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martes, 22 de diciembre de 2020

Lo corv. Edgar Allan Poe.

Lo corv.

Edgar Allan Poe.

Traducsió de Ramón Guimerá Lorente (Moncho).


Lo corv. Edgar Allan Poe. Traducsió de Ramón Guimerá Lorente, Moncho

Traducsió de una versió trobada a internet
que no té res a vore en la original de Edgaret "The Raven".
Carlos Arturo Torres.


I

Una nit pavorosa, ñirviós
relligía un mamotreto gros
cuan vach creure escoltá
un extrañ soroll, de repén
com si algú tocare suavemén
a la meua porta: «Visita impertinén
es, vach di, y res mes».

II

¡Ah! Men enrecordo mol be; ere al ivern,
impassién yo medía lo tems etern
cansat de buscá
als llibres la calma tranquilisadora
al doló de la morta Leonora
que habite en los ángels ara
¡pera sempre mes!

III

Vach sentí los cruixits y l´elástic
rosá de les cortines, un fantástic
terror, com may sentit había
y vach volé aquell soroll explicám,
lo meu espíritu oprimit calmá per fin:
«Un viaché perdut es,
vach di, y res mes».

IV

Ya en mes calma: «Caballé
vach cridá, o dama, suplicátos vull
tos servigáu excusá
pero la meua atensió no estabe ben desperta
y va sé la vostra cridada tan inserta...»
Vach obrí allabonses de gom a gom la porta:
oscurina, y res mes.

V

Miro al no res, exploro la tiniebla
y séntigo entonses que la meua mén
se ompli de idees com cap atre mortal
les va tindre abáns,
y escolto en oíts anhelans
«Leonora » unes veus sussurrans
murmurá, y res mes.

VI

Torno a la meua estansia en temó
y torno a escoltá mes fort fotre cops;
«algo, me dic, toque a la finestra,
compendre vull la siñal arcana
y calmá esta angustia sobrehumana»:
¡lo ven, y res mes!

VII

La finestra vach obrí: revolán
vach vore entonses un corv aleteján
com un muixó de un atra edat;
sense mes seremonia va entrá a la sala
en gesto siñorial y negres ales
y damún de un busto, al dintel de Palas,
se va posá, y res mes.

VIII

Miro al muixó negre, sonrién
dabán del seu grave y serio continén
y li escomenso a parlá,
no sense intensió irónica:
«Oh corv, oh venerable ave anacrónica,
¿quín es lo teu nom a la regió plutónica?»
Va di lo corv: «May mes».

IX

En este cas tan raro
me vach extraña de escoltá tan cla
tal nom pronunsiá
y ting que confessá que me vach assustá
pos dingú, crec, va tindre lo gust
de un corv vore, posat damún de un busto
en tal nom: «May mes».

X

Com si haguera volcat l´alma,
va callá lo muixó y ni un momén
les plomes va sorollá,
«datres de mí han fugit y yo me crec
que ell sen anirá demá sense tardá
com ya m´ha abandonat la esperansa»;
va di lo corv: «¡May mes! »

XI

Una resposta al escoltá directa
me vach di, no sense inquietut secreta,
«Es aixó y res mes.
Tot lo que va adependre de un amo desgrassiat,
al que tossut ha perseguit la fortuna
y sol este estribillo ha conservat
¡eixe may mes, may mes!»

XII

Vach girá l´assiento hasta quedám enfrente
de la porta, del busto y del vidén corv
y entonses ya, reclinat a la blana cadira
en somnis fantastics me afonaba,
pensán sempre en qué volíe di
aquell may mes, may mes.

XIII

Mol tems me vach quedá aixina ensomián,
y aquell extrañ muixó
sense pará mirán;
ocupabe lo diván
de vellut, aon juns mos assentabem
y en lo meu dol, pensaba que Ella,
may mes ocuparíe esta habitassió.

XIV

Entonses me va pareixe l´aire denso
com una auló de sucarrat incienso
de un invissible altá;
y escolto veus repetí:
«Olvida a Leonor, béute lo nepenthes
beu l´olvido a les seues fons»;
va di lo corv: «¡May mes! »

XV

«Profeta, vach di, augur de atres edats
que van aventá les negres tempestats
aquí peral meu mal,
huésped de esta morada de tristesa,
dísme, oscur engendre de la nit de paó,
si una mel ñaurá per a la meua amargó»:
va di lo corv: «¡May mes!»

XVI

«Profeta, vach di, o dimoni, tú, corv,
per Deu, per mí, per la meua gran doló,
per lo teu poder fatal
dísme si alguna vegada a Leonora
tornaré a vore a la eternal aurora
aon está felís en los querubins»;
va di lo corv: «¡May mes! »

XVII

«Que sigue esta paraula la radera,
torna a la plutónica rivera»,
vach cridá: «¡No tornos mes,
no dixos ni potades, ni una ploma
y lo meu espíritu, rodejat de densa broma
libera del pes que té!»
Va di lo corv: «¡May mes! »

XVIII

Y lo corv parat, fúnebre y adusto
seguix sempre de Palas posat al busto
y en la llum del meu cresol,
proyecte una taca umbría a la alfombra
y la seua mirada de demoni assombre...
¡Ay! ¿La meua alma en dol
de la seua sombra se podrá apartá?
¡May mes!

https://narrativabreve.com/2017/02/el-cuervo-allan-poe-en-estado-puro.html

Aquí os ofrezco la traducción de Julio Cortázar y, tras esta, la versión original (The Raven).

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

//


Once upon a midnight dreary, while I pondered weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
`’Tis some visitor,’ I muttered, `tapping at my chamber door –
Only this, and nothing more.’

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; – vainly I had sought to borrow
From my books surcease of sorrow – sorrow for the lost Lenore –
For the rare and radiant maiden whom the angels named Lenore –
Nameless here for evermore.

And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me – filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
`’Tis some visitor entreating entrance at my chamber door –
Some late visitor entreating entrance at my chamber door; –
This it is, and nothing more,’

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
`Sir,’ said I, `or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you’ – here I opened wide the door; –
Darkness there, and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the darkness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, `Lenore!’
This I whispered, and an echo murmured back the word, `Lenore!’
Merely this and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
`Surely,’ said I, `surely that is something at my window lattice;
Let me see then, what thereat is, and this mystery explore –
Let my heart be still a moment and this mystery explore; –
‘Tis the wind and nothing more!’

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately raven of the saintly days of yore.
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door –
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door –
Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
`Though thy crest be shorn and shaven, thou,’ I said, `art sure no craven.
Ghastly grim and ancient raven wandering from the nightly shore –
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!’
Quoth the raven, `Nevermore.’

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning – little relevancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being
Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door –
Bird or beast above the sculptured bust above his chamber door,
With such name as `Nevermore.’

But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only,
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing further then he uttered – not a feather then he fluttered –
Till I scarcely more than muttered `Other friends have flown before –
On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before.’
Then the bird said, `Nevermore.’

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
`Doubtless,’ said I, `what it utters is its only stock and store,
Caught from some unhappy master whom unmerciful disaster
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore –
Till the dirges of his hope that melancholy burden bore
Of “Never-nevermore.”‘

But the raven still beguiling all my sad soul into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird and bust and door;
Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore –
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
Meant in croaking `Nevermore.’

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining
On the cushion’s velvet lining that the lamp-light gloated o’er,
But whose velvet violet lining with the lamp-light gloating o’er,
She shall press, ah, nevermore!

Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
`Wretch,’ I cried, `thy God hath lent thee – by these angels he has sent thee
Respite – respite and nepenthe from thy memories of Lenore!
Quaff, oh quaff this kind nepenthe, and forget this lost Lenore!’
Quoth the raven, `Nevermore.’

`Prophet!’ said I, `thing of evil! – prophet still, if bird or devil! –
Whether tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted –
On this home by horror haunted – tell me truly, I implore –
Is there – is there balm in Gilead? – tell me – tell me, I implore!’
Quoth the raven, `Nevermore.’

`Prophet!’ said I, `thing of evil! – prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us – by that God we both adore –
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels named Lenore –
Clasp a rare and radiant maiden, whom the angels named Lenore?’
Quoth the raven, `Nevermore.’

`Be that word our sign of parting, bird or fiend!’ I shrieked upstarting –
`Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! – quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!’
Quoth the raven, `Nevermore.’

And the raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted – nevermore!

domingo, 28 de julio de 2024

4. 3. Relassió del pare de Saputo.

Capítul III.

Relassió del pare de Saputo.

Relassió del pare de Saputo.

Yo, fills meus (va di), vach tindre a la meua juventut uns fums que me han costat mol cars, pos me van traure la felissidat de la vida, sense traure de ella per contrapés datra utilidat que desengañám de la virtut de les dones. Pero no cregáu per naixó que les condeno o que penso mal de elles; no poden sé de atra manera. Encara mes:

ni convendríe que u foren si no se cambie del tot la inclinassió que se tenen los dos sexos. Tamé admitiré exepsions si me se demanen; o al menos dixaré en la seua opinió al que les defengue.

Habíe arribat lo final dels meus libres entretenimens, sin embargo, no vach montá cap escándol ni vach doná peu a mals rumós; pensaba en casám, pero cap de les joves que había tratat o coneixía me van pareixe dignes de sé la meua dona. Mon pare me habíe dit que lo seu, es a di, mon yayo, a qui li van pesá los collons en romanes y sense contá la llana pesáen mes que lo cap de Pelayo, va sé home mol sabut y que li va parlá moltes vegades de la condissió dels caballés, de la diferensia dels tems, de la mudansa de les costums, del oblit dels usos antics, tot per caussa que ya no estáe en mans dels homens aturá, y los seus efectes siríen encara mes grans per sí mateixos y per lo sol abansá de les coses, perque en un siglo habíe corregut mol lo món y habíe cambiat tan que ya no se reconeixíe. Que per tan lo home que sabíe apartás del vulgo chusgán les coses, y teníe valor pera obrá conforme a la raó vensén les falses opinions ressibides, no debíe fé los solamens de la felissidat en causes d'atres y potsé contraries al orden y fin de la naturalesa. Y entre atres moltes consecuensies que de estes reflexions traíe, aplicanles al estat particulá de cada un, díe que a la dona no se li teníe que buscá mes que dos coses, talento y agrado; y del naiximén díe que sense despressiál de cap modo, no ere de les primeres raons que contribuíen a feles mes o menos dignes. Així es que mon pare imbuít de estes sabies máximes se va casá en una llauradora filla de una familia honrada, sí, pero casi pobre, y va sé mol felís en ella; y u vam sé los seus fills tamé, perque ere una dona mol amable, y solísita, fée tot lo que li demanáes, y advertida de tot. Y a mí me díe que si me pareixíe be una dona plebeya, no reparara en preferila a un atra de naiximén, com si per la seua roba no fore tan digna com aquella.

Confesso que esta filossofía de mon pare y de mon yayo me pareixíe una mica irregulá; pero observán lo que passáe a mols matrimonis veía que ere la verdadera; y entonses me fáe escrúpol, y hasta casi m'haguere deshonrat vóreu a casa meua. Me va apetí en aixó un viache a Saragossa, y de allí passá a Huesca, a Casbas y atres pobles, y no tenín a Almudévar cap conegut y acassanme lo fret vach demaná fonda a la primera persona que vach trobá al carré. Ere una sagala de una presensia agradable que entráe a una caseta que me va pareixe que pegáe en lo traje y aire modesto de la persona. Volía sol passá un rato; pero la veu de aquella jove, les seues respostes y paraules, sempre naturals, sempre atentes y hasta discretes, me reteníen y me féen contá les hores per minuts. Se va passá lo día; en son demá va continuá lo mal orache, y me vach alegrá per dins, y li vach di que si no li había de fe nosa no men aniría en aquell temporal. Ella, en una grassia que va acabá de prendám, va contestá: "lo mal tems, siñó, lo té vostra mersé a casa meua; y no al monte o per los camins; pero vostra mersé mane. No lay pareix, lo mateix sirá engañás que está be en realidat. Ya li vach di ahí que sol séntigo no podé hospedál com dessicharía; lo demés es cuenta de vostra mersé que u patix”. Esta resposta, com dic, me va encantá de tal manera, que vach passá tot lo día observán los seus ademans; y enrecordanmen del consell de mon pare vach di pera mí: an esta sagala en dos mesos la educo yo y la eixeco a la dignidat del porte que li correspón a casa meua; es discreta, mansa, naturalmén grassiosa y afabilíssima; honrada tamé y pel que puc jusgá, me pareix que no me engañe, es honesta y recatada. Lo seu apellit ha tingut lustre a Aragó, y no fará dissonansia en lo meu.

Esta es, pos, la meua sort; seguiré la filossofía dels meus bons pares y yayo. Y per algo tamé me ha portat la Providensia an esta casa. 

La vach cridá entonses, y fenli primé algunes preguntes, li vach di: no tinguéu temó, soc caballé; la vostra virtut mereix un premio, y vach a donatos lo mes gran que puc. Soc libre, miraume; y si no tos pareixco mal, doneume la má y siréu la meua dona. Ella se va esbarrá, com ere natural, y tremoláe; yo li vach agarrá la má, la hi vach apretá y li vach preguntá: ¿me la donéu com yo to la demano?, y va contestá plena de neguit y sense pugué casi pronunsiá les paraules: sí, siñó. Me vach aturá aquell día y part del siguién, y vach continuá lo meu viache.

Vach eixí de casa seua, felís, gloriós, com si fora un atre home. No vach voldre aná a Huesca, vach torná vía recta cap a casa a dili a mon pare lo que había fet; cuan al arribá me entregue una lletra que fée dos díes que me aguardabe, a la que la pobreta me díe:

"Ting notissia que has tornat a Saragossa, y ya me moría de pena, y mes pensán que fa sis mesos que no te has dignat vindre a vórem. Que sápigues que la teua radera visita me ha ficat en un estat que ya no puc amagá. Si dins de tres díes no vens, u descubriré tot a mons pares que ya su están barruntán; o me tallo lo coll o fach alguna malesa, perque estic desesperada y no puc dissimulá mes, no fach mes que plorá y doná a entendre la meua desgrassia.»

Figureutos lo que me va passá en esta nova tan a deshora. Mon pare, al vórem sense coló y sense veu me va preguntá qué ere, y yo li vach doná a lligí la carta. La va lligí y me va di: Séntigo lo teu disgust y lo de aquella familia; pero tot té remey, si no es mala elecsió la que has fet, perque lo carácter de ixa sagala li donará mal genio y sirá poc amable, al no domala desde lo primé día. Ha tingut una educassió mol roína, o milló dit, no ne ha tingut cap; la han criat a la soberbia y sol sap sé soberana, impertinén y sompa, com si tinguere sang blava; y lo no sé fea no compense estos defectes. 

Fresco aconselle a la seua neboda que, si tan li moleste la gen, no se miro al espill.

- Pera humillá la seua soberbia, vach di entonses, la vach volé enamorá de esta manera sense está yo enamorat de ella. 

- Pos has sigut ignorán, me va contestá mon pare; la soberbia del carácter, la fanfarronería del genio, la vanidat y lo orgull, no tenen que vore en la sensibilidat del cor, si ña honor al home no ha de mostrá aquella flaquesa. Per la meua part estic ressignat a vórela de nora a casa meua, encara que tindrem faena en ella.

Vach arreá aquell mateix día; y a poc mes de la mitat del camí vach topetá en un germá de ella que veníe a buscám. Me se va plantá dabán y mol serio me va preguntá: 

- ¿Aón anéu, don Alfonso?

- A casa vostra, li vach contestá.

- ¿Sabéu lo que passe an ella?

- U sé y an aixó vach.

- Pos anem. Y sense tartí, sense chistá en tot lo camí, vam arribá. Son pare, home una mica furo y aspre, perque la soberbia ere innata an aquella familia, me va ressibí en seriedat, me va portá al cuarto aon estáe sa filla plorán, y sense preguntám res, sense dim res, me va pendre del bras, me va presentá an ella y va di:

- Aquí tens a la teua dona; dónali la má. Yo li vach allargá la má, ella me va doná la seua, y va di lo pare: ya s'ha acabat tan plorá, o al menos plórali al que ha de consolát y no a mí. Yo al vórela tan humilde, tan apocadeta y avergoñida, li vach di: 

- Has de tindre bon ánimo, Vissenteta; esta má es teua, y este bras lo teu escut. Avui hay de minjá en tú a la taula, y no hay de vore despenjás mes llágrimes de eixos ulls. Pera abreviá; aquella mateixa nit se va arreglá tot, y als sis díes caminabem ya cap an esta casa units legitimamen.

Yo, sin embargo, no podía olvidá a ta mare; sempre estáe allá lo pensamén; pero cuan vach sabé que habíe parit un chiquet, vach pensá en doná al traste en la meua ressignassió y aviá lo carro pel pedregal. Vach tindre que conformám en lo que no teníe remey, y pretextán no sé qué vach aná a Huesca, me vach presentá al siñó obispo y li vach di lo que passáe, pera suplicali que en gran recato y mol secreto, y valense del mossen del poble a qui res se li habíe de revelá y sí encarregá no diguere per qué ni aón, procurare assistí a ta mare y al fill, sense má llarga que despertare la curiosidat dels bachillés del poble, o de un modo dissimulat, en prudensia, y fen vore que ere un favor que ella y lo chiquet mereixíen; en ocasió de una festa, en públic, li vach dixá mil escuts de plata, y ne vach enviá uns atres mil después de sing añs. Així se va fé hasta que tú vas escomensá a volá; y ten anáes y entornáes del niu per la teua cuenta, y campabes al ample; que va sé cuan vas acabá de pintá la capella del Carmen. Per lo siñó obispo vach sabé que la pintabes, y vach aná a vóret y vach está a la capella com un mes de tans visitans. Me va pareixe conéixet, y no vach dudá de que fores tú, disfrassat de estudián, están de casualidat a Berbegal cuan vau passá, y be podrás enrecordaten que de una sola má vau arreplegá trenta sis escuts de plata, y no vau sabé de quí veníen.

- Men enrecordo, ya u crec que men enrecordo, va contestá Pedro Saputo, de eixe gesto de soltura; pero vach está ben lluñ de imaginá que fore de mon pare. - Yo pos, va continuá don Alfonso, cuan te vach vore tan aventajat y listo, y que desde chiquet te díen Pedro lo Sabut, vach di: éste ya no me nessessite; ni yo ting que fé mes per ara; al seu tems sirá un atra cosa. Y desde entonses (no olvidán may lo teu dret) te vach encomaná a la Providensia, y sol vach procurá sabé si mare y fill vivíeu, la mateixa fama del teu nom me u díe. Ara hay quedat libre y determino cumplí la meua obligassió en ta mare y en tú; y an aixó me disposaba cuan no sé cóm te has presentat aquí pera obrí mes fássil lo camí an este trate, per al que, Juanita y tú, Jaime, espero no me negaréu la vostra aprobassió y consell. 

- Yo, va contestá Juanita, admitixco, ressibixco y abrasso de cor an este nou germá que me trobo, y a sa mare per meua y per siñora an esta casa. Lo seu home (lo fill mes gran de don Alfonso) va di lo mateix, y va afegí que ademés lo pare faríe lo que vullguere, aprobanu y donanu tot per be desde aquell pun. Lo pare entonses ple de amor y consol del cor, va abrassá als tres; y passades les demostrassions y satisfacsions primeres de aquell cas tan gran, va di lo pare a Pedro Saputo:

- Ara, fill, te toque a tú. Vull que un atre rato, o atres, me contos mol detalladamen y ben desplay la teua vida, les teues travessures, aventures, que no dudo ne sirán moltes y mol bones. 

- Crec que sí, va di Juanita; dignes sirán de sabés, perque segons la fama, y encara no u deu di tot, ha de ñabé coses mol extraordinaries de sentí de la vida del vostre fill y lo nostre germá. Pero per an aixó, tems ñaurá; calléu, que séntigo un caball o mula a la porta, y me diu lo cor que es la meua amiga Paulina a qui vach escriure que vinguere. Vach a ressibila. Mira germá, va di a Pedro Saputo, de no contá lo que yo tamé vull sentí, que tindrás doble faena. No nessessitáe ell esta advertensia, que va entendre mol be lo pensamén de Juanita, pos no anáe a contá les pesolagades del novissiat ni unes atres después de aquelles.


Original en castellá:

Capítulo III.

Relación del padre de Saputo.

Yo, hijos míos (dijo), tuve en mi juventud una vanidad que me ha costado muy cara, pues me quitó la felicidad de la vida, sin sacar de ella por contrapeso otra utilidad que desengañarme de la virtud de las mujeres. Mas no creáis por eso que las condeno o que siento mal de ellas; no pueden ser de otra manera. Aun más: ni convendría que lo fuesen si no se mudaba enteramente el orden de causas en la inclinación que se tienen los dos sexos. También admitiré excepciones si se me piden; o al menos dejaré en su opinión al que las defienda.

Había llegado el término de mis libres entretenimientos en cuya edad, sin embargo, no causé ningún escándalo ni di lugar a feos rumores; pensaba en tomar estado; mas ninguna de las jóvenes que había tratado o conocía me pareció digna de llamarse mi esposa. Mi padre me había dicho que el suyo, es decir, mi abuelo, fue hombre muy sabio y que le habló muchas veces de la condición de los caballeros, de la diferencia de los tiempos, de la mudanza de las costumbres, del olvido de los usos antiguos, todo por causa que ya no estaba en manos de los hombres detener, y cuyos efectos serían aún mayores de sí mismos y por el solo curso de las cosas, porque en un siglo había corrido mucho el mundo y mudándose de modo que no se conocía. Que por consiguiente el hombre que sabía descostarse del vulgo juzgando sanamente de las cosas, y tenía valor para obrar conforme a la razón venciendo las falsas opiniones recibidas, no debía fundar la felicidad en causas ajenas y tal vez contrarias al orden y fin de la naturaleza. Y entre otras muchas consecuencias que de estas reflexiones sacaba, aplicándolas al estado particular de cada uno, decía que en la mujer para casarse no se debía buscar sino dos cosas, talento y agrado; y del nacimiento decía que sin despreciallo de ningún modo, no era de las primeras causas que contribuyen a hacellas más o menos dignas. Así es que mi padre imbuido de estas sabias máximas se casó con una labradora hija de una familia honrada, sí, pero casi pobre, y fue muy feliz con ella; y lo fuimos sus hijos también, porque era mujer muy amable, y solícita y advertida en todo. Y a mí me decía que si me parecía bien una mujer plebeya, no reparase en preferilla a otra de nacimiento, si por sus prendas solas y puramente personales no fuese tan digna como aquélla.

Confieso que esta filosofía de mi padre y de mi abuelo me parecía un poco irregular; pero observando lo que pasaba en muchos matrimonios veía que era la verdadera; y con todo me repugnaba, y aun casi me deshonraba, de vella en mi casa. Ofreciéndoseme en esto un viaje a Zaragoza, y de allí pasar a Huesca, a Casbas y otros pueblos, y no teniendo en Almudévar ningún conocido y acosándome el frío pedí posada a la primera persona que encontré en la calle. Era una muchacha de una presencia agradable que entraba en una casita que me pareció convenía al traje y aire modesto de la persona. Quería sólo pasar un rato; pero la voz de aquella joven, sus respuestas y palabras, siempre naturales, siempre atentas y aun discretas, me detenía y me hacían contar las horas por minutos. Pasóse el día; la mañana siguiente continuó el temporal, y me alegré interiormente, y le dije que si no le era molesto no me iría con aquel mal tiempo. Ella, con una gracia que acabó de prendarme, respondió: «el mal tiempo, señor, le tiene vuestra merced en mi casa; y no en el campo o por los caminos; pero pues a vuestra merced... no se lo parece, lo mismo será engañarse que estar bien en realidad. Ya dije a vuestra merced ayer, que sólo siento no podelle hospedar como desearía; lo demás es cuenta de vuestra merced que lo padece». Esta respuesta, como digo, me encantó de manera, que pasé todo el día observando sus ademanes; y acordándome del consejo de mi padre dije entre mí: a esta muchacha en dos meses la educo yo y levanto a la dignidad del porte que le corresponde en mi casa; es discreta, dócil, naturalmente graciosa y afabilísima; honrada también y cuanto puedo juzgar, y me parece que no me engaño, honesta y recatada. Su apellido ha tenido lustre en Aragón, y no hará disonancia al mío. Ésta es, pues, mi suerte; sigo la filosofía de mis buenos padres y abuelo. Y por algo también me ha traído la Providencia a esta casa. Llaméla entonces, y haciéndole primero algunas preguntas, le dije: no temáis, soy caballero; vuestra virtud merece un premio, y voy a daros el mayor que puedo. Soy libre, miradme; y si no os parezco mal, dadme la mano y sed mi esposa. Ella se turbó, como era natural, y temblaba; yo le tomé la mano, se la apreté y le pregunté: ¿me la dais como yo os la pido?, y respondió llena de agitación y sin poder casi pronunciar las palabras: sí, señor. Me detuve aquel día y parte del siguiente, y continué mi viaje.

Salí de su casa, feliz, glorioso, y mudado en otro hombre. No quise ir a Huesca, sino que me vine vía recta a casa a decir a mi padre lo que había hecho; cuando al llegar me entrega una carta que hacía dos días me aguardaba, en la cual la difunta me decía: «Tengo noticia que has vuelto a Zaragoza, y ya me moría de pena, y más pensando que hace seis meses que no te has dignado venir a verme. Sabe que tu última visita me ha puesto en un estado que yo no puedo ocultar. Si dentro de tres días no vienes, lo descubriré todo a mis padres que ya andan sospechosos; o me corto el cuello o hago desatino, porque estoy desesperada y no puedo disimular más, no haciendo sino llorar y dar a entender mi desgracia.»

Figuraos lo que pasaría en mí con esta nueva tan a deshora llegada. Mi padre al verme sin color y sin voz me preguntó qué era, e yo le di a leer la carta. Leyóla y me dijo: Siento tu disgusto y el de aquella familia; pero todo tiene remedio, si no es mala elección que has hecho, porque el carácter de esa muchacha le dará mal genio y será poco amable de cerca, a no domalla desde el primer día. Ha tenido muy mala educación, o por mejor decir, no ha tenido ninguna; hanla criado a la soberbia y sólo sabe ser soberana, que es, impertinente y necia; y el no ser fea no compensa estos defectos. - Por humillar su soberbia, dije entonces, la quise enamorar de esta manera sin estar yo enamorado de ella. - Pues has sido ignorante, me respondió mi padre; la soberbia del carácter, la altivez del genio, la vanidad y el orgullo, no tienen que ver con la sensibilidad del corazón, si hay honor en el hombre y no ha de publicar aquella flaqueza. Disponte a ir allá; por mi parte estoy resignado a vella de nuera en mi casa, aunque tendremos trabajo con ella.

Partí aquel mismo día; y a poco más de la mitad del camino topé con un hermano de ella que venía a buscarme. Paróseme delante y muy grave me pregunta: - ¿Adónde vais, don Alfonso? - A vuestra casa, le respondí. - ¿Sabéis lo que pasa en ella? - Lo sé y a eso voy. - Pues vamos. Y sin hablar más palabras en todo el camino llegamos allá. Su padre, hombre un poco duro y áspero, porque la soberbia era innata en aquella familia, me recibió con seriedad, me llevó al cuarto donde estaba su hija llorando, y sin preguntarme nada, sin prevenirme ni decirme nada, me tomó del brazo, me presentó a ella y dijo: - Aquí tienes a tu esposa; dale la mano. Yo le alargué la mano, ella me dio la suya, y dijo el padre: acábense los lloros, o al menos llora con quien ha de consolarte y no conmigo. Yo al vella tan humilde, tan confusa y avergonzada, le dije: - Ten buen ánimo, Vicentita; esta mano es tuya, y este brazo tu escudo. Hoy he de comer contigo en la mesa, y no he de ver correr más lágrimas de esos ojos. Por abreviar; aquella misma noche se arregló todo, y a los seis días caminábamos ya hacia esta casa unidos legítimamente.

Yo, sin embargo, no podía olvidar a tu madre; siempre estaba allá el pensamiento; pero cuando supe que había dado a luz un niño, pensé dar al traste con mi resignación y echarlo todo a barato. Hube de conformarme empero con lo que no tenía remedio, y pretextando no sé qué fui a Huesca, me presenté al señor obispo y le dije lo que pasaba, para suplicarle al fin, como lo hice, que con gran recato y mucho secreto, y valiéndose del cura del pueblo a quien nada se le había de revelar y sí encargar no dijese por qué ni dónde, procurase asistir a tu madre y al hijo, no con mano tan larga que moviese la curiosidad del pueblo, o de un modo poco disimulado, sino con circunspección y prudencia, y haciendo que era favor que ella y el niño merecían; o tomando ocasión de una fiesta; de algún suceso público, de las gracias mismas del niño. Y le dejé mil escudos de plata, mandándoles otros mil a los cinco años. Así se hizo y así procedimos hasta que tú supiste volar; y te ibas y venías del nido a tu cuenta, y campabas por tu respeto; que fue cuando concluiste de pintar la capilla del Carmen. Por el señor obispo supe que la pintabas, y fui a verte y estuve en la capilla como uno de tantos curiosos. Así es que me pareció conocerte, y al fin no dudé que eras tú, disfrazado de estudiante, hallándome casualmente en Berbegal cuando pasasteis, y bien podrás acordarte que de una sola mano hubisteis treinta y seis escudos de plata, y no supisteis de quién venían.

- Me acuerdo, me acuerdo, respondió Pedro Saputo, de ese rasgo de liberalidad; pero estuve bien lejos de imaginar que fuese de mi padre. - Yo pues, continuó don Alfonso, cuando te vi tan aventajado y listo, y que desde niño te llamaban Pedro el Sabio, dije: éste ya no me necesita; ni yo debo hacer más por ahora; a su tiempo será otra cosa. Y desde entonces (no olvidando nunca tu derecho) te encomendé a la providencia, y sólo procuré saber si madre e hijo vivíades, lo cual la misma fama de tu nombre me lo decía. Agora he quedado libre y desde luego determino cumplir mi obligación con tu madre y contigo; y a eso me disponía cuando no sé cómo te has presentado aquí para abrir más fácil camino a este trato, en el cual, Juanita y tú, Jaime, espero no me negaréis vuestra aprobación y consejo. - Yo, respondió Juanita, admito, recibo y abrazo de corazón a este nuevo hermano que me encuentro, y a su madre por mía y por señora en esta casa, así como confieso que si hubiérades pensado en darme otra, quizá lo sintiera más de lo que podría sufrir buenamente. Su marido (el hijo mayor de don Alfonso) dijo lo mismo, y añadió que en lo demás el padre haría lo que quisiese, aprobándolo y dándolo todo por bien desde aquel punto. El padre entonces rebosando amor y consuelo del corazón, abrazó a los tres; y pasadas las demostraciones y satisfacciones primeras de aquel tan extremo caso, dijo el padre a Pedro Saputo: - Agora, hijo, te toca a ti. Quiero que otro rato u otros me cuentes muy por menor y de espacio tu vida, tus travesuras, tus aventuras, que no dudo serán muchas y peregrinas. - Creo que sí, dijo Juanita; dignas serán de saberse, porque según la fama, y aún no debe de decirlo todo, ha de haber cosas muy extraordinarias y gustosísimas de oír en la vida de vuestro hijo y nuestro hermano. Pero para eso, tiempo queda; y cata que oigo caballo o mula a la puerta, y me da el corazón que es mi amiga Paulina a quien escribí que viniese. Voy a recibilla. Mirad hermano, dijo a Pedro Saputo, que no contéis lo que yo he de tener curiosidad de oír, y habríades doble trabajo. No necesitaba él esta advertencia, que entendió muy bien, y caló el pensamiento de Juanita, pues no había de ir a contar las bellaquerías del noviciado ni otras después de aquéllas.

lunes, 29 de julio de 2024

4. 8. De la fira de Graus.

Capítul VIII.

De la fira de Graus.

¿Es una lengua el ribagorzano?

Va visitá encara per allá alguns atres pobles, y se va arrimá al Cinca passán per Barbastro, aon sol va visitá a la sempre amable Antonina, encara que portabe cuatre donselles a la llista, no per despressio de elles, sino perque de Barbastro no volíe amistat ni deutes. Va incliná la seua direcsió cap al orién y amún pera pujá a la Ribagorsa, y va arribá a la Pobla de Castro, aon va pará al messón, sense portá registre de aquell poble. Ere lo taberné charraire, alegre, franc y mol atén. Als postres va demaná llissensia y va entrá al cuarto de Pedro Saputo, y li va di que si volíe matiná una mica li podíe serví, perque pensabe aná a la fira de Graus a divertís un rato, y en veu baixa va afegí: y emportám una criada pera ama de claus, perque me se case la que ting, y la cuinera no val mes que per als topins y los teons.

Va arribá en aixó un llauradó, y lo va fé entrá dién:

- Este home, siñó caballé, es cuñat meu, germá de la meua dona que en pas descanso. Me vach casá fa setse añs, y mos van doná a mí una finca y an ella un atra; y entre les dos, que les vach sembrá aquell añ, vach arreplegá dos cafisos y mich de morcacho, una mica de pipirigallo y ya me va parí la dona. Yo vach escomensá a dím: pos vas be, Juan Simón; no tens aon sembrá enguañ, y la Felipa te parirá totes les pascues. Mal, Juan Simón, perque no ñaurá pa.

¿No ne ñaurá?, vach di, pos n'ha de ñabé, a discurrí. Y cavilán y no dormín me se va ocurrí un espessífic que algún san me va ficá al cap. Y li vach di a la meua dona: cariño, ya hay discurrit un modo pera que no mos falto pa; ya pots criá sense temó. 

Mira, Felipa, an este món sol són deshonra tres coses:

Sé pobre, no tindre dinés y portán.

- De aixó radé ya te libraré yo, va di ella.

- Calla boba, li vach contestá yo; no va per tú, que ya sé que no penses ficamels. Pos sí siñó, li vach di; aixó sol es deshonra an este món, y no atra cosa.

- Anem, Juan Simón, va di lo cuñat, que datres coses ñan. 

- Ya u sé, va replicá lo parlán; pero la verdat es la verdat, y en lo demés no se repare. Díxam parlá y no me golfejos les paraules. 

La meua Felipa se va alegrá mol y yo vach di: ya veus que an este poble ningú vol sé tendé o botigué, ni messoné, perque u tenen per afrenta, y los arrieros y viachans no saben aón pará, y van demanán favor y u paguen mes car y están mal servits. Lo comprá y vendre, ¿pot sé afrenta?; lo doná fonda al que no té aón embutís, ¿pot sé afrenta? Cornut siga si aixó no es mentira. Yo hay pensat, pos, comprá oli, vi, pa, arrós, abadejo, sardines, guardiassivils de cubo, tossino salat, cansalada, magre, espessies y datres coses, y tindre abacería de botiga y fem messoné; ¿te pareix be, cariño? 

Y me va contestá:

- Com diuen que venim de bons...

- Calla, tonta, an este món cap pobre es bo; tots los miren de reúll y així com de gairó. Disme que sí, y en dos paletes te fach rica, y tamé mes hermosa, perque les riques totes u són, encara que no u siguen. ¡Qué guapa, y qué refilada los díes de festa cuan vaigues a missa, y tornos, y a cada cosa que remogues o regiros al arca sonon per allí los doblons! Encara no n'has vist cap, encara no saps cóm són; ya vorás después. Y en aixó la vach ficá contenta, y me vach eixecá, que ere encara de matí y estabem a la márfega. Y aquell mateix día, agarro y veng los dos terrenos, lo meu y lo de la meua dona. 

Aquí está mon cuñat que no me dixará di mentires.

¡Qué lloco, díe la gen, qué perdut! Lo que ven, acabe. 

Y tú tamé, Silvestre, u díes, y ton pare mes, que va vindre y me se va volé minjá, y va fé plorá a la Felipa. Pero yo chitón y a la meua. Conque vach y me compro un ruc (en perdó de vostra mersé), y ¡qué tieso que ere!, y baixo a Basbastro y lo torno en les banastes carregades a cormull pera la botigueta. Y a la hora que solen vindre los arrieros vach eixí a la plassa y los vach di: a casa meua, que soc messoné. Ya fa de aixó catorse añs, prop de quinse, y cuatre que me se va morí la dona, ben rica, y en mes carneta que vatres me la vau doná, cuñat, en tota la vostra sopopeya (prosopopeya), que al final, en que veniu de bons, tens una somera, y roína y guita, que si te se mor te quedes tan a peu que no has de montá ya mai datra cabalgadura que la cavegueta, si yo no te dixo alguna bestia de les meues. Yo ting un parell de mules, una está ya algo desmemoriada, y campos y terra, finques, faixes, gayes, freginals, y olivás plens de olivés y olives, y un jaco que se beu y talle lo ven, y grassies a Deu que no sé aón ficáls; y per aixó tan de bons ving ara com cuan me vach casá y era pobre. Los meus fills van a llaurá, y no ne ñan de mes garridos, pinchos, pitos y envejats al poble. 

¡Ay, habés mort sa mare!

En mol gust sentíe Pedro Saputo la relassió del messoné, y preguntanli per la fira, va di:

- An ixa fira, siñó caballé, no se ven lo que de ordinari se ven a totes, encara que no falte res, sino que es fira de criats y criades. Allí acudixen de tota la Ribagorsa los mossos y mosses, en cuadra o sense cuadra, que volen afirmás, ells pera mossos de llauransa o  muleros, y tamé pera pastós o un atre ofissi, y elles pera criades, niñeres, caseres de mossens, lo que ixque y segons la persona. 

Y ¡qué guapes algunes! ¡Qué fresques y espabilades! Yo no me la pergo may; y dos criades que ting y tres que me se han casat, dos al tems de la meua dona y una después, totes les hay portat de allí, y totes bones, perque ting bon ull y no me engañen. Es verdat que bon amo fa bon criat, y com les trato be...

- Massa, va di lo cuñat.

- ¿Veéu?, ya ha caigut a la malissia. Siñó caballé, la enveja es mol roína, perque no cregáu que es atra cosa. Be pareix que me les trauen, que no dirán sino que lo serví a casa meua, y aixó messoné, sigue concilianda de novios, que sempre les sobre per damún del cap. Sense armonía y bona voluntat, ¿cóm habíe de ñabé pau a casa? Y viure sense pau y sense gust cap ley u mane. 

¿Ting raó, siñó caballé?

- La teníu, y mol gran, va contestá Pedro Saputo; perque la vida sense agrado, sense descans del cor, no es vida verdadera sino purgatori abans de tems. Sol que com sou viudo, la malissia salte después... 

- Aixó, aixó, va di lo messoné. ¿Veéu, Silvestre com tamé lo siñó diu que es malissia? Y si me casara, después no me serviríen tan be les sagales, perque totes en sentí que es un home casat, al instán li fiquen la cara anugolada. Un atra que troba com la Simona, que així se diu esta; y lo que tingue enveja que revento. Anem, cuñat, que lo siñó ha de descansá. Van eixí los dos cuñats, quedán en Pedro Saputo en que lo acompañaríe lo messoné y li enseñaríe lo que encara no habíe vist ni se veu mes que an aquella fira.

Van matiná y lo messoné en lo seu jaco voladó y talladó de ven va acompañá a Pedro Saputo, diénli pel camí:

- Ya vorá sa mersé, cuántes y qué guapes. Totes se fiquen al seu puesto, que es la Creu y cuan se arrimen a mirales fan uns ullets...

Yo per la mirada les calo, y la que es fina tamé me cale a mí, y sense parlá mos entenem. Porten cusida per dins una burchaqueta deball del bras, y allí una estampa de Santa Romera, abogada de les rellissades; les burchaques les hi cusen les yayes, encarreganles mol que se encomanon a la santa. Y si anéu a feles cussigañes, pessigolles, pessiguañes o gochet, fuchen y diuen que les malmetréu la estampeta; pero aixó es a la plassa y al escomensamén.

En tan alegre conversa van arribá a Graus, y com día de festa que ere (san Miquial) van aná primé a la iglesia, van empendre lo amorsaret en tords fregits, y después, habense dixat portá Pedro Saputo aon va volé Juan Simón, van aná a la Creu, que es la parada, la botiga y ferial propi de les sagales.

En efecte, estáen allí y ne ñabíen moltes, y algunes mol grassioses y ben majes. Y li va di Pedro Saputo al messoné:

- Anéu vosté, Juan Simón, per un costat y yo per un atre; vosté ne marcaréu una y yo un atra, que sabén lo seu gust vach a vore si lay enserto. U van fé així, y acabán la revista de totes, se van apartá a una vora a conferensiá. Y encara que Pedro Saputo ne habíe vist una que li va pareixe que seríe la que mes ompliríe lo ull al seu huésped, en tot per probál, va di que li conveníe una que ñabíe en sintes blaves, de bon bona figura, y linda presensia, que en dos amigues fée la desfeta a una vora. Y lay siñalabe.

- Perdonéu, siñó, va contestá lo messoné; sí que me agrade, pero sirá mol retrechera y engañará hasta a la seua sombra, ¿no veéu que sap mol? Milló es la del llas vert, aquella que mos mire, y que encara que vergoñoseta ya me ha dit en los ulls tot lo que yo volía sabé. Y veéu, ya me la está encorrén aquell mossen, que es lo de Salas Altas, y me la bufará y me dixará a la lluna de Valensia. 

Pos no ha de sé per an ell, botovadéu, que vach allá y la firmo de un brinco. Y dit y fet se dispare cap an ella y li diu:

- Demanéu jornal, la del llas vert, y veníu en mí pera ama de claus de casa meua, que soc botigué y messoné. Li va demaná nou escuts y dos parells de espardeñes de espart a estrená.

- Deu t' en daré, va di ell, ademés de un parell de sabates, y van quedá conformes, y se la va emportá y la va enviá cap a la seua fonda en les señes.

Va quedá admirat Pedro Saputo del coneiximén del messoné, pos en efecte ere la mateixa que ell li habíe marcat. La de les sintes blaves se va acomodá de casera en lo mossen de Salas. Y de mes de sixanta sagales sol unes quinse se van entorná cap als seus pobles esperán un atre añ milló. Tamé Pedro Saputo ne va afermá un atra pera casa de sons pares, y com no podíe portala en ell la va entregá y encomaná al messoné hasta que una persona de confiansa vinguere a per nella.

- Y miréu, li va di...

- Enteng, enteng, va contestá Juan Simón; bon ull hau tingut; pero anéu descansat, que yo, siñó, lo meu meu y lo de atre de atre. ¡Collons ! Milló es esta que la meua; pero res, lo dit, dit; com si li dixáreu ficades armes reals o guarda suissa. La enviaré a vostra mersé igual que la va parí sa mare, exeptuán les cuentes passades.

En cuan a les del registre, que ne eren dos, les va vore Pedro Saputo sense manifestá quí ere, y se va doná per satisfet.


Original en castellano:

Capítulo VIII.

De la feria de Graus.

Anduvo aún por allá algunos otros pueblos, y se acercó al Cinca pasando por Barbastro, donde sólo visitó a la siempre amable Antonina, aunque llevaba cuatro doncellas en lista, no por desprecio de ellas, sino porque de Barbastro no quería amistad ni deudo. Inclinó su dirección al oriente hacia arriba para subir a la Ribagorza, y llegó a la Puebla de Castro, donde paró en el mesón, no llevando registro de aquel pueblo. Era el mesonero hablador, alegre, franco y muy atento. A los postres pidió licencia y entró en el cuarto de Pedro Saputo, y le dijo que si quería madrugar un poco le podía servir, porque pensaba ir a la feria de Graus a divertirse un rato, y en voz baja añadió: y traerme una criada para ama de llaves, porque se me casa la que tengo, y la cocinera no vale sino para los pucheros y los tizones.

Llegó en esto un labrador, y le hizo entrar diciendo: - Este hombre, señor caballero, es cuñado mío, hermano de mi difunta. Me casé hace dieciséis años, y nos dieron a mí un campo y a ella otro; y entre los dos, que los sembré aquel año, cogí dos cahíces y medio de morcacho, y antes ya me parió la mujer. Yo comencé a decir: pues estás bien, Juan Simón; no tienes donde sembrar hogaño, y la Felipa te va a parir todas las pascuas. Malo, Juan Simón, porque no habrá pan. ¿No habrá?, dije, pues ha de haber, a discurrir. Y discurriendo y no durmiendo m'ocurrió, un específico que algún santo me lo puso en la cabeza. Y le dije a mi mujer: cariño, ya he discurrido un modo para que no nos falte; ya puedes parir sin miedo. Mira, Felipa, en este mundo sólo es deshonra tres cosas: ser pobre, no tener dinero y llevallos. - De eso último ya te libraré yo, dijo ella. - Calla boba, le respondí yo; no va por ti, que ya sé que no piensas ponérmelos. Pues sí señor, le dije; eso sólo es deshonra en este mundo, y no otra cosa. - Vamos Juan Simón, dijo el cuñado, que algunas otras cosas hay. - Ya lo sé, replicó el parlante; pero la verdad es la verdad, y en lo demás no se repara. Déjame hablar y no me golfees las palabras. Mi Felipa s'alegró mucho y yo dije: ya ves que en este lugar nadie quiere ser tendero ni mesonero, porque lo tienen por afrenta, y los arrieros y viajeros no saben a do parar, y andan pidiendo favor y lo pagan más caro y están mal servidos. El comprar y vender, ¿puede ser afrenta?; el dar posada al que no tiene do meterse, ¿puede ser afrenta? Cornudo sea si eso no es mentira. Yo he pensado, pues, comprar aceite, vino, pan, arroz, abadejo, sardinas, tocino salado, especias y otras cosas, y tener abacería de tienda y hacerme mesonero; ¿te parece bien, cariño? Y me respondió: - Como dicen que venimos de buenos... - Calla, tonta, en este mundo ningún pobre es bueno; todos los miran de reojo y así como de lance. Dime que sí, y en dos paletas te hago rica, y también más hermosa, porque las ricas todas lo son, aunque no lo sean. ¡Qué guapa, y qué refilada los días de fiesta cuando vayas a misa, y vuelvas, y a cada cosa que rebullas en el arca suenen por allí los doblones! Aún no has visto ninguno, aún no sabes cómo son; ya verás entonces. Y con esto la puse contenta, y me levanté, que era aún de mañana y estábamos en la cama. Y aquel mismo día, cojo y vendo los dos campos, el mío y el de mi mujer. Aquí está mi cuñado que no me dejará mentir. ¡Qué loco, decían las gentes, qué perdido! Y tú también, Silvestre, lo decías, y tu padre más, que vino y se me quiso comer, e hizo llorar a Felipa. Mas yo callar y a la mía. Conque voy y me compro un burro (con perdón de vuesa merced), y ¡qué tieso que era!, y bajo a Basbastro y me lo traigo cargado de la tienda. Y a la hora que suelen venir los arrieros salí a la plaza y les dije: a mi casa, que soy mesonero. Ya hace de esto catorce años, cerca de quince, y cuatro que se me murió mi mujer, bien rica (a Dios no sea retraído), y con otras carnes que vosotros me la disteis, cuñado, con toda vuestra sopopeya, que al fin, con que venís de buenos, tienes una burra, y mala, que si se te muere te quedas tan de a pie, que no has de montar ya más cabalgadura que la azada, si yo no te lo presto. Y yo tengo par de mulas, y campos y olivares, y un jaco que se bebe el viento, y gracia de Dios que no sé dónde metella; y por eso tan de buenos vengo agora como cuando me casé y era pobre. Mis hijos van a la labranza, y no los hay más garridos y envidiados en el lugar. ¡Ah, haberse muerto su madre!

Con mucho gusto oía Pedro Saputo la relación del mesonero, y preguntándole de la feria, dijo: - En esa feria, señor caballero, no se vende lo que de ordinario se vende en todas, aunque no falta, sino que es feria de criados y criadas. Allí acuden de toda la Ribagorza los mozos y mozas que quieren afirmarse, ellos para mozos de labor o de mulas, y también para pastores u otra cosa, y ellas para criadas, niñeras, caseras de curas, lo que les sale y según la persona. Y ¡qué guapas algunas! ¡Qué frescas y lucidas! Yo no la pierdo nunca; y dos criadas que tengo y tres que se me han casado, dos en tiempo de mi mujer y una después, todas las he traído de allí, y todas buenas, porque tengo ojo y no me engaño. Es verdad que el buen amo hace el buen criado, y como los trato bien... - Demasiado, dijo el cuñado. - ¿Veis?, ya cayó en la malicia. Señor caballero, la envidia es muy mala, porque no creáis que es otra cosa. Bien parece que me las sacan, que no dirán sino que el servir en mi casa, y eso mesonero, sea concilianda de novios, que siempre les sobran por encima de la cabeza. Sin armonía y buena voluntad, ¿cómo había de haber paz en casa? Y vivir sin paz y sin gusto ninguna ley lo manda. ¿Tengo razón, señor caballero? - Tenéisla, y muy grande, respondió Pedro Saputo; porque la vida sin agrado, sin descanso del corazón, no es vida verdadera sino purgatorio antes de tiempo. Sólo que como sois viudo, la malicia salta luego... - Eso, eso, dijo el mesonero. ¿Veis, Silvestre como también el señor dice que es malicia? Y si me casase, después no me servirían tan bien las muchachas, porque todas en oyendo que oyen que es un hombre casado, al instante le ponen cara anublada. Otra que encuentre como la Simona, que así se llama ésta; y el que tenga envidia que se reviente. Vamos, cuñado, que el señor ha de descansar. Saliéronse en fin los dos cuñados, quedando con Pedro Saputo en que le acompañaría el mesonero y le enseñaría lo que aún no había visto ni se ve sino en aquella feria.

Madrugaron con el día y el mesonero con su jaco volador acompañó a Pedro Saputo, diciéndole por el camino: - Ya verá su merced, cuántas y qué guapas. Todas se ponen en su sitio, que es la Cruz y cuando se acercan a mirallas hacen unos ojos... Yo por la mirada las calo, y la que es aguda también me cala a mí, y sin hablar nos entendemos. Llevan cosida por dentro en el jubón o ropilla debajo del brazo una estampa de Santa Romera, abogada de los resbalones; que regularmente se las cosen las abuelas, encargándoles mucho que se encomienden a la santa. Y si les vais a hacer cosquillas, fuyen y dicen que les ajáis la estampa; pero esto es en la plaza y a los principios.

Con tan alegre conversación llegaron a Graus, y como día de fiesta que era (san Miguel) cumplieron primero con la iglesia, tomaron un ligero desayuno habiéndose dejado llevar Pedro Saputo a donde quiso Juan Simón, y fueron a la Cruz, que es la parada, y como la tienda y ferial propio de las muchachas.

Con efecto, estaban allí y había muchas, y algunas harto graciosas y bien prendidas. Y dijo Pedro Saputo al mesonero: - Id vos, Juan Simón, por un lado y yo por otro; vos marcaréis una e yo otra, que sabiendo vuestro gusto voy a ver si os acierto. Hiciéronlo así, y acabando el alarde y revista de todas, se apartaron a un lado a conferenciar. Y aunque Pedro Saputo había visto una que le pareció sería la que más llenaría el ojo a su huésped, con todo por probarlo, dijo que le convenía una que había con ribetes azules, y de buen talle, y linda presencia, que con dos amigas hacía la deshecha a un lado. Y se la señalaba. - Perdonad, señor, respondió el mesonero; sí que me gusta, pero será muy retrechera y engañará a su sombra, ¿no veis que sabe mucho? Mejor es la del lazo verde, aquella que nos mira, y que aunque vergonzosilla ya me ha dicho con los ojos todo lo que yo quería saber. Y veis, ya me la está acechando aquel cura, que es el de Salas Altas, y me la va a soplar y dejarme a la luna de Valencia. Pues no ha de ser para él, voto a bríos que voy allá y la firmo de un brinco. Y diciendo y haciendo se dispara a ella y le dice: - Pedid salario, la del lazo verde, y veníos conmigo para ama de llaves de mi casa, que soy tendero. Pidióle nueve escudos y dos pares de alpargatas. - Diez te daré, dijo él, con más de un par de zapatos, y quedaron ajustados, y se la trajo y la mandó a su posada con las señas.

Quedó admirado Pedro Saputo del conocimiento del mesonero, pues en efecto era la misma que él le había marcado. La de las cintas azules se acomodó de casera con el cura de Salas. Y de más de sesenta muchachas sólo unas quince se volvieron a sus pueblos para otro año. También Pedro Saputo afirmó otra para casa de sus padres, y como no podía llevarla consigo la entregó y encomendó al mesonero hasta que con persona de confianza enviase a por ella. - Y mirad, le dijo... - Entiendo, entiendo, respondió Juan Simón; buen ojo habéis tenido; pero id descansado, que yo, señor, lo mío mío y lo de otri de otri. ¡Malditilla! Mejor es que la mía; pero nada, lo dicho dicho; como si le dejaseis puestas armas reales. Se la mandaré a vuesa merced lo mismo que la parió su madre, salvo error de cuentas pasadas.

En cuanto a las del registro, que eran dos, las vio Pedro Saputo sin manifestar quién era, y se dio por satisfecho.

jueves, 26 de julio de 2018

No trobo a la meua dona

Ahí me vach trobá en esta dona al supermercat DIA de Valderrobres y li vach dí: No trobo a la meua dona. Puc parlá en tú un minutet? Sí, claro, pero no sé com t´ajudará aixó.Vorás com parlán en tú apareix en un segón.

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Ayer me acerqué a esta chica en el mercado y le dije:
No encuentro a mi mujer, puedo hablar contigo un minuto ?
Claro! Pero no sé cómo va a ayudarte eso.
Que qué? Verás como aparece en un segundo !

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lunes, 23 de junio de 2025

No trobo a la meua dona

Ahí me vach trobá en esta dona al supermercat DIA de Valderrobres y li vach dí:

No trobo a la meua dona. Puc parlá en tú un minutet?
Sí, claro, pero no sé com t´ajudará aixó.
Vorás com parlán en tú apareix en un segón.
 
Ahí me vach trobá en esta dona al supermercat DIA de Valderrobres y li vach dí: No trobo a la meua dona. Puc parlá en tú un minutet? Sí, claro, pero no sé com t´ajudará aixó.Vorás com parlán en tú apareix en un segón.
 
 
Ayer me acerqué a esta chica en el mercado y le dije:
No encuentro a mi mujer, puedo hablar contigo un minuto?
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viernes, 13 de mayo de 2022

Carta 4, Noticia de los Sínodos de la santa Iglesia de Valencia celebrados después de su conquista.

CARTA 4. 

Noticia de los Sínodos de la santa Iglesia de Valencia celebrados después de su conquista. Hallazgo del de Santo Tomás de Villanueva

Mi querido hermano: Me da nuevo aliento para proseguir en mis tareas el aprecio que has hecho de la serie Cronológica de los Obispos Valentinos, que envié en la última carta. De propósito omití en ella los hechos particulares de estos Prelados y las circunstancias recomendables de su vida; porque sobre ser asunto muy vasto, le tengo por ajeno de mi inspección, que no se ordena a recoger materiales para toda la historia eclesiástica, sino principalmente para la litúrgica; tomando sólo de la primera los auxilios necesarios para distinguir las épocas de los usos y prácticas religiosas. Mas como la mayor parte de estos usos o nacieron, o se autorizaron, o cesaron por disposición de los Sínodos, juzgo necesario añadir una noticia exacta de los que ha celebrado esta Iglesia. 

Me he acabado de resolver a esto por ver cuan ignorados son comúnmente estos Sínodos, muchos de los cuales no se han publicado jamás; aun de los impresos se han hecho algunos sumamente raros, en tanto extremo, que 

varias personas doctas de esta ciudad han llegado a dudar de su existencia. Confieso ingenuamente que a pesar del empeño con que he procurado apurar este punto, acaso no lo hubiera conseguido sin las noticias que debo al erudito Presbítero D. Rafael Anglés, primer organista de esta santa Iglesia. 

Prevengo que algunos Sínodos anteriores a Santo Tomás de Villanueva, sólo me constan por el testimonio del Episcologio (episcopologio) MS. de que hablé en la carta pasada: cuyo autor Mosen Gregorio Ibanyes asegura que existían en un códice de constituciones sinodales, depositado en el archivo de esta Iglesia. Y aunque no he podido ver esta preciosa colección, es de mucha autoridad el testimonio de dicho escritor, que fue Archivero largos años hasta fines del siglo XVI. Por la misma razón no se ha de creer que confundió los Sínodos con las constituciones peculiares para el régimen de esta Catedral, las cuales hacían con frecuencia los Obispos con el Cabildo, o el Cabildo solo en sede vacante. Las establecidas hasta el año 1546 recogió y ordenó el Canónigo Miguel Pérez Miedes, y dedicándolas al Arzobispo Santo Tomás de Villanueva, las imprimió Juan de Mey el mismo año en un volumen en folio. De esta obra rarísima, porque sólo se hicieron treinta ejemplares, formó un Epítome el Canónigo Bernardino Gómez Miedes (de Alcañiz, cuyo libro sobre Jaime I edité), y dedicado al B. Juan de Ribera, le imprimió en la oficina de Pedro Patricio el año 1582 en 4.°; de cuya edición no se hicieron sino cien ejemplares, como consta de la constitución última de dicho volumen. Añadió las constituciones hechas hasta ese año; y este Epítome es el que injirió al fin de su colección de Concilios el Cardenal Aguirre. Dejando pues aparte estas constituciones, en las cuales nunca suena el título de Sínodo, me he propuesto hablar solamente de los congresos que merezcan este nombre.

El primero, que conquistada Valencia procuró seguir el ejemplo de sus mayores, y dar vigor en esta Diócesis a la disciplina eclesiástica, fue su segundo Obispo D. Arnaldo de Peralta, congregando para ello Sínodo diocesano poco después de su elección, como dice el citado MS. Debió de ser esto hacia los años 1243 o 44. El largo pontificado de su sucesor Don Fr. Andrés de Albalat dio tiempo para que pudiese celebrar hasta siete Sínodos en los años 1255, 58, 61, 62, 68, 69 y 73. El Cardenal Aguirre publicó el primero de estos Sínodos, nombrando su verdadero Presidente. Mas de los seis restantes publicó las constituciones sin distinción alguna, atribuyéndolas al antecesor D. Arnaldo de Peralta. Yerro excusable en este sabio escritor, si, como he oído, le engañó el códice valentino, que no he podido ver. La verdad es, que ni D. Arnaldo era Frater, como le llama, sino Clérigo; ni gobernaba por aquel tiempo esta Iglesia, de la cual había sido trasladado a la de Zaragoza en el año 1248.

En el de 1278 celebró Sínodo el IV Obispo D. Jasperto de Botonach. Así el MS., cuyo autor añade que este Prelado hizo muchas y oportunas constituciones, las cuales se hallan en la citada colección.

Por el testimonio del mismo sabemos que su sucesor D. Fr. Raymundo Despont congregó Sínodo en 1298. Pero Diago, que asegura haberle visto, dice que le celebró en 1296 a 19 de Septiembre, y que en él hace mención este Obispo de haber compuesto el tratado de Sacramentis, y de haberle aprobado el Sínodo (a: Diago, Historia de la Provincia de Aragón de la Orden de Predicadores lib. I. cap. VIII.). De este opúsculo y de otros de aquel Prelado hablan Nicolás Antonio y Echard en sus Bibliotecas. Sin duda podríamos prometernos algunas ventajas para la historia litúrgica de España, si se conservasen los preciosos códices que legó en su testamento a este convento de Predicadores y a los de Xátiva y Lérida. El ordinario de Valencia de 1527 nos guardó una constitución de este Prelado de exequiis mortuorum, cuya copia incluyo junto con lo que se establece en el mismo sobre esa materia (a: V. el apéndice número III.).

A este Prelado sucedió D. Raymundo Gastón, que celebró Sínodo en el año 1326, como consta del citado MS.De D. Hugo de Fenollet dice el mismo: "Congregó Sínodo, el cual fue publicado a doce de las calendas de Noviembre de 1351: en él se determinó, entre otras cosas, que los Rectores y Vicarios publicasen sentencia de excomunión contra los albaceas que dentro de un año no diesen cuenta de su testamentaría, y de haber cumplido cuanto en ella se les encargaba (b).” No he querido omitir esta reliquia que queda de aquel Sínodo. 

(b) Las palabras originales del MS. son estas: Congregá Sínodo, que fon publicat en dotze de les calendes de Nohembre de 1351; en lo qual, entre altres coses, en dit Sínodo determiná que fos per los Reptors (rectors, rectores) y Vicaris publicada sentencia de excomunicacio contra los marmessors, que dins de un any no auran donat conte de sa marmessoria, y cumplides totes les coses que per aquella sera obligat á fer. 

Oxalá (ojalá) halláramos otro tanto del que en el año 1368 celebró el Obispo D. Vidal de Blanes, pues sólo se sabe que hubo tal Sínodo, y que sus constituciones existían en el archivo de la Catedral. El MS. que da esta noticia añade que el mismo Prelado había ya hecho otras muchas constituciones: las cuales hallarás en la colección que dije de las de esta Iglesia. 

Don Hugo de Lupia y Bages (antes pone Bagés) celebró Sínodo en 1422. Así el citado MS., aunque, contra su costumbre, calla el lugar donde se conservan las constituciones. Lo que sé con certeza es, que el año 1408 formó este Prelado con su Cabildo varias constituciones sobre los oficios divinos, las cuales nos ha conservado el Breviario MS. de esta Iglesia del año 1464. Envío copia, porque en el Epítome impreso es muy escasa la memoria que hay de ellas en el título VIII de his quae spectant ad chorum &c. (a: V. el apéndice núm. IV.). 

Todos estos Sínodos que llevo dichos, o por no haberse aún descubierto la imprenta, o por otras causas que no me toca averiguar, han quedado desconocidos al mundo, a excepción de los siete de D. Fr. Andrés de Albalat, que publicó el Cardenal Aguirre, y de algunos leves fragmentos que sólo sirven para aumentar el dolor de ver sepultados en el olvido estos preciosos monumentos, a pesar de la ilustración tan justamente deseada de los buenos en este punto. ¿Y por qué el Cardenal Aguirre no publicó los demás, siendo así que el autor del MS. afirma como testigo que existían sus constituciones en el mismo archivo, y acaso en el mismo códice, de donde se le suministraron copias de los siete de Albalat? Dejemos esto; consuélame haber oído que quizás no está lejos el día en que se haga a toda la nación este presente tan digno de la literatura eclesiástica.

Impaciente estarás con estas digresiones por el ansia de saber algo del Sínodo de Santo Tomás de Villanueva. Voy a satisfacer esta curiosidad, aunque a costa de alguna dilación, que pide el caso.

El M. Fr. Miguel Salón en la vida de Santo Tomás de Villanueva (lib. II. cap. I.) parece dar a entender que este santo Arzobispo celebró Sínodo en el año 1545. De aquí tomaron ocasión los editores de las actas de los Santos para creer que celebró dos Sínodos; uno en dicho año, y otro en el de 1548, inclinándose a que este último fue provincial, y el primero diocesano (a: V. Acta SS. tom. V. Sept. pág. 818.). 

La prueba que alegan de la celebración del primero es la constitución, que se halla al fin del Epítome de las de esta Iglesia, donde se lee: ac insuper inhaerentes constitutioni olim editae per bonae memoriae Thomam de Villanueva Arch. Valent., et tunc existentes Canonicos, et Capitulum, sub die nona Novembris 1545, quae in calce libri constitutionum impressarum habetur &c. Tengo a la vista esta constitución del Epítome y veo que en ella solamente se hace mención de la que hizo el Cabildo de la Catedral acerca de la impresión y debida distribución de los ejemplares de las constituciones valentinas. Por consiguiente, esta no es constitución sinodal, ni hecha en tiempo de Sínodo, sino de la clase de las que dije al principio, que se establecían (1) para el régimen interior de la Catedral. Y para que se acabe de conocer que es equivocada la especie del tal Sínodo de 1545, copiaré lo que dijo el mismo Santo Tomás en el exordio del que celebró en 1548: 

Nos Fr. Thomas &c... qui ex injuncto Nobis officio ad ovium Nobis commissarum statum reformandunm, quas per centum fere annos hac synodali ope, et opera novimus caruisse, propensiùs studemus &c. 

Si Santo Tomás hubiera celebrado Sínodo tres años antes, no dijera que por espacio de un siglo faltaba este socorro a sus ovejas. Item, hubiera hecho mención de él, o para confirmarle, o para reformarle, como lo hicieron el Señor Ayala y el B. Ribera, y todos los posteriores, refiriéndose de un modo o de otro a los Sínodos antecedentes. Y esto mismo hizo Santo Tomás alegando solamente las constituciones de la Iglesia de Tarragona, que se observaban en esta antes de ser erigida en Metropolitana el año 1492. Prueba evidente de que desde el año 1422 hasta el 1548 no hubo Sínodo en esta Iglesia: que son los 126 años que Santo Tomás quiso indicar cuando dijo: per centum ferè annos, en los cuales había carecido también esta Diócesis de la presencia de sus Pastores. Queda pues averiguado que el Sínodo verdadero y único de Santo Tomás de Villanueva se celebró en el año 1548 día 12 de Junio, no 14, como dijo el Cardenal Aguirre publicando las constituciones pro choro, que se hicieron en él. Este es el Sínodo tan suspirado como desconocido en nuestros días del cual aun Escolano que publicó el Epítome de sinodales de esta Iglesia en 1616, no conoció más que las ya dichas ordinationes pro choro. Tan pronto habían desaparecido los ejemplares que de él se imprimieron. Y aun esas se conservaron porque el Santo Arzobispo tenía mandado que se fijasen en los coros de las Iglesias, y también porque se imprimieron al fin del Sínodo diocesano del Arzobispo Ayala. Y esta es la causa por qué el Cardenal Aguirre pudo publicarlas en su colección de Concilios. Al paso que me afligía la ignorancia de lo restante del Sínodo, me creía sin embargo sobre todos afortunado por haber podido ver y copiar las ordinaciones hechas en él para la Iglesia de Xátiva, que se guardan originales en su archivo. No sabía yo la merced que Dios me tenía guardada de hallar un ejemplar impreso de este precioso monumento, que pudo libertarse de la suerte que experimentaron los otros. Las circunstancias que acompañaron y proporcionaron este hallazgo me son de tanto consuelo, como el que tuve al leer el texto del Sínodo por un ejemplar auténtico. Ni me harto de bendecir la mano del Religioso de mi Orden, que tuvo la precaución de coserlo en las tapas del Epitome constitutionum Sedis Valentinae, y depositarlo así en la Biblioteca de este convento de Predicadores. Las pocas hojas de que consta, así como separadas se perdieran, fueron tal vez la causa de que escapase a la diligencia del que formó los índices de la Biblioteca. Yo mismo que he tenido varias veces dicho libro en mis manos, jamás había echado de ver la joya que contenía, hasta que Dios quiso dármela a conocer por una casualidad que no es para escrita. Le he dejado ver a algunos amigos, los cuales manifestaron como yo su gozo, besando repetidas veces la imagen del crucifijo que tiene en la portada. Demostración en que nada hay que extrañar ni que reprehender.

Como es muy posible que sea el único ejemplar que se conserve de este Sínodo, he mandado sacar una copia puntual y exacta, la cual incluyo, por no dilatarte el gusto de leerle. En los veinte y dos artículos de que consta, campea la unción y el celo según ciencia, de que estaba poseído aquel santo Prelado. En el 2.° quita todas las censuras eclesiásticas impuestas por sus antecesores, porque no sirviesen de lazo de perdición a sus súbditos. En el 8.° disminuye el número de las fiestas: ut festivitates SS., dice, melius observentur, et ne populus fidelis festorum multitudine gravetur, aliisque justis adducti causis. En el 19 establece que se observe acerca de los derechos funerales la concordia hecha por S. Vicente Ferrer entre los cleros y monasterios; de la cual hablaré otro día. En el 20 manda que se fijen en el coro de las Iglesias las ordinaciones que para la mayor decencia y gravedad del culto se habían hecho en el Sínodo. En fin verás en los demás prohibidas severamente las qüestuaciones, las vigilias en las iglesias, los sermones profanos en los días de S. Nicolás e Inocentes; reformados los desórdenes del clero, que por la larga ausencia de los Pastores había degenerado de su vocación, como consta por las historias impresas de aquel tiempo. Espero que me des las gracias por este precioso monumento, así como yo con sólo su hallazgo doy por bien premiadas todas mis fatigas.

Se me olvidaba decir, que el impreso es un cuaderno en 4.° de ocho hojas, y letra regular. Se imprimió en el mismo año 1548 por Juan de Mey. Al fin se halla la nota de los casos reservados en esta Diócesis: para la cual sola establece sus leyes, sin hacer memoria de las sufragáneas. Porque veas qué buen camino lleva este Sínodo de ser provincial. 

En el mismo se hicieron las constituciones que dije para la Iglesia de Xátiva, las cuales van por este correo, junto con una copia del testamento de dicho santo Arzobispo y la declaración que hizo a 11 (parece II) de Septiembre de 1548 sobre las personas y casos en que se deben dar o negar las distribuciones cotidianas en esta Diócesis. Todo inédito y muy digno de la luz pública (a: Todos estos documentos se hallarán en el apéndice número V. y siguientes.). Vamos adelante.

Don Martín de Ayala, en cumplimiento de lo mandado en el santo Concilio de Trento, á (al) que había asistido siendo Obispo de Segovia, luego que vino a esta Iglesia congregó Sínodo Provincial, el primero y último que se ha celebrado en ella. Comenzó en 11 de Noviembre de 1565, y se concluyó a 24 de Febrero del año siguiente. Concurrieron el Obispo de Mallorca Diego de Arnedo y Juan Segrián (o Cebrián, según dice Salón), Obispo Christopolitano, como procurador del de Orihuela (a). Consta el Sínodo de cinco sesiones; en él se determinó el arancel y tasa de los gastos curiales. Todo lo imprimió Juan de Mey en ese año 1566. 

No contento con esto el celoso Prelado, celebró Sínodo diocesano el mismo año por el mes de Mayo. Acaso se retardó su impresión por la muerte del Señor Ayala acaecida a principios del Agosto siguiente. Pero al fin le imprimieron Álvaro Franco y Gabriel Ribas el año 1594 en 8.° Ambos Sínodos se hallan en la colección del Cardenal Aguirre con todos los documentos en pro y en contra del primero, que omito por ser cosa notoria.

El largo pontificado del B. Juan de Ribera dio ocasión a que se desahogase su celo en la celebración de varios Sínodos, de cuyo número y épocas hay noticias harto confusas, por lo escasos que han venido a ser sus ejemplares. 

(a) No asistió a este Concilio provincial el Obispo de Segorbe, porque esta Iglesia no comenzó a ser sufragánea de Valencia hasta el año 1577, en que desmembrada de Albarracín, dejó de ser sufragánea de Zaragoza. 

Todos ellos son siete, es a saber: los de 1578, 84, 90; otro de Octubre del mismo año, y los de 94, 99 y 1607. Los cinco primeros imprimieron Franco y Ribas el año 1594: el sexto de 1599 le imprimió el mismo año Pedro Patricio Mey. He visto estas ediciones, inclusa la última, que es sobre todas rara, en la exquisita librería de D. Rafael Anglés. Con primera ocasión enviaré los cuatro primeros Sínodos, junto con los de Ayala que he adquirido estos días. El Sínodo de 1607 no se imprimió, que yo sepa, y sólo han visto la luz pública los extractos que de él injirió Escolano en su Epítome constitucion. sinodal. De todos ellos sólo publicó el Cardenal Aguirre el segundo, tercero, cuarto y quinto. Y esto es lo que he podido averiguar de su número, épocas y ediciones. Acerca de su mérito y de lo útiles que serán para nuestra obra litúrgica, tú sabrás juzgar mejor que yo; ahora sólo trato de concluir mi relación. Pasados veinte y cuatro años, en el de 1631, congregó Sínodo D. Fr. Isidoro Aliaga, cuya edición se hizo el mismo año en la imprenta de Chrisóstomo Garriz. Son muy estimables las oportunas advertencias que se hicieron en este Sínodo para los edificios y fábricas de los templos, y cuanto pertenece al culto divino. Otro Sínodo celebró el Arzobispo Don Fr. Pedro de Urbina en 1658, un año antes de ser trasladado a la Iglesia de Sevilla, y en el mismo le imprimió en folio Bernardo Nogués. También se publicó en el mismo año de su celebración el que congregó D. Fr. Tomás de Rocaberti en 1687, en folio por Jayme Bordázar. Este es último Sínodo de esta Iglesia. 

Gaspar Escolano compuso un breve Epítome de todos los celebrados desde el año 1548 hasta el 1616 en que publicó su trabajo, reducido a un tomito en 8.° de pocas páginas, impreso por Pedro Patricio Mey, y dedicado a D. Fr. Isidoro Aliaga. Esta obrita más bien debe llamarse muestra que análisis completo aun de los pocos Sínodos que abraza, que sólo son los de Ayala y Ribera, y las ordinationes pro choro de Santo Tomás.

Para que tengas a mano y como en epílogo la razón puntual del número de estos Sínodos y de los que se han impreso, he formado el estado siguiente. 


Sínodos. Impresos. 


D. Arnaldo de Peralta

D. Fr. Andrés Albalat 7

D. Jasperto de Botonach

D. Raymundo Despont 1

D. Raymundo Gastón 1

D. Hugo de Fenollet

D. Vidal de Blanes 1

D. Hugo de Lupia 1

Santo Tomás de Villanueva 1 1

D. Martín de Ayala 2 2

B. Juan de Ribera 7 6

D. Fr. Isidoro de Aliaga 1         1

D. Fr. Pedro de Urbina 1         1

D. Fr. Tomás de Rocaberti 1 1

(Totales) 27 19

Ocho son los inéditos; aun los diez y nueve que se publicaron han venido a hacerse rarísimos. No puede calcularse el fruto que causaría su lectura a los eclesiásticos y personas piadosas que carecen de ella por no hallarse quien haga una colección de todos, o á lo (al) menos reimprima los ya publicados. ¡Cuán loablemente emplearía su talento el que se dedicase a esta obra, o lo menos a ordenar y reducir a un cuerpo de doctrina todos los decretos de estos Sínodos, como lo han hecho ya otras Diócesis acaso de menos ilustración, y de más cortos auxilios! Estas son las ricas telas, y la pedrería y alhajas que más hermosean a las Iglesias. El que las ama de corazón se duele al ver algunas de ellas despojadas de tan rico atavío.

Dios te guarde. Valencia 9 de Noviembre de 1802. 

P. D. 

He dicho que (en) otro correo hablaría de la concordia o sentencia arbitral que dio San Vicente Ferrer en el pleito entre los Mendicantes y parroquias de Valencia, sobre derechos funerales, entierros, procesiones &c.; la cual mandó observar Santo Tomás de Villanueva en su Sínodo, cap. XIX. Mas habiéndose concluido a tiempo una copia que ha sacado de su mano mi docto amigo el P. Lr. Fr. Bartolomé Ribelles de mi Orden, Cronista de esta ciudad y reino, te la envío con todos los demás papeles (a: V. el apéndice núm. X.). Es documento apreciable para conocer la disciplina exterior y costumbres de aquel tiempo sobre esa materia. En sola su lectura se ve la sinrazón con que pretenden aquí algunos que no se debe llamar sentencia de S. Vicente. Es muy cierto que no la extendió el Santo, sino, como se lee poco después del principio, el Notario Jayme Rovira y Francisco Cortit, ciudadanos de Valencia, los cuales la entregaron al Santo para que la publicase. Mas si esto basta para que no se llame sentencia de S. Vicente acaso no se hallará una en el mundo que deba atribuirse al juez que la pronunció. En ella S. Vicente se llama, y fue el juez árbitro elegido por las partes con el Cura de S. Martín Pedro Peregrí, a los cuales se les dieron por consejeros, o digamos asesores, los ya dichos Rovira y Cortit: estos, como sucede ahora, ordenaron y extendieron la sentencia, en la cual sólo S. Vicente pronuncia como juez por hallarse ausente su compañero. Así que, con toda propiedad atribuyó nuestro Arzobispo Santo Tomás esta sentencia a San Vicente Ferrer. En el membrete verás que la copia no se sacó del original, que no ha sido posible hallar: y que son de los copiantes los solecismos e inexactitud que se echan de ver, singularmente en el exordio. 

A Dios otra vez. 


NOTAS Y OBSERVACIONES. 

(1) Para el régimen interior de la Catedral. Posteriormente he podido ver la constitución citada, y puesta a la larga al fin de la colección grande impresa el año 1546. Dice así: "Jesu Christi Domini nostri, ejusque intemeratae Virginis Mariae Matris, *gratiam humiliter imploratam; pateat cunctis quod Nos Canonici et Capitulum sanctae Metropolit. Ecclesiae Valent. in quo sumus praesentes Hieronym. Carroç Vicarius generalis, Michael Perez de Miedes Archidiac. Muriveteris (también Bernardo Gómez Miedes fue arcediano de Murviedro, archidiacono), Michael Dassio &c.... Statuimus, et ordinamus, quod constitutiones sive ordinationes nostrae insignis Metropolit. Ecclesiae Valent. nunc de novo imprimantur; ex quibus triginta dumtaxat volumina, sive exemplaria conficiantur. Ita tamen quod unicuique ex Canonicis qui nunc sunt, vel pro tempore fuerint, qui resideant in dicta Ecclesia unum volumen sive exemplar dictarum constitutionum tradatur &c.... Quod est actum Valentiae in Capitulo dictae Sedis, die nona Novembris, anno a Nativitate Domini 1545. = Signa nostrum Hieron. Carroç Vicarii generalis, Michaelis Perez &c. qui haec mandamus, concedimus, et firmamus.” 

Consta pues que la constitución citada por los editores de las actas de los Santos está tan distante de ser sinodal, que ni aun suena en ella el nombre del Arzobispo, y sólo fue acordada por el Capítulo de Canónigos, presidiendo el que entonces era Vicario general (Gerónimo Carroz, Carroç, Carrós).