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jueves, 25 de julio de 2024

1. 5. De cóm Pedro Saputo va determiná adependre algún ofissi.

Capítul V.

De cóm Pedro Saputo va determiná adependre algún ofissi.


Llichí y mes lligí als llibres que li dixáe lo retó y un ric del poble va sé lo que va fé en mol tems. Entre tots los que mes li agradáen eren los de historia y les fábules de Esopo en la vida de este gran fabulista: y un atre llibre al que li dieben Lo Cortesano. Pero no olvidáe lo ejercicio de les roques ni lo aná als campos en lo primé llauradó que entopetabe o topetabe, ni les probes de agilidat.

Un día li va di sa mare: 

- Fill, ya tens dotse añs; ya es tems de que adeprengues algún ofissi. Y ell va contestá que pera qué eren los ofissis. Són, fill, li va contestá sa mare, pera no está bambán y guañás la vida. 

- ¿Només que per an aixó?, va di ell; pos yo tos dono paraula de no está may bambán, com veéu que tampoc no u estic ara, pos ya vech que es roín, encara que sol sigue perque lo que no fa res, ya en aixó fa mol mal no ocupán lo entretenimén y les mans, y en cuan a guañás la vida tingue firme esperansa que no me faltará, si Deu vol, ni a vosté en mí. Que no vull yo que vaigue a rentá en fret y en caló perque es siñal de molta pobresa, y no ha de passá tans mals ratos. Pero si tos entristix que no adeprenga un ofissi, digueume quin hay de adependre. Y sa mare li va contestá que lo que vullguere. 

- Pos yo, va di ell, no ne vull adependre cap. Perque hau de sabé que segons yo hay advertit, los homens són mol ignorans y no fan mes que disparates, obrán en tot en molta torpesa y sense cap discurs; y encara mes, generalmen fan mal als atres en malissia, y potsé an ell mateix per rechás. Yo no sé si a datres puestos són diferens, perque ya sabeu que no hay eixit de Almudévar mes que pera aná a vore als nostres parens, y dos vegades a Huesca aon a ningú vach coneixe ni vach tratá mes persones que les recaderes del mercat, que per sert gasten mol desenfado y poca vergoña. Pero si tots són lo mateix, no nessessito cap ofissi pera guañám la vida y félay a vosté descansada.

- Fill meu, va di entonses sa mare: mol saps y vech que parles com los flares que prediquen o com los homens que van en nous trajes per lo món y vénen de lluñanes terres. Fes lo que vullgues y Deu te ilumino: sol no vullguera que fores roín.

- Hasta ara, mare, va contestá ell, no u hay sigut ni hay probat de séu; y lo que hasta los dotse añs no es roín, ya sempre sirá bo. 

- Segons, li va replicá sa mare: algúns s' hi tornen después. 

- No pot sé, va di ell: perque yo sé que lo que es roín de home fet ya u ere de chiquet, pero no sabíe ni podíe empleá la maldat, pero lo que es mala inclinassió ya la teníe al alma.

- Ara vech, va contestá sa mare, que vas tenín raó. 

¿Quí t’ha amostrat estes coses?

- Aquí dins, va contestá ell, me les amostren totes; y los llibres que llechisgo o llixgo, y les dones cuan riñen unes en atres. 

- ¿Cóm poden enseñát o amostrát res les dones y mes reñín?, 

va preguntá sa mare mol admirada.

- Pos me enseñen mol, va contestá ell; tot lo que entonses diuen es locura y sabiduría, y lo mateix me enseñe la un que l’atre. Y u adepreng de elles y dels atres chics a les seues enganchades, y dels llibres, u aplego aquí dins y u guardo, y alló engendre atres coses, y estes engendren después atres; y les junto y les regiro y amasso totes, o les separo y compong segons me demanen les ocasions.

Entonses sa mare, esbarrada de sentíl parlá en tanta sabiduría, li va di: 

- No sé, fill meu, cóm sen yo tan tonta vach parí un fill tan espabilat.

- ¡Tonta, diéu!, va contestá ell; pos yo no hay advertit que u siguéu, perque les dones que yo ting per tontes al poble són vanes, cantoneres, gorrines, desastrades, rezongueres, noveleres, picudes, chismoses y bachilleres

8M Valderrobres , si natros o natres mos aturem

- Fill, fill, li va di entonses sa mare; eixa es massa malissia pera la teua edat; dixa a les pobres dones, que tan despressio porten a costes per sé dones y per ende lo espart del món.

- Ara sí que vech que sou una mica tonta, va di ell: perque hau dit una tontada mol gran. ¿Cóm diéu que les dones són lo espart del món? ¿Quin espart sou vosté a la vostra casa? Vosté sou la siñora y yo lo vostre fill, vosté me voléu y yo la vull; vosté me servís ara y yo la serviré después; vosté me cuidéu y yo creixco y me fach home pera donali honra y amparala y mantíndrela. No tos digáu espart, perque me hau afrentat y casi no puc mirala a la cara.

Un atre día a la hora de minjá va arribá sa mare en gran sofoco dién entre llágrimes:

- Los rics sempre rics y los pobres sempre ham de callá. Mira, fill, que ving acalorada. Lo hidalgo de la cantonada de la plassa me ha topetat al carré, y plantanse a cuatre passes me ha dit: "Be críe lo fill, la pubilla; ya casi es home y sol sap parlá y fé lo Marc Esopo. 

La paga que ell tos donará per lo ofissi que li habéu amostrat. ¿Pensáu fél rentadora o cuinera com vosté? Milló li cuadraríe lo ofissi de comare o de casamenté.» Yo, al sentí paraules tan ofenedores, me hay mort de vergoña, la llum del sel no la veía; y casi me aufego de la pena que me unfle lo pit. ¿Qué me dius, fill meu, per al meu consol?

- Per ara, mare meua, sol tos dic que mingéu en gust, y demá tos diré lo que faré en este enfado que tos han donat perque no convé obrá ni adoptá consell cuan la caló de la passió está al mes alt pun, com u está ara als dos, vosté plore pero yo encara que estic ofés parlo en esta templansa. Ya que eixe hidalgo creu que pot oféndrela perque no me donéu ofissi, dixem la seua insolensia y agarrem la raó. Demá, si voléu, adependré de teixidó, después demá, de sastre, lo dilluns, de pelaire, lo dimats, de fusté, lo dimecres... 

casa el sastre, turismo rural, Beceite

- Fill meu, lo va tallá sa mare olvidán les llágrimes y la afrenta:

¿quín disparate estás dién? ¿No saps que cada un de eixos ofissis coste mols añs de adependre, y tú, vols adependren un cada día? 

- Torno a di, y sertifico, va contestá ell, que cada día hay de adependre un ofissi, y mes si es menesté o convé. Hasta mich día lo estudiaré, per la tarde entrenaré les mans, y a la nit cuan vinga a casa li portaré ya alguna mostra de la meua obra. Perque yo hay mirat a ixos homens als seus tallés y sé lo que me dic. Mínjo y alégros, que lo fill que hau parit no va naixe pera burret o ruquet, com Carlos Rallo Badet; ni tampoc pera sé humillat per cap fill d' algo ni pera patí que sa mare u sigue per ningú.
Yo faré que dins de pocs díes sigáu beneída per tots, y envechada potsé de eixe mateix hidalgo que tos ha insultat. Perdonemlo empero per la bona intensió en que u haurá fet, encara que en poc miramén y sobrada fanfarronería y mals modos. aixó es soberbia de naiximén y confiansa en les riqueses.

Aquella tarde anáe Pedro a casa de sa padrina, com solíe, y al passá per la plassa va vore al hidalgo en lo mossen: se va arrimá an ells y sense saludá se va encará en aquell y en gran aplom li va di: 

sa padrina, Ángeles Gil Guimerá

- Siñó fill d'algo de la cantonada (cridanlo aixina per despressio): avui hau fet plorá a ma mare, y les seues llágrimes me han abrasat les entrañes y les guardo aquí (siñalán lo cor), perque soc lo seu fill y sé quí té o no té dret a oféndrela. No u olvidéu, que tampoc yo u olvidaré. Adiós. Y dién aixó sen va aná en tota serenidat y mirada severa.
Lo mossen lo va cridá moltes vegades y hasta va volé seguil; pero lo va tindre que dixá perque ni la cara va girá pera mirál y va colá com un rellámpec. Va sentí mol lo mossen aquell cas, y u va sentí tamé lo hidalgo, pero de manera diferén, perque lo mossen u sentíe per amor al chiquet, y l’atre de ira y de rencor de les seues paraules y atrevimén.


Original en castellá:

Capítulo V.

De cómo Pedro Saputo determinó aprender algún oficio.

Leer y más leer en los libros que le dejaba el cura y un rico del pueblo fue lo que hizo en mucho tiempo. Entre todos los que más le gustaban eran los de historia y las fábulas de Esopo con la vida de este gran fabulista: y otro libro que llamaban El Cortesano. Pero no olvidaba el ejercicio de las peñas ni el ir a los campos con el primer labrador que encontraba, ni las pruebas de agilidad y ligereza.

Un día le dijo su madre: - Hijo, ya tienes doce años; ya es tiempo de que aprendas algún oficio. Y él respondió que para qué eran los oficios. Son, hijo, le respondió su madre, para no estar ocioso y ganar la vida. - ¿No más que para eso?, dijo él; pues yo os doy palabra de no estar nunca ocioso, como veis que tampoco no lo estoy ahora, pues ya se me alcanza que es malo, aunque sólo sea porque el que no hace nada, ya con eso hace mucho mal no ocupando el entretenimiento y las manos, y en cuanto a ganar la vida tened firme esperanza que no me faltará, Dios mediante, ni a vos conmigo. Que no quiero yo que vayáis a lavar con frío y con calor porque es señal de mucha pobreza, y no os habéis de dar tan mal tiempo ni vida tan lacerada. Pero si os afligís porque no aprendo un oficio, decidme cuál he de aprender. Y su madre le respondió que el que quisiera. - Pues yo, dijo él, no quiero aprender ninguno. Porque habéis de saber que según yo he advertido, los hombres son muy ignorantes y no hacen sino disparates, y rudezas obrando en todo con mucha torpeza y sin ningún discurso; y el que es un poco más avisado, generalmente hace daño a los otros con malicia, y tal vez a sí mismo por reverbero. Yo no sé si en otras partes son diferentes, porque ya sabéis que no he salido de Almudévar sino que para ir a ver a nuestros parientes, y dos veces a Huesca en donde a nadie conocí ni traté más personas que las recaderas del mercado, que por cierto gastan largo de su desenfado y poca vergüenza. Pero si todos son lo mismo, no necesito ningún oficio para ganar la vida y dárosla a vos descansada. - Hijo mío, dijo entonces su madre: mucho sabes y veo que hablas como los flaires que predican o como los hombres que andan con nuevos trajes por el mundo y vienen de luengas tierras. Haz lo que quieras y Dios te ilumine: sólo que no querría que fueses malo. - Hasta ahora, madre, respondió él, no lo he sido ni entendido serlo; y el que hasta los doce años no es malo, ya siempre será bueno. - Según, le replicó su madre: algunos se tornarán después. - No puede ser, dijo él: porque yo conozco que el que es malo de hombre hecho lo hubo de ser de niño, sino que no sabía ni podía ejecutar la maldad, pero lo que es mala inclinación ya la tenía en el alma.

- Agora veo, contestó su madre, que vas teniendo razón. ¿Quién te ha enseñado esas cosas? - Aquí dentro, respondió él, me las enseñan todas; y los libros que leo y las mujeres cuando riñen unas con otras. - ¿Cómo pueden enseñarte nada las mujeres y más riñendo?, preguntó su madre muy admirada. - Pues me enseñan mucho, respondió él; todo lo que entonces dicen es locura y sabiduría, y lo mismo me enseña lo uno que lo otro. Y lo aprendo de ellas y de los otros chicos en sus contiendas, y de los libros, lo recojo aquí dentro y lo guardo, y aquello engendra otras cosas, y éstas engendran luego otras; y las junto y las revuelvo y amaso todas, o las separo y compongo según me cumple y piden las ocasiones.

Entonces su madre, espantada de oírle hablar con tanta sabiduría, le dijo: - No sé, hijo mío, cómo siendo tan tonta he parido un hijo tan agudo. - ¡Tonta, decís!, contestó él; pues yo no he advertido que lo seáis, porque las mujeres que yo tengo notadas por tontas en el lugar son vanas, cantoneras, puercas, desastradas, rezongueras, noveleras, picudas, chismosas y murmuradoras. - Hijo, hijo, le dijo entonces su madre; ésa es demasiada malicia para tu edad; deja a las pobres mujeres, que harto desprecio llevan a cuestas con ser mujeres y por ende el estropajo del mundo. - Ahora sí que veo que sois un poco tonta, dijo él: porque habéis dicho una muy grandísima necedad. ¿Cómo llamáis a las mujeres el estropajo del mundo? ¿Qué estropajo sois vos en vuestra casa? Vos sois la señora e yo vuestro hijo, vos me queréis e yo os quiero; vos me servís agora e yo os serviré después; vos me cuidáis e yo crezco y me hago hombre para daros honra y ampararos y manteneros. No os llaméis estropajo, por vida mía, porque me habéis afrentado y casi no oso miraros a la cara.

Otro día a la hora de comer llegó su madre con gran bochorno y pasión diciendo entre lágrimas: - Los ricos siempre ricos y los pobres siempre hemos de callar. Mira, hijo, que vengo llena de calor y corrimiento. El hidalgo de la esquina de la plaza me ha topado en la calle, y plantándoseme a cuatro pasos me ha dicho: «Bien criades el hijo, la Pupila; ya casi es hombre y sólo sabe parlar y hacer el Marco Esopo. El pago que él os dará por el oficio que le habéis enseñado. ¿Pensáis hacelle lavandera o cocinera como vos? Andad, que mejor le cuadraría el oficio de comadrón o de casamentero.» Yo, al oír palabras tan injuriosas, me he cubierto de vergüenza, la luz del cielo no veía; y casi me ahogo de la pena que me hinche el pecho. ¿Qué me dices, hijo mío, para mi consuelo? - Por ahora, madre mía, sólo os digo que comáis con gusto, y otro día os diré lo que hace a este enojo que os han dado porque no conviene obrar ni adoptar consejo cuando el calor de la pasión está en su mayor punto, como lo está ahora en los dos, que vos lloráis e yo de puro levantado y ofendido hablo con esta templanza. Y ya que ese hidalgo cree que puede ultrajaros porque no me dais oficio, dejemos su insolencia y tomemos su razón. Mañana, si queréis, aprenderé de tejedor, después de mañana, de sastre, el lunes, de peraile, el martes, de carpintero, el miércoles... - Hijo mío, le atajó su madre olvidando las lágrimas y su afrenta: ¿qué disparate estás diciendo? ¿No sabes que cada uno de esos oficios cuesta muchos años, y tú, quieres aprender uno cada día? - Torno a decir y certificaros, contestó él, que cada día he de aprender un oficio, y más si es menester o conviniera. Hasta medio día lo estudiaré, por la tarde ejercitaré las manos, y a la noche cuando venga a casa os traeré ya alguna muestra de mi obra. Porque yo he mirado a esos hombres en sus talleres y sé lo que me digo. Comed y alegraros, que el hijo que habéis parido no nació para jumento; ni tampoco para ser escarnecido de ningún hidalgo ni para sufrir que su madre lo sea de nadie. Yo haré que dentro de pocos días seáis bendecida de todos, y envidiada quizá de ese mismo hidalgo que os ha insultado. Perdonémosle empero por la buena intención con que lo habrá hecho, aunque con poco miramiento y sobrada altivez y mal modo. Eso es soberbia del nacimiento y confianza en las riquezas.

Aquella tarde iba Pedro a casa de su madrina, como solía, y al pasar por la plaza vio al hidalgo con el cura: acercóse a ellos y sin saludar se encaró con aquél y con grande entereza dijo: - Señor hidalgo de la esquina (llamándole así por desprecio): hoy habéis hecho llorar a mi madre, y sus lágrimas me han abrasado las entrañas y las guardo aquí (señalando el corazón), porque soy su hijo y sé quién tiene o no tiene derecho a ultrajalla. No lo olvidéis, que tampoco yo lo olvidaré. Adiós. Y diciendo esto se fue con su serenidad y mirada severa. El cura le llamó muchas veces y aun quiso seguirle; mas lo hubo de dejar porque ni aun la cara volvió a mirarle y traspuso como un relámpago. Sintió mucho el cura aquel caso, y lo sintió también el hidalgo, pero diferentemente, porque el cura lo sentía de amor al niño, y el otro de ira y de mancilla de sus palabras y atrevimiento.

domingo, 28 de julio de 2024

4. 4. Arribe Paulina. Casamén dels pares.

Capítul IV.

Arribe Paulina. Casamén dels pares.

Arribe Paulina. Casamén dels pares.

Un reparo estic veén que ficarán alguns an esta ilustríssima historia o biografía (no pintoresca per Deu, que maldita sigue tota la turba de faramalles pintoresques de la nostra edat, pos hasta lo radé sacramén de la Iglesia en los seus ministeris mos donarán al fin pintorescos); dic que un reparo, si caben an este llibre, estic temén que me ficon, y lo vull satisfé pera traure dimes y diretes.

Los pareixerá an alguns que Pedro Saputo trobáe mol dóssil y afable al majo sexo. An aixó no contestaré yo per sé part apassionada; sino que vull que conteston per mí les dones de esta era, que són les mateixes de entonses, pero en una mica mes de recato, y hasta de virtut si me apuren; verdadé recato digne y verdadera virtut; pos sén mes libres pera dixás parlá y tratá per los homens, no les vech mes desenvoltes. Perque es de sabé, que an aquell tems aixó de les visites y tertulies no se usabe tan y ñabíe mes etiqueta; y sobre tot moltes reixes, baranes y celossíes, mol tancamén, moltes ames, y poc vore lo carré. Per tan, les donselles se criaben mes temoriques y fluixotes; y los joves teníen que tornás bruixots pera tratá los seus amors en elles. Pero en cambi, perque an este món no ña cosa que no ne tingue (si no, se moriríe de rabia) contra les ames, les reixes, y lo retiro, estáen les terseres, les Celestines y casamentés, los jardins y los galanteos, festechos admitits; y potsé les mateixes ames servíen al ofissi. Y contra mes apretaben a les sagales mes arriesgades, eren les ocasions mes fortes, buscanles en tot lo perill y seguera de les passions, cuan se enamoraben de un home que creíen de confiansa (¡y lo amor los fa creure tots!), entreganse al seu sol honor y paraula. ¿De qué es caussa la privassió? Del exés al us de la libertat cuan se logre, y dels objectes dels que mo se prive. Pos ara que se aplico lo lectó lo refrán, y miro si lo que ha lligit an este llibre es o no conforme an ell y a la verdat de la experiensia.

Ademes de aixó se ha de tindre presén que Pedro Saputo ere mol galán, mol grassiós y seductó, amable, discreto y ben parlat. ¿Y no se pot creure tan favor a les dones? ¡A que sí, per la meua vida! 

Sin embargo, no va abusá, com se veu a diverses ocasions a les que tot se li va oferí vensut y a la má. ¿Quede satisfet lo reparo? 

Pos anem cap abán.

En efecte, la que va arribá (com anaba dién) ere Paulina, que portáe un gran susto y molta temó. Sense mes acompañamén que un criat agüelet de casa seua se va posá en camí apenes va ressibí la esquela. Y va di a la seua amiga al saludás al peu de la escala: 

- Disme lo que ña, perque estic destronada, no fach mes que imaginá desgrassies tot lo camí, y cuan hay arribat, només vore la casa me ha donat un salt al cor y me sen eixirá per la boca. 

- No tan, no tan, va contestá Juanita; assosségat; lo que ña es que ahí dins está lo nostre amic Pedro Saputo; pero ¡Deu meu! ¡Cuan te u diga! Y en aixó van acabá de pujá y van entrá a un cuarto. 

- No me faigues patí, va di Paulina, perque ving plena de confussió y desventura. 

- T'hay dit que t'assossegos, va contestá Juanita; res de lo que penses; no es aixó lo que passe. ¡Jesús, qué coses!, Estic abalotada, no sé lo que me dic ni lo que me fach; se ha destapat, que es germá meu.

- ¡Germá teu?, va di Paulina mol sofocada. 

- No així a seques germá meu, va continuá Juanita, sino del meu home, que es lo mateix; es fill de mon sogre; fill del meu sogre, sí; ¿qué te pareix? ¡Y no habé caigut natres may en lo paregut! Perque ya vorás, s'assemellen mol. ¡Qué segues ham estat! (y li va contá la historia del seu sogre). Acabats los pasmos y admirassions van entrá al cuarto, y se va aumentá en la arribada de Paulina la satisfacsió de aquell día.

S'en va aná al día siguién perque habíe de torná en lo seu home. 

Lo pare va torná a cridá als seus fills y los va di cóm pensabe portá a casa a la seua nova y primera dona, cumplín en les leys en cuan a les formalidats públiques y usos de la Iglesia: que a Pedro, com lo fill segón, li destinabe los bens libres y alguns dinés pera fundá una casa; y que sense aguardá mes, si los pareixíe be, teníe determinat aná en Pedro Saputo a Almudévar a vore a la seua siñora. Tot va pareixe be als fills; y Pedro li va di que la fortuna li habíe sigut favorable, pos per los camins que va recorre durán la seua vida habíe fet aplec de un caudal de deu a dotse mil escuts; y que per lo tan no ñabíe per qué desmembrá o disminuí notablemen lo patrimoni. 

- Aixó, va contestá son pare, no u deus a ningú, y yo ting obligassions que cumplí en tú. Prou los quedará a tons germans. 

Y com dius que no se ha de avisá a ta mare, perque may has tingut eixa costum, anem a vórela que es lo mes urgén.

Van aná cap allá procurán arribá a Almudévar entre dos llums. 

La mare al sentí caballs a la porta va baixá com acostumabe a ressibí a son fill sense dudá de que fore ell en algún amic. 

La va saludá y ella va abrassá a son fill Pedro Saputo, y demanán un cresol per al criat dels caballs va pujá en sa mare de la má, y detrás seguíe lo nou huésped sense di res después de habela saludat mol ligeramen a la primera vista. Cuan ya estáen a dal van entrá en una llinterneta al cuarto, y eixecán Pedro Saputo la llum entre los dos, va di a sa mare:

- Miréu, siñora mare, an este caballé. Habíe procurat don Alfonso vestí un traje lo mes paregut al que portáe cuan va está allí y se va casá en ella; y ella lo mirae, y pareixíe que rebuscabe a la seua memoria, y lo anáe reconeixén; y al advertí don Alfonso que lo teníe casi del tot reconegut, per la alterasió que se notabe al seu semblán, va di:

- Sí, soc yo; y lo va acabá de coneixe, y va caure desmayada, aguantanla son fill y ajudanli don Alfonso. La van fe torná en sí, li van fe beure una mica de aigua; y li va di Pedro Saputo: 

- Sereneutos, siñora mare; don Alfonso López de Lúsera, mon pare y siñó, ve a acabá en la vostra llarga pena y esperansa.

- Sí, siñora, va continuá don Alfonso; yo soc lo que se va casá en vosté an este mateix cuarto; que al final hay pogut cumplí lo meu dessich de abrassá al meu fill Pedro y a vosté después de tan tems. Mes desplay tos contará lo vostre fill y lo meu, pos li hay contat la historia, y yo to la repetiré de bon gust les vegades que vullgáu, cóm me ha sigut impossible hasta ara mostratos y acreditatos que no tos vach engañá. Serenautos, per Deu; miréu que som lo vostre home y lo vostre fill.

A tot aixó res responíe la infelís, embargada del goch que habíe inundat lo seu pit. Y temén lo fill algún mal acsidén li va fé beure un gotet de aiguardén de gitám y la va distraure dién: 

- Au, agarréu la má del meu siñó pare. Y no olvidéu que ham vingut famolengs y esperam un bon sopá. Va incliná una miqueta lo cap de sa mare, y después de apretá la má al seu home, se va aventá als brassos del fill plorán y gemegán en gran ímpetu com si fore la radera hora de la seua vida. Se van alegrá los dos de que així rompeguere, pos habíe vensut la opressió traénla del pit en aquells gañols y ploreres. La van torná a sentá mes aliviada, y eixecán lo cap pera mirá a don Alfonso va di: 

- ¡Vintissing añs!, y va torná a plorá.

- Mol be, mol be, va di Pedro Saputo; desahogo la vostra pena.

- ¡Vintissing añs!, va torná a exclamá: ¡Ay, don Alfonso, que ni lo nom me vau di! - Pero vivim los tres, va contestá lo fill; donéu grassies a Deu, que mos ham trobat y conegut. Y per ara, yo com a fill, tos rogo, pares y siñós meus, que s'aturon les llágrimes y los records, y les queixes per cariñoses que siguen, perque tems tos quede per an elles.

Se van aná serenán de mica en mica, y don Alfonso va quedá mol pagat de vore aquella pobre y humilde pupila de atre tems en un estat de tan decoro. Lo cuarto, encara que lo mateix aon va está, pareixíe de una persona prinsipal per los mobles y les pintures que lo adornaben; de modo que no li penaríe que estaren presens son fill mes gran y Juanita.

Als dos díes sen van aná pare y fill cap a Huesca y van torná en los despachos de la curia eclesiástica, si be entonses no eren estes diligensies de tan escrúpol com ara, ni tampoc reñíen los ordinaris per si la novia o lo novio són teus o meus. Se va selebrá formalmén lo casori, y lo segón día per la tarde se van presentá de repén Juanita y lo seu home y van volé vore als pares a la seua casa de Almudévar, y van aumentá la alegría de tots. Juanita se va fé mol amiga de Eulalia, y a Rosa la abrassabe en tot lo cariño de germana. Van torná als tres díes pera prepará lo ressibimén.

Una semana después los van seguí los pares en Pedro Saputo, emportanse pera uns díes a Rosa, y quedanse Eulalia huérfana de amors y cariños y mol trista. Los va acompañá tot lo poble a la ixida, y no parabe en vivas y ademans de jubileu de doná la enhorabona a la virtuosa y de tans modos dichosa pupila, que al fin recobrabe la seua honra y se vée eixecada a la clase de siñora, casanse en tan noble caballé. Don Alfonso veíe en una satisfacsió inexplicable aquell amor que lo poble manifestabe a la seua dona y fill, y se omplíe de consol, agraín tan favor en paraules mol corteses y afectuoses. Avisats Juanita y lo fill mes gran del día y hora a la que arribáen, habíe disposat aquella un ressibimén digne de la seua discressió y tampoc va faltá Paulina an esta ocasió tan solemne.

Descriure la alegría y gloria de aquella casa es impossible; tantes y tals eren les persones que se van ajuntá, y per tans y tals casos de fortuna se reuníen y formaben una sola familia. Lo segón día a la velada va volé Pedro Saputo donáls un bon rato, y mostrá a son pare lo que sabíe fé en la música. Va pendre lo violín, y va di: 

- Historia de ma mare; la seua vida abans de vore a mon pare. Y va tocá en estil mol sensillet la seua vida y faenes, la seua natural alegría, lo seu constán propósit de no casás dién que no a tots los pretendens. Después va di: visita de un caballé... lo meu siñó pare: Va vindre después la seua aflicsió creénse burlada, y lo que va portá al seu naiximén. Y per no allargás se va casá fen plorá un atra vegada a son pare, y a la mateixa mare de tendresa, cuan va di: la escena del cuarto. An esta se va entretindre mes perque va volé expresáu tot. Y va concluí en la arribada y ressibimén de la vespra, que ya van entendre milló los atres oyens.

Assombrat se va quedá son pare de vore tanta habilidat, tan sublimes idees y frases tan patétiques; un llenguache, en fin, complet per mich dels tonos y la forma dels sonidos (si així se pot di), en la armonía y expresió tan perfecta de les passions y dels afectes. Y com sabíe que ningú lay habíe amostrat, lo miráe y no s'acababe de creure lo que veíe; y als demés, encara que en menos inteligensia, los passáe lo mateix. Rosa, la inossén Rosa, estáe elevada sentín aquella música, sol sentíe en lo oít y en lo cor. 

Tots van repará en ella; y no va dixá Paulina de sembrá algo de sissaña, pos va di en veu baixa a Juanita: 

- Ara sí que vech que van acabá los nostres amors. Ixa guapa y amable chiqueta, potsé sense advertíu, está enamorada del que cride germá. ¿Veus que no mire mes que sempre an ell, que en la vista seguix tots los seus movimens, y si ell sen va a un atre puesto, no s'assossegue? ¡Qué candorosa! ¡Qué pura! ¡Qué encantadora! ¡Pero qué apassionada está la pobreta!

- Pos encara ña un atra a Almudévar, va contestá Juanita, mes capás que esta de guañamos lo joc si pera jugá estiguera; perque esta sol está enamorada, pero aquella enamore y domine. Yo los díes que vach está allá volía a les dos, pero l'atra me va afissioná al seu trate de modo que si no la tenía en mí me pareixíe que tot me faltabe.

Un mes van tindre allí an esta donosíssima chiqueta, sense que ella pensare casi en Almudévar; pero va vindre son pare a buscala perque sa mare estáe prop de parí, y l'atra germana que teníe no ere capás de goberná la casa. Va plorá la infelís al vore que marcharíe, y ningú se extrañabe perque sabíen lo que volíe a Pedro Saputo y a sa mare; ni ella tampoc se reprimíe ni dissimulabe. Va di per fin ya una mica menos destronada: 

- Yo pensaba que estaba a casa meua.

- Pos a casa teua estás, li van di tots; sí, sí, a casa teua y en la teua familia.

- Pos ne ting dos, va contestá ella, en molta grassia, y ara me nessessiten a l'atra.

- Be, filla, be, va di don Alfonso.

Y Juanita va corre y la va abrassá en mol afecte. Pero Pedro Saputo, que sabíe milló que ningú la verdadera causa de les seues llágrimes, se va eixecá y va di: - Mira si eres de esta casa y familia, que pera que no te separos del tot de ella, o cregues que n'arrastres una part en tú, t'acompañaré yo hasta Almudévar. ¡Oh, quina satisfacsió li va doná la notissia! Se va arrebolá la seua alma, y va bañá lo seu semblán de una lluentó que la va ficá mes hermosa, fée mol mes goch. La va acompañá en efecte, y se va aturá allá vuit díes.


Original en castellá:

Capítulo IV.

Llega Paulina. Casamiento de los padres.

Un reparo estoy viendo que pondrán algunos a esta ilustrísima historia o biografía (no pintoresca por Dios, que malditos sean toda la turba de faramallas pintorescas de nuestra edad, pues hasta el último sacramento de la Iglesia con sus ministerios nos darán al fin pintorescos); digo que un reparo, si caben en este libro, estoy temiendo me pongan, y le quiero satisfacer por quitar dimes y diretes. Por ventura parecerá a algunos que Pedro Saputo encontraba muy dócil y afable al bello sexo. A lo cual no responderé yo por ser parte apasionada; sino que quiero que respondan por mí las mujeres de esta era, que son las mismas de entonces, pero con un poco más de recato, y aun de virtud si me apuran; verdadero recato digno y verdadera virtud; pues siendo más libres para dejarse hablar y tratar de los hombres, no las veo más desenvueltas. Porque es de saber, que en aquel tiempo esto de las visitas y tertulias no se usaba tanto y había más etiqueta; y sobre todo muchas rejas y celosías, mucho encierro, muchas dueñas, y poco ver la calle. Por consiguiente, las doncellas se criaban más miedosas y dengueras; y los jóvenes tenían que volverse brujos para tratar sus amores con ellas. Pero en cambio, porque en este mundo no hay cosa que no le tenga (si no, había de morirse de rabia) contra las dueñas, las rejas, y el retiro, estaban las terceras, las Celestinas, los jardines y los galanteos admitidos; y tal vez las mismas dueñas servían en el oficio. Y como la misma sujeción hacia las niñas más arriscadas, eran las ocasiones más fuertes, buscándolas con todo el peligro y ceguedad de las pasiones, cuando se enamoraban de un hombre que creían de confianza (¡y el amor los cree todos!), entregándose a su solo honor y palabra. ¿De qué es causa la privación? De exceso en el uso de la libertad cuando se logra, y de los objetos de que se nos priva. Pues ahora aplique el lector el refrán, y mire si lo que ha leído en este libro es o no conforme a él y a la verdad de la experiencia.

A más de esto se ha de tener presente que Pedro Saputo era muy galán, muy gracioso y seductor, amable, discreto y bien hablado. ¿Y no es verosímil tanto favor en las mujeres? ¡A que sí, por vida mía! Del cual, sin embargo, no abusó, como se ve en diversas ocasiones en que todo se le ofreció vencido y en la mano. ¿Queda satisfecho el reparo? Pues vamos adelante.

Con efecto, la que llegó (como iba diciendo) era Paulina, que con gran temor y sobresalto y sin más acompañamiento que un criado viejo de su casa se puso en camino apenas recibió la esquela. Y dijo a su amiga al saludarse al pie de la escalera: - Dime lo que hay, porque no hago sino imaginar desdichas todo el camino, y cuando he llegado al ver la casa me ha dado un vuelco el corazón y me late como si le tuviera azogado. - No tanto, no tanto, respondió Juanita; sosiégate; lo que hay es que ahí dentro está nuestro amigo Pedro Saputo; pero ¡Dios mío! ¡Cuando te lo diga! Y en esto acabaron de subir y se entraron en un cuarto. - No me hagas penar, dijo Paulina, porque vengo llena de confusión y desventura. - Y te he dicho que sosiegues, respondió Juanita; nada de lo que piensas; no es eso lo que ocurre. ¡Jesús, qué cosas!, estoy aturdida, no sé lo que me digo ni lo que me hago; se ha descubierto, que es hermano mío. - ¡Hermano tuyo!, dijo Paulina muy espantada. - No así a secas hermano mío, continuó Juanita, sino de mi marido, que es lo mismo; es hijo de mi suegro; hijo de mi suegro, sí; ¿qué te parece? ¡Y no haber caído nosotras nunca en la semejanza! Porque ya verás, se parecen mucho. ¡Qué ciegas hemos estado! (y le contó la historia de su suegro). Acabado que hubieron de hacer pasmos y admiraciones entraron en el cuarto, y se aumentó con la llegada de Paulina la satisfacción de aquel día.

Fuese empero al siguiente prometiendo volver con su marido. El padre llamó de nuevo a sus hijos y les dijo cómo pensaba traer a casa a su nueva y primera esposa, cumpliendo con las leyes en cuanto a las formalidades públicas y usos de la Iglesia: que a Pedro, como el hijo segundo, le destinaba los bienes libres y algún dinero para fundalle casa; y que sin aguardar más, si les pareciese bien, tenía determinado ir con Pedro Saputo a Almudévar a ver a su señora. Todo pareció bien a los hijos; y Pedro le dijo que la fortuna le había sido favorable, pues los caminos que vería en la relación de su vida había allegado un caudal de diez a doce mil escudos; y que por lo tanto no había para qué desmembrar o disminuir notablemente el patrimonio. - Eso, respondió su padre, no lo debes a nadie, e yo tengo obligaciones que cumplir contigo. Harto les quedará a tus hermanos. Y pues dices que no se le ha de avisar a tu madre, porque nunca lo has usado, vamos a vella que es lo más urgente.

Fueron y procuraron llegar a Almudévar entre dos luces. La madre al oír caballos a la puerta bajó como acostumbraba a recibir a su hijo no dudando que fuese él con algún amigo. La saludó y abrazó Pedro Saputo, y pidiendo una luz para el criado de los caballos se subió con su madre de la mano, y detrás seguía el nuevo huésped sin decir nada después de haberla saludado muy ligeramente a la primera vista. Cuando estuvieron arriba se entraron con una bujía en el cuarto, y levantando Pedro Saputo la luz entre los dos, dijo a su madre: - Mirad, señora madre, a este caballero. Había procurado don Alfonso vestir un traje igual en lo posible al que llevaba cuando estuvo allí y se desposó con ella; y le miraba, y parece que buscaba su memoria, y le iba reconociendo; y al advertir don Alfonso que le tenía casi del todo conocido, por la alteración que se notaba en su semblante, dijo: - Sí, soy yo; y le acabó de conocer, y cayó desmayada, sosteniéndola su hijo y ayudándole don Alfonso. Volviéronla en sí, hiciéronle beber un poco de agua; y le dijo Pedro Saputo: - Serenaos, señora madre; don Alfonso López de Lúsera, mi padre y señor, viene a fenecer vuestra larga y cuita y esperanza. - Sí, señora, continuó don Alfonso; yo soy el que se desposó con vos en este mismo cuarto; que al fin he podido cumplir mi deseo de abrazar a mi hijo Pedro y a vos después de tanto tiempo. Más despacio os diría vuestro hijo y mío, pues le he contado la historia, e yo os la repetiré gustoso cuantas veces quisiéredes, como me ha sido imposible hasta agora mostraros y acreditaros que nos os engañé en cuanto estaba de mi parte. Serenaos, por Dios; mirad que somos vuestro esposo y vuestro hijo.

A todo esto nada respondía la infeliz, embargada del gozo que había inundado su pecho. Y temiendo el hijo algún funesto accidente le hizo beber agua de nuevo y la distrajo diciendo: - Ea, tomad la mano de mi señor padre. Y no olvidéis que vinimos hambrientos y esperando una buena cena. Inclinó un poco la cabeza de su madre, y después de apretar la mano a su esposo, se arrojó en los brazos del hijo llorando y sollozando con grande ímpetu como si fuese la última hora de su vida. Alegráronse los dos de que así prorrumpiese, pues había vencido la opresión echándola del pecho con aquellas lágrimas y sollozos. Volviéronla a sentar más aliviada, y levantando la cabeza para mirar a don Alfonso dijo: - ¡Veinticinco años!, y lloró de nuevo. - Muy bien, muy bien, dijo Pedro Saputo; desahogad vuestra congoja. - ¡Veinticinco años!, tornó a exclamar: ¡Ah, don Alfonso, que aun el nombre no me dijisteis! - Pero vivimos los tres, respondió el hijo; dad gracias a Dios, que nos hemos encontrado y conocido. Y por ahora, yo como a hijo, os ruego, padres y señores míos, que cesen las lágrimas y los recuerdos, y más las quejas por cariñosas que sean, porque tiempo os queda para ellas; y agora no son ya más del caso.

Fuéronse poco a poco serenando, y don Alfonso quedó muy pagado de ver aquella pobre y humilde pupila de otro tiempo en un estado de tanto decoro. El cuarto, aunque el mismo donde estuvo, parecía de una persona principal por los muebles y las pinturas que le adornaban; de modo que no le pesara de que hallasen presentes su hijo mayor y Juanita.

En dos días fueron padre e hijo a Huesca y volvieron con los despachos de la curia eclesiástica, si bien entonces no eran estas diligencias de tanto escrúpulo como agora, ni menos reñían los ordinarios por si la novia o el novio son tuyos o míos. Celebróse en forma el casamiento, y el segundo día por la tarde se presentaron de repente Juanita y su marido y quisieron ver a los padres en su casa de Almudévar, y aumentaron la alegría de todos. Juanita se hizo muy amiga de Eulalia, y a Rosa la abrazaba con todo el cariño de hermana. Volviéronse a los tres días para preparar el recibimiento.

Una semana después los siguieron los padres con Pedro Saputo, llevándose para unos días a Rosa, y quedando Eulalia huérfana de amores y cariños y tan triste como es de creer viendo mudado su cielo. Acompañólos todo el pueblo a la salida, y no cesaba con vivas y ademanes de júbilo de dar la enhorabuena a la virtuosa y de tantos modos dichosa pupila, que al fin cobraba su honra y se miraba levantada a la clase de señora, casando con tan noble caballero. Don Alfonso veía con una satisfacción inexplicable aquel amor que el pueblo manifestaba a su esposa e hijo, y se llenaba de consuelo, agradeciendo tanto favor con palabras muy corteses y afectuosas. Avisados Juanita y el hijo mayor del día y hora en que llegaban, había dispuesto aquélla un recibimiento digno de su discreción y como es pensar no faltó Paulina en ocasión tan solemne.

Describir el contento y gloria de aquella casa es imposible; tantas y tales eran las personas que se juntaron, y por tantos y tales casos de fortuna se reunían y formaban una sola familia. El segundo día en la velada quiso Pedro Saputo darles un buen rato, y mostrar a su padre lo que sabía hacer en la música. Tomó el violín, y dijo: - Historia de mi madre; su vida antes de ver a mi padre. Y tocó en estilo muy sencillo, y haciéndole sentir muy claramente, su vida y faenas, su natural alegría, su constante propósito de no casarse diciendo de no a todos los pretendientes. Luego dijo: visita de un caballero... mi señor padre: Vino después su aflicción creyéndose burlada, y lo que sucedió en su nacimiento. Y por no alargarse vino de ahí al casamiento haciendo llorar otra vez a su padre, y a la misma madre de ternura, cuando dijo: la escena del cuarto. En la cual se entretuvo más porque quiso expresarlo todo. Y concluyó con la llegada y recibimiento de la víspera, que ya entendieron mejor los demás oyentes.

Asombrado se quedó su padre de ver tanta habilidad, tan sublimes ideas y frases tan patéticas; un lenguaje, en fin, completo por medio de los tonos y la forma de los sonidos (si así se puede decir), con la armonía y expresión tan perfecta de las pasiones y de los afectos. Y como sabía que nadie le había enseñado, le miraba y no acababa de creer lo que veía; y aun a los demás, aunque con menos inteligencia, les sucedía lo mismo. Rosa, la inocente Rosa, estaba elevada oyendo aquella música, y ni oía ni tenía otra cosa, ni sentía la vida sino en el oído y en el corazón. Todos repararon en ella; y no dejó Paulina de dar en alguna malicia, pues dijo en voz baja a Juanita: - Agora sí que veo que concluyeron nuestros amores. Esa linda amable niña, quizá sin advertillo, está enamorada del que llama su hermano. ¿Ves que no mira sino siempre a él, que con la vista sigue todos sus movimientos, y en saliendo él a otra parte, no sosiega? ¡Qué candorosa! ¡Qué pura! ¡Qué encantadora! ¡Pero qué apasionada está la pobrecilla! - Pues aún hay otra en Almudévar, respondió Juanita, más capaz que ésta de ganarnos el juego si por jugar estuviese; porque ésta enamora sólo, y aquélla enamora y domina. Yo los días que estuve allá quería a las dos, pero la otra me aficionó a su trato de modo que si no la tenía conmigo me parecía que todo me faltaba.

Un mes tuvieron allí a esta donosísima niña, sin que ella pensase casi en Almudévar; pero vino su padre a buscarla porque su madre estaba próxima al parto, y otra hermana que tenía no era capaz del gobierno de la casa. Lloró la infeliz al ver disponer su viaje, y nadie lo extrañaba porque sabían lo que quería a Pedro Saputo y a su madre; ni ella tampoco se reprimía ni disimulaba. Dijo por fin ya un poco serena: - Yo pensaba que estaba en mi casa. - Pues en tu casa estás, le dijeron todos; sí, sí, en tu casa y en tu familia. - Pues tengo dos, contestó ella, con mucha gracia, y ahora me necesitan en la otra. - Bien, hija, bien, dijo don Alfonso. Y Juanita corrió y la abrazó con mucho afecto. Mas Pedro Saputo, que sabía mejor que nadie la verdadera causa de sus lágrimas, se levantó y dijo: - Mira si eres de esta casa y familia, que para que no te separes del todo de ella en lo posible, o veas que arrastras una parte contigo, te acompañaré yo hasta Almudévar. ¡Oh, qué satisfacción le causó la noticia! Arrebolóse su alma, y bañó su semblante de un esplendor que la paró más hermosa y amabilísima. La acompañó en efecto, y se detuvo allá ocho días.

lunes, 29 de julio de 2024

4. 9. Seguix lo mateix registre. Morfina.

Capítul IX.

Seguix lo mateix registre. Morfina.

Morfina, Pedro Saputo


De Graus va passá a Benabarre, va doná una volta per la Llitera, va baixá a Monzón, Monsó, Monçó, de allí va pujá a Fontz o Fonz y Estadilla, va pensá en dirigí lo rumbo cap a casa seua, penanli no podé torná a Benabarre, perque va sé aon va vore mes cares majes, y pits mes uberts, (y caps mes grillats, com lo de Manuel Riu Fillat,) y olvidán en pena alguns amors que se va dixá allá desperdigats.

- Pero prou, va di; hay donat gust a mon pare y me l'hay pres yo tamé, y no poc.

Li faltáen micha dotsena de pobles, entre atres lo de Morfina; y donán los demés per vistos, se va atansá al de aquell nobilíssim primé amor que no sabíe cóm trobaríe ni cóm se habíe de presentá, ni en quina cara después de tans añs. Y dudán, y bateganli fort lo cor, y en no menos temó que dessich, va arribá al poble y se va encaminá a casa seua.

Habíe mort lo pare fée dos añs, com vam di, aquell don Severo tan bo y tan generós; y lo fill fée cuatre que estáe casat. 

Morfina, cumplits ya los vintissing añs, sense pare, sa mare pensán sol en misses y rosaris, y lo germá en poca autoridat a casa seua, se miráe an ella mateixa com la sombra de la casa; lo que jun en lo chasco tan cruel que li va doná lo home del seu amor y a qui li va fiá mes que lo seu cor (que chasco se pot di tan llarga suspensió de la seua esperansa), y sempre en una passió que no teníe sol ni día al añ, habíe perdut aquella alegría que tan brilláe a un atre tems al seu bellíssim rostro, y sense está esguellada se coneixíe que se habíe semat la lozanía dels seus pensamens, entregada a una ressignassió penosa, que de sé ella menos animosa o de temple menos fi, la haguere consumit del tot. ¡Ah!, dels vin als vintissing passe una época, una edat sansera, y la mes forta y de mes gran mudansa a les donselles. Pero a Morfina ademés se li ajuntáe la causa espessial de que habíe amat y amabe encara al únic home que va arribá al seu cor y éste ¡fée set añs que la teníe olvidada!, mentres ella ere insensible pera tots, resignada a morí an aquell estat antes que doná la seua má a datre.

Va arribá Pedro Saputo y sol ella lo va coneixe abans de parlá; pero tots se van alegrá, hasta la cuñada. Buscán una ocasió li va preguntá a Morfina qué ere de lo seu antic amor y cariño. 

Ella li va contestá que no sabíe en quí parláe.

- En lo teu amán, va di ell.

- No tos conec per tal, va contestá ella; pero sí tos diré que ne vach tindre un, y que si me se presentare se trobaríe com la primera vegada, y com la segona, y com la tersera que mos vam vore.

- Pos yo soc, va di ell; dónam la teua queixa, pero dispósat a sentí la meua contesta.

- No trobo cap satisfacsió, va di ella; y si tots los grans homens són com vosté, si tal prossedí es inseparable de la seua exelensia, ben infelises són les que los volen. Yo tos vach volé sense sabé quí ereu, perque vach vore lo que ereu; vach vore que la idea de perfecsió que yo me había format de un home cabal, de un home digne de mí omplíe vosté cumplidamen, y mes si mes puguere sé, encara que tan jove. Después vach sabé que ereu Pedro Saputo, y sol vach tindre que ajuntá a la persona la fama del nom; y al sentí del vostre naiximén vach doná grassies a la meua estrella perque me fassilitabe fé algo per vosté y per lo meu amor; pos encara que de la fortuna fores poc afavorit, teníes un alma mol sublime. Yo tenía que heredá de mon pare, lo just pera no tindre temó que per esta causa fore mes poca la nostra felissidat. Y desde aquell momén passe un añ, ne passen dos, y cuatre y sing y sis, y cap notissia ressibixco de vosté. ¿Tos escric y qué me contestéu? Va aná a vóretos mon pare, vau prometre vindre, y tos vau burlá de la vostra paraula. 

¿Debía yo creure, dec ara creure, que me hau vullgut?

Se case mon germá, mor mon pare, quedo del vostre amor abandonada y sola; passen los añs, ni veniu, ni teniu la cortessía de escríurem una carta, o de enviám un simple recado. Sé per la fama que estéu per la vostra terra; y al mateix silensio sempre. 

¿Debía creure, ting que creure ara, que me volíeu o que me haigáu volgut may? Lo meu amor es sempre lo mateix, u confesso, perque es la meua mateixa vida, soc yo mateixa; ¿qué me diréu vosté del vostre? ¿Qué me diréu pera que a mí no me sigue fassilidat, imprudensia y error voluntari créuretos y fiám de les vostres paraules? Y encara abans de sentí la vostra resposta, vull sertificatos que no me ha penat ni me penará habetos vullgut, encara que ara mateix sense contestá a la meua queixa me aviéu una mirada de despressio, y me giréu la esquena y desapareguéu, y sápiga después que tos hau casat en un atra. Es mes fort que tot aixó lo amor que tos hay tingut, y la alta aprobassió que lo meu cor li ha donat sempre. Y encara aixina, sacrifissi per vosté no ne hay fet cap; may faré aná esta paraula, tos vach doná lo cor, allí estáe tot.

Va sentí Pedro Saputo la seua justa y sentida queixa sense interrumpila o interrómprela, y miranla afablemen, li va contestá:

- La sort y no la meua voluntat te ha privat de la satisfacsió que lo teu amor nessessitáe y lo meu ploráe per no podét doná. 

No admitixgo, pos, no admitixco contra mí la teua queixa, perque no ha estat a la meua má lo naixe de pare conegut, la seua desgrassia ha sigut la causa general y particulá de la forsa de moltes sircunstansies, ben tristes, per sert, después de conéixet, de diverses époques de la meua vida. Pensarás tú, enhorabona, en tota la noblesa que dius y vach vore per los meus ulls; pero yo debía tindre datres miramens en tú y en lo nostre amor, que no habíe de sé de un sol día, ni gosás a la soledat y fora del trate humano. Talento tens, y no nessessites que te explica estes reflexions. 

Per un atra part, a la teua edat y al meu dessich ya no cabíe entretindre la esperansa en plassos indefinits, pijós mil vegades que lo absolut silensio que hay guardat, perque éste podrá matá un amor vulgar, pero no traure lo temple ni embotá un amor verdadé a cors com los nostres. Una mirada de la fortuna que ningú sap encara, me va fassilitá lo podét proposá condissions que mos permitíen pressindí de lo que tú me oferíes en los bens de ton pare. Y cuan me disposaba a vindre a vóret, va ocurrí un cas que ha arretrasat esta visita hasta ara, com te diré cuan me haigues declarat la teua ressolusió. Estam al día; avui es, dolsa y encantadora Morfina. 

Mira lo sel; y si encara eres la mateixa pera mí, dónali les grassies al teu cor, y vine pera sempre als brassos del teu volgut, als brassos del teu home...

Va di estes raderes paraules en tan afecte, que no va pugué Morfina aguantás; y abalotada, tendra y resolta lo va abrassá ben preto exclamán: 

- ¡Amor meu! ¡Home meu!

- Pos ara, li va di ell, sabrás pera la teua satisfacsió y la de la teua familia, que ya no soc Pedro Saputo, fill de aquella pupila de Almudévar, sino que soc fill de ella y del caballé don Alfonso López de Lúsera, en qui se va casá ma mare fa cuatre mesos, habenme ell conegut per casualidat y trobanse viudo de la seua primera dona.

- ¡Fill eres, va di Morfina espantada, de don Alfonso López de Lúsera! Lo conec de nom y de vista, perque añs atrás va passá per aquí dos o tres vegades y se tratáe de amic en mon pare. Sí que eres son fill, sí; men enrecordo, te li assemelles. Be díe la fama que eres fill de un gran caballé. ¡Don Alfonso, ton pare! Tamé, pos, haurás ya conegut a la seua nora, ara ta cuñada, aquella Juanita que diuen que es tan discreta, y la mes selebrada de tota esta terra.

- Sí, va contestá ell, y la vach coneixe ya de estudián, en la seua amiga Paulina...

- Són inseparables, va di Morfina; y tamé diuen de ixa Paulina que es mol grassiosa.

- Ara vindrás tú, va di Pedro Saputo, a aumentá lo número de les persones que unix aquella amistat y la sang, mes discreta que Juanita, mes amable que Paulina, mes hermosa y digna que les dos, y la verdadera gloria meua y de la meua familia. Mira sinó lo consepte que li mereixes a mon pare. Y li va enseñá la llista de les donselles en la nota que teníen totes. La va mirá Morfina; estáe ella la cuarta habenles ficat son pare per orden de distansia dels pobles; y sen va enriure de lo que afegíe al final sobre no voldre sentí parlá de amors ni casás.

- ¿Cóm, va di, haguere pogut lo bon don Alfonso imaginá, que si yo no volía sentí de amors, ere perque amaba a son fill? Pareix, pos, que ya les has vist a totes, si aixó signifique la creu que porten los seus noms.

- Ixa creu, va contestá ell, la vach fé a totes lo primé día, donanles per vistes; pero pera feli cas a mon pare y passá uns díes de curiosidat que me recordáen una mica la vida de estudián, hay estat an alguns pobles, y sert que men hay enrit.

- ¿Tamé has vist a la filla del escribén Curruquis?, va preguntá Morfina.

- ¿Quí es lo escribén Curruquis?

- Este (siñalán en lo dit); y si no hi has estat, mira de anay encara que faigues volta, perque vorás a un pare y a una filla mol originals. Y de pas podrás vore estes dos que formen la sombra del cuadro.

Va arribá en aixó la cuñada, y van continuá la charrada, y tamé dabán del germá que va vindre después, y de sa mare; que va sé la declarassió de Pedro Saputo a la familia, pos tratán a Morfina en tanta familiaridat, van entendre que ñabíe algún secretet ya no secret entre ells.

- Este caballé, va di Morfina, es fill de don Alfonso López de Lúsera.

- ¿Cóm?, va di lo germá; ¿pos no es Pedro Saputo?

- Sí, don Vicente, va contestá ell, pero tamé soc fill de don Alfonso, encara que hasta fa poc tems no se sabíe; com fa poc tamé que va enviudá de la seua primera dona y se ha casat en ma mare. Y en lo nou nom y en lo antic hay vingut a vore a Morfina y ditos a tots, que desde estudián mos volem y teníem tratat, o entés al menos entre los dos, lo nostre casamén.

- ¡Oy, sel san, si visquere mon pare!, va exclamá don Vicente. ¡Vosté, Pedro Saputo, fill de don Alfonso López de Lúsera! ¡miréu si u vach di yo cuan vach vore lo retrato! ¿Quí está, pos, a casa nostra?

- Un amán de Morfina, va di ell; un fill polític vostre, siñora (diriginse a la mare), y un germá vostre, don Vicente, si Pedro Saputo primé, 

y ara don Pedro López de Lúsera es digne de tan honor, així com es amo fa tans añs del cor de la vostra germana.

- Miréu, va di don Vicente a sa mare, miréu a la que no volíe casás. 

- ¿Y cóm había de voldre a datre, va contestá Morfina, volén ya desde sagala a don Pedro? Sí, germá, desde entonses lo vull y mos volem, y ni vull ni voldré a datre home, ni lo podría voldre, encara que don Pedro haguere mort. Y perdonéu, siñora mare, que sén donsella y están vosté presén me atrevixca a parlá de esta manera. 

- Filla, va contestá sa mare: ya saps que ploraba de vóret reassia y perque no volíes casát; ara ploro de goch de sentí lo que me dius y de vore a don Pedro a la nostra casa; ya no ting res mes que demaná a Deu an este món. ¡Ay, si vixquere ton pare! ¡Tan que parláe de Pedro Saputo, y no sabé que tots lo coneixíem! 

Pero tú, filla meua, ya u sabíes.

- Sí, mare; pero no me atrevía a díu.

- Pos siñó, va di don Vicente; ara sí que no ton aniréu al cap de un mes, ni may; ham de cassá, amic, ham de aná de cassera, y hau de tocá lo violín, anem, aquelles coses tan bones que sabéu fé. 

¡Conque Pedro Saputo! Y tú, Morfina, u sabíes tot, y qué calladet que u has tingut.

- No tan cassá, amic don Vicente, perque vull fé lo retrato de la vostra germana. - Y lo de la meua dona, va di don Vicente.

- Be, tamé lo farem.

- Y lo meu.

- Pos tamé, ya que mos hi fiquem. Después ting que contali a Morfina coses importans de la meua vida, y preguntán moltes atres. 

- Ahí la teniu, va di don Vicente; ya no es chiqueta; vostra es 

¿no es verdat, mare?

- Sí, fill, sí, va di la bona siñora. Deu los beneíxque com yo los beneíxco de la meua part. La nora, sin embargo, se coneixíe que pensabe alguna vegada en lo patrimoni que significabe Morfina, a la que teníe destinada al seu cap com a tía mol volguda dels seus fills. Li habíe dixat son pare un patrimoni que pujáe uns mil dossens escuts al añ; y sentíe la nora que ixquere de casa seua. 

Lo germá ere mes noble.

Pedro Saputo va enviá al criat a son pare, escribinli que estáe a casa del difún don Severo Estada, una familia que coneixíe mol desde estudián, y lo aturaben alguns díes pera fé los seus retratos.

Pero Morfina en la gran satisfacsió de tindre al seu amán y en la seguridat del seu amor que tans suspiros y llágrimes li habíe costat, y en la libertat de confessáu y manifestáu, va recobrá la seua antiga bellesa, la energía dels afectes, la alegría del seu cor; y serena, contenta, ufana y gloriosa brilláe en totes les grassies y encans de la incomparable hermosura que li debíe a la naturalesa.

Mes y mich se va pará allí Pedro Saputo, fen los retratos, cassán tamé algún día, y gosán de la felissidat suprema del amor en la seua amabilíssima y dolsíssima enamorada, Morfina. 

Don Vicente, veénlo tan hermós, pincho, caballé, cabal y perfecte en tot y en tantes grassies y habilidats li va preguntá un día a la taula: 

- La verdat, don Pedro; ¿cuántes dones hau tornat loques an este món? ¿Totes les que hau vist?

- Y mes, va contestá Morfina, perque algunes se haurán enamorat de ell per la fama.

- No, per sert, va contestá ell; perque algo diríe ixa mateixa fama, y res hau sentit. Aixó, Morfina, signifique sol que vach naixe pera vosté, així com vosté hau naixcut pera mí; y don Vicente, que me vol com amic y com a germá, está sense cap duda encara mes sego que tú, y per aixó delire tan.

Al remat va arribá lo día de separás: día anugolat y tristot; día que may haguere tingut que portá lo sel en les seues voltes; y dixá casi sense vida an aquella infelís.

¡Gloria de este món! ¡Felisidats de esta vida!


Original en castellá:

Capítulo IX.

Sigue el mismo registro. Morfina.

De Graus pasó a Benabarre, dio vuelta por la Litera, bajó a Monzón, de allí subió a Fontz y Estadilla, pensó en dirigir el rumbo hacia su casa, doliéndose de no poder volver a Benabarre, porque fue donde vio más lindas caras, y pechos más abiertos, y olvidando con pena algunos amores que se dejó allá perdigados. - Pero basta, dijo; he dado gusto a mi padre y me lo he tomado yo también no pequeño.

Braulio Foz, Fórnoles, Matarraña, Teruel

Faltábanle empero una media docena de pueblos, entre otros el de Morfina; y dando los demás por vistos, se dirigió al de aquel nobilísimo primer amor que no sabía cómo encontraría ni cómo se había de presentar, ni con qué cara después de tantos años. Y dudando, y latiéndole fuertemente el corazón, y con no menos temor que deseo, llegó al pueblo y se encaminó a su casa.

Había muerto el padre hacía dos años, como dijimos en otra parte, aquel don Severo tan bueno y tan generoso; y el hijo hacía cuatro que era casado. Morfina, cumplidos ya los veinticinco años, sin padre, su madre pensando sólo en misas y rosarios, y el hermano de poca autoridad con su mujer, se miraba a sí misma como la sombra de la casa; lo cual junto con el chasco tan cruel que le dio el hombre de su amor y de quien fió más que su corazón (que chasco se puede llamar tan larga suspensión de su esperanza), y a las manos siempre a pesar de todo con una pasión que no tenía sol ni día en el año, había perdido aquella alegría que tanto brillaba en otro tiempo en su bellísimo rostro, y sin estar ajada se conocía que se había marchitado la lozanía de sus pensamientos, entregada a una resignación penosísima, que a ser ella menos animosa o de temple menos fino, la consumiera del todo. ¡Ah!, de los veinte a los veinticinco pasa una época, una edad entera, y la más fuerte y de mayor mudanza en las doncellas. Pero en Morfina además obraba la causa especial de que había amado y amaba aún al único hombre que llegó a su corazón y éste ¡hacía siete años que la tenía olvidada!, mientras ella era insensible para todos, resignada a morir en aquel estado primero de dar su mano a otro.

Llegó Pedro Saputo y sólo ella lo conoció antes de hablar; pero todos se alegraron, hasta la cuñada. El primer día no quiso ser, aun para la misma Morfina, sino Pedro Saputo, porque les dijo desde luego que él era; y buscando una ocasión preguntó a Morfina qué era de su antiguo amor y cariño. Respondióle que no sabía con quién hablaba. - Con tu amante, dijo él. - No os conozco por tal, contestó ella; pero sí os diré que tuve uno en otro tiempo, y que si se me presentase me encontraría como la primera vez, y como la segunda, y como la tercera que nos vimos. - Pues yo soy, dijo él; dame tu queja, pero disponiéndote a oír mi respuesta. - No cabe satisfacción, dijo ella; y si todos los hombres grandes son como vos, si tal proceder es inseparable de su excelencia, bien infelices son las que los aman. Yo os quise sin saber quién érades, porque vi lo que érades; vi que la idea de perfección que yo me había formado de un hombre cabal, de un hombre digno de mí llenábades vos cumplidamente, y más si más pudiera ser, aunque tan joven. Después supe que érades Pedro Saputo, y sólo tuve que unir a la persona la fama del nombre; y al oír de vuestro nacimiento di gracias a mi estrella porque me facilitaba el hacer algo por vos y por mi amor; pues si de la fortuna fuésedes poco favorecido en otros bienes y nada más teníades que aquella alma tan sublime, yo los debía heredar de mi padre suficientes para no temer que por esta causa fuese menor nuestra felicidad. Y desde este momento pasa un año, pasan dos, y cuatro y cinco y seis, y ninguna noticia recibo de vos. ¿Os escribo y qué me respondéis? Va a veros mi padre, prometéis venir, y os burláis de vuestra palabra. ¿Debía yo creer, debo ahora creer, que me habéis querido? Cásase mi hermano, muere mi padre, quedo con vuestro amor abandonada y sola en medio de mi familia; pasan años, ni venís, no tenéis la cortesía de escribirme una letra, de mandarme un simple recado. Sé por la fama que andáis por vuestra tierra; y en el mismo silencio siempre. ¿Debía creer, debo creer ahora, que me queríades o me hayades querido nunca? Mi amor es siempre el mismo, lo confieso, porque es mi misma vida, soy yo misma; ¿qué me diréis vos del vuestro? ¿Qué me diréis para que en mí no sea facilidad, imprudencia y error voluntario creeros y fiar de vuestras palabras? Y aun antes de oír vuestra respuesta, quiero certificaros que no me ha pesado ni me pesará de haberos querido, aunque ahora mismo sin responder a mi queja me echéis una mirada de desprecio, y me volváis la espalda y desaparezcáis, y sepa luego que os habéis casado con otra. Es más fuerte que todo eso el amor que os he tenido, y la alta aprobación que mi corazón le ha dado siempre. Y no obstante, sacrificios por vos no he hecho ninguno; jamás usaré esta palabra, os di el corazón, allí estaba todo.

Oyó Pedro Saputo su justa sentida queja sin interrumpirla, y mirándola afablemente, le contestó: - La suerte y no mi voluntad te ha privado de la satisfacción que tu amor necesitaba y el mío lloraba de no poderte dar. No admito, pues, no admito contra mí tu queja, porque no ha estado en mi mano el nacer de padre conocido, cuya desgracia ha sido la causa general y particular de la fuerza de muchas circunstancias, bien tristes, por cierto, después de conocerte, de diversas épocas de mi vida. Pensarás tú, en hora buena, con toda la nobleza que dices y vi tan por mis ojos; pero yo debía tener otros miramientos contigo y con nuestro amor, el cual no había de ser de un sólo día, ni gozarse en la soledad y fuera del trato humano. Talento tienes, y no necesitas que te explique estas reflexiones. Por otra parte en tu edad y en mi deseo ya no cabía entretener la esperanza con plazos indefinidos, peores mil veces que el absoluto silencio que he guardado, porque éste podrá matar un amor vulgar, pero no quitar el temple ni embotar un amor verdadero en corazones como los nuestros. Una mirada de la fortuna que nadie sabe aún, me facilitó el poderte proponer condiciones de tanta libertad en nuestra suerte, que nos permiten prescindir de la que tú me ofrecías con los bienes de tu padre. Y cuando me disponía a venir a verte, sucedió un caso que ha retardado esta visita hasta ahora, como te diré cuando me hayas declarado tu resolución. Estamos en el día; hoy es, dulce y encantadora Morfina. Mira el cielo; y si aún eres la misma para mí, dale las gracias en tu corazón, y ven para siempre a los brazos de tu amante, a los brazos de tu esposo... Dijo estas últimas palabras con tanto afecto, que no pudo Morfina consigo; y agitada, tierna y resuelta le abrazó estrechamente exclamando: - ¡Amor mío! ¡Esposo mío!

- Pues ahora, le dijo él, sabe para tu satisfacción y la de tu familia, que ya no soy Pedro Saputo, hijo de aquella pupila de Almudévar, sino que soy hijo de ella y del caballero don Alfonso López de Lúsera, con quien casó mi madre hace cuatro meses, habiéndome él conocido por casualidad y hallándose viudo de su primera mujer. - ¡Hijo eres, dijo Morfina espantada, de don Alfonso López de Lúsera! Le conozco de nombre y de vista, porque años atrás pasó por aquí dos o tres veces y se decía de amigo con mi padre. Sí que eres su hijo, sí; me acuerdo, te le pareces. Bien decía la fama que eras hijo de un gran caballero. ¡Don Alfonso, tu padre! También, pues, habrás ya conocido a su nuera, ahora tu cuñada, aquella Juanita que dicen que es tan discreta, y la más celebrada de toda esta tierra. - Sí, respondió él, y la conocí ya de estudiante, con su amiga Paulina... - Son inseparables, dijo Morfina; y también dicen de esa Paulina que es graciosísima. - Ahora vendrás tú, dijo Pedro Saputo, a aumentar el número de las personas que une aquella amistad y la sangre, más discreta que Juanita, más amable que Paulina, más hermosa y digna que las dos, y la verdadera gloria mía y de mi familia. Mira si no el concepto que mereces a mi padre. Y le enseñó la lista de las doncellas con la nota que tenían todas. Miróla Morfina; estaba ella la cuarta habiéndolas puesto su padre por orden de distancia de los pueblos; y se rió de lo que añadía al fin sobre no querer oír hablar de amores ni casarse. - ¿Cómo, dijo, pudiera el buen don Alfonso imaginar, que si yo no quería amar ni oír de amores, era porque amaba a su hijo? Parece, pues, que ya las has visto a todas, si eso significa la cruz que llevan sus nombres. - Esa cruz, respondió él, la hice ya a todas el primer día, dándolas por vistas; sino que por complacer a mi padre y pasar unos días de curiosidad que me recordaban un poco la vida estudiantina, he estado en algunos pueblos, y cierto que me he reído. - ¿También has visto a la hija del escribano Curruquis?, preguntó Morfina. - ¿Quién es el escribano Curruquis? - Éste (señalando con el dedo); y si no has estado, mira de ir por allá aunque rodees, porque verás un padre y una hija muy originales. Y de paso podrás ver estas dos que forman la sombra del cuadro.

Llegó en esto la cuñada, y continuaron la plática, y asimismo delante del hermano que vino luego, y también de su madre; que fue la declaración de Pedro Saputo a la familia, pues tratando a Morfina con tanta llaneza, entendieron que había algún secreto ya no secreto entre ellos. - Este caballero, dijo Morfina, es hijo de don Alfonso López de Lúsera. - ¿Cómo?, dijo el hermano; ¿pues no es Pedro Saputo? - Sí, don Vicente, respondió él, pero también soy hijo de don Alfonso, aunque hasta hace poco tiempo no se sabía; como hace poco también que enviudó de su primera mujer y ha casado con mi madre. Y con el nuevo nombre y con el antiguo he venido a ver a Morfina y deciros a todos, que desde estudiante nos queremos y teníamos tratado, o entendido al menos entre los dos, nuestro casamiento. - ¡Oh, cielo santo, si viviese mi padre!, exclamó don Vicente. ¡Vos, Pedro Saputo, hijo de don Alfonso López de Lúsera! ¡Mirad si lo dije yo cuando vi el retrato! ¿Quién está, pues, en nuestra casa? - Un amante de Morfina, dijo él; un hijo político vuestro, señora (dirigiéndose a la madre), y un hermano vuestro, don Vicente, si Pedro Saputo primero, y ahora don Pedro López de Lúsera es digno de tanto honor, así como es dueño hace tantos años del corazón de vuestra hermana. - Mirad, dijo don Vicente a su madre, mirad, cuerpo de mí, la que no quería casarse. - ¿Y cómo había de querer a otro, respondió Morfina, queriendo ya desde niña a don Pedro? Sí, hermano, desde entonces le quiero y nos queremos, y ni quiero ni querré a otro hombre, ni le podía querer, aunque don Pedro hubiese muerto. Y perdonad, señora madre, que siendo doncella y estando vos presente me atreva a hablar de esta manera. - Hija, respondió su madre: ya sabes que lloraba de verte reacia y que no querías casarte; agora lloro de gozo de saber lo que me dices y de ver a don Pedro en nuestra casa; ya no tengo qué pedir a Dios en este mundo. ¡Ay, si viviera tu padre! ¡Tanto que hablaba de Pedro Saputo, y no saber que todos le conocíamos! Pero tú, hija mía, ya lo sabrías. - Sí, madre; pero no me atrevía a decillo. - Pues señor, dijo don Vicente; ahora sí que no os vais en un mes, o nunca; hemos de cazar, amigo, hemos de cazar, y habéis de tocar el violín, vamos, aquellas cosas tan buenas que sabéis. ¡Conque Pedro Saputo! Y tú, Morfina, lo sabías y has callado. - No tanto cazar, amigo don Vicente, porque quiero hacer el retrato de vuestra hermana. - Y el de mi mujer, dijo don Vicente. - Bien, le haremos. - Y el mío. - También, ya que nos ponemos. Después tengo que contar a Morfina cosas importantes de mi vida, y consultar muchas otras. - Ahí la tenéis, dijo don Vicente; ya no es niña; vuestra es, componeos; ¿no es verdad, madre? - Sí, hijo, sí, dijo la buena señora. Dios los bendiga como yo los bendigo de mi parte. La nuera, sin embargo, se conocía que pensaba alguna vez en el patrimonio que se llevaba Morfina, a quien tenía destinada en su mente para tía muy querida de sus hijos. Habíale dejado su padre un patrimonio que daba unos mil doscientos escudos anuales; y aunque no de más monta, sentía la nuera que saliese de su casa. El hermano era más noble.

Pedro Saputo envió el criado a su padre escribiéndole que estaba en casa del difunto don Severo Estada, cuya familia conocía mucho desde estudiante, y le detenían algunos días para hacer sus retratos. Pero Morfina con la gran satisfacción de tener a su amante y con la seguridad de su amor que tantos suspiros y lágrimas le había costado, y con la libertad de confesarlo y manifestarlo, volvió a cobrar su antigua belleza, la energía de los afectos, la alegría de su corazón; y serena, contenta, ufana y gloriosa brillaba con todas las gracias y encantos de la incomparable hermosura que debiera a la naturaleza.

Mes y medio se detuvo allí Pedro Saputo, haciendo los retratos, cazando también algún día, y gozando de la felicidad suprema del amor con su amabilísima y dulcísima enamorada, Morfina. Don Vicente, viéndole tan hermoso, tan caballero, tan cabal y perfecto en todo y con tantas gracias y habilidades le preguntó un día en la mesa: - La verdad, don Pedro; ¿cuántas mujeres habéis vuelto locas en este mundo? ¿Todas las que habéis visto? - Y más, respondió Morfina, porque algunas se habrán enamorado de él por la fama. - No por cierto, respondió él; porque algo diría esa misma fama, y nada habéis oído. Esto, Morfina, significa solamente que nací para vos, así como vos habéis nacido para mí; y don Vicente, que me quiere como amigo y como hermano, está sin duda aún más ciego que tú, y por eso delira tanto.

Al fin hubo de llegar el día de separarse: día anublado y triste; día que jamás debiera traer el cielo con sus vueltas; porque dejar sin vida a aquella infeliz, que sólo aquéllos pudo decir que había vivido. ¡Gloria de este mundo! ¡Felicidades de esta vida!

jueves, 25 de julio de 2024

1. 4. De cóm Pedro Saputo va aná a escola.

Capítul IV.

De cóm Pedro Saputo va aná a escola.

no tots los burros porten albarda ni caminen a cuatre potes y ferrats

Un dels mes grans engañs que se patixen al món es que no tots los burros porten albarda ni caminen a cuatre potes y ferrats com hauríen, perque aixina no entropessaríe un en tans que pareixen un atra cosa. Si al menos los creixqueren les orelles, que es lo distintiu mes propi; pero ni aixó. ¡Oh qué bo que siríe! Pedro Saputo los coneixíe en sol mirals a la cara; y desde chiquet, com se va vore lo que li va di del veinet sa mare, que lo proposáe com a modelo de aplicassió de les lletres, pero ñan arts y siensies que moren en los seus autós; esta va sé una de elles. La que después han fundat los moderns fisonomistes dits servellistes o frenólogos, es un atra; lo que no veu res als ulls y a tot lo rostro, poc vorá al cráneo, y sobre aixó, que me torron viu.

En estos ejercicios y jocs va passá encara algún tems, cuan una nit después de sená y de estás un rato calladet y cavilán li va di a sa mare en ressolusió: 

- Mare, esta nit vull ditos algo bo: demá si tos pareix aniré a escola. 

- Sí, fill; sí que me pareix be, va contestá sa mare emosionada; sí que vull que vaigues a la mostra. ¡grassies a Deu! Bona nit me dones, fill: be u has dit: de goch no podré dormí. ¡Ay! Si sapigueres lo que hay patit cuan me díen que criaba a un dropo. Ara sí que estic contenta. Perque mira, fill, que soc ta mare, y estem los dos sols al món. 

- Y mos bastem, va contestá ell: los dos y lo de allá dal (siñalán al sel en la má) contra tot lo món si mos es contrari; que no u sirá mare, no, sino mol favorable.

- Miréu, mare meua: la escola es pa mol du y sense bones dens no se pot mossegá. M’han caigut los primés, ting tots los segons, y forts, y puc mossegá y minjá lo pa de la escola que com hay dit es mol du y estopeng, y no té que donás als chiquets mentres són tan tendres. Tots ploren, tots u senten mol, tots van capbaixos y se queden arguellats y apocadets, y no adelanten res o están en les primeres lletres tans añs, que sol per sé cosa corrén no es gran vergoña per an ells y per als maestres. Yo, la verdat, no sé be lo que són les lletres; pero me pareix que en poc tems hay de alcansá y passá an eixe Agustinet y a tots los que fa tres o cuatre añs que van a la escola. Ara anem al catre, y demá voréu al seu fill escomensá a sé home y séu mol depressa. Sa mare lo miráe y ploráe de goch, y donán grassies a Deu se va gitá y no va pugué dormí de alegría com habíe dit.

arguellat

Se va fé de día, pero mol abans la bona mare teníe la llum als ulls només de pensá en la ressolusió del seu fill. Se va eixecá, y cuan va tindre fet lo amorsá, va aná a despertá al chiquet Pedro, que li va demaná la roba dels díes de festa dién que aquell ere mol gran per an ell.

- Y pera ta mare tamé, va contestá ella. Y li va traure lo traje mes nou y milló; después de habé minjat un plat de migues y sense voldre pendre atra cosa va di a sa mare que lo acompañare pera dili al mestre que lo entregáe a la seua potestat y gobern.

Van arribá a les escoles, y la mare li va di al mestre que li portáe y presentáe a son fill Pedro; qui hasta aquell día no habíe tingut a be escomensá la escola perque volíe creixe y fes fort. Lo mestre sen va enriure y va contestá que admitíe en gust al chiquet Pedro per discípul, y que confiabe que en poc tems adependríe la paleta de la Jesús. En aixó sen va aná la mare, y ell se va quedá a la classe.

Aquell primé día y los dos siguiens no va fé mes que repetí los noms de les lletres com los anáen dién en veu alta los atres chiquets; pero lo cuart va preguntá al mestre si ñabíen mes lletres que aquelles; y com li va di que no, va torná a preguntá si als llibres que lligíen los chiquets adelantats ñabíen unes atres, y contestán lo mestre que ni a ixos llibres ni a tots los del món ñabíen mes lletres que aquelles, va di lo chiquet Pedro:

ni a ixos llibres ni a tots los del món ñabíen mes lletres que aquelles, va di lo chiquet Pedro

- Pos si es aixina en adependre yo estes lletres ya sabré tot lo que hay de sabé per ara.

- No, fill, va contestá lo mestre; perque después se han de ajuntá unes en atres pera formá les palaures.

- Pero en fin, va replicá Pedro, en estes se han de compondre totes.

- Sí, va di lo mestre.

- Pos be, va continuá lo chiquet: esta tarde me donaréu llissensia pera no vindre a escola, y demá tos demanaré un favor, que si mel feu, ni yo me trauré de está aquí cridán tantes hores matí y tarde, ni vosté tindrá que fé mes que dim lo que li pregunta. Li va otorgá lo mestre lo que demanáe; y aquella tarde va pendre una viola de sons yayos mich asclada y sense claus, la va desfé, va pegá a les dos taules per un costat un papé blang y sen va aná cap al tallé de un fusté. Li va demaná una regla, un llapis y una serreta fina, y tirán línies de dal a baix y de crusat a les taules, les va serrá les dos y va fé de vintissís a trenta tablilles cuadrades, les va ficá a la capucha del gabán, y sen va aná a amostrálesi a sa mare diénli que demá voríe en qué paráe alló.

En son demá per lo matí va aná a escola y va demaná al mestre que li escriguere a cada tablilla una lletra; después li va rogá que les embutiguere per orden a un filferro passanlo per un foradet que teníen, y fet tot per lo mestre li va doná les grassies y va di:

- Ara, siñó mestre, ya me avindré yo en estes lletres, perque les sé de corregut y ne coneixco o conec mol poques. Doneume llissensia y men vach a casa.

Dos díes va está a casa donán voltes a les tablilles y mirán de cuan en cuan una paleta del A. B. C., que teníe penjada a la paret, al cap dels dos díes li va di a sa mare: 

- Ya coneixco les lletres; vingue en mí a escola y vorá que no la engaño. Van aná a la escola, va fé lo mestre la proba y no ne va errá cap.

Va quedá espantat lo mestre; los chiquets lo miráen encantadets y sa mare estáe embargada de goch. Va corre la notissia al poble, y tots selebráen lo ingenio del chiquet Pedro de la pubilla, escomensán algúns a dili desde entonses Pedro Saputo, que al dialecto antic del país volíe di Pedro lo sabut; nom que se li va quedá com a propi y ya no va sé conegut per atre.

Lo van ficá a deletrechá; y fenlo escriure a un papé les sílabes soltes a un costat, y al atre lo vocablo que componíen, en sing díes va adependre a llichí, habense perfecsionat del tot en catorse desde lo primé en que va aná a escola.

Lo burro mort.

Original en castellá:

Capítulo IV.
De cómo Redro Saputo fue a la escuela.

Uno de los mayores engaños que se padecen en el mundo es que no todos los burros llevan albarda ni andan a cuatro pies y herrados como deberían, porque así no tropezaría uno con tantos que parecen otra cosa. A lo menos les creciesen las orejas, que es el distintivo más propio; pero ni eso. ¡Oh qué bueno que sería! Siquiera Pedro Saputo los conocía con sólo mirarles a la cara; y desde niño, como se vio en lo que le dijo del vecinito que su madre le proponía por modelo de aplicación a las letras, pero hay artes y ciencias que mueren con sus autores; ésta fue una de ellas. La que después han fundado los modernos fisionomistas llamados cerebristas o frenólogos, es otra; el que no ve nada en los ojos y en todo el rostro, poco verá en el cráneo, y sobre esto, que me asen vivo.
En estos ejercicios y juegos pasó todavía algún tiempo, cuando una noche después de cenar y de estar un rato callado y pensativo dijo a su madre con resolución: - Madre, esta noche quiero dárosla buena: mañana si os parece iré a la escuela. - Sí, hijo; sí que me parece, respondió su madre alborozada; sí que quiero que vayas a la escuela. ¡Gracias a Dios! Buena noche me das, hijo: bien lo has dicho: de gozo no voy a dormir. ¡Ah! Si supieras lo que he padecido cuando me decían que criaba un holgazán, y si tenía muchos juros y renta para criallo a lo caballero. Agora sí que soy dichosa. Porque mira, hijo, que soy tu madre, y estamos los dos solos en el mundo. - Y bastamos, contestó él: los dos y el de allá arriba (señalando el cielo con la mano) contra todo el mundo si nos es contrario; que no será madre, no, sino muy favorable.
- Mirad, madre mía: la escuela es pan muy duro y sin buenos dientes no se puede morder. Hanme caído los primeros, tengo todos los segundos, y fuertes, y puedo morder y comer el pan de la escuela que como he dicho es muy duro y áspero, y no debe darse a niños mientras son tan tiernos. Todos lloran, todos lo sienten mucho, todos andan acontecidos y se paran flacos, enatizos y entecos de sujeción y apocamiento, y no adelantan nada o están en las primeras letras que llaman tantos años, que sólo por ser cosa ordinaria no es gran vergüenza para ellos y para los maestros. Yo a la verdad, no sé bien lo que son las letras; pero me parece que en poco tiempo he de alcanzar y pasar a ese Agustinico y a todos los que hace tres o cuatro años que van a la escuela. Ahora vamos a dormir, y mañana veréis a tu hijo comenzar a ser hombre y serlo muy aprisa, a lo que me da el corazón. Su madre le miraba y lloraba de gozo, y dando gracias a Dios se acostó y ni pudo dormir de alegría como había dicho.
Se hizo de día, y mucho antes la buena madre tenía la luz en sus ojos con el acontecimiento de pensar en la resolución de su hijo. Levantóse, y cuando tuvo hecho el almuerzo, fue a despertar al niño Pedro, el cual le pidió la ropa de los días de fiesta diciendo que aquél era muy grande para él. - Y para tu madre también, contestó ella. Y le sacó el vestido más nuevo y mejor; después que hubo comido un plato de migas y sin querer tomar otra cosa dijo a su madre que le acompañase para decir al maestro que le entregaba a su potestad y gobierno.
Fueron a la escuela, y la madre dijo al maestro que le llevaba y presentaba su hijo Pedro; el cual hasta aquel día no había tenido a bien comenzar la escuela porque quería crecer y hacerse fuerte. El maestro se rió y respondió que admitía con gusto al niño Pedro por discípulo, y que confiaba que al poco tiempo aprendería la paleta de la Jesús. Con esto se fue la madre, y él se quedó en la escuela.
Aquel primer día y los dos siguientes no hizo sino repetir los nombres de las letras como los iban diciendo en voz alta los otros niños; pero el cuarto preguntó al maestro si había más letras que aquéllas; y como le dijese que no, tornó a preguntar si en los libros que leían los niños adelantados eran otras, y contestando el maestro que ni en aquellos libros ni en todos los del mundo había más ni otras letras que aquéllas, dijo el niño Pedro: - Pues en este caso en aprendiendo yo estas letras ya sabré todo lo que hay que saber por ahora. - No, hijo, respondió el maestro; porque después se han de juntar unas con otras para formar los vocablos. - Pero al fin, replicó Pedro, con éstas se han de componer todas. - Sí, dijo el maestro. - Pues bien, continuó el niño: esta tarde me daréis licencia para no venir a la escuela, y mañana os pediré un favor, que si me lo hacéis, ni yo me sacaré de estar aquí voceando tantas horas mañana y tarde, ni vos tendréis que hacer más que decirme lo que os pregunte. Otorgóle el maestro lo que pedía; y aquella tarde tomó una vihuela de sus abuelos medio rota y sin clavijas, la deshizo, pegó a sus dos tablas por un lado un papel blanco y se fue al taller de un carpintero. Llegado, pidió una regla, un lápiz y una sierra fina, y tirando líneas de alto a bajo y de cruzado en las tablas, aserrólas ambas e hizo de veintiséis a treinta tablillas cuadradas, echóselas en la capilla del gabán, y se fue a enseñarlas a su madre diciéndole que mañana vería en qué paraba aquello.
Al día siguiente por la mañana fuese a la escuela y pidió al maestro que le escribiese en cada tablita una letra; luego le rogó que las metiese por orden en un hilo de alambre pasándolo por un agujerito que tenía, y hecho todo por el maestro le dio las gracias y dijo: - Ahora, señor maestro, ya me avendré yo con estas letras, porque las sé de coro y conozco muy pocas. Dadme licencia y me voy a casa.
Dos días estuvo en casa dando vueltas a las tablitas y mirando de cuando en cuando en una paleta del A. B. C., que tenía colgada en la pared, al cabo de los cuales dijo a su madre: - Ya conozco las letras; venid conmigo a la escuela y veréis que no os engaño. Fueron a la escuela, hizo el maestro la prueba y no erró ninguna.
Quedó espantado el maestro; los niños le miraban elevados y la madre estaba embargada de gozo. Divulgóse la noticia en el pueblo, y todos celebraban el ingenio del niño Pedro de la Pupila, comenzando algunos a llamarle desde entonces Pedro Saputo, que en el dialecto antiguo del país quiere decir Pedro el Sabio; nombre que al fin le quedó como propio no llamándole nadie ni siendo conocido por otro.
Pusiéronle a deletrear; y haciéndole escribir en un papel las sílabas sueltas a un lado, y al otro el vocablo que componían, en cinco días aprendió a leer, habiéndose perfeccionado del todo en catorce desde el primero en que fue a la escuela.