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sábado, 27 de julio de 2024

2. 11. Aon se prosseguix lo escomensat.

Capítul XI.

Aon se prosseguix lo escomensat.

Aon se prosseguix lo escomensat.

Va arribá la hora, y abans de eixí se van asseá los estudians lo milló que van pugué. Pedro Saputo va traure la funda de la gorra, se va ficá un coll nou mol risat y va quedá fet un caballé, y per lo jove y guapo, un Amor vestit, un Adonis en traje español y de tall, y acompañats del huésped, de un cuñat, una filla de deu añs y una neboda de quinse, en alguns veíns que se van pendre la libertat de pujá mentres sopáen, se van encaminá a la casa portán detrás una gentada, mes gen que va aná may al sermó de la galtada. Van arribá, van saludá mol cortesmen an aquelles siñores y a datres que elles habíen convidat; y don Severo al vorels tan cortesans, tan atentos y ben parlats se va alegrá mol y va di en veu baixa a la dona y filla:

- ¿Veéu, gloria meua, quin porte y qué ben criats? No dirás mes que són fills de grans caballés: y alguns de ells u sirán, perque mentres seguixen los estudis ñan mols als que los agraden les aventures y libertat de esta vida a les vacassions, y cuan se reincorporen al curs repartixen los profits als compañs mes pobres. En aixó la mare y la filla los trataben en miramén, y al mateix tems los mostraben afabilidat y confiansa. La gen del poble que los habíe seguit va sé tamé admitida a dos grans sales que estáen una a cada costat de la del sarao y va di lo caballé:

- An esta rogo que dingú entro sense la meua llissensia; a les atres que s' acomodon los que puguen en orden y bons modos. Ara, siñós, cuan vullgáu, va di als estudians, podéu escomensá la música.

Primé van tocá un rato pera amostrá la seua habilidat, y después van preguntá a don Severo si se habíe tratat de que ballaren. 

Va contestá que sí, y los va suplicá que obrigueren dos de ells lo ball, pos així tamé u dessichaben aquells joves caballés. Entonses dixen los instrumens lo de la pandereta y lo del pito, y trauen a ballá lo primé a la filla de la casa, y lo segón a un atra donsella que ere cusina de Morfina, agarrán mentrestán Pedro Saputo la pandereta. La destresa y grassia que los estudians van ostentá al ball va agradá a tots, y no menos la dessensia, que sempre y en tot es importán. Ya no eren ixos estudians vestits en cuatre draps; eren uns verdadés caballés ben naixcuts, y finamen educats, de lo que s' alegrabe 

l'amo del convit y no dixáe de medíu la seua dona y atres siñores prinsipals que ñabíe. Se van retirá y van agarrá los instrumens, dixán la part del ball als joves que van vindre convidats.

Van ballá totes y tots, la festa se va correspondre en la magnifissensia que en tot se usabe a la casa. 

Lo del pito li va di al home de la casa:

- Ara, don Severo, si li pareix a vostra mersé, lo meu compañ Paquito y yo predicarem un sermó a la plebe de les antessales, los dos a un tems, y cada un a una sala desde la porta pujats a uns púlpitos que sirán dos taules.

- Está be, va di lo caballé, ¿y a tú, Mariquita?, va preguntá a la dona. Va contestá ella que sí. Y parades les taules y saltán an elles los oradós, escomensen a soltá chorros de disparates, que cada minut teníen que pará y doná tems a la rissa que a les tres sales va arrencá mil novedats als cossos ya una mica fluixos. Les dames y caballés de la del mich podíen sentí al un o al atre, no paráen de riure y apretás les barres y pegás als ginolls en les dos mans y hasta puñades a les parets. Lo mateix don Severo va pedre la seua seriedat, y va tindre que recuperala, tapanse los oíts pera pugué dils: 

- ¡Prou, siñós, prou!, que mos morirem tots. Pero ells embriagats de elocuensia ni paraben ni podíen encara que vullgueren. Hasta que van agarrá los instrumens los atres y van fé soná la música, y esta per fin va tallá l'enchís. Paren ells y pare tamé la música, y saludán los dos a les siñores y caballés en una gran cortessía, va estampí un aplausso de mans tan estrepitós y llarg, que se va comunicá a les antessales y pareixíe que anáen a sorsís.

Se van volé ficá a ballá per segona vegada, y no va sé possible. 

Be se esforsaben los musics, pero ningú podíe fé mes que riure y torná als disparates dels sermons. Se ficáen en actitut de ballá, pero algú soltáe una carcañada y ya tots se retiráen, caén a les cadires y fen pasmos y exclamassions.

Entretán corríe la nit, y mirán don Severo la hora, va vore que eren les onse y micha, y va di:

- Siñós, esta micha hora que falte hasta les dotse, perque de micha nit no passen les festes a casa meua, tots la nessessitem pera templamos y disposamos a dormí. Siñós llissensiats: ting barruntos de que vostés volen passá an este poble vuit díes per lo menos; yo per la meua part espero que lo dimecres per la nit tornon an esta casa.

- Demá, va di un jove caballé, me ha manat mon siñó pare que los rogara se dignaren vindre a la meua.

- Y a casa vostra, va contestá don Severo, tamé anirán les meues siñores dona y filla. Li va doná les grassies lo caballé, y parán los cumplimens se van oferí los estudians a les ordens de don Severo, y als peus de aquelles siñores, y se van despedí de tots los convidats.

Cada nit va sé la funsió a una casa diferenta, y tamé los estudians variaben les invensions passán los matins en ordenales, sense descuidás de visitá a les persones que mes los honraben y se u mereixíen, com don Severo. 

La nit de la segona funsió a casa de éste se va presentá Pedro Saputo disfrassat de dona y va engañá a tots, mes particularmen a Morfina, la va obligá a confessá lo seu amor guañanse lo cor y vensén la seua resserva. ¿Cóm resistiríe la infelís per advertida, per reportada, per serena, profunda y circunspecta que fore? 

No ere possible. Y així ell, lograt lo seu objectiu, va dixá caure lo disfrás, rién tots mol del engañ y selebrán la donosura de la forastera; después va continuá ya la funsió com totes les nits.

Lo radé día en lo bon pareixe de don Severo, perque tot lay comunicaben y consultaben, van fé un atra ronda pels carrés, y van fé tanta plega que casi los va pareixe massa; cosa impossible per als estudians. Daball del balcó de don Severo van pará y van cantá un rato. Per la nit van aná de tertulia a casa seua y don Severo los va doná sis escuts de or, suplicanlos que si no se apartaben mol a un atra direcsió tornaren per allí al retirás als seus estudis, y lay van prometre.

Pel matí van eixí del poble, passán aposta, encara que donáen volta, pel carré de Morfina, y a la porta se van pará a tocá lo himno de despedida. Van eissí don Severo y les seues siñores a sentils; y Pedro Saputo, que anáe previngut, va cantá en los seus compañs y mol ben acompañat de la música, unes lletres que portáe pensades, de les que la primera diebe:

Pos me dixo lo cor

¿Me emportaré un pensamén?


Morfina en mol dissimulo va fé seña que sí; y van cantá la segona, que teníe per final:


Pos te vach entregá, cor, 

¿Aón te guardarán?


Y Morfina a se va tocá y señalá lo pit en dissimulo. 

La tersera acababe:


¿Te trobaré, cor,

cuan torna, aon estarás?


Va incliná Morfina una mica lo cap y los ulls y per cántic de gloria y conclusió díen los radés versos de la radera lletra:

Pos influí ya no pot

sino be la estrella meua.


Y en aixó se va acabá lo can y se van despedí. Morfina, com se va alegrá de vorels encara un atra vegada, no va pugué evitá que se li bañaren los ulls, ixquere un suspiro, aufegat pel decoro, y corregueren per les seues rosades galtes dos llágrimes de mes valor que tot l'or que teníe son pare, al menos per al que les va vore corre y que va pugué di meues són cuan caíen y arreplegales en los seus labios y passales al cor en l'amor que les derramabe.


Original en castellá:

Capítulo XI.

Donde se prosigue lo comenzado.

A más de andar llegó la hora, y antes de salir se asearon los estudiantes lo mejor que pudieron. Pedro Saputo quitó la funda de la gorra, se puso un cuello nuevo muy rizado y quedó hecho un caballero, y por lo joven y hermoso, un Amor vestido, un Adonis en traje español y de corte, y acompañados del huésped, de un cuñado, una hija de diez años y una sobrina de quince, con algunos vecinos que se tomaron la libertad de subir mientras cenaban, se encaminaron a la casa llevando detrás, porque había acudido a la calle gran tumulto, más gente que fue nunca al sermón de la bofetada. Llegaron, saludaron muy cortésmente a aquellas señoras y a otras que ellas habían convidado; y don Severo al verlos tan cortesanos, tan atentos y bien hablados se alegró mucho y dijo en voz baja a su esposa e hija: - ¿Veis, gloria mía, qué porte y qué bien criados? No diréis sino que son hijos de grandes caballeros: y algunos de ellos lo serán, porque mientras siguen los estudios hay muchos que gustan de las aventuras y libertad de esta vida en las vacaciones, y cuando se restituyen al curso reparten los provechos en los compañeros pobres. Con esto la madre y la hija los trataban con miramiento, y al propio tiempo les mostraban afabilidad y confianza. La gente del pueblo que los había seguido fue también admitida en dos grandes salas que estaban una a cada lado de la del sarao y dijo el caballero: - En ésta ruego que nadie entre sin mi licencia; en esotras acomódense los que puedan con orden y buen modo. Agora, señores, cuando gustáredes, dijo a los estudiantes, podréis dar principio a la música.

Diéronlo al punto; y primero tocaron un rato para hacer muestra de su habilidad, y luego preguntaron a don Severo si se había tratado que bailasen. Respondió que sí, y les suplicó abriesen dos de ellos el baile, pues así también lo deseaban aquellos jóvenes caballeros. Entonces dejan los instrumentos el de la pandera y el del pito, y sacan a bailar el primero a la hija de la casa, y el segundo a otra doncella que con Morfina se hallaba de prima, tomando entretanto Pedro Saputo la pandera. La destreza y gracia que los estudiantes ostentaron en el baile gustó a todos, y no menos su decencia, que siempre y en todo es importante. Ya no eran aquellos estudiantes andrajosos de bayetas y mirando y hablando a lo tuno en puridad como en la calle; eran unos verdaderos caballeros bien nacidos, y finamente educados, de lo cual se alegraba el dueño del convite y no dejaba de ponderarlo su esposa y otras señoras principales que había. Retiráronse y tomaron los instrumentos, dejando la parte de baile a los jóvenes que vinieron convidados.

Bailado que hubieron todas y todos, salió el agasajo, el cual correspondió a la magnificencia que en todo se usaba en la casa. Y así que tomaron lo que pareció y supo mejor a cada uno, fue el del pito al dueño y le dijo: - Agora, don Severo, si parece a vuesa merced, mi compañero Paquito e yo predicaremos un sermón a la plebe de las antesalas, ambos a un tiempo, y cada uno a su sala desde la puerta subidos por púlpitos en sendas mesas.- Que me place, dijo el caballero, ¿y a ti, Mariquita?, preguntó a su esposa. Respondió ella lo mismo. Y puestas las mesas y saltando a ellas los oradores, principian a soltar chorros de disparates, que cada minuto tenían que parar y dar lugar a la risa que en las tres salas causó mil novedades en los cuerpos un poco flojos. Las damas y caballeros de la del centro ya atendían al uno ya al otro, no parando de reír y apretarse las ijadas y arrimarse y pegarse a las paredes. El mismo don Severo perdió su gravedad, y hubo de volver en sí, y taparse los oídos para decirles: - ¡Basta, señores, basta!, que nos morimos todos. Pero ellos embriagados de elocuencia ni paraban ni podían aunque quisieran. Hasta que tomados los instrumentos los otros hicieron sonar la música, y ésta por fin cortó el encanto. Cesan ellos y cesa también la música, y saludando los dos a las señoras y caballeros con una gran cortesía, estalló un aplauso de manos tan estrepitoso y largo, que se comunicó a las antesalas y parecía que iban a hundirse.

Quisiéronse poner a bailar segunda vez, y no fue posible. Bien se esforzaban los músicos de su parte, pero nadie podía sino reír y volver a los disparates de los sermones. Poníanse en actitud de bailar, y soltaban la carcajada y se retiraban cayéndose en las sillas y haciendo pasmos y exclamaciones.

Entretanto corría la noche, y mirando don Severo la hora, vio que eran las once y media, y dijo: - Señores, esta media hora que falta hasta las doce, porque de media noche no gusto que pasen las fiestas de mi casa, todos la necesitamos para templarnos y disponernos al sueño. Señores licenciados: tengo barruntos de que vuesas mercedes van a pasar en este pueblo ocho días por lo menos; yo por mi parte espero que el miércoles por la noche serán servidos de volver a esta casa. - Mañana, dijo un joven caballero, me ha mandado mi señor padre rogase a vuesas mercedes se dignasen venir a la mía. - Y a vuestra casa, respondió don Severo, también irán mis señoras esposa e hija. Diole las gracias el caballero, y cesando los cumplimientos se ofrecieron los estudiantes a las órdenes de don Severo, y a los pies de aquellas señoras, y se despidieron con todos los convidados.

Cada día era la función en otra casa, y también los estudiantes variaban las invenciones pasando las mañanas en ordenarlas, sin descuidarse de visitar a las personas que más los honraban y se lo merecían, como don Severo y alguna otra. La noche de la segunda función en casa de éste se presentó Pedro Saputo disfrazado de mujer y engañó a todos, logrando un gran rato a su intento, que fue el de hablar más particularmente a Morfina y obligarla a confesar su amor ganándole el corazón y venciendo su reserva. ¿Cómo resistiría la infeliz por advertida, por reportada, por serena, profunda y circunspecta que fuese? No era posible. Y así él, logrado su objeto, abatió el disfraz, riendo todos mucho del engaño y celebrando la donosura de la forastera; después continuó ya la función como todas las noches.

El último día con el buen parecer de don Severo, porque todo se lo comunicaban y consultaban, hicieron otra ronda por las calles, y recogieron tanto dinero que casi les pareció mucho; cosa imposible a estudiantes. Debajo del balcón de don Severo pararon y cantaron un rato. Por la noche fueron de tertulia a su casa y don Severo les dio seis escudos de oro, suplicándoles que si no se apartaban mucho en otra dirección volviesen por allí al retirarse a sus estudios, y se lo prometieron.

Por la mañana salieron del pueblo, pasando de propósito, aunque rodeaban, por la calle de Morfina, a cuya puerta se pararon a tocar el himno de despedida. Salieron don Severo y sus señoras a oírlos; y Pedro Saputo, que iba prevenido, cantó con sus compañeros y muy bien acompañado de la música, unas letras que llevaba pensadas, de las cuales la primera concluía;

Pues me dejo el corazón

¿Me llevaré un pensamiento?

Morfina con mucho disimulo hizo seña que sí; y cantaron la segunda, que tenía por final:

Pues te entregué, corazón,

¿En dónde te guardarán?

Y Morfina a la deshecha se tocó y señaló el pecho ligeramente. La tercera acababa:

¿Te encontraré, corazón

Cuando vuelva donde estás?

Inclinó Morfina un poco la cabeza y los ojos y por cántico de gloria y conclusión decían los últimos versos de la última letra:

Pues influir ya no puede

Sino bien la estrella mía.

Y con esto se acabó el canto y se despidieron. Morfina, puesto que se alegró de verlos todavía otra vez, no pudo menos de mostrar los ojos un poco preñados, que a un suspiro, ahogado del decoro, hubieran de reventar, y corrieron por sus rosadas mejillas dos lágrimas de más precio que todo el oro que tenía su padre, a lo menos para el que las vio correr y que a estar a tiro pudiera decir, mías son, y recogerlas con sus labios y pasarlas al corazón con el amor que las derramaba.

domingo, 28 de julio de 2024

3. 8. Una carta anónima. Visita de un caballé.

Capítul VIII.

Una carta anónima. Visita de un caballé.

Una carta anónima. Visita de un caballé.

Per aquells díes va ressibí una carta sense fecha ni firma, en lo sobre: "A Pedro Saputo, Almudévar.» Y dins, Fa cuatre añs. No se va cremá, com diuen, los cuernos cavilán de quí seríe; su va pensá enseguida. Y agarrán la pluma, ne va escriure un atra contestán esta sola paraula: Passiensia. Y sense fecha ni firma la va dirigí a don Severo Manuel de Estada, sense dudá de que lo recuerdo ere de Morfina.

Cuan lo caballé va vore esta carta perdíe lo juissi no podén atiná lo que significabe ni de quí podríe sé. Consultabe a la seua dona, a son fill, a la nora, a la filla; la enseñáe als seus amics, a tot lo món; y ningú assertabe (¿cóm ere possible?), dissimulán Morfina y fen vore que se admirabe igual que tots. Y va di al final son pare:

- Ara sí que vach a vore a Pedro Saputo, pos diuen que está al seu poble, que en la seua molta sabiduría pot sé que enserto. 

¿Quí vindrá en mí? Don Vicente se va oferí, y la nora tamé, y Morfina va di que no li demanaríe a son pare datra grassia a la seua vida. Al sentí aixó son pare se va alegrá, per poc no li va doná lo gust; casi se la va emportá en ell. Pero va di que primé hi aniríe sol, y que después ya se voríe. Y així u va fé.

Va arribá a Almudévar, y dixada la mula a la fonda, va aná cap a casa de Pedro Saputo. Lo va coneixe éste al momén; pero, sospechán lo cas, li va pareixe callá mentres no fore reconegut; y li va preguntá cóm se díe. Va di don Severo lo seu nom y apellitsy entonses va cridá ell a sa mare y li va di:

- Enviéu a la criada al messón y que lo criat de este caballé li faigue portá la mula y les aubardes en lo bagache. Se oposabe don Severo, y ell, mol resolt, li va di: o a casa meua o fora de casa meua. 

No es digne de tan prinsipal caballé, pero es mes dessén que la fonda, y sobre tot siréu servits en bona voluntat. Se va ressigná o conformá don Severo, y no se va atreví a parlali de la carta hasta después de michdía.

Lay va enseñá, y li va preguntá si sabríe de quí podríe sé, habenla ressibit a seques per lo correu. Va pendre Pedro Saputo la carta, la va mirá, y discurrín una mica (pera dissimulá) va di: 

- Esta carta es la contestassió a un atra.

- No pot sé, va contestá don Severo, perque de totes les que hay escrit hay ressibit contestassió; y ademés no li hay parlat a ningú de forma que me puguere doná esta resposta: ni los meus fills saben res tampoc, ni los meus amics.

- Pos resposta es.

- Perdonéu, pero no u puc creure.

- Que u cregáu o no, es un atra cosa; pero es lo que tos dic. 

Ñan somnis, siñó don Severo, que són realidats, y realidats aon pareix que estigues ensomián. Digueume, ¿teniu almes al purgatori? 

- Alguna ñaurá potsé de tantes com ne van aná allá, entre pares y agüelos.

- Pos veéu de tráureles; y si són almes de este món, mes, perque aquí se sap y se veu lo que patixen, y allá es cosa de la fe y de la imaginassió. ¡Teniu parens pobres!

- Un o dos.

- Pos auxilieulos. ¿Teniu filles casades a casa de la sogra?

- No, siñó.

- ¿Y solteres?

- Una.

- Pos caseula.

- No vol casás.

- Yo tos dic que sí que vol.

- Yo tos dic que no.

- Yo tos dic que sí.

- ¿Me u asseguréu?

- Sí, o soc lo home mes tonto y badoc del món.

- Pos yo tos juro que la casaré ben pronte vullgue o no vullgue.

- Mateula milló.

- ¿No me diéu ...?

- Al seu gust.

- No vol a ningú; no li agrade cap home.

- Impossible.

- A fe de caballé.

- ¿Hau agarrat lo cor de la vostra filla a la má, y mirat be tots los seus foradets? ¿Hau fet la proba de portala a un convén, y obligala a vestís de monja?

- No vol tal cosa; ni té vocassió al claustro.

- Pos es que ne té al atre estat; al matrimoni. Y sobre tot aixó fico lo meu honor, lo meu nom y hasta la vida.

- Estic atabalat. ¿Qué hay de fé en arribá a casa meua?

- Res, traure almes del purgatori.

- Vingue vosté a ajudám. ¿Qué, no tos pendríeu la molestia de vindre y me pintaríeu una sala?

- En mol gust.

- Pos ya respiro, ya descanso, ya men aniré contén. Pero miréu de no engañatos, perque la meua filla, y perdonéu que la alaba tan, es mol entesa, mol discreta, y mol resservada. Diuen que es mol hermosa, y crec que u es si no me engañen los ulls de pare, y per aixó dic lo que los pareix a tots; pero en aixó atre la puc jusgá en menos passió; y tos dic que los secretos del seu pit no los penetre ni lo rayo mes sutil y puro del sol; y be podríe sé que mos dixare burlats o en dos pams de nassos. 

- Es mes sutil lo pensamén del home y lo coneiximén del cor humano. Yo tos prometixco que als pocs díes que la trata ham de sabé si es alma triste del purgatori, o alma benaventurada de la gloria. Y sobre la carta faré tals probes, que no tos quedará cap duda de lo que hay dit. Yo pintaré y observaré; vosté callaréu, y tot anirá be y mos desengañarem.

Mol satisfet se va quedá don Severo de les raons de Pedro Saputo, y mes de la seua promesa. Als dos díes se disposáe a anassen y li va di Pedro:

- Los antics, siñó don Severo, cuan ressibíen algún huésped, lo obsequiaben, agassajaben y regaláen tres díes sense preguntali de la seu persona; passada esta tresena li preguntaben quí ere, cóm se díe, de aón veníe y aón anáe. Ham dixat esta costum y fórmula per la gran pressa que tenim de sabé quí es lo huésped que mos ve, y potsé per la mes gran de despachál de casa. Si no trobéu a faltá la comodidat y regalo de la vostra casa, tos rogo que tos aturéu los tres díes de la ley per vosté y per mí, y un mes per l'alma del purgatori que me ha proporsionat la satisfacsió de hospedá a casa meua a un tan prinsipal y amable caballé. Los antics donáen tamé al huésped al tems de despedíl lo que díen dons de hospedache, que ere alguna roba mol pressiosa, alguna espasa, escut de armes, o be algún caball, y res de aixó nessessitéu ni ña ara la mateixa raó que allacuanta per an esta costum, miréu lo que ña a casa meua que no ñague a la vostra, y si algo trobéu del vostre gust, emportéutosu en señal de la nostra amistat. ¿Sou afissionat als llibres? ¿U sou als cuadros? Astí teniu llibres, y allá teniu cuadros.

- ¿Y si agarro lo que no deuría?

- Aixó no pot sé. Ya don Severo habíe passat alguns ratos lligín La consolassió de Boecio traduída y afegida per Pedro Saputo, encara que manuscrita; y la va apartá com a llibre que volíe emportás.

Va mirá los cuadros, y se parabe moltes vegades dabán del de Pedro y lo de sa mare fets los dos aquell añ; y va di:

- Si estos dos retratos vostres no foren tanta part del vostre cor... 

- U són y mol gran, va contestá Pedro Saputo; pero per naixó mateix tos los oferixco...

- ¡Ah!, va di don Severo; yo los ficaré llum a casa meua. Li va doná Pedro Saputo les grassies per lo favor, y li va entregá los cuadros y lo llibre dién:

- A un atre al món no los hi donaría; pero don Severo Manuel de Estada té privilegi a casa de Pedro Saputo.

Sen va aná don Severo, va arribá a casa seua, y van acudí la dona y los fills a preguntali com si vinguere de una peregrinassió al atre hemisferi. Ell los va di: - U séntigo, Mariquita, u séntigo, fills meus, séntigo de no habetos emportat a tots. ¡Ay, quín home! ¡Ay, quín home tan sabut y tan amable! Mol diu la fama, pero es mol mes de lo que se diu. Cuatre díes me ha fet está, pero a casa seua, perque es mol generós, y al pareixe ric. ¡Qué be que hay estat! Es lo home mes natural que hay conegut: mol caballé, aixó sí, pero al mateix tems tan pla y amable, que se pegue al cor com un ferro a un atre a la forja. ¡Quín agassajo! ¡Quín servissi tan fi y sensill! ¡Quína fassilidat en tot! Alló, fills, es viure encantat. ¿Pos, y sa mare? 

Sa mare es tota una siñora. No dirá ningú, no, que ha sigut pobre y tingut ofissi tan humilde com lo de rentadora.

- Pero de la carta, va preguntá don Vicente, ¿qué tos ha dit?

- De la carta, va contestá, ha dit moltes coses (Morfina mol atenta); pero com vindrá después...

- ¿Aquí?, va preguntá lo fill.

- Aquí, aquí, an esta casa, va contestá don Severo. Y ya podéu disposatos tots a ressibíl com a un amic, pero tamé com a un home tan sabut, y no faiguéu tontades o extravagansies perque los seus ulls penetren hasta l'alma, y sap lo que un está pensán cuan lo mire.

- ¿Conque vindrá?, va torná a preguntá don Vicente. 

- Sí, fills, sí, ya u hay dit: y pintará la sala de la cadiera.

- Men alegro, men alegro, va di don Vicente donán fortes palmades; lo coneixerem.

- Abans lo podéu coneixe, va di son pare, pos li vach demaná y me va doná lo seu retrato y lo de sa mare, que són éstos. Va sé traure los retratos, y los cuatre se van amuntoná damún de ells y no los podíen vore a gust. Los va penjá don Vicente a dos claus alts y aixines los van mirá mes desplay. Después va di don Vicente: 

- ¿Sabéu pare, que Pedro Saputo me pareix que se assemelle an aquell estudián navarro al que díen don Paquito?

- Calla, ignorán, li va contestá son pare; ¿qué té que vore don Paquito ni tots los Paquitos del món en eixe retrato?

Don Paquito ere un estudián, espabilat sí, y vivaracho; pero un quidam, un mindundi, comparat en Pedro Saputo. En fin, ya lo voréu y tos desengañaréu; entretán no diguéu disparats ni sabocades. Morfina se admirabe de lo que li podíe la aprensió a son pare, pos sen un mateix don Paquito y Pedro Saputo, ni lo va coneixe allá ni veíe ara lo paregut, o mes be la identidat al retrato. 

Y pera fé un atra proba, va di:

- Pos tamé a mí me pareix lo de este retrato lo mateix que a Vicente. ¿No veéu, pare, que té los ulls y tot lo aire de don Paquito?

- Los ulls y lo aire de la meua quinta bruixa de yaya sí que té, va contestá son pare enfadat, porros que sou tots. No me nomenéu mes a don Paquito; perque es compará la nit al día, un teó al sol, un pigmeo a un gigán. Pos, dic, ¡si lo sentigueres tocá lo violín! 

Don Paquito esgarrañabe les cordes de tripes de gat; pero alló es sentí als mateixos angels del sel.

- Es segú pare, va di don Vicente, que ha de vindre aquí, sinó demá montaré a caball y men aniré a vórel. Y mira tú siñoríssima germana meua, de no sé en ell tan seca y impenetrable com has sigut en tots los que han vingut a vóret.

- Yo te dono la meua paraula, va contestá ella, de no séu en ell, sino al contrari, mol blana y penetrable, per explicám al teu modo.

¿Qué habíe de di un home tan sabut si me veiguere seria, indiferén y resservada?

- Pos vorem, va di son germá, cóm u cumplixes.

- Dónau per cumplit, va contestá ella. Y en verdat que u díe de cor, com pot suposá lo lectó, que sap lo misteri del seu amor en Pedro Saputo, y lo secret de la carta.


Original en castellá:

Capítulo VIII.

Una carta anónima. Visita de un caballero.

Por aquellos días recibió una carta sin fecha ni firma, con el sobre: «A Pedro Saputo, en Almudévar.» Y dentro, Hace cuatro años. No se hiló, como dicen, los sesos discurriendo de quién sería; pensóselo al golpe. Y tomando la pluma, escribió otra contestando esta sola palabra: Paciencia. Y sin fecha ni firma así mismo que dirigió a don Severo Manuel de Estada, no dudando que el recuerdo era de Morfina.

Cuando el caballero vio esta carta perdía el juicio no pudiendo atinar (yo lo creo) lo que significaba ni de quién podría ser. Consultaba a su mujer, a su hijo, a la nuera, a la hija; enseñábala a sus amigos, a todo el mundo; y nadie acertaba (¿cómo era posible?), disimulando Morfina y haciendo que se admiraba lo mismo que todos. Y dijo al fin su padre: - Ahora sí que voy a Pedro Saputo, pues dicen que está en su lugar, que con su mucha sabiduría puede ser que dé en el hito. ¿Quién vendrá conmigo? Don Vicente se ofreció desde luego, y la nuera también, y Morfina dijo que si le estuviera bien ir allá, no le pediría a su padre otra gracia en su vida. Al oír esto su padre se alegró y casi le dio gusto; casi la llevó consigo. Pero dijo que primero iría solo, y que después se vería. Y así lo hizo.

Llegó a Almudévar, y dejada la mula en el mesón fue a casa de Pedro Saputo. Conocióle éste al momento; pero, sospechando el caso, le pareció callar mientras de él no fuese conocido; y le preguntó cómo se llamaba. Dijo don Severo su nombre y apellido; y entonces llamó él a su madre y le dijo: - Mandad la criada al mesón y que el criado de este caballero le haga traer la mula y el equipaje. Resistíalo don Severo, y él, muy resuelto, le dijo: o mi casa o fuera de mi casa. No es digna a la verdad de tan principal caballero, pero es más decente que el mesón, y sobre todo seréis servidos con buena voluntad. Resignóse don Severo, y no se atrevió a hablarle de la carta hasta después de mediodía.

Mostrósela por fin, y le preguntó si sabría decir qué podría ser, habiéndola recibido a secas por el correo. Tomó Pedro Saputo la carta, miróla, y discurriendo un poco (por disimular) dijo: - Esta carta es contestación a otra. - No puede ser, respondió don Severo, porque de todas las que he escrito he recibido contestación; y a más no he hablado a nadie en términos que me pudiera dar esta respuesta: ni mis hijos saben nada tampoco, ni mis amigos. - Pues contestación. - Perdonad, pero no lo puedo creer. - Que lo creáis o no, es otra cosa; pero es lo que os digo. Hay sueños, señor don Severo, que son realidades, y realidades que parecen sueños. Decidme, ¿tenéis almas en el purgatorio? - Alguna habrá quizá de tantas como fueron allá entre padres y abuelos. - Pues ved de sacarlas; y si son almas de este mundo, más, porque aquí se sabe y se ve lo que padecen, y allá es cosa de la fe y de la imaginación. ¡Tenéis parientes pobres! - Uno o dos. - Pues socorredlos. ¿Tenéis hijas casadas en casa de suegra? - No, señor. - ¿Y solteras? - Una. - Pues casadla. - No quiere casarse. - Yo os digo que sí quiere. - Yo os digo que no. - Yo os digo que sí. - ¿Me lo aseguráis? - 0 soy el hombre más tonto y baladí del mundo. - Pues yo os juro que la case bien pronto quiera o no quiera. - Matadla más bien. - ¿No me decís...? - A su gusto. - No quiere a nadie; no le gusta ningún hombre. - Imposible. - A fe de caballero. - ¿Habéis ya tomado el corazón de vuestra hija en la mano, y mirado bien todos sus senos? ¿Habéis hecho la prueba de llevalla a un convento, y obligalla a vestirse de monja? - No quiere tal cosa; ni tiene vocación al claustro. - Pues es que tiene a otro estado; al matrimonio. Y sobre todo ello pongo mi honor, mi nombre y aun la vida. - Estoy confuso. ¿Qué he de hacer en llegando a mi casa? - Nada, sacar almas del purgatorio. - Venid vos a ayudarme. ¿Qué, no os tomaríades la molestia de venir y me pintaríades una sala? - Con mucho gusto. - Pues ya respiro, ya descanso, ya me iré contento. Pero mirad no os engañéis, porque mi hija, y perdonad que os la alabe tanto, es muy entendida, muy discreta, y muy reservada. Dícenla muy hermosa, y creo que lo es si no me engañan los ojos de padre, y por eso digo lo que parece a todos; pero en esotro la puedo juzgar con menos pasión; y os digo que los secretos de su pecho no los penetra ni el rayo más sutil y puro del sol; y bien podría ser que nos dejase burlados. - Es más sutil el pensamiento del hombre y el conocimiento del corazón humano. Yo os prometo que a los pocos días que la trate hemos de saber si es alma triste del purgatorio, o alma bienaventurada de la gloria. Y lo que es de la carta haré tales pruebas, que no os quedará la menor duda de lo que he dicho. Yo pintaré y observaré; vos callaréis, y todo irá bien y nos desengañaremos.

Muy satisfecho quedó don Severo de las razones de Pedro Saputo, y más de su promesa. A los dos días se disponía a irse y le dijo aquél: - Los antiguos, señor don Severo, cuando recibían algún huésped, le obsequiaban, agasajaban y regalaban tres días sin preguntalle de su persona; pasados los cuales y no antes le preguntaban quién era, cómo se llamaba, de dónde venía y adónde iba. Hase dejado esta costumbre y fórmula por la grande prisa que tenemos de saber quién es el huésped que nos viene, y tal vez por la mayor de despedille de casa. Yo me acomodo al nuevo uso en lo primero, y dejo lo segundo para los ruines. Si no echáis de menos la comodidad y regalo de vuestra casa, os ruego que os detengáis los tres días de la ley por vos y por mí, y uno más por el alma del purgatorio que me ha proporcionado la satisfacción de hospedar en mi casa a un tan principal y amable caballero. Y pues los antiguos daban también al huésped al tiempo de despedille lo que llamaban dones de hospedaje, que eran alguna ropa muy preciosa, alguna espada, escudo de armas, o bien algún caballo, y nada de esto necesitáis ni hay ahora la misma razón que entonces para esta costumbre, mirad lo que hay en mi casa que no esté en la vuestra, y si algo topáis de vuestro gusto, llevadlo en prenda de nuestra amistad. ¿Sois aficionado a los libros? ¿Soislo a cuadros? Ahí tenéis libros, y ahí tenéis cuadros. - ¿Y si tomo lo que no debería? - Eso no puede ser, porque para vos ninguno hay exceptuado, con vos ninguno me reservo. Ya don Severo había pasado algunos ratos leyendo La consolación de Boecio traducida y añadida por Pedro Saputo, aunque manuscrita; y la apartó como libro que quería llevarse. Miró los cuadros, y se paraba muchas veces delante de su retrato y el de su madre hechos ambos en aquel año; y dijo: - Si estos dos retratos vuestros no fuesen tan parte de vuestro corazón... - Lo son y muy grande, respondió Pedro Saputo; pero por lo mismo os los ofrezco... - ¡Ah!, dijo don Severo; yo les tendré lámpara en mi casa. Dióle Pedro Saputo las gracias por el favor, y le entregó los cuadros y el libro diciendo: - A otro en el mundo no los daría; pero don Severo Manuel de Estada tiene privilegio en casa de Pedro Saputo.

Fuese, en fin, don Severo, llegó a su casa, y acudieron la mujer y los hijos a preguntarle como si viniera de una peregrinación al otro hemisferio. Él les dijo: - Siento, Mariquita, siento, hijos míos, no haberos llevado a todos. ¡Ay, qué hombre! ¡Ay, qué hombre tan sabio y tan amable! Mucho dice la fama, pero es mucho más de lo que se dice. Cuatro días me ha hecho estar, pero en su casa, en su misma casa, porque es muy generoso, y al parecer rico. ¡Qué bien que he estado! Es el hombre más natural que he conocido: muy caballero, eso sí, pero al mismo tiempo tan llano y amable, que se pega al corazón como un hierro a otro en la fragua. ¡Qué agasajo! ¡Qué servicio tan fino y sencillo! ¡Qué facilidad en todo! Aquello, hijos, es vivir encantado. ¿Pues, y su madre? Su madre es toda una señora. No dirá nadie, no, que ha sido pobre y tenido oficio tan humilde como el de lavandera. - Pero de la carta, preguntó don Vicente, ¿qué os ha dicho? - De la carta, respondió, ha dicho muchas cosas (Morfina muy atenta); pero como vendrá luego... - ¿Aquí?, preguntó el hijo. - Aquí, aquí, a esta nuestra casa, respondió don Severo. Y ya podéis disponeros todos a recibille como un amigo, pero también como un hombre tan sabio, y no hagáis necedades o extravagancias porque sus ojos penetran hasta el alma, y sabe lo que uno está pensando cuando le mira. - ¿Conque vendrá?, volvió a preguntar don Vicente. - Sí, hijos, sí, ya lo he dicho: y pintará la sala del estrado. - Me alegro, me alegro, dijo don Vicente dando fuertes palmadas; le conoceremos, le conoceremos. - Antes le podéis conocer, dijo su padre, pues le pedí y me dio su retrato y el de su madre, que son éstos. Lo mismo fue sacar los retratos, que los cuatro se amontonaron sobre ellos y no los podían mirar a gusto. Colgólos, en fin, don Vicente en dos clavos altos y así los miraron de espacio. Más luego dijo don Vicente: - ¿Sabéis padre, que Pedro Saputo, así al parecer, tiene alguna semejanza con aquel estudiante navarro que llamaban don Paquito? - Calla ignorante, le contestó su padre; ¿qué tiene que ver don Paquito ni todos los Paquitos del mundo con ese retrato? Don Paquito era un estudiante, agudo sí, y vivaracho; pero un quidam, un nadie, comparado con Pedro Saputo. En fin, ya lo veréis y os desengañaréis; entre tanto no digáis disparates. Morfina en todas escenas gozaba mucho, y se admiraba de lo que podía la aprensión en su padre, pues siendo uno mismo don Paquito y Pedro Saputo, ni le conoció allá ni echaba de ver la semejanza, o más bien la identidad en el retrato. Y por hacer otra prueba, dijo: - Pues también a mí me parece de este retrato lo mismo que a Vicente. ¿No veis, padre, que tiene los ojos y todo el aire de don Paquito? - Los ojos y el aire de mi quinta bruja de abuela, sí que tiene, respondió su padre enojado, porros que sois todos. No me nombréis más a don Paquito; porque es comparar la noche al día, un tizón al sol, un pigmeo a un gigante. Pues, digo, ¡si le oyésedes tocar el violín! Don Paquito rascaba las cuerdas; pero aquello es oír a los mismos ángeles del cielo. - Válgaos padre, dijo don Vicente, que ha de venir aquí, sino mañana montaba a caballo y me iba a velle. Y mira tú señorísima hermana mía, que no seas con él tan seca e impenetrable como has sido con todos los que han venido a verte. - Yo te doy palabra, respondió ella, de no serlo con él, sino al contrario, muy blanda y penetrable, por explicarme a tu modo. ¿Qué había de decir un hombre tan sabio si me viese grave, indiferente y reservada? - Pues veremos, dijo su hermano, cómo lo cumples. - Por cumplido, contestó ella. Y en verdad que lo decía de corazón, como puede suponer el lector, que sabe el misterio de su amor con Pedro Saputo, y el secreto de la carta.

sábado, 27 de julio de 2024

2. 12. Camine cap al final la vida de la tuna.

Capítul XII.

Camine cap al final la vida de la tuna.

Camine cap al final la vida de la tuna.

Mol podem sentí, lectó amán, que an aquell tems no se faigueren aná los taquígrafos, eixos que escriuen tan depressa com se parle, pera que algú haguere escrit los sermons dels nostres dos predicadós, pos així hagueren arribat a natros y podríem jusgá lo gust de aquelles persones, y si teníen raó o no de riure tan; perque a uns tems tenen grassia unes coses y a datres no. Be que dites per Pedro Saputo, ¿quina no la tindríe? Yo sol per la tradissió de casa de Morfina hay pogut averiguá, que al primé sermó va tocá entre atres estos puns tan serios: si una dona coixa pot sé grassiosa, si pot pareixe be una torta; y si una cheposa o geperudeta pot tindre bon genio; y quina de les tres pot envidiá la sort a les atres.

Al segón sermó diuen que va parlá dels pensamens de la dona als estats de cuñada, de nora y de sogra; lo seu assunto me pareix que no va pugué desempeñá be per sé tan sagal, y requerí de mes edat y mes experiensia. Pero com mu han venut u veng yo; lo lectó cregue lo que vullgue; y continuem.

No habíen fet encara la mitat del plan que habíen cavilat, perque les seues habilidats eren tantes, y tan lo seu comedimén y bona criansa, que no visitaben poble que pera anassen d'allí no hagueren de reñí, o per lo menos está de mala cara en los huéspeds, y alguna vegá hasta en los parroquians. Los bufáe en aixó lo ven mol favorable y l' estat prosperabe. Y com se arrimáe lo tems dels estudis, van tratá de torná cap a la Universidat, passán si ñabíe puesto per casa de sons pares als que volíen vore abans de tornás a pedre a les escoles.

garabato, escoles, colegio, Valjunquera, a tope

Van tindre consell pera acordá lo que teníen que fé, y van deliberá no entretindres. Se va proposá la cuestió de si visitaríen lo poble de don Severo; y encara que féen volta algunes legües van acordá anáy, y van empendre lo itinerari, mol al gust de Pedro Saputo que, sin embargo, va dixá la ressolusió als compañs, no resservanse mes que lo determiná lo día y pun de la separassió. Van examiná la caixa de la plega, y estáe mes rica de lo que pensaben, com que se van repartí sen trenta y sis libres jaqueses cada un, habén trobat persones encara mes generoses que don Severo. Los va di Pedro Saputo que encara que no ere de casa rica, no nessessitáen aquella miseria, y que lo mes nessessitat la prenguere. No u entens, li va contestá un de ells; eixes perres són lo mes cariñós que tindrás a la teua vida. Empórtateles, que yo sé que ha de sé lo radé que gastos, y que es capás de fetos avaro per lo apego que tindrá a la casa y a la teua burchaca.

Aquell mateix día pel matí los va di Pedro Saputo al camí que no volíe dixáls sense probás al violín y la vihuela, dos instrumens als que portáe molta ventaja als estudians. Los habíe millorat mol la orquesta desde un prinsipi enseñán al de la pandereta a tocá los platillos, lo baix continuo, los fortes y los pianos, y atres coses que ell habíe adeprés del mestre Vivangüés. Tamé als del violín y de la viola va doná mol bones llissons ; pero no habíe vullgut tocá may perque no fée falta la seua habilidat espessial. Y agarrán lo violín, y desviánse una mica del camí per un barrang, va amostrá als seus admirats compañs un primor que may habíen vist a datre; y no va sé menos en la viola.

Al fes fosc van arribá al poble de Morfina; y al passá los primés passajes van sentí un soroll de espases.

- Venga, anem, va di Pedro Saputo. Van aná y van topetá en dos caballés soldats que reñíen en tal furia, que no reparaben en los que teníen ya al costat. Va pendre Pedro Saputo a un compañ la gayata, perque dos de ells ne portáen; y arrimanse als luchadós va di: 

- Siñós, per lo honor del hábit que porten los rogo que suspenguen la riña un momén. La van suspendre a les seues paraules, y mes al vores allí sing homens tan majetons; y va continuá: Vostres mersés riñen mol mal al orden, pos la seua valentía los ha portat a reñí com les fieres, vull di, de nit, sense testigos del seu valor, ni juches de justissia. Yo soc home de lletres, pero enteng les leys del duelo; y per les sircunstansies que hay dit declaro ilegal y nulo este campo. Creéume, siñós, lo honor de caballés tos prohibix continuá y tos mane condená lo que hau fet. Pero si no vullguereu envainá, lo que se mostro ressistén, que also un atra vegada la espasa, vingue a mí un atra y en mí se les vorá; ell luchará per ferossidat, y yo en defensa de la ley y de la justissia.

- Yo no puc sedí perque soc lo retat.

- Sedixco per ara, va di l’atre, per respecte an este siñó llissensiat, y perque les seues paraules me han convensut. Demá mos vorem. 

- Los rogo, pos, als dos, va di Pedro Saputo, que entréu en natres an este poble.

Van entrá tranquilamen en ells, y de pas los van contá aquells rivals que la riña ere per quí habíe de serví a una hermosura que a cap dels dos volíe, pos si al un li fée desaire, al atre no li donáe may la cara mostranse importunada dels seus obsequios. Sen va enriure entonses Pedro Saputo y va di: 

- Pos siñós, si tampoc lo guañadó habíe de sé admitit, ¿a qué ve esta riña?

- Ve, va di un de ells, a que cada un volem aná a casa seua y que no hi vaigue l’atre; perque es tal la bellesa de la donsella, que a cada un ofén que la miron atres ulls ni la séntiguen parlá uns atres oíts. 

- Ells es, siñó llissensiat, pera que u sapiguéu, un sol mil vegades mes hermós que lo del sel; una lluna mil vegades mes serena que eixa que se llevante; una estrella o un estrel que oscurix a totes les demés; un ángel de soberanía y de gloria, com no se va vore may a la terra, y es impossible que ne formo un atre igual la naturalesa. 

Va riure tamé Pedro Saputo de estes alabanses, y del tono y forsa en que les díe lo soldat, y no va dudá que aquell sol, aquella lluna, aquella estrella, aquell ángel ere Morfina. Pero va callá, perque entraben ya al poble, y los soldats sen van aná al seu hostal y los estudians a la fonda de la Cinta.

Ñabíe allí una bandera o compañía de soldats fée vuit díes, y ya per naixó, ya perque de totes maneres no volíen fé parada de la seua orquesta, van entrá mol silensiosos. Pero los van coneixe, y abans de sená ya teníen un motín al carré, y van ressibí un recado de don Severo, que no li tragueren la satisfacsió de portáls a casa seua. No van coneixe a Saputo hasta que va parlá, perque estáe torradet pel sol, com los de La Torre del Compte, mes prim y estirat, y mes home tamé, en bigotet y perilla, que a la moda dels estudians mes romantics com Bécquer s'habíe dixat. La roba que portáe ere un atra, per la caló se va fé una roba mes ligereta y tamé mol mes airosa. Va dudá la mateixa Morfina que tan ben retratat lo teníe al cor y tan presén a la memoria. Don Severo y lo huésped van convindre que los dos que habíen vingut allí soparíen a casa del primé, y los atres a la del segón, y dormiríen tots aon van dormí  l'atra vegada.

¡Quina satisfacsió pera Morfina! ¡Quina gloria pera Pedro Saputo! Se trobáe entonses a casa un germá de ella mes gran de edat, y se va alegrá mol de vore als estudians de qui tan habíe sentit y estáe aussén cuan van está a escomensamens de l'estiu. Inmediatamen se va parlá de ball; pero Pedro Saputo enrecordanse dels soldats li va di que per serta causa que per entonses ere secreta, encara que fora de casa, no podríe ñabé ball sino sol velada de música. Y al poble se li va fé entendre que no se obriríe la porta, que se dixaríe entrá només a les persones convidades. Se van presentá entre elles, un detrás de l'atre, los dos caballés soldats de la riña. Y ¡quina va sé la seua sorpresa cuan van vore a Morfina mol amable y arrimadeta al llissensiat del seu duelo! ¡Y vore a don Severo tratál en familiaridat y confiansa! Se van avergoñí, van callá, van respetá lo que veíen y no enteníen, y se van fé amics declarán a Pedro Saputo que estáe determinada la competensia en retirás los dos de aon tan bon puesto ocupaben atres seguramén mes dignes: sen aniríen al cap de tres díes.

Al passá del minjadó al estrado, y arribán a la porta, va fé Pedro Saputo a don Severo una seña; y quedanse allí en los seus compañs que ya habíen arribat, los va aná avián un per un com a barrons o ninots hasta mes allá de la mitat de la sala. Acsió que van vore los ofissials y la mayoría dels convidats, y tots se van quedá muts de assombro. Lo germá de Morfina va fé extrems de admirassió, y va di acalorat:

- Pos siñó, si no u haguera vist no mu creuría, y al que u osare afirmá, li haguera dit que mentíe. Sen van enriure tots mol; y la mare exclamabe:

- Jesús, eixe mosso sirá de asser templat.

Entonses Pedro Saputo va torná a la porta en los seus compañs, y están prop de les cadires caballés y siñores, va torná a aviáls del mateix modo, pero mol mes tros; y com lo tuno que anáe lo radé se movíe en molta grassia y extravagansia, va ñabé un gran palmoteo. 

- Ara ya mu crec, va di don Vicente; sense duda estos siñós llissensiats tenen ales secretes; a vore, agarreume a mí, don Paquito, que no sé volá. Lo va agarrá, y al eixecál pera aventál, veénse portá com una ploma, va di: ¡prou, prou!, me dono per satisfet. Y giranse a mirál, li va tocá y paupá los brassos per si eren de la materia que habíe dit sa mare.

Passat este bon rato se va fé silensio, va agarrá Pedro Saputo lo violín descansán abans una mica pera calmá la agitassió del esfors que habíe fet, y previnguda Morfina desde abans de sená, que al seu obsequio y per an ella tocaríen aquell día lo violín per primera vegada en tota la expedissió, y que tot lo que tocare se dirigíe al seu amor, o mes be, que siríe la historia dels seus amors, distinguín les parts prinsipals, com la primera vegada que se van vore, la seua charrada la nit que se van entendre, la despedida, la pena en que ella va quedá cuan ell sen va aná, y la alegría de la nova visita. 

¡Oh, cóm va entendre ella lo llenguache de aquella música tan expresiva! Sense pensá y transportada va plorá de pena al sentí la despedida, y va torná al mateix sentimén cuan va expresá lo doló de cuan lo va vore anassen y ella se va retirá al seu cuarto. Los demés de la sala sentíen tamé, y algún rato pareixíe un velatori del silensio que ñabíe mentres escoltaben. Va pendre después la vihuela, y va tocá algunes sonates que ell se habíe inventat. Pero después, y donán tems a que se desahogaren los aplaussos y admirassió que va exitá la seua may vista habilidat, van agarrá los instrumens los seus compañs, ell va abandoná la orquesta, se va ficá a roda y se va passá la velada.

Volíen los estudians despedís aquella nit, pero no va admetre don Severo la despedida, y mol menos don Vicente, y se van doná les bones nits hasta demá.

Encara no pensaben ells en eixí de casa, encara casi en eixecás pel matinet, que ya estáe allí don Vicente, y los va rogá y suplicá tan insistenmen que no sen anigueren aquell día, y van tindre que claudicá. No los va pená a cap de ells, y menos a Pedro Saputo, com se supose. En este motiu van fé un mosset pera amorsá, perque lo huésped no va volé sedí lo obsequi de la fartanera a michdía. Y per la nit van prepará lo ball a casa de don Severo per doná gust a don Vicente, que lo volíe pera obsequiá a una jove a qui servíe.

Qui va guañá en tot aixó va sé Pedro Saputo, pos va tindre ocasió de parlá en Morfina y acabá de guañássela si algo faltabe, va sopá al seu costat, va ballá en ella y res li va quedá per dessichá pera la seua satisfacsió. Una criada li va contá lo que habíe sentit di al seu siñó parlán en la siñora: 

- Si este mosso fore ben naixcut com pareix, encara que tingue poc, li haurem de doná la filla; perque, ¿has reparat que ella lo mire en bons ulls? Baixet y en discressió va di aixó don Severo, no creíe que ningú lo estáe sentín; pero lo va sentí la dimonieta de la criada, a qui les albrissies li van valé dos escuts de plata. ¡En bons ulls, díe! Algo mes ere; sí, algo mes, patriota don Severo.

Per fin se van despedí ya al mateix ball, y matinán en son demá sen van aná de aquell poble aon a tots los pareixíe que estáen entre los seus o a una isla encantada.


Original en castellá:

Capítulo XII.

Camina a su fin la vida de la tuna.

Mucho podemos sentir, lector amante, que en aquel tiempo no se usasen los taquígrafos, ésos que escriben tan aprisa como se habla, para que alguno hubiese escrito los sermones de nuestros dos predicadores, pues así llegaran a nosotros y podríamos juzgar del gusto de aquellas gentes, y si tenían razón o no de reír tanto; porque en unos tiempos tienen gracia unas cosas y en otros otras. Bien que dichas por Pedro Saputo, ¿cuál no la tendría? Yo sólo por la tradición de casa de Morfina he podido averiguar, que en el primer sermón tocó entre otros estos gravísimos puntos: si una mujer coja puede ser graciosa, si puede parecer bien una tuerta; y si una jibosa puede tener buen genio; y cuál de las tres, siendo iguales en lo demás, puede envidiar su suerte a las otras. En el segundo sermón dicen que habló de los pensamientos de la mujer en los estados de cuñada, de nuera y de suegra; cuyo asunto me parece que no pudo desempeñar bien por ser tan muchacho, y requerir más edad y más experiencia. Pero como me lo han vendido lo vendo; el lector crea lo que quiera; y sigamos.

No llenaron aún la mitad del plan que habían formado, porque sus habilidades eran tantas, y tanto su comedimiento y buena crianza, que no visitaban lugar que para irse no hubiesen de reñir, o por lo menos andar de mala cara con los huéspedes, y tal vez con el vulgo. Soplábales con esto el viento muy favorable y el estado prosperaba. Y como se acercase el tiempo de los estudios, trataron de tomar la vuelta de su universidad, pasando si había lugar por casa de sus padres a quienes deseaban y querían ver antes de perderse de nuevo en la confusión de las escuelas.

Tuvieron consejo para acordar lo que debían hacer, y deliberaron volver caras al mediodía y no entretenerse. Propúsose la cuestión si visitarían el pueblo de don Severo; y aunque rodeaban algunas leguas acordaron ir, y formaron incontinente el itinerario, muy al gusto de Pedro Saputo que, sin embargo, dejó la resolución a los compañeros, no reservándose más que el determinar el día y punto de la separación. Examinaron el tesoro, y estaba más rico de lo que pensaban, como que se repartieron a ciento treinta y seis libras jaquesas cada uno, habiendo encontrado personas aún más liberales que don Severo. Díjoles Pedro Saputo que aunque no era de casa rica, no necesitaba aquella miseria, y que así el más necesitado la tomase. No lo entendéis, le contestó uno de ellos; ese dinero es el más cariñoso que tendréis en vuestra vida. Llevadle, que yo sé ha de ser el último que gastéis, y que es capaz de mudaros en avaro por el apego que tendrá a la casa y a vuestro bolsillo. Rióse Pedro Saputo; y concluyendo que no deberían procurar, hasta llegar a su tierra, sino sacar muy de paso el gasto diario, picaron larga la vuelta de mediodía.

Aquel mismo día por la mañana les dijo Pedro Saputo en el camino que no quería dejarlos sin probarse en el violín y la vihuela; en cuyos instrumentos veía que llevaba mucha ventaja a los estudiantes. Habíales mejorado grandemente la orquesta desde un principio enseñando al de la pandera a hacer los platillos, el bajo continuo, los fuertes y los pianos, y otras cosas más a tiempo y con más propiedad que él las hacía. También a los del violín y de la vihuela dio muy buenas lecciones; pero no había querido tocar nunca porque no hacía falta su habilidad especial, ni les diera más utilidad que era a lo que se iba. Y tomando el violín, y desviándose un poco del camino a un barranco, mostró a sus admirados compañeros un primor que jamás vieron en otro; y no se los mostró menor en la vihuela.

Al oscurecer llegaron al lugar de Morfina; y al pasar los primeros pasajes oyeron ruido de espadas. - Vamos allá, dijo Pedro Saputo. Fueron y toparon con dos caballeros soldados que reñían y con tal furor, que no reparaban en los que tenían ya al lado. Tomó Pedro Saputo a un compañero el bastón, porque dos de ellos gustaban de esta compañía; y acercándose a los combatientes dijo: - Señores, por el honor del hábito que traen les ruego que suspendan la pelea un momento. Suspendiéronla a sus palabras, y más al verse allí cinco hombres tan aparecidos; y continuó: Vuesas mercedes riñen muy mal en el orden, pues su valentía los ha llevado a pelear como las fieras, quiero decir, de noche, sin testigos de su valor, ni jueces de justicia. Yo soy hombre de letras, pero entiendo las leyes del duelo; y por las circunstancias que he dicho declaro ilegal y nulo este campo. Creedme, señores, el honor de caballeros os prohíbe continuar y os manda condenar lo hecho. Mas si no quisiéredes envainar, el que se muestre resistente, alce otra vez la espalda, venga la otra y conmigo tiene la riña; él peleará por su ferocidad, y yo en defensa de la ley y de la justicia. - Yo no puedo ceder porque soy el retado. - Cedo por ahora, dijo el otro, por respeto a este señor licenciado, y porque sus palabras me han convencido. Mañana nos veremos. - Ruégoos, pues, a los dos, dijo Pedro Saputo, seáis servidos de entrar con nosotros en este pueblo.

Entráronse dócilmente con ellos, y de paso contaron aquellos rivales que la riña era por quién había de servir a una hermosura que a ninguno de los dos quería, pues si al uno le hacía desaire, al otro no le daba nunca la cara mostrándose importunada de sus obsequios. Rióse entonces Pedro Saputo y dijo: - Pues señores, si tampoco el vencedor había de ser admitido, ¿a qué es la riña? - Es, dijo uno de ellos, a que cada uno queremos ir a su casa y que no vaya el otro; porque es tal la belleza de la doncella, que a cada uno ofende que la miren otros ojos ni la oigan hablar otros oídos. Es, señor licenciado, para que lo sepáis, un sol mil veces más hermoso que el del cielo; una luna mil veces más serena que ésa que se levanta; una estrella que oscurece a todas las demás; un ángel de soberanía y de gloria, cual no se vio jamás en la tierra, cual es imposible forme otro la naturaleza. Rióse también Pedro Saputo de estas alabanzas, y del tono y fuerza con que las decía el soldado, y no dudó que aquel sol, aquella luna, aquella estrella, aquel ángel era Morfina. Pero calló, porque entraban ya en el pueblo, y los soldados se fueron a su alojamiento y los estudiantes a la posada pública.

Había allí una bandera o compañía de soldados hacía ocho días, y ya por esto, ya porque de todos modos no querían hacer parada de su orquesta, entraron muy silenciosos. Pero los conocieron, y antes de cenar tenían un motín en la calle, y recibieron un recado de don Severo, que no le quitasen la satisfacción de llevárselos a su casa. No conocieron a Saputo hasta que habló, porque estaba tostado por el sol, más delgado y alto, y más hombre también, con bigotes y perilla, que al uso de los estudiantes más extremados se había puesto, en el soliticio de la expedición, de la cola de un gatazo negro. Aun la ropa era otra, que por causa del calor se hizo un vestido más ligero y también mucho más airoso. Dudó la misma Morfina que tan bien retratado le tenía en el corazón y tan presente en su memoria. Por contemplación, en fin uno de otro, don Severo y el huésped, se convino que los dos que habían venido allí cenarían en casa del primero, y los otros en la del segundo, y dormirían todos en donde durmieron la vez pasada.

¡Qué satisfacción para Morfina! ¡Qué gloria para Pedro Saputo! Hallábase entonces en casa un hermano de ella mayor de edad, y se alegró mucho de ver a los estudiantes de quien tanto había oído y estaba ausente cuando pasaron a principio del estío. Inmediatamente habló de baile; mas Pedro Saputo acordándose de los soldados le dijo que por cierta causa que por entonces era secreta, aunque de fuera de casa, no podría haber baile sino tan solamente velada de música. Y al pueblo se le hizo entender que no se abriría la puerta, admitiéndose únicamente las personas convidadas o que pareciese. Presentáronse entre ellas, uno detrás de otro, los dos caballeros soldados de la riña. Y ¡cuál fue su sorpresa cuando vieron a Morfina muy amable y particular con el licenciado de su duelo! ¡Y al ver a don Severo tratarle con familiaridad y confianza! Avergonzáronse, callaron, respetaron lo que veían y no entendían, y se hicieron entre sí amigos declarando a Pedro Saputo que estaba determinada la competencia con retirarse los dos de donde tan buen lugar ocupaban otros seguramente más dignos: sobre que debían irse dentro de tres días.

Al pasar del cenador al estrado, y llegados a la puerta, hizo Pedro Saputo a don Severo una seña; y quedándose allí con sus compañeros que ya habían venido, los fue arrojando uno por uno como barrones o muñecos más de la mitad de la sala. Acción que vieron ya los oficiales y los más de los convidados, y todos quedaron mudos de asombro. El hermano de Morfina hizo extremos de admiración, y dijo con calor: - Pues señor, lo he visto y no lo creo, y al que por sólo esta vez lo osare afirmar, le diré que miente. Riéronse todos mucho; don Severo se complacía, Morfina se regalaba, y su madre exclamaba: - Jesús, ese mozo será de acero templado. Entonces Pedro Saputo volvió a la puerta con sus compañeros, y arrimados en pie a las sillas caballeros y señoras alrededor de la sala, volvió a arrojarles del mismo modo, pero mucho más trecho; y como el tuno que fue el último se bornase con mucha gracia y extravagancia, hubo un muy alto palmoteo. - Ahora ya lo creo, dijo don Vicente; pero sin duda estos señores licenciados tienen alas secretas; cogedme a ver a mí, don Paquito, que no sé volar sino tendido en el suelo. Cogióle, y al librarle para el empuje, viéndose llevar como un copo, dijo: ¡basta, basta!, me doy por satisfecho. Y volviéndose a mirar, le tocó y palpó los brazos por si eran de la materia que dijo su madre.

Pasado este sabrosísimo rato se ordenó la reunión convenientemente, y hecho silencio, tomó Pedro Saputo el violín descansando antes un poco para calmar la agitación del esfuerzo que había hecho, y prevenida Morfina desde antes de cenar, que en su obsequio y por ella tocaría aquel día el violín por primera vez en toda la expedición, y que todo lo que tocara se dirigía a su amor, o más bien, que sería la historia de sus amores, distinguiendo las partes principales, como la vista la primera vez, su plática la noche que se entendieron, la despedida, el sentimiento en que ella quedó y él se fue, y la alegría de la nueva visita. ¡Oh, cómo entendió ella el lenguaje de aquella música tan expresiva! Sin pensar y transportada lloró de pena al oír la despedida, y volvió al mismo sentimiento cuando expresó el dolor con que le vio trasponer y se retiró ella a su cuarto. Los demás de la sala sentían también, y algún rato parecía reunión de muertos del silencio y arrobamiento con que escuchaban. Tomó después la vihuela, y tocó asimismo algunas sonatas que él se había inventado. Mas luego, y dando lugar a que se desahogase el aplauso y admiración que excitó su no vista habilidad, tomaron los instrumentos sus compañeros, él les abandonó la orquesta, se puso en rueda y se pasó la velada.

Querían los estudiantes despedirse aquella noche, mas no admitió don Severo la despedida, y mucho menos don Vicente, y se dieron las buenas noches hasta mañana.

Aún no pensaban ellos en salir de casa, aún casi en levantarse por la mañanita, ya estaba allí don Vicente, y les rogó y suplicó tan ahincadamente que no se fuesen aquel día, que hubieron de condescender. Ni les pesó a ninguno de ellos, y menos a Pedro Saputo, como se supone. Con este motivo se desayunaron ligeramente, porque el huésped no quiso ceder el obsequio de la comida. Y para la noche dispusieron un baile en casa de don Severo por dar gusto a don Vicente, que lo quiso para obsequiar a una joven a quien servía.

Quien ganó en todo esto fue Pedro Saputo, pues tuvo ocasión de hablar a Morfina y acabar de ganársela si algo faltaba, cenó a su lado, bailó con ella y nada le quedó que desear para su satisfacción. Y más que le dijo una criada que había oído decir a su señor hablando con su señora: - Si este mozo fuese bien nacido como parece, aunque tenga poco, le habíamos de dar la hija; porque, ¿has reparado que ella le mira con buenos ojos? Bajo y recatado habló esto don Severo, no creyó que nadie le pudiese oír; pero le oyó el demonio de la criada, a quien las albricias valieron dos escudos de plata. ¡Con buenos ojos, decía! Algo más era; sí, algo más, patriota don Severo.

Por fin se despidieron ya en el mismo baile, y madrugando la mañana siguiente se fueron de aquel pueblo en donde a cada uno les parecía que estaba entre los suyos o en una isla encantada.

2. 14. Pedro Saputo va a vore a les seues amigues.

Capítul XIV.

Pedro Saputo va a vore a les seues amigues.

Triste y pensatiu camináe después de aquella dolorosa separassió, y no assertabe a caminá ni sabíe aón volíe aná. Pero lo seu cor lo portáe cap a la aldea de les seues novissies, a la que va entrá pera estáy dos díes, procurán arribá tart y fen vore que estáe coix, pera descansá be aquella nit. Se va embutí a la primera casa que va trobá uberta, va sená y se va gitá queixanse del baldamén y de la coixera.

Pel matí cuan se estáe traén los bigots postissos y rentán van entrá los pares de les dos sagales, y al vórel ocupat en lo asseo lo van saludá y sen van eissí cap a la cuina. Rentat, mudat y asseat va eixí mol alegre fen sempre lo coix, lo van agarrá y sel van emportá a casa de la Paulina aon se faríe la minjada; y com la coixera ere gran segons camináe, lo van dixá allí y sen van aná cada un a les seues obligassions. Va pugué parlá una mica a soles en la Paulina, y li va di:

- ¿Vau entendre lo meu papé?

- No, siñó, va contestá ella.

- Be, pos, día que ya me hau olvidat. ¡Mentiroses! ¡Desagraídes! 

Lo va mirá entonses ella, y com ya no portáe los bigots y la perilla que ere lo que mes lo fée pareixe un atre, lo va aná reconeixén, y se li va cambiá lo coló, y ya assertáe ya, cuan li va di ell: 

- Sí, soc yo; ¡lo mateix!, ¡no te engañes!; lo vostre compañ y amán del novissiat. Obri ella entonses mes los ulls, lo reconeix, y sense podés aguantá s'avíe cap an ell en los brassos uberts. 

- Ves, li va di, y dóna la notissia a la Juanita. Pero siguéu prudentes. Se desfée ella de amor, y neguitosa y anhelosa va aná a dílay a la Juanita. La va cridá apart y apretanli la má li va di: ¡Ay, amiga, que lo estudián del billet ere Geminita, y es ell qui está ara a casa meua y no lo vam coneixe! Juanita va creure que la seua amiga habíe perdut lo cap o delirabe; pero va aná cap allá y va habé de desengañás, y creure lo que van vore los seus ulls y va sentí lo seu cor al vórel y sentí aquella veu tan acostumbrada.

Cuatre díes va durá la coixera, y no va durá mes perque va tindre temó de que sospecharen o caure an algún descuido. Va minjá un día a cada casa de les dos y en los instrumens que ñabíe al puesto se divertíen alguns ratos, y uns atres los empleabe en los seus amors en aquelles amabilíssimes sagales.

Per al día que sen va aná li van brindá una mula, y va di que un estudián no pot aná a caball mes que del seu poble a la siudat aon té los seus estudis, y que ell encara no habíe arribat a Navarra. Perque habenlo cregut tots navarro va dixá corre eixa opinió, que mes be lo afavoríe que lo perjudicabe.

Va seguí lo seu camí, y va arribá al poble de Morfina, al que va entrá encara mes tart, pos eren ya les vuit, y a un tems que no passe de les siat la posta de sol; y sen va aná al messón, gitanse enseguida, y encarregán a la messonera que vinguere qui vinguere no lo cridare. Pel matí va sabé que habíen anat a vórel algunes persones, don Vicente entre elles; y se va vestí y asseá, pera lo que se había previngut fen rentá la roba a un atra aldea aon se va aturá un día. Va eixí de casa en direcsió a la de don Severo; y abans de arribá va topetá en don Vicente que veníe a buscál, y que lo va renegá mol de la seua part y de la dels siñós pares perque los habíe fet lo despressio y ofensa de anassen a la fonda pública. 

- A sopá y dormí esta nit a casa meua, va contestá don Vicente, y no sé yo si tamé demá, no passaréu de llarg, amic meu; perque esta nit, a porta tancada, y sol una persona de fora de casa, hau de tocá lo violín igual que vau tocá l’atre día, de lo que encara estem alusinats.

- No ting cap instrumén.

- No ten faltará. Man germana diu que mes voldríe sentí alló que vores reina de España; perque es afissionada a la música y la paladege o saborege mol si es bona.

Van arribá en aixó a la casa. ¡Quin ressibimén! ¡Quin afecte! ¡Quin amor li van mostrá tots! ¡En quina naturalidat y confiansa li parláe Morfina! A tiro de ballesta se coneixíe que la criada li habíe dit lo que va sentí a son pare y va contá a Pedro Saputo. Va minjá allí, van passejá per la tarde, y al tardet no habense avisat mes que a la persona que va di don Vicente, que ere la seua dama, va tocá Pedro Saputo lo mateix que l'atra vegada, y encara en mes primor y reflexió. Estáe ell mes felís encara en les noves dels seus amors.

Pero a la matinada li va doná don Severo un mal rato. Li va preguntá a seques si habíe sentit parlá de Pedro Saputo; va contestá ell que una mica, pero que no podíe doná notissies del fulano. 

Sense notíssies de Gurb, traducsió (repassat)

- Pos amic, va di don Severo, vach arribá ahí del Semontano y allí me van parlá de eixe portento. Es un sagal que diuen no té mes de dotse a catorse añs, criat a Almudévar, y a la seua edat es lo mes gran sabut que se coneix: com que aixó mateix vol di Saputo. Es tamé pintó, músic, pero famós, potsé tan com vosté, don Paquito; un filóssofo consumat, tan inteligén en les seues respostes, que tenen temó de ficás a tiro los homens de mes barbes de la terra. Ell sap tots los ofissis. En dotse díes va adependre a lligí y escriure ell mateix; en un rato a pintá, en un atre a tocá tots los instrumens; y es tan tratable y ben parlat que a tots encante. No té pare, perque es fill de una pupila que ere pobre y ell la ha feta ya rica guañán tots los dinés que vol. Diuen que desapareix de casa y torne carregat d'or que guañe per ahí en la seua habilidat, o lay done alguna persona que d' amagatontes lo afavorix per encárrec de son pare, no se sap si se trate de un gran siñó de la Cort que va passá per allí, o de un príncipe que anáe disfrassat. Aixina, don Paquito, que no se parle de atra cosa; vaigues aon vullgues, tots te parlen d'ell, tots te pregunten y lo selebren. Y lo mes grassiós es que ningú lo veu may, mes que a les temporades que está al seu poble, com si portare en ell l'anell de Giges o lo heliotropo, que lo fa invissible. Diuen que unes vegades se disfrasse, y se cambie la cara; atres creuen que sen va en los gitanos.

Al sentí aixó no va pugué aguantás Pedro Saputo, va arrencá a enríuressen y va di:

- Raro humor seríe lo de eixe sagal.

- Sí, siñó, mol raro, va di don Severo, ya se veu, un home tan extraordinari per forsa u ha de sé en tot. Hasta la mare diuen que sense sabé cóm se ha tornat una verdadera siñora, com si haguere naixcut a un alta cuna, sol per la nova educassió que li ha donat son fill. Pero no está pujadeta ni soberbia sino mol plana, y tots la volen y respeten mol. No sé, amic don Paquito, cóm de Almudévar ha pogut eixí un elemén com éste. Perque hau de sabé (y perdónom la crítica) que es un poblacho feo a la vista y mes feo encara al tacte; y la gen d'allí no són dels mes espabilats que se digue. Yo estic determinat a anáy cuan sápiga sert que hi está, perque pera anáy en vano me penaríe lo viache.

- Faréu be, va di Pedro Saputo; encara que yo crec que no tot es vero lo que sone al pandero y que la fama aumente mol o potsé u aporte tot. De un sagal de la meua terra me contaben tamé maravilles y ell cuan u va sabé, sen enríe y va di: pos si yo soc home gran, ¿qué sirán los demés? Y agarrán lo violín se va ficá a tocá y va distraure a don Severo de la seua manía.

Al amor ningú l'engañe; l'amor tot u sospeche, tot u pense, tot u adivine. Mentres don Severo se tornáe llengua selebrán a Pedro Saputo, per lo que de ell habíe sentit, estáe Morfina miranlo enamorada y cavilán y medín cuan habíe vist al seu amán y sentit de ell als estudians, y se díe per an ella:

O no ña tal Pedro Saputo o es éste; perque es tan guapo com diuen, y tan sabut, y tan gran músic, y tan amable y tan diferén dels atres homens. Y pensán aixó lo miráe y li saltabe lo cor, y se li enseníe la cara, y se moríe de dessich de vores a soles y dili, tú eres. 

Ell la observabe, y va sospechá lo que estáe imaginán, y lográn un momén de libertat li va di: 

- Sí, Morfina, u has ensertat, yo soc; pero calla; y si ara que saps quí soc no te pene habem conegut... Se va quedá ella parada com un estaquirot durán un rato, pero después va rompre y va di acalorada y mol aventada:

- Morí primé que voldre ni mirá a datre home. Ya no ña remey; está tirada la sort; teua, teua soc. La meua passió y la meua raó u volen. Te vach vore, te vach coneixe, y no puc menos que vóldret, y me costaríe la vida si no me vullgueres. Perque tú sol (después de mons pares) estás pera mí al món. No tenía homens pera mí hasta ara, no los tindré mes abán. Pero ¡ay!, no me engaños, perque me moriré; no me digues que me vols si no me vols tan com dius y tan com yo crec. Perdona, amán meu, este desahogo, esta franquesa y mes encara la libertat que dono al teu amor y se pren lo meu cariño. No haguere acabat la elocuén y apasionada Morfina, si la veu de son pare que pujáe no la tornare al puesto de aquell rapto amorós.

Ell li va assegurá tot lo que podíe dessichá; y después de minjá se va despedí y sen va aná acompañat de don Vicente, que lo va dixá después pera aná a una finca aon teníe alguns jornalés.


Original en castellá:

Capítulo XIV.

Pedro Saputo vuelve a ver a sus amigas.


Triste y pensativo caminaba después de aquella dolorosa separación, y no acertaba a andar ni sabía a dónde quería ir. Pero su corazón le llevaba hacia la aldea de sus novicias, en la cual entró el segundo día, procurando llegar tarde y fingiéndose cojo, lo uno para descansar libremente aquella noche, lo otro para tener pretexto y causa de detenerse un día o más si conviniese. Metióse en la primera casa que encontró abierta, cenó y se acostó quejándose del cansancio y de la cojera.

Por la mañana cuando se estaba quitando los postizos bigotes y lavando entraron los padres de las dos muchachas, y al verle ocupado en su aseo le saludaron no más y se salieron a la cocina. Lavado, mudado y aseado que estuvo, salió muy alegre haciendo siempre el cojo, le tomaron y se le llevaron a casa de Paulina donde se disponía la comida; y porque la cojera era grande según andaba, le dejaron allí y se fueron cada uno a sus querencias. Pudo hablar un poco a solas con Paulina, y le dijo: - ¿Entendisteis mi papel? - No, señor, respondió ella. - Bien, pues, dije yo, que ya me habéis olvidado. ¡Fementidas! ¡Ingratas! Miróle entonces ella, y como ya no llevaba los bigotes y la perilla que era lo que más le hacía parecer otro, lo iba reconociendo, y se le mudaba el color, y acertaba ya, cuando le decía él: - Sí, soy yo; ¡el mismo!, ¡no te engañas!; vuestro compañero y amante del noviciado. Abre ella entonces más los ojos, le conoce, y sin poderse contener se arroja a él con brazos abiertos. - Ve, le dijo, y da la noticia a Juanita. Pero sed prudentes. Se deshacía ella de amor, y agitada y anhelosa fue a decírselo a Juanita. Llamóla aparte y apretándole la mano le dijo: ¡Ay, amiga, que el estudiante del billete era Geminita, y es él que está ahora en mi casa y no le conocimos! Juanita creyó que su amiga había perdido la cabeza o deliraba; pero fue allá y hubo de desengañarse, y creer lo que vieron sus ojos y sintió su corazón al verle y oír aquella voz tan acostumbrada.

Cuatro días duró la cojera, y no duró más porque temió se sospechase o caer en algún descuido. Comió un día en cada casa de las dos y con los instrumentos que había en el lugar se divertían algunos ratos, logrando otros para sus amores con aquellas amabilísimas niñas.

En el día que se fue le brindaron con mula, y dijo que un estudiante no puede ir a caballo sino de su pueblo a la ciudad donde tiene sus estudios, y que él todavía no había llegado a Navarra. Porque habiéndole creído todos navarro dejó correr esta opinión, que más bien le favorecía que le perjudicaba.

Siguió su camino, y llegó al pueblo de Morfina, en el cual entró aún más tarde, pues eran ya las ocho, y en un tiempo que no pasa de las siete el crepúsculo; y se fue al mesón, acostándose enseguida, y encargando a la mesonera que viniese quien viniese no le llamase. Por la mañana supo que habían ido a verle algunas personas, don Vicente entre ellas; y se vistió y aseó muy prolijamente para lo cual se previno haciendo lavar la ropa en otra aldea donde se detuvo un día. Salió de casa en dirección de la de don Severo; y antes de llegar dio con don Vicente que venía a buscarle, y que le riñó mucho de su parte y de la de los señores padres porque les había hecho el desaire y ofensa de irse a la posada pública. Excusóse él fácilmente y concluyó diciendo que iba a hacelles una visita y pasaba de largo en comiendo. - En cenando y durmiendo esta noche, respondió don Vicente, y aún no sé yo si será lo mismo mañana, pasaréis de largo, amigo mío; porque esta noche, a puerta cerrada, y sólo una persona de fuera de casa, habéis de tocar el violín lo mismo que tocasteis el otro día, de que todavía estamos elevados. - No tengo instrumento. - No faltará. Mi hermana dice que más quiere oír aquello que verse reina de España; porque es aficionada a la música y la saborea mucho si es buena.

Llegaron en esto a la casa. ¡Qué recibimiento! ¡Qué afecto! ¡Qué amor le mostraron todos! ¡Con qué naturalidad y confianza le hablaba Morfina! A tiro de ballesta se conocía que la criada le había dicho lo que oyó a su padre y dijo a Pedro Saputo. Comió allí, pasearon por la tarde, y en la velada no habiéndose avisado sino a la persona que dijo don Vicente, que era su dama, tocó Pedro Saputo lo mismo que la otra vez, y aun con más primor y reflexión, cuanto era él más feliz con las nuevas de sus amores.

Mas la mañana siguiente le dio don Severo un mal rato. Preguntóle a secas si había oído hablar de Pedro Saputo; respondió él que un poco, pero que no podía dar noticias del sujeto. - Pues amigo, dijo don Severo, llegué ayer del Semontano y me hablaron de ese portento. Es un muchacho que dicen no tiene más de doce a catorce años, natural de Almudévar, y a su edad es el mayor sabio que se conoce: como que eso mismo quiere decir Saputo. Es también pintor, músico, pero famoso, quizá tanto como vos, don Paquito; un filósofo consumado, tan profundo en sus respuestas, que temen de ponérsele a tiro los hombres de más barbas de la tierra. Él sabe todos los oficios. En doce días aprendió a leer y escribir él mismo; en un rato a pintar, en otro a tocar todos los instrumentos; y es tan tratable y bien hablado que a todos encanta. No tiene padre, porque es hijo de una pupila que era pobre y él le ha hecho ya rica ganando todos los dineros que quiere. A lo mejor dicen que desaparece de la casa y vuelve lleno de oro que gana por ahí con su habilidad, o que le da alguna persona que en secreto le favorece por encargo de su padre, que dicen si es o no un gran señor de la corte que pasó por allí, o de un príncipe que iba disfrazado. Ello es, don Paquito, que no se habla de otra cosa; id a donde queráis, todos os hablan de él, todos preguntan y lo celebran. Y lo más gracioso es que nadie le ve nunca sino las temporadas que está en su lugar, como si trajese consigo el anillo de Giges, que hacía invisible. A esto dicen que unas veces se disfraza de nación, y se muda el rostro; otras creen que se va con los gitanos. Al oír esto no pudo contenerse Pedro Saputo, se echó a reír y dijo: - Raro humor sería el de ese muchacho. - Sí, señor, muy raro, dijo don Severo, ya se ve, un hombre tan extraordinario por fuerza lo ha de ser en todo. Hasta la madre dicen que sin saber cómo se ha vuelto una verdadera señora, como si hubiese nacido en alta cuna, sólo por la nueva educación que le ha dado su hijo. ¿Estáis en el golpe? La nueva educación que le ha dado su hijo; y que con esto no es engreída ni soberbia sino muy llana, aunque todos la quieren y respetan mucho. No sé, amigo don Paquito, cómo de Almudévar ha podido salir un elemento como éste. Porque habéis de saber (y perdóneme la ausencia) que es un lugarón feo de vista y más feo aún de tacto; y la gente de él pasa por... Vamos, no son de los más agudos. Yo estoy determinado de ir cuando sepa de cierto que está, porque ir en vano me pesaría en verdad el viaje. - Haréis bien, dijo Pedro Saputo; aunque yo creo que todo no es vero lo que suena el pandero y que la fama aumenta mucho o quizá lo pone todo. De un muchacho de mi tierra me contaban también maravillas y él cuando lo supo, se reía y dijo: pues si yo soy hombre grande, ¿qué serán los demás? Y tomando el violín se puso a tocar y distrajo a don Severo de su manía.

Al amor nadie le engaña; el amor todo lo sospecha, todo lo piensa, todo lo adivina. Mientras don Severo se volvía lenguas celebrando a Pedro Saputo, por lo que de él había oído, estaba Morfina mirándole enamorada y reuniendo y ponderando cuanto había visto a su amante y oído de él a los estudiantes, y decía en sí misma: o no hay tal Pedro Saputo o es éste; porque es tan hermoso como dicen, y tan sabio, y tan gran músico, y tan amable y tan diferente de los hombres que se usan. Y pensando esto le miraba y le saltaba el corazón, y se le encendía el rostro, y se moría de deseo de verse a solas y decirle, tú eres. Él la observaba, y sospechó lo que estaba imaginando, y logrando un momento de libertad le dijo: - Sí, Morfina, has adivinado, yo soy; pero cállalo; y si ahora que sabes quién soy no te pesa de haberme conocido... Quedó ella suspensa un rato, pero luego prorrumpió y dijo con calor y muy arrojada: - Morir primero que amar ni mirar a otro hombre. Ya no hay remedio; está echada la suerte; tuya, tuya soy. Mi pasión y mi razón lo quieren. Te vi, te conocí, y no puedo menos de amarte, y me costara la vida si no me hubieses correspondido. Porque tú solo (después de mis padres) estás para mí en el mundo. No tenía hombres para mí hasta ahora, no los tendré en adelante. Pero ¡ay!, no me engañes, porque me moriré; no me digas que me quieres si no me quieres tanto como dices y tanto como yo creo. Perdona, amante mío, este desahogo, esta franqueza y más aún la libertad que doy a tu amor y se toma mi cariño. No acabara la elocuente apasionada Morfina, si la voz de su padre que subía no la volviera en sí de aquel rapto amoroso. Él la seguró de cuanto pudiera desear; y después de comer se despidió y se fue acompañado de don Vicente, que le dejó luego para ir a un campo donde tenía algunos jornaleros.