Capítul VIII.
Humanidat y liberalidat (caridat) de Pedro Saputo.
Fort es sempre lo bon ejemplo, y mes cuan ve de persones de autoridat o de mol favor al poble, o mol volgudes o de compañs. Pero cuan som chiquets tot u fem per imitassió perque mos falte lo auxilio de la reflexió y de la experiensia, y se vol fé tot lo que se veu, sen per atra part la nostra espessie natural y essensialmén imitadora. Lo perillós ejemple que Pedro Saputo donáe als sagals del poble puján als tellats y parets va sé caussa de algunes desgrassies, sense que les pugueren evitá en prevensions ni castics ni los pares mes selosos. Als chiquets en passá de cuatre o sing añs ningú los guarde, una vegá la han cavilat ya han fet una travessura o malesa, y ningú pot tampoc previndre ni adiviná los perills als que se exposen aon y com menos se pense.
Estáen un domenche per la tarde codoleján gossos a les eres uns cuans sagals, entre ells Pedro Saputo, y ñabíe una turba de sagales cantán y triscán a un atra era; cuan de repén se va pará tot aquell estrapalussi y se va vore escapá a les sagales cap al poble, no sentinse cap gos ni cap veu mes que los plos de una criada del hidalgo de la plassa (lo de la cantonera). Ella, desesperada y toquiñanse los pels, cridáe demanán auxilio. Van aná allá los sagals, y una filla del hidalgo de uns nau o deu añs de edat, mol traviessa o carnussa y arriesgada, s´habíe estossolat caén del tellat de una pallissa, y pegán en lo cap a unes pedres s´habíe quedat morta de la caiguda. En cuan van sentí 'está morta', van arrencá tots los sagals a corre dixán sol a Pedro en la criada que invocabe a tots los sans y virgens del sel, no tan pera que tornaren a la vida a la chiqueta, com pera que la liberaren de vore lo semblán rigurós y vengatiu dels seus amos.
Pedro va fé en la sagala lo que habíe vist fé atres vegades pera recuperá als que patíen algún desmayo, pos va vore que sol estáe estamordida, y poc a poc va aná tornán en sí. Escomensáe la pobra a queixás en tals crits, que la criada va pensá que teníe chafats tots los ossos del seu cos: y plorán y dessichanli la mort sen va aná cap a casa de sons pares (que eren del poble) y se va quedá ell sol en la chiqueta... No teníe asclats tots los ossos del seu cos, ni la mitat, pero sí un bras, aboñat y ubert lo cap, queixoses atres moltes parts. Lo compasiu Pedro la va aná tentán pera alsala, y al final en sumo tiento y suavidat la va agarrá y se la va emportá a casa seua entre molta gen que per curiosidat y llástima lo van seguí pels carrés. No estáen sons pares a casa, que habíen eixit a passejá per un atre camí; pero lo ven los va portá la notissia y al momén estáen al costat de sa filla y en ells lo facultatiu. Va ñabé mols ays y plos, va ñabé desmayos; al final a dures penes y crits pelats que partíen lo cor, va quedá curada, emparchada y apedassada, y se van assossegá tots pera plorá mes desahogadamén y informás de les sircunstansies de la desgrassia y del descuido de la criada a qui habíen encomanat a la chiqueta. En tot va fé Pedro lo milló que va pugué: y com lo hidalgo va vore que en mich de la relassió se li bañáen los ulls, va dixá ell corre libremen les seues llágrimes, y juntamén en la seua dona li va doná les grassies per aquell bon ofissi que habíe fet a sa filla, oferinli casa y favor, y roganli que no olvidare a la pobreta de Eulalia, que la vinguere a vore pera donali forses y consolals a tots. Pedro estáe tendre y se rentáe la sang que portáe a les mans y a la roba. La mateixa siñora de casa va di entre llágrimes, ¡ay sang de la meua filla!, ¡ay sang de la meua filla!, se va despedí cortés y afablemen perque ere ya tart, y sen va aná a casa de sa padrina aon sa mare habíe dit que vinguere.
Mentres la chiqueta Eulalia (que així se díe) va está al llit la visitabe tots los díes; pero cuan ya se eixecáe, cuan ya estáe mol adelantada la seua cura, que en poc tems va quedá perfectamen sana, fora de alguna dificultat (que tamé se va corregí después) al bras pera serts movimens, va pará de aná a vórela, perque les seues visites eren de sola humanidat y a part de cumplimén. Als tres o cuatre díes va enviá lo hidalgo a una criada a preguntá si teníe novedat, y sabén que no, va aná ell mateix a casa de Pedro Saputo, y com si tratare en un home de mes edat y de algún respecte li va torná a doná les grassies per lo que habíe fet en sa filla, y de part de ella, de la seua dona y de la seua li va rogá se serviguere honráls en la seua visita.
Y va afegí, tocán lo pun mes delicat, que si a sa mare li habíe fet a un atre tems una advertensia, creguere que va sé per dessich de vórel home de profit, ignorán entonses que u fore de tan. An esta satisfacsió y comedimén va contestá Pedro en un atra milló, dién al hidalgo, que lo que habíe fet en sa filla no mereixíe tantes grassies, y que ben pagat estáe en la honra que aquella humilde casa ressibíe habense ell dignat a vindre an ella. Van passá encara atres cumplimens entre ells; y pel matí en son demá va aná Pedro a visitá a Eulalia, continuán ya desde entonses; se habíe engendrat entre los dos una amistat tan íntima que en lo tems va sé un atra cosa, y ni ells ni dingú va pugué remediáu.
Pero lo que mes brilláe al chiquet Pedro Saputo ere la caridat. Tots los del poble u sabíen; y si al carré li demanáen algo los atres sagals ya se u habíen repartit tot; y a vegades sense demanáu. Als pobres los donáe cuan podíe ñabé, y hasta la roba que portáe si los veíe fets un acsiomo y fée fret. Ell mateix cuan va arribá a la edat de mes coneiximén va habé de corregí lo vissi de la seua solidaridat. Se va atreví una vegada sa mare a renegál; y ell en molta grassia li va contestá:
- Aixó es siñal de rics; lo fill de una rentadora no té que sé agarrat ni viure en l´alma arrugada. L´agarramén, siñora mare, no dixe vore la hermosura del sol ni la grandesa de la terra. Lo preto no coneix a Deu, ni Deu encara que vullgue li pot fé mersé, perque es incapás dels seus benefissis. Sense cante pera portá l´aigua, ¿a qué aniríe a la fon? ¿Sabéu mare, a quí penso yo que aburriríen los angels si pugueren despressiá an algú? Pos es als pussilánimes y als desconfiats. La rogo mol de veres que sigáu magnánima de cor, no estorbéu la generosidat del vol en que yo abarco lo món, y encara me pareix menut.
Original en castellá:
Capítulo VIII.
Humanidad y liberalidad de Pedro Saputo.
Fuerte es siempre el buen ejemplo, y más cuando viene de personas de autoridad o de mucho favor en el pueblo, o muy queridas o de compañeros. Pero en la niñez todo lo hacemos por imitación porque falta el auxilio de la reflexión y de la experiencia, y si se quiere hacer todo lo que se ve, siendo por otra parte nuestra especie natural y esencialmente imitadora. El peligroso ejemplo que Pedro Saputo daba a los muchachos del pueblo subiendo tejados y paredes fue causa de algunas desgracias, sin que las pudiesen evitar con prevenciones ni castigos aun los padres más celosos. A los niños en pasando de cuatro o cinco años nadie los guarda, porque a una vuelta de cabeza han concebido y hecho una travesura, y nadie puede tampoco precaver ni adivinar los peligros en que se ponen donde y como menos se piensa.
Estaban un domingo por la tarde tirando al canto en las eras unos cuantos muchachos, entre ellos Pedro Saputo, y había una turba de muchachas cantando y triscando en otra era; cuando de repente cesó todo aquel bullicio y se vio huir a las muchachas hacia el pueblo, no oyéndose más canto ni voz que los lamentos de una criada del hidalgo de la plaza (el de la reconvención a la madre de Pedro Saputo), la cual desesperada y mesándose los cabellos, daba grandes voces pidiendo auxilio. Fueron allá los muchachos, y una hija del hidalgo de unos nueve o diez años de edad, muy traviesa y arriscada, se había caído del tejado de un pajar, y dando de cabeza en unas piedras que había quedado muerta de la caída. Lo mismo fue oír de muerta, echaron a correr todos aquellos rapaces dejando solo a Pedro con la criada que invocaba a todos los santos y vírgenes del cielo, no tanto para que volviesen a la vida a la niña, como para que librasen de ver el semblante riguroso y vengativo de sus amos. Pedro hizo con la muchacha lo que había visto hacer otras veces para recordar a los que padecían algún desmayo, pues conoció que sólo estaba aturdida, y poco a poco fue volviendo en sí, comenzaba la pobre a quejarse con tales gritos, que la criada pensó que tenía rotos los huesos de su cuerpo: y llorando y deseándole la muerte se fue a casa de sus padres (que era del pueblo) y quedó él solo con la niña... No tenía rotos todos los huesos de su cuerpo, ni la mitad, pero sí un brazo, abollada y abierta la cabeza, quejosas otras muchas partes. El compasivo Pedro la fue tentando para levantarla, y al fin con sumo tiento y suavidad y formándole andas con las manos la tomó y llevó a su casa entre muchas gentes que por curiosidad y lástima le siguieron en las calles. No estaban los padres en casa, que habían salido a pasear por otro camino; pero el viento les llevó la noticia y al punto estuvieron al lado de su hija y con ellos el facultativo. Hubo muchos ayes y lloros, hubo desmayos; al fin a malas penas y vivos gritos que partían el corazón, quedó curada, emparchada y bizmada, y se sosegaron todos para llorar más desahogadamente e informarse de las circunstancias de la desgracia y del descuido de la criada a quien encomendaron la niña. A todo satisfizo Pedro lo mejor que pudo: y como el hidalgo viese que en medio de la relación se le arrasaban los ojos, dejó él correr libremente sus lágrimas, y juntamente con su esposa le dio gracias por aquel buen oficio que había hecho a su hija, ofreciéndole casa y favor, y rogándole que no olvidase a la pobrecilla de Eulalia, sino que la viniese a ver para dalle esfuerzo y consolallos a todos. Pedro, enternecido y lavándose de la sangre que había recibido en las manos y vestido, en cuyo oficio le sirvió la misma señora de casa diciendo con muchas lágrimas, ¡ay sangre de mi hija!, ¡ay sangre de mi hija!, se despidió cortés y afablemente porque era ya tarde, y se fue a casa de su madrina adonde su madre había dicho que viniese.
Mientras la niña Eulalia (que así se llamaba) estuvo en cama y de cuidado la visitaba todos los días; mas cuando ya se levantaba, cuando ya estuvo muy adelantada en su curación, que en poco tiempo quedó perfectamente sana, fuera de alguna dificultad (que también se corrigió después) en el brazo para ciertos movimientos, cesó de ir a verla, porque sus visitas eran de sola humanidad y en parte de cumplimiento. A los tres o cuatro días mandó el hidalgo una criada a preguntar si tenía novedad, y sabiendo que no, fue él mismo a casa de Pedro Saputo, y como si tratase con hombre de más edad y de algún respeto le dio de nuevo las gracias por lo que hiciera con su hija, y de parte de ella, de su esposa y suya le rogó se sirviese honrallos con su visita. Y añadió, tocando el punto más delicado, que si a su madre le habían hecho en otro tiempo una advertencia, creyese que fue por deseo de verle hombre de provecho, ignorándose entonces todavía que lo fuese de tanto. A esta satisfacción y comedimiento respondió Pedro con otro mejor, diciendo al hidalgo, que lo que hiciera con su hija no merecía tantas gracias, y que harto pagado estaba con la honra que aquella humilde casa recibía habiéndose él dignado de venir a ella. Pasaron aún otros cumplimientos entre ellos; y por la mañana al día siguiente fue Pedro a visitar a Eulalia, continuando ya siempre en adelante; de que se engendró entre los dos una amistad tan íntima que con el tiempo fue otra cosa, y ni ellos ni nadie pudo remediarlo.
Pero lo que más brillaba en el niño Pedro Saputo era la liberalidad. Regalábanle a porfía todos los del pueblo; y como en la calle le pidiesen algo otros muchachos ya se lo había repartido todo; y a veces sin pedírselo. A los pobres les daba cuanto podía haber, y aun la ropa de encima si los veía desarropados y hacía frío. Él mismo cuando llegó a edad de más conocimiento hubo de corregir el vicio de su dadivosidad, y con estudio y discreción ejercitar una virtud en que también cabe demasía y vicio verdadero. Atrevióse una vez su madre a reprendérselo; y él con mucha gracia le contestó: - Eso es señal de ricos; el hijo de una lavandera no debe ser escaso ni vivir con el alma arrugada. El encogimiento, señora madre, no deja ver la hermosura del sol ni la grandeza de la tierra. El encogido no conoce a Dios, ni Dios casi aunque quiera le puede hacer merced, porque es incapaz de sus beneficios. Sin vaso para llevar el agua, ¿a qué iría a la fuente? ¿Sabéis madre, a quién pienso yo que aborrecerían los ángeles si pudiesen aborrecer a alguno? Pues es a los pusilánimes y a los desconfiados. Ruégoos muy de veras que seáis magnánima de corazón, si no vais a acuitar mi vida, o a estorbar la generosidad del vuelo con que yo abarco el universo mundo, y aun me parece pequeño.





