Capítul XI.
Aon se prosseguix lo escomensat.
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Va arribá la hora, y abans de eixí se van asseá los estudians lo milló que van pugué. Pedro Saputo va traure la funda de la gorra, se va ficá un coll nou mol risat y va quedá fet un caballé, y per lo jove y guapo, un Amor vestit, un Adonis en traje español y de tall, y acompañats del huésped, de un cuñat, una filla de deu añs y una neboda de quinse, en alguns veíns que se van pendre la libertat de pujá mentres sopáen, se van encaminá a la casa portán detrás una gentada, mes gen que va aná may al sermó de la galtada. Van arribá, van saludá mol cortesmen an aquelles siñores y a datres que elles habíen convidat; y don Severo al vorels tan cortesans, tan atentos y ben parlats se va alegrá mol y va di en veu baixa a la dona y filla:
- ¿Veéu, gloria meua, quin porte y qué ben criats? No dirás mes que són fills de grans caballés: y alguns de ells u sirán, perque mentres seguixen los estudis ñan mols als que los agraden les aventures y libertat de esta vida a les vacassions, y cuan se reincorporen al curs repartixen los profits als compañs mes pobres. En aixó la mare y la filla los trataben en miramén, y al mateix tems los mostraben afabilidat y confiansa. La gen del poble que los habíe seguit va sé tamé admitida a dos grans sales que estáen una a cada costat de la del sarao y va di lo caballé:
- An esta rogo que dingú entro sense la meua llissensia; a les atres que s' acomodon los que puguen en orden y bons modos. Ara, siñós, cuan vullgáu, va di als estudians, podéu escomensá la música.
Primé van tocá un rato pera amostrá la seua habilidat, y después van preguntá a don Severo si se habíe tratat de que ballaren.
Va contestá que sí, y los va suplicá que obrigueren dos de ells lo ball, pos així tamé u dessichaben aquells joves caballés. Entonses dixen los instrumens lo de la pandereta y lo del pito, y trauen a ballá lo primé a la filla de la casa, y lo segón a un atra donsella que ere cusina de Morfina, agarrán mentrestán Pedro Saputo la pandereta. La destresa y grassia que los estudians van ostentá al ball va agradá a tots, y no menos la dessensia, que sempre y en tot es importán. Ya no eren ixos estudians vestits en cuatre draps; eren uns verdadés caballés ben naixcuts, y finamen educats, de lo que s' alegrabe
l'amo del convit y no dixáe de medíu la seua dona y atres siñores prinsipals que ñabíe. Se van retirá y van agarrá los instrumens, dixán la part del ball als joves que van vindre convidats.
Van ballá totes y tots, la festa se va correspondre en la magnifissensia que en tot se usabe a la casa.
Lo del pito li va di al home de la casa:
- Ara, don Severo, si li pareix a vostra mersé, lo meu compañ Paquito y yo predicarem un sermó a la plebe de les antessales, los dos a un tems, y cada un a una sala desde la porta pujats a uns púlpitos que sirán dos taules.
- Está be, va di lo caballé, ¿y a tú, Mariquita?, va preguntá a la dona. Va contestá ella que sí. Y parades les taules y saltán an elles los oradós, escomensen a soltá chorros de disparates, que cada minut teníen que pará y doná tems a la rissa que a les tres sales va arrencá mil novedats als cossos ya una mica fluixos. Les dames y caballés de la del mich podíen sentí al un o al atre, no paráen de riure y apretás les barres y pegás als ginolls en les dos mans y hasta puñades a les parets. Lo mateix don Severo va pedre la seua seriedat, y va tindre que recuperala, tapanse los oíts pera pugué dils:
- ¡Prou, siñós, prou!, que mos morirem tots. Pero ells embriagats de elocuensia ni paraben ni podíen encara que vullgueren. Hasta que van agarrá los instrumens los atres y van fé soná la música, y esta per fin va tallá l'enchís. Paren ells y pare tamé la música, y saludán los dos a les siñores y caballés en una gran cortessía, va estampí un aplausso de mans tan estrepitós y llarg, que se va comunicá a les antessales y pareixíe que anáen a sorsís.
Se van volé ficá a ballá per segona vegada, y no va sé possible.
Be se esforsaben los musics, pero ningú podíe fé mes que riure y torná als disparates dels sermons. Se ficáen en actitut de ballá, pero algú soltáe una carcañada y ya tots se retiráen, caén a les cadires y fen pasmos y exclamassions.
Entretán corríe la nit, y mirán don Severo la hora, va vore que eren les onse y micha, y va di:
- Siñós, esta micha hora que falte hasta les dotse, perque de micha nit no passen les festes a casa meua, tots la nessessitem pera templamos y disposamos a dormí. Siñós llissensiats: ting barruntos de que vostés volen passá an este poble vuit díes per lo menos; yo per la meua part espero que lo dimecres per la nit tornon an esta casa.
- Demá, va di un jove caballé, me ha manat mon siñó pare que los rogara se dignaren vindre a la meua.
- Y a casa vostra, va contestá don Severo, tamé anirán les meues siñores dona y filla. Li va doná les grassies lo caballé, y parán los cumplimens se van oferí los estudians a les ordens de don Severo, y als peus de aquelles siñores, y se van despedí de tots los convidats.
Cada nit va sé la funsió a una casa diferenta, y tamé los estudians variaben les invensions passán los matins en ordenales, sense descuidás de visitá a les persones que mes los honraben y se u mereixíen, com don Severo.
La nit de la segona funsió a casa de éste se va presentá Pedro Saputo disfrassat de dona y va engañá a tots, mes particularmen a Morfina, la va obligá a confessá lo seu amor guañanse lo cor y vensén la seua resserva. ¿Cóm resistiríe la infelís per advertida, per reportada, per serena, profunda y circunspecta que fore?
No ere possible. Y així ell, lograt lo seu objectiu, va dixá caure lo disfrás, rién tots mol del engañ y selebrán la donosura de la forastera; después va continuá ya la funsió com totes les nits.
Lo radé día en lo bon pareixe de don Severo, perque tot lay comunicaben y consultaben, van fé un atra ronda pels carrés, y van fé tanta plega que casi los va pareixe massa; cosa impossible per als estudians. Daball del balcó de don Severo van pará y van cantá un rato. Per la nit van aná de tertulia a casa seua y don Severo los va doná sis escuts de or, suplicanlos que si no se apartaben mol a un atra direcsió tornaren per allí al retirás als seus estudis, y lay van prometre.
Pel matí van eixí del poble, passán aposta, encara que donáen volta, pel carré de Morfina, y a la porta se van pará a tocá lo himno de despedida. Van eissí don Severo y les seues siñores a sentils; y Pedro Saputo, que anáe previngut, va cantá en los seus compañs y mol ben acompañat de la música, unes lletres que portáe pensades, de les que la primera diebe:
Pos me dixo lo cor
¿Me emportaré un pensamén?
Morfina en mol dissimulo va fé seña que sí; y van cantá la segona, que teníe per final:
Pos te vach entregá, cor,
¿Aón te guardarán?
Y Morfina a se va tocá y señalá lo pit en dissimulo.
La tersera acababe:
¿Te trobaré, cor,
cuan torna, aon estarás?
Va incliná Morfina una mica lo cap y los ulls y per cántic de gloria y conclusió díen los radés versos de la radera lletra:
Pos influí ya no pot
sino be la estrella meua.
Y en aixó se va acabá lo can y se van despedí. Morfina, com se va alegrá de vorels encara un atra vegada, no va pugué evitá que se li bañaren los ulls, ixquere un suspiro, aufegat pel decoro, y corregueren per les seues rosades galtes dos llágrimes de mes valor que tot l'or que teníe son pare, al menos per al que les va vore corre y que va pugué di meues són cuan caíen y arreplegales en los seus labios y passales al cor en l'amor que les derramabe.
Original en castellá:
Capítulo XI.
Donde se prosigue lo comenzado.
A más de andar llegó la hora, y antes de salir se asearon los estudiantes lo mejor que pudieron. Pedro Saputo quitó la funda de la gorra, se puso un cuello nuevo muy rizado y quedó hecho un caballero, y por lo joven y hermoso, un Amor vestido, un Adonis en traje español y de corte, y acompañados del huésped, de un cuñado, una hija de diez años y una sobrina de quince, con algunos vecinos que se tomaron la libertad de subir mientras cenaban, se encaminaron a la casa llevando detrás, porque había acudido a la calle gran tumulto, más gente que fue nunca al sermón de la bofetada. Llegaron, saludaron muy cortésmente a aquellas señoras y a otras que ellas habían convidado; y don Severo al verlos tan cortesanos, tan atentos y bien hablados se alegró mucho y dijo en voz baja a su esposa e hija: - ¿Veis, gloria mía, qué porte y qué bien criados? No diréis sino que son hijos de grandes caballeros: y algunos de ellos lo serán, porque mientras siguen los estudios hay muchos que gustan de las aventuras y libertad de esta vida en las vacaciones, y cuando se restituyen al curso reparten los provechos en los compañeros pobres. Con esto la madre y la hija los trataban con miramiento, y al propio tiempo les mostraban afabilidad y confianza. La gente del pueblo que los había seguido fue también admitida en dos grandes salas que estaban una a cada lado de la del sarao y dijo el caballero: - En ésta ruego que nadie entre sin mi licencia; en esotras acomódense los que puedan con orden y buen modo. Agora, señores, cuando gustáredes, dijo a los estudiantes, podréis dar principio a la música.
Diéronlo al punto; y primero tocaron un rato para hacer muestra de su habilidad, y luego preguntaron a don Severo si se había tratado que bailasen. Respondió que sí, y les suplicó abriesen dos de ellos el baile, pues así también lo deseaban aquellos jóvenes caballeros. Entonces dejan los instrumentos el de la pandera y el del pito, y sacan a bailar el primero a la hija de la casa, y el segundo a otra doncella que con Morfina se hallaba de prima, tomando entretanto Pedro Saputo la pandera. La destreza y gracia que los estudiantes ostentaron en el baile gustó a todos, y no menos su decencia, que siempre y en todo es importante. Ya no eran aquellos estudiantes andrajosos de bayetas y mirando y hablando a lo tuno en puridad como en la calle; eran unos verdaderos caballeros bien nacidos, y finamente educados, de lo cual se alegraba el dueño del convite y no dejaba de ponderarlo su esposa y otras señoras principales que había. Retiráronse y tomaron los instrumentos, dejando la parte de baile a los jóvenes que vinieron convidados.
Bailado que hubieron todas y todos, salió el agasajo, el cual correspondió a la magnificencia que en todo se usaba en la casa. Y así que tomaron lo que pareció y supo mejor a cada uno, fue el del pito al dueño y le dijo: - Agora, don Severo, si parece a vuesa merced, mi compañero Paquito e yo predicaremos un sermón a la plebe de las antesalas, ambos a un tiempo, y cada uno a su sala desde la puerta subidos por púlpitos en sendas mesas.- Que me place, dijo el caballero, ¿y a ti, Mariquita?, preguntó a su esposa. Respondió ella lo mismo. Y puestas las mesas y saltando a ellas los oradores, principian a soltar chorros de disparates, que cada minuto tenían que parar y dar lugar a la risa que en las tres salas causó mil novedades en los cuerpos un poco flojos. Las damas y caballeros de la del centro ya atendían al uno ya al otro, no parando de reír y apretarse las ijadas y arrimarse y pegarse a las paredes. El mismo don Severo perdió su gravedad, y hubo de volver en sí, y taparse los oídos para decirles: - ¡Basta, señores, basta!, que nos morimos todos. Pero ellos embriagados de elocuencia ni paraban ni podían aunque quisieran. Hasta que tomados los instrumentos los otros hicieron sonar la música, y ésta por fin cortó el encanto. Cesan ellos y cesa también la música, y saludando los dos a las señoras y caballeros con una gran cortesía, estalló un aplauso de manos tan estrepitoso y largo, que se comunicó a las antesalas y parecía que iban a hundirse.
Quisiéronse poner a bailar segunda vez, y no fue posible. Bien se esforzaban los músicos de su parte, pero nadie podía sino reír y volver a los disparates de los sermones. Poníanse en actitud de bailar, y soltaban la carcajada y se retiraban cayéndose en las sillas y haciendo pasmos y exclamaciones.
Entretanto corría la noche, y mirando don Severo la hora, vio que eran las once y media, y dijo: - Señores, esta media hora que falta hasta las doce, porque de media noche no gusto que pasen las fiestas de mi casa, todos la necesitamos para templarnos y disponernos al sueño. Señores licenciados: tengo barruntos de que vuesas mercedes van a pasar en este pueblo ocho días por lo menos; yo por mi parte espero que el miércoles por la noche serán servidos de volver a esta casa. - Mañana, dijo un joven caballero, me ha mandado mi señor padre rogase a vuesas mercedes se dignasen venir a la mía. - Y a vuestra casa, respondió don Severo, también irán mis señoras esposa e hija. Diole las gracias el caballero, y cesando los cumplimientos se ofrecieron los estudiantes a las órdenes de don Severo, y a los pies de aquellas señoras, y se despidieron con todos los convidados.
Cada día era la función en otra casa, y también los estudiantes variaban las invenciones pasando las mañanas en ordenarlas, sin descuidarse de visitar a las personas que más los honraban y se lo merecían, como don Severo y alguna otra. La noche de la segunda función en casa de éste se presentó Pedro Saputo disfrazado de mujer y engañó a todos, logrando un gran rato a su intento, que fue el de hablar más particularmente a Morfina y obligarla a confesar su amor ganándole el corazón y venciendo su reserva. ¿Cómo resistiría la infeliz por advertida, por reportada, por serena, profunda y circunspecta que fuese? No era posible. Y así él, logrado su objeto, abatió el disfraz, riendo todos mucho del engaño y celebrando la donosura de la forastera; después continuó ya la función como todas las noches.
El último día con el buen parecer de don Severo, porque todo se lo comunicaban y consultaban, hicieron otra ronda por las calles, y recogieron tanto dinero que casi les pareció mucho; cosa imposible a estudiantes. Debajo del balcón de don Severo pararon y cantaron un rato. Por la noche fueron de tertulia a su casa y don Severo les dio seis escudos de oro, suplicándoles que si no se apartaban mucho en otra dirección volviesen por allí al retirarse a sus estudios, y se lo prometieron.
Por la mañana salieron del pueblo, pasando de propósito, aunque rodeaban, por la calle de Morfina, a cuya puerta se pararon a tocar el himno de despedida. Salieron don Severo y sus señoras a oírlos; y Pedro Saputo, que iba prevenido, cantó con sus compañeros y muy bien acompañado de la música, unas letras que llevaba pensadas, de las cuales la primera concluía;
Pues me dejo el corazón
¿Me llevaré un pensamiento?
Morfina con mucho disimulo hizo seña que sí; y cantaron la segunda, que tenía por final:
Pues te entregué, corazón,
¿En dónde te guardarán?
Y Morfina a la deshecha se tocó y señaló el pecho ligeramente. La tercera acababa:
¿Te encontraré, corazón
Cuando vuelva donde estás?
Inclinó Morfina un poco la cabeza y los ojos y por cántico de gloria y conclusión decían los últimos versos de la última letra:
Pues influir ya no puede
Sino bien la estrella mía.
Y con esto se acabó el canto y se despidieron. Morfina, puesto que se alegró de verlos todavía otra vez, no pudo menos de mostrar los ojos un poco preñados, que a un suspiro, ahogado del decoro, hubieran de reventar, y corrieron por sus rosadas mejillas dos lágrimas de más precio que todo el oro que tenía su padre, a lo menos para el que las vio correr y que a estar a tiro pudiera decir, mías son, y recogerlas con sus labios y pasarlas al corazón con el amor que las derramaba.
