que hasta entonses se féen la competensia entre ells al país; y com reconeixíen la maestría de Pedro Saputo, callaben y se féen fotre. Tamé aixó sentíe ell, y pera que no patigueren nessessidat, se excusabe de la mayoría de les obres, y alguna vegada de totes per no oferís cap de mes gran empresa. Al mateix tems se li fée estret aquell sel a la seua alma tan gran; y consebín ya atres coses diferentes a les de la primera eixida, va determiná anassen a corre la España, sense limitás per tan a sol España si li veníe be.

Una vegada resolt lo viache, va comprá una mula de bona presensia y poc preu, una bona espasa (que sabíe fe aná), y lo día fixat pera la ixida, va montá y va tirá cap a Cataluña. Y sa mare, y la padrina y sa filla, Eulalia y Tereseta, que ploraren lo que vullgueren, perque per nelles no habíe ell de viure y morí an aquell racó del món.

Desmemoriada mula vella, Desideri Lombarte, Pedro Bel Caldú

No va entrá al seu plan aná a vore a les seues amigues, perque la edat les debíe aná demanán a tota pressa les raderes paraules que totes volen sentí dels homens, y ell no se trobabe an eixe cas. 

Pero passáe no mol lluñ de la aldea de les novissies, y no va pugué evitá torse allí lo camí, senne dos no podíen ficál en apuros, com sí que u faríe Morfina, que be sentíe no vórela.

Va arribá, y al entrá ixíe son pare de Juanita, que lo va coneixe; se van saludá y van aná juns a casa seua, y juns van passá después a la de Paulina, encara abans de diná, perque eren sobre les deu del matí. Com lo creíen navarro y estudián se van extrañá que viachare de aquell modo: ell, que may se quedáe parat, los va di:

- Enguañ, curs perdut. Unes vegades valen mes lletres que hassienda; atres, hassienda que lletres. Lo tems es lo que goberne; y les lletres sempre se troben; pero la hassienda pot pedres. 

Y yo me trobo ara an este segón cas. Les sagales sempre eren les mateixes, y així que lo van vore, sen va aná lo juissi de casa. Después van voldre sabé lo misteri de la seua persona, y li van di que les dos estáen demanades en matrimoni, y encara que los partits eren mol ventajosos, espessialmén lo que lograbe Juanita, li demanáen consell, ya que encara no estáen del tot obligades. 

Ell va contestá que cuan estigueren casades les diríe quí ere, ara ni u podíe di ni les conveníe sabéu. Si puguera casám en les dos (les va di), vatres siríeu les meues dones; pero la ley no u permitix, y cap voldríe vore a l'atra casada en mí. Per tan debéu casatos. Y passat lo día mol alegremen en elles, va continuá lo seu viache en son demá.

Al poc mes de dos legües va entropessá la mula desmemoriada y va caure en ell a un forat. Se va assustá de aixó y va di:

- Pos si ara me haguera trencat un bras o una cama, ¿quí me traíe de aquí y me portabe aon me curaren? Es di, que debíe portá un criat; es di, que teníe que viachá en alguna autoridat; es di, que ya no soc Pedro Saputo lo libre, lo sabut, lo sense temó, lo sense respecte a cap vanidat. Mula, mula, una me n'has fet y no men farás dos; poc valíes, y ara vals menos; ¡pren!, y tirán de la espasa la hi va embutí per lo pit hasta la empuñadura y la va dixá espiritán, y en dos potades que va pegá se va quedá morta pera sempre y carn per als corvs y llops de la comarca. Va traure de la maleteta uns tapissos, y una llibreta en blang, dos camises y un gabanet (los dinés per supost, encara que no ne va pendre cap gran cantidat de casa), va formá un paquetet en tot, va atravessá per nell la espasa, se u va ficá al muscle, y fen la siñal de la creu, va di: 

San Perico: ¡adiós, mare!; ¡adiós, amors meus!; ¡adiós, Aragó!; ¡hasta que torna!

Va arribá a Lérida, Ilerda o Lleida y va pensá en Julio César. 

Se va interná al Prinsipat, y va visitá lo famós monasteri de Montserrat, (Monserrate com lo de Fórnols) aon los flares li van contá la historia del sélebre Juan Garín en la filla del conde Jofré lo Velloso (lo pilós, pelut, Gofredo, Gottfried, Uvifredo, Wifredo, Guifredo, Guifre, etc.), y la va sentí en molta formalidat per respecte als presens. Después se va admirá de la penitensia de que parláen y del descans al que vivíen.

Va mirá les pintures que ñabíe y va passá cap abán, no parán hasta Gerona, Gerunda, Girona. Allí va voldre vore les mosques de san Narciso o Narsís; pero li van di que com la sang que chupaben dels fransesos ere sang venenosa y descombregada o excomulgada per la invicta espasa del gran Rey don Pedro, Pere, Peire III de Aragó, se van morí totes después de habeli ajudat a acabá en la canalla, a la que no li va valé portá lo estandart sagrat que diuen la Oriflama, or y flama: ni les bendissions y aigua beneita en la que los va arruixá lo papa cuan en mala hora van publicá la crusada contra lo Rey de Aragó, del que encara tenen memoria.

PEDRO III, EN LAS JUSTAS DE BURDEOS (SIGLO XIII. BURDEOS)

De allí per la costa va aná cap a la gran Barselona (Barchinona, Barcino, Barcelona, etc), y habén sabut que al port ñabíe un buque a pun de eixecá áncora o ancla y fé vela cap a Italia, va aná allá lo día y hora a la que debíe eixí; lo va vore, va envejá al mes infelís que an ell anáe, y lo va seguí en los ulls y lo cor hasta que lo va pedre de vista. Se va quedá sol mirán cap al mar, y desconsolat o desconortat, y casi plorán, va traure lo retrato de sa mare que sempre portáe damún, se va ficá de ginolls, girada la cara cap a Aragó, y va di:

- ¡Oh mare! Al teu amor y soledat oferixco este sacrifissi. Per tú no men vach a Italia; per tú no visito la siudat dels Cesars; per tú no voré la capital y siñora del món.

Seguín sempre la costa va arribá a Tarragona, y comparanla, lo que ere en lo que habíe sigut, y recordán la dominassió y poderío inmenso dels romanos, casi en ves de plorá li van doná ganes de riure considerán la vanidat y mindundi de les gran fetes humanes y dels imperis de la terra.

Va continuá y de allí va passá lo Ebro o Ebre cap a Tortosa (Dertusa, Dertosa), va entrá al regne de Valensia, va saludá a Peñíscola y va vore lo castell del papa Benedicto de Luna, XIII; va arribá a Valensia y va buscá la porta al seu muro, va vore al Rey Don Jaime fen tremolá lo seu gloriós estandart en siñal de victoria desde lo Real hasta aon estáe.
Va aná después al mateix Real, que eren palaus y jardins (ara sol jardins, solsits y enrunats aquells a la guerra de la independensia). Va visitá después lo Real primé del mateix Rey a Ruzafa, lo seu puesto ocupabe un convén de monges.

Y enrecordansen de les seues de un atre tems, va di:

- Siguéu santes les que aquí tos trobéu; pero procuréu que no penetro a dins de les reixes algún Pedro Saputo, perque li auxiliará la naturalesa que es tan poderosa, y... Perdonéu, filles del error o del espíritu de Deu, que de tot ñaurá entre vatres. Les que foreu víctimes de la violensia, del engañ o de un despit, aquí teniu un cor que tos acompañe en lo sentimén. Hau perdut lo món, y no sabéu si guañaréu lo sel; pero potsé no sirá vostra tota la culpa ni to se demanará tota la cuenta. Dites estes paraules en gran sentimén, va girá la esquena an aquell triste y melancólic edifissi, y va entrá a la siudat; a la que se va aturá prop de un añ, dedicat a la pintura, perque li van agradá los pintós valensians.


Original en castellá:

Capítulo III.

De cómo Pedro Saputo hizo otro viaje más largo.

Dos años y medio hacía que había vuelto de su primera salida, y vivió desazonado porque continuamente le escribían y llamaban para obras de pintura, queriendo todos dársela a él con grande envidia de los pintores que hasta entonces se las competían entre sí en el país; y como reconocían la maestría de Pedro Saputo, callaban y se concomían. También esto sentía él, y para que no padeciesen necesidad, se excusaba de la mayor parte de las obras, y alguna vez de todas por no ofrecerse ninguna de mayor empresa. Al mismo tiempo venía estrecho aquel cielo a su alma grande; y concibiendo ya otras cosas que la vez primera, determinó irse a correr la España cuando menos, sin limitarse por tanto a sola España si le venía a mano. Resuelto que tuvo el viaje, compró una mula de buena presencia y poco precio, una buena espada (que sabía manejar), y el día fijado para la salida, montó y echó a andar hacia Cataluña. Y su madre, y la madrina y su hija, Eulalia y Teresita, que llorasen cuanto quisiesen, porque por ellas no había él de vivir y morir en aquel rincón del mundo.

No entró en su plan ir a ver a sus amigas, porque la edad les debía ir pidiendo a toda prisa las últimas palabras que todos quieren oír de los hombres, y él no se encontraba en ese caso. Pero pasaba no muy lejos de la aldea de las novicias, y no pudo menos de torcer allí el camino, como quiera que siendo dos no podían meterle en apuro, como hiciera Morfina, aunque bien sentía no verla.

Llegó, y al entrar salía el padre de Juanita, que le conoció; se saludaron y fueron juntos a su casa, y juntos pasaron luego a la de Paulina, aún antes de comer, porque eran sobre las diez de la mañana. Como le creían navarro y estudiante extrañaron que viajase de aquel modo: él, que nunca se atajaba, les dijo: - Hogaño, curso perdido. Unas veces valen más letras que hacienda; otra hacienda que letras. El tiempo es el que gobierna; y las letras siempre se encuentran; mas la hacienda puede perderse. Y yo me hallo agora en este segundo caso. Las muchachas siempre eran las mismas, y así que le vieron, se les fue el juicio de casa. Luego después quisieron saber el misterio de su persona, y le dijeron que las dos estaban pedidas en matrimonio, y aunque los partidos eran muy ventajosos, especialmente el que lograba Juanita, le pedían consejo, puesto que aún no estaban del todo obligadas. Él les respondió que cuando fuesen casadas las diría quién era, que antes, ni se lo podía decir ni les convenía saberlo. Si pudiera casarme con las dos (les dijo), vosotras seríades mis esposas; pero la ley no lo permite, y ninguna querría ver a la otra casada conmigo. Por consiguiente debéis casaros. Y pasado el día muy alegremente con ellas, continuó su viaje el siguiente.

A poco más de dos leguas tropezó la mula y cayó con él en un hoyo. Amostazóse de esto y dijo: - Pues si ahora me hubiese roto un brazo o una pierna, ¿quién me sacaba de aquí y me llevaba adonde me curasen? Es decir, que debía llevar un criado; es decir, que debiera viajar con alguna autoridad; es decir, que ya no soy Pedro Saputo el libre, el listo, el sin miedo, el sin respeto a vanidad alguna. Mula, mula, una me has hecho y no me harás dos; poco valías, y agora vales menos; ¡toma!, y tirando de la espada se la metió por el pecho hasta el puño y se la dejó espiritando, y con dos pernadas que dio quedó muerta para siempre y pasto de los cuervos y lobos de la comarca. Sacó de la maletilla unos tapices, y un cuaderno en blanco, dos camisas y un gabancillo (el dinero por supuesto, aunque no tomó gran cantidad de casa), formó un paquetito con todo, atravesó por él la espada, se lo echó al hombro, y haciendo la señal de la cruz, dijo: san Perico: ¡adiós, madre!; ¡adiós, amores míos!; ¡adiós, Aragón!; ¡hasta la vuelta!

Llegó a Lérida y pensó en Julio César. Se internó en el Principado, y visitó el famoso monasterio de Monserrate, donde los monjes le contaron la historia del célebre Juan Garín con la hija del conde Jofré el Velloso (Gofredo o Uvifredo), y la oyó con mucha formalidad por respeto a los presentes. Después se admiró de la penitencia de que hablaban y del regalo con que vivían. Miró las pinturas que había y pasó adelante, no parando hasta Gerona. Allí quiso ver las moscas de san Narciso; pero le dijeron que como la sangre que chupaban de los franceses era sangre ponzoñosa y descomulgada por la invicta espada del gran rey don Pedro III de Aragón, murieron todas después de haberle ayudado a acabar con la canalla, a la cual no le valió traer el estandarte sagrado que llaman el Oriflama: ni las bendiciones y agua bendita que les echó el papa cuando en mala hora publicaron la cruzada contra el rey de Aragón, de que todavía tienen memoria.

De allí por la costa vino a la gran Barcelona, y habiendo sabido que en el puerto había un buque a punto de levantar áncora y hacer vela para Italia, fue allá el día y hora en que debía salir; viole, envidió al más infeliz que en él iba, y le siguió con los ojos y el corazón hasta que le perdió de vista. Quedó solo mirando hacia el mar, y desconsolado y casi llorando, sacó el retrato de su madre que siempre traía consigo, se postró de rodillas, vuelta la cara a Aragón, y dijo: - ¡Oh madre! A tu amor y soledad ofrezco este sacrificio. Por ti no me voy a Italia; por ti no visito la ciudad de los Césares; por ti no veré la capital y señora del mundo.

Siguiendo siempre la costa llegó a Tarragona, y comparándola en lo que era con lo que había sido, y recordando la dominación y poderío inmenso de los romanos, casi en vez de llorar le dio ganas de reír considerando la vanidad y pequeñez de las grandezas humanas y de los imperios de la tierra.

Continuó de allí, pasó el Ebro en Tortosa, entróse en el reino de Valencia, saludó a Peñíscola y los manes santos del papa Benedicto de Luna; llegó a Valencia y buscó la puerta en cuyo muro vio el rey Don Jaime tremolar su glorioso estandarte en señal de victoria desde su Real en donde estaba. Fue luego al mismo Real, que eran palacios y jardines (ahora sólo jardines, arruinados aquéllos en la guerra de la Independencia). Visitó después el Real primero del mismo rey en Ruzafa, cuyo sitio ocupaba un convento de monjas. Y acordándose de las suyas de otro tiempo, dijo: - Sed santas las que aquí os hallades; pero mirad que no penetre dentro de las rejas algún Pedro Saputo, porque le auxiliará la naturaleza que es tan poderosa, y... Perdonad, hijas del error o del espíritu de Dios, que de todo habrá entre vosotras. Las que fuéredes víctimas de la violencia, del engaño o de un despecho, aquí tenéis un corazón que se compadece de vosotras. Habéis perdido el mundo, y no sabéis si ganaréis el cielo; pero tal vez no será vuestra toda la culpa ni se os pedirá toda la cuenta. Dichas estas palabras con gran sentimiento, volvió la espalda a aquel triste y melancólico edificio, y se entró en la ciudad; en la cual se detuvo cerca de un año dedicado a la pintura, porque le gustaron los pintores valencianos.

viernes, 26 de julio de 2024

2. 4. Aventures de Barbastro.

Capítul IV.

Aventures de Barbastro.


Va arribá a la siudat prop de les onse de la nit; y sentín una rondalla sen va aná cap allá y se va agregá a la turba. Passada una carrera se van prepará pera cantali dabán de una casa a una sagala que per lo nom que repetíen a les lletres se diebe Lorenza.

Va vore Pedro Saputo que un dels de la ronda mentres los atres cantaben se va arrimá y va brincá a una reixa no mol alta, va fé 'sht'! tres vegades, y se van entreobrí los finestrons. Se va ficá a escoltá dissimuladamen, y va sentí que lo mosso, un sabaté en molta grassia, díe:

- Mira, Lorenza, no ploros, pos un atra vegada te juro que no ha sigut mes que una rascada en algo de sang. Se veu que ha ficat lo peu a una puta pedra que ere com un bolo redó de riu y s'ha futut de cap contra la paret de la iglesia.

iglesia, San Bartolomé, plaza, Beceite, Beseit, puerta pintada













Lo Gafed y Ressuello han anat en ell, y a mí me han encarregat que te u diguera. Conque después lo tindrás aquí. No te gitos. Adiós.

Y va baixá. Va aná a la ronda, y Pedro Saputo pera divertís y passá lo tems, ya que no sabíe qué fé aquella nit, se va ajustá un drap al cap y va aná cap a la reixa, va fé la seña, van obrí la finestra, va escalá y va di la mosseta al vórel: ¡Ay, Conched meu!, va di mol abalotada; ya pensaba que no te voría mes. ¿Conque no es cosa de perill? Y dién aixó li agarráe les mans y les hi apretabe. Ell li va di: Me fa una mica mal lo cap, pero per vóret... Es di, que esta nit, va di ella en sentimén, ya no entrarás pel corral.

- No, va contestá ell; y prou me pene.

- Passiensia, va contestá ella donán un suspiro, y van cuatre nits. Com ha de sé; ya mos u cobrarem. Ara vesten a casa, que no te faigue mal la rasca de la nit; pren este pastel, magre y esta llenguañissa cruga. Adiós, amor meu; vesten, y demá no ixques de casa.

- No ixiré, va di ell; adiós, alma meua. Y va baixá de la reixa y se va apartá en lo ven, no fore que la trampa portare allí a Conched mes pronte de lo que ere menesté y passare una calamidat.

Y li va vindre be lo agassajala o convoyala, perque mes be li féen lo pastel de magre y la llenguañissa que los suspiros y les carissies de la mosseta; com que en tot lo día no habíe minjat mes que un parell de ous que va robá a un molí; y dinán y senán a un tems anáe de carré en carrera. Va pará al riu, y va di: tot me va be. Ara que teníe sed en lo regustet salat del magre, se trobe al riu. Pero no podíe baixá al aigua, y veén un pon se va embutí per nell y al atre costat un chorro perenne de aigua, un burs com lo bras. Aixó es una fon, va di: y arrimanse y baixán en mol tiento unes grades, perque no se veíe mes que a una bossa de avaro, va arribá al chorro que sentíe y va beure mol a gust. Se va assentá a un escaló, se va acabá lo magre y va empendre la llenguañissa; va torná a beure, se va gitá a dormí y encara mastegán los radés bossins se va quedá adormit a la vora de la fon del tío Matacroc.

Abans de día cla, perque la gen de Barbastro es mol matinera y templada, bullíe pels carrés y per la vora de la fon, y Pedro Saputo no despertabe; hasta que va arribá una sagala a omplí aigua. 

Ell, una mica sobressaltat, pero dissimulán, li va preguntá si coneixíe algún mestre sastre que lo puguere pendre com a aprendís; y va contestá la mossa:

- A casa nostra ha de cusí avui lo nostre, que per naixó hay matinat una mica mes de lo ordinari. Si voléu vindre, allí podréu parlali. 

Va asseptá Pedro Saputo y va seguí a la seua grassiosa guía.

Van arribá a la casa y dit al pare y a la mare lo que habíe passat, y afegín Saputo lo que li va pareixe mentí, y satisfén les preguntes impertinens, encara que fassils que li van fé, los va enviá lo sastre un recado dién que perdonaren, que aquell día no podíe vindre, perque la seua dona no se trobáe be.

- No importe, va di ell; yo retallaré y cusiré los vestits. Y contra antes milló, siñores meues; venga ixa tela o lo que sigue, y que sápiga yo a quí hay de pendre la mida. Lo que me falte són estisores y les demés ferramentes del ofissi; pero les supliré en lo que ñague per casa; perque an este món sol ñan dos coses que no se poden suplí, que són, lo pa, y la bona dona. Va fé después assentás a la seua vora a la sagala pera enseñali, y lo pare sen va aná mol pagat y a la mare se li ablaníe lo cor de gust. Y se va passá lo día sense novedat que digna de contá sigue, lo únic que ell va vore que la sagala se li afissionabe clara y determinadamen, y an ell sense sabé per qué, li agradáe tamé tíndrela prop y mirala; encara que ere llauradora, teníe molta grassia en tot y parláe y sentíe en gran amabilidat. Fea u podríe sé sa mare, pero ella ere mol maja, guapa, y una rosa del amor al obrí lo capullo.

Casi de nit o entre sol y cresol, hora a la que los jornalés se solen pendre un rato de descans pera vuidá la bufeta de lo que conté y lo ventre de flatos, los va di que en la seua llissensia ixiríe un ratet al carré a oreás. Y va eixí, pero en ánim y propósit de no torná, perque no podíe assossegás ni está pel ofissi, encara li pareixíe poc disfrás, se assustáe tot lo día cuan sentíe cridá, no foren los corchetes que veníen a péndrel.

famós enterro que se encaminabe a la catedral

Donán voltes per los carrés se va trobá al mich de un famós enterro que se encaminabe a la catedral, y en la gen lo va seguí y se va embutí a la iglesia. Van tocá moltes sinfoníes a la morta, que ere una donsella de uns devuit o vin añs de edat, filla de una casa prinsipal, plena de dijes mol pressiosos y un vestit de molta riquesa, en un vel solt galonejat de or, y al cap una diadema de valor mol alt segons brillaben les pedres. Van durá hasta ben entrades les deu les sinfoníes y los cantics, y después van pará y van ficá a la morta a una capella, la van rodejá de veles y llums y sen va aná tot lo món, menos Pedro Saputo, que se va di:

¿Yo aón hay de aná an estes hores? Aquí podré passá la nit, y no ña perill que me buscon los flares; demá ixirá lo sol y voré lo que me convé fé. Y dién aixó se va acomodá a un arca o bang de l'atra capella d'enfrente de la morta, va encomaná a Deu lo seu cos y alma, y se va tombá a dormí.

Se va adormí pronte, li fée falta desde la nit passada; pero la son ere tan ligera com dura la fusta a la que descansáe, y va sentí a deshora un soroll que li va fé eixecá lo cap. Ere lo chirrit de una porta. Y después va vore entrá (perque la llum y resplandó de les antorches que cremáen en honor de la difunta omplíe la iglesia) dos homens que se van dirigí cap a la capella de la depositada. 

Van arribá, y la un, que ere un mosso de uns vinticuatre a vintissís añs de edat, va escomensá a tráureli los dijes y diadema, y al mateix tems li anáe colocán uns atres que ell portáe mol pareguts an aquells. Los de la morta eren fins y los que li ficáen falsos y de pichó vista. Van acabá de fotre lo cambiasso, y donán lo jove al atre una bossa li va di: hasta aquí a partí, lo demés es sol meu: ahí tens los trenta escuts del pacte y vesten a la sacristía. Lo mosso se va arrimá a la morta, la va abrassá y li va doná mols besets, y pareixíe aná mes allá, cuan Pedro Saputo no puguén soportáu, y escandalisat, va pendre del altá de la seua capella un candelabro michanet de bronce y lo va embestí en tota la seua forsa. Li va assertá al mosso al muscle y al pit, se va plegá an terra pegán un bram espantós. 

Va acudí lo sacristá o ajudán, lo va vore desmayat, se va assustá, va corre a per aigua, la hi va tirá a la cara, va torná lo mosso en sí, se va reviscolá, lo va eixecá, y sense coló y tancán los ulls de po y casi tan mort com la difunta sel va emportá l’atre mich caminán mich arrastrán o arrossegán. Va agarrá Pedro Saputo un atre candelabro y fen abans un caragol en les mans contra la fusta del altá, va pegá un rugit tan fort que va pareixe que caíen les columnes de la iglesia atronánse tota y amenassán les seues altes bóvedes; y después disparán lo candelabro en tota la seua forsa, que ere terrible, li va fotre al sacristán a la esquena y lo va fé caure an terra com un taco, juns en lo mosso que ya casi expirabe. Li va faltá tamé an ell l'ánim entonses, y pareixíe que los dos s'anáen a quedá allí morts de esglay y del susto. No parláen, y después de esforsás mol rato y de está entre basques y entressuó freda, en una respirassió agonisán, van podé arribá a la porta per aon van entrá, y la van tancá, y se van sentí encara unes atres mes interiós. Y tot sossegat y volta al silensio majestuós y solemne, se va embolicá Pedro Saputo en los mantellets del altá de la seua capella, per si algú lo puguere vore, fore com fore, y va passá a la de la morta. La va mirá a la cara, y pareixíe en la seua serenidat y pau que li donáe les grassies de tan bon ofissi y defensa com li habíe fet. Y pateján o calsigán en los peus alguna cosa, va vore que ere la roba que li habíen tret a la morta.

La va agarrá tota, y ficanla en gran respecte al llit y recomponén mol be lo vel y lo vestit, li va ficá a les mans un paperet doblegat, escrit en un llapis que portáe, aon díe:

"Esta nit entre les dotse y la una dos homens infames y descombregats o excomulgats han cambiat los dijes y adornos de esta donsella per los que portáen ells. Passá volíen a ultrajalla; pero un atre mort que invissiblemen la guardabe la ha defengut del ultraje y profanassió que anáe a patí, y ha arreplegat la roba robada. Si se vol sabé quí són los desalmats que tan gran maldat van acometre, que se miro quín del sirviens de esta iglesia está ben futut de la esquena, éste es un de ells y sap del atre.»

Fet aixó y al retirás va vore una cosa blanca a enterra, la va alsá y va vore que ere la bossa dels trenta escuts que lo perdut del jove habíe donat al sacristán y habíe éste dixat caure sense preocupás de replegala. Meus són, va di; perque encara que los faiga pregoná, segú que no vindrá l'amo a demanáls. Y en aixó se va retirá a la capella, tornán los candelabros al seu puesto, una mica boñats, y se va tombá al arca.

Pero de la escena que habíe vist li va escomensá a naixe al ánim tan gran horror, que se li van esturrufá los pels del cap, y se ni anáe la forsa de les cames y la vida del cor. Al final, pensán en la obra tan caritativa y tan heroica y santa que habíe fet se va aná assossegán y va aguardá lo día.

Se va ficá después a pensá en lo seu estat, y después de vores mil vegades a les mans dels alguasils de Huesca y de escapás unes atres tantes per casualidat y ben justet, tot a la seua imaginassió, va determiná fé la mes atrevida y grassiosa travessura que cap home ha imaginat may, com se vorá al capítul siguién.


Original en castellá:

Capítulo IV.

Aventuras de Barbastro.

Llegó a la ciudad cerca de las once de la noche; y oyendo una rondalla fue para allá y se agregó a la turba. Pasada una calle se prepararon a cantar delante de una casa a una muchacha que por el nombre que repetían en las letras se llamaba Lorenza. Vio Pedro Saputo que uno de los de la ronda mientras los otros cantaban se acercó y encaramó a una reja no muy alta, hizo st! tres veces, y se entreabrió la ventana. Púsose a escuchar disimuladamente, y oyó que el mozo decía: - Mirad, Lorenza, que no lloréis, pues otra vez te juro que no ha sido más que un raspazo con algo de sangre. Ya se ve, ha puesto el pie en la maldita piedra que era como una bola redonda y ha dado con la cabeza en la pared de la iglesia. El Gafed y Resuello han ido con él, y a mí me han encargado que te lo dijese. Conque luego le tendrás aquí. No te acuestes. Adiós. Y se bajó. Fuese la ronda, y Pedro Saputo por divertirse y pasar el tiempo, que no sabía qué hacerse aquella noche, se ciñó un lienzo a la cabeza y volvió de ahí un rato a la reja, hizo la seña, abrieron la ventana, se encaramó y la moza al verle: ¡ay, Conched Mío!, dijo muy alborozada; ya pensaba que no te vería. ¿Conque no es cosa de cuidado? Y diciendo esto tomaba las manos y se las apretaba. Él le dijo: un poco me duele la cabeza, pero por verte... Es decir, que esta noche, dijo ella con sentimiento, ya no entrarás por el corral. - No, respondió él; y harto me pesa. - Paciencia, contestó ella dando un suspiro, y van cuatro noches. Cómo ha de ser; ya nos desquitaremos. Agora vete a casa, no te dañe el frío de la noche; toma este pastel de magras y este pastel de longaniza. Adiós, querido; vete, y mañana no salgas de casa. - No saldré, dijo él; adiós, alma mía. Y se bajó de la reja y se apartó con el viento, no fuese que la trampa llevase allí a Conched más pronto de lo que era menester y aconteciese una barbarie.

Y vínole bien el agasajo, porque más al caso le hacían las magras y la longaniza que los suspiros y las caricias de la moza; como que en todo el día no había comido más de un par de huevos que tomó en un molino; y comiendo y cenando a un tiempo se andaba de calle en calle. Vino al fin a parar al río, y dijo: todo me va bien. Ahora que tenía sed con este gustillo de las magras, que aunque tiernas y regaladas están un tantillo sabrosas, cata que me encuentro en el río. Pero no podía bajar al agua, y viendo un puente se metió por él y al otro lado un chorro perenne de agua. Esto es una fuente, dijo: y acercándose y bajando con mucho tiento unas gradas, porque no se veía más que una bolsa de avaro, llegó al chorro que oía y bebió muy a su sabor. Sentóse en una grada, dio cabo de las magras y se tomó con la longaniza; volvió a beber, se tornó a dormir y comiendo los últimos bocados se quedó dormido.

Antes del día y con el día, porque la gente de Barbastro es hacendosa, bullía por las calles y por encima y a espalda de la fuente, y Pedro Saputo no despertaba; hasta que llegó una muchacha por agua. Él, un poco sobresaltado, pero disimulando, le preguntó si conocía algún maestro sastre que le pudiera tomar para mancebo; y respondió la moza: - En nuestra casa ha de coser hoy el nuestro, que por eso he yo madrugado un poco más de lo ordinario. Si queréis venir, allí podréis hablalle. Aceptó Pedro Saputo y siguió a su graciosa guía.

Llegaron a la casa, que estaba en el barrio, y dicho al padre y a la madre lo que había pasado, y añadiendo Saputo lo que le pareció mentir, y satisfaciendo a las preguntas impertinentes, aunque sencillas que le hicieron, les mandó el sastre un recado diciendo que perdonasen, que por aquel día no podía ir, porque su mujer tenía flujo. - No importa, dijo él; yo cortaré y coseré los vestidos. Y cuanto antes mejor, señoras huéspedas mías; venga esa tela o paño o lo que sea, y sepa yo a quién he de tomar la medida. Lo que me falta son tijeras y las demás herramientas del oficio; pero las supliré con lo que haya en casa; porque en este mundo sólo hay dos cosas que no se pueden suplir, que son, el pan, y la buena mujer. Hizo después sentar a su lado a la muchacha para enseñarla, con que el padre se fue muy pagado y a la madre se le ablandaba el corazón de gusto. Y pasóse el día sin novedad que digna de contar sea, más de que él conoció que la muchacha se le aficionaba clara y determinadamente, y él sin saber por qué, gustaba también de tenerla cerca y mirarla; que aunque labradora, tenía mucha gracia en todo y hablaba y sentía con gran amabilidad. Pues fea, pudiéralo ser su madre, que ella no era sino muy linda, y una rosa del amor al abrir el capullo.

Anochecido casi o entre sol y candil, hora en que los tales jornaleros se suelen tomar un rato de asueto para vaciar la vejiga de lo que contiene y el vientre de flatos, díjoles que con su buena licencia se saldría un poco a la calle a orearse. Y se salió, pero con ánimo y propósito de no volver, porque no podía sosegar en la quietud del oficio que todavía le parecía poco disfraz, sobresaltándose todo el día cuando oía llamar, no fuesen los corchetes que iban a prenderle.

Dando vueltas por las calles un famoso entierro que se encaminaba a la catedral, y con la gente le siguió y se metió en la iglesia. Tocaron muchas sinfonías al muerto, que era una doncella de hasta dieciocho o veinte años de edad, hija de una casa principal, llena de dijes muy preciosos y un vestido de mucha riqueza, con un velo suelto galoneado de oro, y en la cabeza una diadema de valor muy subido según brillaban las piedras. Duraron bien hasta las diez las sinfonías y el canto, y luego cesaron y metieron la muerta en una capilla, la rodearon de luces y se fue todo el mundo, menos Pedro Saputo, que dijo entre sí: ¿Yo adónde he de ir? Aquí podré pasar la noche, y no hay cuidado que me busquen los frailes; mañana amanecerá Dios y veremos lo que conviene hacer. Y diciendo esto se acomodó en un arca o banco de otra capilla enfrente de la muerta, encomendó a Dios su cuerpo y alma, y se dispuso a dormir si el sueño no le hiciese novillos, pues le sentía venir aprisa.

Durmióse pronto con efecto, que tenía necesidad desde la noche pasada; pero sin duda el sueño era tan ligero como dura la tabla en que descansaba, pues oyó a deshora un rechino que le hizo levantar la cabeza. Era el ronquido de una puerta. Y luego vio entrar (porque la luz y resplandor de las hachas que ardían en honor de la difunta llenaba la iglesia) dos hombres y dirigirse a la capilla de la depositada. Llegan, y el uno de ellos, que era un mozo de unos veinticuatro a veintiséis años de edad, principia a despojarla de sus dijes y diadema, y al mismo tiempo le iba poniendo otros que él traía muy parecidos a aquéllos. De que infirió que los de la muerta eran finos y los que le ponían falsos y de sola vista. Concluyéronla de despojar, y dando el joven al otro un bolsillo le dijo: hasta aquí a partir, lo demás es sólo mío: ahí tienes los treinta escudos del pacto y vete a la sacristía. Fuese en efecto, y el mozo se llegó a la muerta y la abrazó y dio muchos besos, y parecía ir más allá, cuando Pedro Saputo no pudiéndolo sufrir, y escandalizado, tomó del altar de su capilla un candelero mediano de bronce y embistiéndole con toda su fuerza acertó al mozo en el hombro y en el pecho, de que cayó en el suelo dando un grito espantoso. Acudió el sacristán o ayudante, violo desmayado, se asusta, corre a por agua, se la echa al rostro, vuelve el mozo en sí, le levanta, y sin color y cerrando los ojos de horror y tan muerto como la difunta se lo llevaba el otro medio andando medio arrastrando; cuando tomando Pedro Saputo otro candelero y haciendo antes caracol con las manos y vuelto contra la madera del altar, dio un rugido tan bravo que pareció que caían las columnas de la iglesia atronándose toda y amenazando sus altas bóvedas; y luego disparando el candelero con todo su brío, dio al sacristán en la espalda y le hizo caer en tierra con el mozo que ya casi expiraba. Faltóle también a él el ánimo entonces, y parecía que los dos iban a quedar allí muertos de horror y susto. No hablaban empero; y después de esforzarse mucho rato y de sacar entre bascas y mortales congojas trasudores fríos una respiración agonizante, pudieron llegar a la puerta por donde entraron, y la cerraron, y se oyeron luego otras más interiores. Y todo sosegado y vuelto a quedar en un silencio majestuoso y solemne, se envolvió Pedro Saputo con los manteles del altar de su capilla, por si alguien le pudiese ver, fuese como fuese, y pasó a la de la depositada. Miróle al rostro, y parecía con su serenidad y apacibilidad que le daba las gracias de tan buen oficio y defensa como le debía. Y pisando con los pies alguna cosa, vio que eran las prendas que habían quitado a la muerta. Recogiólas todas, y poniéndolas con gran respeto en el pecho y componiendo muy bien el velo y el vestido, le puso en las manos un papelcito doblado que decía, escribiéndolo con lápiz que traía consigo:

«Esta noche entre las doce y la una dos hombres infames y descomulgados han cambiado los dijes y adornos de esta doncella y se llevaban los que traía puestos. Pasar querían a ultrajalla; mas otro muerto que invisiblemente la guardaba hala defendido del ultraje y profanación que iba a padecer, y recogido las prendas robadas. Si se quiere saber quiénes son los desalmados que tan gran maldad acometieron, véase quién de los sirvientes de esta iglesia está gravemente contuso de la espalda, y él es uno de ellos y sabe del otro.» Hecho esto y al retirarse vio una cosa blanca en el suelo, alzóla y se halló que era el bolsillo de los treinta escudos que el perdido del joven había dado al sacristán y se había éste dejado caer sin cuidar de recogerle. Míos son, dijo; porque aunque los haga vocear al pregonero, seguro es que no vendrá su dueño a pedillos. Y con esto se retiró a su capilla, volviendo los candeleros a su lugar, y se recostó en el arca.

Mas de la escena que había visto le comenzó a nacer en el ánimo tan grande horror, que se le levantaron los pelos de la cabeza, y se le iba la fuerza de los miembros y la vida del corazón. Al fin, pensado en la obra tan caritativa, y tan heroica y santa que había hecho se fue sosegando y aguardó el día.

Púsose luego a pensar en su estado, y después de verse mil veces en poder de los alguaciles de Huesca y de escapárseles otras tantas por casualidad, y a malas penas, todo en su imaginación, determinó hacer la más atrevida y graciosa travesura que hombre jamás ha imaginado, como se verá en el capítulo siguiente.

Llibre segón. Capítul I. De cóm Pedro Saputo va eixí a corre lo món.

Llibre segón.

Capítul I.

De cóm Pedro Saputo va eixí a corre lo món.

Que a ningú o dingú se li ocurrixque di, de esta aigua no beuré, perque pot sé que tingue que béuressela, y aixó encara que estigue térbola, y mesclada en sang humana; encara que la estiguen passán de un cuerno a un atre, com fée un grillat, lloco o loco al carré este atre día.

Lexique roman; Mania – Manjuiar

¿Cuánta aigua de cuerno per al hidalgo de la cantonada de la plassa, que vóres obligat a rendí la seua soberbia al fill de aquella pupila a qui ell va denostá en tan despressio y en paraules de tanta injuria, debénli nada menos que la vida de sa filla y no tenín pas y amor en ella si cada día no la visitabe lo que ell destinare pera comadrón y casamenté, y ademés va eixí ara, que valíe mes sén un chiquet y pobre que tots los hidalgos de la provinsia? Y encara ell va patí menos que datres en aquella humillassió, perque no ere desagraít, y l'agraimén, ¡ay, qué majo que es!, no permitix quisquilles del amor propi. Si visquere una mica mes, y veiguere encara coses mes grans, y la seua soberbia mes retirada, y la seua imprudensia mes arrepentida. Van preguntá a un sabut antic qué fée Deu, y va contestá: Recachá lo alt y eixecá lo baix.

Se ha de anotá que la Providensia done lloc a preguntes com aquelles: 

Disme, pare comú, pos eres just, an esta may se ha de dessichá mol tems lo seu cuidado de recordá al home vano, que no es res y no res pot fé de ell mateix; habénmos previngut pera que no lo extrañem, que lo que se alegre de la caiguda de un atre, de la flaquesa de l'atre, o se creu exento y segú de ella, no quedará sense cástic, no dixará de sé abandonat pera que caigue an aquella mateixa o a un atra mes miserable. 

Trobáe Pedro Saputo esta llissó y doctrina als seus llibres, y encara que lo chiquet la teníe sempre mol presén y evitabe així la vanagloria, la pressunsió, lo engreimén, ajudanli tamé sa mare que continuamén referíe a Deu totes les grassies y habilidats del seu fill.

Passáe lo tems mentrestán, y ell entráe ya als quinse añs de edat; y va di un día a sa mare:

- Yo, mare meua, voldría anamen a vore món. Hasta ara sol hay vist la siudat de Huesca y alguns atres poblets de la comarca aon m' hau portat; y aixó es com no habé eixit de Almudévar, perque no ña diferensia en les costums, ni al sel, ni a la terra y vull anamen sol y mes lluñ, perque al món ña mol que vore y mol que sabé, y a casa y per aquí sempre són los mateixos campos, los mateixos margens, ribassos, les mateixes parets, finestres y finestrons, y ni los uns diuen res, ni les atres fan mes llum que lo primé día. Conque doneume la vostra bendissió y men aniré en la vostra llissensia. 

Se va entristí sa bona mare en esta notissia, y li va di plorán: 

- ¿Cóm, fill meu, cóm sirás lo consol de ta mare si ten vas del meu costat?

- Mare meua, va contestá ell: los fills són lo consol de sons pares pero no están sempre lligats a les seues garres, sino honrats, guañanse honestamen la vida, no donanlos maldecaps, volenlos mol, y assistinlos y cuidanlos cuan u nessessiten. Ademés, no tardaré en torná, perque com sirá lo primé viache y soc encara mol sagal, no vull aná a terres apartades ni embutím a la confussió de llengües y nassions pera probá a la fortuna.

- Pos be, va di sa mare, ya que estás convensut, yo voldría que u comunicares al siñó mossen, que es home que coneix a moltes persones, y escriu y ressibix cartes del correu, pera que te dono cartes que diuen de recomanassió.

- ¡Ay mare!, va contestá ell entonses; ¡qué lluñ estéu de atiná al blang, y qué mal caléu lo meu pensamén! No vull cap lletra de recomanassió, perque ni sé aón aniré, ni dixen de sé pigüelas (esposes) que no se poden chafá sense ofensa de algú.

Ademés, ¿Qué faré? ¿Pintá? Es títul que obligue a mol, y per ventura no me se oferirá pintá un estrel. ¿De músic? No sé aón podríe portam esta habilidat si no es an algún sarao, boda o festa de convén. Pero sobre tot la libertat es lo que me fa al cas; cap respecte, cap ley inútil me convé, fora de la honradés; y lo parlá be y lo just comedimén. Esta nit anirem a casa de ma padrina y li direm que demá me se oferix un curt viache, y a ningú mes donarem cuenta, exepte si después vullgueres contálay al siñó mossen, que es tan amic nostre

- ¿Demá ya ten vols aná?, va preguntá sa mare. ¿No veus, fill, que aixó es massa de repén?

- Aixó pera vosté, va contestá ell; no pera mí, que fa mol tems que u ting pensat y resolt. Plegueume dos camises, y en esta mateixa roba y un morral al muscle ting lo menesté per al poc tems que penso caminá fora de casa.

Va habé de asseptá sa mare per mes que li ploráe lo cor; y en son demá de matinet li va besá la má y va eixí del poble eixecán los ulls al sel com pera invocá a la Providensia.

Com lo camí de Huesca ere lo mes conegut y al mateix tems lo mes curt, se ni en van aná los peus per nell y va dixá lo poble atrás, no portán mes bartuls que lo que per la nit li va di a sa mare, y deu libres jaqueses de or, no habén vullgut mes provissió, perque díe que lo que va a corre món a la aventura, lo món li ha de valé y al món ha de trobá la vida o la mort.


Original en castellá:

Libro segundo.


Capítulo I.

De cómo Pedro Saputo salió a correr el mundo.

A nadie le ocurra decir, de esta agua no beberé, porque puede ser que tenga que beberla, y eso aunque esté turbia, y mezclada con sangre humana; aunque la estén pasando actualmente de un cuerno a otro, como hacía un loco en la calle estotro día. ¿Qué más agua de cuerno para el hidalgo de la esquina de la plaza, que verse obligado a rendir su soberbia al hijo de aquella pupila a quien él denostó con tanto desprecio y con palabras de tanta injuria, debiéndole nada menos que la vida de su hija y no teniendo paz y amor con ella si cada día no la visitaba el que él destinara para comadrón y casamentero, y además salió ahora, que valía más siendo un niño y pobre que todos los hidalgos de la provincia, cuanto más él y los suyos? Y aun él padeció menos que otros en aquella humillación, porque no era ingrato, y la gratitud, ¡ay, qué hermosa es!, no permite quisquillas del amor propio. Viviera un poco más, y viera aún cosas mayores, y su soberbia más retirada, y su imprudencia más arrepentida. Preguntaron a un sabio antiguo qué hacía Dios, y respondió: abajar lo alto y levantar lo bajo. Siendo de notar que si en otras cosas su providencia da lugar a preguntas como aquéllas: Dime, padre común, pues eres justo, en ésta nunca se ha de desear mucho tiempo su cuidado de recordar fuertemente al hombre vano, que nada es y nada puede de sí mismo; habiéndonos prevenido para que no lo extrañásemos, que el que se alegra de la caída de otro, de la flaqueza de otro, o se cree exento y seguro de ella, no quedará sin castigo, no dejará de ser abandonado para que caiga en aquella misma o en otra más miserable. Encontraba Pedro Saputo esta lección y doctrina en sus libros, y aunque niño la tenía siempre muy presente y evitaba así la vanagloria, la presunción, el engreimiento, el desvanecimiento, ayudándole también su buena madre que continuamente refería a Dios todas las gracias y habilidades de su hijo.

Pasaba el tiempo entretanto, y él entraba ya en los quince años de su edad; y dijo un día a su madre: - Yo, madre mía, quisiera irme a ver mundo. Hasta ahora sólo he visto la ciudad de Huesca y algunos otros lugares de la comarca adonde me habéis llevado; y eso es no haber salido de Almudévar, porque no hay diferencia en las costumbres, ni en el cielo, ni en la tierra y quiero irme solo y más lejos, porque en el mundo hay mucho que ver y mucho que saber, y en casa y por aquí siempre son los mismos campos, las mismas paredes y ventanas, y ni los unos dicen nada, ni las otras dan más luz ni otra que el primer día. Conque dadme vuestra bendición y me iré con vuestra licencia. Contristóse su buena madre con semejante nueva, y le dijo llorando: - ¿Cómo, pues, hijo mío, cómo serás el consuelo de tu madre si te vas de mi lado? - Madre mía, respondió él: los hijos son el consuelo de sus padres no estando siempre atados de su pierna, sino honrados, ganando honestamente la vida, no dándole pesadumbres, queriéndolos mucho, y asistiéndolos y cuidándolos cuando lo necesitan. Además que no tardaré en volver, porque como será el primer viaje y soy aún muy rapaz, no quiero apartarme a luengas tierras ni lanzarme a la confusión de lenguas y naciones para prueba de mi fortuna.

- Pues bien, dijo su madre, ya que estás resuelto, yo querría que lo comunicases al señor cura, que es hombre que conoce muchas personas, y escribe y recibe cartas del correo, para que te diese letras que llaman de recomendación. - ¡Ay madre!, contestó él entonces; ¡qué lejos estáis dando del blanco, y qué mal caláis mi pensamiento! No quiero ninguna letra de recomendación, porque ni sé adonde iré, ni dejan de ser pigüelas que no se pueden romper sin ofensa de alguno. A más, ¿qué calidad queréis que me dé en ellas? ¿De pintor? Es título que obliga a mucho, y por ventura no se me ofrecerá pintar una estrella. ¿De músico? No sé a dónde podría conducirme esta habilidad si no es a algún sarao, boda o fiesta de convento. Pero sobre todo la libertad es lo que me hace al caso; ningún vano respeto, ninguna ley inútil me conviene, fuera de la honradez; y el bien hablar y el justo comedimiento. Esta noche iremos en casa de mi madrina y le diremos que mañana se me ofrece un corto viaje, y a nadie más daremos cuenta, salvo si después quisiéredes participárselo al señor cura, que es tan amigo nuestro. - ¿Que ya mañana te quieres ir?, preguntó su madre. ¿No ves, hijo, que eso es muy súbito? - Esto para vos, respondió él; no para mí, que hace mucho tiempo lo tengo pensado y resuelto. Aviadme dos camisas, y con esta misma ropa diaria y un ferreruelo al hombro tengo mi menester para el poco tiempo que pienso andar fuera de casa. Hubo de condescender su madre por más que le lloraba el corazón; y al día siguiente de mañanita le besó la mano y salió del lugar levantando los ojos al cielo como para invocar la Providencia.

Como el camino de Huesca era el más conocido y así mismo el más corto en la imaginación, se le fueron los pies por él y dejó el lugar atrás, no llevándose más equipaje que el que por la noche dijo a su madre, y diez libras jaquesas en oro, no habiendo querido mayor provisión, porque decía que el que va a correr mundo a la ventura, el mundo le ha de valer y en el mundo hallar la vida o la muerte.

jueves, 25 de julio de 2024

1.2 - Lo espabil de Pedro Saputo cuan ere chiquet.

Capítul II.

Lo espabil de Pedro Saputo cuan ere chiquet.


Renego de mantellines fetes aná.

¿Saps, lectó, per qué yo no vach sé mes espabilat de chiquet y u soc tan poc de gran?

Pos es perque los mantells en los que me van portá a batejá y purificá sels habíen ficat ya atres germans meus que van vindre dabán y van absorbí tota la seua virtut. Ya se veu, com sol se empleáen dos o tres vegades pera cada un duráen sempre, y en una mica de almidón y aigua de la bassa de Fórnols quedáen un atra vegada com a nous, no com anous del anogué, de la noguera, como nuevos en castellá.

¡Qué poc li va passá aixó a Pedro Saputo! Per aixó va sé tan viu y en tan ingenio. Tot lo que portáe ere nou, y tot cusit per sa mare, que va besá y bañá mil vegades en llágrimes aquelles robetes; y los besets y les llágrimes de una mare són cosa mol eficás y santa. Y li va ajudá mol lo sé donsella y mirál en ulls de casada, criánlo en lo amor consentrat de mare desamparada y sola. Aixina consevol ixiríe espabilat. No ña perqué admirás de lo que lligirás.

Vida de Pedro Saputo natural de Almudévar. En chapurriau.

La mare lo portáe en brassos en molta naturalidat y grandesa, y los que la miráen cuan anaben per los carrés díen: pareix una siñora. Y u pareixíe de verdat. Tots volíen vore al chiquet, lo agarráen y soltáen; pero ell, desde que va tindre tres o cuatre mesos, no se dixáe agarrá per tots, de uns sí y datres no: y si lo anáe a besá algún home o dona de mals ulls, apartáe lo cap y giráe la cara apretanla al coll de sa mare, y no ploráe com los atres chiquets, primé gitáe (vomitáe, expulsabe) la lleit y después ploráe en tristesa y no volíe eixecá lo cap hasta que sen aniguere aquella persona. En aixó díen tots que lo chiquet de la pubilla teníe mol talento, y sa mare contestáe: be lo haurá menesté, perque ni té patrimoni ni sa mare atra esperansa, a no sé que... y de aquí no passáe.

Va creixe poc a poc y va arribá als sis añs, habíe tingut lo sarrampió y la viruela, y una y atra enfermedat van passá, com diuen, pel carré. Sa mare va escomensá a dili que anare a escola, pero ell no volíe anay, només jugá y aná bambán tot lo día. 

Una vegada li va di:

- Mira, fill meu; ya tens set añs y encara no coneixes ni una lletra; Agustinet, lo teu veinet y amic, es del mateix tems que tú y ya deletreche los dotse pares y los romansos

¿Cuán penses aná a escola

Y ell contestáe: 

- Si me reneguéu, no u sé; si no me fotéu la bronca, cuan sigue tems. Eisse Agustinet y datres com ell estudien pera burros, y yo pera montáls.

- Pero, fill meu, li va replicá sa mare: ¿Cóm no hay de renegát si a mí les persones del poble me se mingen la cara perque no te fach aná a escola?

- Mare, li va contestá ell: yo tos hay dit que si me reneguéu no sé lo que faré, y si no me importunéu, cuan arribo lo tems no caldrá que me arrastron. Y an eixes persones que tos mingen la cara enviéumeles a mí y yo los diré cuatre coses.

¿No ñaurá cap taragaña a les seues cases? Pos mentres a vosté li donen mal, que vaiguen a llimpiales y los sirá mes de profit. 

Sa mare se admirabe de estes contestassions y va dixá de molestál.

Van passá mols díes, y ell aná jugán y fen maleses, follán nius, encorrén als gossos y cassán vileros en tochets enviscats

aná jugán y fen maleses, follán nius, encorrén als gossos y cassán vileros en tochets enviscats

Si algú lo tratáe de dropo sen enríe a carcañades y dixáe en dos pams de nassos a qui lay díe; pero si li díen malcriat se ofeníe mol, y la primera pedra que topetáe per allí la agarráe y la tiráe en gran furia y forsa a la persona que lo habíe enfadat; y si los fée un boñ al cap o alguna ñafra, no ñabíe datre remey que cridá al dotó, perque lo justissia y lo retó lo volíen y amparaben, y li donáen la raó y no volíen que ningú li prenguere cuentes ya que ell a ningú molestáe ni díe paraules roínes.

En tot, sa mare se apenáe, y no podíe en la pena, un día li va di en gran passió: 

- ¡Pobre de mí, que ting un fill que ere la meua alegría y tota la meua esperansa, y vach veén que lo que puc esperá de ell són disgustos y malaventura!

Y ell li va contestá: 

- Ploréu, mare meua, be de barat, be de balde, be de Baldarrores, be de … pures ganes de plorá. Anéu, que pronte siré home o dixaré de sé chiquet, y coneixeré les lletres y lligiré milló que Agustinet. Guardéu, ¡va!, les llágrimes pera milló ocasió, pera un atra nessessidat mes gran, que no vullgue Deu que vingue, perque esta, creéume, es ocasió de mol descans y de bona y sana esperansa. Y sa mare se va consolá, y se va proposá no importunál mes sobre este pun.


Original en castellá:

Capítulo II.

Agudeza de Pedro Saputo en su niñez.

Reniego de mantillas usadas. ¿Sabes, lector, por qué yo no fui más agudo de chico y lo soy tan poco de grande? Pues no es más de que porque las mantillas con que me llevaron a bautizar y purificar se las habían puesto ya otros hermanos míos que vinieron delante y absorbieron toda su virtud. Ya se ve, como sólo se usaban dos o tres veces para cada uno duraban siempre, y con un poco de almidón y agua de fuente quedaban otra vez nuevas. ¡Qué poco le sucedió esto a Pedro Saputo! Por eso fue tan vivo y tan ingenio. Todo lo que llevaba era nuevo, y todo cosido por su madre, que es circunstancia, porque besó y mojó mil veces con lágrimas aquellas ropas; y los besos y las lágrimas de una madre son cosa muy eficaz y santa. Y todavía le ayudó mucho el ser doncella y mirarle con ojos de casada, criándole con el amor reconcentrado de madre desamparada y sola. De este modo cualquiera sería agudo. Con que no hay que admirarse de lo que se va a leer: tantas causas y tales por fuerza habían de producir grandes efectos.

La madre, como decía, le llevaba en brazos con mucha naturalidad y grandeza, y los que la miraban cuando iban por las calles decían: parece una señora. Y lo parecía de verdad. Y todos querían ver al niño y lo tomaban y dejaban; pero él, desde el punto que tuvo tres o cuatro meses, no se dejaba tomar de todos, sino de unos sí y otros no: y si le iban a besar algún hombre o mujer de malos ojos, apartaba la cabeza y volvía la cara apretándola al cuello de su madre; y si porfiaban, no lloraba como los otros niños, sino que primero vomitaba la leche y después lloraba con tristeza y no quería levantar cabeza hasta que se fuera aquella persona. Con esto decían todos que el niño de la Pupila tenía mucho talento, y su madre respondía: bien lo habrá menester, porque ni él tiene otro patrimonio ni su madre otra esperanza, a no ser que... y de aquí no pasaba.

Creció poco a poco y llegó a los seis años, y había tenido el sarampión y las viruelas, y una y otra enfermedad pasó, como dicen, por la calle. Su madre, en fin, comenzó a decirle que fuese a la escuela, mas él no quería ir, sino jugar todo el día. Una vez le dijo: - Mira, hijo mío; ya tienes siete años y aún no conoces una letra; Agustinico, tu vecino y amigo, es del mismo tiempo que tú y ya deletrea en Los doce pares y en los romances. ¿Cuándo piensas ir a la escuela? Y él respondía: - Si me reñís, no lo sé; si no me reñís, cuando sea tiempo. Ese Agustinico y otros como él estudian para jumentos, e yo para montallos. - Pero, hijo mío, le replicó su madre: ¿cómo no he de reñirte si a mí las personas del lugar se me comen la cara porque no te hago ir a la escuela? - Madre, le contestó él: yo os he dicho que si me reñís no sé lo que haré, y si no me importunáis, cuando llegue el tiempo no será menester que me arrastren. Y a esas personas que os comen la cara mandádmelas a mí e yo les diré lo que cumple a vos, a mí y a ellas. ¿No habrá alguna telaraña en sus casas? Pues mientras a vos dan pesadumbre, que vayan a limpiarlas y les será más provecho. Su madre se admiraba de estas respuestas y dejó de molestarle.

Pasaron muchos días, y él jugar y travesear, y hacer pelotas, correr a los perros y cazar gorriones. Si alguno le vituperaba de holgazán se reía a carcajadas que dejaba corrido a quien se lo decía; pero si le llamaban malcriado se ofendía mucho, y la primera piedra que topaba por allí la cogía y la tiraba con gran furia a la persona que lo había enojado; y si les hacía un bollo o algo más, no había otro arbitrio que llevarlo por Dios y llamar al cirujano, porque el justicia y el cura lo querían y amparaban, y le daban la razón y no querían que nadie le tomase cuentas puesto que él a nadie molestaba ni decía palabras necias ni descomedidas.

Con todo, su madre se afligía, y no pudiendo con su pena, otro día le dijo con gran pasión: - ¡Pobre de mí, que tengo un hijo que era mi alegría y toda mi esperanza, y voy viendo que lo que puedo esperar de él es disgustos y malaventura! Y él le contestó: - Lloráis, madre mía, bien de barato, bien de balde, bien de pura gana de llorar. Andad, que presto seré hombre o dejaré de ser niño, y conoceré las letras y leeré mejor que Agustinico. Guardad, ¡ea!, las lágrimas para mejor ocasión, para otra necesidad mayor, que no quiera Dios que venga, porque ésta, creedme, es ocasión de mucho descanso y de buena y sana esperanza. Y su madre se consoló, y propuso de no importunarle más sobre este punto.