Mostrando las entradas para la consulta enteníen ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta enteníen ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de julio de 2024

4. 14. Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Capítul XIV.

Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Braulio Foz, Fórnoles, Matarraña, Teruel; Máximes y sentensies de Pedro Saputo.

Solíe di que preferíe enemics espabilats que amics apamplats. 

Díe que en general tots los homens són bons y tots roíns, perque no los ham de demaná lo que no poden doná, ni voldre que obron com no los convé encara que igual entenen mal esta conveniensia. 

Y en cuan a la justissia, que o no la coneixen en los casos que obren mal, o que no saben lo que val.

Li van preguntá una vegada, quins homens eren los mes perjudissials, y va contestá que los envechosos. Se van admirá de esta resposta, y van voldre sabé lo que sentíe dels lladres, assessinos y datres; y va di, que dels primés, lo envechós pegue en lladre, y per enveja escomensaben a sé roíns; que los atres són uns miserables, ignorans, soques y mal encaminats per uns atres com ells, o perduts per la mala educassió cuan eren chiquets y mossos; pero que al final, tart o pronte se fa justissia. Pero que lo envejós o la envejosa es un verdadé malsín, lo traidó per naturalesa, lo animal propiamen dit, contra qui no ña cástic a les leys ni a les costums, per al mal que cause en general y en particulá, que es mes que lo que mos ve de totes les demés classes juntes de homens perversos y malvats. Que la enveja ha causat mes trastornos al món que la codissia y la ambissió juntes, si no es que la ambissió sigue un nom dorat pera la enveja. Pero que sin embargo podíen alguna vegada, y de particulá en particulá, produí un be paregut al de les cagarrines y colics al cos humano, que si no són frecuens ni mol graves, fan al home templat y sobrio.

Tamé díe moltes vegades que la avarissia no habíe eixecat cap casa; y sí moltes lo orden y la economía.

Díe que los mes grans enemics del be del home solen sé la vanidat y la dropina. La vanidat perque gaste mes de lo que pot y se arruine o diu mes de lo que deu y cau en grans inconveniens; y la perea, la dropina, perque va detrás de les estassions al tems, de la saó als negossis, dels fets als acontessimens, dixansu vindre tot damún, hasta que li cau la casa y acabe a les seues ruines, enrunat y arruinat, o fuch espantada y no trobe aon fotres, pobra, falta de consell y aburrida.

Díe que la tontería es mal incurable (només cal vore a Carlos Rallo Badet) y códul al que sempre se entropesse; y que los tres mes grans traballs que pot passá un home són viure en imbessils, tratá en embusteros y viachá en un cobart (Julio Micolau de La Fresneda fa les tres coses, que pareix lo gos de Quintaneta).

Lo influjo de la imprenta y la aplicassió de cadaú guiada y exitada per los sabuts, díe que lo faríen home al món, perque hasta ara (al seu tems) encara no habíe eixit de chiquet.

Creíe que los homens may habíen sigut millós, sino que a uns atres tems van tindre menos leys y menos sossiedat, y així menos juissi y censura de les seues acsions; pero que la sossiedat se habíe anat constituín milló, encara que no be del tot.

Segons ell, los homens del seu tems no enteníen lo comers, la agricultura, les arts, ni les siensies, perque li pareixíe que no veíe mes que torpesa, casualidat, charlatanisme y miseria.

Cuan se va sabé la seua ressolusió de casás li van preguntá, cóm sén tan sabut caíe an esta vulgaridat. Y va contestá: no es vulgaridat casás, perque es seguí la naturalesa, sino casás mal per interés o per mera y sola raó de nom, y queixás después, o condená lo matrimoni y parlá mal de les dones.

Abans de coneixe a son pare díe que donáe grassies a Deu perque no lay habíe dixat coneixe, pos habíe vist mols chiquets de qui no li penaríe sé pare, y pocs homens de qui voldríe sé fill. 

Pero cuan va trobá a son pare, va plorá de pena de no habél conegut desde la cuna. Y sobre lo seu apellit va contestá a don Vicente, son germá de Morfina, que li va preguntá si estáe orgullós de ell: ya me pareixíe a mí que no podíe escapá de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, perque estos linajes són com los vileros que a tota vila se troben.

Com habíe tratat en flares y monges y los coneixíe mol be, díe que an aquells los faltabe un voto, y an estes nels sobraben dos. 

Pero no explicabe mes, y no sabem quins votos eren eixos.

Per tres coses (díe) donaría yo la vida: per la religió que professo, per ma mare y per lo meu poble. Li van preguntá una vegada que acababe de di aixó, si la donaríe per lo Rey; y va contestá que no enteníe la pregunta.

Solíe di que en general la primera nessessidat de les dones es parlá; la segona murmurá de atres, y la tersera, sé adulades.

La perea als jovens, la desautoridat als agüelos, la vanidat a les fees, y casá a un home baixotet en una dona alta, díe que són cuatre pecats iguals, contra natura.

Recomanán la frugalidat solíe di: carn una vegada al día, y eixa a 

l'olla o rostida. Y condenán la tacañería als plats: lo milló dols es la mel, lo milló coc, lo bon pa, lo milló licor, lo bon vi, y lo milló guiso, lo mes curtet y simple.

Díe que ñabíe cuatre coses que lo ficaben a pun de alferessía: taula menuda, llit curt, mula pesada, y navalla sense esmolá.

Cuatre que li omplíen l'alma de rissa: una agüela en flos, un home gurrumino, un predicadó de mal ejemple, y un flare o retó fenli la roda a una dama.

Y cuatre que li féen portá la má a la espasa:

engañá a un sego, feli la burla a un agüelo, un home peganli a una dona, y un fill maltratán a son pare o a sa mare.

Están a Sevilla li van brindá si volíe aná a vore a una poetisa que componíe sonetos, églogues de pastós y atres poemes; y va contestá que sí, pero que li habíen de di en tems lo día y la hora perque volíe preparás.

- ¿Quína preparamenta nessessitéu?, li van preguntá, y va di:

purgám y llimpiá be la pancha, y después péndrem un elixir que sé fé yo en gitam, mol espessial contra los vomits y la fluixera de ventre.

Entre les sentensies dels antics la que mes li agradáe ere aquella de Virgilio: Felix qui potuit rerum cognoscere causes. "dichós, felís, lo que alcanse a coneixe les causes de les coses»; aixó es, a la naturalesa.

Y de ell la sentensia mes sélebre es esta: que lo mol resá a ningú ha fet san, ni lo mol lligí sabut (només cal vore a Moncho), ni lo mol minjá ressio y fort.

Moltes atres dites y sentensies se li atribuíxen; pero o són mol vulgás, o sels vol doná autoridat en lo seu nom. Y així mateix se conten de ell diferens fets que de cap manera corresponen al consepte que lo seu gran talento y máxima prudensia mereixen.

Yo estic convensut de que així los dits com los fets que corren com si foren seus y són tan indignes de la seua discressió y sabiduría, perteneixen al fals o apócrifo Pedro Saputo, a qui los de Almudévar van fotre fora a gorrades y en raó del seu poble, tan malparat lo malparit, y que, com ham dit, ere un acsiomo, un dropo, gat, torpe, indessén, (algo paregut a Mario Sasot Escuer, lo de la revista de la franja del meu cul.)

Mario Sasot Escuer, capsot, franchista, la franja del meu cul

Lo fill de la pubilla va sé mol sobrio, mol fi, mol amable, persona de mol respecte, y tan gran en tot com se ha vist an esta verdadera historia de la seua vida.


Original en castellano:

Capítulo XIV.

Máximas y sentencias de Pedro Saputo.

Solía decir que más quería enemigos agudos que amigos tontos.

- Decía que hablando en general todos los hombres son buenos y todos malos, porque no les debemos pedir lo que no pueden dar, ni querer que obren como no les conviene aunque tal vez entiendan mal esta conveniencia. Y en cuanto a la justicia, que o no la conocen en los casos que obran mal, o que no saben lo que vale.

- Preguntáronle una vez, qué hombres eran los más perjudiciales, y respondió que los envidiosos. Admiráronse de esta respuesta, y quisieron saber lo que sentía de los ladrones, matadores y otros; y dijo, que de éstos mucha parte eran también envidiosos y por envidia comenzaban a ser malos; que otros son unos miserables, ignorantes, rudos y mal encaminados por otros como ellos, o perdidos por la mala educación en su niñez y mocedad; pero que al fin de todos ellos tarde o temprano se hace justicia. Mas que el envidioso es un verdadero malsín, el traidor por naturaleza, el animal propiamente dañino, contra el cual no hay castigo en las leyes ni en las costumbres, para el daño que causa en general y en particular, que es más que el que nos viene de todas las demás clases juntas de hombres perversos y malvados. Que la envidia ha causado más trastornos en el mundo que la codicia y la ambición juntas si no es que la ambición sea un nombre dorado de la envidia. Pero que sin embargo podían alguna vez, y de particular a particular, producir un bien parecido al de las indigestiones y cólicos en el cuerpo humano, que si no son frecuentes ni muy graves, hacen al hombre templado y sobrio.

- También decía muchas veces que la codicia no había levantado ninguna casa; y sí muchas el orden y la economía.

- Decía que los mayores enemigos del bien del hombre suelen ser la vanidad y la pereza. La vanidad porque gasta más de lo que puede y se arruina o dice más de lo que debe y cae en grandes inconvenientes; y la pereza, porque va detrás de las estaciones en el tiempo, de la sazón en los negocios, de los hechos en los acontecimientos, dejándoselo venir todo encima, hasta que se le cae la casa y acaba en sus ruinas, o huye espantada y no encuentra donde meterse, pobre, falta de consejo y aborrecida.

- Decía que la necedad es mal incurable y piedra en que siempre se tropieza; y que los tres mayores trabajos que puede pasar un hombre son vivir con necios, tratar con embusteros y viajar con un cobarde.

- El influjo de la imprenta y la aplicación de cada uno guiada y excitada por los sabios, decía que harían hombre al mundo, porque hasta ahora (en su tiempo) aún no ha salido de niño.

- Creía que los hombres nunca habían sido mejores, sino que en algunos tiempos tuvieron menos leyes y menos sociedad, y así menos juicio y censura de sus acciones; pero que la sociedad había estado mejor constituida, aunque no bien del todo.

- Según él, los hombres de su tiempo no entendían el comercio, la agricultura, las artes, ni las ciencias, porque le parecía que no veía sino torpeza, casualidad, charlatanismo y miseria.

- Cuando se supo su resolución de casarse le preguntaron, cómo siendo tan sabio caía en esta vulgaridad. Y respondió: no es vulgaridad casarse, porque es seguir la naturaleza, sino casar mal por interés o por mera y sola razón de nombre, y quejarse después, o condenar el matrimonio y hablar mal de las mujeres.

- Antes de conocer a su padre decía que daba gracias a Dios porque no se lo había dejado conocer, pues había visto muchos niños de quien no le pesaría ser padre, y pocos hombres de quien quisiera ser hijo. Mas cuando encontró a su padre, lloró de pena de no haberle conocido desde la cuna. Y acerca de su apellido respondió a don Vicente, el hermano de Morfina que le preguntó si estaba muy vano de él: ya me parecía a mí que no podía escapar de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, porque estos linajes son como los gorriones que en todo poblado se encuentran.

- Como había tratado con frailes y monjas y los conocía muy bien, decía que a aquéllos les faltaba un voto, y a éstas les sobraban dos. Pero no explicaba más, y no sabemos qué votos eran éstos.

- Por tres cosas (decía) daría yo la vida: por la religión que profeso, por mi madre y por mi pueblo. Preguntáronle una vez que acababa de decir esto, si la daría por el rey; y respondió que no entendía la pregunta.

- Solía decir que en general la primera necesidad de las mujeres es hablar; la segunda murmurar de otras, y la tercera, ser aduladas.

- La pereza en los jóvenes, la desautoridad en los viejos, la vanidad en las feas, y casar hombre pequeño con mujer alta, decía que son cuatro pecados iguales contra natura.

- Recomendando la frugalidad solía decir: carne una vez al día, y ésa en la olla o asada. Y condenando la prolijidad en los platos: el mejor dulce es la miel, el mejor bizcocho, el buen pan, el mejor licor, el buen vino, y el mejor guiso, el más corto y simple.

- Decía que había cuatro cosas que le ponían a punto de alferecía: mesa pequeña, cama corta, mula pesada, y navaja sin filo. Cuatro que le regaban el alma de risa: una vieja con flores, un marido gurrumino, un predicador de mal ejemplo, y un fraile o clérigo haciendo la rueda a una dama. Y cuatro que le hacían llevar la mano a la espada: engañar a un ciego, burlarse de un viejo, un hombre pegando a una mujer, y un hijo maltratando a su padre o a su madre.

- Estando en Sevilla le brindaron si quería ir a ver una poetisa que componía sonetos, églogas de pastores y otras poesías; y respondió que sí, pero que le habían de decir con tiempo el día y la hora porque quería prepararse. 

- ¿Qué preparación necesitáis?, le preguntaron, y dijo, purgarme y limpiar bien el estómago, y luego tomar un elixir que sé yo hacer muy especial contra las náuseas y la flojedad del vientre.

- Entre las sentencias de los antiguos la que más le gustaba era aquella de Virgilio, Felix qui potuit rerum cognoscere causas. «Dichoso el que alcanza a conocer las causas de las cosas»; esto es, a la naturaleza.

- Y de él la sentencia que más se celebra es ésta: que el mucho rezar a nadie ha hecho santo, ni el mucho leer sabio, ni el mucho comer robusto y fuerte.

Muchos otros dichos y sentencias se le atribuyen; pero o son muy vulgares, o se les quiere dar autoridad con su nombre. Y asimismo se refieren de él varios hechos que de ningún modo corresponden al concepto que su gran talento y suma prudencia le ha merecido. Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como los suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría, pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan malparado, y que, como hemos dicho, era un mentecato, un vago y un borracho torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo como se ha visto en esta verdadera historia de su vida.

domingo, 28 de julio de 2024

3. 13. De la comisió de les tres figues.

Capítul XIII.

De la comisió de les tres figues.

De la comisió de les tres figues.


¡Oy!, ¡cuántes classes, espessies y géneros de lladres ñan al món! Uns en trajes de caballé, atres en lo de pillos. Uns roben desde casa seua, a peu firme y a lance segú; atres al carré, al campo, als camins; ñabenne a tot arreu y pera tot, y están tan poc segús de ells los palaus y hasta les mateixes corones dels reys, com la mes solitaria aldea y la fruita mes roína del abre que creix sol al desert com lo dels Monegros. Pero en tanta variedat y diferensies de lladres, cuatreros y tahurs, cap de ells són mes serenos y rematats que los historiadós; y encara presumín mol de honrats sol perque no roben o furten per an ells. Pero per aixó lo furt no dixe de séu, y la despulla. A fé que si los despullats no estigueren morts, generalmen, que no sempre, los estiguere be lo seu atrevimén.

Ha de sabé lo lectó, que un autó extrangé (de La Portellada no) li ha tret a Pedro Saputo lo fet y comissió de este capítul, pera donálay a un personache arrapiezo que may ha existit, y a qui fingix una vida y aventures tan enatizas com la persona, pera entretindre a gen, musics, mossos de botiga, pajes, lacayos y chiquets de escola

Y después vol dissimulá y realsá la baixesa de la seua invensió en alegoríes de aquell tems, que així medren als meus enemics com diuen a la fábula y lo seu puro significat. Sempre han fet aixó los extranjés; espessialmen los italians y los fransesos, habén casi arribat a di aquells que lo Gran Capitán va adependre a montá a caball de un padrone que va tindre a la Calabria; y éstos, que Cervantes va naixe a la botiga de un barbé de Versalles. 

¿Qué extrañ es, pos, que homens de tan poc aquell (vergoña anaba a di) se haiguen propassat traénli a Pedro Saputo la gloria del fet que referim?

Lo que yo mes séntigo es que lay haiguen atribuít a un fulano de tan poc valor, ridícul y carregat de despressio, aixó ha corromput la grassia, ha malmetut lo coló y revocat la dignidat de la acsió al héroe de Almudévar. Pero tindrá lo seu mérit, original y primitiu, mal que li peso al menguat biógrafo que va adorná en ella la vida del seu arrugat y monstruós engendro.

A la esplanadeta del collet de la Corona ñabíe una figuera que may habíe donat fruit, y aquell añ va doná tres figues tan hermoses, redones y extraordinaries, que lo consell va determiná enviales de regalo a S. M., y van nombrá a Pedro Saputo per al encárrec y comissió de portales. Van maná fé una sistelleta mol pulida a un sistellé de Huesca, lo mes famós que ñabíe a la siudat, trunfero per afissió, en tres compartimens pera ficá les figues separades. Y una vegada fet tot y ficades les figues ben tobetes, li van doná a Pedro Saputo la sistella, li van doná perres per al viache, y va empendre lo camí de la Cort.

Al poc tros va escomensá a dís per an ell; aixó que fan los del meu poble es una grandíssima burrada, y no sé yo cóm dissimulala pera que no u paregue. Suposat que arribo allá: y ¿qué dic? ¿Qué diré an aquelles raboses descoades dels cortesans? Y ¿qué dirán cuan veiguen que desde Almudévar, a Aragó, porten tres figues a S. M. y demano audiensia y les vull presentá e insistixco en alló? A mí no me importe aná a la Cort; ha de vóretos y ressibitos lo Rey o yo no soc Pedro Saputo. Pero ¿cóm mu faré yo pera que esta ignoransia y sagalería redundo en estimassió y crédit dels del meu poble? 

Y així discurrín va aná caminán la seua jornada, y lo cuart día va arribá a Alcalá de Henares, enrecordansen del gran Miguel de Cervantes Saavedra y del poble de Horna, aon naix lo riu. Ya estic prop, va di; y per al que ting cavilat, lo mateix són dos figues que tres; men minjo una. Y se la va minjá y va tirá cap abán. Arribat al puesto que diuen la venta del Espíritu San, va di: per al que hay tornat a pensá, lo mateix es una figa que dos; men minjo un atra, y se la va empassá o cruspí y va tirá cap abán. Va arribá al Bon Retiro aon ressidíe lo Rey y tota la real familia; y com tot u portáe mol discurrit, compost y considerat, va entrá a palacio mol confiat y sereno.

Ere entonses lo que privabe a palau, per sé lo gust dominán, les bufonades y chocarreríes. De modo que la grassia y mérit de la bona conversa y trate cortessano consistíe en chistes, equívocos, conceptillos y agudeses mes que menos indessentes, passán tot de bona ley a títul de discressió y galantería. Va sabé aixó Pedro Saputo cuan va passá l'atra vegada per la Cort; per sert que se va avergoñí de vore tanta baixesa al mateix tems que majestat y dignidat que corresponíe a un imperi tan gloriós, a una Cort com la de España, siñora de tans mons. Pero ara li va pareixe que aixó mateix li fassilitáe la seua comissió, y esperabe eixissen de ella airós.

En efecte, va arribá a palau, y fen lo pas del baubo va demaná vore a S. M., a qui portáe un ofissi de la Vila de Almudévar y en ell un regalo que seríe contat als anals del regne per la cosa mes estupenda que s'haguere vist. Li van preguntá al pun los cortesans qué ere lo que portáe, y va contestá que primé u habíe de sabé 

Sa Majestat, que ells u voríen pero no u cataríen. Y que no lo entretingueren mol perque ere home de poca passiensia y se embutiríe a la cámara y hasta al llit de S. M. digueren lo que digueren. Ells van volé divertís, y lo paraben insistín pera vore lo que portáe a la sistella. Ell los va di, sempre fense lo simplet com Rallo Badet:

- Miréu, polilles, que si me cabrejo, arrenco o apreto a corre cap ahí dins, despenjo la espasa de S. M. y tos conjuro en ella y tos envío a per almes de alquiler si ña a la Cort qui les alquilo, perque tos hau de quedá sense la vostra.

- ¿Hau vist, va di un de ells, un lloco mes grassiós? Portemlo a S. M. que, per San Jorge, li agradará mol sentíl. Y lo van ficá entre mich de tots fen un rogle y lo van entrá a la cámara de S. M.

Arribat a la presensia del Rey en lo ofissi o plec a la má y la sistella a l'atra, li va demaná llissensia pera presentali un ofissi escrit del ajuntamén del seu poble, y S. M. lo va admití en agrado, y lligit lo que ñabíe, va di:

- ¿Conque me portes tres figues?

- Sí, siñó, aquí están, an esta sistelleta. Y lay entregue a S. M. 

La va obrí lo Rey, y no veén mes que una figa va di:

- Aquí sol ña una figa.

- Pos una, va contestá Saputo.

- Pero lo ofissi rese tres, va di lo Rey.

- Pos tres, va contestá lo bribón.

- Home, va di lo Rey; lo ofissi diu que me envíes tres figues y aquí sol ne vech una.

- Aixó, siñó Rey, consistix en que abans de arribá m'hay minjat yo les atres dos.

- ¡Te les has minjat! ¿Y com has pogut féu?, va preguntá lo Rey. 

- Aixina mateix, va contestá Pedro Saputo, y agarranli al Rey la figa de la má se la va fotre en molta grassia y desenvoltura. 

Los cortesans que u van vore van selebrá mol lo ingenio, van di que chiste com aquell no se habíe vist; y hasta S. M. se va alegrá y u va selebrá tamé, y va afavorí a Pedro Saputo. Així u habíe ell esperat y no se va engañá, coneixén la sagalería y cachondeo de la corte desde l’atre viache. Li va maná lo Rey que no ixquere del palau sense la seua orden, y als cortesans y caballés de casa seua que lo atengueren y mimaren.

Un día li va di lo Rey:

- Ya que has vist la meua taula, ¿te pareix si ñaurá algún príncipe al món que sense portá res de fora dels seus estats la tingue tan aufanosa? Y va contestá:

- Me pareix que no, perque no ña cap regne al món que produíxque tanta variedat de productes y tan exelens per al regalo de la vida. Pero ne falten moltes, siñó, a la taula de V. M., y yo sén lo que soc les ting cuan vull, mol mes exquissites, o me les mincho, que es lo mateix.

Perque Vostra Majestat no minge pa de Huesca ni de Andorra.

- No. - Pos yo, sí.

V. M. no se minge los corderets dels Monegros.

- No. - Pos yo, sí.

V. M. no se minge les truches del Cinca ni del riu de Troncedo. 

- No. - Pos yo, sí.

V. M. no minche churuvíes montañeses y de Mainar, ni les penques de carchofera ni la esquirola de Alcañís. 

- No. - Pos yo sí.

V. M. no minche formache de Tronchón, oli de Fórnols, fesols de Beseit, raím de Ráfels, sireres de Monsó, bresquilles de Torre del Compte, figues de Maella, ni les mangranes o los mullareros de Fraga. 

mullarero

- No. - Pos yo sí.

V. M. no minche cap oliva negra, ni maurada, ni moragues de empeltre del Baix Aragó.

- No. - Pos yo sí.

V. M. no beu aigua del Gállego o del Cinca.

- No. - Pos yo, sí.

- ¿Tan bona es?, va preguntá lo Rey.

- Es tan bona, siñó, va contestá, que ademés de sé mol ligera, fássil y suave, pura com la llum, mol primeta y la mes llimpia que corre damún de la terra, no patixen de gota ni apoplejíes o embolies los que la beuen; en espessial de les seues correns.

- No me has nomenat cap vi, li va di lo Rey.

- Siñó, no ne falten de mol espessials, pero per ara són millós los de les provinsies de Andalusía, que si los meus paissanos los aragonesos no tingueren lo talento de fé de bon raím vi roín, manaríe V. M. portán del Campo de Cariñena y atres, y los compararíen en los millós.

- Men alegro, li va di lo Rey, de que lo meu regne de Aragó sigue un paraís a la terra per los seus fruits naturals. Alguns ya yo los había sentit nombrá, atres ya venen a la meua taula y hasta alguns que tú no has nombrat, com la borraina y los crespells; y atres habíen arribat a la meua notissia. Pero, en efecte, yo crec que vas una mica massa exagerat al pun de exelensia.

- Siñó, va replicá ell, a Aragó tot está a un nivell, la exelensia dels fruits de la terra, y la noblesa dels cors dels seus naturals pera estimá al seu Rey, y la lealtat dels seus pits pera defendre la seua corona.

Esta conclusió va dixá al Rey mol pagat, y mes que va parlá Pedro Saputo en gran ahínco y firmesa, com home que sabíe lo que díe.

Tots los díes solíe cridál lo Rey a la seua cámara y folgabe mol de la seua discressió y dites fines; encara que no va tardá en vore que Pedro Saputo ere home pera mes que pera fé riure com un bufón sense cadiera ni mollera. Hasta lo va cridá alguna vegada cuan deliberabe en lo ministre, y li va arribá a demaná lo seu pareixe en gravissims, mol serios, negossis del estat. Per fin se va atreví Pedro Saputo a declarali a S. M. que la comissió y regalo de les figues, com lo papé de baubo que estáe fen, habíe sigut achaque pera introduís, y tot pera tindre ocasió de dili a S. M. lo que habíe observat al regne.

Les dames de palau lo volíen mol, y jugaben y sen enríen en ell per simple y sense malissia, y ell se dixáe marejá y anáe jugán, y traíe tot lo partit que podíe, que no ere poc de tots modos. Pero algunes van adiviná mol pronte que la seua simplissidat ere fingida, y lo trataben de un atra manera y lo afavoríen mes, y se enteníen en ell pera burlás de alguns caballés que se teníen per discrets.

Sen va cansá de está a la Cort y de vore al Rey seguidamen engañat per los seus ministres y consellés; y no atrevinse a combatí sol una batalla tan ressia com la que hauríe de doná a tans y tals enemics del Rey y del regne, va di un día a S. M.:

- Siñó, si V. M. me done llissensia, yo voldría torná a Aragó, perque ting que cumplí este añ un voto a la Virgen del Pilá, y se arrimen les festes. U va sentí lo Rey, perque li habíe agradat lo seu bon entenimén, y voldríe tíndrel sempre al seu costat. 

En tot li va contestá: 

- No te privaré de cumplí la teua bona obra; y sápigues que ting enveja als aragonesos que tan prop están de aquella siñora y mare de tots. Ves, pos, a la teua terra. Pero cuan estigues a pun de anaten, entrarás, que has de portá unes lletres meues y un encárrec de paraula an aquell lo meu virrey y Capitán General. 

- Siñó, va di Pedro Saputo; yo ya men aniría demá, si V. M. no me ha de menesté mes tems a la corte.

- Ten anirás, pos, demá, va contestá lo Rey; y entén que si vols torná, sempre te voré en gust y si algo me demanes no te u negará lo teu Rey.

En efecte, lo van despedí aquell mateix día; ell va besá la má del Rey, se va despedí de les seues amigues y dels seus amics, y carregat de regalos de elles, va eixí de la Cort y va empendre lo camí de Saragossa.


Original en castellá:

Capítulo XIII.

De la comisión de los tres higos.

¡Oh!, ¡cuántas clases, especies y géneros de ladrones hay en el mundo! Unos con trajes de caballero, otros con el de pillos. Unos roban desde su casa, a pie firme y a lance seguro; otros en la calle, en el campo, en los caminos; habiéndolos en todas partes y para todo, y estando tan poco libres de ellos los palacios y aun las mismas coronas de los reyes, como la más solitaria aldea y la fruta más ruin del árbol que crece solo en el desierto. Pero en tanta variedad y diferencias de ladrones, cuatreros y tahúres, ningunos más serenos y rematados que los historiadores; y aun presumiendo mucho de honrados sólo porque no hurtan para ellos. Pero por eso el hurto no deja de ser hurto, y el despojo, despojo. A fe, a fe que si los despojados no fueran muertos, generalmente, que no siempre les estuviera bien su atrevimiento.

Ha de saber el lector, que un autor extranjero ha quitado a Pedro Saputo el hecho y comisión de este capítulo, para darlo a un personaje arrapiezo que jamás ha existido, y a quien finge una vida y aventuras tan enatizas como la persona, para entretener a gente música, a mozos de tienda; pajes, lacayos y niños de la escuela. Y luego quiere disimular y realzar la bajeza de su invención con alegorías del tiempo de entonces, que así medren mis enemigos como dicen a la fábula y su puro significado. Siempre han hecho esto los extranjeros; especialmente los italianos y los franceses, habiendo casi llegado a decir aquéllos que el Gran Capitán aprendió a montar a caballo de un padrone que tuvo en la Calabria; y éstos, que Cervantes nació en la tienda de un barbero de Versalles. ¿Qué extraño es, pues, que hombres de tan poco aquel (vergüenza iba a decir) se hayan propasado a quitar a Pedro Saputo la gloria del hecho que referimos? Lo que yo más siento es que lo hayan atribuido a un sujeto de tan poco valor, y cuya ridiculez y desprecio ha corrompido la gracia, ajado el color y revocado la dignidad de la acción en el héroe almudévano.
Pero tendrá su mérito propio, original y primitivo, mal que le pese al menguado biógrafo que adornó con ella la vida de su arrugado monstruoso engendro.

En la explanadilla del cabezo de la Corona había una higuera que nunca jamás había dado fruto, y aquel año produjo tres higos tan hermosos, orondos y extraordinarios, que el concejo determinó enviarlos de regalo a S. M., y nombrando a Pedro Saputo para el encargo y comisión de llevarlos. Mandaron hacer una cesta muy pulida a un cestero de Huesca, el más famoso que había en la ciudad, con tres divisiones para poner los higos separados. Y hecho todo y puestos los higos con buen mullido, entregaron a Pedro Saputo la cesta, diéronle dinero para el viaje, y tomó el camino de la corte.

A poco trecho comenzó a decir entre sí: esto que hacen los de mi lugar es una grandísima sandez, y no sé yo cómo endilgalla para que no lo parezca. Supongo que llego allá: y ¿qué digo? ¿Qué diré a aquellas raposas descoladas de los cortesanos? Y ¿qué dirán cuando vean que desde Almudévar, en Aragón, llevan tres higos a S. M. y pido audiencia y se los quiero presentar y porfío en ello? A mí, es verdad, no me pesa ir a la corte; y o yo no soy Pedro Saputo o los higos ha de vellos y recibillos el rey. Pero ¿cómo haré yo para que esta ignorancia y puerilidad redunde en estimación y crédito de los de mi pueblo? Y así discurriendo fue andando su jornada, y el cuarto día llegó a Alcalá de Henares.

Ya estoy cerca, dijo; y para lo que tengo discurrido, lo mismo son dos higos que tres; me como uno. Y se lo comió y fue adelante. Llegado al sitio que llaman la venta del Espíritu Santo, dijo: para lo que de nuevo he pensado, lo mismo es un higo que dos; me como, pues, el uno, y se lo comió y fue adelante. Llegó, en fin, al Buen Retiro donde a la sazón residía el rey y toda la real familia; y como todo lo llevase muy discurrido, compuesto y considerado, se entró en palacio muy confiado y sereno.

Era entonces lo que privaba en palacio, por ser el gusto dominante, las bufonadas y chocarrerías. De modo que la gracia y mérito de la buena conversación y trato cortesano consistía en chistes, equívocos, conceptillos y agudezas tal vez indecentes, pasando todo por de buena ley a título de discreción y galantería. Supo esto Pedro Saputo cuando pasó la otra vez por la corte; por cierto que se avergonzó de ver tanta bajeza en vez de la majestad y dignidad que correspondía a un imperio tan glorioso, a una corte como la de España, señora de tantos mundos. Pero ahora le pareció que eso mismo le facilitaba su comisión, y esperaba por ese medio salir de ella airoso.

Con efecto, llegó a palacio, y haciendo del bobo pidió ver a S. M., a quien traía un oficio del concepto de Almudévar y con él un regalo que sería contado en los anales del reino por la cosa más estupenda que se habría visto. Preguntáronle al punto los cortesanos qué era lo que traía, y respondió que primero lo había de saber S. M., que ellos lo verían y no lo catarían. Y que no le detuviesen mucho porque era hombre de poca paciencia y se metería en la cámara y aun en la cama de S. M. a pesar de todos. Ellos quisieron divertirse, y deteníanle porfiando por ver lo que traía en la cesta. Él les dijo, continuando siempre en hacer el simple: - Mirad, polillas, que si se me amostazo, echo a correr ahí adentro, descuelgo la espada de S. M. y os conjuro con ella y os mando a por almas de alquiler si hay en la corte quien las alquile, porque vais a quedar sin la vuestra. - ¿Hase visto, dijo uno de ellos, un loco más gracioso? Llevémosle a S. M. que, por san Jorge, ha de gustar mucho de oílle. Y le pusieron en medio de todos y le entraron en la cámara de S. M.

Llegado a la presencia del rey con el oficio o pliego en la mano y la cesta en la otra, le pidió licencia para presentarle un oficio escrito del concepto de su lugar, y S. M. le admitió con agrado, y leído que le hubo dijo: - ¿Conque me traes tres higos? - Sí, señor, aquí están en esta cesta. Y se la entregó a S. M. Abrióla el rey, y no viendo más de un higo dijo: - Aquí sólo hay un higo. - Pues uno, respondió Saputo. - Pero el oficio reza tres, dijo el rey. - Pues tres, respondió el bribón. - Hombre, dijo el rey; el oficio dice que me mandas tres higos y aquí sólo veo uno. - Eso, señor rey, consiste (dijo Pedro Saputo) en que ahí por ahí antes de llegar me he comido yo los otros dos. - ¡Te los has comido! ¿Y cómo has hecho?, preguntó el rey. - Así, respondió Pedro Saputo, y tomándole al rey el higo de la mano se lo comió con mucha gracia y desenvoltura. Los cortesanos que lo vieron celebraron mucho la agudeza, dijeron que chiste como aquél no se había visto; y aun S. M. se alegró y lo celebró también, y favoreció a Pedro Saputo. Así lo había él esperado y no se engañó, conociendo la puerilidad e indignidad de la corte desde el otro viaje. Mandóle el rey que no saliese del palacio sin su orden, y a los cortesanos y caballeros de su casa que le atendiesen y regalasen.

Un día le dijo el rey: - Supuesto que has visto ya mi mesa, ¿te parece si habrá algún príncipe en el mundo que sin traer nada de fuera de sus estados la tenga tan regalada? Y contestó: - Me parece que no, porque no hay ningún reino en el mundo que produzca tanta variedad de cosas y tan excelentes para el regalo de la vida. Pero faltan muchas, señor, en la mesa de V. M., e yo siendo lo que son las tengo cuando quiero mucho más exquisitas, o las como, que es lo mismo. Porque Vuestra Majestad no come el pan de Huesca ni de Andorra. - No. - Pues yo, sí. V. M. no come el carnero de Monegros. - No. - Pues yo, sí. V. M. no come las truchas del Cinca ni del río de Troncedo. - No. - Pues yo, sí. V. M. no come los nabos montañeses y de Mainar, ni el cardo ni la escarola de Alcañiz. - No. - Pues yo sí. V. M. no come el queso de Tronchón, el aceite de Fornos, las uvas de Ráfales, las cerezas de Monzón y Torre del Conde, los higos de Maella, ni las granadas de Fraga. - No. - Pues yo sí. V. M. no come la aceituna negra y curada de la Tierra Baja. - No. - Pues yo sí. V. M. no bebe el agua del Gállego o del Cinca. - No. - Pues yo, sí. - ¿Que tan buena es?, pregunto el rey. - Es tan buena, señor, respondió, que además de ser muy ligera, fácil y suave, pura como la luz, delgadísima y la más limpia que corre sobre la faz de la tierra, no padecen de gota ni apoplejías los que la beben; en especial de sus corrientes. - No me has nombrado ningún vino, le dijo el rey. - Señor, no faltan muy especiales, pero por ahora son mejores los de las provincias de Andalucía, que si mis paisanos los aragoneses no tuviesen el talento de hacer de buenas uvas mal vino, mandara V. M. traer del campo de Cariñena y otros, y la hombrearían con los mejores. - Me alegro, le dijo el rey, de que mi reino de Aragón sea un paraíso de la tierra por sus frutos naturales. Algunos ya yo los había oído nombrar, otros ya vienen a mi mesa y aun de los que tú no has nombrado; y otros habían llegado a mi noticia. Pero, en efecto, yo creo que andas un tanto cuanto exagerado en el punto de excelencia. - Señor, replicó él, en Aragón todo está a un nivel, la excelencia de los frutos de la tierra, y la nobleza de los corazones de sus naturales para amar a su rey, y la lealtad de sus pechos para defender su corona. Esta conclusión dejó al rey muy pagado, y más que habló Pedro Saputo con grande ahínco y firmeza, como hombre que sabía lo que decía.

Todos los días solía llamarle el rey a su cámara y holgaba mucho de su discreción y dichos agudos; aunque no tardó en conocer que Pedro Saputo era hombre para más que para hacer reír como un bufón sin asiento ni meollo. Hasta le llamó alguna vez cuando deliberaba con el ministro, y le llegó a pedir su parecer en gravísimos negocios del estado. Por fin se atrevió Pedro Saputo a declarar a S. M. que la comisión y regalo de los higos, como el papel de bobo que estaba haciendo, había sido achaque para introducirse, y todo para tener ocasión de decir a S. M. lo que había observado en el reino.

Las damas de palacio le querían mucho, y jugaban y reían con él por simple y sin malicia, y él se dejaba reír y jugar, y sacaba todo el partido que podía, que no era poco de todos modos. Pero algunas traslucieron muy pronto que su simplicidad era fingida, y le trataban de otra manera y le favorecían más, y se entendían con él para burlarse de algunos caballeros que se tenían por discretos.

Cansóse empero de estar en la corte y de ver constantemente al rey engañado por sus ministros y consejeros; y no atreviéndose a pelear solo una batalla tan recia como la que habría que dar a tantos y tales enemigos del rey y del reino, dijo un día a S. M.: - Señor, si V. M. me da licencia, yo desearía volver a Aragón, porque tengo que cumplir este año un voto a la Virgen del Pilar, y se acercan las fiestas. Sintiólo el rey, porque se había agradado de su buen entendimiento, y quisiera tenerle siempre a su lado. Con todo le respondió: - No te privaré de cumplir tu buena obra; y sabe que tengo envidia a los aragoneses que tan de cerca pueden visitar a aquella señora y madre de todos. Ve, pues, a tu tierra. Pero cuando estés para partir, entrarás, que has de llevar unas letras mías y un encargo de palabra a aquel mi virrey y capitán general. - Señor, dijo Pedro Saputo; yo ya me iría mañana, si V. M. no me ha menester más tiempo en la corte. - Iraste, pues, mañana, respondió el rey; y entiende que si quieres volver, siempre te veré con gusto y si algo me pides no te lo negará tu rey.

Con efecto, le despacharon aquel mismo día; él besó la mano del rey, se despidió de sus amigas y amigos, y cargado de regalos de ellas, salió de la corte y tomó el camino de Zaragoza.

sábado, 27 de julio de 2024

2. 12. Camine cap al final la vida de la tuna.

Capítul XII.

Camine cap al final la vida de la tuna.

Camine cap al final la vida de la tuna.

Mol podem sentí, lectó amán, que an aquell tems no se faigueren aná los taquígrafos, eixos que escriuen tan depressa com se parle, pera que algú haguere escrit los sermons dels nostres dos predicadós, pos així hagueren arribat a natros y podríem jusgá lo gust de aquelles persones, y si teníen raó o no de riure tan; perque a uns tems tenen grassia unes coses y a datres no. Be que dites per Pedro Saputo, ¿quina no la tindríe? Yo sol per la tradissió de casa de Morfina hay pogut averiguá, que al primé sermó va tocá entre atres estos puns tan serios: si una dona coixa pot sé grassiosa, si pot pareixe be una torta; y si una cheposa o geperudeta pot tindre bon genio; y quina de les tres pot envidiá la sort a les atres.

Al segón sermó diuen que va parlá dels pensamens de la dona als estats de cuñada, de nora y de sogra; lo seu assunto me pareix que no va pugué desempeñá be per sé tan sagal, y requerí de mes edat y mes experiensia. Pero com mu han venut u veng yo; lo lectó cregue lo que vullgue; y continuem.

No habíen fet encara la mitat del plan que habíen cavilat, perque les seues habilidats eren tantes, y tan lo seu comedimén y bona criansa, que no visitaben poble que pera anassen d'allí no hagueren de reñí, o per lo menos está de mala cara en los huéspeds, y alguna vegá hasta en los parroquians. Los bufáe en aixó lo ven mol favorable y l' estat prosperabe. Y com se arrimáe lo tems dels estudis, van tratá de torná cap a la Universidat, passán si ñabíe puesto per casa de sons pares als que volíen vore abans de tornás a pedre a les escoles.

garabato, escoles, colegio, Valjunquera, a tope

Van tindre consell pera acordá lo que teníen que fé, y van deliberá no entretindres. Se va proposá la cuestió de si visitaríen lo poble de don Severo; y encara que féen volta algunes legües van acordá anáy, y van empendre lo itinerari, mol al gust de Pedro Saputo que, sin embargo, va dixá la ressolusió als compañs, no resservanse mes que lo determiná lo día y pun de la separassió. Van examiná la caixa de la plega, y estáe mes rica de lo que pensaben, com que se van repartí sen trenta y sis libres jaqueses cada un, habén trobat persones encara mes generoses que don Severo. Los va di Pedro Saputo que encara que no ere de casa rica, no nessessitáen aquella miseria, y que lo mes nessessitat la prenguere. No u entens, li va contestá un de ells; eixes perres són lo mes cariñós que tindrás a la teua vida. Empórtateles, que yo sé que ha de sé lo radé que gastos, y que es capás de fetos avaro per lo apego que tindrá a la casa y a la teua burchaca.

Aquell mateix día pel matí los va di Pedro Saputo al camí que no volíe dixáls sense probás al violín y la vihuela, dos instrumens als que portáe molta ventaja als estudians. Los habíe millorat mol la orquesta desde un prinsipi enseñán al de la pandereta a tocá los platillos, lo baix continuo, los fortes y los pianos, y atres coses que ell habíe adeprés del mestre Vivangüés. Tamé als del violín y de la viola va doná mol bones llissons ; pero no habíe vullgut tocá may perque no fée falta la seua habilidat espessial. Y agarrán lo violín, y desviánse una mica del camí per un barrang, va amostrá als seus admirats compañs un primor que may habíen vist a datre; y no va sé menos en la viola.

Al fes fosc van arribá al poble de Morfina; y al passá los primés passajes van sentí un soroll de espases.

- Venga, anem, va di Pedro Saputo. Van aná y van topetá en dos caballés soldats que reñíen en tal furia, que no reparaben en los que teníen ya al costat. Va pendre Pedro Saputo a un compañ la gayata, perque dos de ells ne portáen; y arrimanse als luchadós va di: 

- Siñós, per lo honor del hábit que porten los rogo que suspenguen la riña un momén. La van suspendre a les seues paraules, y mes al vores allí sing homens tan majetons; y va continuá: Vostres mersés riñen mol mal al orden, pos la seua valentía los ha portat a reñí com les fieres, vull di, de nit, sense testigos del seu valor, ni juches de justissia. Yo soc home de lletres, pero enteng les leys del duelo; y per les sircunstansies que hay dit declaro ilegal y nulo este campo. Creéume, siñós, lo honor de caballés tos prohibix continuá y tos mane condená lo que hau fet. Pero si no vullguereu envainá, lo que se mostro ressistén, que also un atra vegada la espasa, vingue a mí un atra y en mí se les vorá; ell luchará per ferossidat, y yo en defensa de la ley y de la justissia.

- Yo no puc sedí perque soc lo retat.

- Sedixco per ara, va di l’atre, per respecte an este siñó llissensiat, y perque les seues paraules me han convensut. Demá mos vorem. 

- Los rogo, pos, als dos, va di Pedro Saputo, que entréu en natres an este poble.

Van entrá tranquilamen en ells, y de pas los van contá aquells rivals que la riña ere per quí habíe de serví a una hermosura que a cap dels dos volíe, pos si al un li fée desaire, al atre no li donáe may la cara mostranse importunada dels seus obsequios. Sen va enriure entonses Pedro Saputo y va di: 

- Pos siñós, si tampoc lo guañadó habíe de sé admitit, ¿a qué ve esta riña?

- Ve, va di un de ells, a que cada un volem aná a casa seua y que no hi vaigue l’atre; perque es tal la bellesa de la donsella, que a cada un ofén que la miron atres ulls ni la séntiguen parlá uns atres oíts. 

- Ells es, siñó llissensiat, pera que u sapiguéu, un sol mil vegades mes hermós que lo del sel; una lluna mil vegades mes serena que eixa que se llevante; una estrella o un estrel que oscurix a totes les demés; un ángel de soberanía y de gloria, com no se va vore may a la terra, y es impossible que ne formo un atre igual la naturalesa. 

Va riure tamé Pedro Saputo de estes alabanses, y del tono y forsa en que les díe lo soldat, y no va dudá que aquell sol, aquella lluna, aquella estrella, aquell ángel ere Morfina. Pero va callá, perque entraben ya al poble, y los soldats sen van aná al seu hostal y los estudians a la fonda de la Cinta.

Ñabíe allí una bandera o compañía de soldats fée vuit díes, y ya per naixó, ya perque de totes maneres no volíen fé parada de la seua orquesta, van entrá mol silensiosos. Pero los van coneixe, y abans de sená ya teníen un motín al carré, y van ressibí un recado de don Severo, que no li tragueren la satisfacsió de portáls a casa seua. No van coneixe a Saputo hasta que va parlá, perque estáe torradet pel sol, com los de La Torre del Compte, mes prim y estirat, y mes home tamé, en bigotet y perilla, que a la moda dels estudians mes romantics com Bécquer s'habíe dixat. La roba que portáe ere un atra, per la caló se va fé una roba mes ligereta y tamé mol mes airosa. Va dudá la mateixa Morfina que tan ben retratat lo teníe al cor y tan presén a la memoria. Don Severo y lo huésped van convindre que los dos que habíen vingut allí soparíen a casa del primé, y los atres a la del segón, y dormiríen tots aon van dormí  l'atra vegada.

¡Quina satisfacsió pera Morfina! ¡Quina gloria pera Pedro Saputo! Se trobáe entonses a casa un germá de ella mes gran de edat, y se va alegrá mol de vore als estudians de qui tan habíe sentit y estáe aussén cuan van está a escomensamens de l'estiu. Inmediatamen se va parlá de ball; pero Pedro Saputo enrecordanse dels soldats li va di que per serta causa que per entonses ere secreta, encara que fora de casa, no podríe ñabé ball sino sol velada de música. Y al poble se li va fé entendre que no se obriríe la porta, que se dixaríe entrá només a les persones convidades. Se van presentá entre elles, un detrás de l'atre, los dos caballés soldats de la riña. Y ¡quina va sé la seua sorpresa cuan van vore a Morfina mol amable y arrimadeta al llissensiat del seu duelo! ¡Y vore a don Severo tratál en familiaridat y confiansa! Se van avergoñí, van callá, van respetá lo que veíen y no enteníen, y se van fé amics declarán a Pedro Saputo que estáe determinada la competensia en retirás los dos de aon tan bon puesto ocupaben atres seguramén mes dignes: sen aniríen al cap de tres díes.

Al passá del minjadó al estrado, y arribán a la porta, va fé Pedro Saputo a don Severo una seña; y quedanse allí en los seus compañs que ya habíen arribat, los va aná avián un per un com a barrons o ninots hasta mes allá de la mitat de la sala. Acsió que van vore los ofissials y la mayoría dels convidats, y tots se van quedá muts de assombro. Lo germá de Morfina va fé extrems de admirassió, y va di acalorat:

- Pos siñó, si no u haguera vist no mu creuría, y al que u osare afirmá, li haguera dit que mentíe. Sen van enriure tots mol; y la mare exclamabe:

- Jesús, eixe mosso sirá de asser templat.

Entonses Pedro Saputo va torná a la porta en los seus compañs, y están prop de les cadires caballés y siñores, va torná a aviáls del mateix modo, pero mol mes tros; y com lo tuno que anáe lo radé se movíe en molta grassia y extravagansia, va ñabé un gran palmoteo. 

- Ara ya mu crec, va di don Vicente; sense duda estos siñós llissensiats tenen ales secretes; a vore, agarreume a mí, don Paquito, que no sé volá. Lo va agarrá, y al eixecál pera aventál, veénse portá com una ploma, va di: ¡prou, prou!, me dono per satisfet. Y giranse a mirál, li va tocá y paupá los brassos per si eren de la materia que habíe dit sa mare.

Passat este bon rato se va fé silensio, va agarrá Pedro Saputo lo violín descansán abans una mica pera calmá la agitassió del esfors que habíe fet, y previnguda Morfina desde abans de sená, que al seu obsequio y per an ella tocaríen aquell día lo violín per primera vegada en tota la expedissió, y que tot lo que tocare se dirigíe al seu amor, o mes be, que siríe la historia dels seus amors, distinguín les parts prinsipals, com la primera vegada que se van vore, la seua charrada la nit que se van entendre, la despedida, la pena en que ella va quedá cuan ell sen va aná, y la alegría de la nova visita. 

¡Oh, cóm va entendre ella lo llenguache de aquella música tan expresiva! Sense pensá y transportada va plorá de pena al sentí la despedida, y va torná al mateix sentimén cuan va expresá lo doló de cuan lo va vore anassen y ella se va retirá al seu cuarto. Los demés de la sala sentíen tamé, y algún rato pareixíe un velatori del silensio que ñabíe mentres escoltaben. Va pendre después la vihuela, y va tocá algunes sonates que ell se habíe inventat. Pero después, y donán tems a que se desahogaren los aplaussos y admirassió que va exitá la seua may vista habilidat, van agarrá los instrumens los seus compañs, ell va abandoná la orquesta, se va ficá a roda y se va passá la velada.

Volíen los estudians despedís aquella nit, pero no va admetre don Severo la despedida, y mol menos don Vicente, y se van doná les bones nits hasta demá.

Encara no pensaben ells en eixí de casa, encara casi en eixecás pel matinet, que ya estáe allí don Vicente, y los va rogá y suplicá tan insistenmen que no sen anigueren aquell día, y van tindre que claudicá. No los va pená a cap de ells, y menos a Pedro Saputo, com se supose. En este motiu van fé un mosset pera amorsá, perque lo huésped no va volé sedí lo obsequi de la fartanera a michdía. Y per la nit van prepará lo ball a casa de don Severo per doná gust a don Vicente, que lo volíe pera obsequiá a una jove a qui servíe.

Qui va guañá en tot aixó va sé Pedro Saputo, pos va tindre ocasió de parlá en Morfina y acabá de guañássela si algo faltabe, va sopá al seu costat, va ballá en ella y res li va quedá per dessichá pera la seua satisfacsió. Una criada li va contá lo que habíe sentit di al seu siñó parlán en la siñora: 

- Si este mosso fore ben naixcut com pareix, encara que tingue poc, li haurem de doná la filla; perque, ¿has reparat que ella lo mire en bons ulls? Baixet y en discressió va di aixó don Severo, no creíe que ningú lo estáe sentín; pero lo va sentí la dimonieta de la criada, a qui les albrissies li van valé dos escuts de plata. ¡En bons ulls, díe! Algo mes ere; sí, algo mes, patriota don Severo.

Per fin se van despedí ya al mateix ball, y matinán en son demá sen van aná de aquell poble aon a tots los pareixíe que estáen entre los seus o a una isla encantada.


Original en castellá:

Capítulo XII.

Camina a su fin la vida de la tuna.

Mucho podemos sentir, lector amante, que en aquel tiempo no se usasen los taquígrafos, ésos que escriben tan aprisa como se habla, para que alguno hubiese escrito los sermones de nuestros dos predicadores, pues así llegaran a nosotros y podríamos juzgar del gusto de aquellas gentes, y si tenían razón o no de reír tanto; porque en unos tiempos tienen gracia unas cosas y en otros otras. Bien que dichas por Pedro Saputo, ¿cuál no la tendría? Yo sólo por la tradición de casa de Morfina he podido averiguar, que en el primer sermón tocó entre otros estos gravísimos puntos: si una mujer coja puede ser graciosa, si puede parecer bien una tuerta; y si una jibosa puede tener buen genio; y cuál de las tres, siendo iguales en lo demás, puede envidiar su suerte a las otras. En el segundo sermón dicen que habló de los pensamientos de la mujer en los estados de cuñada, de nuera y de suegra; cuyo asunto me parece que no pudo desempeñar bien por ser tan muchacho, y requerir más edad y más experiencia. Pero como me lo han vendido lo vendo; el lector crea lo que quiera; y sigamos.

No llenaron aún la mitad del plan que habían formado, porque sus habilidades eran tantas, y tanto su comedimiento y buena crianza, que no visitaban lugar que para irse no hubiesen de reñir, o por lo menos andar de mala cara con los huéspedes, y tal vez con el vulgo. Soplábales con esto el viento muy favorable y el estado prosperaba. Y como se acercase el tiempo de los estudios, trataron de tomar la vuelta de su universidad, pasando si había lugar por casa de sus padres a quienes deseaban y querían ver antes de perderse de nuevo en la confusión de las escuelas.

Tuvieron consejo para acordar lo que debían hacer, y deliberaron volver caras al mediodía y no entretenerse. Propúsose la cuestión si visitarían el pueblo de don Severo; y aunque rodeaban algunas leguas acordaron ir, y formaron incontinente el itinerario, muy al gusto de Pedro Saputo que, sin embargo, dejó la resolución a los compañeros, no reservándose más que el determinar el día y punto de la separación. Examinaron el tesoro, y estaba más rico de lo que pensaban, como que se repartieron a ciento treinta y seis libras jaquesas cada uno, habiendo encontrado personas aún más liberales que don Severo. Díjoles Pedro Saputo que aunque no era de casa rica, no necesitaba aquella miseria, y que así el más necesitado la tomase. No lo entendéis, le contestó uno de ellos; ese dinero es el más cariñoso que tendréis en vuestra vida. Llevadle, que yo sé ha de ser el último que gastéis, y que es capaz de mudaros en avaro por el apego que tendrá a la casa y a vuestro bolsillo. Rióse Pedro Saputo; y concluyendo que no deberían procurar, hasta llegar a su tierra, sino sacar muy de paso el gasto diario, picaron larga la vuelta de mediodía.

Aquel mismo día por la mañana les dijo Pedro Saputo en el camino que no quería dejarlos sin probarse en el violín y la vihuela; en cuyos instrumentos veía que llevaba mucha ventaja a los estudiantes. Habíales mejorado grandemente la orquesta desde un principio enseñando al de la pandera a hacer los platillos, el bajo continuo, los fuertes y los pianos, y otras cosas más a tiempo y con más propiedad que él las hacía. También a los del violín y de la vihuela dio muy buenas lecciones; pero no había querido tocar nunca porque no hacía falta su habilidad especial, ni les diera más utilidad que era a lo que se iba. Y tomando el violín, y desviándose un poco del camino a un barranco, mostró a sus admirados compañeros un primor que jamás vieron en otro; y no se los mostró menor en la vihuela.

Al oscurecer llegaron al lugar de Morfina; y al pasar los primeros pasajes oyeron ruido de espadas. - Vamos allá, dijo Pedro Saputo. Fueron y toparon con dos caballeros soldados que reñían y con tal furor, que no reparaban en los que tenían ya al lado. Tomó Pedro Saputo a un compañero el bastón, porque dos de ellos gustaban de esta compañía; y acercándose a los combatientes dijo: - Señores, por el honor del hábito que traen les ruego que suspendan la pelea un momento. Suspendiéronla a sus palabras, y más al verse allí cinco hombres tan aparecidos; y continuó: Vuesas mercedes riñen muy mal en el orden, pues su valentía los ha llevado a pelear como las fieras, quiero decir, de noche, sin testigos de su valor, ni jueces de justicia. Yo soy hombre de letras, pero entiendo las leyes del duelo; y por las circunstancias que he dicho declaro ilegal y nulo este campo. Creedme, señores, el honor de caballeros os prohíbe continuar y os manda condenar lo hecho. Mas si no quisiéredes envainar, el que se muestre resistente, alce otra vez la espalda, venga la otra y conmigo tiene la riña; él peleará por su ferocidad, y yo en defensa de la ley y de la justicia. - Yo no puedo ceder porque soy el retado. - Cedo por ahora, dijo el otro, por respeto a este señor licenciado, y porque sus palabras me han convencido. Mañana nos veremos. - Ruégoos, pues, a los dos, dijo Pedro Saputo, seáis servidos de entrar con nosotros en este pueblo.

Entráronse dócilmente con ellos, y de paso contaron aquellos rivales que la riña era por quién había de servir a una hermosura que a ninguno de los dos quería, pues si al uno le hacía desaire, al otro no le daba nunca la cara mostrándose importunada de sus obsequios. Rióse entonces Pedro Saputo y dijo: - Pues señores, si tampoco el vencedor había de ser admitido, ¿a qué es la riña? - Es, dijo uno de ellos, a que cada uno queremos ir a su casa y que no vaya el otro; porque es tal la belleza de la doncella, que a cada uno ofende que la miren otros ojos ni la oigan hablar otros oídos. Es, señor licenciado, para que lo sepáis, un sol mil veces más hermoso que el del cielo; una luna mil veces más serena que ésa que se levanta; una estrella que oscurece a todas las demás; un ángel de soberanía y de gloria, cual no se vio jamás en la tierra, cual es imposible forme otro la naturaleza. Rióse también Pedro Saputo de estas alabanzas, y del tono y fuerza con que las decía el soldado, y no dudó que aquel sol, aquella luna, aquella estrella, aquel ángel era Morfina. Pero calló, porque entraban ya en el pueblo, y los soldados se fueron a su alojamiento y los estudiantes a la posada pública.

Había allí una bandera o compañía de soldados hacía ocho días, y ya por esto, ya porque de todos modos no querían hacer parada de su orquesta, entraron muy silenciosos. Pero los conocieron, y antes de cenar tenían un motín en la calle, y recibieron un recado de don Severo, que no le quitasen la satisfacción de llevárselos a su casa. No conocieron a Saputo hasta que habló, porque estaba tostado por el sol, más delgado y alto, y más hombre también, con bigotes y perilla, que al uso de los estudiantes más extremados se había puesto, en el soliticio de la expedición, de la cola de un gatazo negro. Aun la ropa era otra, que por causa del calor se hizo un vestido más ligero y también mucho más airoso. Dudó la misma Morfina que tan bien retratado le tenía en el corazón y tan presente en su memoria. Por contemplación, en fin uno de otro, don Severo y el huésped, se convino que los dos que habían venido allí cenarían en casa del primero, y los otros en la del segundo, y dormirían todos en donde durmieron la vez pasada.

¡Qué satisfacción para Morfina! ¡Qué gloria para Pedro Saputo! Hallábase entonces en casa un hermano de ella mayor de edad, y se alegró mucho de ver a los estudiantes de quien tanto había oído y estaba ausente cuando pasaron a principio del estío. Inmediatamente habló de baile; mas Pedro Saputo acordándose de los soldados le dijo que por cierta causa que por entonces era secreta, aunque de fuera de casa, no podría haber baile sino tan solamente velada de música. Y al pueblo se le hizo entender que no se abriría la puerta, admitiéndose únicamente las personas convidadas o que pareciese. Presentáronse entre ellas, uno detrás de otro, los dos caballeros soldados de la riña. Y ¡cuál fue su sorpresa cuando vieron a Morfina muy amable y particular con el licenciado de su duelo! ¡Y al ver a don Severo tratarle con familiaridad y confianza! Avergonzáronse, callaron, respetaron lo que veían y no entendían, y se hicieron entre sí amigos declarando a Pedro Saputo que estaba determinada la competencia con retirarse los dos de donde tan buen lugar ocupaban otros seguramente más dignos: sobre que debían irse dentro de tres días.

Al pasar del cenador al estrado, y llegados a la puerta, hizo Pedro Saputo a don Severo una seña; y quedándose allí con sus compañeros que ya habían venido, los fue arrojando uno por uno como barrones o muñecos más de la mitad de la sala. Acción que vieron ya los oficiales y los más de los convidados, y todos quedaron mudos de asombro. El hermano de Morfina hizo extremos de admiración, y dijo con calor: - Pues señor, lo he visto y no lo creo, y al que por sólo esta vez lo osare afirmar, le diré que miente. Riéronse todos mucho; don Severo se complacía, Morfina se regalaba, y su madre exclamaba: - Jesús, ese mozo será de acero templado. Entonces Pedro Saputo volvió a la puerta con sus compañeros, y arrimados en pie a las sillas caballeros y señoras alrededor de la sala, volvió a arrojarles del mismo modo, pero mucho más trecho; y como el tuno que fue el último se bornase con mucha gracia y extravagancia, hubo un muy alto palmoteo. - Ahora ya lo creo, dijo don Vicente; pero sin duda estos señores licenciados tienen alas secretas; cogedme a ver a mí, don Paquito, que no sé volar sino tendido en el suelo. Cogióle, y al librarle para el empuje, viéndose llevar como un copo, dijo: ¡basta, basta!, me doy por satisfecho. Y volviéndose a mirar, le tocó y palpó los brazos por si eran de la materia que dijo su madre.

Pasado este sabrosísimo rato se ordenó la reunión convenientemente, y hecho silencio, tomó Pedro Saputo el violín descansando antes un poco para calmar la agitación del esfuerzo que había hecho, y prevenida Morfina desde antes de cenar, que en su obsequio y por ella tocaría aquel día el violín por primera vez en toda la expedición, y que todo lo que tocara se dirigía a su amor, o más bien, que sería la historia de sus amores, distinguiendo las partes principales, como la vista la primera vez, su plática la noche que se entendieron, la despedida, el sentimiento en que ella quedó y él se fue, y la alegría de la nueva visita. ¡Oh, cómo entendió ella el lenguaje de aquella música tan expresiva! Sin pensar y transportada lloró de pena al oír la despedida, y volvió al mismo sentimiento cuando expresó el dolor con que le vio trasponer y se retiró ella a su cuarto. Los demás de la sala sentían también, y algún rato parecía reunión de muertos del silencio y arrobamiento con que escuchaban. Tomó después la vihuela, y tocó asimismo algunas sonatas que él se había inventado. Mas luego, y dando lugar a que se desahogase el aplauso y admiración que excitó su no vista habilidad, tomaron los instrumentos sus compañeros, él les abandonó la orquesta, se puso en rueda y se pasó la velada.

Querían los estudiantes despedirse aquella noche, mas no admitió don Severo la despedida, y mucho menos don Vicente, y se dieron las buenas noches hasta mañana.

Aún no pensaban ellos en salir de casa, aún casi en levantarse por la mañanita, ya estaba allí don Vicente, y les rogó y suplicó tan ahincadamente que no se fuesen aquel día, que hubieron de condescender. Ni les pesó a ninguno de ellos, y menos a Pedro Saputo, como se supone. Con este motivo se desayunaron ligeramente, porque el huésped no quiso ceder el obsequio de la comida. Y para la noche dispusieron un baile en casa de don Severo por dar gusto a don Vicente, que lo quiso para obsequiar a una joven a quien servía.

Quien ganó en todo esto fue Pedro Saputo, pues tuvo ocasión de hablar a Morfina y acabar de ganársela si algo faltaba, cenó a su lado, bailó con ella y nada le quedó que desear para su satisfacción. Y más que le dijo una criada que había oído decir a su señor hablando con su señora: - Si este mozo fuese bien nacido como parece, aunque tenga poco, le habíamos de dar la hija; porque, ¿has reparado que ella le mira con buenos ojos? Bajo y recatado habló esto don Severo, no creyó que nadie le pudiese oír; pero le oyó el demonio de la criada, a quien las albricias valieron dos escudos de plata. ¡Con buenos ojos, decía! Algo más era; sí, algo más, patriota don Severo.

Por fin se despidieron ya en el mismo baile, y madrugando la mañana siguiente se fueron de aquel pueblo en donde a cada uno les parecía que estaba entre los suyos o en una isla encantada.

viernes, 26 de julio de 2024

1. 9. De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

Capítul IX.

De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

O u hay ensomiat o u hay vist; yo crec que es lo segón. ¡Y en quina ocasió y cóm u vach vore! Encara me bull la sang y me se ensén lo coraje de pensáu. ¡Cobart! Allí debía morí, allí debía acabá, que esta va sé la seua intensió o lo seu aturdimén. Pero me va salvá l'ángel antic de Pedro Saputo perque sabíe que passán lo tems había de tindre la inspirassió de escriure la seua vida. Agraíxco la seua protecsió, y cumplixco lo encárrec de la Providensia.  

Tenen los de Almudévar, a la part del poble que mire cap a Saragossa, un santuari y capella de la nostra Siñora de la Corona a un puch o eixecada aon a un atre tems estáe lo castell dels moros

Y com la habíen renovat de la seua dixadesa y ruines van volé tamé pintala, buscán pera la obra un pintó mol afamat de Huesca, Raimundo Artigas, home melancólic, estreñit de genio, coló de fel, sec de carn, llarc de coll y cla de barbes; éste va demaná tressentes libres jaqueses per lo seu traball en la condissió que ell ficaríe los colós y l'aigua llimpia.

un pintó mol afamat de Huesca, Raimundo Artigas, home melancólic, estreñit de genio, coló de fel, sec de carn, llarc de coll y cla de barbes

U va sabé lo chiquet Pedro Saputo y se va alegrá mol perque volíe sabé de pintura, faltanli entre atres coses vore la compossisió y mescla dels colós, ya que al dibuix habíe arribat al extrem de primor y fassilidat. Va aná al mestre Artigas y li va di que lo prenguere com aprendís y criat; y la primera vegada no va volé. Pedro va rogá, suplicá, y veénlo sempre du li va di una mica enfadat pero templadamén:

- Miréu, pos, siñó mestre Artigas, que vullguéu o no vullgáu yo hay de sé lo vostre discípul; y si no, lo vostre mestre. 

Lo va mirá entonses lo mestre Artigas, va menejá lo cap y va contestá: 

- Yo tos admitixgo, chiquet Pedro, perque me es impossible fé un atra cosa obliganme una forsa secreta que no sé lo que es; pero entén que sirás lo meu discípul mentres sápigues menos que yo y may lo meu mestre encara que arribos a pintá milló que Miguel Ángel, perque per an aixó han de passá mols añs y yo soc ya vell, que ting sixanta y nou añs, y an ixa hora que me buscon al món. 

Y tots se van admirá de que lo mestre Artigas li haguere contestat tan blanamen, perque ere de condissió mol aspra, de voluntat absoluta y de opinió forta y asserada.

Van escomensá, pos, a pintá; y lo primé que lo mestre li va enseñá va sé a moldre los colós; y Pedro li preguntáe moltes vegades cóm se mesclaben y quina diferensia ñabíe dels que portáen oli als que no ne dúen, en atres coses del art. Lo mestre Artigas se importunabe, pero unes vegades de bona gana, y atres de mala, satisfée al discípul; y alguna tamé se quedabe mut o li allargáe una clatellada per resposta. Pero ell no se aburríe ni arredráe, sino que cada día procuráe servil en mes afissió y tornáe a les preguntes.

Habíen demanat los del consell al mestre Artigas que primé pintare parres y muixons y después lo que vullguere; y va pintá a la faixa del altá a la má dreta un abre en una parra y mols muixons an ella picán los raíms; y a la punta de un sarmén que fée eixí per un costat va pintá un corv. Li va di entonses Pedro: 

- Siñó mestre Artigas, si me done llissensia li diré una cosa que observo an esta pintura. La hi va doná, y va di:

Lo corv. Edgar Allan Poe.

- Astí hau pintat un corv a la parra, y los corvs mes van als muladás que a les viñes. Una garsa quedaríe milló. Se va assombrá lo mestre Artigas per l'atrevimén del discípul, y li va maná que callare y no sen ixquere de moldre los colós. Va passá un rato, y un atra vegada va di Pedro Saputo:

- Pos encara si me donáreu llissensia diría un atra cosa, siñó, mestre meu. 

- No te la dono, va contestá éste mol alsada la veu. 

- Es una cosa sense importansia, va replicá lo sagal: volía di a vostra mersé que lo corv té que pesá tan com una gallina o poc menos; y de raó hauríe de fé inclinás eixe sarmén solt, y la vostra mersé lo ha pintat tan tiesso com si fore de asser o lo corv estiguere fofo. Al sentí aixó va sé tan gran la rabia del mestre Artigas, que no podén atiná en les paraules va acudí al cacharro dels colós que teníe entre les mans y la hi va aviá en molta furia, chafanse en trossets contra enterra perque lo chiquet va esquivá lo tiro, y va di:

- No vull pintá mes, perque eres un llauradó, un descarat, un insolén, un perillán, un grandíssim bellaco. Y va cridá al poble, y ajuntanlos a la plassa los va di, que mentres tingueren al poble al atrevit de Pedro Saputo, no pintaríe la capella. Entonses Pedro Saputo va demaná llissensia pera parlá y va contá lo que habíe passat en lo seu mestre; y li van doná la raó y lo van aprobá, y no van volé que sen aniguere del poble.

- Pos men aniré yo, va contestá mol emborrascat lo mestre Artigas. 

- Anéu en hora bona, van cridá tots; pero que no se pinto la capella. Y Pedro Saputo eixecán la veu desde una pedra va di al poble: 

- Si lo mestre Artigas sen va y vatres voléu yo pintaré la capella. 

- ¡Que la pinto, que la pinto!, va cridá lo gentío. Y lo justissia y lo consell en los prohomens del poble van encarregá la pintura a Pedro Saputo. Ell entonses mol contén va di:

- Ara miréu, poble de Almudévar; yo pintaré la capella de la nostra Siñora de la Corona, pero me hau de doná lo mateix que li donáeu al mestre Artigas. Y lay van prometre. Los va preguntá qué volíen que pintare, y no sabíen qué dili. Y va torná a preguntáls: 

- ¿Voléu que pinta lo que veéu o lo que no veéu? 

Y van contestá tots: 

- Lo que no veém. 

- Pos yo, va di ell, u pintaré, y tos ha de agradá.

Inmediatamen sen va aná cap a la capella y va borrá lo que habíe pintat lo mestre Artigas, que ere poca cosa. Tres mesos va está pintán, y va acabá l' obra y va di al poble a la plassa: 

- La pintura está acabada. Ara vull que la ermita estigue vuit díes uberta pera que vaiguen a vórela tots los del poble, grans y minuts, sabuts y ignorans, y que si algú trobe defectes a la pintura me los digue pera enmendáls. Y van aná tots a vórela y ningú va trobá cap falta, sino al contrari, lo alabáen mol y díen: 

- ¿Cóm sap fé aixó lo fill de la pupila, que es un chiquet y ningú la hi ha amostrat? Pero li van di que no enteníen les escenes que habíe pintat ni la intensió de ixos cuadros. Y ell los va di: 

- Escolteume, fills de Almudévar: yo tos vach preguntá si había de pintá lo que veéu o lo que no veéu, y me vau contestá que pintara lo que no veéu. Pos be: segons ixa paraula, yo tos hay pintat a un lienzo dos cuadros; la un es un olivá, y l’atre una viña, que són coses que pera vore teniu que aná a Huesca y al Semontano; pero lo que es al vostre lloc no les veéu per dixats y dropos

Al atre lienzo ñan dos cuadros mes; la un es una dona de casa seua mol asseada y cuidada, mol atenta, modesta y aplicada a la seua faena y a la inteligensia de les coses del gobern doméstic, la volten dos chiquets y una chiqueta, fills seus mol grassiosos, llimpios, asseats, ben vestits y criats; que tamé es cosa que no veéu al vostre poble. Al atre ña una sogra y una nora minchán les dos a un plat mol concordes, amigues y ben animades entre elles: cosa que tampoc veéu a la aldea. Per lo voltán y per l'aire ñan bosques, fieres y muixons, nugols, y atres coses segons me s'anáen ocurrín, importabe poc que foren estes o datres. Y a dal a la bóveda o sel de la capella hay pintat a María Santíssima en les mans tancades perque no ña an este poble qui les óbrigue en orassions devotes y sinseres, y la obligo a obriles pera dixá caure damún de vatres les bendissions de que les porte plenes.

Al sentí esta explicassió se van quedá tots espantats de la sabiduría de les pintures, y van cridá mol rato en gran ardó y jubileu: 

- ¡Es verdat!, ¡es verdat! ¡Viva Pedro Saputo! ¡Viva lo fill de la pupila! ¡Viva la honra de Almudévar! Y lo van agarrá y lo van portá a muscles a casa seua alabanlo y cantán a la seua gloria y lo van presentá a sa mare y li van di que ere la dona mes dichosa del món. Ella lo va ressibí plorán de goch, y va doná a tots les grassies per aquell favor que mostraben a son fill.


Original en castellá:

Capítulo IX.

De cómo Pedro Saputo pintó la capilla de la Virgen de la Corona.

O lo he soñado o lo he visto; yo creo que es lo segundo. ¡Y en qué ocasión y cómo la vide! Aún me hierve la sangre y se me enciende el coraje de pensarlo. ¡Cobarde! Allí debí morir, allí debí acabar, que ésta fue su intención o su aturdimiento. Pero me salvó el ángel antiguo de Pedro Saputo porque sabía que andando el tiempo había de tener la inspiración de escribir su vida. Agradezco su protección, y cumplo el encargo de la Providencia.

Tienen los de Almudévar, a la parte del pueblo que mira a Zaragoza, un santuario y capilla de Nuestra Señora de la Corona en un pueyo o montecillo donde en otro tiempo estuvo el castillo de los moros. Y como la hubiesen renovado de su vetustad y ruinas quisieron también pintarla, buscando para la obra un pintor muy afamado de Huesca llamado Raimundo Artigas, hombre melancólico, estreñido de genio, bilioso de color, seco de carnes, largo de cuello y claro de barbas; el cual pidió trescientas libras jaquesas por su trabajo con la condición que él pondría los colores y el agua limpia.

Súpolo el niño Pedro Saputo y se alegró mucho porque quería saber de pintura, faltándole entre otras cosas ver la composición y mezcla de los colores, puesto que el dibujo había llegado al extremo de primor y facilidad. Fue al maestro Artigas y le dijo le tomase por su aprendiz y criado; y la primera vez no quiso. Porfió Pedro, rogó, suplicó, y viéndole siempre duro le dijo un poco despechado pero templadamente. - Mirad, pues, señor maestro Artigas, que queráis que no queráis yo he de ser vuestro discípulo; y si no, vuestro maestro. Miróle entonces el maestro Artigas: meneó la cabeza y respondió: - Yo os admito, niño Pedro, porque me es imposible otra cosa obligándome una fuerza secreta que no sé lo que es; pero entended que seréis mi discípulo mientras supiéredes menos que yo y nunca mi maestro aunque lleguéis a pintar mejor que Miguel Ángel, porque para eso han de pasar muchos años e yo soy ya viejo, que tengo sesenta y nueve, y a esa hora que me busquen en el mundo. Y todos se admiraron de que el maestro Artigas le hubiese respondido tan blandamente, porque era de condición muy áspera, de voluntad absoluta y de opinión fuerte y acerada.

Comenzaron, pues, a pintar; y lo primero que el maestro le enseñó fue a moler los colores; y Pedro le preguntaba muchas veces cómo se mezclaban y qué diferencia había de los que llevaban aceite a los que no llevaban, con otras cosas del arte. El maestro Artigas se importunaba, pero unas veces de buena gana, y otras de mala, satisfacía al discípulo; y alguna también se le quedaba mudo o le alargaba un pescozón por respuesta. Mas él no se aburría ni arredraba, sino que cada día procuraba servirle con más afición y tornaba a las preguntas.

Habían pedido los del concejo al maestro Artigas que primero pintase parras y pájaros y después lo que quisiese; y pintó en la faja del altar a la mano derecha un árbol con una parra y muchos pájaros en ella picando las uvas; y en la punta de un sarmiento que hacía salir por un lado pintó un cuervo. Díjole entonces Pedro: - Señor maestro Artigas, si me dais licencia diré una cosa que observo en esta pintura. Diósela, y dijo: - Ahí habéis pintado un cuervo en la parra, y los cuervos más van a los muladares que a las viñas. Asombróse el maestro Artigas por el atrevimiento del discípulo, y le mandó que callase y no saliese de su molimiento de los colores. Pasó un rato, y otra vez dijo Pedro Saputo: - Pues aun todavía si me dieseis licencia diría alguna otra cosa, señor, maestro mío. - No te la doy, respondió éste muy alzada la voz de punto. - Es una friolerilla, replicó el muchacho: quería decir a vuestra merced que el cuervo debe pesar tanto como una gallina o poco menos; y de razón había de hacer inclinar ese sarmiento suelto, y vuestra merced le ha pintado tan tieso como si fuese de acero o el cuervo estuviese fofo. Al oír esto fue tan grande la ira del maestro Artigas, que no pudiendo atinar con las palabras acudió al cacharro de los colores que tenía entre las manos y se lo tiró con mucha furia, rompiéndose en menudos pedazos contra el suelo porque el niño hurtó el cuerpo al tiro, y dijo: - No quiero pintar más, porque eres un labrador, un descarado, un insolente, un malsín, un grandísimo bellaco. Y se fue de aquel paso y llamó al pueblo, y ayuntado en la plaza dijo, que mientras tuviesen en el lugar al atrevido y vano de Pedro Saputo, no quería pintar la capilla. Entonces Pedro Saputo pidió licencia para hablar y contó lo que había pasado con su maestro; y le dieron la razón y lo aprobaron, y no quisieron que se fuese del lugar. - Pues me iré yo, respondió muy aborrascado el maestro Artigas. - Idos enhorabuena, gritaron todos; mas que no se pinte la capilla. Y Pedro Saputo levantando la voz desde una piedra dijo al pueblo: - Si el maestro Artigas se va y vosotros queréis yo pintaré la capilla. - ¡Que la pinte, que la pinte!, gritó la multitud. Y el justicia y el concejo con los prohombres del pueblo encargaron la pintura a Pedro Saputo. Él entonces muy contento dijo: - Agora mirad, pueblo de Almudévar; yo pintaré la capilla de Nuestra Señora de la Corona, pero me habéis de dar lo mismo que dabais al maestro Artigas. Y se lo prometieron. Preguntóles qué querían que pintase, y no sabían qué decirle. Y tornó a preguntarles: - ¿Queréis que pinte lo que veis o lo que no veis? Y respondieron todos: - Lo que no vemos. - Pues yo, dijo él, lo pintaré, y gustaros ha por mi cuenta.

Inmediatamente se fue a la capilla y borró lo que había pintado el maestro Artigas, que era aún poco y no muy en su lugar. Tres meses estuvo pintando, y concluyó la obra y dijo al pueblo en la plaza: - La pintura está acabada. Agora quiero que la ermita esté ocho días abierta para que vayan a verla todos los del lugar, grandes y chicos, sabios e ignorantes, y que si alguno encuentra defectos en la pintura me los diga para enmendallos. Y fueron todos a verla y nadie halló falta alguna, sino al contrario le alababan mucho y decían: - ¿Cómo sabe hacer esto el hijo de la Pupila, que es un niño y nadie le ha enseñado? Pero le dijeron que no entendían las escenas que había pintado ni la intención de aquellos cuadros. Y él les dijo: - Oídme, hijos de Almudévar: yo os pregunté si había de pintar lo que veis o lo que no veis, y me respondisteis que pintase lo que no veis. Pues bien: según esa palabra, yo os he pintado en un lienzo dos cuadros; el uno es un olivar, y el otro una viña, que son cosas que para ver tenéis que ir a Huesca y al Semontano; pero lo que es en vuestro lugar no las veis por vuestra mucha desidia y cobardía. En el otro lienzo hay otros dos cuadros; el uno es una mujer de su casa muy aseada y cuidadosa, muy atenta, modesta y aplicada a su labor y a la inteligencia de las cosas del gobierno doméstico, rodeándola dos niños y una niña, hijos suyos muy graciosos, limpios y bien vestidos y criados; que también es cosa que no veis en vuestro lugar. En el otro hay una suegra y una nuera comiendo las dos en un plato muy concordes, amigas y bien animadas entre sí: cosa que tampoco no veis en el lugar. Por ahí alrededor y por el aire hay bosques, fieras y pájaros, nubes, y otras cosas según me iban ocurriendo, como quiera que importaba poco fuesen éstas u otras. Y arriba en la bóveda o cielo de la capilla he pintado a María Santísima con las manos cerradas porque no hay en este pueblo quien se las abra con oraciones devotas y humildes, y la obligue a abrirlas para dejar caer sobre vosotros las bendiciones de que las trae llenas.

Al oír esta explicación quedaron todos espantados de la sabiduría de las pinturas, y gritaron mucho rato con grande ardor y júbilo: - ¡Es verdad!, ¡es verdad! ¡Viva Pedro Saputo! ¡Viva el hijo de la Pupila! ¡Viva la honra de Almudévar! Y le tomaron y le llevaron en hombros a su casa alabándole y diciendo cantares en su gloria y lo presentaron a su madre y le dijeron que era la mujer más dichosa del mundo. Ella le recibió llorando de gozo, y dio a todos las gracias por aquel favor que mostraban a su hijo.