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lunes, 29 de julio de 2024

4. 14. Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Capítul XIV.

Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Braulio Foz, Fórnoles, Matarraña, Teruel; Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Solíe di que preferíe enemics espabilats que amics apamplats. 

Díe que en general tots los homens són bons y tots roíns, perque no los ham de demaná lo que no poden doná, ni voldre que obron com no los convé encara que igual entenen mal esta conveniensia. 

Y en cuan a la justissia, que o no la coneixen en los casos que obren mal, o que no saben lo que val.

Li van preguntá una vegada, quins homens eren los mes perjudissials, y va contestá que los envechosos. Se van admirá de esta resposta, y van voldre sabé lo que sentíe dels lladres, assessinos y datres; y va di, que dels primés, lo envechós pegue en lladre, y per enveja escomensaben a sé roíns; que los atres són uns miserables, ignorans, soques y mal encaminats per uns atres com ells, o perduts per la mala educassió cuan eren chiquets y mossos; pero que al final, tart o pronte se fa justissia. Pero que lo envejós o la envejosa es un verdadé malsín, lo traidó per naturalesa, lo animal propiamen dit, contra qui no ña cástic a les leys ni a les costums, per al mal que cause en general y en particulá, que es mes que lo que mos ve de totes les demés classes juntes de homens perversos y malvats. Que la enveja ha causat mes trastornos al món que la codissia y la ambissió juntes, si no es que la ambissió sigue un nom dorat pera la enveja. Pero que sin embargo podíen alguna vegada, y de particulá en particulá, produí un be paregut al de les cagarrines y colics al cos humano, que si no són frecuens ni mol graves, fan al home templat y sobrio.

Tamé díe moltes vegades que la avarissia no habíe eixecat cap casa; y sí moltes lo orden y la economía.

Díe que los mes grans enemics del be del home solen sé la vanidat y la dropina. La vanidat perque gaste mes de lo que pot y se arruine o diu mes de lo que deu y cau en grans inconveniens; y la perea, la dropina, perque va detrás de les estassions al tems, de la saó als negossis, dels fets als acontessimens, dixansu vindre tot damún, hasta que li cau la casa y acabe a les seues ruines, enrunat y arruinat, o fuch espantada y no trobe aon fotres, pobra, falta de consell y aburrida.

Díe que la tontería es mal incurable (només cal vore a Carlos Rallo Badet) y códul al que sempre se entropesse; y que los tres mes grans traballs que pot passá un home són viure en imbessils, tratá en embusteros y viachá en un cobart (Julio Micolau de La Fresneda fa les tres coses, que pareix lo gos de Quintaneta).

Lo influjo de la imprenta y la aplicassió de cadaú guiada y exitada per los sabuts, díe que lo faríen home al món, perque hasta ara (al seu tems) encara no habíe eixit de chiquet.

Creíe que los homens may habíen sigut millós, sino que a uns atres tems van tindre menos leys y menos sossiedat, y així menos juissi y censura de les seues acsions; pero que la sossiedat se habíe anat constituín milló, encara que no be del tot.

Segons ell, los homens del seu tems no enteníen lo comers, la agricultura, les arts, ni les siensies, perque li pareixíe que no veíe mes que torpesa, casualidat, charlatanisme y miseria.

Cuan se va sabé la seua ressolusió de casás li van preguntá, cóm sén tan sabut caíe an esta vulgaridat. Y va contestá: no es vulgaridat casás, perque es seguí la naturalesa, sino casás mal per interés o per mera y sola raó de nom, y queixás después, o condená lo matrimoni y parlá mal de les dones.

Abans de coneixe a son pare díe que donáe grassies a Deu perque no lay habíe dixat coneixe, pos habíe vist mols chiquets de qui no li penaríe sé pare, y pocs homens de qui voldríe sé fill. 

Pero cuan va trobá a son pare, va plorá de pena de no habél conegut desde la cuna. Y sobre lo seu apellit va contestá a don Vicente, son germá de Morfina, que li va preguntá si estáe orgullós de ell: ya me pareixíe a mí que no podíe escapá de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, perque estos linajes són com los vileros que a tota vila se troben.

Com habíe tratat en flares y monges y los coneixíe mol be, díe que an aquells los faltabe un voto, y an estes nels sobraben dos. 

Pero no explicabe mes, y no sabem quins votos eren eixos.

Per tres coses (díe) donaría yo la vida: per la religió que professo, per ma mare y per lo meu poble. Li van preguntá una vegada que acababe de di aixó, si la donaríe per lo Rey; y va contestá que no enteníe la pregunta.

Solíe di que en general la primera nessessidat de les dones es parlá; la segona murmurá de atres, y la tersera, sé adulades.

La perea als jovens, la desautoridat als agüelos, la vanidat a les fees, y casá a un home baixotet en una dona alta, díe que són cuatre pecats iguals, contra natura.

Recomanán la frugalidat solíe di: carn una vegada al día, y eixa a 

l'olla o rostida. Y condenán la tacañería als plats: lo milló dols es la mel, lo milló coc, lo bon pa, lo milló licor, lo bon vi, y lo milló guiso, lo mes curtet y simple.

Díe que ñabíe cuatre coses que lo ficaben a pun de alferessía: taula menuda, llit curt, mula pesada, y navalla sense esmolá.

Cuatre que li omplíen l'alma de rissa: una agüela en flos, un home gurrumino, un predicadó de mal ejemple, y un flare o retó fenli la roda a una dama.

Y cuatre que li féen portá la má a la espasa:

engañá a un sego, feli la burla a un agüelo, un home peganli a una dona, y un fill maltratán a son pare o a sa mare.

Están a Sevilla li van brindá si volíe aná a vore a una poetisa que componíe sonetos, églogues de pastós y atres poemes; y va contestá que sí, pero que li habíen de di en tems lo día y la hora perque volíe preparás.

- ¿Quína preparamenta nessessitéu?, li van preguntá, y va di:

purgám y llimpiá be la pancha, y después péndrem un elixir que sé fé yo en gitam, mol espessial contra los vomits y la fluixera de ventre.

Entre les sentensies dels antics la que mes li agradáe ere aquella de Virgilio: Felix qui potuit rerum cognoscere causes. "dichós, felís, lo que alcanse a coneixe les causes de les coses»; aixó es, a la naturalesa.

Y de ell la sentensia mes sélebre es esta: que lo mol resá a ningú ha fet san, ni lo mol lligí sabut (només cal vore a Moncho), ni lo mol minjá ressio y fort.

Moltes atres dites y sentensies se li atribuíxen; pero o són mol vulgás, o sels vol doná autoridat en lo seu nom. Y així mateix se conten de ell diferens fets que de cap manera corresponen al consepte que lo seu gran talento y máxima prudensia mereixen.

Yo estic convensut de que així los dits com los fets que corren com si foren seus y són tan indignes de la seua discressió y sabiduría, perteneixen al fals o apócrifo Pedro Saputo, a qui los de Almudévar van fotre fora a gorrades y en raó del seu poble, tan malparat lo malparit, y que, com ham dit, ere un acsiomo, un dropo, gat, torpe, indessén, (algo paregut a Mario Sasot Escuer, lo de la revista de la franja del meu cul.)

Mario Sasot Escuer, capsot, franchista, la franja del meu cul

Lo fill de la pubilla va sé mol sobrio, mol fi, mol amable, persona de mol respecte, y tan gran en tot com se ha vist an esta verdadera historia de la seua vida.


Original en castellano:

Capítulo XIV.

Máximas y sentencias de Pedro Saputo.

Solía decir que más quería enemigos agudos que amigos tontos.

- Decía que hablando en general todos los hombres son buenos y todos malos, porque no les debemos pedir lo que no pueden dar, ni querer que obren como no les conviene aunque tal vez entiendan mal esta conveniencia. Y en cuanto a la justicia, que o no la conocen en los casos que obran mal, o que no saben lo que vale.

- Preguntáronle una vez, qué hombres eran los más perjudiciales, y respondió que los envidiosos. Admiráronse de esta respuesta, y quisieron saber lo que sentía de los ladrones, matadores y otros; y dijo, que de éstos mucha parte eran también envidiosos y por envidia comenzaban a ser malos; que otros son unos miserables, ignorantes, rudos y mal encaminados por otros como ellos, o perdidos por la mala educación en su niñez y mocedad; pero que al fin de todos ellos tarde o temprano se hace justicia. Mas que el envidioso es un verdadero malsín, el traidor por naturaleza, el animal propiamente dañino, contra el cual no hay castigo en las leyes ni en las costumbres, para el daño que causa en general y en particular, que es más que el que nos viene de todas las demás clases juntas de hombres perversos y malvados. Que la envidia ha causado más trastornos en el mundo que la codicia y la ambición juntas si no es que la ambición sea un nombre dorado de la envidia. Pero que sin embargo podían alguna vez, y de particular a particular, producir un bien parecido al de las indigestiones y cólicos en el cuerpo humano, que si no son frecuentes ni muy graves, hacen al hombre templado y sobrio.

- También decía muchas veces que la codicia no había levantado ninguna casa; y sí muchas el orden y la economía.

- Decía que los mayores enemigos del bien del hombre suelen ser la vanidad y la pereza. La vanidad porque gasta más de lo que puede y se arruina o dice más de lo que debe y cae en grandes inconvenientes; y la pereza, porque va detrás de las estaciones en el tiempo, de la sazón en los negocios, de los hechos en los acontecimientos, dejándoselo venir todo encima, hasta que se le cae la casa y acaba en sus ruinas, o huye espantada y no encuentra donde meterse, pobre, falta de consejo y aborrecida.

- Decía que la necedad es mal incurable y piedra en que siempre se tropieza; y que los tres mayores trabajos que puede pasar un hombre son vivir con necios, tratar con embusteros y viajar con un cobarde.

- El influjo de la imprenta y la aplicación de cada uno guiada y excitada por los sabios, decía que harían hombre al mundo, porque hasta ahora (en su tiempo) aún no ha salido de niño.

- Creía que los hombres nunca habían sido mejores, sino que en algunos tiempos tuvieron menos leyes y menos sociedad, y así menos juicio y censura de sus acciones; pero que la sociedad había estado mejor constituida, aunque no bien del todo.

- Según él, los hombres de su tiempo no entendían el comercio, la agricultura, las artes, ni las ciencias, porque le parecía que no veía sino torpeza, casualidad, charlatanismo y miseria.

- Cuando se supo su resolución de casarse le preguntaron, cómo siendo tan sabio caía en esta vulgaridad. Y respondió: no es vulgaridad casarse, porque es seguir la naturaleza, sino casar mal por interés o por mera y sola razón de nombre, y quejarse después, o condenar el matrimonio y hablar mal de las mujeres.

- Antes de conocer a su padre decía que daba gracias a Dios porque no se lo había dejado conocer, pues había visto muchos niños de quien no le pesaría ser padre, y pocos hombres de quien quisiera ser hijo. Mas cuando encontró a su padre, lloró de pena de no haberle conocido desde la cuna. Y acerca de su apellido respondió a don Vicente, el hermano de Morfina que le preguntó si estaba muy vano de él: ya me parecía a mí que no podía escapar de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, porque estos linajes son como los gorriones que en todo poblado se encuentran.

- Como había tratado con frailes y monjas y los conocía muy bien, decía que a aquéllos les faltaba un voto, y a éstas les sobraban dos. Pero no explicaba más, y no sabemos qué votos eran éstos.

- Por tres cosas (decía) daría yo la vida: por la religión que profeso, por mi madre y por mi pueblo. Preguntáronle una vez que acababa de decir esto, si la daría por el rey; y respondió que no entendía la pregunta.

- Solía decir que en general la primera necesidad de las mujeres es hablar; la segunda murmurar de otras, y la tercera, ser aduladas.

- La pereza en los jóvenes, la desautoridad en los viejos, la vanidad en las feas, y casar hombre pequeño con mujer alta, decía que son cuatro pecados iguales contra natura.

- Recomendando la frugalidad solía decir: carne una vez al día, y ésa en la olla o asada. Y condenando la prolijidad en los platos: el mejor dulce es la miel, el mejor bizcocho, el buen pan, el mejor licor, el buen vino, y el mejor guiso, el más corto y simple.

- Decía que había cuatro cosas que le ponían a punto de alferecía: mesa pequeña, cama corta, mula pesada, y navaja sin filo. Cuatro que le regaban el alma de risa: una vieja con flores, un marido gurrumino, un predicador de mal ejemplo, y un fraile o clérigo haciendo la rueda a una dama. Y cuatro que le hacían llevar la mano a la espada: engañar a un ciego, burlarse de un viejo, un hombre pegando a una mujer, y un hijo maltratando a su padre o a su madre.

- Estando en Sevilla le brindaron si quería ir a ver una poetisa que componía sonetos, églogas de pastores y otras poesías; y respondió que sí, pero que le habían de decir con tiempo el día y la hora porque quería prepararse. 

- ¿Qué preparación necesitáis?, le preguntaron, y dijo, purgarme y limpiar bien el estómago, y luego tomar un elixir que sé yo hacer muy especial contra las náuseas y la flojedad del vientre.

- Entre las sentencias de los antiguos la que más le gustaba era aquella de Virgilio, Felix qui potuit rerum cognoscere causas. «Dichoso el que alcanza a conocer las causas de las cosas»; esto es, a la naturaleza.

- Y de él la sentencia que más se celebra es ésta: que el mucho rezar a nadie ha hecho santo, ni el mucho leer sabio, ni el mucho comer robusto y fuerte.

Muchos otros dichos y sentencias se le atribuyen; pero o son muy vulgares, o se les quiere dar autoridad con su nombre. Y asimismo se refieren de él varios hechos que de ningún modo corresponden al concepto que su gran talento y suma prudencia le ha merecido. Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como los suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría, pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan malparado, y que, como hemos dicho, era un mentecato, un vago y un borracho torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo como se ha visto en esta verdadera historia de su vida.

4. 12. No se sap res mes de Pedro Saputo. Sort de Morfina, dels pares y de Rosa y Eulalia.

Capítul XII.

No se sap res mes de Pedro Saputo. Sort de Morfina, dels pares y de Rosa y Eulalia.

Vida de Pedro Saputo natural de Almudévar. En chapurriau.

¡Oh qué infelís es lo home, que no vol entendre que la alegría es anunsi de penes, la molta prosperidat, lo rostro irónic de la desgrassia y lo día de la satisfacsió, la vespra del doló y del mes gran cop de la sort! ¡Qué infelís qui aixó no u entén o u olvide! Traissions mes be que favors pareix que siguen les glories de este món; alevossíes, ardits y emboscades del mal, caén sempre an elles confiadamen pera espantamos después de la mudansa y renegá de la nostra estrella y de la vida. ¡Lo nostre estrel!
¿A qué li diém estrella? No ña estrel, hado, sort ni fortuna, mes que la manifesta soberana Providensia que fa lo que vol de natros y de les nostres coses, valense unes vegades dels nostres mateixos vissis, atres de les nostres virtuts; unes, de la nostra prudensia, atres, de la nostra temeridat; y atres obrán sense pará cap cuenta de lo que natros som, o fem o fiquem de la nostra part. ¿Quína familia mes dichosa y mereixcudamen felís que la de don Alfonso? ¿Quína satisfacsió la de ajuntás al final tantes persones, tan volgudes entre elles, tan exelens y tan dignes tamé de aquella felisidat? Pos que séntigue lo lectó en qué va pará tot mol depressa.

Un mes fée que Pedro Saputo habíe eixit de Saragossa, y encara no se sabíe de ell; ni se va sabé en dos ni en tres mesos que van passá. Lo pare va escriure al virrey, éste, al ministre; y ¡quín espán al ressibí una carta autógrafa de S. M. a la que li díe, que sempre habíe dessichat torná a vore a Pedro Saputo, y que en efecte pensabe cridál, pero que res sabíe de aquella carta, no habíe donat orden a ningú que lo faigueren vindre!

Va escriure inmediatamen a don Alfonso; se va presentá éste a Saragossa, y al vore lo que passáe, va pensá que caíe mort.

Lo virrey se va ficá neguitós y se va omplí de pena, ya per lo que li puguere habé passat a Pedro Saputo, ya perque se podríe sospechá que habíe tingut algo que vore al engañ. Va alentá a don Alfonso, li va aconsellá que anare a la Cort y se presentare a S. M.; y u va fé lo bon caballé. Pero lo Rey, tan apocat com ell del cas, y ofés y sentit de que se haguere empleat lo seu nom pera un fet de traidós com pareixíe sé, va fé practicá continues diligensies durán uns dos mesos, y cap llum se va pugué traure del cas.

Entonses don Alfonso va incliná lo cap a la seua desgrassia, va besá la má al Rey, que va plorá en ell al despedíl, y sen va entorná cap a Aragó a casa seua.

Tots en tan funesta nova van caure a la mateixa aflicsió y abatimén; y va tindre encara valor pera aná a vore a Morfina. Ella, cuan lo va vore arribá sol, blang, y com dudán de saludál después de tan tems que no teníe notissies, va sospechá lo que passáe y se va desmayá. Cuan se va reviscolá, la van portá al llit y van fé lo que en estos casos se fa en persones mol volgudes.

- Ya no lo vorem mes, díe don Alfonso...

- ¡Ay, don Alfonso!, voleume mol, que yo tamé tos vull.

- Filla, li responíe ell, tos vull tan com al meu fill.

- Sí, sí, díe ella; ¡digueume així, crideume filla, trateume com a filla, parleume com un pare, perque ya no sonará datra veu de consol als meus oíts! Vuit díes se va aturá allí don Alfonso, per una part no podíe dixá a Morfina, y per l'atra volíe torná a casa seua aon igual ñabíe mes nessessidat de la seua presensia. Sen va aná, pos, diénli a Morfina que mentres de sert no sapigueren res de ell, no debíe desconfiá, pos teníe la costum de no escriure cuan estáe de viache. Morfina va contestá meneján lo cap, y donán a entendre en aixó que ya no ere lo mateix que a un atre tems. Be lo coneixíe don Alfonso, y ell no u creíe; pero ¿qué li habíe de di an aquella infelís? Y tamé se engañáe an ell mateix tot lo que podíe.

La semana siguién van aná a vórela Juanita y lo seu home y van estáy sis díes. Sen van entorná y continuán los correus diaris entre les dos families, li va fé al cap de un mes un atra visita don Alfonso, y se la va emportá a casa seua, acompañanla tamé son germá don Vicente. ¡Quíns abrassos! ¡Quíns llagrimots!

Pero, ¿quí u diríe? La mes serena de tots va sé la mare; perque estáe acostumada a que desde chiquet sen anare los mesos y los añs y a no tindre noves de ell, y li pareixíe que tamé ara ere lo mateix, no fen cas de la fingida carta del Rey ni de lo que tots sospechaben y ploraben. Una mica se va ablaní al vores abrassá per Morfina que li va doná lo títul de mare, y va plorá tamé en ella; pero sempre ere la que menos afligida estáe perque ere la que menos creíe en la seua desgrassia.

Los primés díes encara pareix que se distraíe Morfina una mica de lo seu doló, pero pronte va escomensá a decaure hasta que del tot vensuda se va quedá un día gitada al llit pera no eixecás mes. 

Com tots ploráen, com no ñabíe a la familia cap persona indiferén, y Paulina que va vindre, va aumentá encara lo desconsol general si ere possible, perque no va fé mes que plorá, la pobre Morfina se va aná acabán mol depressa. Y un matí veénse rodechada de tots, los va mirá, va tancá una mica los ulls, y después tornanlos a obrí, va exclamá en un fondo sentimén: ¡y no l’ ham de vore mes...! 

Y se li va apretá lo cor de modo que li va doná un desmayo del que ya no va torná, expirán als brassos de don Alfonso y de Juanita que, feta un esqueleto de arguellada, pero en peu en una fortalesa invensible, la va assistí constanmen sense apartás del seu llit hasta que la va vore expirá, hasta que li va tancá los párpados; dién de ella que no haguere cregut que podíe ñabé una dona tan perfecta al món. Perque los seus ulls, si dís pot de una mortal, eren verdaderamen selestials, plens de sensibilidat y inteligensia, y ñabén an ells, a juissi de la mateixa Juanita, mes meditassió encara y profundidat que als de Pedro Saputo, y templán les seues mirades en una suave tendresa que pujabe del cor y regalabe y desfée lo de qui la mirae. Los seus movimens, encara que naturals, teníen molta noblesa, y la seua grassia en tot ere extremada, lo seu gesto afable y sereno, lo seu parlá encantadó: en una paraula, no pareixíe naixcuda a la terra.

La mort de esta infelís va sé com la siñal y anunsi de les que mol pronte habíen de seguí: va sé Juanita la primera que va morí parín als cuatre mesos. An ella la va seguí don Alfonso dins del añ, de un carbunco al pit. La mare, sense lo seu home y una nora tan apressiable y amán, sen va volé aná a Almudévar, pareixenli que allí viuríe menos apenada: y encara que u va sentí mol don Jaime no se va oposá al viache de sa mare política, y la va acompañá y la va visitá después en frecuensia.

A Almudévar va descansá una mica de la seua aflicsió, pos al prinsipi li va pareixe que tornáe al seu antic estat de pupila en lo hermós y noble fill del seu amor. Pero tamé se va passá rápit este engañ de la seua imaginassió; y encara que no podíe convenses de la mort del seu fill, y per mes que Eulalia y Rosa no la dixaben, esmeranse a porfía a servila y contemplala, se va aná carregán de tristesa, después de melancolía, y als cuatre o sing añs va morí, plorada per tots y mes espessialmen de aquelles les seues dos filles, com les cridabe.

Tampoc elles se van pugué creure la desgrassia de Pedro Saputo; pero al fin van rendí la seua esperansa; y después se ajudaben y esforsaben, passán lo tems juntes continuamen y parlán de Pedro Saputo; y ni se van casá, despressián a tots los bons partits que les van tantejá, ni van pensá en tancás al claustro, que ere al que entonses solíen pará les donselles desengañades. No se van fé velles, pos van morí en un añ de diferensia, primé Rosa, y después Eulalia, als vuit de la mort de la pupila, y dixán en vida la una a la seua viuda mare, y l'atra a son pare y a sa mare, que ere la padrina, aquella padrina tan bona y tan enamorada de son fillol.

Don Jaime, son germá de Pedro Saputo, se va torná a casá, y sol va reconeixe lo que habíe perdut en la seua primera dona, cuan va experimentá lo que ere la segona. Be que com home de menos temple que atres, se va acomodá a viure y a no morís mes que de agüelo. Paulina ya no va torná mes an aquell poble; sí auncás una vegada a vore a la pupila de Almudévar. La visitabe assobín don Jaime, y la instabe que vinguere, pero li va contestá desde la primera vegada, que lo sel sense Deu y los sans no siríe sel; que la seua aldea habíe sigut lo sel y la terra y dixat de séu pera sempre; y que no se cansare fenli instansies, perque no hi aniríe ni en lo pensamén, si podíe de allí apartál. Pero ell, com tamé sentíe la soledat a casa seua, tornáe sempre y insistíe en lo mateix; sempre pera emportás la mateixa resposta.


Original en castellá:

Capítulo XII.

No se sabe más de Pedro Saputo. Suerte de Morfina, de los padres y de Rosa y Eulalia.

¡Oh qué infeliz es el hombre, que no quiere entender que la alegría es anuncio de penas, la mucha prosperidad, el rostro irónico de la desgracia y el día de la satisfacción, la víspera del dolor y del mayor golpe de la suerte! ¡Qué infeliz el que esto no entiende o lo olvida! Traiciones más bien que favores parece que sean las glorias de este mundo; alevosías, ardides y emboscadas del mal, cayendo siempre en ellas necia y confiadamente para espantarnos luego de la mudanza y maldecir de nuestra estrella y de la vida. ¡Nuestra estrella! ¿A qué llamamos estrella? No hay estrella, sino, hado, suerte ni fortuna, que la manifiesta soberana Providencia que hace lo que quiere de nosotros y de nuestras cosas, valiéndose unas veces de nuestros mismos vicios, otras de nuestras virtudes; unas, de nuestra prudencia, otras, de nuestra temeridad; y otras obrando sin tener ninguna cuenta con lo que nosotros somos, o hacemos o ponemos de nuestra parte. ¿Qué familia más dichosa y merecidamente feliz que la de don Alfonso? ¿Qué satisfacción como la de juntarse al fin tantas personas, tan amadas entre sí, tan excelentes y tan dignas también de aquella felicidad? Pues oiga el lector en qué vino a parar todo muy aprisa.

Un mes hacía que Pedro Saputo había salido de Zaragoza, y aún no se sabía de él; ni se supo en dos ni en tres más que pasaron. El padre escribió al virrey, éste, al ministro; y ¡cuál fue su espanto al recibir una carta autógrafa de S. M. en que le decía, que siempre había deseado ver a Pedro Saputo, y que en efecto pensaba llamarle, pero que nada sabía de su llamamiento, no había dado orden a nadie que le hiciesen venir! Escribió inmediatamente a don Alfonso; presentóse éste en Zaragoza, y al ver lo que pasaba, pensó caerse muerto. El virrey se llenó de inquietud y pesadumbre, ya por lo que pudiera haber sucedido a Pedro Saputo, ya porque se podría sospechar que había tenido parte en el engaño. Alentó en fin a don Alfonso, le aconsejó fuese a la corte y se presentase a S. M.; y lo hizo el buen caballero. Mas el rey, tan afligido como él del caso, y ofendido y altamente sentido de que se hubiese tomado a su nombre para un hecho tan atroz como parecía ser, hizo practicar exquisitas y continuas diligencias por espacio de dos meses, y ninguna luz se pudo adquirir del suceso. Entonces don Alfonso inclinó la cabeza a su desgracia, besó la mano al rey, que lloró con él al despedirle, y se volvió a Aragón a su casa.

Todos con tan funesta nueva cayeron en la misma aflicción y abatimiento; y como en él era el dolor más antiguo y su corazón más fuerte asimismo, tuvo aún valor para ir a ver a Morfina. Ella, cuando le vio llegar solo, pálido y como dudando saludarle después de tanto tiempo que carecía de noticias, sospechó su mal y le dio un desmayo. Vuelta en sí, la llevaron a la cama e hicieron cuanto en semejantes casos se hace con personas muy queridas. - Ya no le veremos más, decía don Alfonso... - ¡Ay, don Alfonso!, queredme mucho, que yo también os quiero. - Hija, le respondía él, os quiero como a mi hijo. - Sí, sí, decía ella; ¡llamadme así, llamadme hija, tratadme como a hija, habladme como padre, porque ya no sonará otra voz de consuelo en mis oídos! Ocho días se detuvo allí don Alfonso, porque por una parte no sabía dejar a Morfina, y por otra deseaba volver a su casa en donde acaso había más necesidad de su presencia. Fuese pues, diciendo a Morfina que mientras de cierto no supiesen lo que era de él, no debía desconfiar, pues tenía la costumbre de no escribir cuando estaba de viaje. Morfina contestó meneando la cabeza, y dando a entender con esto que no era ahora lo mismo que en otro tiempo. Bien lo conocía don Alfonso, y él no lo creía; pero ¿qué había de decir a aquella infeliz? Y también se engañaba a sí mismo todo lo que podía.

La semana siguiente fueron a verla Juanita y su marido y estuvieron seis días. Volviéronse y continuando los correos diarios entre las dos familias, le hizo al cabo de un mes otra visita don Alfonso, y se la trajo a su casa acompañándola también su hermano don Vicente. ¡Qué abrazos! ¡Qué lágrimas!

Pero, ¿quién lo diría? La más serena de todos fue la madre; y era que estaba acostumbrada a que desde niño se fuese los meses y los años y a no tener nuevas de él, y le parecía que también ahora era lo mismo, no haciendo caso de la fingida carta del rey ni de lo que todos sospechaban y lloraban. Un poco se conmovió al verse abrazar de Morfina que le dio el título de madre, y lloró también con ella; pero siempre era la que menos afligida estaba porque era la que menos creía en su desgracia.

Los primeros días aún parece que se distraía Morfina un poco de su dolor, pero pronto empezó a decaer hasta que del todo vencida se quedó un día en la cama para no levantarse más. Como todos lloraban, como no había en la familia una persona indiferente, y Paulina que vino, aumentó aún el desconsuelo general si era posible, porque no hizo sino llorar, la pobre Morfina fue acabando muy aprisa. Y una mañana viéndose rodeada de todos, los miró, cerró un poco los ojos, y luego volviéndolos a abrir, exclamó con un profundo sentimiento: ¡y no le hemos de ver más...! Y se le apretó el corazón de modo que le dio un desmayo del cual no volvió, expirando en los brazos de don Alfonso y de Juanita que, hecha un esqueleto de flaca, pero en pie con fortaleza invencible, la asistió constantemente sin apartarse de su cama hasta que la vio expirar, hasta que le cerró los ojos; diciendo de ella, luego que la conoció, que no hubiese creído podía haber una mujer tan perfecta en el mundo. Porque sus ojos, si decirse puede de una mortal, eran verdaderamente divinos, llenos de sensibilidad e inteligencia, y habiendo en ellos, a juicio de la misma Juanita, más meditación aún y profundidad que en los de Pedro Saputo, y templando sus miradas con una suave ternura que subía del corazón y regalaba y deshacía el de quien la miraba. Sus movimientos, aunque naturales, tenían mucha nobleza, y su gracia en todo era extremada, su gesto afable y sereno, su habla encantadora: en una palabra, no parecía nacida en la tierra.

La muerte de esta infeliz fue como la señal y anuncio de las que muy pronto habían de seguirse: fue Juanita la primera que murió de parto a los cuatro meses. A ella siguió don Alfonso dentro del año, de un carbúnculo en el pecho. La madre, sin su esposo y una nuera tan apreciable y amante, se quiso ir a Almudévar, pareciéndole que allí viviría menos afligida: y aunque lo sintió mucho don Jaime no se opuso al viaje de su madre política, y la acompañó y la visitó después con frecuencia.

En Almudévar descansó un poco de su aflicción, pues al principio le pareció que volvía a su antiguo estado de pupila con el hermoso y noble hijo de su amor. Mas también se pasó presto este engaño de su imaginación; y aunque no podía persuadirse la muerte de su hijo, y por más que Eulalia y Rosa no la dejaban, esmerándose a porfía en servirla y contemplarla, fuele cargando la tristeza, luego la melancolía, y a los cuatro o cinco años murió llorada de todos y más especialmente de aquellas sus dos hijas, como las llamaba.

Tampoco ellas no creyeron de presto la desgracia de Pedro Saputo; pero al fin rindieron su esperanza; y después se ayudaban y esforzaban, pasándolo juntas continuamente y hablando de Pedro Saputo; y ni se casaron, despreciando todos los partidos que les salieron, ni pensaron en meterse en claustro, que era en lo que entonces solían parar las doncellas desengañadas. No se hicieron viejas, pues murieron con un año de diferencia, primero Rosa, y después Eulalia, a los ocho de la muerte de la Pupila, y dejando en vida la una a su viuda madre, y la otra a su padre y a su madre, que era la madrina, aquella madrina tan buena y tan enamorada de su ahijado.

Don Jaime, el hermano de Pedro Saputo, se volvió a casar, y sólo conoció lo que había perdido en su primera mujer, cuando experimentó lo que era la segunda. Bien que como hombre de menos temple que otros, se acomodó a vivir y a no morir sino de viejo. Paulina ya no volvió más a aquel lugar; y sí fue una vez a ver a la Pupila a Almudévar. Visitábala a menudo don Jaime, y la instaba que viniese, pero le respondió desde la primera vez, que el cielo sin Dios y los santos no sería cielo; que su aldea había sido el cielo y la tierra y dejado de serlo para siempre; y que no se cansase en hacerle instancias, porque no iría ni aun con el pensamiento, si podía de allí apartarlo. Pero él, como también sentía soledad en su casa, volvía siempre y porfiaba en lo mismo; y siempre para llevar la misma respuesta.

domingo, 28 de julio de 2024

3. 14. Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Capítul XIV.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá. De una extraña aventura que los va passá an elles.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Desde la Cort habíe escrit al consell de Almudévar donanli cuenta de la seua comisió y diénlos que S. M. agraíe lo regalo, pero encarreganlos que u tingueren callat hasta la seua tornada, per serta raó que los diríe. Y arribat a Saragossa va escriure a sa mare roganli que vinguere a vore les festes y visitá a Nostra Siñora del Pilá.

Se va alegrá mol sa mare, y la resposta va sé presentás en una familia honrada de lo seu poble y emportanse en ella a la filla de sa padrina, que van vullgué aná a Saragossa y en tan bona compañía y al costat de una persona com la pupila no sels podíe negá tan natural y just dessich.

Pedro Saputo va entregá lo plec al Capitá General y li va di lo que de paraula li van encarregá S. M. y lo ministre. Lo preveníen a les seues lletres que ressibiguere mol be al portadó y missaché y que no despressiare los seus consells. En aixó lo virrey lo va convidá a minjá algunes vegades y lo va volé vore tots los díes. Sa mare, veénlo tratá en tan altes persones, donáe seguit grassies a Deu y no sabíe eixí del Pilá, costanlos traball a les pobres sagales tráurela pera fela seguí y vore la siudat.

Van arribá les festes, y lo virrey lo va convidá a vore la correguda de bous al seu balcó, sen entonses lo Cosso aon se corríen y torejáen los bous. Después se van refrescá, y cuan anáe ya a despedís va ressibí un billet. Lo seu sobre díe:

Per al caballé que esta tarde ha estat a la zurda del siñó virrey veén los bous, y portabe una sinta verda al pit. Y a dins va lligí:

"Demá a les dos de la tarde en pun tos aguarde a una casa, la porta es la segona a la dreta al carré de don Juan de Aragó entrán pel Carré Majó. 

- La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que va está al convén en Geminita

Lo fret de la mort va sentí a les seues entrañes al vore este recado; va sé la nova que mes profunda y cardinalmen lo va sobressaltá y va conmossioná la seua vida. Sen va aná inmediatamen de la casa y visita dién que lo cridáen, y ple de confusió sense podé casi fé eixí la respirassió del pit, anáe diénse:

¿Qué es aixó? ¿Ensomio o es verdat? ¡Sor Mercedes fora del convén! ¡La sensible y tendra sor Mercedes! ¿Qué li passaríe? ¿Qué li ocurriríe a la infelís? ¡Y en tans añs no habé sabut de ella! ¡Secreto gran seríe! Be que ella no sabríe quí era yo. Y ara ya u enteng; ¡me haurá vist, y me ha conegut! Obríu, sels, lo camí de San Pedro, y aquí estic per al sacrifissi que lo cas pugue demaná. Y va doná algunes voltes per los carrés pera calmás una mica, procurán en esfors y valor dissimulá la seua profunda cavilassió y tristesa pera no apená a la seua bona mare ni doná a entendre res a les dos sagales.

¡Quina nit aquella! ¡Quin día lo siguién! ¡Qué cambiat se va vore al espill! Li pareixíe que no ere lo mateix; y entre mil embolicades imaginassions va passá lo día y va sentí tocá les tres de la tarde a la Seo; conque se va disposá a aná a la casa de la sita. Lo cor li martelláe, les cames li fallaben, la espasa lo incomodabe, y hasta lo cos li volíe fugí y seguíe arrastrán la intensió de les passes. Va arribá al carré, y sense volé se va trobá a la porta. Va entrá, va cridá, van obrí, va pujá y a un replá de la escala se va obrí una porta; va entrá per nella donanli a cada pas mes forts y mes ansiosos batecs lo cor, cada vegada mes enarbolat. Va vore a una siñora mol ben vestida a la porta de una sala, que pareixíe aguardál; se va dirigí an ella, pero la siñora sen va aná al mateix pas que ell adelantabe cap an ella. Sén passes detrás, se torne a mirá en algún ressel, y veu a un atra siñora no menos ben vestida y misteriosa. Va seguí a la primera sense sabé si debíe saludales o callá, perque cap de elles parláe y no podíe vóreles la cara per la poca llum que permitíen unes cortines de Damasco a les vidrieres, que tampoc estáen del tot ubertes. La que anáe dabán va arribá hasta la finestra y se va pará; la que veníe detrás se va aturá tamé, y ell al mich de les dos, no adivinabe en qué pararíe alló ni podíe coneixe quina de elles siríe sor Mercedes. Mentres miráe a la una y a l'atra, elles guardán lo mateix silensio, van aná adelantán cada una hasta ajuntás en frente de ell entre dos alcobes que ñabíe y se van quedá a unes sis passes com dos estatues. Lo van está mirán aixina un ratet, y ell an elles: y después la que va vindre dabán va di mich en vers, pero en tono serio y fingín la veu, perque sinó lay haguere conegut:

Hau vingut al terré

ben engañat, per Deu;

no un cor, sino dos,

nessessitéu, caballé.


Ell, ixquere lo que ixquere, pero adoptán lo sentit cortessano, va contestá en serenidat y rapidés:


Si de amor es lo terré, 

en un ne ting prou, per Deu;

be pot serví a dos,

si se oferix, un caballé.


Y un atra vegada se van quedá mirán. Entonses la mateixa dels versos va di en la seua veu natural y en molta confiansa y ahínco: 

¡Ay, cèlio!, y van corre les dos a abrassál, ressibinles ell una mica dudós, preocupat sempre de la sort y desgrassia de sor Mercedes. Les va acabá de coneixe, y va exclamá:

¡Filles meues! Perque eren... ¿Quí se u habíe de imaginá? 

Eren Juanita y Paulina, que lo van coneixe al balcó del virrey y van discurrí aquella aventura pera fótreli un bon susto y disfrutá de la seua turbassió y zozobra. No acababen de alegrás, de mirál, de satisfé y assossegá lo cor ple de amor y de tendresa. Y agarranli les mans lo van entrá al estrat.

Van vullgué explicás; pero van preguntá tantes coses y tan atropelladamen, que en ves de contestá, perque ere impossible de aquell modo, va soltá ell tamé una llarga ristra de preguntes. Se van calmá poc a poc, y li van aná dién que estáen casades y habíen vingut a les festes en los seus homens; que Paulina teníe un chiquet de dos añs, y a Juanita se li habíe mort una chiqueta de un añ fée tres mesos; que los homens en una criada pera les dos, en lo huésped y atres forastés sen habíen anat als bous y de allí aniríen a les festes del Pilá hasta les nou de la nit anán de passada a refrescás a un atra casa; que habenlo conegut ahí al balcó del virrey habíen acordat cridál del modo que u van fé; y quedás avui a casa en algún pretexto, que may ne faltaben a les dones, pera vórel y dili que elles sempre eren les mateixes.

Les va preguntá si estáen contentes en la seua sort, y van di que no les penabe habés casat; que Juanita estáe entre be y mal, be per la casa y lo home, perque la casa ere mol rica y lo home un bonachón y calsonassos; y mes que be per lo seu sogre, que ere un home mol instruít y amable, pero que estáe mal per la seua sogra, perque en lo seu genio ere tres vegades sogra, igual per als demés que per an ella. Que Paulina habíe trobat gen sensilla y passífica fora de sé lo seu sogre una mica aspre y gorito, encara que de bona raó en general.

- Pero, ¿es possible, va di después Juanita, que en vóret hagam de torná sempre a sé sagales? ¿Y es possible que no sapigam quí eres después de tans añs? Pero lo día ha arribat; cuan estiguéu casades, vas di; y ya hi estem, cumplix la teua paraula.

- La vach a cumplí, va di ell; no tos u faré dessichá mes, perque be u mereixéu. ¿Hau sentit parlá de Pedro Saputo? Al sentí este nom se van quedá estupefactes, en la boca uberta, mudes, miranse la una a l'atra, miranlo an ell, y com recorrén a la seua memoria la historia de les seues aventures en ell desde lo novissiat.

Al final, va exclamá la mateixa Juanita: 

- ¡Tú, Pedro Saputo! ¡Lo Geminita, lo estudián, lo caballé, ara lo cortessano y home de palau! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podíe sé datre! Ya no me admiro de lo teu mol sabé, de la teua molta agudesa, del teu espabil, ni de res de cuan ham vist desde que te vam coneixe. ¿Qué extrañ que a totes mos vas engañá al convén finginte dona, fen lo que vas fé y que mos encantares de aquella manera?

Pero en fin, a tú te debem lo no habemos quedat allí sepultades pera tota la vida; a tú te debem...

Mira, Paulina, be mos podem perdoná los desatinos y locures que en ell ham fet. ¿Quí se resistix a les teues paraules? ¿Quí pot en ixa grassia? ¿Quí no creu triunfá cuan sense reflexió ni sentit se dixe portá del encán de les teues mirades y té tanta perfecsió y gallardía? - ¿Estás grillada, Juanita?, li va di ell. ¿Acabes y passam a un atre assunto?

- ¿Qué es concluí?, va di Paulina. ¿Quí pot acabá de admirás? 

¡Pedro Saputo, lo nostre antic y primé amán! ¡Oh!, sí que u eres, sí, no u dudem, si no eres algún dimoniet del infern. ¡Y tan segues natres, Juanita! ¡Y tan com ham sentit lo teu nom, no ensertá que sol tú podíes sé! Home y dimoni.

¿De aón has eixit? ¡Ay, cuántes torres haurán caigut als teus peus! ¡Cuántes fortaleses te s'haurán rendit! ¡Cuántes infelises deuen pensá en tú an este mateix instán, y plorá y afligís, mentres estás aquí en natres! Pero eres lo nostre, y de ningú mes; sí, lo nostre, encara que sigue un crimen díu. ¿Per qué te vam coneixe?

Va fé callá tamé a Paulina, y així parlán y tornán sempre al mateix se va passá lo tems hasta les nou; an ixa hora se va alsá y sen va aná cap a la fonda, dién que no podríe torná a vóreles; pero prometinles aná als seus pobles.

Se van acabá les festes del Pilá; van descansá tres o cuatre díes y elles sen van aná en los seus homens als seus pobles, y ell, a Almudévar en sa mare y les sagales.

A la seua arribada lo van visitá tots los del consell o ajuntamén, después de la formalidat y en lo afecte de sempre, los dos hidalgos y mich que ñabíe al poble, y los tres caballés que se donáe a entendre que u eren per tindre dos rucs y una somera y señí espasa los díes de festa. Als del consell va encarregá que parlaren poc de les tres figues, y los va di que pera librás de la baya del vejamen que los donaríen atres pobles no repararen en fótreli treballassos y cascots al simén del obra, y així creuríen que va ñabé an ella algún misteri. Y misteri habíe sigut la seua presensia a la Cort y la seua assistensia a palau.

Pero de habél vist en familiaridat y amic del virrey y de atres personajes no se admiraben, perque, encara que eren aldeans y sense món, be se 'ls alcansabe que Pedro Saputo ere home per an aixó y pera mol mes; ni tampoc se extrañáen de que Sa Majestat li haguere fet tan favor. Y tots se creíen honrats en la fama y gran persona de aquell fill del seu poble.


Original en castellá:

Capítulo XIV.

Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas.

Desde la corte había escrito al concejo de Almudévar dándole cuenta de su comisión y diciéndole que S. M. agradecía el regalo, pero encargándoles que lo tuviesen callado hasta su vuelta, por cierta razón que les diría. Y llegado a Zaragoza escribió a su madre rogándola que viniese a ver las fiestas y visitar a Nuestra Señora del Pilar. Alegróse mucho su madre, y la respuesta fue presentarse con una familia honrada de su pueblo y trayéndose consigo a la hija de su madrina, que quisieron ir a Zaragoza y con tan buena compañía y al lado de una persona como la Pupila no se les podía negar tan natural y justo deseo.

Pedro Saputo entregó el pliego al capitán general y le dijo lo que de palabra le encargó S. M. y el ministro. Preveníanle en sus letras que recibiera muy bien al portador y mensajero y que no despreciase sus consejos. Con esto el virrey le convidó a comer algunas veces y le quiso ver todos los días. Su madre viéndole tratar con tan altas personas, daba continuas gracias a Dios y no sabía salir del Pilar, costando trabajo a las pobres niñas sacarla para hacerla seguir y ver la ciudad.

Llegaron las fiestas, y el virrey le convidó a ver la corrida en su balcón, siendo entonces el Coso donde se corrían los toros. Después refrescaron, y cuando iba ya a despedirse recibió un billete cuyo sobre decía: Para el caballero que esta tarde ha estado a la izquierda del señor virrey viendo los toros, y llevaba una cinta verde en el pecho. Y dentro leyó: «Mañana a las dos de la tarde en punto os aguarda en la casa cuya puerta es la segunda a la derecha en la calle de don Juan de Aragón entrando por la Mayor. - La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que fue en el convento de Geminita.»

El frío de la muerte sintió en sus entrañas al ver este recado; fue la nueva que más profunda y cardinalmente le sobresaltó y conmovió en su vida. Fuese inmediatamente de la casa y visita diciendo que le llamaban, y lleno de confusión sin poder casi hacer salir la respiración del pecho, iba diciendo entre sí: ¿qué es esto? ¿Sueño o es verdad? ¡Sor Mercedes fuera del convento! ¡La sensible y tierna sor Mercedes! ¿Qué sucedería? ¿Qué le sucedería a la infeliz? ¡Y en tantos años no he sabido...! ¡Secreto grande sería! Bien que ella no sabría quién yo era. Y agora ya lo entiendo; ¡me habrá visto, y me ha conocido! Abrid, cielos, camino, y aquí estoy para el sacrificio que el caso pueda pedir. Y dio algunas vueltas por las calles para calmarse un poco, procurando con esfuerzo y valor disimular su profunda cavilación y tristeza para no afligir a su buena madre ni dar a entender nada a las dos muchachas.

¡Qué noche aquélla! ¡Qué día siguiente! ¡Qué demudado se vio en el espejo! Parecíale que no era el mismo; y entre mil revueltas imaginaciones pasó el día y oyó las tres de la tarde; conque se dispuso a ir a la casa de la cita. El corazón le latía, las piernas le flaqueaban, la espada le incomodaba, y hasta el cuerpo le quería huir y seguía arrastrando la intención de los pasos. Llegó a la calle, y sin querer se encontró en la puerta. Entró, llamó, abrieron, subió y en un rellano o descanso de la escalera se abrió de sí misma una puerta; entróse por ella dándole a cada paso más fuertes y más ansiosos latidos el corazón de punto en punto más alterado. Vio una señora muy bien vestida a la puerta de una sala, que parecía aguardarle; dirigióse a ella, pero la señora se fue entrando por la sala al mismo paso que él adelantaba hacia ella. Oye pasos detrás, se vuelve a mirar con algún recelo, y ve otra señora no menos bien vestida y misteriosa. Siguió a la primera sin saber si debía saludarlas o callar, porque ninguna hablaba y no podía verles el rostro por la poca luz que permitían unas cortinas de damasco en las vidrieras, que tampoco no estaban del todo abiertas. La que iba delante llegó hasta la ventana y se paró; la que venía detrás se paró también, y él en medio de las dos, no adivinaba en qué pararía aquello ni podía conocer cuál de ellas sería sor Mercedes. Mientras miraba ya a la una ya a la otra, ellas guardando el mismo silencio, fueron adelantando cada una de su punto a juntarse en frente de él entre dos alcobas que había y quedaron a unos seis pasos como dos estatuas. Estuviéronle mirando así un poco y él a ellas: y luego la que vino delante dijo medio en verso, pero en tono grave y fingiendo la voz, porque se conocía:

Habéis venido al terrero

Bien engañado, por Dios;

No un corazón, sino dos,

Necesitáis, caballero.

Él, saliese lo que saliese, pero adoptando el sentido cortesano, respondió con serenidad y presteza:

Si de amor es el terrero,

Uno me basta, por Dios;

Bien puede servir a dos,

Si se ofrece, un caballero.

Y otra vez se quedaron mirando. Entonces la misma de los versos dijo en su voz natural y con mucha confianza y ahínco: ¡Ah, ciego!, y corrieron las dos a abrazarle, recibiéndolas él un poco dudoso, preocupado siempre con la suerte y desgracia de sor Mercedes. Acabólas en fin de conocer, y exclamó: ¡Hijas mías! Porque eran... ¿Quién se lo había de imaginar? Eran Juanita y Paulina, que le conocieron en el balcón del virrey y discurrieron aquella aventura para causarle susto y gozar de su turbación y zozobra. No acababan de alegrarse, de mirarle, de satisfacer y sosegar el corazón lleno de amor y de ternura. Y tomándole las manos le entraron en el estrado.

Quisieron explicarse; pero preguntaron tantas cosas y tan de tropel, que en vez de responderles, porque era imposible de aquel modo, les soltó él también un largo borbollón de preguntas. Calmáronse poco a poco, y le fueron diciendo que eran casadas y habían venido a las fiestas con sus maridos; que Paulina tenía un niño de dos años, y a Juanita se le había muerto una niña de un año hacía tres meses; que los maridos con una criada para las dos, con el huésped y otros forasteros se habían ido a los toros y de allí irían a las fiestas del Pilar hasta las nueve de la noche yendo de paso a refrescar a otra casa; que habiéndole conocido ayer en el balcón del virrey habían acordado llamarle del modo que lo hicieron; y quedarse hoy en casa con pretextos que nunca faltaban a las mujeres, para verle y decirle que ellas siempre eran las mismas.

Preguntóles si estaban contentas con su suerte, y dijeron que no les pesaba de haberse casado; que Juanita estaban bien y mal, bien por la casa y el marido, porque la casa era muy rica y el marido un bonachón; y más que bien por su suegro, que era un hombre muy instruido y amable, pero que estaba mal por su suegra, porque con su genio era tres veces suegra lo mismo para los demás que para ella. Que Paulina había dado con gente sencilla y pacífica fuera de ser su suegro un poco áspero y gorito, aunque de buena razón generalmente.

- Pero, ¿es posible, dijo después Juanita, que en viéndote hayamos de volver siempre a niñas? ¿Y es posible que no hemos de saber quién eres después de tantos años? Pero el día ha llegado; cuando seáis casadas, dijiste; ya lo somos, cumple tu palabra. - La voy a cumplir, dijo él; no os lo haré desear más, porque bien lo merecéis. ¿Habéis oído hablar de Pedro Saputo? Al oír este nombre quedaron estupefactas, mudas, mirándose una a otra, mirándole a él, y como recorriendo en su memoria la historia de sus aventuras con él desde el noviciado.

Al fin, exclamó la misma Juanita: - ¡Tú, Pedro Saputo! ¡El Geminita, el estudiante, el caballero, ahora el cortesano y hombre de palacio! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podía ser otro! Ya no me admiro de tu mucho saber, de tu mucha agudeza, ni de nada de cuanto hemos visto desde que te conocimos. ¿Qué extraño que a todas nos engañases en el convento fingiéndote mujer, haciendo lo que hiciste y que nos encantases de aquella manera? Pero en fin, a ti te debemos el no haber quedado allí sepultadas para toda la vida; a ti debemos... Mira, Paulina, bien nos podemos perdonar los desatinos y locuras que con él hemos hecho. ¿Quién resiste a tus palabras? ¿Quién puede con esa gracia? ¿Quién no cree triunfar cuando sin reflexión ni sentido se deja llevar del encanto de tus miradas y llama suya tanta perfección y gallardía? - ¿Estás loca, Juanita?, le dijo él. ¿Concluyes y pasamos a otro asunto? - ¿Qué es concluir?, dijo Paulina. ¿Quién acabará de admirarse? ¡Pedro Saputo, nuestro antiguo y primer amante! ¡Oh!, sí que lo eres, sí, no lo dudamos, si no eres algún diablico del infierno. ¡Y tan ciegas nosotras, Juanita! ¡Y tanto como hemos oído tu nombre, no dar en que tú solo podías ser! Hombre y demonio, ¿de dónde has salido? ¡Ah, cuántas torres habrán caído a tus pies! ¡Cuántas fortalezas se te habrán rendido! ¡Cuántas infelices deben pensar en ti en este mismo instante, y llorar y afligirse, mientras estás aquí con nosotras! Pero eres nuestro, y de nadie más; sí, nuestro, aunque sea crimen decillo. ¿Por qué te conocimos?

Hizo callar también a Paulina, y así hablando y volviendo siempre a lo mismo se pasó el tiempo hasta las nueve; a esa hora se levantó y se fue a la posada, diciéndoles que no podría volver a verlas; pero prometiéndoles ir a sus pueblos.

Acabáronse las fiestas; descansaron tres o cuatro días y ellas se fueron con sus maridos a sus pueblos, y él, a Almudévar con su madre y las niñas. A su llegada le visitaron en cuerpo los del concejo, luego de formalidad y con el afecto que siempre, los dos hidalgos y medio que había en el lugar y los tres caballeros que se daban a entender que lo eran por tener caballo y ceñir espada los días festivos. A los del concejo encargó mucho que hablasen poco de los tres higos, y les dijo que para librarse de la baya del vejamen que les darían otros pueblos no reparasen en echarle la idea y la obra, y así creerían que hubo en ella algún misterio, como quiera que, al cabo, misterio había tenido su presencia en la corte y su asistencia en palacio.

Mas de haberle visto familiar amigo del virrey y de otros personajes no se admiraban, porque, aunque aldeanos y sin mundo, bien se les alcanzaba que Pedro Saputo era hombre para eso y para mucho más; ni aun de que a Su Majestad hubiese merecido tanto favor. Y todos se creían honrados con la fama y gran persona de aquel hijo de su pueblo.

sábado, 27 de julio de 2024

2. 15. Sap Pedro Saputo de fray Toribio, lo del códul, y se quede al seu poble.

Capítul XV.

Sap Pedro Saputo de fray Toribio, lo del códul, y se quede al seu poble.

Tan pronte va perdre de vista lo poble de Morfina, li va torná a agarrá lo malsón dels alguasils, sol en pensá que camináe cap al seu poble aon sense duda lo aguardaben pera péndrel. A tot li anáe donán la isquiarra així com per instín, y si no se apartabe tampoc se arrimabe; ademés de habé adelantat mol poc en tres díes que portáe de marcha desde la despedida dels seus compañs, perque tot ere equis y marros lo que fée.

Lo matí siguién va allargá lo pas en intensió de aviás per los montes de la serra de Guara y passá si ere menesté lo Pirineu; cuan allá a les nou poc mes o menos va vore vindre per un atre camí a la dreta una multitut de gen que per les señes ere una professó o romería. Allá van, va di y allá vach yo tamé; un estudián a tot arreu es ben ressibit, y este traje me libre de sustos. Va dixá passá la professó y va aná a ajuntás en los ressagats, que eren joves que se preocupaben mol poc de la religió de la festa, y mossetes mol alegres que tamé se trobáen milló en aquella compañía que en los que anáen dabán resán rosaris y letaníes. Va pensá en lo penitén de Barbastro y va di: ¡cuans farán avui la mateixa penitensia!

Van volé divertís en ell com gen de poc servell; pero les seues respostes eren tan agudes, les seues paraules tan tallans, que en poc rato se li van declará amics, y tres de ells lo van convidá a minjá al seu rancho.

- Si mos han de fé compañía estes sagales, va di ell, assepto lo convit, si no, no. Ya sabéu que la dona es la grassia de la vida y la gloria de la fortuna, sense elles está mort lo món y la fortuna es casi tan próspera com contraria. Cada vegada que parláe se prendaben mes de ell aquells mossos.

Un de ells al poc rato li va di:

- Ara penso yo que lo caball de Roldán, que va saltá aquelles peñes de una a l'atra (les estáe mirán de frente), habíe de sé ben saltadó y ligero.

- Yo vach está una vegada allí, va di un atre, desde Santolarieta; y lo mínim que ña de una part a l'atra es un llarg tiro de bomba.

- ¿Y sabéu vatros, va di Pedro Saputo, lo que va passá después de fotre lo caball tan gran bot?

- Natros, van contestá, no sabem mes que Roldán va saltá aquelles peñes escapán de Oliveros de Castilla.

peña de Amán

- Pos be, va di Pedro Saputo, yo tos diré lo demés. Lo caball se va reventá al caure a l’atra part, y Roldán va escomensá a corre a peu, y brincán de peña en peña hasta l'Ou de San Cosme, va pujá a dal de tot, y a Oliveros, que se va quedá a l’atra peña mirán y en tres pams y mich de nassos, li va fé dossentes sixanta y vuit figues y cuatressentes noranta set butifarres. ¿Sabíeu aixó vatres? 

- No, li van contestá.

- Pos tampoc sabréu, va continuá ell, un atra cosa que va passá encara mes grossa que lo salt. Al caball, al tems que atravessáe l'aire, li van caure les sobres al riu Flumen per art y malefissi de un encantadó; lo Flumen les va portá a la Isuela, la Isuela a Alcanadre, Alcanadre al Cinca, lo Cinca al Segre, lo Segre a l'Ebre, lo Ebro al mar, lo mar se va abalotá y de ola en ola van aná les pesses a pará a la ribera de África entre dos cabrahigos, y allí va naixe una mota, que va traure tres flos mol majes, una blanca, un atra negra, y un atra morada; va arribá una yegua y se va minchá les flos y la mota; y va parí después tres caballs dels mateixos colós que les flos; los caballs anáen tan a escape, que corríen y brincáen trenta y dos vegades mes depressa que lo ciervo mes rápit de la serra de Ontiñena.

Encantadets, en la boca uberta, bobos per dins y per fora estáen ixos joves y mossetes sentín contá al burlón de Pedro Saputo aquell maravillós cuento; y sense donassen cuenta van arribá a la ermita. Van descansá una mica, y apuntalanse al magre y cansalada, se van escomensá los ofissis, o sigue, la missa.

Estáe Pedro Saputo a la iglesia en los seus nous amics, y va vore pujá al predicadó al púlpito. ¡Oh quina casualidat! ¡Oh quina geló li va entrá al vórel y conéixel! Ere lo mateix pare prior dels carmelitas de Huesca; lo que habíe ajustat la pintura de la capella. Pero va pensá en lo seu disfrás de estudián, y se va assegurá de la borrasca.

Va arribá la hora de minjá y sen va aná al rancho aon estáe convidat, al que va reiná la franquesa y la alegría, y tamé potsé algún exés de libertat. Va durá tan lo minjá y lo beure, y lo riure, que va tindre tems un tío de un de aquells mossos que habíe minjat a la taula del predicadó, de vindre aon ells estáen y contáls un cas mol grassiós que habíe referit son pare minchán. Y los conte pun per pun lo cas de Pedro Saputo en la pintura de la capella y lo arrebato y manera en que va tancá la boca al flare que anáe a provocál tots los díes. 

- Pera un mes, va afegí, diu que va tindre que curás fray Toribio, ple de nafres y faixes. Y lo pare predicadó diu que sen enríe mol contanu, y que sol sentíe que no tornare Pedro Saputo a continuá la pintura, pos no volíe que datre ficare les mans an ella. Sentinu Pedro Saputo, va di per an ell: pos com se va escapá lo flare, segú puc aná ara al meu poble, y segú entrá a Huesca y hasta visitá al pare prior si me ve a má.

Caíe la tarde depressa; y reunida la gen dispersa van formá la professó y van marchá. Pedro Saputo se va despedí dels seus amics y va torse cap al seu poble en gran dessich de vore a sa mare y entregali les perres que habíe aplegat o arreplegat. Pero pera que no se sapiguere que va aná de tuno en los estudians, volén tindre dissimulada esta part de les seues aventures per está massa relassionada en lo del convén, va aná per Huesca, se va fé un traje nou de caballé, y va arribá al seu poble per lo mateix camí que habíe eixit.

¡Al seu poble! ¡Y casi chiquet que encara ere! ¡Y tan tems aussén!

¡Oh montes del meu poble! ¡Oh peñes, fons, valletes, riu, ambién, sel, nugols y celajes coneguts! ¡Oh sol y lluna que fa propis lo horizonte, y bañéu de la mateixa linea de ell los mateixos objectes sempre, los mateixos collets y faixes, los mateixos edifissis, la mateixa terra, y sempre del mateix modo! ¡Ay, tot aquí me coneix y me abrasse, tot es amor recíproco, tot cariño, dolsó, descans, tranquilidat, confiansa y seguridat! ¡Los ecos tan familiás; los muixonets fills del país, lo seu can acostumbrat o acostumat, lo seu vol sabut, los seus puestets frecuentats! ¡Los abres que vach vore de chiquet, si ne va desapareixe algún espessial o notable com lo platané de la Roseta sén lo cor la seua falta y no se console de no vorels! ¡Oh vana, engreída y engañosa filossofía, que este humano instín has volgut negá y vas traballá bárbara y nessia pera destruí esta sensibilidat, este amor a la patria, la coexistensia nessessaria, pressisa, natural y justa de este amor y de la vida! ¡Ay del que no cride seu lo sel que lo va vore naixe y lo mire en indiferensia! ¡Aparteulo del meu costat, pero lluñ, sí, ben lluñ, pos no lo vull com amic, ni sirá, si puc, lo meu compañ ni a la pas ni a la guerra!

Alborosat y en un jubileu que lo enarboláe y humits los ulls de tendresa va vore Pedro Saputo después de esta primera aussensia de set a vuit mesos lo horizonte, la linea del seu poble, lo monte de edifissis que se eixecáe a la vista, y va vore crusá y remontás les turcassos que pareixíe que lo saludaben en lo seu guc guc.

No ña allí ni riu, ni vall, ni fons, no ñan grans y siñalats objectes particulás; pero va trobá lo mateix amat sel, la mateixa amada terra, campiña, los mateixos camins, avingudes y erms que de chiquet recorríe; y ere, en fin, la seua vila, ere lo seu lloc, lo seu poble, la seua patria; y allí estáe la seua cuna y casa seua aon se va criá tan dolsamen; y allí sobre tot estáe sa mare y les demés persones del seu etern primé amor, que lo volíen en tendresa y lo habíen de voldre tota la seua vida.

Pero va volé entrá de nit pera evitá que se amotinaren los veíns a vórel; y se va aná aturán y fen tems, saboreján a la seua imaginassió la sorpresa y alegría de la arribada. Y perque no ere segú trobá a sa mare a casa an aquella hora va aná a la de sa padrina y va ensertá, perque estáe allí; anansen los dos después de acabá de abrassál y entendrís; y de sená tamé, pos no los van dixá anassen sense que senaren. Li van preguntá ansiosamen aón habíe estat y qué habíe fet tan tems, y ell contestáe que corre món, y vore món, y prometinlos cuentos llarcs.

Lo van visitá per lo matí totes les persones del poble, y abans y primé que ningú les seues dos amigues Rosa y Eulalia en molta franquesa y cordialidat; y tots se admiraben de vórel tan creixcut y tan home.

A los pocs díes va ressibí una carta del prior del Carmen a la que li donáe la benvinguda y li díe que no habén volgut que datre pintó continuare la obra de la capella, li suplicabe vinguere a concluíla, ya que lo de fray Toribio lo del códul no va sé gran cosa; y que en tot cas ell faríe que ni este flare ni datre lo molestaren. Pedro Saputo li va contestá al prior que aniríe la próxima semana a vores en ell, después de dixá ben encaminat un remiendo que estáe fense a casa seua, perque va volé arreglala una mica y renovala per dins. En efecte així que va tindre fet lo que mes pressa corríe, va aná cap a Huesca, y va entendre en mol gust de boca del prior lo escarmentat que va quedá fray Toribio, al que se li va maná baix pena de santa obediensia que ni una vegada parlare en lo pintó ni entrare están ell a la capella. Va continuá, pos, la seua obra, lo que va permití la estassió hasta que va calá en forsa lo hivern. Los mesos mes crugos los va passá a Almudévar dedicat al estudi y a la música.

Va vindre la primavera: la primavera, ¡ay! estassió tan apassible y dessichada, estassió tan plassentera y amable, y que pera natros ha desaparegut del añ. Lo món físic patix a la par que la moral y la política. ¡Quin tems que ham alcansat! ¡Qué diréu de natros, futures generassions!

Va vindre, com día, la primavera; va doná orden al que habíe de fé a casa seua, vivín tan en sa mare com en sa padrina, va acabá la obra de la capella, passán totes les semanes a vore y dirigí la seua perque no sen fiabe dels paletes, obrés.

Y la una y l'atra se van acabá a un tems, emportanse les singsentes libres de la de Huesca y un bon regalo que li va fé lo prior, perque li habíe fet dissimuladamen lo retrato al patriarca san Elías.

Les dos sales que va dixá pintades al poble van mereixe tantes alabanses dels forastés que les veíen, y alguns de ells en inteligensia, que lo bon agüelet del mossen va volé que tamé li pintare algo a casa seua, y li va doná gust y u va fé de vades per lo amor tan tendre que li debíe. Y a un atre ric li va pintá la sala del estrado. Lo va previndre Eulalia que no faiguere cosa milló que a la seua sala, perque se enfadaríe; y ell li va contestá: encara que vullguera no podría, perque ñabíe a la teua un ángel que me inspirabe.

No va acudí a la sita en los estudians; ells sí, y tan puntuals que per minuts portáen la hora. Burlats de la seua esperansa, van visitá a don Severo; y dissimulán Morfina, y portán recomanassió del pare pera portá al compañ del añ passat, van torse a la zurda y van passá la vía recta a Navarra per si lo trobáen. Ell se va enterá del pas de ells, pero se va aguantá y va riure; y perque va sentí no torná sisquera a un bon pasagonzalo de tuna, va carregá mes al amor de Eulalia uns díes pera consolás y ressistí aquella cridada tan forta y tossuda.


Original en castellá:

Capítulo XV.

Sabe Pedro Saputo de fray Toribio, el del guijarro, y se restituye a su pueblo.

Lo mismo fue perder de vista el lugar de Morfina, que le volvió a cargar la pesadilla de los alguaciles, sólo con pensar que caminaba hacia su pueblo en donde sin duda le aguardaban para prenderle. Con todo le iba dando la izquierda así como por instinto, y si no se apartaba tampoco se acercaba; además de haber adelantado muy poco en los tres días que llevaba de marcha desde la despedida de sus compañeros, porque todo era equis y marros lo que hacía.

La mañana siguiente alargó el paso con intención nada menos de lanzarse por los montes de la sierra de Guara y pasar si era menester el Pirineo; cuando sobre las nueve poco más o menos vio venir por otro camino a la derecha una multitud de gente que por las señas era una procesión o romería. Allá van, dijo y allá voy yo también; un estudiante donde quiera es bien recibido, y este traje me libra de sobresaltos. Dejó pasar la procesión y fue a juntarse con los rezagados, que eran jóvenes que se curaban muy poco de la religión de la fiesta, y mozuelas muy alegres que también se hallaban mejor con aquella compañía que con los que iban delante rezando rosarios y letanías. Pensó en el penitente de Barbastro y dijo: ¡cuántos harán hoy para igual penitencia!

Quisieron divertirse con él como gente de poco seso; pero sus respuestas eran tan agudas, sus palabras tan cortantes, que a pocas pruebas se le declararon amigos, y tres de ellos, le convidaron a comer en su rancho. - Si nos han de hacer compañía estas muchachas, dijo él, acepto el convite, si no, no. Ya sabéis que la mujer es la gracia de la vida y la gloria de la fortuna, sin ellas está muerto el mundo y la fortuna es casi igual próspera o adversa. Cada vez que hablaba se prendaban más de él aquellos mozos.

Uno de ellos a poco rato dijo: - Agora pienso yo que el caballo de Roldán, que saltó aquellas peñas de una a otra (las estaba mirando de frente), había de ser bien saltador y ligero. - Yo estuve una vez allí, dijo otro, desde Santolarieta; y lo menos que hay de una a otra es un largo tiro de bomba. - ¿Y sabéis vosotros, dijo Pedro Saputo, lo que sucedió después de dar el caballo tan grande salto? - Nosotros, respondieron, no sabemos más sino que Roldán saltó aquellas peñas huyendo de Oliveros de Castilla. - Pues bien, dijo Pedro Saputo, yo os diré lo demás. El caballo se reventó al caer en la otra parte, y Roldán echó a correr a pie, y llegando de peña en peña al Huevo de San Cosme se subió a lo alto, y a Oliveros, que se quedó en otra peña mirando y con tres palmos y medio de narices, le hizo doscientas sesenta y ocho higas y cuatrocientos noventa y siete cortes de manga. ¿Sabíais esto vosotros? - No, le respondieron. - Pues tampoco no sabréis, continuó él, otra cosa que sucedió aún más peregrina que el salto. Al caballo, al tiempo que atravesaba por el aire, se le cayeron las sobras en el río Flumen por arte y maleficio de un encantador; el Flumen las llevó a la Isuela, la Isuela a Alcanadre, Alcanadre al Cinca, el Cinca al Segre, el Segre al Ebro, el Ebro al mar, el mar se alborotó y de ola en ola fueron las piezas a parar a la ribera de África entre dos cabrahigos, y allí nació una mata, la cual sacó tres flores muy hermosas, una blanca, otra negra, otra morada; y llegando una yegua en calor se comió las flores y la mata; y parió luego tres caballos de los mismos colores cada uno del suyo; los cuales caballos fueron tan veloces, que corrían y saltaban treinta y dos veces más que el ciervo más ligero de la sierra de Ontiñena.

Absortos, embebidos, elevados, bobos de dentro y de fuera estaban aquellos jóvenes y mozuelas oyendo contar al burlón de Pedro Saputo aquel maravilloso cuento; y sin sentir se les acercó la ermita y llegaron. Descansaron un poco, y echando un puntal de magras de tocino, se principiaron los oficios, o sea, la misa.

Estaba Pedro Saputo en la iglesia con sus nuevos amigos, y vio subir al predicador al púlpito. ¡Oh casualidad! ¡Oh frío que le dio al verle y conocerle! Era el mismo padre prior de los carmelitas de Huesca; el que había ajustado la pintura de la capilla. Pero pensó en su disfraz de estudiante, y se aseguró de borrasca.

Llegó la hora de comer y se fue a su rancho, en el cual reinó la franqueza y la alegría, y también quizá con algún exceso de libertad. Duró tanto el comer y el beber, y el reír, que tuvo lugar un tío de uno de aquellos mozos que había comido en la mesa del predicador, de venir adonde ellos estaban y contarles un caso muy gracioso que había referido su paternidad comiendo. Y les cuenta punto por punto el suceso de Pedro Saputo con la pintura de la capilla y el rebato y manera con que cerró la boca al fraile que iba a provocarle todos los días. - Para un mes, añadió, dice que tuvo que curar fray Toribio, lleno de bizmas y fajas. Y el padre predicador dice que se reía mucho contándolo, y que sólo sentía que no volviese Saputo a continuar la pintura, pues no quería que otro pusiese las manos en ella. En oyendo que oyó Pedro Saputo, dijo entre sí; pues escapó el fraile, seguro puedo ir a mi pueblo, y seguro entrar en Huesca y aun visitar al padre prior si viene a mano.

Caía la tarde aprisa; y reunida la gente dispersa formaron la procesión y marcharon. Pedro Saputo se despidió de sus amigos y torció hacia su lugar con gran deseo de ver a su madre y entregarle el caudal que había allegado. Mas para que no se supiese que anduvo de tuna con los estudiantes, queriendo tener disimulado esta parte de sus aventuras por estar demasiadamente unida con lo del convento, fue por Huesca, se hizo un traje nuevo de caballero, y se dirigió y llegó a su pueblo por el mismo camino que había salido. ¡A su pueblo! ¡Y niño aún casi! ¡Y tanto tiempo ausente!

¡Oh montes de mi lugar! ¡Oh peñas, fuentes, valles, río, ambiente, cielo, nubes y celajes conocidos! ¡Oh sol y luna que hace propios el horizonte, y bañáis de la misma línea de él los mismos objetos siempre, los mismos collados y laderas, los mismos edificios, el mismo suelo, y siempre del mismo modo! ¡Ay, todo aquí me conoce y me abraza, todo es amor recíproco, todo cariño, dulzura, descanso, paz, confianza y seguridad! ¡Los ecos tan familiares; las aves hijas del país, su canto acostumbrado, su vuelo sabido, sus sitios frecuentados! ¡Los árboles que vi de niño y de los cuales si desapareció alguno especial o notable siente el corazón su falta y no se consuela de no verlo! ¡Oh vana, engreída y engañosa filosofía, que este humano instinto has querido negar y trabajaste bárbara y necia en destruir esta sensibilidad, este amor a la patria, la coexistencia necesaria, precisa, natural y justa de este amor y de la vida! ¡Ay del que no llama suyo el cielo que vio nacer, que le mira con indiferencia! ¡Echadle de mi lado, pero lejos, sí, muy lejos, pues no le quiero por amigo, ni será, si puedo, mi compañero en la paz ni en la guerra!

Alborozado y con un júbilo que le sacaba de sí y arrasados los ojos de ternura vio Pedro Saputo después de esta primera ausencia de siete a ocho meses el horizonte de su lugar, el monte de edificios que levantaba a la vista, y cruzar y remontarse las alondras que parece le saludaban con su canto. No hay allí río, no hay valles, no hay fuentes, no hay otros grandes y señalados objetos particulares; pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorría; y era, en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió tan dulcemente; y allí sobre todo estaba su buena madre y las demás personas de su eterno primer amor, que también le amaban tiernamente y le habían de amar toda su vida.

Mas quiso entrar de noche por evitar que se amotinasen los vecinos a verle; y se fue deteniendo y haciendo tiempo, saboreando en su imaginación la sorpresa y alegría de la llegada. Y porque no era seguro encontrar a su madre en casa a aquella hora fue a la de su madrina y acertó, porque estaba allí; yéndose los dos luego que acabaron de abrazarle y enternecerse; y de cenar también, pues no les dejaron ir sin que cenasen. Preguntáronle ansiosamente dónde había estado y qué había hecho en tanto tiempo, y él respondía que correr mundo, y ver mundo, y prometiéndoles cuentos largos para más de espacio.

Visitáronle por la mañana todas las personas visibles del lugar, y antes y primero que nadie sus dos amigas Rosa y Eulalia con mucha franqueza y cordialidad; y todos se admiraban de verle tan crecido y tan hombre.

A los pocos días recibió una carta del prior del Carmen en que le daba la bienvenida y le decía que no habiendo querido que otro pintor continuase la obra de la capilla, le suplicaba viniese a concluirla, puesto que lo de fray Toribio no fue cosa de cuidado; y que en todo caso él haría que ni este fraile ni otro alguno le molestase. Con el mismo propio respondió Pedro Saputo al prior, que iría la próxima semana a verse con su paternidad o en dejando que dejase bien encaminado un remiendo que estaba haciéndose en su casa, porque quiso repararla un poco y renovarla interiormente. Con efecto así que tuvo hecho lo que más urgía, pasó a Huesca, y entendió con mucho gusto de boca del prior lo escarmentado que quedó fray Toribio, a quien sin embargo se le mandó bajo pena de santa obediencia que ni una sola vez hablase con el pintor ni entrase estando él en la capilla. Continuó, pues, su obra, lo que permitió la estación hasta que caló con fuerza el invierno, cuyos meses de más crudeza los pasó en Almudévar dedicado al estudio y a la música.

Vino la primavera: la primavera, ¡ay! estación tan apacible y deseada, estación tan placentera y amable, y que para nosotros ha desaparecido del año. El mundo físico padece al par del moral y político. ¡Oh tiempos que hemos alcanzado! ¡Qué diréis de nosotros, futuras generaciones!

Vino, como decía, la primavera; dio orden en lo que había de hacer en su casa, viviendo en tanto con su madre en la de su madrina, y fue a dar cabo a la obra de la capilla, pasando todas las semanas a ver y dirigir la suya porque no se fiaba de los albañiles.

Y una y otra se concluyeron a un tiempo, trayéndose las quinientas libras de la de Huesca y un buen regalo que le hizo el prior, porque en el patriarca san Elías había hecho disimuladamente su retrato.

Las dos salas que dejó pintadas en el pueblo merecieron tantos elogios de los forasteros que las veían, y algunos de ellos con inteligencia, que el buen anciano del cura quiso que también le pintase algo en su casa, y le dio gusto y lo hizo gratuitamente por el amor tan tierno que le debía. Y a otro rico pintó asimismo la sala del estrado. Prevínole Eulalia que no hiciese cosa mejor que su sala, porque se enojaría; y él le respondió: aunque quisiera no podría, porque hay en la tuya un ángel que me inspiraba.

Excusado es decir que no acudió a la cita de los estudiantes; ellos sí, y tan puntualmente que por minutos llevaban la hora. Burlados en su esperanza, visitaron a don Severo; y disimulando Morfina, y llevando recomendación del padre para traer al compañero del año pasado, torcieron a la izquierda y pasaron la vía recta a Navarra por si daban con él, creyéndole siempre navarro. Él bien supo del paso de ellos, pero se aguantó y rió; y porque sintió no volver siquiera a un buen pasagonzalo de tuna, cargó más al amor de Eulalia unos días para consolarse y resistir aquella llamada tan fuerte y retozona.