sábado, 27 de julio de 2024

3. 1. Pedro Saputo visite alguns pobles. Se trobe al torná en un gran empeño als del seu poble.

Llibre tersé.

Capítul I.

Pedro Saputo visite alguns pobles. Se trobe al torná en un gran empeño als del seu poble.

¡Venerable antigüedat, amor del cor, encanto de la imaginassió, dessich del tems presén, gloria y honor dels pobles, de les nassions y de la humanidat, ajuntán sempre lo sel en la terra, als deus en los homens! ¡Salve! Tamé yo me alimento de la teua memoria, me exalto de les teues maravilles, magnifico a los teus héroes y contemplo estátic y ansiós lo mágic resplandó dels teus nugols arrebolats.

Mol tems fáe que Pedro Saputo dessichabe visitá los pobles historics del nostre regne; y libre ara de tota preocupassió y abans de que lo cridare alguna nova obra, va determiná satisfé la seua curiosidat. 

Va visitá, pos, los antics forts dels cristians, que eren Marcuello, que al seu tems encara se conserváe, Loharre, Montearagón y Alquézar (al qsar), que tan sélebres y nomenats són a les nostres histories.

A Alquézar habíe estat en los estudians, pero no va examiná les seues antigüedats, y va volé torná mol aposta a vóreles, y mes les pintures de la iglesia. Va vore unes opossisions de segón violín de aquella capelleta de música; aon van concursá sis opossitós. Per sert que al vore la parsialidat en la que se va jusgá la habilidat comparativa dels musics, va di: "Pamema de pamemes y tot pamemes es aixó de les opossisions; una cortina que cubrix una farsa; lo cumplimén de una ley lo seu espíritu no entre a la consiensia o se quede allí y no ix als efectes. Van competí aquí les mitres y les faldes, y van guañá les faldes.» Va sabé que ñabíe recomanassions de dos siñós obispos y de una siñora de títul, habense emportat la plassa lo recomanat per esta. Per lo demés, lo milló de ells li va pareixe sol mijanot. Y encara que en gust haguere agarrat lo violín y ficat en ridícul a tots, no va volé féu pera evitá la vanidat.

De Alquézar, per está tan prop y habé volgut sempre, va puchá a la serra de Guara. Va pujá, y una vegada a la punta va mirá infinidat de pobles que se veuen, sobre tot an aquell pressiós lienzo o llansol estés desde la falda al que diuen lo Semontano. Y va di: ¿ñaurá un atre paraís a la terra? Sol falte que u entenguen y valoron los que hi viuen.

Va mirá después cap al seu lloc (poble, vila), y va saludá a sa mare, a sa padrina, a san germaneta Rosa y a Eulalia; va bachá un atra vegada al poble, y va visitá lo alcázar de aon agarre lo nom aquella mol antiga y mol noble vila.

De ahí va pujá al Sobrarbe, y va visitá la seua capital, la famosa vila de Aínsa, poble entonses de singsens veíns y ara de poc mes de sen, habén sigut cremat a la guiarra de sucessió, y enrunats fée poc los seus valens forts; sén, sin embargo, una plassa que si tinguerem gobern siríe mes respetable y forta que la de Jaca y no menos importán y nessessaria.

Va pujá tamé a San Victorián; va visitá la antiga cova dels monjos, o sigue del san; va adorá lo cos de éste pensán en Alcoraz; va venerá lo sepulcre de don Gonzalo, y dudán del de Arista, va baixá y sen va aná a Jaca, desde aon va pujá a San Juan de la Peña.

251. NACIMIENTO DE SAN JUAN DE LA PEÑA (SIGLO VII. SAN JUAN DE LA PEÑA)

¡Oh, en quin respecte y amor va venerá les sendres dels nostres reys allí enterrats, y dels héroes que al seu costat dormen an aquell antic panteón y cova aon están les memories y tota la gloria de lo nostre regne!

Va sentí lo del vol del caball o lo salt al aire just al canto de aquella altíssima peña; va vore, meneján lo cap, les columnes, altera Troja, de que mos parle lo bon pare Briz Martínez, y al sabé de les rentes del monasteri y veén qué poc les nessessitáen los monjos, se va di per an ell: eixes rentes han de pedrels, primé pedrán a Deu, después pedrán lo món.

Tamé va pujá a la cova mes alta del monte Oruel; y después de respirá fondo va baixá per lo camí real cap a Almudévar, pero passán per Riglos, perque va volé vore los Mallos, aquelles peñes que pareixen malls o martells en renglera, en lo mánec embutit a la montaña. S’hi va atansá, y los va vore, y va pujá an ells, y en un gabiñet va escriure lo seu nom al fron del que mes erguit y solt té lo cap.

Cuan arribáe prop del seu lloc va vore una gran gentada a la part de fora, se sentíe un gran estrapalussi, brogit, crits y veus com de mando. Y ¿qué ere? No u haguere volgut vore; sego haguere vullgut está. Habíe caigut un rayo a la torre de la iglesia y la habíe inclinat una mica cap a un costat desde lo radé cos; y lligada en redol una maroma passán per damún dels edifissis de les cases hasta lo campo, estáen tots agarrats an ella y estirán pera adressala.

Així que lo van vore y van coneixe se van alegrá mol y lo van cridá, perque esperáen que en lo seu bon discurs se inventaríe alguna trassa pera animá lo intento, y li van di lo que passáe, que prou veíe ell y sentíe. Pero va dissimulá y va maná portá mes cordes y lligales a la maroma de la que estiráen; va repartí la forsa entre totes, y va di que lo llas de la torre no estáe ben ficat; y que abans de fé lo gran estiró volíe ell compóndrel. Va escalá la torre com un gat, y en una navalla va retallá la maroma sense dixali mes que una veta sana, pera que al menos puguere atribuí la desgrassia al poble. Va fé desde la teulada de la iglesia la siñal convenida, y a una veu que va doná lo encarregat de la direcsió de les forses, van estirá tots en tanta forsa y tan rápit que se va trencá la maroma y van caure tots de cul a enterra; estáe mol humida y blana y va quedá un forat mol gran, tardán tots no poc en alsás, ya que no podíen desapegás del fang. Va ploure per la tarde y tota la nit y se va umplí lo forat de aigua, y pel matí se van trobá en una bassa feta y dreta que encara al nostre tems, después de tans añs desde lo fet, se diu la bassa de la culada (que es mol pareguda a la de Fórnols, lo poble del autó).


Original en castellá:

Libro tercero

Capítulo I.

Pedro Saputo visita algunos pueblos. Encuentra al volver en un grande empeño a los de su lugar.

¡Venerable antigüedad, amor del corazón, encanto de la imaginación, deseo del tiempo presente, gloria y honor de los pueblos, de las naciones y de la humanidad, juntando siempre el cielo con la tierra, los dioses con los hombres! ¡Salve! También yo me alimento con tu memoria, me exalto con tus maravillas, magnifico a tus héroes y contemplo estático y ansioso el mágico resplandor de tus nubes arreboladas.

Mucho tiempo hacía que Pedro Saputo deseaba visitar los pueblos históricos de nuestro reino; y libre ahora de todo cuidado y antes que le llamase alguna nueva obra, determinó satisfacer su curiosidad. Visitó, pues, los antiguos fuertes de los cristianos, que eran Marcuello, el cual en su tiempo aún se conservaba, Loharre, Montearagón y Alquézar, que tan célebres son en nuestras historias.

En Alquézar había estado con los estudiantes, pero no examinó sus antigüedades, y quiso volver muy adrede a verlas, y más las pinturas de la iglesia. Presenció acaso unas oposiciones de segundo violín de aquella capilla de música; adonde concurrieron seis opositores. Por cierto que al ver la parcialidad con que se juzgó la habilidad comparativa de los músicos, dijo: «Pamema de pamemas y todo pamemas es esto de las oposiciones; una cortina que cubre una farsa; el cumplimiento de una ley cuyo espíritu no entra en la conciencia o se queda allí y no sale a los efectos. Compitieron aquí las mitras y las faldas, y vencieron las faldas.» Porque supo que había recomendaciones de dos señores obispos y de una señora de título, habiéndose llevado la plaza el comendado por ésta. Por lo demás, aun el mejor de ellos le pareció sólo mediano. Y aunque con gusto hubiera tomado el violín y ajado a todos, no quiso por evitar la vanidad.

De Alquézar, por hallarse tan cerca y haberlo siempre deseado, quiso subir a la sierra de Guara. Subió, y puesto en la cumbre miró infinidad de pueblos que se descubren, especialmente en aquel hermosísimo lienzo tendido desde su falda que llaman el Somontano. Y dijo: ¿habrá otro paraíso en la tierra? Sólo falta que lo entiendan y correspondan sus moradores.

Miró después su lugar, y saludó a su madre, y a su madrina y a su hermanita Rosa y a Eulalia; y se bajó otra vez al pueblo, y visitó el alcázar de donde se ha corrompido el nombre que lleva aquella antiquísima y nobilísima villa.

De ahí subió a Sobrarbe, y visitó su capital, la famosa villa de Aínsa, pueblo entonces de quinientos vecinos y ahora de poco más de ciento, habiendo sido quemado en la guerra de Sucesión, y arruinándose poco ha sus hermosos fuertes; siendo, sin embargo, una plaza que si tuviéramos gobierno sería más respetable y fuerte que la de Jaca y no menos importante y necesaria. Subió también a San Victorián; visitó la antigua cueva de los monjes, o sea del santo; adoró el cuerpo de éste pensando en Alcoraz; veneró el sepulcro de don Gonzalo, y dudando del de Arista, se bajó y fue a Jaca, de donde subió a San Juan de la Peña.

¡Oh, con qué respeto y amor veneró las cenizas de nuestros reyes allí enterrados, y de los héroes que a su lado yacen en aquel antiguo panteón y cueva donde están las memorias y toda la gloria de nuestro reino! Oyó encogiéndose de hombros lo del vuelo del caballo o su salto al aire en el canto de aquella altísima peña; vio, meneando la cabeza, las columnas, altera Troja, de que nos habla el buen padre Briz Martínez, y al saber de las rentas del monasterio y viendo cuán poco las necesitaban los monjes, dijo entre sí: esas rentas han de perdellos, primero con Dios, después con el mundo.

También subió a la cueva más alta del monte Oruel; y saciando su ávido pecho se bajó por el camino real hacia Almudévar, pero pasando por Riglos, porque quiso ver los Mallos, aquellas peñas que parecen martillos en fila, con el mango metido en la montaña. Y fue, y los vio, y subió a ellos, y con un cuchillo escribió su nombre en la frente del que más erguida y suelta tiene la cabeza.

Cuando llegaba cerca de su lugar vio una gran multitud de gente a la parte de afuera, oyéndose un grande murmullo, y gritos y voces como de mando. Y ¿qué era? No lo hubiese querido ver; ciego quisiera haber sido. Había caído un rayo en la torre de la iglesia e inclinándola un poco a un lado desde el último cuerpo; y atada alrededor una cuerda valiente y pasándola por encima de los edificios de las casas hasta el campo, estaban todos asidos de ella y tirando para enderezarla. Así que lo vieron y conocieron se alegraron mucho y le llamaron, porque esperaban que con su buen discurso les inventaría alguna traza para lograr su intento, y le dijeron lo que pasaba, que harto veía él y sentía. Pero disimuló y mandó traer más cuerdas y atarlas a la única de donde tiraban; repartió la fuerza en todas, y dijo que el lazo abrazador de la torre no estaba bien puesto; y que antes de hacer el tirón quería él componerlo. Fue allá, se encaramó a la torre como un gato, y con una navaja cortó disimuladamente la cuerda sin dejarle más que un ramal sano, para que al menos pudiera atribuir a desgracia el no haber salido el pueblo con la empresa. Hizo desde el tejado de la iglesia la señal convenida, y a una voz que dio el encargado de la dirección de las fuerzas, tiraron todos con tal y tan súbito esfuerzo que se rompió la cuerda y cayeron todos de culo en tierra; la cual estaba muy llovida y blanda y quedó hecho un hoyo muy grande, tardando no poco en levantarse, no pudiendo desasirse del lodo. Llovió por la tarde y toda la noche se llenó el hoyo de agua, y por la mañana se encontraron con una hermosa balsa hecha y derecha que todavía en nuestro tiempo, después de tantos años y del suceso, la llamaron y se llama aún ahora la balsa de la culada.


2. 15. Sap Pedro Saputo de fray Toribio, lo del códul, y se quede al seu poble.

Capítul XV.

Sap Pedro Saputo de fray Toribio, lo del códul, y se quede al seu poble.

Tan pronte va perdre de vista lo poble de Morfina, li va torná a agarrá lo malsón dels alguasils, sol en pensá que camináe cap al seu poble aon sense duda lo aguardaben pera péndrel. A tot li anáe donán la isquiarra així com per instín, y si no se apartabe tampoc se arrimabe; ademés de habé adelantat mol poc en tres díes que portáe de marcha desde la despedida dels seus compañs, perque tot ere equis y marros lo que fée.

Lo matí siguién va allargá lo pas en intensió de aviás per los montes de la serra de Guara y passá si ere menesté lo Pirineu; cuan allá a les nou poc mes o menos va vore vindre per un atre camí a la dreta una multitut de gen que per les señes ere una professó o romería. Allá van, va di y allá vach yo tamé; un estudián a tot arreu es ben ressibit, y este traje me libre de sustos. Va dixá passá la professó y va aná a ajuntás en los ressagats, que eren joves que se preocupaben mol poc de la religió de la festa, y mossetes mol alegres que tamé se trobáen milló en aquella compañía que en los que anáen dabán resán rosaris y letaníes. Va pensá en lo penitén de Barbastro y va di: ¡cuans farán avui la mateixa penitensia!

Van volé divertís en ell com gen de poc servell; pero les seues respostes eren tan agudes, les seues paraules tan tallans, que en poc rato se li van declará amics, y tres de ells lo van convidá a minjá al seu rancho.

- Si mos han de fé compañía estes sagales, va di ell, assepto lo convit, si no, no. Ya sabéu que la dona es la grassia de la vida y la gloria de la fortuna, sense elles está mort lo món y la fortuna es casi tan próspera com contraria. Cada vegada que parláe se prendaben mes de ell aquells mossos.

Un de ells al poc rato li va di:

- Ara penso yo que lo caball de Roldán, que va saltá aquelles peñes de una a l'atra (les estáe mirán de frente), habíe de sé ben saltadó y ligero.

- Yo vach está una vegada allí, va di un atre, desde Santolarieta; y lo mínim que ña de una part a l'atra es un llarg tiro de bomba.

- ¿Y sabéu vatros, va di Pedro Saputo, lo que va passá después de fotre lo caball tan gran bot?

- Natros, van contestá, no sabem mes que Roldán va saltá aquelles peñes escapán de Oliveros de Castilla.

peña de Amán

- Pos be, va di Pedro Saputo, yo tos diré lo demés. Lo caball se va reventá al caure a l’atra part, y Roldán va escomensá a corre a peu, y brincán de peña en peña hasta l'Ou de San Cosme, va pujá a dal de tot, y a Oliveros, que se va quedá a l’atra peña mirán y en tres pams y mich de nassos, li va fé dossentes sixanta y vuit figues y cuatressentes noranta set butifarres. ¿Sabíeu aixó vatres? 

- No, li van contestá.

- Pos tampoc sabréu, va continuá ell, un atra cosa que va passá encara mes grossa que lo salt. Al caball, al tems que atravessáe l'aire, li van caure les sobres al riu Flumen per art y malefissi de un encantadó; lo Flumen les va portá a la Isuela, la Isuela a Alcanadre, Alcanadre al Cinca, lo Cinca al Segre, lo Segre a l'Ebre, lo Ebro al mar, lo mar se va abalotá y de ola en ola van aná les pesses a pará a la ribera de África entre dos cabrahigos, y allí va naixe una mota, que va traure tres flos mol majes, una blanca, un atra negra, y un atra morada; va arribá una yegua y se va minchá les flos y la mota; y va parí después tres caballs dels mateixos colós que les flos; los caballs anáen tan a escape, que corríen y brincáen trenta y dos vegades mes depressa que lo ciervo mes rápit de la serra de Ontiñena.

Encantadets, en la boca uberta, bobos per dins y per fora estáen ixos joves y mossetes sentín contá al burlón de Pedro Saputo aquell maravillós cuento; y sense donassen cuenta van arribá a la ermita. Van descansá una mica, y apuntalanse al magre y cansalada, se van escomensá los ofissis, o sigue, la missa.

Estáe Pedro Saputo a la iglesia en los seus nous amics, y va vore pujá al predicadó al púlpito. ¡Oh quina casualidat! ¡Oh quina geló li va entrá al vórel y conéixel! Ere lo mateix pare prior dels carmelitas de Huesca; lo que habíe ajustat la pintura de la capella. Pero va pensá en lo seu disfrás de estudián, y se va assegurá de la borrasca.

Va arribá la hora de minjá y sen va aná al rancho aon estáe convidat, al que va reiná la franquesa y la alegría, y tamé potsé algún exés de libertat. Va durá tan lo minjá y lo beure, y lo riure, que va tindre tems un tío de un de aquells mossos que habíe minjat a la taula del predicadó, de vindre aon ells estáen y contáls un cas mol grassiós que habíe referit son pare minchán. Y los conte pun per pun lo cas de Pedro Saputo en la pintura de la capella y lo arrebato y manera en que va tancá la boca al flare que anáe a provocál tots los díes. 

- Pera un mes, va afegí, diu que va tindre que curás fray Toribio, ple de nafres y faixes. Y lo pare predicadó diu que sen enríe mol contanu, y que sol sentíe que no tornare Pedro Saputo a continuá la pintura, pos no volíe que datre ficare les mans an ella. Sentinu Pedro Saputo, va di per an ell: pos com se va escapá lo flare, segú puc aná ara al meu poble, y segú entrá a Huesca y hasta visitá al pare prior si me ve a má.

Caíe la tarde depressa; y reunida la gen dispersa van formá la professó y van marchá. Pedro Saputo se va despedí dels seus amics y va torse cap al seu poble en gran dessich de vore a sa mare y entregali les perres que habíe aplegat o arreplegat. Pero pera que no se sapiguere que va aná de tuno en los estudians, volén tindre dissimulada esta part de les seues aventures per está massa relassionada en lo del convén, va aná per Huesca, se va fé un traje nou de caballé, y va arribá al seu poble per lo mateix camí que habíe eixit.

¡Al seu poble! ¡Y casi chiquet que encara ere! ¡Y tan tems aussén!

¡Oh montes del meu poble! ¡Oh peñes, fons, valletes, riu, ambién, sel, nugols y celajes coneguts! ¡Oh sol y lluna que fa propis lo horizonte, y bañéu de la mateixa linea de ell los mateixos objectes sempre, los mateixos collets y faixes, los mateixos edifissis, la mateixa terra, y sempre del mateix modo! ¡Ay, tot aquí me coneix y me abrasse, tot es amor recíproco, tot cariño, dolsó, descans, tranquilidat, confiansa y seguridat! ¡Los ecos tan familiás; los muixonets fills del país, lo seu can acostumbrat o acostumat, lo seu vol sabut, los seus puestets frecuentats! ¡Los abres que vach vore de chiquet, si ne va desapareixe algún espessial o notable com lo platané de la Roseta sén lo cor la seua falta y no se console de no vorels! ¡Oh vana, engreída y engañosa filossofía, que este humano instín has volgut negá y vas traballá bárbara y nessia pera destruí esta sensibilidat, este amor a la patria, la coexistensia nessessaria, pressisa, natural y justa de este amor y de la vida! ¡Ay del que no cride seu lo sel que lo va vore naixe y lo mire en indiferensia! ¡Aparteulo del meu costat, pero lluñ, sí, ben lluñ, pos no lo vull com amic, ni sirá, si puc, lo meu compañ ni a la pas ni a la guerra!

Alborosat y en un jubileu que lo enarboláe y humits los ulls de tendresa va vore Pedro Saputo después de esta primera aussensia de set a vuit mesos lo horizonte, la linea del seu poble, lo monte de edifissis que se eixecáe a la vista, y va vore crusá y remontás les turcassos que pareixíe que lo saludaben en lo seu guc guc.

No ña allí ni riu, ni vall, ni fons, no ñan grans y siñalats objectes particulás; pero va trobá lo mateix amat sel, la mateixa amada terra, campiña, los mateixos camins, avingudes y erms que de chiquet recorríe; y ere, en fin, la seua vila, ere lo seu lloc, lo seu poble, la seua patria; y allí estáe la seua cuna y casa seua aon se va criá tan dolsamen; y allí sobre tot estáe sa mare y les demés persones del seu etern primé amor, que lo volíen en tendresa y lo habíen de voldre tota la seua vida.

Pero va volé entrá de nit pera evitá que se amotinaren los veíns a vórel; y se va aná aturán y fen tems, saboreján a la seua imaginassió la sorpresa y alegría de la arribada. Y perque no ere segú trobá a sa mare a casa an aquella hora va aná a la de sa padrina y va ensertá, perque estáe allí; anansen los dos después de acabá de abrassál y entendrís; y de sená tamé, pos no los van dixá anassen sense que senaren. Li van preguntá ansiosamen aón habíe estat y qué habíe fet tan tems, y ell contestáe que corre món, y vore món, y prometinlos cuentos llarcs.

Lo van visitá per lo matí totes les persones del poble, y abans y primé que ningú les seues dos amigues Rosa y Eulalia en molta franquesa y cordialidat; y tots se admiraben de vórel tan creixcut y tan home.

A los pocs díes va ressibí una carta del prior del Carmen a la que li donáe la benvinguda y li díe que no habén volgut que datre pintó continuare la obra de la capella, li suplicabe vinguere a concluíla, ya que lo de fray Toribio lo del códul no va sé gran cosa; y que en tot cas ell faríe que ni este flare ni datre lo molestaren. Pedro Saputo li va contestá al prior que aniríe la próxima semana a vores en ell, después de dixá ben encaminat un remiendo que estáe fense a casa seua, perque va volé arreglala una mica y renovala per dins. En efecte així que va tindre fet lo que mes pressa corríe, va aná cap a Huesca, y va entendre en mol gust de boca del prior lo escarmentat que va quedá fray Toribio, al que se li va maná baix pena de santa obediensia que ni una vegada parlare en lo pintó ni entrare están ell a la capella. Va continuá, pos, la seua obra, lo que va permití la estassió hasta que va calá en forsa lo hivern. Los mesos mes crugos los va passá a Almudévar dedicat al estudi y a la música.

Va vindre la primavera: la primavera, ¡ay! estassió tan apassible y dessichada, estassió tan plassentera y amable, y que pera natros ha desaparegut del añ. Lo món físic patix a la par que la moral y la política. ¡Quin tems que ham alcansat! ¡Qué diréu de natros, futures generassions!

Va vindre, com día, la primavera; va doná orden al que habíe de fé a casa seua, vivín tan en sa mare com en sa padrina, va acabá la obra de la capella, passán totes les semanes a vore y dirigí la seua perque no sen fiabe dels paletes, obrés.

Y la una y l'atra se van acabá a un tems, emportanse les singsentes libres de la de Huesca y un bon regalo que li va fé lo prior, perque li habíe fet dissimuladamen lo retrato al patriarca san Elías.

Les dos sales que va dixá pintades al poble van mereixe tantes alabanses dels forastés que les veíen, y alguns de ells en inteligensia, que lo bon agüelet del mossen va volé que tamé li pintare algo a casa seua, y li va doná gust y u va fé de vades per lo amor tan tendre que li debíe. Y a un atre ric li va pintá la sala del estrado. Lo va previndre Eulalia que no faiguere cosa milló que a la seua sala, perque se enfadaríe; y ell li va contestá: encara que vullguera no podría, perque ñabíe a la teua un ángel que me inspirabe.

No va acudí a la sita en los estudians; ells sí, y tan puntuals que per minuts portáen la hora. Burlats de la seua esperansa, van visitá a don Severo; y dissimulán Morfina, y portán recomanassió del pare pera portá al compañ del añ passat, van torse a la zurda y van passá la vía recta a Navarra per si lo trobáen. Ell se va enterá del pas de ells, pero se va aguantá y va riure; y perque va sentí no torná sisquera a un bon pasagonzalo de tuna, va carregá mes al amor de Eulalia uns díes pera consolás y ressistí aquella cridada tan forta y tossuda.


Original en castellá:

Capítulo XV.

Sabe Pedro Saputo de fray Toribio, el del guijarro, y se restituye a su pueblo.

Lo mismo fue perder de vista el lugar de Morfina, que le volvió a cargar la pesadilla de los alguaciles, sólo con pensar que caminaba hacia su pueblo en donde sin duda le aguardaban para prenderle. Con todo le iba dando la izquierda así como por instinto, y si no se apartaba tampoco se acercaba; además de haber adelantado muy poco en los tres días que llevaba de marcha desde la despedida de sus compañeros, porque todo era equis y marros lo que hacía.

La mañana siguiente alargó el paso con intención nada menos de lanzarse por los montes de la sierra de Guara y pasar si era menester el Pirineo; cuando sobre las nueve poco más o menos vio venir por otro camino a la derecha una multitud de gente que por las señas era una procesión o romería. Allá van, dijo y allá voy yo también; un estudiante donde quiera es bien recibido, y este traje me libra de sobresaltos. Dejó pasar la procesión y fue a juntarse con los rezagados, que eran jóvenes que se curaban muy poco de la religión de la fiesta, y mozuelas muy alegres que también se hallaban mejor con aquella compañía que con los que iban delante rezando rosarios y letanías. Pensó en el penitente de Barbastro y dijo: ¡cuántos harán hoy para igual penitencia!

Quisieron divertirse con él como gente de poco seso; pero sus respuestas eran tan agudas, sus palabras tan cortantes, que a pocas pruebas se le declararon amigos, y tres de ellos, le convidaron a comer en su rancho. - Si nos han de hacer compañía estas muchachas, dijo él, acepto el convite, si no, no. Ya sabéis que la mujer es la gracia de la vida y la gloria de la fortuna, sin ellas está muerto el mundo y la fortuna es casi igual próspera o adversa. Cada vez que hablaba se prendaban más de él aquellos mozos.

Uno de ellos a poco rato dijo: - Agora pienso yo que el caballo de Roldán, que saltó aquellas peñas de una a otra (las estaba mirando de frente), había de ser bien saltador y ligero. - Yo estuve una vez allí, dijo otro, desde Santolarieta; y lo menos que hay de una a otra es un largo tiro de bomba. - ¿Y sabéis vosotros, dijo Pedro Saputo, lo que sucedió después de dar el caballo tan grande salto? - Nosotros, respondieron, no sabemos más sino que Roldán saltó aquellas peñas huyendo de Oliveros de Castilla. - Pues bien, dijo Pedro Saputo, yo os diré lo demás. El caballo se reventó al caer en la otra parte, y Roldán echó a correr a pie, y llegando de peña en peña al Huevo de San Cosme se subió a lo alto, y a Oliveros, que se quedó en otra peña mirando y con tres palmos y medio de narices, le hizo doscientas sesenta y ocho higas y cuatrocientos noventa y siete cortes de manga. ¿Sabíais esto vosotros? - No, le respondieron. - Pues tampoco no sabréis, continuó él, otra cosa que sucedió aún más peregrina que el salto. Al caballo, al tiempo que atravesaba por el aire, se le cayeron las sobras en el río Flumen por arte y maleficio de un encantador; el Flumen las llevó a la Isuela, la Isuela a Alcanadre, Alcanadre al Cinca, el Cinca al Segre, el Segre al Ebro, el Ebro al mar, el mar se alborotó y de ola en ola fueron las piezas a parar a la ribera de África entre dos cabrahigos, y allí nació una mata, la cual sacó tres flores muy hermosas, una blanca, otra negra, otra morada; y llegando una yegua en calor se comió las flores y la mata; y parió luego tres caballos de los mismos colores cada uno del suyo; los cuales caballos fueron tan veloces, que corrían y saltaban treinta y dos veces más que el ciervo más ligero de la sierra de Ontiñena.

Absortos, embebidos, elevados, bobos de dentro y de fuera estaban aquellos jóvenes y mozuelas oyendo contar al burlón de Pedro Saputo aquel maravilloso cuento; y sin sentir se les acercó la ermita y llegaron. Descansaron un poco, y echando un puntal de magras de tocino, se principiaron los oficios, o sea, la misa.

Estaba Pedro Saputo en la iglesia con sus nuevos amigos, y vio subir al predicador al púlpito. ¡Oh casualidad! ¡Oh frío que le dio al verle y conocerle! Era el mismo padre prior de los carmelitas de Huesca; el que había ajustado la pintura de la capilla. Pero pensó en su disfraz de estudiante, y se aseguró de borrasca.

Llegó la hora de comer y se fue a su rancho, en el cual reinó la franqueza y la alegría, y también quizá con algún exceso de libertad. Duró tanto el comer y el beber, y el reír, que tuvo lugar un tío de uno de aquellos mozos que había comido en la mesa del predicador, de venir adonde ellos estaban y contarles un caso muy gracioso que había referido su paternidad comiendo. Y les cuenta punto por punto el suceso de Pedro Saputo con la pintura de la capilla y el rebato y manera con que cerró la boca al fraile que iba a provocarle todos los días. - Para un mes, añadió, dice que tuvo que curar fray Toribio, lleno de bizmas y fajas. Y el padre predicador dice que se reía mucho contándolo, y que sólo sentía que no volviese Saputo a continuar la pintura, pues no quería que otro pusiese las manos en ella. En oyendo que oyó Pedro Saputo, dijo entre sí; pues escapó el fraile, seguro puedo ir a mi pueblo, y seguro entrar en Huesca y aun visitar al padre prior si viene a mano.

Caía la tarde aprisa; y reunida la gente dispersa formaron la procesión y marcharon. Pedro Saputo se despidió de sus amigos y torció hacia su lugar con gran deseo de ver a su madre y entregarle el caudal que había allegado. Mas para que no se supiese que anduvo de tuna con los estudiantes, queriendo tener disimulado esta parte de sus aventuras por estar demasiadamente unida con lo del convento, fue por Huesca, se hizo un traje nuevo de caballero, y se dirigió y llegó a su pueblo por el mismo camino que había salido. ¡A su pueblo! ¡Y niño aún casi! ¡Y tanto tiempo ausente!

¡Oh montes de mi lugar! ¡Oh peñas, fuentes, valles, río, ambiente, cielo, nubes y celajes conocidos! ¡Oh sol y luna que hace propios el horizonte, y bañáis de la misma línea de él los mismos objetos siempre, los mismos collados y laderas, los mismos edificios, el mismo suelo, y siempre del mismo modo! ¡Ay, todo aquí me conoce y me abraza, todo es amor recíproco, todo cariño, dulzura, descanso, paz, confianza y seguridad! ¡Los ecos tan familiares; las aves hijas del país, su canto acostumbrado, su vuelo sabido, sus sitios frecuentados! ¡Los árboles que vi de niño y de los cuales si desapareció alguno especial o notable siente el corazón su falta y no se consuela de no verlo! ¡Oh vana, engreída y engañosa filosofía, que este humano instinto has querido negar y trabajaste bárbara y necia en destruir esta sensibilidad, este amor a la patria, la coexistencia necesaria, precisa, natural y justa de este amor y de la vida! ¡Ay del que no llama suyo el cielo que vio nacer, que le mira con indiferencia! ¡Echadle de mi lado, pero lejos, sí, muy lejos, pues no le quiero por amigo, ni será, si puedo, mi compañero en la paz ni en la guerra!

Alborozado y con un júbilo que le sacaba de sí y arrasados los ojos de ternura vio Pedro Saputo después de esta primera ausencia de siete a ocho meses el horizonte de su lugar, el monte de edificios que levantaba a la vista, y cruzar y remontarse las alondras que parece le saludaban con su canto. No hay allí río, no hay valles, no hay fuentes, no hay otros grandes y señalados objetos particulares; pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorría; y era, en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió tan dulcemente; y allí sobre todo estaba su buena madre y las demás personas de su eterno primer amor, que también le amaban tiernamente y le habían de amar toda su vida.

Mas quiso entrar de noche por evitar que se amotinasen los vecinos a verle; y se fue deteniendo y haciendo tiempo, saboreando en su imaginación la sorpresa y alegría de la llegada. Y porque no era seguro encontrar a su madre en casa a aquella hora fue a la de su madrina y acertó, porque estaba allí; yéndose los dos luego que acabaron de abrazarle y enternecerse; y de cenar también, pues no les dejaron ir sin que cenasen. Preguntáronle ansiosamente dónde había estado y qué había hecho en tanto tiempo, y él respondía que correr mundo, y ver mundo, y prometiéndoles cuentos largos para más de espacio.

Visitáronle por la mañana todas las personas visibles del lugar, y antes y primero que nadie sus dos amigas Rosa y Eulalia con mucha franqueza y cordialidad; y todos se admiraban de verle tan crecido y tan hombre.

A los pocos días recibió una carta del prior del Carmen en que le daba la bienvenida y le decía que no habiendo querido que otro pintor continuase la obra de la capilla, le suplicaba viniese a concluirla, puesto que lo de fray Toribio no fue cosa de cuidado; y que en todo caso él haría que ni este fraile ni otro alguno le molestase. Con el mismo propio respondió Pedro Saputo al prior, que iría la próxima semana a verse con su paternidad o en dejando que dejase bien encaminado un remiendo que estaba haciéndose en su casa, porque quiso repararla un poco y renovarla interiormente. Con efecto así que tuvo hecho lo que más urgía, pasó a Huesca, y entendió con mucho gusto de boca del prior lo escarmentado que quedó fray Toribio, a quien sin embargo se le mandó bajo pena de santa obediencia que ni una sola vez hablase con el pintor ni entrase estando él en la capilla. Continuó, pues, su obra, lo que permitió la estación hasta que caló con fuerza el invierno, cuyos meses de más crudeza los pasó en Almudévar dedicado al estudio y a la música.

Vino la primavera: la primavera, ¡ay! estación tan apacible y deseada, estación tan placentera y amable, y que para nosotros ha desaparecido del año. El mundo físico padece al par del moral y político. ¡Oh tiempos que hemos alcanzado! ¡Qué diréis de nosotros, futuras generaciones!

Vino, como decía, la primavera; dio orden en lo que había de hacer en su casa, viviendo en tanto con su madre en la de su madrina, y fue a dar cabo a la obra de la capilla, pasando todas las semanas a ver y dirigir la suya porque no se fiaba de los albañiles.

Y una y otra se concluyeron a un tiempo, trayéndose las quinientas libras de la de Huesca y un buen regalo que le hizo el prior, porque en el patriarca san Elías había hecho disimuladamente su retrato.

Las dos salas que dejó pintadas en el pueblo merecieron tantos elogios de los forasteros que las veían, y algunos de ellos con inteligencia, que el buen anciano del cura quiso que también le pintase algo en su casa, y le dio gusto y lo hizo gratuitamente por el amor tan tierno que le debía. Y a otro rico pintó asimismo la sala del estrado. Prevínole Eulalia que no hiciese cosa mejor que su sala, porque se enojaría; y él le respondió: aunque quisiera no podría, porque hay en la tuya un ángel que me inspiraba.

Excusado es decir que no acudió a la cita de los estudiantes; ellos sí, y tan puntualmente que por minutos llevaban la hora. Burlados en su esperanza, visitaron a don Severo; y disimulando Morfina, y llevando recomendación del padre para traer al compañero del año pasado, torcieron a la izquierda y pasaron la vía recta a Navarra por si daban con él, creyéndole siempre navarro. Él bien supo del paso de ellos, pero se aguantó y rió; y porque sintió no volver siquiera a un buen pasagonzalo de tuna, cargó más al amor de Eulalia unos días para consolarse y resistir aquella llamada tan fuerte y retozona.