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sábado, 27 de julio de 2024

2. 13. Pedro Saputo se separe dels estudians passán abans per la aldea de les novissies.

Capítul XIII.

Pedro Saputo se separe dels estudians passán abans per la aldea de les novissies.

La Aldea, Valjunquera, Valljunquera, Vallchunquera

Difíssil ere vóreles y mantindre lo incógnit; pero la compañía que portáe li ficáe freno, y va determiná passá pel poble pera sabé si habíen eixit del convén, y torná a vóreles sol y desplay. Lo que es conéixel elles ere impossible, perque ademés de está mes prim y mol moreno pel sol, mes alt y del tot diferén per an elles, portáe bigot y un traje mes distinguit, y se habíe esquilat com un escolástic.

A les deu del matí del segón día van arribá al poble; y mentres amorsaben y minjáen a la primera casa que van trobá uberta y aon se van fé prepará l'amorsá (paganlo), se presente un home a suplicáls que anigueren a casa seua. Eixecats los mantels van trobá la casa y van vore que ere son pare de la Juanita, estáen esperanlos ella, sa mare y una cuñada. Encara no habíen acabat de saludá y ya estáe allí la Paulina en un atra sagala veína y los pares que les acompañaben. Al momén se va tratá de ball y lo van dixá aplassat pera mes tart. Se van repartí entre sing cases, y ell va preferí la de Paulina per no sé tan sospechosa com Juanita. Pero ¡oh lo que va patí!, ¡lo que se va tindre que esforsá pera aguantás!, pera no di: ¡yo soc, tendríssima Paulina! Va passá lo día, va passá lo ball, va passá la velada, y va passá la nit, y va sé home de valor; no se va dixá coneixe. Hassaña mes gran que la de cremá les naves de Cortés, que la de passá Julio César lo Rubicón, Aníbal los Pirineus y los Alpes, Alejandro los Estrets del Parrissal y después los montes de Cilicia. En tot, al anassen va entregá a Paulina un billet tancat pera Juanita a dins de un sobre (pera que aquélla no lo obriguere abans), aon los díe a les dos: ¡Traidores! ¡Ya no me coneixéu! ¡No m'hau conegut!

Va corre a portál, y cuan lo van obrí, se van quedá mudes y com un estaquirot pel seu contingut. Perque les paraules eren de Geminita; pero, ¿quí la trobará entre ixos estudians? Loques se tornáen cavilán quí podríe sé lo que així les parláe, lo que així se queixabe de elles. Perque ell, aposta, habíe empleat mols latins en sons pares y en lo mossen del poble, y va tocá lo violín y la vihuela. Ademés Geminita ere mol blanca y los sing estudians eren ¡tan negres com un teó! 

- Vaya, vaya, va di Juanita; tú no coneixes cap estudián ni yo tampoc; si algo teníe que dimos, que se haguere explicat. 

Y u van dixá aixina pera no perdre l'entenimén.

Ya haurá guipat lo lectó que en la trassa que les va doná Pedro Saputo sen van eissí del convén. Y encara que no van di que no tornaríen, y son pare de Juanita pensabe que sa filla teníe una vocassió mol forta al claustre, elles sen enríen, y díen entre sí y a soles cuan s' ajuntaben: primé mortes que monges.

Los estudians van continuá lo seu viache; y al vore la direcsió que lo segón día preníe la marcha van vore la intensió de Pedro Saputo, perque ere lo que solíe guiá sempre. En efecte, los portáe a la serra y al mateix puesto de la floresta aon lo van trobá dormín; y una vegada allí van fé un alt, van traure les güeñes, formache, llenguañissa com la de Graus y butifarres que portáen de la radera aldea aon van tocá y les van aná aligerán. Satisfeta la gana los va di Pedro Saputo: "Amics, compañs y siñós meus: an este puesto me vau pendre a la vostra compañía, y an éste me dixéu, o mes be tos dixo yo, pos de aquí no puc passá. Mol tos dec; lo vostre trate y la vida que ham portat ha sigut pera mí una escola que me ha amostrat mes que pugueren les de tots los filóssofos de Grecia. 

Si un atre añ an este mateix puesto, y lo mateix día y hora passareu per aquí, pot sé que tos estiga aguardán, o vinga a trobatos; y si ni lo un ni l’atre passare, sirá siñal que no me ha sigut possible vindre. No tos dono mes señes de la meua persona; y de les vostres ting les que me fan falta, perque sou honrats y generosos, que són les que yo solgo preferí dels homens. Aneuton de aquí ya y arranquéu a caminá, que la vostra jornada no done pera mes entretenimens. Adiós, compañs, adéu; lo cor me sen va en vatres.» 

Y dit aixó los va abrassá, y se van emossioná tots, contestanli después un de ells:

"Qui vullgue que sigues, amic y compañ, pera natros has sigut verdaderamén l'ángel conductó guián les nostres passes y dirigín la nostra ignoransia. Y si escola pot esta dis, vosté hau sigut lo maestre y la llum de ella. Tornarem, si Deu vol, l’añ que ve, mos obligue la vostra molta discressió y la vostra amistat y trate.» 

Y se van torná a abrassá, se van separá y se van doná les espales en molta pena, com fan los de Fondespala, caminán ells al michdía serra amún, y ell al nort serra aball.

Lo Camí, traduít per Ramón Guimerá Lorente, autó, Miguel Delibes

Tendra y llagrimosa va sé la despedida, perque se volíen de verdat, fen de tots sing la amistat un sol cor y una sola alma. Per lo demés, les gallines y pollastres que se van minjá, los cuixots y conserves que los van regalá, les diablures y carnussades que van fé, les donselles que van alegrá, les casades que van desenfadá, les viudes que van consolá, y los abatuts a qui van humillá, no tenen número; ni vida mes ligera, alegre, plena de goch y descuidada la va passá ningú en tots los siglos y edats del món.

Barrabassades y maleses no ne van fé cap. Los van acusá al cap de algún tems que se habíen emportat disfrassada de home a una donsella de Sieso, filla de un escribén mol ric, de solá antic, que va morí com un san perque escoltáe missa tots los díes y guardáe dijú los divendres y dissaptes, se confessáe y combregáe tots los primés domenches de mes y va casá y dotá en diferentes vegades a sis donselles pobres. Hasta que va enviudá una de elles y va escomensá a enríuressen de la santidat del escribén; y después un atra que fée lo mateix. Díe la primera: "Y, ¿qué li fot a ningú?, yo vull di; bon home vach tindre, y en lo meu me quedo.» Y la segona: "mal conten del hivern de aquell añ; no dic yo mes que: ¡hala amún!, que vach tratá en bons, y dossens escuts ninguna va dixá de agarráls a no sé que fore boba.» Pero a la filla no la van pugué sonsacá. Ella, portada per la seua imaginassió, als dos díes que van passá per allí va fé la picardía de vestís de home, péndreli dinés a son pare, y aná a trobáls a pedra Pertusa, aon los va di que volíe anassen y corre món en ells. Va caminá en ells vuit díes y entonses Pedro Saputo la va podé convense, la va restituí y acompañá hasta lo seu poble. Y va di a son pare pera que veiguere lo mol honor y consiensia de ells que ni un maravedí la habíen dixat gastá de les perres que portáe. En tot cas conveníe casala contra antes milló; y que de aquell antojo de tornás estudián y corre tan libres aventures, com ere una chiquillada, a tots importabe callá, y no fé soroll. Lo escribén apretán los puñs y mirán al sel, va bramá per dolgut, y s'anáe a abalansá sobre sa filla pera apalissala, esbatussala o matala; pero lo va calmá y assossegá Pedro Saputo en la seua elocuensia, y reconsilianlo del tot en sa filla, va torná a buscá als seus compañs. Después se va casá la sagala, y ben casada, perque es gran capa una bona dote, y se amolden les persones a la auló de les riqueses.

Los estudians sen van aná sense sabé quí ere Pedro Saputo, discurrín y pareixenlos per la seua educassió, desinterés y noblesa, que deuríe sé fill de algún gran caballé, y que per alguna travessura sen hauríe anat de casa de sons pares, y li anabe milló aquella vida solta y alegre, que la apretada y formal del orden en lo que se hauríe criat. Tamé van dudá sempre si ere aragonés, castellá o navarro, inclinanse per aixó radé sol perque se dixáe cridá navarro; pero per l'acento podíe sé de consevol provinsia de España, perque un día lo teníe de una manera y l'atre de un atra, fen de lo seu parlá y trasses lo que volíe.


Original en castellá:

Capítulo XIII.

Pedro Saputo se separa de los estudiantes pasando antes por la aldea de las novicias.

Difícil era verlas y mantener el incógnito; pero la compañía que llevaba le ponía freno, y determinó pasar el lugar para saber si habían salido del convento, y volver a verlas solo y espacio. Lo que es conocerle ellas era imposible, porque demás de estar más delgado y muy tostado del sol, más alto y al todo diferente para ellas, traía los bigotes y un traje más distinguido, y se había cortado el pelo entera y legítimamente a lo escolástico.

A las diez de la mañana del segundo día llegaron al lugar; y mientras almorzaban y comían en la primera casa que encontraron abierta adonde se hicieron preparar el almuerzo (pagándolo), se presenta un hombre bien portado a suplicarles viniesen a su casa. Levantados los manteles dieron con él y se encontró con que era el padre de Juanita, y a ella que por su madre y con una cuñada los recibía. Aún casi no habían acabado de saludar ya estaba allí Paulina con otra muchacha vecina y los padres que las acompañaban. Al momento se trató de baile y le dejaron aplazado para más tarde. Repartiéronse en cinco casas, y él prefirió la de Paulina por no ser tan sospechosa como Juanita. Pero ¡oh lo que padeció!, ¡lo que se hubo de esforzar para contenerse!, para no decir: ¡yo soy, tiernísima Paulina! Pasó empero el día, pasó el baile, pasó la velada, y pasó en fin, la noche, y fue hombre de valor; no se dio por conocido. Hazaña mayor que la de quemar las naves de Cortés, que la de pasar Julio César el Rubicón, Aníbal el Pirineo y los Alpes, Alejandro el Estrecho y después los montes de Cilicia. Con todo, al irse entregó a Paulina un billete cerrado para Juanita en el sobre (a fin de que aquélla no lo abriese tan pronto), en que les decía hablando con las dos: ¡Traidoras! ¡Ya no me conocéis! ¡No me habéis conocido!

Corrió a llevárselo, y cuando le abrieron, quedaron mudas y estáticas de su contenido. Porque las palabras eran de Geminita; pero, ¿quién le encontrará en aquellos estudiantes? Locas se volvían discurriendo quién podría ser el que así les hablaba, el que así se quejaba de ellas. Porque él, de propósito, había usado muchos latines con sus padres y con el cura del pueblo, y tocó el violín y la vihuela. Además Geminita era blanco y hermosísimo, y los cinco estudiantes eran ¡tan negros! - Vaya, vaya, dijo al fin Juanita; tú no conoces ningún estudiante ni yo tampoco; si algo tenía que decirnos, que se hubiese explicado. Y lo dejaron así por no perder el juicio.

Ya habrá inferido el lector que con la traza que les dio Pedro Saputo se salieron del convento. Y aunque no dijeron que no volverían, y el padre de Juanita pensaba que su hija tenía una vocación furiosa al claustro, ellas se reían, y decían entre sí y a solas cuando se juntaban: primero muertas que monjas.

Los estudiantes continuaron su viaje; y al ver la dirección que el segundo día tomaba la marcha conocieron la intención de Pedro Saputo, porque era el que solía guiar siempre. Con efecto, los llevaba a la sierra y al mismo sitio y floresta donde le encontraron durmiendo; y llegados allí hicieron alto, sacaron la provisión que traían de la última aldea que tocaron y la fueron aligerando. Satisfecho el apetito les dijo Pedro Saputo: «Amigos, compañeros y señores míos: en este sitio me tomasteis en vuestra compañía, y en éste me dejáis, o más bien os dejo yo, pues de aquí no puedo pasar. Mucho os debo; vuestro trato y la vida que hemos llevado ha sido para mí una escuela que me ha enseñado más que pudieran las de todos los filósofos de Grecia. Si otro año en este mismo sitio, y el mismo día y hora os quisiéredes hallar, puede ser que os esté aguardando, o venga a encontraros; y si ni lo uno ni lo otro sucediera, será señal que no me ha sido posible venir. No os doy más señas de mi persona; y de las vuestras tengo las que me bastan, porque sois honrados y generosos, que son las que yo suelo tomar de los hombres. Alzad de aquí ya y echad a andar, que vuestra jornada no da lugar a más entretenimientos. Adiós, compañeros; el corazón se me va con vosotros.» Y dicho esto los abrazó, y se enternecieron todos, contestándole después uno de ellos: «Quien quiera que seáis, amigo y compañero, para nosotros habéis sido verdaderamente el ángel conductor guiando nuestros pasos y dirigiendo nuestra ignorancia. Y si escuela puede ésta llamarse, vos habéis sido el maestro y la luz de ella. Volveremos, sí, Dios mediante, el año que viene, obligándonos vuestra mucha discreción y vuestra apacibilísima amistad y trato.» Y se tornaron a abrazar, se separaron y dieron por fin la espalda esforzadamente, caminando ellos al mediodía sierra arriba, y él al norte sierra abajo.

Tierna y lagrimosa fue la despedida, porque realmente se querían, haciendo de todos cinco la amistad un solo corazón y una sola alma. Por lo demás, las gallinas y pollos que se comieron, los jamones y conservas con que los regalaron, las diabluras que hicieron, las doncellas que alegraron, las casadas que desenfadaron, las viudas que consolaron, y los bobos a quienes ejecutaron, no tienen número; ni vida más ligera, alegre, gozosa y descuidada la pasó nadie en todos los siglos y edades del mundo.

Travesuras mayor no hicieron ninguna. Achacáronles no obstante de ahí a algún tiempo que se habían llevado disfrazada de hombre una doncella de Sieso, hija de un escribano muy rico, de solar antiguo, que murió en opinión de santo porque oía misa todos los días y ayunaba los viernes y sábados, se confesaba y comulgaba todos los primeros domingos de mes y casó y dotó en diferentes veces seis doncellas pobres. Hasta que enviudó una de ellas y comenzó a reírse de la santidad del escribano; y luego otra, y hacía lo mismo. Diciendo la primera: «Y, ¿qué se le dará a nadie?, yo lo quiero decir; buen marido me tuve, y con lo mío me quedo.» Y la segunda: «mal cuentan del invierno de aquel año; no digo yo sino bien: ¡anda arriba!, que traté con buenos, y doscientos escudos ninguna dejó de tomallos si no fue boba.» Pero la hija no fue sonsacada por los estudiantes, sino que ella de su propio motivo y llevada de su imaginación, a los dos días que pasaron por allí hizo la desenvoltura de vestirse de hombre, tomar dinero a su padre, y los ir a encontrar a Piedra Pertusa, en donde les declaró que quería irse y correr con ellos. Anduvo en efecto, y corrió ocho días; al cabo de los cuales Pedro Saputo, que más particularmente le debía aquella locura, la pudo persuadir, y la restituyó y acompañó a su pueblo. Y dijo a su padre que viese en esta acción y en que ni un maravedí le habían permitido gastar del dinero que traía, el mucho honor y conciencia de ellos; que en todo caso convenía casalla cuanto antes; y que de aquel antojo de tornarse estudiante y correr tan libres aventuras, puesto que fuese una niñería, a todos importaba callar, y no dalle cuerpo ni hacer ruido. El escribano apretando los puños y mirando al cielo, rugió de dolor, y se iba a lanzar sobre su hija para matarla; pero le templó y sosegó Pedro Saputo con su mucha elocuencia, y reconciliándole del todo con la hija, volvió a buscar a sus compañeros. Luego casó la muchacha, y bien, a pesar de aquella liviandad. Que es gran capa un buen dote, y dan de sí y de las personas muy bueno y largo olor las riquezas.

Los estudiantes se fueron sin saber quién era Pedro Saputo, discurriendo y pareciéndoles por su crianza, por su desinterés y su nobleza, que debería ser hijo de algún gran caballero, y que por alguna travesura se habría ido de casa de sus padres, y le acomodaba más aquella vida suelta y alegre, que la sujeta y formal del orden en que se criara. También dudaron siempre si era aragonés, castellano o navarro, inclinándose a esto último sólo porque se lo dejaba llamar; bien que pudiendo por el acento ser de cualquiera provincia de España, que un día le tenía de una y otro de otra, haciendo de su habla y trazas lo que quería.

viernes, 26 de julio de 2024

2. 7. Se descubrix a les monges.

Capítul VII.

Se descubrix a les monges.

Héctor Moret Coso se descubrix a les monges.

Al cap de poc mes de dos mesos li va pareixe que lo bigot se li anáe espessín, y va di a les seues dos enamorades novissies, que ere ya tems de pensá en lo que teníen que fé. Perque si ella (ell) se quedabe home com portáe trassa de séu per lo que li quedáe de vida, allí no podíe está; y si les mares u sabíen, ñauríe una gran tronada de escándol y aspavens.

- Pos si tú ten vas, li van contestá, mos morirem les dos de pena. 

- Calléu, va di ell, que ya ne cavilaré yo alguna pera que ton aniguéu tamé vatres dos y mos veigam les tres fora de esta presó, y mos amem y busquem y tratem en libertat y gust.

¿Qué, no voléu torná a les vostres cases y al estat libre que teníeu?

- Sí, sí, van di les dos mol contentes; ¿pero cóm u farem? 

- Ya u ting pensat, va di ell, y tos u comunicaré al seu tems. 

Ara entenéu que yo no puc dixá de manifestá a la mare priora lo que me passe, y figureutos ya lo que resultará; no pot dixá de sé la meua eixida del convén. Pero abans quedará mol ben ordenat lo que toque a vatres. Sentíen elles aixó y los saltáe lo cor de jubileu perque se habíen ubert los seus ulls y veíen que aquell estat no los conveníe.

En molta vergoña y en temó va aná ell a la cámara de la mare priora y li va di (demananli abans perdó y suplicanli que no la maltratare), que segons habíe advertit, fée alguns díes que se estáe tornán un home; y que ya u ere casi del tot.

La priora, al sentí tal charrada, va arrencá a riure, la va mirá a la cara, y después de un rato va di:

- Tú, Geminita, no estás be del cap. ¿Qué te passe, pobreta?, ¿qué es aixó?, ¿T'añores de la teua terra?, ¿Tens la semaneta y aixó te gire lo juissi? No te preocupos; cridaré a sor Mercedes, que es íntima amiga meua, y te vol tamé mol, y vorem lo que se ha de fé en tú. Ara vesten al coro y resa nou Padrenuestros o Parenostres y nou Salves al san del día, San Estés, al nostre beato patriarca y a la Virgen de la teua devossió; y a les set tornarás y ya vorem. En aixó lo va agarrá de la má en bondat y li va besá al fron. Va cridá a sor Mercedes, li va di lo que ñabíe, y sen va enriure tamé mol y u va tindre per imaginassió, y van quedá en que tornare al cap de un hora.

Va aná, per supost, al coro Pedro Saputo y va resá lo que li va maná la priora, no pera que los sans que invocabe li tornaren lo entenimén que no habíe perdut, sino pera que, pos ya que eixiríe de aquella seguridat y asilo, de aquella oscurina y retiro, lo libraren dels alguasils de Huesca. Y va arribá la hora entre tan y se va presentá a la cámara de la priora aon lo aguardaben les dos amigues.

- Me pareix, siñores y mares meues, va di, que la orassió del coro me ha acabat de convertí en home, no sol perque ya u soc perfecte en cos, sino perque me séntigo en unes forses extraordinaries, y un gran dessich de blandí espases y arcabusos, y de montá y bufáls deball de la coa als caballs; y hasta la cara me s'ha mudat. Y dién aixó brassejabe y apretabe los puñs, y ficáe lo semblán fort y marcat. Y pera proba, va di, miréu y perdonéu, y va agarrá a sor Mercedes y la va fé voltá com a una nina, y después a la priora, encara que ere mes grossota, y se van admirá les bones monges, y van pensá que efectivamen ere ya un home o u acabaríe de sé mol depressa. La escena va sé divertida, la rissa gran, y después la admirassió y lo pasmo de aquelles dos beneídes dones, sense podé creure del tot lo que veíen, ni tampoc dixá de creureu. En conclusió van acordá no di res a la comunidat y doná vuit díes de tems a Geminita pera que se reconeguere milló y puguere afirmá y ratificá lo que acababe de declará. La forseguera de que va fé alarde, y hasta lo semblán que ara sels figuráe mes reforsat y que tirabe a señes de home, cuan hasta aquell día les habíe paregut dona. Tamé sels representabe mes alt de estatura, y lo seu cos mes dret y musculós. Y van está parlán dos hores bones, acabanse lo consell en la ressolusió (mentres ell estáe ya jugán en les seues novissies) de repudiá tota proba que ofenguere lo pudor o repugnare a Geminita; encara que sén totes dones (va di la priora) no tindríe que sé tan gran l'empach.

Va proposá tamé la priora consultá al pare confessó; y a sor Mercedes, que ere mes avisada, no li va pareixe be per moltes raons y atres tans motius que va exposá, resumín que per la seua part no se teníe que consultá a ningú, ni se atropellaríe a la sagala, ni volíe tindre escrupols; y se va conformá la priora.

En ixos vuit díes van tindre les dos monges mols coloquis, y sempre quedaben en lo mateix, amaganse empero la una a l'atra, que les dos miráen a Geminita en uns atres ulls dels que la habíen mirat hasta entonses, y que la volíen tamé mes y en un atre gust.

No va tindre ell a les seues volgudes novissies mol tems en suspense, si passats los vuit díes se veíe obligat a eixí del convén, les va previndre y va di:

- Ya veéu, amigues meues, que este estat y esta vida no tos convé; engañades vau vindre, o ignorans mes be y sense sabé lo que tos feieu. Y com me diéu que tos moriríeu les dos en pocs díes si aquí tos quedáreu, vach a donatos la trassa que hau de inventá y seguí pera eixí de aquí y torná a les vostres cases. La una fará vore que está dolenta y l'atra mol trista. La mare priora haurá de escriure als pares de la dolenta; vindrán, los demanaréu que tos traguen uns díes, y ya no tornaréu. La manera de fé aixó...

- No ña per qué cansás, va di Juanita; ya t'ham entés; yo soc la dolenta y Paulina la triste. Als dos mesos que tú ten haigues anat, ya faltará poc pera la nostra professió, se fa lo embeleco, y te prometixgo que ixirá be, vullgue o no vullgue. ¿Yo quedám aquí? Primé me tiraré de la finestra mes alta.

- Y yo, va contestá Paulina, me agarraré a les teues faldes y caurem juntes.

- Pera fé vore que estás dolenta, continuabe Pedro Saputo...

- ¡Qué pesadet! Lo va interrompre o interrumpí Juanita. Hay dit y repetixgo que está calat. En dixá de vóret me ficaré dolenta tan de veres, que pot sé que después me costo mich añ recuperám; y si vull un añ. Pero, ¿mos dones paraula de vindre a vóremos?

- Sí, va contestá Pedro Saputo; y vatres, ¿me la donéu a mí de vóldrem sempre com ara?

- Sí, y mes encara, li van di les dos. Y van quedá en aixó.

Passats los vuit díes se va torná a presentá a les mares, y va confirmá y ratificá lo que habíe dit, assegurán que sense remey ere home, y home del tot, y sol home; que ya no li chauchaben los ofissis de dona, y ya li fée nosa lo vestit y personalidat de dona, que en consecuensia veíe que no podíe está mes al convén; que u sentíe mol, pero que ya veíen que Deu als seus inexcrutables y inapelables juissis habíe disposat un atra cosa.

¡Oh, quí u habíe de di! Se van ficá tendres aquelles dos sensibilíssimes y apressiabilíssimes siñores. Y ell que u va guipá, va continuá dién:

- Yo hasta ara hay mereixcut de la bondat de algunes mares, de vostra mersé espessialmén, algunes mostres de cariño que potsé ya no me atreviré a torná com abans; y es un atra proba mes de la meua sansera transformassió, pos la vech y u séntigo per la amistat de unes persones de qui tan favor y potsé amor hay mereixcut.

An aixó elles sense tartí, sense di ni mu, miráen com un mussol de Fórnols, y los pareixíe que Geminita parláe mes doctamen, com si desde que ere home tinguere lo sabé y la autoridat. La priora, per fin, li va di:

- Pos be, cuan vullgues, cuan te paregue determinarás la teua eixida del convén; natres no te traurem; a la teua prudensia y voluntat u dixem.

- Yo, los va contestá, no men aniría may; no, siñores; que moltes llágrimes vech que haurá de costám.

- Tamé a natros, va di la priora; y desde ara te demanem que mos donos noves teues, te passo lo que te passo. Y mentres estigues al convén sigues prudén y no digues res a ningú; sobre tot a les novissies.

Acordat aixó y mosseganse Pedro Saputo los labios sobre lo que ñabíe a l'atra part, los va demaná que li fassilitaren roba, la que fore, pera fes un vestit de home. Vindrás demá, li van di, y la tindrás preparada. En efecte van acudí an algunes túniques y mantellets de san, perque no teníen datra cosa a má, y com a gorra una tuniqueta de vellut blavós tirán a violeta de un chiquet Jesús Nazareno, adornada en galons de or; y en tres díes se va fé tot lo traje. 

Res va di a les novissies, la nit que lo va tindre acabat, sel va ficá y ajuntanles a la cámara de Paulina sels va presentá vestit de home y en una pluma mol pincha a la gorra que se va acomodá de una de pavo real que teníe la priora. Cuan elles lo van vore, van pensá que se tornáen loques de amor, y en micha hora no van acabá de mirál, ni en una, ni en dos, ni en tota la nit, de fé extrems y regalás en ell y regalali lo cor y l'alma.

En son demá va proposá y li va pareixe be a la priora, que per la nit, después de sená, se vestiríe a la seua cámara pera que lo veigueren ella y sor Mercedes. Se van reuní, y ell va demaná que lo pentinaren com a un home y caballé, y u van fé elles de boníssima gana. 

Va entrá a la alcoba, se va vestí, se va ajustá la gorra una miqueta inclinada cap a un costat, y en una grassia y bizarría capás de marejá a una santa pintada, ix cap a fora de les cortines mirán afablemen y sonrién a les monges, que al vórel van creure que ere una visió del sel. Tan galán estáe, tanta ere la seua hermosura, tal lo seu donaire y gallardía. Miranles en una tendresa que derretiríe la neu, y enterbolits los ulls de llágrimes va corre cap a la priora en los brassos uberts, y después cap a sor Mercedes, y elles lo van ressibí en lo mes gran apressio que van pugué perque ni la una ni l'atra sabíen lo que les passáe; y sol les pareixíe que Geminita no ere Geminita sino l'ángel del amor, ni elles sor Fulana y sor Zutana, sino dos dones a qui un foc interió que may habíen sentit les estáe desfén lo cor y turbáe la raó y los sentits.

En son demá lo va cridá sor Mercedes a la seua cámara, y tancán la porta va di:

- Desde lo primé día que mos vas parlá de lo que dius que te estáe passán, hay estat pensán cóm podíe sé; y en fin, Geminita, me dono a entendre, y crec que estic covensuda, y no me fará ningú creure un atra cosa, que tan home eres cuan vas vindre al convén, com ara, perque ixa transformassió siríe un milagre mol gran, y tan de rissa com gran, y no u habíe de fé Deu aixina per passatems y joc. Pero sigue lo que vullgue, no te obligaré a que me descubrixques lo misteri de la teua persona y de la teua vinguda an esta casa, perque misteri es y no menut per mes que u dissimulos. Ni tú eres tan ignorán com fas vore, ni tan sensill com aparentes, ni te dius Geminita, sol vech en tú un gran secreto que farás be de no revelá a ningú perque així estarás mes segú. Així com yo res hay dit de esta sospecha a la mare superiora, perque es algo aprensiva y podríe rompre per aon no vinguere al cas. La teua mirada continguda y serena me diu que es verdat tot lo que estic dién. Pero te has cansat de viure en natres y vols anáten; o has satisfet ya la teua curiosidat y gust. Vesten en hora bona, encara que per mí te juro que no ten aniríes; y si me fore possible tamé te seguiría. Perque vach vindre mol engañada, y engañada me vach ficá este hábit, y mes que engañada vach professá y abrassá un estat que si no me fa tan infelís com a les atres, perque no ting la imprudensia de fotre cosses contra lo fisó, y me conformo en lo dit del vulgo y de la ressignassió animosa, que diuen al fet, pit; en tot confesso que me fa viure sense vida. Cap abán empero, no sé cóm me anirá, perque la teua presensia y bellíssima figura no se borrará de la memoria fassilmen; no, jove apressiable. ¡Y ten vas! ¡Ten vas ara que t'ham conegut!, 

¡y sense sabé quí eres!, ¡sense sabé quí es lo que a una edat tan de chiquet tanta discressió ha tingut vivín entre natres, tal desenvoltura, tan amor y encán ha escampat an esta casa...! Dissimula y no extraños estes llágrimes... ¡te vull, jove amable

Sí, ¡ay! te vull... sol te demano... que parlos... y... que me consolos...! Y dién aixó y plorán se va aviá als seus brassos.

A l'atre día la priora, encara que en algún rodeo y menos franquesa, li va di lo mateix, y tamé va dixá corre una llágrima y se li van escapá alguns suspiros; tots mes templadamén ya pel seu carácter, ya per la seua edat, pos teníe coranta y sing añs, cuan sor Mercedes ne teníe sol trenta y un, y encara que de espíritu eixecat ere mes delicada y amán.

No sabíen está sense ell aquells díes que indefinidamen se quedáe al convén; y ell per gratitut y per afecte, perque ere impossible dixá de correspondre a tans favors, les contemplabe lo mes sensiblemen que podíe.

Se descubrix a les monges. Convén. Sigena, Sijena, Sexena

Original en castellá:

Capítulo VII.

Descúbrese a las monjas.

Al cabo de poco más de dos meses le pareció que el bozo del labio se le iba espesando a más andar, y dijo a sus dos enamoradas novicias, que era ya tiempo de pensar en lo que debían de hacer. Porque si ella (él) se quedaba hombre como llevaba trazas de serlo toda su vida, allí no podía estar; y si las madres lo sabían, habría gran tempestad de escándalo y aspavientos. - Pues si tú te vas, le respondieron, nos moriremos las dos de pena. - Callad, dijo él, que ya daré yo traza para que os vayáis también vosotras y nos veamos las tres fuera de esta prisión, y nos amemos y busquemos y tratemos a nuestra libertad y gusto. ¿Qué, no queréis volver a vuestras casas y al estado libre que teníades? - Sí, sí, dijeron las dos muy contentas; ¿pero cómo haremos? - Ya yo lo tengo pensado, dijo él, y os lo comunicaré a su tiempo. Agora entended que yo no puedo menos de manifestar a la madre priora lo que me pasa, y figuraos ya lo que resultará; no puede dejar de ser mi salida del convento. Pero antes quedará muy bien ordenado lo que toca a vosotras. Oían ellas esto y les saltaba el corazón de júbilo porque se habían abierto sus ojos y veían que aquel estado no les convenía.

Con mucho rubor al parecer y con algún miedo realmente fue él a la celda de la madre priora y le dijo (pidiéndole antes perdón y suplicándole no la maltratase), que según había advertido, hacía algunos días que se tornaba hombre; y que lo era ya casi entera y cumplidamente. La priora al oír tal disparate, que disparate y grande era para ella, se echó a reír, le miró a la cara, y después de un rato dijo: - Tú, Geminita, estás de la cabeza. ¿Qué te sucede, pobrecilla?, ¿qué es esto?, ¿tienes cariños de tu tierra?, ¿o estás en tu mala semana y eso te turba el juicio? No te aflijas; llamaré a sor Mercedes, que es mi íntima amiga, y te quiere también mucho, y veremos lo que se ha de hacer contigo. Agora vete al coro y reza nueve Padrenuestros y nueve Salves al santo del día, a nuestro beato patriarca y a la Virgen de tu devoción; y a las siete volverás y veremos. Con esto le tomó de la mano con bondad y le besó en la frente. Llamó a sor Mercedes, díjole lo que había, y se rió también mucho y lo tuvo por imaginación, quedando por último, en volver a la hora citada.

Fue, por supuesto, al coro Pedro Saputo y rezó lo que le mandó la priora, no para que los santos que invocaba le volviesen el juicio que no había perdido, sino para que, pues iba a salir de aquella seguridad y asilo, de aquella oscuridad y retiro, le librasen de los alguaciles de Huesca. Y llegó la hora entre tanto y se presentó en la celda de la priora donde le aguardaban las dos amigas. - Paréceme, señoras y madres mías, les dijo, que la oración de coro me ha acabado de convertir en hombre, no sólo porque lo soy ya perfecto en mi cuerpo, sino porque me siento unas fuerzas extraordinarias, y un gran deseo de manejar espadas y arcabuces, y de montar y correr caballos; y hasta el rostro se me ha mudado. Y diciendo esto braceaba y apretaba los puños, y ponía el semblante fuerte y levantado. Y aun para prueba, dijo, mirad y perdonad (y tomó a sor Mercedes y la jugó como a una muñeca, y luego a la priora, aunque más gruesa); y se admiraron las buenas monjas, y creyeron que efectivamente era ya hombre o lo iba a acabar de ser muy aprisa. La escena fue divertida, la risa grande, y después la admiración y el pasmo de aquellas dos benditas mujeres, sin poder resolverse del todo a creer lo que veían, ni tampoco dejar de creerlo. En conclusión acordaron no decir nada a la comunidad y dar ocho días de tiempo a Geminita para que se reconociese mejor y pudiera afirmar y ratificar lo que acababa de declararles. Inclinábalas mucho el esfuerzo de que hizo alarde, y aun el semblante que de golpe se les figuró más robusto y que tiraba a señas de hombre, cuando hasta aquel día les había parecido mujer. También se les representaba más alto de estatura, y su cuerpo más derecho y liso. Y estuvieron hablando bien dos horas, terminándose el consejo con la resolución (mientras él estaba ya jugando con sus novicias) de desechar toda prueba que ofendiese el pudor o repugnase a Geminita; aunque siendo todas mujeres (dijo la priora) no debería ser tanto el empacho.

Propuso asimismo la priora consultar al padre confesor; y a sor Mercedes, que era más avisada y cuerda, no le pareció bien por muchas razones y otros tantos motivos que expuso largamente, resumiéndose en que por su parte ni se consultaría a nadie, ni se atropellaría a la muchacha, ni quería tener escrúpulos; y se conformó la priora.

En aquellos ocho días tuvieron las dos monjas muchos coloquios, y siempre quedaban en lo mismo, ocultándose empero la una a la otra, a pesar de su intimidad, que las dos miraban a Geminita con otros ojos que la habían mirado hasta entonces, y que la querían también más y con otro gusto.

No tuvo él a sus carísimas novicias mucho tiempo suspensas, sino que por si pasados los ocho días se veía obligado a salir del convento, les previno y dijo: - Ya veis, queridas mías, que este estado y esta vida no os conviene; engañadas vinisteis, o ignorantes más bien y sin saber lo que os hacíais. Y pues me decís que os moriríades las dos en pocos días si aquí os quedásedes, voy a daros la traza, que habéis de inventar y seguir para saliros y volver a vuestras casas. La una se fingirá enferma y la otra muy triste. La madre priora habrá de escribir a los padres de la enferma; vendrán, le pediréis que os saquen unos días, y ya no volvéis. El modo como habéis de hacer esto... - No hay para qué cansarse, dijo denodada Juanita; ya te hemos entendido; yo soy la enferma y Paulina la triste. A los dos meses que tú hayas ido, que ya faltará poco para nuestra profesión, se hace el embeleco, y te prometo que saldrá bien, quiera que no quiera. ¿Yo quedarme aquí? Primero me tiraré de la ventana más alta. - Y yo, respondió Paulina, me asiré de tus faldas y caeremos juntas. - Para fingirte enferma, continuaba Pedro Saputo... - ¡Que das en ser porfiado!, le interrumpió Juanita. He dicho y repito que está calado. Con dejar de verte y derrengarme un poco de ánimo enfermaré yo tan de veras, que puede ser que después me cueste medio año de convalecer; y si quiero un año. Pero, ¿nos das palabra de venir a vernos? - Sí, respondió Pedro Saputo; y vosotras, ¿me la dais a mí de quererme siempre como agora? - Sí, y más aún, le dijeron las dos. Y quedaron en esto.

Pasados los ocho días se volvió a presentar a las madres, y confirmó y ratificó lo que les había dicho, asegurándoles que sin remedio era hombre, y hombre del todo, y sólo hombre; que le repugnaban los oficios de mujer, y se afrentaba ya del traje y persona de mujer, que en su consecuencia conocía que no podía estar más en el convento; que lo sentía mucho, pero que ya veían que Dios en sus inexcrutables e inapelables juicios había dispuesto otra cosa. ¡Oh, quién lo dijera!, se enternecieron aquellas dos sensibilísimas y apreciabilísimas señoras. Y él que lo advirtió, continuó diciendo: - Yo hasta ahora he merecido de la bondad de algunas madres, de vuesas mercedes especialmente, algunas muestras de cariño que quizá ya no me atreveré a devolver como antes; y es otra prueba más de mi entera transformación, pues la veo y siento en la amistad de unas personas a quien tanto favor y quizá amor he merecido. A esto nada contestaban ellas, miraban solamente, y les parecía que Geminita hablaba más doctamente, y como si desde que era hombre tuviera infuso el saber y la autoridad. La priora, por fin, le dijo: - Pues bien, cuando quieras, cuando te parezca determinarás tu salida del convento; en la inteligencia que nosotras no te echaremos; a tu prudencia y voluntad lo dejamos. - Yo, les contestó, no me iría nunca; no, señoras; que muchas lágrimas veo habrá de costarme. - También a nosotras, dijo la priora; y desde agora te pedimos nos des nuevas de ti, sucédate lo que te suceda. Y mientras estés en el convento sé prudente y no digas nada a nadie; sobre todo a las novicias.

Acordado esto y mordiéndose Pedro Saputo los labios sobre lo que había en otra parte, les pidió que le facilitasen ropa, cualquiera que fuese, para hacerse un vestido de hombre. Vendrás mañana, le dijeron, y la tendrás prevenida. Con efecto acudieron a algunas túnicas y mantitos de santo, porque no tenían otra cosa a mano, y para gorra una tuniquilla de terciopelo morado de un niño Jesús Nazareno, guarnecida con galones de oro; y en tres días se hizo todo el traje. Nada dijo a las novicias, sino que la noche que lo tuvo concluido, se lo puso y reuniéndolas de antemano en la celda de Paulina se les presentó vestido de hombre y con una airosa pluma en la gorra que se acomodó de una de pavo real que tenía la priora. Cuando ellas le vieron, pensaron volverse locas de amor, y en media hora no acabaron de mirarle, ni en una, ni dos, ni en toda la noche, de hacer extremos y regalarse con él y regalarle el corazón y el alma.

Al día siguiente propuso y pareció bien a la priora, que por la noche, después de cenar, se vestiría en su celda para que le viesen ella y sor Mercedes. Reuniéronse con efecto, y él para causarle mayor las rogó que le peinasen y tocasen a lo hombre y caballero, que lo hicieron ellas de bonísima gana. Entróse en la alcoba, vistióse, púsose la gorra un poquito inclinada a un lado, y con una gracia y bizarría capaz de marear a una santa pintada, sale y se para fuera de las cortinas mirando afable y risueño a las monjas, las cuales al verle creyeron que era una visión del cielo. Tan galano estaba, tanta era su hermosura, tal su aire y gallardía. Mirádolas que hubo un poco, y sonriéndose con una ternura que derritiera la nieve, y preñándosele los ojos de lágrimas corrió a la priora con los brazos abiertos, y luego a sor Mercedes, y ellas le recibieron con el mayor regalo que pudieron porque ni la una ni la otra sabían lo que les pasaba; y sólo les parecía que ni Geminita era Geminita, sino el ángel del amor, ni ellas sor Fulana y sor Zutana, sino otras dos mujeres a quienes un fuego súbito interior que jamás sintieran les estaba deshaciendo el corazón y turbaba la razón y los sentidos.

Al día siguiente le llamó sor Mercedes a su celda, y cerrando la puerta dijo: - Desde el primer día que nos hablaste de lo que dices te sucedía, he estado pensando cómo podía ser; y al fin, Geminita, me doy a entender, y creo que estoy persuadida, y no me hará nadie creer otra cosa, que tan hombre eras cuando viniste al convento, como agora, porque esa transformación sería un milagro muy grande, y tan jocoso como grande, y no le había de hacer Dios así por pasatiempo y juego. Pero sea lo que quiera, no te estrecharé a que me descubras el misterio de tu persona y de tu venida a esta casa, porque misterio es y no pequeño por más que lo disimules. Ni tú eres tan ignorante como te finges, ni tan sencillo como aparentas, ni te llamas Geminita, ni veo en ti sino un profundo secreto que harás bien de no revelar a nadie porque así estarás más seguro. Así como yo nada he dicho de esta sospecha a la madre superiora, porque es algo aprensiva y podría romper por donde no vendría al caso. Tu mirada, en medio de tu advertido continente y serenidad, me dice que es verdad todo lo que estoy diciendo. Pero te has cansado de vivir con nosotras y quieres irte; o has satisfecho ya tu curiosidad y tu gusto. Vete en hora buena, aunque por mí te juro que no te irías; y si me fuese posible también te seguiría. Porque vine muy engañada, y engañada vestí este hábito, y más que engañada profesé y abracé un estado que si no me hace tan infeliz como a otras, porque no tengo la imprudencia de dar coces contra el aguijón, y me conformo con el dicho del vulgo y de la resignación animosa, que dicen a lo hecho, pecho; con todo confieso que me hace vivir sin vida. En adelante empero, no sé cómo me irá, porque tu presencia y bellísima figura no se borrará de la memoria fácilmente; no, joven apreciable. ¡Y te vas! ¡Te vas ahora que te hemos conocido!, ¡y sin saber quién eres!, ¡sin saber quién es el que en una edad tan de niño tanta discreción ha tenido viviendo entre nosotras, tal desenvoltura ha ejecutado, tanto amor y encanto ha esparcido en esta casa...! Disimula y no extrañes estas lágrimas... ¡te quiero, joven amable! Sí, ¡ay! te quiero... sólo te pido... que hables por fin... y... que me consueles...! Y diciendo esto y llorando se echó en sus brazos.

Otro día la priora, aunque con algún rodeo y menos franqueza, le vino a decir lo mismo, y también dejó correr una lágrima y se le escaparon algunos suspiros; todos más templadamente ya por su carácter, ya por su edad, pues contaba cuarenta y cinco años, cuando sor Mercedes tenía sólo treinta y uno, y aunque de espíritu levantado era más delicada y amante.

No sabían estar sin él aquellos días que indefinidamente permanecía en el convento; y él por gratitud y por afecto, porque era imposible dejar de corresponder a tantos favores, las contemplaba lo más sensiblemente que podía.

2. 3. Aventures del camí de Barbastro.

Capítul III.

Aventures del camí de Barbastro.

Aventures del camí de Barbastro.


No anáe per lo camí real o triscat temén que lo flare s'haguere mort y lo estigueren acassán, sino per sendes y voreres per culpa de la temó que lo guiabe.

Se va topetá en un llauradó que ajudat de dos mossos fills seus estáe fen uns forats com a fosses y li va preguntá pera qué los faien. Li van contestá que pera plantá una viña, y que a cada forat ficáen dos sarmens. Va mirá ell un rato y va di:

plantá una viña

- Bons llauradós, ¿no siríe milló en ves de ixos forats obrí una sanja tan llarga com la tira de viña, y u faríeu en mes fassilidat, y después de orejada y solejada ficáreu los sarmens atravessats y los enterráreu en la terra ya curada que vau traure primé? 

Y va di lo mes mosso dels fills:

- Yo crec, pare, que este sagal té raó.

Pero lo pare va contestá:

- Ni tú ni ell la teniu; aixina me va enseñá lo vostre yayo, mon pare, a plantá la viña, y aixina tos u enseño yo a vatres.

- Y ¿no donaréu datra raó, bon home?, li va di Pedro Saputo. ¿Conque moro mon pare y moro hay de morí yo? Pos en verdat que si sempre faiguerem lo que van fé los nostres pares y allacuanta féen ya los antics, sempre lo món estaríe com al primé día. 

Y dieume, ¿Cuán donará fruit aquella atra viña?

- Eixa, va contestá lo llauradó, se va plantá l’añ passat y encara tardará a doná fruit, perque ara creix y arraíle, después se pode a ran, degolle o escamoche, pera tráureli los chupons inutils, y después torne a rechitá, llansá, y són ya los sarmens que han de formá lo sep; y al cuart añ de plantada fa lo primé raím.

Va mirá Pedro Saputo la viña de mes a prop, va mirá les atres y se va girá al llauradó y li va di:

- Yo crec que dixá llansá al seu aire a la viña ha de tráureli forses del seu arrailamén, y que siríe milló podala com lo primé añ, o al menos llimpiala mol be, y podala lo segón, cuan ya tindríe que doná alguns carrolls. Perque... 

- No ña perque ni per cuán, lo va tallá lo llauradó; sou un mosset que encara put a la lleit de sa mare, ¿y veniu donanme llissons y volén enseñám modes noves? Caminéu, fill de puta, y seguiu lo vostre camí, si es que sabéu aón está, que yo, per sert, no tos hay cridat.

- Men vach, sí, men vach, va contestá Pedro Saputo, pero tos dic, home fals, y chafaré sen llanses sobre aixó, que la viña que no done fruit y bo, encara que no mol abundán, lo segón añ, o no va naixe pera viña o es filla de burro.

- ¿L'hau sentit al insolén? Va di lo llauradó a sons fills; y los mossos van arremetre contra nell eixecán les seues caveguetes. 

Ell anáe ya a probá un atra vegada la puntería del seu bras en un parell de coduls contra los mossos, cuan, enrecordansen del flare preguntón, los va dixá caure als peus; pero se va enfrentá al primé que veníe, y agarranlo de costat va esquivá lo cop de la eixadella, li va saltá damún y lo va tombá an terra, mentrestán va arribá l’atre y va fé en ell lo mateix. Bregáen per eixecás, y ell los marejáe com un ratolí al gat, hasta que pera acabá li va fotre una puñada al mes gran al muscle y li va estamordí un bras, y al mes menut de una cossa li va empaná los nassos, fenli saltá un riu de sang; y li va di al pare que veníe cap an ell mol furién:

- Vech canes al vostre cap y no li vull ficá les mans a damún, cap de suro, que si no teníu mes dicha en atres coses que tindre fills valens, miréu la cara que porten. Torqueuli los mocs an eixe mosso que se embrute la cara y la camisa, y an eixe atre lligueulo curt, si ne sabéu, que be u ha de menesté, y donéu memories de la meua part al albéitar del poble. Y en aixó los va dixá y va tirá cap abán.

Atravessán plans, y baixán y puján barrangs, alguns mol fondos, passán rius y no tocán cap poble, perque se desviabe de tots, va vindre la nit y no sabíe aón se trobáe, habíe perdut lo tino y estáe baldat. Va trobá un collet coronat de un edifissi cuan miráe cap al sel perque ñabíe molta oscurina; y a má dreta allá lluñ sentíe algunes campanes. Este collet y este edifissi, va di, be podríe sé la ermita famosa de Nostra Siñora del Puch y eixes campanes que séntigo siríen de la siudat de Barbastro. Y així ere en verdat. Y fen alto y mirán a la ermita díe: ahí té que ñabé per lo menos un capellá en la seua casera; pero es hora sospechosa, y primé contestarán los morts dels sementeris y se eixecarán al juissi de Deu, que contestarán ixos solitaris ara y me obrirán la porta. La siudat, segons lo eco de les campanes, no pot está mol lluñ y vech una faixa blanca que deu sé lo caminet, la senda. Dormiu en pas, guardes del santuari; no vull estorbá lo vostre descans ni donatos cap susto sense profit. Y dién aixó va empendre lo camí de la siudat.

A les poques passes y entre una gran espessura de abres que faen del tot fosc lo puesto de un costat al atre del camí, va sentí remugá, y después va topetá en un home que li va preguntá sobressaltat: 

- ¿Quí va?, ¿sou cosa de este món o del atre?

- De éste y del atre, va contestá Pedro Saputo; y vosté, ¿quí sou? 

- Yo, va di lo home en veu tremolosa, soc un penitén, y totes les nits ixco de la siudat a les nou, y en los peus descalsos y resán lo rosari ving a la ermita, reso a la porta a ginollons set credos y tres salves, y men entorno cap a casa. De nou díes men falten tres, avui es lo sexto de la novena.

- ¿Y quin pecat hau cometut, li va preguntá Pedro Saputo, pera fé tan extraña penitensia? Y va contestá lo home: 

- Un domenche que va aná molta gen al Puch vach está yo un rato per eixes caigudes del monte en algunes mossetes y vach seduí a una de elles.

- Pos, amic, va di Pedro Saputo, si tots los que seduíxen donselles als santuaris o van an ells a demostrá los seus amors, segons ting sentit y prediquen per ahí los flares, hauríen de fé esta penitensia que vosté fa, me pareix a mí que totes les ermites del món hauríen de sé mes visitades de nit que de día.

- Es que yo, va di lo penitén, li vach doná paraula, y ara ha eixit de sing y no vull casám en ella, sino en un atra.

- ¡Hostia!, va di Pedro Saputo; esta ya es mes grossa. Pero has de entendre, mosso engañat, que en la teua penitensia no satisfarás a la mosseta, perque ella, creén en la paraula que li vas doná se va entregá a la teua voluntat, y la has burlat. La deuda de la teua paraula sempre estará viva; aquell deute sempre es lo mateix; lo dret es de ella y sol de ella, y si no sedix, la vostra persona tota no es la vostra, sino seua.

¿Qué feu als passeos de nitet a la ermita, y en los credos y salves? Encara que vingueres tota la teua vida, en ves de sol nou nits, no enmendaríes la mala obra que li vas fé ni li tornaríes la honra que li has pres, ni redimiríes la obligassió que tens en ella. No vas be, mosso, no vas be; y lo confessó que te ha imposat ixa penitensia es un ignorán que tos porte a la perdissió en eixe engañ que vols fé a Deu y has fet al món y a la sagala. Yo te dic, y creume: si vols viure en pas de la teua alma, y no sé desgrassiat an este món y condenat al atre, cumplix primé la penitensia, ya que te la han imposat, y después la paraula an aquella simple inossén mosseta. Yo sé que ella te vol, y com la vas engañá, cada día demane a Deu que te castigo. ¡Y te castigará!... ¡Y ara mateix! ¡Aquí mateix y per la meua má!... Si no te arrepentixes inmediatamen y vas demá a demanali perdó y oferili la teua má. ¿U entens?... Va di estes paraules en gran forsa y severidat, y lo mosso estáe ya tan acollonit, que al sentiles va caure an terra de ginolls y va di tremolán y plorán:

- U faré, siñó ángel, u faré; ¡no me matéu!, ¡no me faiguéu mal, per Deu! - ¡Sí que u faré! - ¡Ay, Siñó!, ¡Dixeume aná a demanali perdó a la Virgen Santíssima!...

- Ves en hora bona, va di Pedro Saputo en la mateixa seriedat; pero has de tindre entés que si no cumplixes, si demá mateix no vas a casa de la mosseta, y quedes conforme, te trauré la vida de repén en una espasa invissible que porto sempre en mí. Perque, ¡villano!

- ¡Siñó, siñó!, va gañolá lo mosso mich mort de po.

- Camina, malaventurat; seguix lo teu camí, y demá mos vorem aquí o a un atra part. Y dién aixó lo va agarrá del bras y de una espolsada lo va eixecá y lo va aventá camí abán en tal furia, que al infelís li va pareixe que lo remate siríe obrís la terra daball dels peus y caure al mes fondo dels abismos del infiarn. Va aná entropessán deu o dotse passes caigo o no caigo y bramán:

- Virgen Santíssima, ¡perdó!, ¡perdónam!, tot escagarsataterrorisat, en temó de que sel emportaren los dimonis. La escurina los va separá y arribán lo mosso a la porta de la capella va fé mols actes de contricsió y va está dos hores allí en la boca seca demanán misericordia a Deu y a María Santíssima. Y en son demá a la matinada va aná a vore a la dels sing (mesos), li va di que ya volíe casás en ella, y en efecte va portá cap abán lo negossi en tanta actividat que abans de acabás lo mes estáen casats, y mol contén ell de pugué aná al sel en una dona que ben mirada valíe tan com un atra, apart de habela conegut en lo sentit bíblic, que no done ni trau poca cosa.


Original en castellá:

Capítulo III.

Aventuras del camino de Barbastro.

No iba por el camino real o trillado temiendo que el fraile hubiese muerto y le siguiesen, sino por sendas y campos a la husma del miedo que le guiaba; y dio con un labrador que ayudado de dos mozos hijos suyos estaba haciendo unos hoyos como fuesas y le preguntó para qué los hacían. Respondiéronle que para plantar una viña, y que en cada hoyo ponían dos sarmientos. Miró él un rato y dijo: - Buenos labradores, ¿no sería mejor en vez de esos hoyos abrir una zanja tan larga como la tira de la viña, y las haríades con más facilidad, y después de oreada y soleada poníades vuestros sarmientos atravesados y los enterrábades con la tierra ya curada que sacastes primero? Y dijo el más mozo de los hijos: - Yo creo, padre, que este muchacho tiene razón. Mas el padre contestó: - Ni tú ni él la tenéis; así me enseñó vuestro abuelo a plantar la viña, y así os enseño yo a vosotros. - Y ¿no dais otra razón, buen hombre?, le dijo Pedro Saputo. ¿Conque moro mi padre y moro he de morir yo? Pues en verdad que si nunca hiciéramos sino lo que hicieron nuestros padres y lo hicieron ya los antiguos, siempre el mundo estuviera en el primer día, y todas las cosas en la primera rudeza. Y decidme, ¿cuándo dará fruto esotra viña vuestra? - Ésa, respondió el labrador, se plantó el año pasado y aún tardará a dar fruto, porque agora crece y se arraiga, después se poda raso o degüella, para quitarle la pujanza inútil, y luego torna a echar y son ya los sarmientos que han de formar la cepa; y al cuarto año de plantada hace el primer fruto. Miró Pedro Saputo la viña inmediata, miró otras y volvió al labrador y le dijo: - Yo creo que ese dejar brotar libremente a la vid ha de quitalle fuerzas de su arraigo, y que sería mejor podalla según arte el primer año, o al menos limpialla muy bien, y podalla el segundo, con que debería dar ya algunos racimos. Porque... - No hay porqué ni por cuándo, le atajó diciendo el labrador; sois un rapaz que aún hedéis a la leche del ama, ¿y os venís dándome lecciones y queriendo persuadir modas nuevas? Andad, hi- de- puta, y seguid vuestro camino, si es que sabéis a dó ís, que por cierto no os he llamado. - Me voy, sí, me voy, respondió Pedro Saputo, porque así me cumple; pero dígoos, hombre falso, y romperé cien lanzas sobre ello, que la viña que no da fruto y bueno, aunque no muy abundante el segundo año, o no nació para viña o es hija de burro. - ¿Lo habéis oído el insolente?, dijo el labrador a sus hijos; y los mozos arremetieron contra él levantando sus azadas. Él iba ya a probar otra vez la certeza de su brazo con un par de piedras contra los mozos, cuando, acordándose del fraile, quiso más bien remitirlo de pronto a los pies; mas hizo alto luego y revolvió contra el primero que venía, y tomándole de lado esquivó el golpe de la azada y le saltó encima y lo derribó en tierra, mientras llegó el otro e hizo con él lo mismo. Bregaban por levantarse, y él los zarandeaba como ratón al gato, hasta que por concluir dio un puño al mayor en el hombro y le tulló un brazo, y al menor de una coz le aplastó las narices haciéndole saltar un río de sangre; y dijo al padre que venía contra él muy furioso: - Veo canas en vuestra cabeza y no quiero poner las manos en vos, alma de corcho, que si no tenéis más dicha en otras cosas que en parir hijos valientes, catad qué gesto ponen. Bien cuitado habéis de ser en toda vuestra suerte. Limpiad los mocos a ese mozo que le ensucia la cara y la camisa, y a ese otro brizmadle si sabéis, que bien lo ha de menester, y dad memorias de mi parte al albéitar del lugar. Y con esto los dejó y pasó adelante.

Atravesando llanos, y bajando y subiendo barrancos profundísimos, pasando ríos y no tocando ningún pueblo, porque se desviaba de todos, vino la noche y no sabía dónde se encontraba, más de que con grande afán y perdido el tino en dos o tres horas de noche y fatiga, dio con un montecillo coronado de un edificio, que le vio mirando contra el cielo por ser mucha la oscuridad; y a su mano derecha a lo lejos oía algunas campanas. Este cabezo y este edificio, dijo, bien podría ser la ermita famosa de Nuestra Señora del Pueyo, y esas campanas que oigo serían de la ciudad de Barbastro. Y así era la verdad. Y haciendo alto y mirando a la ermita decía: ahí debe de haber por lo menos un capellán con su casera; pero es hora sospechosa, y primero responderán los muertos de los cementerios y se levantarán al juicio de Dios, que respondan esos solitarios ahora y me abran la puerta. La ciudad, según el eco de las campanas, no puede estar muy lejos y veo una faja blanca que debe ser el camino. Dormid en paz, guardadores del santuario; no quiero turbar vuestro descanso ni daros un susto sin provecho. Y diciendo así tomó el camino de la ciudad.

A pocos pasos y entre una grande espesura de árboles que del todo hacían oscuro el sitio de un lado a otro del camino, oyó murmurar, y luego topó con un hombre que le preguntó sobresaltado: - ¿Quién va?, ¿sois cosa de este mundo o del otro? - De éste y del otro, respondió Pedro Saputo; y vos, ¿quién sois? - Yo, dijo el hombre con voz trémula, soy un penitente, y todas las noches salgo de la ciudad a las nueve, y a pies descalzos y rezando el rosario vengo a la ermita, rezo a la puerta de rodillas siete credos y tres salves, y me vuelvo a casa. De nueve días me faltan tres, sin hoy porque es el sexto. - ¿Y qué pecado habéis cometido, le preguntó Pedro Saputo, para hacer tan extraña penitencia? Y respondió el hombre: - Un domingo que fue mucha gente al Pueyo me anduve yo un rato por esas caídas del monte con algunas mozas y seduje a una de ellas. - Pues, amigo, dijo Pedro Saputo, si todos los que seducen doncellas en los santuarios o van a ellos a gozar sus amores, según tengo oído y predican por ahí los frailes, hubiesen de hacer la penitencia que vos, paréceme a mí que todas las ermitas del mundo habían de ser más visitadas de noche que de día. - Es que yo, dijo el penitente, le di palabra, y agora ha salido de cinco y no quiero casarme con ella sino con otra. - ¡Hola!, dijo Pedro Saputo; ésa ya es más apostema. Pero habéis de entender, mozo engañado, que con vuestra penitencia no satisfacéis a la moza, porque ella creyendo en la palabra que le distes se entregó a tu voluntad, y la habéis burlado. La deuda de vuestra palabra siempre está viva; aquella deuda siempre es la misma; el derecho es de ella y sólo de ella, y si no cede, vuestra persona toda no es vuestra sino suya. ¿Qué hacéis con vuestros paseos nocturnos en la ermita, y con vuestros credos y salves? Aunque viniérades toda vuestra vida, cuanto más nueve noches, no enmendaríades la mala obra que le hicisteis ni le volveréis la honra que le habéis quitado, ni redimiríades la obligación que tenéis con ella. No vais bien, mozo, no vais bien; y el confesor que os ha impuesto esa penitencia es un ignorante que os lleva a la perdición con ese engaño que queréis hacer a Dios y habéis hecho al mundo y a la muchacha. Yo os lo digo y creedme: si queréis vivir en paz de vuestra alma, y no ser desgraciado en este mundo y condenado en el otro, cumplid primero la penitencia, ya que os la han impuesto, y después la palabra a aquella simple inocente moza. Demás que yo sé que ella os quiere, y con todo porque la engañaste, cada día pide a Dios que os castigue. ¡Y os castigará!... ¡Y ahora mismo! ¡Aquí mismo por mi mano!... si no os arrepentís inmediatamente y vais mañana a pedille perdón y ofrecelle vuestra mano. ¿Lo entendéis?... Dijo estas palabras con gran fuerza y severidad; y el mozo estaba ya tan bascoso, que al oírlas cayó en tierra de rodillas y dijo temblando y llorando: - Lo haré, señor ángel, lo haré; ¡no me matéis!, ¡no me matéis, por Dios! - ¡Sí que lo haré! - ¡Ay, Señor!, ¡dejadme ir a pedir perdón a la Virgen Santísima!... - Id en hora buena, dijo Pedro Saputo con la misma severidad; pero tened entendido que si no cumplís, si mañana mismo no vais a casa de la moza, y quedáis conforme, os quitaré la vida de repente con una espada invisible que traigo conmigo. Porque, ¡villano! - ¡Señor, señor!, gritó el mozo medio muerto. - Andad, malaventurado; seguid vuestro camino, y mañana nos veremos aquí o en otra parte. Y diciendo esto le tomó del brazo y de una sacudida le levantó y echó camino adelante con tal furia, que al infeliz le pareció que el remate sería abrírsele la tierra a los pies y caer en el más profundo abismo del infierno. Anduvo diez o doce pasos cayendo y no cayendo y exclamando: - Virgen Santísima, ¡perdón!, ¡perdón!, y muriéndose de horror y de miedo de que de vuelo se le llevasen los demonios. La oscuridad los separó en tanto, y llegando el mozo a la puerta de la capilla hizo muchos actos de contrición y estuvo dos horas allí con la boca seca pidiendo misericordia a Dios y a María Santísima. Y al día siguiente por la mañana fue a ver a la de los cinco, le dijo que ya quería casarse con ella, y con efecto llevó adelante el negocio con tanta actividad que antes del mes estaban casados, y muy contento él de poder ir al cielo con una mujer que bien mirada valía tanto como la otra, fuera de haberla conocido, que no da o quita poco.

domingo, 23 de septiembre de 2018

JORNADA SEGONA. NOVELA TERSERA.

Tres joves, malgastán los seus bens, se empobríxen; y un nebot seu, que al torná a casa desesperat té com compañ de camí a un abad, trobe que éste es la filla del rey de Inglaterra, que lo pren per home y critique los descalabros de sons tíos restituínlos lo seu bon estat.


Van sé sentides en admirassió les aventures de Rinaldo de Asti per les Siñores y los joves y alabada la seua devossió, y donades grássies a Déu y a San Julián que li habíen prestat socorro cuan gran nessessidat ne teníe, y no va sé per naixó (encara que aixó se diguere mich de amagatóns) reputada per sabóca la Siñora que habíe sapigut agarrá lo be que Déu li habíe manat a casa. Y mentres que sobre la bona nit que aquell habíe passat se enraonabe entre sonrisses de pillos, Pampínea, que se veíe al costat de Filostrato, acatánse que an ella li tocabe esta vegada, va escomensá a pensá en lo que teníe que contá, y va escomensá a parlá aixina:

Valeroses Siñores, contra mes se parle dels fets de la fortuna mes quede per contá; y de alló dingú té que maravillás si pense que totes les coses que nostres anomenám están a les seues máns y ella les cambie segóns lo seu amagat juissi, sense cap pausa y sense cap orden conegut per natros.

Va ñabé a la nostra siudat un caballé de nom micer Tebaldo, que, segóns volen algúns, va sé dels Lamberti y atres afirmen que ere dels Agolanti, segóns lo ofissi que los seus fills después de ell han fet, conforme al que sempre los Agolanti habíen fet y encara fan. Pero dixán a una vora a quina de les dos cases perteneixíe, dic que va sé éste als seus tems un riquíssim caballé y va tindre tres fills, lo primé va tindre per nom Lamberto, lo segón Tebaldo y lo tersé Agolante, hermosos y cortesos joves, encara que lo mes gran no arribare als devuit añs, cuan este riquíssim micer Tebaldo se va morí, y an ells, com als seus hereus, tots los seus bens inmobles y mobles va dixá.

JORNADA SEGONA. NOVELA TERSERA.

Éstos, veénse quedá riquíssims, en campos, llauradós y possesións, sense cap atre gobern mes que lo seu propi plaé, sense cap freno ni serreta al bossal van escomensá a gastá. Teníen mols criats y bons caballs y góssos y muixóns y continuamen invitats, y donáen a tots, y féen justes y féen no sol lo que a gentilhomes correspón, sino tamé alló que los donáe la gana fé. Y no habíen portat mol tems tal vida cuan lo tessoro dixat pel pare va mermá y no tenínne prou per als gastos les rentes, van escomensá a empeñá y a véndre les possesións; y avui una, demá un atra, casi no sen van doná cuenta y ya estaben arruinats, y se van obrí a la pobresa los seus ulls, que a la riquesa habíen tingut tancats. Lamberto, cridán un día als atres dos, los va di cuán gran habíe sigut la honorabilidat del pare y cuánta la seua, y cuánta la seua riquesa y quina la pobresa a la que per lo seu desordenat gastá habíen arribat; y lo milló que va sabé, abáns de que mes clara fore la seua miséria, los va animá a véndre lo poc que los quedabe y a anássen; y aixina u van fé.

Y sense despedís ni fé cap pompa, van eixí de Florencia, y no se van aturá hasta que van arribá a Inglaterra, y allí, llogán o alquilán una caseta a Londres, fen mol poquets gastos, van escomensá a dixá dinés en ussura; y tan favorable los va sé la fortuna en este negossi que en pocs añs una grandíssima cantidat de dinés van guañá. Tornán a Florencia, gran part de les seues possesións van torná a comprá y moltes atres, y se van casá; y, per a continuá dixán dinés a Inglaterra, a aténdre los seus negossis van enviá a un jove nebot seu que teníe per nom Alessandro, y ells tres se van quedá a Florencia, habén olvidat a lo que los habíe portat lo gasto de abáns, mes que may tornaben a gastá massa y teníen mol crédit en tots los mercadés y per consevol cantidat gran de dinés.
Estos gastos uns cuans añs va ajudá a mantindre la moneda que los enviabe Alessandro, que se habíe ficat a dixá dinés a baróns que dixaben en garantía los seus castells y atres rentes seues, y aixó grans rendiméns donabe. 

Y mentres los tres germáns gastaben y cuan los faltaben dinés los demanáben en préstamo, tenín sempre la seua esperansa a Inglaterra, va passá que va escomensá a Inglaterra una guerra entre lo rey y un fill seu per la que se va partí tota la isla, y uns apoyáben a un y datres al atre. Per naixó van sé tots los castells dels baróns arrebatats a Alessandro y ara no teníen cap renta. Esperán que consevol día entre lo fill y lo pare se faríen les paus y aixina totes les coses siríen restituídes a Alessandro, rendiméns y capital, Alessandro de la isla no sen anabe, y los tres germáns, que a Florencia estaben, gens ni mica los seus gastos limitaben, demanán en préstamo encara mes cada día. Pero después de que durán mols añs cap efecte se va vore seguí a la esperansa de la pas, los tres germáns no sol lo crédit van pédre sino que, volén aquells a qui debíen sé pagats, van sé engarjolats; y no ñabénne prou en les seues possesións per a pagá, pel que faltabe se van quedá a la presó, y les seues dones y los fills encara minuts sen van aná al campo en bastán pobres avíos o guarnissió, no sabén ya qué podíen esperá mes que miséria per a sempre.

Alessandro, que a Inglaterra la pas mols añs habíe esperat, veén que no arribabe y pareixénli que se quedabe allí tamé en perill de la seua vida, habén pensat torná a Italia sol, se va ficá en camí. Y per casualidat, al eixí de Brujas, va vore que eixíe un abad blang acompañat de mols flares, en mols criats y pressedit de gran bagache; en ell veníen dos caballés vells, paréns del rey, als que; com a coneguts, se va arrimá Alessandro, per nells a la seua compañía va sé de bona gana ressibit. Caminán, pos, Alessandro en ells, los va preguntá quí eren los flares que en tan séquito montaben dabán y aón anaben. A lo que un dels caballés va contestá:

- Este que monte dabán es un jove parén nostre, abad de una de les mes grans abadíes de Inglaterra, casi tan gran com la deKingsbridge; y com es mes jove del que les leys manen per a tal dignidat, anem natros en ell a Roma a suplicáli (impetrar) al san pare que, pesse a la seua tendra edat, lo dispenso y después en la dignidat lo confirmo: perque aixó no se pot tratá en dingú mes. Caminán, pos, lo novel abad ara dabán dels seus criats ara a la vora de ells, aixina com veém que fan tots los díes per los camíns los Siñós, va vore a Alessandro que prop de ell caminabe. Alessandro teníe una cara mol hermosa, ere cortés y agradable y de bones maneres. Aixó li va agradá a primera vista mes del que res li habíe agradat may, y cridánlo a la seua vora, en ell va escomensá a conversá y a preguntáli quí ere, de aón veníe y aón anabe. A lo que Alessandro tot sobre la seua condissió francamen li va di y va contestá totes les seues preguntes, y se va oferí al seu servissi, encara que poc puguere fé. Lo abad, sentín la seua bona conversa y considerán les seues maneres, y pensán que encara que lo seu ofissi habíe sigut servil, ere gentilhome, se va ensendre mes en este agrado; y ya ple de compassió per les seues desgrássies, lo va confortá y li va di que tinguere bona esperansa perque, si home de pro ere, Déu li tornaríe la fortuna y hasta lay aumentaríe; y li va rogá que, ya que cap a la Toscana anabe, vullguere quedás a la seua compañía, ya que ells tamé anaben cap allí. Alessandro li va doná les grássies pel consol y li va di que acataríe tot lo que li manare. Al pit del abad se movíen extrañes coses per lo que li habíe vist a Alessandro, y va passá que después de algúns díes van arribá a una vila que no estabe massa dotada de albergues, y volén allí acomodá al abad, Alessandro lo va fé desmontá a casa de un venté o possadero que li ere mol conegut y li va fé prepará una alcoba al puesto menos incómodo de la casa. Y, convertit ya casi en mayordomo del abad, com estabe mol acostumbrat an alló, com milló va pugué va instalá per la vila a tot lo séquito. Habén ya sopat o senat lo abad y ya sén nit tancada, y tots los homes están dormín, Alessandro va preguntá al messoné aón podríe dormí ell. A lo que lo possadero li va contestá:

- De verdat que no u sé; ya veus que tot está ple, y pots vore als meus criats dormín als bangs y cadieres, pero a la alcoba del abad ñan uns arcóns als que te puc portá y ficá damún algún madalap y allí, si te pareix be, com milló pugues gítat esta nit.
A lo que Alessandro va di:

- ¿Cóm hay de aná a la cámara del abad, que saps que es minuda y tan estreta que no se han pogut gitá allí cap dels seus flares? Si yo men haguera donat cuenta de alló cuan se van córre les cortines hauría fet dormí damún dels arcóns als seus flares y yo me hauría quedat aon ells dórmen. A lo que lo possadero va di:

- Pero aixina está lo assunto, y podríes, si vols, está allí ben be; lo abad dorm y les cortines están passades, yo te portaré sense fé soroll una manta, ves a dormí. Alessandro veén que aixó podíe fes sense cap moléstia per al abad, va está de acuerdo, y tan a poquetet y calladet com va pugué se va acomodá allí. Lo abad, que no dormíe, sino que pensabe en los seus extrañs dessichos, sentíe lo que lo possadero y Alessandro parláben, y tamé habíe sentit aón se habíe gitat Alessandro; per lo que, mol contén, se va escomensá a di:

- Déu ha enviat la ocasió als meus dessichos; si no la aprofito, igual no tornará en mol tems. Y dessidínse del tot a aprofitála, pareixénli tot tranquilet al albergue, en veu baixa va cridá a Alessandro y li va di que se gitáre a la seua vora; ell, después de moltes negatives, se va despullá y se va gitá allí. Lo abad, ficánli la má al pit lo va escomensá a tocá igual com solen fé les dessichoses joves als seus amáns; de lo que Alessandro se va extrañá mol, y va dudá si lo abad, espentat per un deshonesto amor, lo tocabe de aquella manera. Esta duda la va reconeixe lo abad, y va sonriure, y traénse la camisa que portabe damún va agarrá la má de Alessandro y se la va ficá damún del pit diénli:

- Alessandro, avénta fora los teus pensaméns de tontet, y busca aquí, mira lo que amago. Alessandro, en la má damún del pit del abad, va trobá dos mamelletes redones y pretes y delicades, com si hagueren sigut de marfil. Vist enseguida que lo abad ere una dona, sense esperá un atra invitassió, abrassánla la volíe besá, cuan ella li va di:

- Abáns de que te arrimos, escolta lo que te vull di. Com pots vore, soc dona y no home; y, donsella, men vach aná de casa meua y al Papaanaba a que trobáre un bon home: o per la sort de trobát o per a la meua desgrássia, al vóret l´atre día, me va fé enséndre per tú lo amor com a cap dona li haygue passat abáns; y per naixó hay pensat vóldret com lo meu home abáns que a cap atre. Si no me vols per dona, ix de aquí enseguida y torna al teu puesto.
Alessandro, encara que no la coneixíe, considerán la compañía que portabe, va estimá que teníe que sé noble y rica, y hermossíssima la veíe; pel que, sense pensássu massa, va contestá que, si li apetíe alló, an ell mol li agradabe. Ella entonses, eixecánse y assentánse al canto del llit, dabán de una fusteta aon estabe la efigie o imache de nostre Siñó, ficánli a la má un anell, se van casá, y después, ben apretadets, en gran plaé de cada una de les parts del cos, lo que quedabe de aquella nit van aná tombán y girán sense despertá als que com a socs dormíen.

Y convenín entre ells lo modo y la manera dels fets per vindre, al eixecás lo día, Alessandro, eixín pel mateix puesto de la alcoba pel que habíe entrat, sense sabé ningú aón habíe dormit aquella nit, mes contén que unes castañoles, en lo abad y en la seua compañía se va ficá en camí, y después de moltes jornades van arribá a Roma. Después de uns díes, lo abad en los dos caballés y en Alessandro, sense dingú mes, van sé ressibits per un cardenalen apellit de origen sarraceno y en acento chapurriau, y ell los va fé entrá a vore al Papa; y feta la reverénsia pertinén, aixina va escomensá a parlá lo abad:

- San Pare, aixina com vosté milló que dingú hau de sabé, tots los que honestamen volen viure tenen que fugí de lo que de per un atra senda puguere conduíls; lo que per a que yo, que honestamen vull viure, podría fé, en lo hábit en que me veéu escapada secretamen en mols dels tessoros del rey de Inglaterra, mon pare, que al rey de Escocia, un siñó més agüelo que los márgens, sén yo jove com me veéu, me volíe doná per dona, y hay vingut aquí per a que la vostra santidat me donare un bon home. Y no me va fé fugí sol la vellesa del rey de Escocia, tamé la temó de fé, per la fragilidat de la meua juventut, si en ell me casara, algo que aniguere contra les divines leys y contra lo honor de la sang real de mon pare.

Y venín per aixó, Déu, que sol ell coneix lo que a cadaú li fa falta, crec que per la seua misericórdia, an aquell a qui an ell apetíe que fore lo meu home me va ficá dabán dels ulls: y aquell va sé este jove - y va enseñá a Alessandro - que vos veéu a la meua vora. Les seues costums y mérit són dignes de consevol gran Siñora, encara que potsé la noblesa de la seua sang no sigue tan clara com es la real. An ell, pos, hay pres per home y an ell vull, y no ne tindré may a datre, y me done igual lo que li paregue a mon pare o als demés. Aixina que la prinsipal raó que me va fé vindre aquí ha desaparegut, pero me va paréixe be completá lo camí, tan per a visitá los sans puestos y dignes de reverénsia, dels que está plena esta siudat, com a la vostra santidat, y tamé per a que per vos lo matrimoni entre Alessandro y yo dabán sol de la presénsia de Déu, faiguera yo públic dabán la vostra presénsia, y la dels demés homes. Humildemen tos rogo que alló que a Déu y a mí mos ha apetit tos sigue grato y que me donéu la vostra bendissió, per a que en ella tingám la de aquell del que sou vicari, pugám juns, en lo honor de Déu y lo vostre, viure y finalmen morí.


Se va maravillá Alessandro al sentí que la seua dona ere filla del rey de Inglaterra, y se va omplí de extraordinária alegría; pero mes se van maravillá los dos caballés y tan se van enfadá que si a un atra part y no dabán del Papa hagueren estat, los hauríen fet a Alessandro y potsé a la dona alguna canallada. Per un atra part, lo Papa se va maravillá mol tan del hábit de la dona com de la seua elecsió; pero sabén que no se podíe reculá, va voldre satisfé la seua demanda y primé consolán als caballés, als que vee cabrejats, y ficánlos en pas en la Siñora y en Alessandro, va doná órdens per a fé lo que calguere. Y arribán lo día fixat per nell, dabán de tots los cardenals y atres mols grans homes de pro, que invitats a una grandíssima festa preparada per nell habíen vingut, va fé vindre a la Siñora, que tan hermosa y atractiva pareixíe que ere per tots alabada, y del mateix modo Alessandro espléndidamen vestit. En apariénsia y en modáls no pareixíe un jove que a ussura haguere dixat dinés, sino mes be de sang real, y per los dos caballés va sé mol honrat. Y aquí se van fé selebrá solemnemen los esponsales, y después, fetes be y magníficamen les bodes, en la seua bendissió los va despedí. Li va apetí a Alessandro, y tamé a la Siñora, al partí de Roma aná a Florencia aon ya habíe arribat la fama de la notíssia; y allí, ressibits per los siudadáns en máxim honor, va fé la Siñora liberá als tres germáns, habén fet primé pagá a tots los deudós y tornáls les seues possesións an ells y a les seues dones. Pel que, en bons dessichos de tots, Alessandro en la seua dona, emportánse a Agolante, sen va aná de Florencia y arribats a París, honorablemen van sé ressibits pel rey. De allí sen van aná los dos caballés a Inglaterra, y tan se van afaná en lo rey que los va torná la seua grássia y en grandíssima festa va ressibí an ella y al seu gendre, al que poc después va fé caballé y li va doná lo condat de Cornualles. Y ell va sé tan capás que va reconsiliá al fill en lo pare, y va torná la pas a la isla y se va guañá lo amor y la grássia de tots los del país, y Agolante va recuperá tot lo que li debíen, y ric sen va entorná a Florencia, habénlo primé armat caballé lo conde Alessandro. Lo conde, después, en la seua dona gloriosamen va viure, y segóns lo que algúns diuen, en lo seu juissi y valor y la ajuda del sogre va conquistá después Escocia, de la que va sé coronat rey.

CUARTA

domingo, 28 de julio de 2024

4. 1. Li propose sa mare a Pedro Saputo que se caso. Revelassió importán.

Llibre cuart.

Capítul I.

Li propose sa mare a Pedro Saputo que se caso. Revelassió importán.

Li propose sa mare a Pedro Saputo que se caso. Revelassió importán.



¡Quína llástima que Pedro Saputo passare dels dessat o devuit añs de edat que teníe cuan va eixí del convén! ¡Quínes coses tan amables ñauríe a la seua vida! Perque lo que es ell no nessessitáe mes barbes, mes tempero ni madurassió: ere un gran músic, un bon pintó, literato o lletrat, filóssofo, mol ample de muscles y ben reforsat, un home perfecte, un home complet y fet de totes totes. 

Es verdat que com los demés van aná envellín, no haguere pugut tindre sempre los mateixos amors, y se va vore obligat a dixá los que sen anaben de la orfanidat, y aná agarrán los que van aná vinín. Pero aixó an ell ¿qué li fotíe?; algo, ya u vech; perque ni lo cor del home es aixina ni ña verdadé amor sense estima, ni estima sense virtut, y la virtut seguix totes les edats. Pijó siríe encara si tinguere fills, perque éstos creixeríen, trauríen barba, y se faríen homens, y lo pare se quedaríe detrás de ells y sagal sempre. Vaiga, no pot sé, no estaríe be, es disparate pensáu; milló es lo que ara se use.

Per un atra part, ¡sé sempre jove!, ¡no passá may dels vin añs! ¡Ay, qué bo siríe, dirá aquí alguna sagala lectora passada ya de ixa edat o assomanse an ella! ¡Ay, qué bo! Pos mira, lectó, sagala, o entenu tú que lliches, la jove dels cuatre lustros, o los que tingues, que si a la meua má estiguere may siríeu velles, sense que sigue lisonja féu mes bon goch y mos agradéu mes de joves. Una vegada passats los trenta y cuatre o trenta y sing, tos pararía allí y no tos faríeu mes fees. Sí que ha passat ya la juventut y sen va aná lo coló de rosa, y la vivesa dels ulls y la finura de la careta, y lo aire y la amabilidat dels añs de les grassies. Pero encara no sou fees. ¿Qué mes volíeu? Parléu als deu añs mes, y diréu: ¡ay quí los agarrare! Pero no me se ha donat este encárrec; u séntigo, y mes no podéu remediá. Conque admitiu la voluntat o alcansaume llissensia pera servitos.

Ham arribat al llibre cuart de la vida de Pedro Saputo, al que ya es home de mes serios pensamens, ya no li putixen los mantellets, y ya no faltará qui mol pronte li dono una sofrenada y li digue: hola, mosso; mira que eres home. Sino que es lo cas que yo, com lo vull tan y ere ell tan viu y demoniet de sagal, séntigo que no u sigue sempre y tingam que tratá de coses tan formals com sirán les que apunten y seguixen. En tot, ell es lo mateix, y yo tamé, y així ni ell dixará de obrá com qui ere, ni yo de escriure com hay escrit hasta ara. Conque, ¡arredro, tristesa!, ¡oste allá, pesás del alma! Bon ánim y continuem. Aquell inviarn lo va passá Pedro Saputo al seu poble, dedicanse al estudi prinsipalmen y sense olvidá la pintura y la música. Los ratos libres descansáe en la conversa de Eulalia que en tan bon mestre va arribá a sé la sagala mes discreta y amable de la terra. No dixáe de creures digna del mateix favor la filla de sa padrina, perque ere tamé mol amable, grassiosíssima, maja, garbosa, entesa, encara que inossén, y un verdadé diamán traballat, y treballat per tals mans; y tamé lo volíe mol, habenla inclinat sa mare al amor de Pedro Saputo en propósit de que la amistat dels pares se arribare a estretí del tot en la unió dels fills y quedaren les dos cases fetes una sola. Ell, sabenu, contemplabe y alegrabe a san germaneta, pero la part prinsipal sempre ere pera Eulalia.

Sa mare, en fin, después de habéu pensat moltes vegades y habé reculat tantes atres per temó de la seua resposta, se va determiná a insinuali que lo seu dessich siríe vórel casat, a la seua edat ya conveníe. Y li va afechí que al poble mateix podríe casás mol be, si vols casat be, cásat al carré, al seu poble no lo engañaríen. Yo sé, va di, que ña qui te vol y pense en tú mes de lo que tú assertarás a imaginát. De Eulalia tú sabrás a lo que está disposada, habén dit sempre a la seua familia y publicamen que te volíe tan que may voldríe a datre home, perque no lo podíe ñabé ya digne de ella después de habet conegut a tú y merescut lo teu amor. Gala, sí, fill meu, gala está fen, de sé filla de un filldalgo que tú saps lo fanfarrón que ere, del amor en que te vol y diu que tú li correspons. Y lo que es mes, ningú murmure de ella sino que encara pareix que tots la volen mes per esta ressolusió y desenfado. De les demés del poble, grans, minudes y michanes, potsé te costaríe mes preguntá que conseguí lo sí de elles y dels pares; perque yo sé cóm me saluden, yo sé lo que me afavorixen, tratanme com a igual hasta les mes engreídes y pujadetes, visitanme y alegranse cuan yo les visito. 

No sé lo que es; pero hasta pera criades me se han brindat sagales de cases mol dessentes. Pero entre totes me pareix que a qui te pots dirigí es a la filla de ta padrina, a tan germaneta, an ixa Rosa que u es verdaderamen y a qui sa mare ha criat com aposta pera tú, y ella mereix un home com tú, perque es un ángel com veus de hermosa y amable, sempre alegre y natural, viva, dóssil y grassiosa, advertida, sempre portán la gloria als seus ulls y an aquella careta que no sé si haurás mirat be, pero que sense parlá diu mol, en un cor puro y tendre, y un pensamén florit; que ben dichós sirá, fill meu, ben dichós al que ella óbrigue lo seu pit y se li entrego del tot.

Pedro Saputo li va contestá:

- Cosa natural es que vosté, siñora mare, me haigáu proposat que me casa. No obstán, a mí me pareix que encara soc massa jove. ¿Qué són vinticuatre añs pera un home, y encara no cumplits? 

Y pera mí són menos que pera datres. Tamé crec que coneixéu poc lo cor humano si agarréu com una simple enhorabona los obsequios que tos fan a les cases prinsipals del poble, yo buscaría lo gat. 

Y entre tantes sagales com vosté me trobéu, no me atrevería a parlá de llas y enllás mes que en dos, la una perque está vist lo bon dessich de la seua familia, que es man germaneta Rosa; l'atra, Eulalia, perque trencaríe tots los inconveniens y despressiaríe la contradicsió dels seus. Pero no mos engañem, bona mare y siñora meua; yo com Pedro Saputo soc ben ressibit aon vach, y les joves, lo que es per nelles, repararán poc en una vanidat o soberbia que no diu al cor; pero tenen pares, y éstos no poden dixá de pensá en lo pas del tems; y me atrevixco a di que hasta de eixes, si no es Rosa, ñauríe alguna dificultat pera vore nora a la vostra casa. Y la pas después duraríe o no, y lo mateix la felissidat. Lo món se goberne per preocupassions y no per raó; y ñan preocupassions nessessaries, senu unes a uns tems, y atres a datres, y algunes conveniens a tots, perque toquen al alma mateixa de la sossiedat. En fin, siñora y mare meua, tos u diré sense voltes: me sobren bens, o al menos ne ting bastans y puc aumentáls fassilmen; pero me falte nom y familia, y no tenim que cometre la temeridat de buscá desaires o disgustos que mos faiguen mal, mos dolguen y mos ofenguen. De Rosa parlaré mes en particulá al seu momén.

Sa mare lo va entendre y va di: 

- Parles, fill meu, com lo que eres y te cride lo món. Es verdat, tens raó, pera la teua desgrassia y pera la meua... Y aquí se va ficá a plorá, se va encaná y no va pugué di res mes.

- No ploréu, mare, li va di ell; pensáu que res tos falte, y que teniu un fill que tos adore y res trobe a faltá en la seua condissió.

- Sí, fill, sí, ya u vech, va contestá ella; pero ya que ham tocat este pun, y eres tan prudén, vull que sápigues lo que hasta ara no me había atrevit a dit:

- Yo entraba a casa una tarde de hivern mol freda y en tronada, y al mateix tems va assertá a entrá al poble y passá per allí un caballé, me va mirá en atensió, va pará lo caball, y com va vore que yo me avergoñía y anaba a ajuntá la porta, me va cridá y va demaná fonda pera un rato, pos encara volíe passá del poble, res mes que calentám, va di, y fe un mosset. Yo li vach di que desmontare y entrare a casa meua si volíe, pero que sentía que fore tan poc digna del tal huésped. Veníe carpidet de fret. Ell se va apeá, va pujá, se va calentá, va minchá algo, y ya manáe al criat traure al caball cuan mirán per la finestra va vore lo tems cruel y va di: no importe la vida ni la hassienda, amable possadera meua; yo a ningú conec ni hay de vore an este poble, si no tos hay de molestá, me quedaría aquí esta nit. Yo, plena de confusió per lo meu mal ajuar, li vach di que mirare lo que fée; que no ere casa aon puguere está a gust y comodamen, perque la bona voluntat en que yo lo serviría no suplíe atres faltes. 

Y se va mostrá mol satisfet y contén.

En son demá va nevá, bufáe un airet sers que talláe la cara y no va eixí de casa. A l'atre día va fé un airegaz y unes ventolines que se emportáen les teulades y un fret que no se podíe viure mes que damún dels calius, a les flames del fogaril; y habén enviat al criat a per aigua perque no va volé que yo hi aniguera, me va di:

- ¿Conque sou pubilla? - Sí, siñó. - ¿Y soltera? - Sí, siñó. - ¿Y honrada? - Ya u veéu. - Pos yo, va di entonses, soc mosso y caballé, huérfano tamé de mare, y vach a seguí lo consell de mon pare, que es un home mol sabut. ¿Voléu vindre en mí?

- No, siñó, y perdonéu, li vach contestá yo.

- No siréu la meua criada, sino siñora de casa meua.

- Tos dono les grassies, li vach di tremolán, pero mons pares me van encarregá mol la honestidat y no me van dixá datres bens. 

- No tinguéu vergoña, digna donsella, me va di entonses serio pero amorós. Deu me ha fet entrá an esta casa cridanme en la vostra modestia y la noblesa de cor que vach vore a la vostra mirada y vach sentí a les vostres paraules. Los llassos mes amagats que me tenen sujeto al vostre costat són mol forts, creéume, y vull que siguen vissibles y mes forts encara; són del cor, y vull que siguen tamé de la ley. Doneume la má. Y dién aixó me va agarrá de la má y va di:

- Sou la meua dona.

Yo estaba tan fora de mí, que no podía parlá y no li contestaba. 

Y ell me va di:

- Parléu o apreteume al menos la má. ¿Admitíu la meua? Yo lay vach apretá y crec que vach di "siñó”. Entonses me va abrassá, y me vach creure, fill meu, me vach creure la seua dona... Aquí va torná a plorá la beneita, y después va prosseguí dién: y en aixó se va pará un día mes, ¡y vach sé ta mare!... No va pugué continuá la pobreta, y son fill la va dixá plorá y gemegá una mica, y después la va consolá y li va di en mol amor que acabare la historia, perque la sentíe en mol gust.

- No ting res mes que di, va contestá sa mare, exepte que lo caballé me va dixá coranta escuts y sen va aná prometinme torná al cap de un mes, pero sense dim cóm se díe ni de aón ere. Tot, fill, me pareix habéu ensomiat; y si tú no hagueres naixcut per somni u tindría. Perque sinó ¿cóm un home tan formal y virtuós podíe engañá aixina a una infelís per pago de habél ressibit a casa meua? 

¡Y te li assemelles tan! 

Va pensá una mica Pedro Saputo y va di: 

- No tos desconsoléu; aquell caballé no tos va engañá, no podíe engañatos, o se va morí o se li va desvindre alguna desgrassia, sigue com sigue, que no li ha dixat torná als brassos de una dona que tan libremen y en tanta reflexió va pendre del modo que hau referit. 

No ploréu, no penséu mes en aixó; consoleutos y sigáu felís com u hau sigut hasta ara. Dixéu tot, y alegréu la vostra imaginassió en lo be y estat presén, que tans atres envechen, com vosté mateixa veéu. Y en cuan al meu casamén no tos preocupéu, que ya u aniré yo pensán, y vorem lo que mos anirá milló, ya que no ña cosa que mos apremio, ningú mos fique flarets al cul.

Se va consolá sa mare, y no sen va parlá mes del assunto. Sen va enrecordá Pedro Saputo de lo que habíe sentit del pare, que hasta príncipe lo creíen algúns, y de bona gana li haguere fet algunes preguntes a sa mare; pero va tindre per mes convenién no seguí una curiosidat potsé inútil y no del tot ben vista entre un fill y sa mare.


Original en castellá:

Libro cuarto.

Capítulo I.

Propone su madre a Pedro Saputo que se case. Revelación importante.

¡Qué lástima que Pedro Saputo pasase de los diecisiete o dieciocho años aún de la edad que tenía cuando salió del convento! ¡Qué cosas tan amables habría en su vida! Porque lo que es él no necesitaba más barbas, más tempero ni madurez: era un gran músico, un buen pintor, literato, filósofo, muy robusto y esforzado, hombre perfecto, hombre completo y hecho de todos modos. Es verdad que como los demás hubieran ido envejeciendo, no hubiese podido tener siempre unos mismos amores, y se viera obligado a dejar los que se iban de edad, y tomar los que fuesen viniendo. Mas esto a él ¿qué se le podía dar?; algo, ya lo veo; porque ni el corazón del hombre es ése ni hay verdadero amor sin estimación, ni estimación sin virtud, y la virtud sigue todas las edades. Peor sería aún si había hijos, porque éstos crecerían, barbarían, y se harían hombres, y el padre se quedaría detrás de ellos y muchacho siempre. Vaya, no puede ser, no estaría bien, es disparate pensarlo; mejor es lo que ahora usamos.

Por otra parte, ¡ser siempre joven!, ¡no pasar nunca los veinte años! ¡Ay, qué bueno sería, dirá aquí alguna muchacha pasada ya de esa edad o asomando a ella! ¡Ay, qué bueno! Pues mira, lector, di a esa muchacha, o entiéndelo tú que lees, la joven de los cuatro lustros, o los que tengas, que si en mi mano estuviera nunca seríais viejas, sin que sea lisonja parecéis mejor y nos gustáis más de jóvenes. En llegando que llegaseis al aspecto medio y de tránsito que dan los treinta y cuatro o treinta y cinco a la mujer, os pararía allí y no seríais más feas. Sí que ha pasado ya la juventud y se fue el color de rosa, y la viveza de los ojos y la lisura de la tez, y el aire y la amabilidad de los años de las gracias. Pero aún no sois feas. ¿Qué más queríais? Hablad a los diez años más, y diréis: ¡ay si aquéllos fueran! Pero no se me ha dado semejante encargo; lo siento, y más no poderlo remediar. Conque admitid la voluntad o alcanzadme licencia para serviros.

Hemos llegado al libro cuarto de la vida de Pedro Saputo, en el cual es ya hombre de más serios pensamientos, ya no hedía a las mantillas, y ya no faltaría quien muy pronto le diese una sofrenada y le dijese: hola, mozo; mira que eres hombre. Sino que es el caso que yo, como le quiero tanto y era él tan vivo y diabólico de muchacho, siento que no lo sea siempre y hayamos de tratar de cosas tan formales como van a ser las que apuntan y siguen. Con todo, él es el mismo, y yo también, y así ni él dejará de obrar como quien era, ni yo de escribir como he escrito hasta ahora. Conque, ¡arredro, tristeza!, ¡oste allá, pesares del alma! Buen ánimo y continuemos.

Aquel invierno lo pasó Pedro Saputo en su lugar, dedicándose al estudio principalmente y no olvidando la pintura y la música. Los ratos libres descansaba en la conversación de Eulalia que con tan buen maestro llegó a ser la muchacha más discreta y amable de la tierra. No dejaba de creerse digna del mismo favor la hija de su madrina, porque era también muy amable, graciosísima, bonita, garbosa, entendida, aunque inocente, y un verdadero diamante labrado, y labrado por tales manos; y le quería mucho igualmente, habiéndola inclinado su misma madre al amor de Pedro Saputo con propósito de que la amistad de los padres se llegase a estrechar del todo con la unión de los hijos y quedasen las dos casas hechas una sola. Él conociéndolo, contemplaba y alegraba a su hermanita, pero la parte principal siempre era para Eulalia.

Su madre, en fin, después de haberlo pensado muchas veces y retraídose otras tantas por temor de su respuesta, se determinó a insinuarle que su deseo sería verle casado, y en el estado que ya a su edad convenía más que otro. Y le añadió que en el pueblo mismo podría casar muy bien, porque demás que el que casa en su pueblo ni engaña ni le engañan, yo sé, dijo, que hay quien te quiere y piensa en ti más de lo que tú acertarás a imaginarte. De Eulalia tú sabrás a lo que está dispuesta, habiendo dicho siempre en su familia y públicamente que te quería tanto que jamás querría a otro hombre, porque no lo podía haber ya digno de ella después de haberte conocido a ti y merecido tu amor. Gala, sí, hijo mío, gala está haciendo, con ser hija de un hidalgo que tú sabes lo entonado que era, del amor con que te quiere y dice que tú le correspondes. Y lo que es más, nadie murmura de ella sino que aún parece que todos la quieren más por esta resolución y desenfado. De las demás del pueblo, grandes, chicas y medianas, quizá te costaría más pedillas que alcanzar el sí de ellas y de los padres; porque yo sé cómo me saludan, yo sé lo que me favorecen, tratándome como su igual aun las más engreídas, visitándome y alegrándose cuando yo las visito. No sé lo que es; pero aun para criadas se me han brindado muchachas de casas harto decentes. Mas entre todas me parece que a quien te puedes dirigir es a la hija de tu madrina, a tu hermanita, a esa Rosa que lo es verdaderamente y a quien su madre ha criado como adrede para ti, y ella merece un hombre como tú, porque es un ángel como ves de hermosa y amable, siempre alegre y natural, viva, dócil y graciosa, advertida, siempre llevando la gloria en sus ojos y en aquel rostro que no sé si habrás mirado bien, pero que sin hablar dice mucho, con un corazón puro y tierno, y un pensamiento florido; que bien dichoso será, hijo mío, bien dichoso al que ella abra su pecho y se le entregue del todo.

Pedro Saputo le contestó: - Cosa natural es que vos, señora madre, me hayades propuesto que tome estado. No obstante, a mí me parece que todavía soy joven. ¿Qué son veinticuatro años para un hombre, y aún no cumplidos? Y para mí son menos que para otros. También creo que conocéis poco el corazón humano si tomáis por más que una simple enhorabuena los obsequios que os hacen en las casas principales del lugar, no probaré yo si son otra cosa. Y entre tantas muchachas como vos me encontráis, no me atrevería a hablar de enlace sino a dos, la una porque está conocido el buen deseo de su familia, que es mi hermanita Rosa; la otra, Eulalia, porque rompería por todos los inconvenientes y despreciaría la contradicción de los suyos. Pero no nos engañemos, buena madre y señora mía; yo como Pedro Saputo soy bien recibido donde quiero, y las jóvenes, lo que es por ellas, repararán poco en una vanidad o soberbia que no dice al corazón; pero tienen padres, tienen deudos que no pueden dejar de pensar al uso del tiempo; y sin un arrojo un poco estrepitoso me atrevo a decir que aun de esas mismas, si no es Rosa, habría alguna dificultad para ver nuera en vuestra casa. Y la paz después duraría o no, y lo mismo el contento. El mundo se gobierna por preocupaciones y no por razón; y dígase también que hay preocupaciones necesarias, siéndolo unas en unos tiempos, otras en otros, y algunas convenientes en todos, porque tocan al alma misma de la sociedad. En fin, señora y madre mía, os lo diré sin rodeos: me sobran bienes, o a lo menos tengo bastantes y puedo aumentallos fácilmente; pero me falta nombre y familia, y no debemos cometer la temeridad de buscar desaires o disgustos que nos duelan y ofendan. De Rosa hablaré más en particular a su tiempo.

Su madre le entendió y dijo: - Hablas, hijo mío, como lo que eres y te llama el mundo. Es verdad, tienes razón, por tu desgracia y la mía... Y aquí se puso a llorar y no pudo decir más. - No lloréis, madre, le dijo él; pensad que nada os falta, y que tenéis un hijo que os adora y nada echa de menos en su condición. - Sí, hijo, sí, ya lo veo, respondió ella; pero ya que hemos tocado este punto, y eres tan prudente, quiero que sepas lo que hasta ahora no me había atrevido a decirte:

- Yo entraba en casa una tarde de invierno muy fría y tempestuosa, y al mismo tiempo acertó a entrar en el pueblo y pasar por allí un caballero, me miró con atención, paró el caballo, y como vio que yo me avergonzaba e iba a cerrar la puerta, me llamó y pidió posada para un rato, pues todavía quería pasar del pueblo, no más que calentarnos, dijo, y tomar un bocado. Yo le dije que se apeara y entrara en mi casa si gustaba, pero que sentía fuese tan poco digna del tal huésped ni como había menester en el estado que le veía; porque venía arrecido y entumido de frío. Él se apeó, subió, se calentó, comió algo, y mandaba al criado sacar al caballo; cuando mirando por la ventana vio el tiempo cruel y dijo: no importa la vida ni la hacienda, amable huéspeda mía; yo a nadie conozco ni he de ver en este lugar, si no os he de ser molesto, me quedaría aquí esta noche. Yo llena de confusión por mi mal ajuar, le dije que mirase lo que hacía; que no era casa donde pudiese estar a gusto y cómodamente, porque la buena voluntad con que yo le serviría no suplía otras faltas. Y se mostró muy satisfecho y contento.

Al día siguiente nevó y ventisqueó sin parar y no salió de casa. Al otro día hizo un viento que se llevaba los tejados y un frío que no se podía vivir sino encima de los tizones; y habiendo enviado el criado a por agua porque no quiso que yo fuese, me dijo: - ¿Conque sois pupila? - Sí, señor. - ¿Y soltera? - Sí, señor. - ¿Y honrada? - Ya lo veis. - Pues yo, dijo entonces, soy mozo y caballero, huérfano también de madre, y voy a seguir el consejo de mi padre, que es un hombre muy sabio. ¿Queréis veniros conmigo? - No, señor, y perdonad, le respondí yo. - No seréis mi criada, sino señora de mi casa. - Os doy las gracias, le dije temblando, pero mis padres me encargaron mucho la honestidad y no me dejaron otros bienes. - No os turbéis, digna doncella, me dijo entonces grave y amoroso. Dios me ha hecho entrar en esta casa llamándome con vuestra modestia y la nobleza de corazón que vi en vuestras miradas y palabras. Los lazos más ocultos que me tienen sujeto a vuestro lado son muy fuertes, creedlo, y quiero que sean visibles y más fuertes aún de otro modo; son del corazón, y quiero que sean también de la ley. Dadme la mano. Y diciendo así me tomó la mano y dijo: - Sois mi esposa. Yo estaba tan fuera de mí, que no podía hablar y no le contestaba. Y él me dijo: - Hablad o apretarme al menos la mano. ¿Admitís la mía? Yo se la apreté y creo que dije «señor». Entonces me abrazó, y me creí, hijo mío, me creí su esposa... Aquí volvió a llorar la infeliz, y luego prosiguió diciendo: y con esto se detuvo un día más, ¡y fui tu madre!... No pudo continuar la pobrecilla, y su hijo la dejó llorar un poco, y luego la conhortó y dijo con mucho amor, que acabase su historia, porque la oía con mucho gusto. - No tengo más que decir, respondió su madre, sino que el caballero me dejó cuarenta escudos y se fue prometiéndome volver dentro de un mes, pero sin decirme cómo se llamaba ni de dónde era. Todo, hijo, me parece un sueño; y si tú no hubieses nacido por sueño lo tendría. Porque si no ¿cómo un hombre tan formal y virtuoso engañara así a una infeliz en pago de haberle recibido en mi casa? ¡Y te le pareces tanto!

Pensó un poco Pedro Saputo y dijo: - No os desconsoléis; aquel caballero no os engañó, no podía engañaros, sino que o murió o le sobrevino alguna desgracia, sea como quiera, que no le ha permitido volver a los brazos de una esposa que tan libremente y con tanta reflexión tomó del modo que habéis referido. No lloréis, no penséis más en esto; consolaos y sed feliz como lo habéis sido hasta ahora. Dejadlo todo, y alegrad vuestra imaginación con el bien y estado presente, que tantas otras envidian, como vos misma veis. Y en cuanto a mi casamiento no estéis solícita, que ya lo iré yo pensando, y veremos lo que nos estará mejor, puesto que no hay cosa que nos apremie.

Consolóse su madre, y no se habló más en el asunto. Acordóse en verdad Pedro Saputo de lo que había oído del padre que le daban, que hasta príncipe lo creían algunos, y de buena gana le hubiese hecho algunas preguntas a su madre; pero tuvo por más conveniente no seguir una curiosidad quizás inútil y no del todo bien vista en un hijo con su madre.