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sábado, 27 de julio de 2024

2. 13. Pedro Saputo se separe dels estudians passán abans per la aldea de les novissies.

Capítul XIII.

Pedro Saputo se separe dels estudians passán abans per la aldea de les novissies.

La Aldea, Valjunquera, Valljunquera, Vallchunquera

Difíssil ere vóreles y mantindre lo incógnit; pero la compañía que portáe li ficáe freno, y va determiná passá pel poble pera sabé si habíen eixit del convén, y torná a vóreles sol y desplay. Lo que es conéixel elles ere impossible, perque ademés de está mes prim y mol moreno pel sol, mes alt y del tot diferén per an elles, portáe bigot y un traje mes distinguit, y se habíe esquilat com un escolástic.

A les deu del matí del segón día van arribá al poble; y mentres amorsaben y minjáen a la primera casa que van trobá uberta y aon se van fé prepará l'amorsá (paganlo), se presente un home a suplicáls que anigueren a casa seua. Eixecats los mantels van trobá la casa y van vore que ere son pare de la Juanita, estáen esperanlos ella, sa mare y una cuñada. Encara no habíen acabat de saludá y ya estáe allí la Paulina en un atra sagala veína y los pares que les acompañaben. Al momén se va tratá de ball y lo van dixá aplassat pera mes tart. Se van repartí entre sing cases, y ell va preferí la de Paulina per no sé tan sospechosa com Juanita. Pero ¡oh lo que va patí!, ¡lo que se va tindre que esforsá pera aguantás!, pera no di: ¡yo soc, tendríssima Paulina! Va passá lo día, va passá lo ball, va passá la velada, y va passá la nit, y va sé home de valor; no se va dixá coneixe. Hassaña mes gran que la de cremá les naves de Cortés, que la de passá Julio César lo Rubicón, Aníbal los Pirineus y los Alpes, Alejandro los Estrets del Parrissal y después los montes de Cilicia. En tot, al anassen va entregá a Paulina un billet tancat pera Juanita a dins de un sobre (pera que aquélla no lo obriguere abans), aon los díe a les dos: ¡Traidores! ¡Ya no me coneixéu! ¡No m'hau conegut!

Va corre a portál, y cuan lo van obrí, se van quedá mudes y com un estaquirot pel seu contingut. Perque les paraules eren de Geminita; pero, ¿quí la trobará entre ixos estudians? Loques se tornáen cavilán quí podríe sé lo que així les parláe, lo que així se queixabe de elles. Perque ell, aposta, habíe empleat mols latins en sons pares y en lo mossen del poble, y va tocá lo violín y la vihuela. Ademés Geminita ere mol blanca y los sing estudians eren ¡tan negres com un teó! 

- Vaya, vaya, va di Juanita; tú no coneixes cap estudián ni yo tampoc; si algo teníe que dimos, que se haguere explicat. 

Y u van dixá aixina pera no perdre l'entenimén.

Ya haurá guipat lo lectó que en la trassa que les va doná Pedro Saputo sen van eissí del convén. Y encara que no van di que no tornaríen, y son pare de Juanita pensabe que sa filla teníe una vocassió mol forta al claustre, elles sen enríen, y díen entre sí y a soles cuan s' ajuntaben: primé mortes que monges.

Los estudians van continuá lo seu viache; y al vore la direcsió que lo segón día preníe la marcha van vore la intensió de Pedro Saputo, perque ere lo que solíe guiá sempre. En efecte, los portáe a la serra y al mateix puesto de la floresta aon lo van trobá dormín; y una vegada allí van fé un alt, van traure les güeñes, formache, llenguañissa com la de Graus y butifarres que portáen de la radera aldea aon van tocá y les van aná aligerán. Satisfeta la gana los va di Pedro Saputo: "Amics, compañs y siñós meus: an este puesto me vau pendre a la vostra compañía, y an éste me dixéu, o mes be tos dixo yo, pos de aquí no puc passá. Mol tos dec; lo vostre trate y la vida que ham portat ha sigut pera mí una escola que me ha amostrat mes que pugueren les de tots los filóssofos de Grecia. 

Si un atre añ an este mateix puesto, y lo mateix día y hora passareu per aquí, pot sé que tos estiga aguardán, o vinga a trobatos; y si ni lo un ni l’atre passare, sirá siñal que no me ha sigut possible vindre. No tos dono mes señes de la meua persona; y de les vostres ting les que me fan falta, perque sou honrats y generosos, que són les que yo solgo preferí dels homens. Aneuton de aquí ya y arranquéu a caminá, que la vostra jornada no done pera mes entretenimens. Adiós, compañs, adéu; lo cor me sen va en vatres.» 

Y dit aixó los va abrassá, y se van emossioná tots, contestanli después un de ells:

"Qui vullgue que sigues, amic y compañ, pera natros has sigut verdaderamén l'ángel conductó guián les nostres passes y dirigín la nostra ignoransia. Y si escola pot esta dis, vosté hau sigut lo maestre y la llum de ella. Tornarem, si Deu vol, l’añ que ve, mos obligue la vostra molta discressió y la vostra amistat y trate.» 

Y se van torná a abrassá, se van separá y se van doná les espales en molta pena, com fan los de Fondespala, caminán ells al michdía serra amún, y ell al nort serra aball.

Lo Camí, traduít per Ramón Guimerá Lorente, autó, Miguel Delibes

Tendra y llagrimosa va sé la despedida, perque se volíen de verdat, fen de tots sing la amistat un sol cor y una sola alma. Per lo demés, les gallines y pollastres que se van minjá, los cuixots y conserves que los van regalá, les diablures y carnussades que van fé, les donselles que van alegrá, les casades que van desenfadá, les viudes que van consolá, y los abatuts a qui van humillá, no tenen número; ni vida mes ligera, alegre, plena de goch y descuidada la va passá ningú en tots los siglos y edats del món.

Barrabassades y maleses no ne van fé cap. Los van acusá al cap de algún tems que se habíen emportat disfrassada de home a una donsella de Sieso, filla de un escribén mol ric, de solá antic, que va morí com un san perque escoltáe missa tots los díes y guardáe dijú los divendres y dissaptes, se confessáe y combregáe tots los primés domenches de mes y va casá y dotá en diferentes vegades a sis donselles pobres. Hasta que va enviudá una de elles y va escomensá a enríuressen de la santidat del escribén; y después un atra que fée lo mateix. Díe la primera: "Y, ¿qué li fot a ningú?, yo vull di; bon home vach tindre, y en lo meu me quedo.» Y la segona: "mal conten del hivern de aquell añ; no dic yo mes que: ¡hala amún!, que vach tratá en bons, y dossens escuts ninguna va dixá de agarráls a no sé que fore boba.» Pero a la filla no la van pugué sonsacá. Ella, portada per la seua imaginassió, als dos díes que van passá per allí va fé la picardía de vestís de home, péndreli dinés a son pare, y aná a trobáls a pedra Pertusa, aon los va di que volíe anassen y corre món en ells. Va caminá en ells vuit díes y entonses Pedro Saputo la va podé convense, la va restituí y acompañá hasta lo seu poble. Y va di a son pare pera que veiguere lo mol honor y consiensia de ells que ni un maravedí la habíen dixat gastá de les perres que portáe. En tot cas conveníe casala contra antes milló; y que de aquell antojo de tornás estudián y corre tan libres aventures, com ere una chiquillada, a tots importabe callá, y no fé soroll. Lo escribén apretán los puñs y mirán al sel, va bramá per dolgut, y s'anáe a abalansá sobre sa filla pera apalissala, esbatussala o matala; pero lo va calmá y assossegá Pedro Saputo en la seua elocuensia, y reconsilianlo del tot en sa filla, va torná a buscá als seus compañs. Después se va casá la sagala, y ben casada, perque es gran capa una bona dote, y se amolden les persones a la auló de les riqueses.

Los estudians sen van aná sense sabé quí ere Pedro Saputo, discurrín y pareixenlos per la seua educassió, desinterés y noblesa, que deuríe sé fill de algún gran caballé, y que per alguna travessura sen hauríe anat de casa de sons pares, y li anabe milló aquella vida solta y alegre, que la apretada y formal del orden en lo que se hauríe criat. Tamé van dudá sempre si ere aragonés, castellá o navarro, inclinanse per aixó radé sol perque se dixáe cridá navarro; pero per l'acento podíe sé de consevol provinsia de España, perque un día lo teníe de una manera y l'atre de un atra, fen de lo seu parlá y trasses lo que volíe.


Original en castellá:

Capítulo XIII.

Pedro Saputo se separa de los estudiantes pasando antes por la aldea de las novicias.

Difícil era verlas y mantener el incógnito; pero la compañía que llevaba le ponía freno, y determinó pasar el lugar para saber si habían salido del convento, y volver a verlas solo y espacio. Lo que es conocerle ellas era imposible, porque demás de estar más delgado y muy tostado del sol, más alto y al todo diferente para ellas, traía los bigotes y un traje más distinguido, y se había cortado el pelo entera y legítimamente a lo escolástico.

A las diez de la mañana del segundo día llegaron al lugar; y mientras almorzaban y comían en la primera casa que encontraron abierta adonde se hicieron preparar el almuerzo (pagándolo), se presenta un hombre bien portado a suplicarles viniesen a su casa. Levantados los manteles dieron con él y se encontró con que era el padre de Juanita, y a ella que por su madre y con una cuñada los recibía. Aún casi no habían acabado de saludar ya estaba allí Paulina con otra muchacha vecina y los padres que las acompañaban. Al momento se trató de baile y le dejaron aplazado para más tarde. Repartiéronse en cinco casas, y él prefirió la de Paulina por no ser tan sospechosa como Juanita. Pero ¡oh lo que padeció!, ¡lo que se hubo de esforzar para contenerse!, para no decir: ¡yo soy, tiernísima Paulina! Pasó empero el día, pasó el baile, pasó la velada, y pasó en fin, la noche, y fue hombre de valor; no se dio por conocido. Hazaña mayor que la de quemar las naves de Cortés, que la de pasar Julio César el Rubicón, Aníbal el Pirineo y los Alpes, Alejandro el Estrecho y después los montes de Cilicia. Con todo, al irse entregó a Paulina un billete cerrado para Juanita en el sobre (a fin de que aquélla no lo abriese tan pronto), en que les decía hablando con las dos: ¡Traidoras! ¡Ya no me conocéis! ¡No me habéis conocido!

Corrió a llevárselo, y cuando le abrieron, quedaron mudas y estáticas de su contenido. Porque las palabras eran de Geminita; pero, ¿quién le encontrará en aquellos estudiantes? Locas se volvían discurriendo quién podría ser el que así les hablaba, el que así se quejaba de ellas. Porque él, de propósito, había usado muchos latines con sus padres y con el cura del pueblo, y tocó el violín y la vihuela. Además Geminita era blanco y hermosísimo, y los cinco estudiantes eran ¡tan negros! - Vaya, vaya, dijo al fin Juanita; tú no conoces ningún estudiante ni yo tampoco; si algo tenía que decirnos, que se hubiese explicado. Y lo dejaron así por no perder el juicio.

Ya habrá inferido el lector que con la traza que les dio Pedro Saputo se salieron del convento. Y aunque no dijeron que no volverían, y el padre de Juanita pensaba que su hija tenía una vocación furiosa al claustro, ellas se reían, y decían entre sí y a solas cuando se juntaban: primero muertas que monjas.

Los estudiantes continuaron su viaje; y al ver la dirección que el segundo día tomaba la marcha conocieron la intención de Pedro Saputo, porque era el que solía guiar siempre. Con efecto, los llevaba a la sierra y al mismo sitio y floresta donde le encontraron durmiendo; y llegados allí hicieron alto, sacaron la provisión que traían de la última aldea que tocaron y la fueron aligerando. Satisfecho el apetito les dijo Pedro Saputo: «Amigos, compañeros y señores míos: en este sitio me tomasteis en vuestra compañía, y en éste me dejáis, o más bien os dejo yo, pues de aquí no puedo pasar. Mucho os debo; vuestro trato y la vida que hemos llevado ha sido para mí una escuela que me ha enseñado más que pudieran las de todos los filósofos de Grecia. Si otro año en este mismo sitio, y el mismo día y hora os quisiéredes hallar, puede ser que os esté aguardando, o venga a encontraros; y si ni lo uno ni lo otro sucediera, será señal que no me ha sido posible venir. No os doy más señas de mi persona; y de las vuestras tengo las que me bastan, porque sois honrados y generosos, que son las que yo suelo tomar de los hombres. Alzad de aquí ya y echad a andar, que vuestra jornada no da lugar a más entretenimientos. Adiós, compañeros; el corazón se me va con vosotros.» Y dicho esto los abrazó, y se enternecieron todos, contestándole después uno de ellos: «Quien quiera que seáis, amigo y compañero, para nosotros habéis sido verdaderamente el ángel conductor guiando nuestros pasos y dirigiendo nuestra ignorancia. Y si escuela puede ésta llamarse, vos habéis sido el maestro y la luz de ella. Volveremos, sí, Dios mediante, el año que viene, obligándonos vuestra mucha discreción y vuestra apacibilísima amistad y trato.» Y se tornaron a abrazar, se separaron y dieron por fin la espalda esforzadamente, caminando ellos al mediodía sierra arriba, y él al norte sierra abajo.

Tierna y lagrimosa fue la despedida, porque realmente se querían, haciendo de todos cinco la amistad un solo corazón y una sola alma. Por lo demás, las gallinas y pollos que se comieron, los jamones y conservas con que los regalaron, las diabluras que hicieron, las doncellas que alegraron, las casadas que desenfadaron, las viudas que consolaron, y los bobos a quienes ejecutaron, no tienen número; ni vida más ligera, alegre, gozosa y descuidada la pasó nadie en todos los siglos y edades del mundo.

Travesuras mayor no hicieron ninguna. Achacáronles no obstante de ahí a algún tiempo que se habían llevado disfrazada de hombre una doncella de Sieso, hija de un escribano muy rico, de solar antiguo, que murió en opinión de santo porque oía misa todos los días y ayunaba los viernes y sábados, se confesaba y comulgaba todos los primeros domingos de mes y casó y dotó en diferentes veces seis doncellas pobres. Hasta que enviudó una de ellas y comenzó a reírse de la santidad del escribano; y luego otra, y hacía lo mismo. Diciendo la primera: «Y, ¿qué se le dará a nadie?, yo lo quiero decir; buen marido me tuve, y con lo mío me quedo.» Y la segunda: «mal cuentan del invierno de aquel año; no digo yo sino bien: ¡anda arriba!, que traté con buenos, y doscientos escudos ninguna dejó de tomallos si no fue boba.» Pero la hija no fue sonsacada por los estudiantes, sino que ella de su propio motivo y llevada de su imaginación, a los dos días que pasaron por allí hizo la desenvoltura de vestirse de hombre, tomar dinero a su padre, y los ir a encontrar a Piedra Pertusa, en donde les declaró que quería irse y correr con ellos. Anduvo en efecto, y corrió ocho días; al cabo de los cuales Pedro Saputo, que más particularmente le debía aquella locura, la pudo persuadir, y la restituyó y acompañó a su pueblo. Y dijo a su padre que viese en esta acción y en que ni un maravedí le habían permitido gastar del dinero que traía, el mucho honor y conciencia de ellos; que en todo caso convenía casalla cuanto antes; y que de aquel antojo de tornarse estudiante y correr tan libres aventuras, puesto que fuese una niñería, a todos importaba callar, y no dalle cuerpo ni hacer ruido. El escribano apretando los puños y mirando al cielo, rugió de dolor, y se iba a lanzar sobre su hija para matarla; pero le templó y sosegó Pedro Saputo con su mucha elocuencia, y reconciliándole del todo con la hija, volvió a buscar a sus compañeros. Luego casó la muchacha, y bien, a pesar de aquella liviandad. Que es gran capa un buen dote, y dan de sí y de las personas muy bueno y largo olor las riquezas.

Los estudiantes se fueron sin saber quién era Pedro Saputo, discurriendo y pareciéndoles por su crianza, por su desinterés y su nobleza, que debería ser hijo de algún gran caballero, y que por alguna travesura se habría ido de casa de sus padres, y le acomodaba más aquella vida suelta y alegre, que la sujeta y formal del orden en que se criara. También dudaron siempre si era aragonés, castellano o navarro, inclinándose a esto último sólo porque se lo dejaba llamar; bien que pudiendo por el acento ser de cualquiera provincia de España, que un día le tenía de una y otro de otra, haciendo de su habla y trazas lo que quería.

domingo, 28 de julio de 2024

3. 14. Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Capítul XIV.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá. De una extraña aventura que los va passá an elles.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Desde la Cort habíe escrit al consell de Almudévar donanli cuenta de la seua comisió y diénlos que S. M. agraíe lo regalo, pero encarreganlos que u tingueren callat hasta la seua tornada, per serta raó que los diríe. Y arribat a Saragossa va escriure a sa mare roganli que vinguere a vore les festes y visitá a Nostra Siñora del Pilá.

Se va alegrá mol sa mare, y la resposta va sé presentás en una familia honrada de lo seu poble y emportanse en ella a la filla de sa padrina, que van vullgué aná a Saragossa y en tan bona compañía y al costat de una persona com la pupila no sels podíe negá tan natural y just dessich.

Pedro Saputo va entregá lo plec al Capitá General y li va di lo que de paraula li van encarregá S. M. y lo ministre. Lo preveníen a les seues lletres que ressibiguere mol be al portadó y missaché y que no despressiare los seus consells. En aixó lo virrey lo va convidá a minjá algunes vegades y lo va volé vore tots los díes. Sa mare, veénlo tratá en tan altes persones, donáe seguit grassies a Deu y no sabíe eixí del Pilá, costanlos traball a les pobres sagales tráurela pera fela seguí y vore la siudat.

Van arribá les festes, y lo virrey lo va convidá a vore la correguda de bous al seu balcó, sen entonses lo Cosso aon se corríen y torejáen los bous. Después se van refrescá, y cuan anáe ya a despedís va ressibí un billet. Lo seu sobre díe:

Per al caballé que esta tarde ha estat a la zurda del siñó virrey veén los bous, y portabe una sinta verda al pit. Y a dins va lligí:

"Demá a les dos de la tarde en pun tos aguarde a una casa, la porta es la segona a la dreta al carré de don Juan de Aragó entrán pel Carré Majó. 

- La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que va está al convén en Geminita

Lo fret de la mort va sentí a les seues entrañes al vore este recado; va sé la nova que mes profunda y cardinalmen lo va sobressaltá y va conmossioná la seua vida. Sen va aná inmediatamen de la casa y visita dién que lo cridáen, y ple de confusió sense podé casi fé eixí la respirassió del pit, anáe diénse:

¿Qué es aixó? ¿Ensomio o es verdat? ¡Sor Mercedes fora del convén! ¡La sensible y tendra sor Mercedes! ¿Qué li passaríe? ¿Qué li ocurriríe a la infelís? ¡Y en tans añs no habé sabut de ella! ¡Secreto gran seríe! Be que ella no sabríe quí era yo. Y ara ya u enteng; ¡me haurá vist, y me ha conegut! Obríu, sels, lo camí de San Pedro, y aquí estic per al sacrifissi que lo cas pugue demaná. Y va doná algunes voltes per los carrés pera calmás una mica, procurán en esfors y valor dissimulá la seua profunda cavilassió y tristesa pera no apená a la seua bona mare ni doná a entendre res a les dos sagales.

¡Quina nit aquella! ¡Quin día lo siguién! ¡Qué cambiat se va vore al espill! Li pareixíe que no ere lo mateix; y entre mil embolicades imaginassions va passá lo día y va sentí tocá les tres de la tarde a la Seo; conque se va disposá a aná a la casa de la sita. Lo cor li martelláe, les cames li fallaben, la espasa lo incomodabe, y hasta lo cos li volíe fugí y seguíe arrastrán la intensió de les passes. Va arribá al carré, y sense volé se va trobá a la porta. Va entrá, va cridá, van obrí, va pujá y a un replá de la escala se va obrí una porta; va entrá per nella donanli a cada pas mes forts y mes ansiosos batecs lo cor, cada vegada mes enarbolat. Va vore a una siñora mol ben vestida a la porta de una sala, que pareixíe aguardál; se va dirigí an ella, pero la siñora sen va aná al mateix pas que ell adelantabe cap an ella. Sén passes detrás, se torne a mirá en algún ressel, y veu a un atra siñora no menos ben vestida y misteriosa. Va seguí a la primera sense sabé si debíe saludales o callá, perque cap de elles parláe y no podíe vóreles la cara per la poca llum que permitíen unes cortines de Damasco a les vidrieres, que tampoc estáen del tot ubertes. La que anáe dabán va arribá hasta la finestra y se va pará; la que veníe detrás se va aturá tamé, y ell al mich de les dos, no adivinabe en qué pararíe alló ni podíe coneixe quina de elles siríe sor Mercedes. Mentres miráe a la una y a l'atra, elles guardán lo mateix silensio, van aná adelantán cada una hasta ajuntás en frente de ell entre dos alcobes que ñabíe y se van quedá a unes sis passes com dos estatues. Lo van está mirán aixina un ratet, y ell an elles: y después la que va vindre dabán va di mich en vers, pero en tono serio y fingín la veu, perque sinó lay haguere conegut:

Hau vingut al terré

ben engañat, per Deu;

no un cor, sino dos,

nessessitéu, caballé.


Ell, ixquere lo que ixquere, pero adoptán lo sentit cortessano, va contestá en serenidat y rapidés:


Si de amor es lo terré, 

en un ne ting prou, per Deu;

be pot serví a dos,

si se oferix, un caballé.


Y un atra vegada se van quedá mirán. Entonses la mateixa dels versos va di en la seua veu natural y en molta confiansa y ahínco: 

¡Ay, cèlio!, y van corre les dos a abrassál, ressibinles ell una mica dudós, preocupat sempre de la sort y desgrassia de sor Mercedes. Les va acabá de coneixe, y va exclamá:

¡Filles meues! Perque eren... ¿Quí se u habíe de imaginá? 

Eren Juanita y Paulina, que lo van coneixe al balcó del virrey y van discurrí aquella aventura pera fótreli un bon susto y disfrutá de la seua turbassió y zozobra. No acababen de alegrás, de mirál, de satisfé y assossegá lo cor ple de amor y de tendresa. Y agarranli les mans lo van entrá al estrat.

Van vullgué explicás; pero van preguntá tantes coses y tan atropelladamen, que en ves de contestá, perque ere impossible de aquell modo, va soltá ell tamé una llarga ristra de preguntes. Se van calmá poc a poc, y li van aná dién que estáen casades y habíen vingut a les festes en los seus homens; que Paulina teníe un chiquet de dos añs, y a Juanita se li habíe mort una chiqueta de un añ fée tres mesos; que los homens en una criada pera les dos, en lo huésped y atres forastés sen habíen anat als bous y de allí aniríen a les festes del Pilá hasta les nou de la nit anán de passada a refrescás a un atra casa; que habenlo conegut ahí al balcó del virrey habíen acordat cridál del modo que u van fé; y quedás avui a casa en algún pretexto, que may ne faltaben a les dones, pera vórel y dili que elles sempre eren les mateixes.

Les va preguntá si estáen contentes en la seua sort, y van di que no les penabe habés casat; que Juanita estáe entre be y mal, be per la casa y lo home, perque la casa ere mol rica y lo home un bonachón y calsonassos; y mes que be per lo seu sogre, que ere un home mol instruít y amable, pero que estáe mal per la seua sogra, perque en lo seu genio ere tres vegades sogra, igual per als demés que per an ella. Que Paulina habíe trobat gen sensilla y passífica fora de sé lo seu sogre una mica aspre y gorito, encara que de bona raó en general.

- Pero, ¿es possible, va di después Juanita, que en vóret hagam de torná sempre a sé sagales? ¿Y es possible que no sapigam quí eres después de tans añs? Pero lo día ha arribat; cuan estiguéu casades, vas di; y ya hi estem, cumplix la teua paraula.

- La vach a cumplí, va di ell; no tos u faré dessichá mes, perque be u mereixéu. ¿Hau sentit parlá de Pedro Saputo? Al sentí este nom se van quedá estupefactes, en la boca uberta, mudes, miranse la una a l'atra, miranlo an ell, y com recorrén a la seua memoria la historia de les seues aventures en ell desde lo novissiat.

Al final, va exclamá la mateixa Juanita: 

- ¡Tú, Pedro Saputo! ¡Lo Geminita, lo estudián, lo caballé, ara lo cortessano y home de palau! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podíe sé datre! Ya no me admiro de lo teu mol sabé, de la teua molta agudesa, del teu espabil, ni de res de cuan ham vist desde que te vam coneixe. ¿Qué extrañ que a totes mos vas engañá al convén finginte dona, fen lo que vas fé y que mos encantares de aquella manera?

Pero en fin, a tú te debem lo no habemos quedat allí sepultades pera tota la vida; a tú te debem...

Mira, Paulina, be mos podem perdoná los desatinos y locures que en ell ham fet. ¿Quí se resistix a les teues paraules? ¿Quí pot en ixa grassia? ¿Quí no creu triunfá cuan sense reflexió ni sentit se dixe portá del encán de les teues mirades y té tanta perfecsió y gallardía? - ¿Estás grillada, Juanita?, li va di ell. ¿Acabes y passam a un atre assunto?

- ¿Qué es concluí?, va di Paulina. ¿Quí pot acabá de admirás? 

¡Pedro Saputo, lo nostre antic y primé amán! ¡Oh!, sí que u eres, sí, no u dudem, si no eres algún dimoniet del infern. ¡Y tan segues natres, Juanita! ¡Y tan com ham sentit lo teu nom, no ensertá que sol tú podíes sé! Home y dimoni.

¿De aón has eixit? ¡Ay, cuántes torres haurán caigut als teus peus! ¡Cuántes fortaleses te s'haurán rendit! ¡Cuántes infelises deuen pensá en tú an este mateix instán, y plorá y afligís, mentres estás aquí en natres! Pero eres lo nostre, y de ningú mes; sí, lo nostre, encara que sigue un crimen díu. ¿Per qué te vam coneixe?

Va fé callá tamé a Paulina, y així parlán y tornán sempre al mateix se va passá lo tems hasta les nou; an ixa hora se va alsá y sen va aná cap a la fonda, dién que no podríe torná a vóreles; pero prometinles aná als seus pobles.

Se van acabá les festes del Pilá; van descansá tres o cuatre díes y elles sen van aná en los seus homens als seus pobles, y ell, a Almudévar en sa mare y les sagales.

A la seua arribada lo van visitá tots los del consell o ajuntamén, después de la formalidat y en lo afecte de sempre, los dos hidalgos y mich que ñabíe al poble, y los tres caballés que se donáe a entendre que u eren per tindre dos rucs y una somera y señí espasa los díes de festa. Als del consell va encarregá que parlaren poc de les tres figues, y los va di que pera librás de la baya del vejamen que los donaríen atres pobles no repararen en fótreli treballassos y cascots al simén del obra, y així creuríen que va ñabé an ella algún misteri. Y misteri habíe sigut la seua presensia a la Cort y la seua assistensia a palau.

Pero de habél vist en familiaridat y amic del virrey y de atres personajes no se admiraben, perque, encara que eren aldeans y sense món, be se 'ls alcansabe que Pedro Saputo ere home per an aixó y pera mol mes; ni tampoc se extrañáen de que Sa Majestat li haguere fet tan favor. Y tots se creíen honrats en la fama y gran persona de aquell fill del seu poble.


Original en castellá:

Capítulo XIV.

Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas.

Desde la corte había escrito al concejo de Almudévar dándole cuenta de su comisión y diciéndole que S. M. agradecía el regalo, pero encargándoles que lo tuviesen callado hasta su vuelta, por cierta razón que les diría. Y llegado a Zaragoza escribió a su madre rogándola que viniese a ver las fiestas y visitar a Nuestra Señora del Pilar. Alegróse mucho su madre, y la respuesta fue presentarse con una familia honrada de su pueblo y trayéndose consigo a la hija de su madrina, que quisieron ir a Zaragoza y con tan buena compañía y al lado de una persona como la Pupila no se les podía negar tan natural y justo deseo.

Pedro Saputo entregó el pliego al capitán general y le dijo lo que de palabra le encargó S. M. y el ministro. Preveníanle en sus letras que recibiera muy bien al portador y mensajero y que no despreciase sus consejos. Con esto el virrey le convidó a comer algunas veces y le quiso ver todos los días. Su madre viéndole tratar con tan altas personas, daba continuas gracias a Dios y no sabía salir del Pilar, costando trabajo a las pobres niñas sacarla para hacerla seguir y ver la ciudad.

Llegaron las fiestas, y el virrey le convidó a ver la corrida en su balcón, siendo entonces el Coso donde se corrían los toros. Después refrescaron, y cuando iba ya a despedirse recibió un billete cuyo sobre decía: Para el caballero que esta tarde ha estado a la izquierda del señor virrey viendo los toros, y llevaba una cinta verde en el pecho. Y dentro leyó: «Mañana a las dos de la tarde en punto os aguarda en la casa cuya puerta es la segunda a la derecha en la calle de don Juan de Aragón entrando por la Mayor. - La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que fue en el convento de Geminita.»

El frío de la muerte sintió en sus entrañas al ver este recado; fue la nueva que más profunda y cardinalmente le sobresaltó y conmovió en su vida. Fuese inmediatamente de la casa y visita diciendo que le llamaban, y lleno de confusión sin poder casi hacer salir la respiración del pecho, iba diciendo entre sí: ¿qué es esto? ¿Sueño o es verdad? ¡Sor Mercedes fuera del convento! ¡La sensible y tierna sor Mercedes! ¿Qué sucedería? ¿Qué le sucedería a la infeliz? ¡Y en tantos años no he sabido...! ¡Secreto grande sería! Bien que ella no sabría quién yo era. Y agora ya lo entiendo; ¡me habrá visto, y me ha conocido! Abrid, cielos, camino, y aquí estoy para el sacrificio que el caso pueda pedir. Y dio algunas vueltas por las calles para calmarse un poco, procurando con esfuerzo y valor disimular su profunda cavilación y tristeza para no afligir a su buena madre ni dar a entender nada a las dos muchachas.

¡Qué noche aquélla! ¡Qué día siguiente! ¡Qué demudado se vio en el espejo! Parecíale que no era el mismo; y entre mil revueltas imaginaciones pasó el día y oyó las tres de la tarde; conque se dispuso a ir a la casa de la cita. El corazón le latía, las piernas le flaqueaban, la espada le incomodaba, y hasta el cuerpo le quería huir y seguía arrastrando la intención de los pasos. Llegó a la calle, y sin querer se encontró en la puerta. Entró, llamó, abrieron, subió y en un rellano o descanso de la escalera se abrió de sí misma una puerta; entróse por ella dándole a cada paso más fuertes y más ansiosos latidos el corazón de punto en punto más alterado. Vio una señora muy bien vestida a la puerta de una sala, que parecía aguardarle; dirigióse a ella, pero la señora se fue entrando por la sala al mismo paso que él adelantaba hacia ella. Oye pasos detrás, se vuelve a mirar con algún recelo, y ve otra señora no menos bien vestida y misteriosa. Siguió a la primera sin saber si debía saludarlas o callar, porque ninguna hablaba y no podía verles el rostro por la poca luz que permitían unas cortinas de damasco en las vidrieras, que tampoco no estaban del todo abiertas. La que iba delante llegó hasta la ventana y se paró; la que venía detrás se paró también, y él en medio de las dos, no adivinaba en qué pararía aquello ni podía conocer cuál de ellas sería sor Mercedes. Mientras miraba ya a la una ya a la otra, ellas guardando el mismo silencio, fueron adelantando cada una de su punto a juntarse en frente de él entre dos alcobas que había y quedaron a unos seis pasos como dos estatuas. Estuviéronle mirando así un poco y él a ellas: y luego la que vino delante dijo medio en verso, pero en tono grave y fingiendo la voz, porque se conocía:

Habéis venido al terrero

Bien engañado, por Dios;

No un corazón, sino dos,

Necesitáis, caballero.

Él, saliese lo que saliese, pero adoptando el sentido cortesano, respondió con serenidad y presteza:

Si de amor es el terrero,

Uno me basta, por Dios;

Bien puede servir a dos,

Si se ofrece, un caballero.

Y otra vez se quedaron mirando. Entonces la misma de los versos dijo en su voz natural y con mucha confianza y ahínco: ¡Ah, ciego!, y corrieron las dos a abrazarle, recibiéndolas él un poco dudoso, preocupado siempre con la suerte y desgracia de sor Mercedes. Acabólas en fin de conocer, y exclamó: ¡Hijas mías! Porque eran... ¿Quién se lo había de imaginar? Eran Juanita y Paulina, que le conocieron en el balcón del virrey y discurrieron aquella aventura para causarle susto y gozar de su turbación y zozobra. No acababan de alegrarse, de mirarle, de satisfacer y sosegar el corazón lleno de amor y de ternura. Y tomándole las manos le entraron en el estrado.

Quisieron explicarse; pero preguntaron tantas cosas y tan de tropel, que en vez de responderles, porque era imposible de aquel modo, les soltó él también un largo borbollón de preguntas. Calmáronse poco a poco, y le fueron diciendo que eran casadas y habían venido a las fiestas con sus maridos; que Paulina tenía un niño de dos años, y a Juanita se le había muerto una niña de un año hacía tres meses; que los maridos con una criada para las dos, con el huésped y otros forasteros se habían ido a los toros y de allí irían a las fiestas del Pilar hasta las nueve de la noche yendo de paso a refrescar a otra casa; que habiéndole conocido ayer en el balcón del virrey habían acordado llamarle del modo que lo hicieron; y quedarse hoy en casa con pretextos que nunca faltaban a las mujeres, para verle y decirle que ellas siempre eran las mismas.

Preguntóles si estaban contentas con su suerte, y dijeron que no les pesaba de haberse casado; que Juanita estaban bien y mal, bien por la casa y el marido, porque la casa era muy rica y el marido un bonachón; y más que bien por su suegro, que era un hombre muy instruido y amable, pero que estaba mal por su suegra, porque con su genio era tres veces suegra lo mismo para los demás que para ella. Que Paulina había dado con gente sencilla y pacífica fuera de ser su suegro un poco áspero y gorito, aunque de buena razón generalmente.

- Pero, ¿es posible, dijo después Juanita, que en viéndote hayamos de volver siempre a niñas? ¿Y es posible que no hemos de saber quién eres después de tantos años? Pero el día ha llegado; cuando seáis casadas, dijiste; ya lo somos, cumple tu palabra. - La voy a cumplir, dijo él; no os lo haré desear más, porque bien lo merecéis. ¿Habéis oído hablar de Pedro Saputo? Al oír este nombre quedaron estupefactas, mudas, mirándose una a otra, mirándole a él, y como recorriendo en su memoria la historia de sus aventuras con él desde el noviciado.

Al fin, exclamó la misma Juanita: - ¡Tú, Pedro Saputo! ¡El Geminita, el estudiante, el caballero, ahora el cortesano y hombre de palacio! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podía ser otro! Ya no me admiro de tu mucho saber, de tu mucha agudeza, ni de nada de cuanto hemos visto desde que te conocimos. ¿Qué extraño que a todas nos engañases en el convento fingiéndote mujer, haciendo lo que hiciste y que nos encantases de aquella manera? Pero en fin, a ti te debemos el no haber quedado allí sepultadas para toda la vida; a ti debemos... Mira, Paulina, bien nos podemos perdonar los desatinos y locuras que con él hemos hecho. ¿Quién resiste a tus palabras? ¿Quién puede con esa gracia? ¿Quién no cree triunfar cuando sin reflexión ni sentido se deja llevar del encanto de tus miradas y llama suya tanta perfección y gallardía? - ¿Estás loca, Juanita?, le dijo él. ¿Concluyes y pasamos a otro asunto? - ¿Qué es concluir?, dijo Paulina. ¿Quién acabará de admirarse? ¡Pedro Saputo, nuestro antiguo y primer amante! ¡Oh!, sí que lo eres, sí, no lo dudamos, si no eres algún diablico del infierno. ¡Y tan ciegas nosotras, Juanita! ¡Y tanto como hemos oído tu nombre, no dar en que tú solo podías ser! Hombre y demonio, ¿de dónde has salido? ¡Ah, cuántas torres habrán caído a tus pies! ¡Cuántas fortalezas se te habrán rendido! ¡Cuántas infelices deben pensar en ti en este mismo instante, y llorar y afligirse, mientras estás aquí con nosotras! Pero eres nuestro, y de nadie más; sí, nuestro, aunque sea crimen decillo. ¿Por qué te conocimos?

Hizo callar también a Paulina, y así hablando y volviendo siempre a lo mismo se pasó el tiempo hasta las nueve; a esa hora se levantó y se fue a la posada, diciéndoles que no podría volver a verlas; pero prometiéndoles ir a sus pueblos.

Acabáronse las fiestas; descansaron tres o cuatro días y ellas se fueron con sus maridos a sus pueblos, y él, a Almudévar con su madre y las niñas. A su llegada le visitaron en cuerpo los del concejo, luego de formalidad y con el afecto que siempre, los dos hidalgos y medio que había en el lugar y los tres caballeros que se daban a entender que lo eran por tener caballo y ceñir espada los días festivos. A los del concejo encargó mucho que hablasen poco de los tres higos, y les dijo que para librarse de la baya del vejamen que les darían otros pueblos no reparasen en echarle la idea y la obra, y así creerían que hubo en ella algún misterio, como quiera que, al cabo, misterio había tenido su presencia en la corte y su asistencia en palacio.

Mas de haberle visto familiar amigo del virrey y de otros personajes no se admiraban, porque, aunque aldeanos y sin mundo, bien se les alcanzaba que Pedro Saputo era hombre para eso y para mucho más; ni aun de que a Su Majestad hubiese merecido tanto favor. Y todos se creían honrados con la fama y gran persona de aquel hijo de su pueblo.

sábado, 27 de julio de 2024

3. 1. Pedro Saputo visite alguns pobles. Se trobe al torná en un gran empeño als del seu poble.

Llibre tersé.

Capítul I.

Pedro Saputo visite alguns pobles. Se trobe al torná en un gran empeño als del seu poble.

¡Venerable antigüedat, amor del cor, encanto de la imaginassió, dessich del tems presén, gloria y honor dels pobles, de les nassions y de la humanidat, ajuntán sempre lo sel en la terra, als deus en los homens! ¡Salve! Tamé yo me alimento de la teua memoria, me exalto de les teues maravilles, magnifico a los teus héroes y contemplo estátic y ansiós lo mágic resplandó dels teus nugols arrebolats.

Mol tems fáe que Pedro Saputo dessichabe visitá los pobles historics del nostre regne; y libre ara de tota preocupassió y abans de que lo cridare alguna nova obra, va determiná satisfé la seua curiosidat. 

Va visitá, pos, los antics forts dels cristians, que eren Marcuello, que al seu tems encara se conserváe, Loharre, Montearagón y Alquézar (al qsar), que tan sélebres y nomenats són a les nostres histories.

A Alquézar habíe estat en los estudians, pero no va examiná les seues antigüedats, y va volé torná mol aposta a vóreles, y mes les pintures de la iglesia. Va vore unes opossisions de segón violín de aquella capelleta de música; aon van concursá sis opossitós. Per sert que al vore la parsialidat en la que se va jusgá la habilidat comparativa dels musics, va di: "Pamema de pamemes y tot pamemes es aixó de les opossisions; una cortina que cubrix una farsa; lo cumplimén de una ley lo seu espíritu no entre a la consiensia o se quede allí y no ix als efectes. Van competí aquí les mitres y les faldes, y van guañá les faldes.» Va sabé que ñabíe recomanassions de dos siñós obispos y de una siñora de títul, habense emportat la plassa lo recomanat per esta. Per lo demés, lo milló de ells li va pareixe sol mijanot. Y encara que en gust haguere agarrat lo violín y ficat en ridícul a tots, no va volé féu pera evitá la vanidat.

De Alquézar, per está tan prop y habé volgut sempre, va puchá a la serra de Guara. Va pujá, y una vegada a la punta va mirá infinidat de pobles que se veuen, sobre tot an aquell pressiós lienzo o llansol estés desde la falda al que diuen lo Semontano. Y va di: ¿ñaurá un atre paraís a la terra? Sol falte que u entenguen y valoron los que hi viuen.

Va mirá después cap al seu lloc (poble, vila), y va saludá a sa mare, a sa padrina, a san germaneta Rosa y a Eulalia; va bachá un atra vegada al poble, y va visitá lo alcázar de aon agarre lo nom aquella mol antiga y mol noble vila.

De ahí va pujá al Sobrarbe, y va visitá la seua capital, la famosa vila de Aínsa, poble entonses de singsens veíns y ara de poc mes de sen, habén sigut cremat a la guiarra de sucessió, y enrunats fée poc los seus valens forts; sén, sin embargo, una plassa que si tinguerem gobern siríe mes respetable y forta que la de Jaca y no menos importán y nessessaria.

Va pujá tamé a San Victorián; va visitá la antiga cova dels monjos, o sigue del san; va adorá lo cos de éste pensán en Alcoraz; va venerá lo sepulcre de don Gonzalo, y dudán del de Arista, va baixá y sen va aná a Jaca, desde aon va pujá a San Juan de la Peña.

251. NACIMIENTO DE SAN JUAN DE LA PEÑA (SIGLO VII. SAN JUAN DE LA PEÑA)

¡Oh, en quin respecte y amor va venerá les sendres dels nostres reys allí enterrats, y dels héroes que al seu costat dormen an aquell antic panteón y cova aon están les memories y tota la gloria de lo nostre regne!

Va sentí lo del vol del caball o lo salt al aire just al canto de aquella altíssima peña; va vore, meneján lo cap, les columnes, altera Troja, de que mos parle lo bon pare Briz Martínez, y al sabé de les rentes del monasteri y veén qué poc les nessessitáen los monjos, se va di per an ell: eixes rentes han de pedrels, primé pedrán a Deu, después pedrán lo món.

Tamé va pujá a la cova mes alta del monte Oruel; y después de respirá fondo va baixá per lo camí real cap a Almudévar, pero passán per Riglos, perque va volé vore los Mallos, aquelles peñes que pareixen malls o martells en renglera, en lo mánec embutit a la montaña. S’hi va atansá, y los va vore, y va pujá an ells, y en un gabiñet va escriure lo seu nom al fron del que mes erguit y solt té lo cap.

Cuan arribáe prop del seu lloc va vore una gran gentada a la part de fora, se sentíe un gran estrapalussi, brogit, crits y veus com de mando. Y ¿qué ere? No u haguere volgut vore; sego haguere vullgut está. Habíe caigut un rayo a la torre de la iglesia y la habíe inclinat una mica cap a un costat desde lo radé cos; y lligada en redol una maroma passán per damún dels edifissis de les cases hasta lo campo, estáen tots agarrats an ella y estirán pera adressala.

Així que lo van vore y van coneixe se van alegrá mol y lo van cridá, perque esperáen que en lo seu bon discurs se inventaríe alguna trassa pera animá lo intento, y li van di lo que passáe, que prou veíe ell y sentíe. Pero va dissimulá y va maná portá mes cordes y lligales a la maroma de la que estiráen; va repartí la forsa entre totes, y va di que lo llas de la torre no estáe ben ficat; y que abans de fé lo gran estiró volíe ell compóndrel. Va escalá la torre com un gat, y en una navalla va retallá la maroma sense dixali mes que una veta sana, pera que al menos puguere atribuí la desgrassia al poble. Va fé desde la teulada de la iglesia la siñal convenida, y a una veu que va doná lo encarregat de la direcsió de les forses, van estirá tots en tanta forsa y tan rápit que se va trencá la maroma y van caure tots de cul a enterra; estáe mol humida y blana y va quedá un forat mol gran, tardán tots no poc en alsás, ya que no podíen desapegás del fang. Va ploure per la tarde y tota la nit y se va umplí lo forat de aigua, y pel matí se van trobá en una bassa feta y dreta que encara al nostre tems, después de tans añs desde lo fet, se diu la bassa de la culada (que es mol pareguda a la de Fórnols, lo poble del autó).


Original en castellá:

Libro tercero

Capítulo I.

Pedro Saputo visita algunos pueblos. Encuentra al volver en un grande empeño a los de su lugar.

¡Venerable antigüedad, amor del corazón, encanto de la imaginación, deseo del tiempo presente, gloria y honor de los pueblos, de las naciones y de la humanidad, juntando siempre el cielo con la tierra, los dioses con los hombres! ¡Salve! También yo me alimento con tu memoria, me exalto con tus maravillas, magnifico a tus héroes y contemplo estático y ansioso el mágico resplandor de tus nubes arreboladas.

Mucho tiempo hacía que Pedro Saputo deseaba visitar los pueblos históricos de nuestro reino; y libre ahora de todo cuidado y antes que le llamase alguna nueva obra, determinó satisfacer su curiosidad. Visitó, pues, los antiguos fuertes de los cristianos, que eran Marcuello, el cual en su tiempo aún se conservaba, Loharre, Montearagón y Alquézar, que tan célebres son en nuestras historias.

En Alquézar había estado con los estudiantes, pero no examinó sus antigüedades, y quiso volver muy adrede a verlas, y más las pinturas de la iglesia. Presenció acaso unas oposiciones de segundo violín de aquella capilla de música; adonde concurrieron seis opositores. Por cierto que al ver la parcialidad con que se juzgó la habilidad comparativa de los músicos, dijo: «Pamema de pamemas y todo pamemas es esto de las oposiciones; una cortina que cubre una farsa; el cumplimiento de una ley cuyo espíritu no entra en la conciencia o se queda allí y no sale a los efectos. Compitieron aquí las mitras y las faldas, y vencieron las faldas.» Porque supo que había recomendaciones de dos señores obispos y de una señora de título, habiéndose llevado la plaza el comendado por ésta. Por lo demás, aun el mejor de ellos le pareció sólo mediano. Y aunque con gusto hubiera tomado el violín y ajado a todos, no quiso por evitar la vanidad.

De Alquézar, por hallarse tan cerca y haberlo siempre deseado, quiso subir a la sierra de Guara. Subió, y puesto en la cumbre miró infinidad de pueblos que se descubren, especialmente en aquel hermosísimo lienzo tendido desde su falda que llaman el Somontano. Y dijo: ¿habrá otro paraíso en la tierra? Sólo falta que lo entiendan y correspondan sus moradores.

Miró después su lugar, y saludó a su madre, y a su madrina y a su hermanita Rosa y a Eulalia; y se bajó otra vez al pueblo, y visitó el alcázar de donde se ha corrompido el nombre que lleva aquella antiquísima y nobilísima villa.

De ahí subió a Sobrarbe, y visitó su capital, la famosa villa de Aínsa, pueblo entonces de quinientos vecinos y ahora de poco más de ciento, habiendo sido quemado en la guerra de Sucesión, y arruinándose poco ha sus hermosos fuertes; siendo, sin embargo, una plaza que si tuviéramos gobierno sería más respetable y fuerte que la de Jaca y no menos importante y necesaria. Subió también a San Victorián; visitó la antigua cueva de los monjes, o sea del santo; adoró el cuerpo de éste pensando en Alcoraz; veneró el sepulcro de don Gonzalo, y dudando del de Arista, se bajó y fue a Jaca, de donde subió a San Juan de la Peña.

¡Oh, con qué respeto y amor veneró las cenizas de nuestros reyes allí enterrados, y de los héroes que a su lado yacen en aquel antiguo panteón y cueva donde están las memorias y toda la gloria de nuestro reino! Oyó encogiéndose de hombros lo del vuelo del caballo o su salto al aire en el canto de aquella altísima peña; vio, meneando la cabeza, las columnas, altera Troja, de que nos habla el buen padre Briz Martínez, y al saber de las rentas del monasterio y viendo cuán poco las necesitaban los monjes, dijo entre sí: esas rentas han de perdellos, primero con Dios, después con el mundo.

También subió a la cueva más alta del monte Oruel; y saciando su ávido pecho se bajó por el camino real hacia Almudévar, pero pasando por Riglos, porque quiso ver los Mallos, aquellas peñas que parecen martillos en fila, con el mango metido en la montaña. Y fue, y los vio, y subió a ellos, y con un cuchillo escribió su nombre en la frente del que más erguida y suelta tiene la cabeza.

Cuando llegaba cerca de su lugar vio una gran multitud de gente a la parte de afuera, oyéndose un grande murmullo, y gritos y voces como de mando. Y ¿qué era? No lo hubiese querido ver; ciego quisiera haber sido. Había caído un rayo en la torre de la iglesia e inclinándola un poco a un lado desde el último cuerpo; y atada alrededor una cuerda valiente y pasándola por encima de los edificios de las casas hasta el campo, estaban todos asidos de ella y tirando para enderezarla. Así que lo vieron y conocieron se alegraron mucho y le llamaron, porque esperaban que con su buen discurso les inventaría alguna traza para lograr su intento, y le dijeron lo que pasaba, que harto veía él y sentía. Pero disimuló y mandó traer más cuerdas y atarlas a la única de donde tiraban; repartió la fuerza en todas, y dijo que el lazo abrazador de la torre no estaba bien puesto; y que antes de hacer el tirón quería él componerlo. Fue allá, se encaramó a la torre como un gato, y con una navaja cortó disimuladamente la cuerda sin dejarle más que un ramal sano, para que al menos pudiera atribuir a desgracia el no haber salido el pueblo con la empresa. Hizo desde el tejado de la iglesia la señal convenida, y a una voz que dio el encargado de la dirección de las fuerzas, tiraron todos con tal y tan súbito esfuerzo que se rompió la cuerda y cayeron todos de culo en tierra; la cual estaba muy llovida y blanda y quedó hecho un hoyo muy grande, tardando no poco en levantarse, no pudiendo desasirse del lodo. Llovió por la tarde y toda la noche se llenó el hoyo de agua, y por la mañana se encontraron con una hermosa balsa hecha y derecha que todavía en nuestro tiempo, después de tantos años y del suceso, la llamaron y se llama aún ahora la balsa de la culada.


lunes, 29 de julio de 2024

4. 7. Seguix lo registre de les novies. Festa y ball a una aldea.

Capítul VII.

Seguix lo registre de les novies. Festa y ball a una aldea.

De Ayerbe va aná cap a Loarre, (Alerre al llibre de aon hay traduít)
aon ne portabe un atra, pero la va trobá en un genio com un barrócul, pareixíe picada de les peñes de la serra veína.

Alerre, De Ayerbe va aná cap a Alharre

A Bolea ne ñabíen dos, la una, beata, absoluta y novelera, l'atra, filla de un lletrat y tan docta com son pare. A la primera li va fé la creu; la segona va volé enseñáli a parlá, dién mol remilgada al cas de nomená a sa yaya, no la vach coneixe; y sobre viure a la siudat o a l'aldea, que enteníe la diferensia.

Se li va tallá l'estómec a Pedro Saputo, y en tres minuts va vomitá o gitá cuatre vegades. Tans vomits li va doná sentíla.

Va seguí al peu de la serra aon va vore algunes flos desfullades. Y al passá per Lierta va mirá cap a Gratal y li va apetí, se li va antojá pujá a la seua picosa. Lo día convidabe, ere apassible y sereno al mes de setembre, que alguna vegada es tan amable com lo mach. Va cridá, pos, a un paissano del poble, perque ni ell ni lo seu criat se sabíen lo camí; va fé que se portare bon minjá a la delissiosa fon del prat del Solaz, y va empendre la pujada. Una vegada a dal, ¡quín goch al cor! ¡quín airet tan puro! ¡quín sol y quín sel al michdía! ¡quíns plans hasta Saragossa! ¡cuáns pobles sembrats an aquella noble y grassiosa vega! Y a la esquena y als costats, ¡cuántes puntes! Pero fixán la vista a Huesca, va di: "¡Qué ben assentada estás, siudat alta y composta, siudat de les sen torres als teus muros! ¡Qué maja la teua catedral soberana en lo seu edifissi y tan vistosa en les seues agulles al ven! ¡En quín señorío y grandesa reines a la teua Hoya, amor que vas sé y Corona de Aragó als teus siglos passats, siudat libre y gloriosa per los Sanchos, per los Pedros y los Alfonsos! ¡Cuántes y qué hermosures vas amagá sempre, brilláes, vas sé la enveja de Palos y de Citera! ¡Y no hay de vóreles ara, an este radé viache dels meus amors! Pero així u ordenen los hados. Y encara... encara... Pero no; está ahí tancada la meua sort per un pare a qui venero.

Y no vull patí lo cacarech de les vostres maldites agüeles trilingües.» Y en aixó va girá la esquena, y se va aviá com qui diu a redolá monte aball. Díe trilingües a les agüeles de Huesca no perque parlaren o sapigueren tres idiomes, que may ne van sabé mes que lo seu, sino perque teníen tres llengües pera parlá y parláen en les tres a un tems. ¡Quínes agüeles aquelles! Va passá felismen la seua generassió; y ya después, agüeles y joves, segons informes que se han ressibit, sol tenen una llengua, expeditilla, sí, pero una sola.

Va passá dabán y va arribá al Abadiat

- Se sen cantá, va di als de Montearagón, y se note al flat lo incienso que allí cremen. Anem cap abán. Conque va pujá a Santolaria a vore als seus parens y a la viuda de marres, y se va aviá cap al Semontano. Yo empero no haguera passat tan de volada, perque lo sel particulá del Abadiat, encara que menut, es amable, lo país joyós, lo terreno fássil y bo, y sol criá algunes plantes espessials.

Al Semontano va fé moltes equis y esses anán de uns pobles als atres, perque ya se veu, no estáen tots alineats y va passá una llarga revista de donselles contanles casi per dotsenes, encara que no totes eren adotsenades.

¿A quína valleta no naixen distinguides, perfumades y majes flos, al voltán de les fees, vanes y vulgás?

Ñabíe, pos, de tot; y si abundabe la roba de almassén, la quincalla de cantonada y los cuadros de almoneda y hasta de sobres, tamé sen trobabe alguna que atra que foren mol bon descans de consevol peregrinassió. Y yo fío, de no está preocupat de atres amors, allí me haguera quedat prendat de ells, si ñabíe entonses donselles com algunes que conec al nostre tems, sin embargo del sin embargo.

No les produíx aquell país arteres, falses, astutes, ni fingides; y si alguna s'hi torne es perque les obliguen en engañs los que les traten.

Se va trobá a la festa de un poble, y es cosa de contás. Va arribá a una aldea, y a la casa aon se va hospedá ñabíe una filla y una neboda que sol aguardaben a eixecás de la taula a michdía pera anassen a la festa de un atre poble, que uns diuen que ere Colungo, atres Casbas, atres Abiego; y ña qui afirme que va sé Adahuesca. Pero yo que u sé be dic que va sé Colungo. Portáe carta per al pare de la filla, que ere tamé de les de la llista, y li van proposá que anare en elles. Va asseptá y agarrán a cascarrulles a la seua Helena (que Helena se díe), ya que podíe mol be portán la maleta lo criat en una mula, van aná al atre poble, aon no se sap si ne teníe alguna al seu registre.

Per la nit y al hora primera de la velada van acudí mes de sen persones a la casa a vore als forastés, y mes veus, crits, chillits y rissotades que a una plassa de bous. Van cridá a la taula, y se va amontoná la gen de manera que estáen a micha vara, y cada cadira ere un mun de cossos, brassos y caps, perque en ves de sis huespeds convidats ne van vindre sis sisos. Lo sopá, abundán, pero mal acondissionat y gossamen servit. Encara estáen als postres cuan va sobrevindre una ola de sagales acompañades de uns mossos, que donanse espentes, chillán, entropessán y agarrades dels brassos y serpenteján van di que veníen a buscá a les chiques pera aná al ball de casa de N.

- Sí, sí, va di lo pare; ya van, y ya elles se habíen eixecat y s'agarráen a les atres. Pero no sen anaben, estáen mirán com si les faltare algo.

- Anem, don Pedro, li va di lo huésped. Vostra Mersé se servirá acompañales y suposo que ballará en Helena.

- ¡Home!, va contestá una de les de la casa, zurda, mofletuda y de pit eixecat; aixó faltaríe, que don Pedro no vinguere al ball. Lo sel li va caure damún al sentí aixó; y advertín lo capellá la seua perplejidat, va di que hi aniríe tamé, ya que no podíe excusás. 

Va baixá entonses lo cap, sabén que no evitaríe que se l' emportaren, encara que se empeñare una comisió sansera.

Ya están a la casa del ball. ¡Quína confusió! ¡Quín jaleo! ¡Quína bahorrina! Ere gran la sala, pero estáen com a sardines a un cubo o guardiassivils. Va escomensá, o mes be va continuá la música, que se reduíe a un mal violín, a una pijó viola, y a una pandereta, tan desafinats los dos instrumens de corda, que féen mal als oíts y per ells se ficáe dolenta l'alma. Va habé de ballá sense remey, habén ballat la radera vegada a la Cort cuan ere estudián de tuna. 

Se va retirá después a una cadira que li van oferí, y cuan se ficáe a observá lo que veíe, se li foten damún disparatades y corrén dos forasteres y les atres dos sagales del seu huésped, y en la mes gran desenvoltura se li assente la creguda privilegiada als ginolls, y les atres dos damún y dabán de aquella cul en falda, servín ell de fundamén o solamén a tota la batería.

- ¿Qué feu, Helena, qué feu?, li va preguntá admirat. 

- ¡Un atra!, va contestá ella, en mol desenfado, que ya per sí pecabe mes per afable que per fura; lo que fan totes (cosa fan tutti), después de un canari, de una chacona o un mal tros de un atre ball, anaben a sentás als ginolls dels mossos. Teníe prop al capellá, y li va di:

- ¿Pero es possible que sigue costum aixó?

- Sí, siñó, va contestá lo bo del benefissiat; aquí se fa y ningú fique cap reparo.

Lo van liberá pronte de aquell pes perque van traure a ballá a les cuatre chiques, y ell se va ficá a mirá la sala. Ñabíe per allí algunes mares que pareixíen habé anat a cuidá de les seues filles y de atres, y ere en lo que menos pensaben. Sentades an terra y per aquelles arques unes se contaben los partos que habíen tingut y los mesos que la veína va pugué doná lleit al primé chiquet; atres les lleits que va mamá lo seu; atres s'adormíen a un racó; atres animaben a les sagales tímides; hasta que van traure una canasta vestida de gala en molta roba pera fé calseta y plena de tortelles de oli mes estopenques y dures que una mula sorda. An este mateix pun estáe ell discurrín una treta pera no ballá mes, pos ya li habíen intimat les chiques que volíen ballá en ell; y li va eixí perfectamen. Li van presentá lo canastet, va agarrá una tortella y se va eixecá pera repartíla a les sagales, que acababen de ballá; pero va fé vore que se li retortigáe un turmell y com estáe tan espessa la sala, va dixá incliná lo cos y va caure damún de una pobre dona que veénsel caure a plom va tirá lo cos cap atrás y van caure los dos: ella pancha per amún, y ell de esquena y de costat, saltánli la tortella cap aon ella va volé aná. Sen van enriure tots mol; se va eixecá coixeján que ere una llástima, y agarrat del bras del capellá sen va aná a la cuina aon se va bañá lo peu en aigua freda, pera dissimulá, y així se va librá de torná al ball dién que encara no podíe caminá.

En tot, sobre les onse va eixí a la sala, va demaná lo violín, lo va afiná, y va preguntá si sabíen ballá lo gitano. Van di que be o mal tamé lo ballaben.

- Que ixque, pos, una parella, o dos si volen, va di ell. Y fen callá al de la viola, y advertín al del pandero que donare sol alguns cops y lo acompañare en soroll baix continuo, va escomensá a tocá lo fandango mes rabiós que se va sentí de mans de músic: unes vegades alt y estrepitós; atres blan y suavet; unes picat y mordén, atres ligat y pla; ya com un riu ple y desmadrat que arrastre lo que trobe; ya com una corrén apassible que se remanse y pareix que se amague a la chopera hasta que fa un remolino, y arribe y cau despeñat en gran brogit y estruendo a la vall y montes veíns. Tots se van abalotá per les vibrassions de ixos ecos tan provocadós. 

Al prinsipi, sol balláen dos parelles; mol pronte ne va eixí un atra, después un atra, después ya totes; y hasta les agüeles que s'adormíen y les comares que parláen se van ficá de peu y féen meneos en lo cos y en lo cap, y no podíen tartí, y se derretíen y disfrutáen o chaláen. La rissa escomensáe, creixíe, cundíe, se va fé general; y entre lo violín, y les castañoles, y tal bullí y saltá, y tan arrope y jadeo; y lo foc que se habíe ensés a tots, igual agüelos que joves se va soltá la corda, y tots per los ulls y per la boca y per tot lo cos flamejaben. Los miráe Pedro Saputo, y espessialmen se divertíe al vore lo meneo y gestos de les agüeles, cuan pareixenli ya massa perillós lo efecte de la seua endemoniada música, va pegá una gran gabiñetada al violín, y en un gorjeo de oronetes se va tallá aquell insendi y estrago, dixanse caure los bailarins, ballarins o balladós per aquelles cadires y per aon podíen, fets tots un volcán, y procurán en una gran rissa dissimulá una mica lo que los passáe, elles en molta vergoña y no menos desfissi, ells perdut lo tino, desmandats casi a vistes y no assertán una paraula a dretes. 

¡Ah mares, les que voléu librá de perills a les vostres filles! 

En quinse díes no van torná les pobres sagales al seu temple ordinari; en sol pensá en lo ball se tornáen a destemplá o destrempá y s'enseníen. Pero lo que es la memoria va durá sempre. Ya eren mares, ya yayes, y hasta rebisyayes, si no habíen mort les que habíen assistit, encara parláen y nomenáen lo gitano de aquell añ.

Y per aquella nit, ¿quí estáe ya pera mes obra ni ball? 

Pera desbraváu del tot, va pendre un atra vegada lo violín y va di: vach a tocá una cosa que vach compondre al doló y llágrimes de ma mare, habenli dit un traidó que yo había mort a Cataluña.

Y va tocá una compossisió mol triste y patética, sense tindre mol en cuenta les regles del art perque va sé una idea repentina y suposat lo motiu; per de pronte se van calmá aquells jovens y va torná tot al orden. Van escoltá en maravillós silensio, no va ñabé qui no se dixare penetrá y ficás tendre de una música tan afectuosa; y algunes dones hasta van plorá, perque va esforsá ell mol lo sentit del doló y del desconsol (o lo desconort de Ramon Lull).

obras rimadas Ramon Lull, Gerónimo Rosselló, idioma catalan-provenzal, Raimundo Lulio

Va acabá, van tocá les mares a retirás, y se van retirá tots. Pero a casa de Pedro Saputo se va abalansá tal batería de sagales y en tanta algassara, que no cabíen per la escala, y va pensá que veníen fugín de alguna emboscada o cam de batalla, o que volíen acabá de vore en qué parabe la locura y desenfreno de aquell día; pero se va assossegá cuan va sentí que veníen a dormí en les forasteres y les huéspedes. Cóm se gobernaríe lo dormitori pera tantes no u enteníe; ell va tindre que anassen al seu llit en lo capellá y no va pegá los ulls. Conque va matiná, y despedinse casi en mala cara, perque volíen que se estare totes les festes, y dixán desconsolades a les sagales y mes a Helena, va montá a caball y sen va aná, respirán així que se va vore al monte, com los de una cuina plena de fumarrina de gom a gom al hivern ixen a respirá y recuperá l'alé a una sala o a la finestra.


Original en castellá:

Capítulo VII.

Sigue el registro de las novias. Fiesta y baile de una aldea.

De Ayerbe fue a Loharre, donde llevaba otra, pero la halló tan berroqueña de genio, que parecía cortada de las peñas de la sierra vecina.

EL CONDE DON JULIÁN, PRISIONERO Y MUERTO EN LOARRE, castillo

En Bolea había dos, la una, beata, absoluta y novelera, la otra, hija de un letrado y tan doctora como su padre. A la primera le hizo la cruz; la segunda quiso enseñarle a hablar, diciendo muy remilgada con motivo de nombrar a su abuela, no le conocí; y sobre vivir en ciudad o en aldea, que entendía la diferiencia. Alterósele el estómago a Pedro Saputo, y en tres minutos vomitó cuatro veces. Tales náuseas le dio de oírla.

Siguió al pie de la sierra donde vio algunas flores deshojadas. Y al pasar por Lierta miró a Gratal y se le antojó subir a su picota. El día por otra parte convidaba, claro, apacible y sereno, en el mes de septiembre que alguna vez es tan amable como el mayo. Llamó, pues, un paisano del pueblo, porque él ni su criado no sabían el camino; dispuso que se llevase buena comida a la deliciosa fuente del prado del Solaz, y tomó a pechos la subida. Llegado arriba, ¡qué gozo en el corazón! ¡Qué oreo tan puro! ¡Qué sol y qué cielo al mediodía! ¡Qué llanos hasta Zaragoza! ¡Cuántos pueblos sembrados en aquella noble y graciosa vega! Y a la espalda y a los lados, ¡cuántas cumbres humildes! Pero fijando su vista en Huesca, dijo: «¡Qué bien sentada estás, ciudad alta y compuesta, ciudad de las cien torres en tus muros! ¡Cuál descuella tu catedral soberana con su edificio y vistosa con sus agujas al viento! ¡Con qué señorío y grandeza reinas en tu Hoya, amor que fuiste y corona de Aragón en tus siglos, ciudad libre y gloriosa por los Sanchos, por los Pedros y los Alfonsos! ¡Cuántas y cuáles bellezas encerraste siempre, brillaron en ti siempre, fueron en ti siempre la envidia de Palos y de Citera! ¡Y no he de verlas ahora, en este postrer viaje de mis amores! Mas así lo ordenan los hados. Perdonad las que en mí no habéis echado menos el traje de vuestros favores, pues lo he merecido con otro. Y aún... aún... Pero no; está ahí cerrada mi suerte por un padre a quien venero. Y para de tan de paso y en los puntos ya extremos de mi libertad, no quiero sufrir el cacareo de vuestras malditas viejas trilingües.» Y con esto volvió la espalda, y se echó como quien dice a rodar monte abajo. Llamaba trilingües a las viejas de Huesca no porque hablasen o supiesen tres idiomas, que nunca supieron más que el suyo, sino porque tenían tres lenguas para hablar y hablaban con las tres a un tiempo. ¡Qué viejas aquéllas! Pasó felizmente su generación; y ya después, viejas y jóvenes, según informes que se han recibido, sólo tienen una lengua, expeditilla, sí, pero una sola.

Pasó adelante y llegó al Abadiado. - Se oye cantar, dijo a los de Montearagón, y se percibe el incienso que allí queman. Vamos adelante. Conque subió a Santolaria a ver a sus parientes y a la viuda de marras, y se lanzó en el Semontano. Yo empero no hubiese pasado tan de vuelo, porque el cielo particular del Abadiado, aunque pequeño, es amable, el país jocoso, el suelo fácil y bueno, y suele criar algunas plantas especiales.

En el Semontano hizo muchas equis y eses yendo de unos pueblos a otros, porque ya se ve, no estaban todos en línea, y pasó una larga revista de doncellas contándolas casi por docenas, aunque no todas eran adocenadas. ¿En qué vega no nacen distinguidas, olorosas y lindas flores, a vueltas de las feas, vanas y vulgares? Había, pues, de todo; y si abundaba la ropa de almacén, la quincalla de esquina y los cuadros de almoneda y aun de deshecho, también se encontraba alguna que otra que fueran muy buen descanso de cualquiera peregrinación. Y yo fío a no estar preocupado de otros amores, allí quedara preso de ellos, si había entonces doncellas como algunas que conozco en nuestro tiempo, sin embargo del sin embargo. No las produce aquel país arteras, falsas, astutas, ni fingidas; y si alguna se torna es porque las obligan malamente con su doblez y engaños los que las tratan.

Hallóse en la fiesta de un lugar, y es cosa de contarse. Llegó a una aldea, y en la casa donde se hospedó había una hija y una sobrina que sólo aguardaban a levantarse de la mesa a medio día para irse a la fiesta de otro pueblo, que unos dicen era Colungo, otros Casbas, otros Abiego; y hay quien afirma que fue Adahuesca. Pero yo que lo sé bien digo que fue Colungo. Traía carta para el padre de la hija, la cual era también de las de la lista, y le propusieron que fuese con ellas. Aceptó y tomando en ancas a su Helena (que Helena se llamaba), puesto que podía muy bien llevando la maleta el criado con un mulo, fueron al otro pueblo, donde no se sabe si tenía alguna en su registro.

Por la noche y hora primera de la velada hubo más de cien personas en la casa a ver a los forasteros, y más voces, gritos, chillidos y risotadas que en una plaza de toros. Llamaron a la mesa, y se amontonó la gente de modo en ella, que estaban a media vara, y cada silla era un grupo de cuerpos, brazos y cabezas, porque en vez de seis huéspedes convidados vinieron seis seises. La cena, abundante, pero mal acondicionada y perramente servida. Aún estaban a los postres cuando sobrevino una ola de muchachas acompañadas de otros tantos mozos, que dándose empellones, chillando, tropezando y asidas de los brazos y culebreando dijeron que venían a buscar a las chicas para ir al baile de casa de N. - Sí, sí, dijo el padre; van al momento, y ya ellas se habían levantado y agarrándose de las otras. Pero no se iban, y estaban mirando como si les faltase algo. - Vamos, don Pedro, le dijo el huésped. Vuesa Merced se servirá acompañarlas y supongo bailará con Helena. - ¡Vaya!, respondió una de las de la casa, zurda, mofletuda y pecho alto; no faltaba más sino que don Pedro no viniera al baile. El cielo se le cayó encima al oír esto; y advirtiendo el capellán su perplejidad, dijo que iría también, como quiera que no podía excusarse. Bajó entonces la cabeza, conociendo por otra parte que no dejarían de llevarle, aunque se empeñara una comisión entera.

Ya están en la casa de baile. ¡Qué confusión! ¡Qué bahorrina! Bien era grande la sala, pero estaban como sardinas en cesto. Principió, o más bien continuó la música, la cual se reducía a un mal violín, a una peor vihuela, y a una pandereta, tan desafinados los dos instrumentos de cuerda, que hacían enfermar los oídos y por ellos el alma. Hubo de bailar sin remedio, no habiendo bailado sino otra vez en la corte desde que fue estudiante de tuna. Retiróse luego a una silla que le ofrecieron, y cuando se ponía a observar lo que veía, se le vienen topando encima disparatadas y corriendo sus dos forasteras y las otras dos muchachas de su huésped, y con la mayor desenvoltura se le sienta la creída privilegiada en las rodillas, y las otras dos encima y delante de aquélla culo con falda, sirviendo él de fundamento a toda la batería. - ¿Qué hacéis, Helena, qué hacéis?, le preguntó admirado. - ¡Otra!, respondió ella, con mucho desenfado que ya de suyo pecaba más por afable que por esquiva; lo que hacen todas, después de un canario, de una chacona o un mal trozo de otro baile, iban a sentarse en las rodillas de los mozos. Tenía cerca al capellán, y le dijo: - ¿Pero es posible que sea costumbre esta llaneza? - Sí, señor, respondió el bueno del beneficiado; aquí se hace y no se repara.

Libráronle pronto de aquel peso porque sacaron a bailar a las cuatro chicas, y él se puso a mirar la sala. Había por allí algunas madres que parecían habían ido a cuidar de sus hijas y de otras, y era en lo que menos pensaban. Sentadas en el suelo y por aquellas arcas unas se contaban los partos que habían tenido y los meses que la vecina pudo dar leche al primer niño; otras las leches que mamó el suyo; otras se dormían en un rincón; otras animaban a las muchachas tímidas; hasta que sacaron un canastillo vestido de gala con muchas randas y lleno de tortas de aceite más mohínas que una mula sorda. En este mismo punto estaba él discurriendo una treta para no bailar más, pues ya le habían intimado las chicas que querían bailar con él; y le salió perfectamente. Presentáronle el canastillo, tomó una torta se levantó para repartirla a las muchachas, que acababan de bailar; pero hizo que se le torcía un pie y como estaba tan espesa la sala, dejó inclinar el cuerpo y al fin caer encima de una pobre mujer que viéndoselo venir en peso hizo el cuerpo atrás y cayeron del todo: ella boca arriba, y él de espaldas y de lado encima saltándole la torta a donde ella quiso ir. Riéronse todos mucho; levantóse, cojeaba que era una lástima, y asido del brazo del capellán se fue a la cocina donde se mojó el pie con agua fría, por disimular, y así se libró de volver al baile diciendo que aun andar no podía.

Con todo, sobre las once salió a la sala, pidió el violín, le templó, y preguntó si sabían bailar el gitano. Dijeron que bien o mal también lo bailaban. - Salga, pues, una pareja, o dos si quieren, dijo él. Y haciendo callar al de la vihuela, y advirtiendo al del pandero que diese solamente algunos golpes y le acompañase con ruido bajo continuo, principió a tocar el fandango más rabioso que se oyó de manos de músico: unas veces alto y estrepitoso; otras blando y suave; unas picado y mordente, otras ligado y llano; ya como un río lleno y arrebatado que arrastra cuanto encuentra; ya como una corriente apacible que se remansa y parece que se oculta en la arboleda hasta que rompe un remolino, y llega y cae despeñado con grande estruendo del valle y montes vecinos. Todos se alborotaron y desasosegaron a las vibraciones de aquellos ecos tan provocadores. Al principio, sólo bailaban dos parejas; muy pronto salió otra, luego otra, luego todas; y hasta las viejas que se dormían y las comadres que parteaban se pusieron en pie y hacían meneos con el cuerpo y con la cabeza, y no podían parar, como azogadas, y se derretían y regalaban. La risa comenzaba, crecía, cundía, se hizo general; y entre el violín, y las castañuelas, y tal bullir y saltar, y tanto arrope y jadeo; y el fuego que se había encendido a todos, lo mismo viejos que jóvenes se soltó la cuerda, y todos por ojos y por boca y por todo el cuerpo echaban llamas que confundían entre sí y los abrasaban. Mirábalo Pedro Saputo, y especialmente se divertía de ver el meneo y gestos de las viejas cuando pareciéndole ya demasiado peligroso el efecto de su endemoniada música, dio una gran cuchillada al violín, y con un gorjeo de golondrinas se cortó aquel incendio y estrago, dejándose caer los bailantes por aquellas sillas y por donde podían, hechos cada uno un volcán, y procurando con la gran risa en que exteriormente cuando menos encubrían los efectos disimular algún tanto lo que les pasaba, ellas con mucha vergüenza y no menos desasosiego, ellos perdido el tino, desmandados casi a vistas y no acertando con palabra derecha. ¡Ah madres, las que queréis librar de peligros a vuestras hijas! En quince días no volvieron las pobres muchachas a su temple ordinario; con sólo pensar en el baile se volvían a destemplar y arder de nuevo. Pero lo que es la memoria duró siempre. Ya eran madres, ya abuelas, y aun bisabuelas, si no murieron las que habían asistido, y aún hablaban y nombraban el gitano de aquel año.

Y por aquella noche, ¿quién estaba ya para más obra ni baile? Para desbravar del todo el estro que tenía en tal desafuero las imaginaciones, tomó otra vez el violín y dijo: voy a tocar una cosa que compuse al dolor y lágrimas de mi madre, habiéndole dicho un traidor que yo había muerto en Cataluña. Y tocó una composición muy triste y patética, sin tener mucha cuenta con las reglas del arte porque fue idea repentina y supuesto el motivo; con lo cual por de pronto se calmaron aquellos jóvenes y volvió todo al orden. Escucharon con maravilloso silencio, no hubo quien no se dejase penetrar y enternecer de una música tan afectuosa; y algunas mujeres hasta lloraron, porque esforzó él mucho el sentido del dolor y del desconsuelo. Concluyó en fin, tocaron las madres a recoger, y se retiraron todos. Mas a la casa de Pedro Saputo se lanzó tal batería de muchachas y con tanta algazara, que no cabían por la escalera, y pensó si venían huyendo de alguna emboscada o campo de batalla, o que querían acabar de ver en qué paraba la locura y desenfreno de aquel día; pero se sosegó oyendo que venían a dormir con las forasteras y las huéspedas. Cómo se gobernaría el dormitorio para tantas no lo entendía; él hubo de partir su cama con el capellán y no pegó los ojos. Conque pudo madrugar, y despidiéndose casi a mala cara, porque querían que se detuviese todas las fiestas, y dejando inconsolables a las muchachas y más a Helena, montó a caballo y se fue, respirando así que se vio en el campo, como los de una cocina humosa en invierno se salen a recrear y tornar aliento a una sala o a la ventana.