viernes, 26 de julio de 2024

2. 5. De lo que va fé Pedro Saputo pera librás dels alguasils.

Capítul V.

De lo que va fé Pedro Saputo pera librás dels alguasils.

La campana de Huesca, políticos catalanes

¡Oh libertat pressiosa

no comparada al or

ni al be mes gran de la espassiosa terra!

¡Mes rica y mes gochosa

que lo pressiat tresor

que lo mar del Sur entre nácar amague!

En armes, sang y guerra

en les vides y, fama

conquistades al món;

pas dolsa, amor fondo.

Que lo mal apartes y al teu be mos crides:

a tú sola fa lo niu,

or, tessoro, pas, be, gloria y vida.


No volíe Pedro Saputo perdre este or, este tessoro, esta pas, este be, esta gloria y esta vida que tan alabe aquí lo poeta, y que en un sol nom sempre dols y amat diem libertat. No la volíe pedre, y ya estáe sense ella, perque la verdadera libertat está tan al espíritu com al cos, y ell teníe lo espíritu a les presons de la po, tan oprimit, que a cap puesto se sossegabe o acotolabe, com si en una corda elástica desde Huesca li hagueren lligat l'alma, y encara que probáe de trencá la llassa no li ere possible. No ere libre, perque en la temó de la justissia, li pareixíen tots los homens los seus ministres, no teníe pau ni descansáe, ni osáe mirá a consevol que passáe al seu costat. Com van di alguns filóssofos antics, lo home sabut y just encara a la esclavitut no dixará de sé libre, pero es innegable que a la libertat del cos no está essensialmén la del ánim, y que cuan éste no ne té, tamé li falte an aquell perque no se assegure. Aixina que patix lo home moltes esclavituts, o esclavitut de moltes maneres, que se poden reduí a una sola explicassió general, dién que es causa de esclavitut tot lo que oprimix o inquiete l'ánim. Sol pot sé verdadera y constanmén libre lo home just y animós, lo home de be y sereno, lo home de consiensia clara y pura que no té temó de res, sobre tot si se contente en la seua sort.

Aon anáe Pedro Saputo portáe les presons de la temó, com se ha dit; y probán de escapá de elles va doná en un pensamén diabólic y temerari que sol an ell se li haguere pogut ocurrí y que sol ell haguere pugut eixissen en lo servell sano.

Estáe, pos, a la capella de la iglesia regirán lo seu proyecte y preveén los casos y dificultats que aon fore pugueren eixecás; y passa a passa y sense ell moures va aná vinín lo día. Se van obrí les portes, va entrá la gen, y cuan li va pareixe va eixí al carré y va aná a les botigues o tendes y va comprá tela, fil, seda; se va emportá un pa y unes salchiches, y fet un fardellet de tot sen va aná de la siudat riu amún. Va arribá a un puesto retirat y amagat; va plantá los seus reals y se va ficá a tallá y después a cusí un vestit de dona tan ben parit, que cuan sel va ficá, ell mateix se vée com una dona real y com si tal haguere naixcut. Se va arreglá tamé lo pel, lo teníe negre y llarg; y adressat, atildat y pulit va quedá convertit en la sagala mes denguera de tota la terra, tan satisfet y alegre que va dudá si tornaríe a portá lo traje y pensamens de home. Se va minchá enseguida lo pa y les salchiches, ere ya hora perque lo sol caíe ya a amagás a la serra dels Monegros, va beure del riu, va torná a mirá y esperá una mica, va fé dos o tres zalameríes de donsella requebrada, va tirá pelets al aire, y despullanse y arrepetán a un mocadó lo traje de dona va aná a passá la nit aon lo guiaren los peus y la bona ventura.

Com va vore al eixí del barrang una aldea, empinada als primés montes, se va adressá cap allá reposán a la primera casa que va trobá uberta. Va sopá be y se va fartá, va pagá be a la casera, que ere una pobre mare de cuatre fills y sense home perque traballáe a un atre poble, va dormí a una cadiera o escaño en una manta a la cuina (com a casa Rano), y al arribá lo nou día se va despedí de aquella humilde fonda y sen va aná del poble dién: mameula, alguasils. Y dit aixó se va allargá com lo ven, no l'haguere acassat ni en la vista lo mes rápit andarín del món.

¿Aón arribaríe si no paráe?, y aixó que no anáe per camins, sino sempre al dret y per dresseres, y no tot ere pla y recte. Va pará a minjá a un poble, y a passá lo tems a un bosque, después a un collet, después a un riu aon se va vestí de dona y va esgarrá y escampá lo vestit de home; y al tardet se va trobá prop de una poblassió granada, va apareixe un edifissi gran y distinguit que per algunes siñals va sabé que ere un convén de monges. 

¡Aixó es lo que buscaba, va di; aquí se vorá lo meu ingenio; aquí tota la versucia y tacañería que me va doná mon pare y la pupila de Almudévar! Ahí es aon yo hay de entrá, perque així u ordenen la nessessidat y la temó que aquí són una sola persona.

¿Quína vida deuen portá estes dones que fugen del món sense sabé per qué? Ahí viuen tancades miranse y girán sobre elles mateixes com aigua divina de la seua corrén, com peix a la sistella, com serp tapada al seu cau. Ahí viuen soles, dones soles, dones sempre y sol dones entretingudes resán latinajos que així los entenen com yo sé si fray Toribio lo del códul va quedá viu o mort a la capella. Pos ahí se ha de penetrá, y va entrá Pedro Saputo, y ahí hay de viure lo que puga, a la moda de les dones hasta que traga de tino a micha dotsena de elles, o yo lo perga y tinga que eixí fugín y torná an este món que ara yo vach a dixá sense despedím ni dili: mira que tramonto.

Dites estes paraules se va fé un gran estrep al vestit, se va descomposá una mica lo tocat y los pels, se va fotre dos o tres esgarraps a la cara y una bona bufetada a una galta, se va enfangá una mica les calses y se va afeá entre atres desmans; representán una sagala escapada per milagre de les mans de uns insolens y gossos arrieros que van volé violala. Va traure lo coló de tristesa y compunsió, se va bañá y refregá los ulls en saliva y una poca de terra, y aixina va arribá a la porta y va tocá la campaneta; va contestá una veu gangosa en lo Ave María de costum, y ell donán grans suspiros y sense di paraula va arrencá a plorá com desahoganse o desfoganse de un gran pes que li inundabe lo pit y lo aufegabe. Al remat va pugué parlá, y a les sen preguntes que li va fé la gangosa mare, va pugué di que ere una sagala que arribáe morta de temó per culpa de uns homens dels que s'habíe librat grassies a Deu per dos vegades aquell día anán al poble de una tía pobre y dolenta pera cuidala, aon la portáe un tío, germá de son pare a qui uns lladres van lligá de peus y mans. ¡Mare de Deu lo que va inventá y va di allí de repén pera que per caridat y hasta sabé de son tío y avisá a un germá teixidó que teníe a la terra baixa la admitigueren al convén! ¡Lo que va suspirá y plorá y fingí y di mentires de punta, de pla, a estall y del revés en un momén! La moja va aná a avisá a la priora, a la que va escomensá a referili, sempre ploriqueján, les mateixes y atres sen (100) patrañes, y plorán y desatinán de modo que fée compassió, y en calidat de criada per alguns díes, si atra cosa no se repensáe, la va admití al final y li van obrí la porta.


Original en castellá:

Capítulo V.

De lo que hizo Pedro Saputo para librarse de los alguaciles.


¡Oh libertad preciosa,

no comparada al oro

ni al bien mayor de la espaciosa tierra!

¡Más rica y más gozosa

que el preciado tesoro

que el mar del Sur entre su nácar cierra!

Con armas, sangre y guerra,

con las vidas y, famas

conquistadas en el mundo;

paz dulce, amor profundo.

Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:

en ti sola se anida

oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.

No quería Pedro Saputo perder este oro, este tesoro, esta paz, este bien, esta gloria y esta vida que tanto encarece aquí el poeta, y que con un solo nombre siempre dulce y amado llamamos libertad. No la quería perder, y ya estaba sin ella, porque la verdadera libertad tanto está en el espíritu como en el cuerpo, y él tenía el espíritu con las prisiones del miedo tan oprimido, que en ninguna parte sosegaba y de ningún modo se gozaba, como si con una cuerda elástica desde Huesca le hubiesen atado el alma, y él pugnaba por romper la ligadura y sujeción, y no le era posible. Hacía de su cuerpo lo que quería, y con todo no era libre, porque con el temor de la justicia cuyos ministros le parecían todos los hombres, no tenía paz ni descansaba, ni osaba mirar a cualquiera que pasaba a su lado. Y si fue mucho encarecimiento decir, como lo dijeron algunos filósofos antiguos, que el hombre sabio y justo aun en la esclavitud no dejará de ser libre, pero quitando un poco de ese extremo a esta opinión sistemática y poniéndola en el otro término, es innegable que en la libertad del cuerpo no está esencialmente la del ánimo, y que cuando éste carece de ella, también le falta a aquél porque no se asegura. Así que padece el hombre muchas esclavitudes, o esclavitud de muchas maneras, las cuales se pueden reducir a una sola explicación general, diciendo que es causa de esclavitud todo lo que oprime o inquieta el ánimo, y que por consiguiente sólo puede ser verdadera y constantemente libre, el hombre justo y animoso, el hombre de bien y sereno, el hombre de conciencia clara y pura que nada teme, sobre todo si se contenta con su suerte, y no le trae inquieto y desvelado la ambición, la codicia u otra pasión lanzada a sus viciosos términos.

Adonde quiera que iba Pedro Saputo llevaba las prisiones del miedo, como se ha dicho; y trabajándose por romperlas dio en un pensamiento diabólico y se arrojó a una temeridad que sólo a él pudiera ocurrir y de que sólo él pudiera salir con la cabeza sana.

Estaba, pues, en su capilla de la iglesia revolviendo su proyecto y previniendo los casos y dificultades que donde quiera pudieran levantarse; y paso a paso y sin él moverse fue viniendo el día. Se abrieron las puertas, entraron las gentes, y cuando le pareció se salió a la calle y fue a las tiendas y compró tela, hilo, seda y demás cuenta; se llevó un pan y unas salchichas, y hecho un fardito de todo se fue de la ciudad río arriba. Llegó a un sitio retirado y oculto; plantó sus reales y se puso a cortar y luego a coser un vestido de mujer tan retrechero, que cuando se lo puso, él a sí mismo se parecía mujer real y verdaderamente como si tal hubiese nacido. Compúsose también el pelo que le tenía negro y largo; y aderezado, atildado y pulido quedó convertido en la muchacha más denguera de toda la tierra, tan satisfecho y alegre que dudó si volvería en su vida al traje y pensamientos de hombre. Comióse enseguida el pan y las salchichas, que era ya hora porque el sol caía ya a ocultarse en la sierra de Monegros, bebió del río, volvió a mirar y esperar un poco, hizo dos o tres zalamerías de doncella requebrada, echó pelillos al aire, y desnudándose y recogiendo en un pañuelo el traje de mujer se fue a pasar la noche a donde le guiasen los pies y su buena ventura.

Como viese al salir del barranco una aldea, empinada en los primeros montes, se dirigió allá posando en la primera casa que encontró abierta. Cenó largo y sabroso, pagó bien a la huéspeda, que era una pobre madre de cuatro hijos y sin marido porque trabajaba en otro pueblo, durmió en una cadiera o escaño con una manta en la cocina, y con el día se despidió de aquella humilde posada y se salió del lugar y dijo: mamola, alguaciles. Y dicho esto se arrojó de pechos al agua tomando un viento que no le siguiera aun con la vista el más ligero andarín del mundo.

¿A dónde fuera él en un día si no parara?, y eso que no iba por caminos, sino siempre a campo traviesa, que no todo era tirado y de paso recto. Paró a comer en un pueblo, y a dar tiempo al día en un bosque, luego en un cerro, después en un río donde se vistió de mujer y rasgó y esparció el vestido de hombre; y al caer de la tarde se encontró cerca de una población granada, pareciéndose a un lado un edificio grande y distinguido que por algunas señales conoció que era convento de monjas. ¡Esto es lo que buscaba, dijo; aquí de mi ingenio; aquí de toda la versucia y tacañería que me dio mi padre y la Pupila de Almudévar! Ahí es donde yo he de entrar, porque así lo ordenan la necesidad y el miedo que aquí son una sola persona. Y ¿qué vida debe ser la de estas mujeres que huyen del mundo sin saber por qué y sin que el mundo se le dé ni se le quite de ellas? Ahí viven encerradas mirándose y revolviéndose sobre sí mismas como agua divina de su corriente, como pez en redoma, como culebra tapada en su agujero. Ahí viven solas, mujeres solas, mujeres siempre y sólo mujeres entretenidas en rezar latines que así los entienden como yo sé si fray Toribio el del guijarro quedó vivo o muerto en la capilla. Pues ahí se ha de penetrar, y entrar Pedro Saputo, y ahí de vivir lo que pueda, a la moda mujeril hasta que saque de tino media docena de ellas, o yo le pierda y haya de salir huyendo y volver a este mundo que ahora yo voy a dejar sin despedirme ni decille: mira que tramonto.

Dichas estas palabras hízose un gran rasgón en el vestido, se descompuso un poco el tocado y el cabello, se dio dos o tres arañazos en la cara y un recio bofetón a un lado, embarró un poco una media y se afeó con otros desmanes; representando una muchacha escapada por milagro de las manos de unos insolentes y perros de arrieros que quisieron violarla. Sacó el color de tristeza y compunción, se mojó y refregó los ojos con diez salivas y una poca de tierra, y así parado se llegó al torno y tocó la campanilla; respondióle una voz gangosa con el Ave María de costumbre, y él dando grandes suspiros y sin decir palabra prorrumpió en llorar como desahogándose de una gran congoja que le inundaba el pecho y le ahogaba. Al fin pudo hablar, y a las cien preguntas que le hizo la gangosa madre, pudo decir que era una muchacha que llegaba muerta de miedo de los hombres de cuyas manos le había librado Dios por dos veces aquel día yendo al pueblo de una tía pobre y enferma para cuidalla, a donde la llevaba un tío, hermano de su padre a quien unos ladrones ataron de pies y manos. ¡Oh válgame Dios lo que inventó y dijo allí de repente para que por caridad y hasta saber de su tío y avisar a un hermano que tenía tejero o pelaire en la tierra baja la admitiesen en el convento! ¡Lo que suspiró y lloró y fingió y mintió de punta, de llano, de tajo y de revés en un instante! La tornera condescendió en avisar y llamar a la priora, a la cual comenzó de nuevo a referirle, siempre sollozando, las mismas y otras cien patrañas, y a llorar y desatinar de modo que de compasión y en clase de criada por algunos días, si otra cosa no se pensase, la admitió al fin y la abrieron la puerta.

2. 4. Aventures de Barbastro.

Capítul IV.

Aventures de Barbastro.


Va arribá a la siudat prop de les onse de la nit; y sentín una rondalla sen va aná cap allá y se va agregá a la turba. Passada una carrera se van prepará pera cantali dabán de una casa a una sagala que per lo nom que repetíen a les lletres se diebe Lorenza.

Va vore Pedro Saputo que un dels de la ronda mentres los atres cantaben se va arrimá y va brincá a una reixa no mol alta, va fé 'sht'! tres vegades, y se van entreobrí los finestrons. Se va ficá a escoltá dissimuladamen, y va sentí que lo mosso, un sabaté en molta grassia, díe:

- Mira, Lorenza, no ploros, pos un atra vegada te juro que no ha sigut mes que una rascada en algo de sang. Se veu que ha ficat lo peu a una puta pedra que ere com un bolo redó de riu y s'ha futut de cap contra la paret de la iglesia.

iglesia, San Bartolomé, plaza, Beceite, Beseit, puerta pintada













Lo Gafed y Ressuello han anat en ell, y a mí me han encarregat que te u diguera. Conque después lo tindrás aquí. No te gitos. Adiós.

Y va baixá. Va aná a la ronda, y Pedro Saputo pera divertís y passá lo tems, ya que no sabíe qué fé aquella nit, se va ajustá un drap al cap y va aná cap a la reixa, va fé la seña, van obrí la finestra, va escalá y va di la mosseta al vórel: ¡Ay, Conched meu!, va di mol abalotada; ya pensaba que no te voría mes. ¿Conque no es cosa de perill? Y dién aixó li agarráe les mans y les hi apretabe. Ell li va di: Me fa una mica mal lo cap, pero per vóret... Es di, que esta nit, va di ella en sentimén, ya no entrarás pel corral.

- No, va contestá ell; y prou me pene.

- Passiensia, va contestá ella donán un suspiro, y van cuatre nits. Com ha de sé; ya mos u cobrarem. Ara vesten a casa, que no te faigue mal la rasca de la nit; pren este pastel, magre y esta llenguañissa cruga. Adiós, amor meu; vesten, y demá no ixques de casa.

- No ixiré, va di ell; adiós, alma meua. Y va baixá de la reixa y se va apartá en lo ven, no fore que la trampa portare allí a Conched mes pronte de lo que ere menesté y passare una calamidat.

Y li va vindre be lo agassajala o convoyala, perque mes be li féen lo pastel de magre y la llenguañissa que los suspiros y les carissies de la mosseta; com que en tot lo día no habíe minjat mes que un parell de ous que va robá a un molí; y dinán y senán a un tems anáe de carré en carrera. Va pará al riu, y va di: tot me va be. Ara que teníe sed en lo regustet salat del magre, se trobe al riu. Pero no podíe baixá al aigua, y veén un pon se va embutí per nell y al atre costat un chorro perenne de aigua, un burs com lo bras. Aixó es una fon, va di: y arrimanse y baixán en mol tiento unes grades, perque no se veíe mes que a una bossa de avaro, va arribá al chorro que sentíe y va beure mol a gust. Se va assentá a un escaló, se va acabá lo magre y va empendre la llenguañissa; va torná a beure, se va gitá a dormí y encara mastegán los radés bossins se va quedá adormit a la vora de la fon del tío Matacroc.

Abans de día cla, perque la gen de Barbastro es mol matinera y templada, bullíe pels carrés y per la vora de la fon, y Pedro Saputo no despertabe; hasta que va arribá una sagala a omplí aigua. 

Ell, una mica sobressaltat, pero dissimulán, li va preguntá si coneixíe algún mestre sastre que lo puguere pendre com a aprendís; y va contestá la mossa:

- A casa nostra ha de cusí avui lo nostre, que per naixó hay matinat una mica mes de lo ordinari. Si voléu vindre, allí podréu parlali. 

Va asseptá Pedro Saputo y va seguí a la seua grassiosa guía.

Van arribá a la casa y dit al pare y a la mare lo que habíe passat, y afegín Saputo lo que li va pareixe mentí, y satisfén les preguntes impertinens, encara que fassils que li van fé, los va enviá lo sastre un recado dién que perdonaren, que aquell día no podíe vindre, perque la seua dona no se trobáe be.

- No importe, va di ell; yo retallaré y cusiré los vestits. Y contra antes milló, siñores meues; venga ixa tela o lo que sigue, y que sápiga yo a quí hay de pendre la mida. Lo que me falte són estisores y les demés ferramentes del ofissi; pero les supliré en lo que ñague per casa; perque an este món sol ñan dos coses que no se poden suplí, que són, lo pa, y la bona dona. Va fé después assentás a la seua vora a la sagala pera enseñali, y lo pare sen va aná mol pagat y a la mare se li ablaníe lo cor de gust. Y se va passá lo día sense novedat que digna de contá sigue, lo únic que ell va vore que la sagala se li afissionabe clara y determinadamen, y an ell sense sabé per qué, li agradáe tamé tíndrela prop y mirala; encara que ere llauradora, teníe molta grassia en tot y parláe y sentíe en gran amabilidat. Fea u podríe sé sa mare, pero ella ere mol maja, guapa, y una rosa del amor al obrí lo capullo.

Casi de nit o entre sol y cresol, hora a la que los jornalés se solen pendre un rato de descans pera vuidá la bufeta de lo que conté y lo ventre de flatos, los va di que en la seua llissensia ixiríe un ratet al carré a oreás. Y va eixí, pero en ánim y propósit de no torná, perque no podíe assossegás ni está pel ofissi, encara li pareixíe poc disfrás, se assustáe tot lo día cuan sentíe cridá, no foren los corchetes que veníen a péndrel.

famós enterro que se encaminabe a la catedral

Donán voltes per los carrés se va trobá al mich de un famós enterro que se encaminabe a la catedral, y en la gen lo va seguí y se va embutí a la iglesia. Van tocá moltes sinfoníes a la morta, que ere una donsella de uns devuit o vin añs de edat, filla de una casa prinsipal, plena de dijes mol pressiosos y un vestit de molta riquesa, en un vel solt galonejat de or, y al cap una diadema de valor mol alt segons brillaben les pedres. Van durá hasta ben entrades les deu les sinfoníes y los cantics, y después van pará y van ficá a la morta a una capella, la van rodejá de veles y llums y sen va aná tot lo món, menos Pedro Saputo, que se va di:

¿Yo aón hay de aná an estes hores? Aquí podré passá la nit, y no ña perill que me buscon los flares; demá ixirá lo sol y voré lo que me convé fé. Y dién aixó se va acomodá a un arca o bang de l'atra capella d'enfrente de la morta, va encomaná a Deu lo seu cos y alma, y se va tombá a dormí.

Se va adormí pronte, li fée falta desde la nit passada; pero la son ere tan ligera com dura la fusta a la que descansáe, y va sentí a deshora un soroll que li va fé eixecá lo cap. Ere lo chirrit de una porta. Y después va vore entrá (perque la llum y resplandó de les antorches que cremáen en honor de la difunta omplíe la iglesia) dos homens que se van dirigí cap a la capella de la depositada. 

Van arribá, y la un, que ere un mosso de uns vinticuatre a vintissís añs de edat, va escomensá a tráureli los dijes y diadema, y al mateix tems li anáe colocán uns atres que ell portáe mol pareguts an aquells. Los de la morta eren fins y los que li ficáen falsos y de pichó vista. Van acabá de fotre lo cambiasso, y donán lo jove al atre una bossa li va di: hasta aquí a partí, lo demés es sol meu: ahí tens los trenta escuts del pacte y vesten a la sacristía. Lo mosso se va arrimá a la morta, la va abrassá y li va doná mols besets, y pareixíe aná mes allá, cuan Pedro Saputo no puguén soportáu, y escandalisat, va pendre del altá de la seua capella un candelabro michanet de bronce y lo va embestí en tota la seua forsa. Li va assertá al mosso al muscle y al pit, se va plegá an terra pegán un bram espantós. 

Va acudí lo sacristá o ajudán, lo va vore desmayat, se va assustá, va corre a per aigua, la hi va tirá a la cara, va torná lo mosso en sí, se va reviscolá, lo va eixecá, y sense coló y tancán los ulls de po y casi tan mort com la difunta sel va emportá l’atre mich caminán mich arrastrán o arrossegán. Va agarrá Pedro Saputo un atre candelabro y fen abans un caragol en les mans contra la fusta del altá, va pegá un rugit tan fort que va pareixe que caíen les columnes de la iglesia atronánse tota y amenassán les seues altes bóvedes; y después disparán lo candelabro en tota la seua forsa, que ere terrible, li va fotre al sacristán a la esquena y lo va fé caure an terra com un taco, juns en lo mosso que ya casi expirabe. Li va faltá tamé an ell l'ánim entonses, y pareixíe que los dos s'anáen a quedá allí morts de esglay y del susto. No parláen, y después de esforsás mol rato y de está entre basques y entressuó freda, en una respirassió agonisán, van podé arribá a la porta per aon van entrá, y la van tancá, y se van sentí encara unes atres mes interiós. Y tot sossegat y volta al silensio majestuós y solemne, se va embolicá Pedro Saputo en los mantellets del altá de la seua capella, per si algú lo puguere vore, fore com fore, y va passá a la de la morta. La va mirá a la cara, y pareixíe en la seua serenidat y pau que li donáe les grassies de tan bon ofissi y defensa com li habíe fet. Y pateján o calsigán en los peus alguna cosa, va vore que ere la roba que li habíen tret a la morta.

La va agarrá tota, y ficanla en gran respecte al llit y recomponén mol be lo vel y lo vestit, li va ficá a les mans un paperet doblegat, escrit en un llapis que portáe, aon díe:

"Esta nit entre les dotse y la una dos homens infames y descombregats o excomulgats han cambiat los dijes y adornos de esta donsella per los que portáen ells. Passá volíen a ultrajalla; pero un atre mort que invissiblemen la guardabe la ha defengut del ultraje y profanassió que anáe a patí, y ha arreplegat la roba robada. Si se vol sabé quí són los desalmats que tan gran maldat van acometre, que se miro quín del sirviens de esta iglesia está ben futut de la esquena, éste es un de ells y sap del atre.»

Fet aixó y al retirás va vore una cosa blanca a enterra, la va alsá y va vore que ere la bossa dels trenta escuts que lo perdut del jove habíe donat al sacristán y habíe éste dixat caure sense preocupás de replegala. Meus són, va di; perque encara que los faiga pregoná, segú que no vindrá l'amo a demanáls. Y en aixó se va retirá a la capella, tornán los candelabros al seu puesto, una mica boñats, y se va tombá al arca.

Pero de la escena que habíe vist li va escomensá a naixe al ánim tan gran horror, que se li van esturrufá los pels del cap, y se ni anáe la forsa de les cames y la vida del cor. Al final, pensán en la obra tan caritativa y tan heroica y santa que habíe fet se va aná assossegán y va aguardá lo día.

Se va ficá después a pensá en lo seu estat, y después de vores mil vegades a les mans dels alguasils de Huesca y de escapás unes atres tantes per casualidat y ben justet, tot a la seua imaginassió, va determiná fé la mes atrevida y grassiosa travessura que cap home ha imaginat may, com se vorá al capítul siguién.


Original en castellá:

Capítulo IV.

Aventuras de Barbastro.

Llegó a la ciudad cerca de las once de la noche; y oyendo una rondalla fue para allá y se agregó a la turba. Pasada una calle se prepararon a cantar delante de una casa a una muchacha que por el nombre que repetían en las letras se llamaba Lorenza. Vio Pedro Saputo que uno de los de la ronda mientras los otros cantaban se acercó y encaramó a una reja no muy alta, hizo st! tres veces, y se entreabrió la ventana. Púsose a escuchar disimuladamente, y oyó que el mozo decía: - Mirad, Lorenza, que no lloréis, pues otra vez te juro que no ha sido más que un raspazo con algo de sangre. Ya se ve, ha puesto el pie en la maldita piedra que era como una bola redonda y ha dado con la cabeza en la pared de la iglesia. El Gafed y Resuello han ido con él, y a mí me han encargado que te lo dijese. Conque luego le tendrás aquí. No te acuestes. Adiós. Y se bajó. Fuese la ronda, y Pedro Saputo por divertirse y pasar el tiempo, que no sabía qué hacerse aquella noche, se ciñó un lienzo a la cabeza y volvió de ahí un rato a la reja, hizo la seña, abrieron la ventana, se encaramó y la moza al verle: ¡ay, Conched Mío!, dijo muy alborozada; ya pensaba que no te vería. ¿Conque no es cosa de cuidado? Y diciendo esto tomaba las manos y se las apretaba. Él le dijo: un poco me duele la cabeza, pero por verte... Es decir, que esta noche, dijo ella con sentimiento, ya no entrarás por el corral. - No, respondió él; y harto me pesa. - Paciencia, contestó ella dando un suspiro, y van cuatro noches. Cómo ha de ser; ya nos desquitaremos. Agora vete a casa, no te dañe el frío de la noche; toma este pastel de magras y este pastel de longaniza. Adiós, querido; vete, y mañana no salgas de casa. - No saldré, dijo él; adiós, alma mía. Y se bajó de la reja y se apartó con el viento, no fuese que la trampa llevase allí a Conched más pronto de lo que era menester y aconteciese una barbarie.

Y vínole bien el agasajo, porque más al caso le hacían las magras y la longaniza que los suspiros y las caricias de la moza; como que en todo el día no había comido más de un par de huevos que tomó en un molino; y comiendo y cenando a un tiempo se andaba de calle en calle. Vino al fin a parar al río, y dijo: todo me va bien. Ahora que tenía sed con este gustillo de las magras, que aunque tiernas y regaladas están un tantillo sabrosas, cata que me encuentro en el río. Pero no podía bajar al agua, y viendo un puente se metió por él y al otro lado un chorro perenne de agua. Esto es una fuente, dijo: y acercándose y bajando con mucho tiento unas gradas, porque no se veía más que una bolsa de avaro, llegó al chorro que oía y bebió muy a su sabor. Sentóse en una grada, dio cabo de las magras y se tomó con la longaniza; volvió a beber, se tornó a dormir y comiendo los últimos bocados se quedó dormido.

Antes del día y con el día, porque la gente de Barbastro es hacendosa, bullía por las calles y por encima y a espalda de la fuente, y Pedro Saputo no despertaba; hasta que llegó una muchacha por agua. Él, un poco sobresaltado, pero disimulando, le preguntó si conocía algún maestro sastre que le pudiera tomar para mancebo; y respondió la moza: - En nuestra casa ha de coser hoy el nuestro, que por eso he yo madrugado un poco más de lo ordinario. Si queréis venir, allí podréis hablalle. Aceptó Pedro Saputo y siguió a su graciosa guía.

Llegaron a la casa, que estaba en el barrio, y dicho al padre y a la madre lo que había pasado, y añadiendo Saputo lo que le pareció mentir, y satisfaciendo a las preguntas impertinentes, aunque sencillas que le hicieron, les mandó el sastre un recado diciendo que perdonasen, que por aquel día no podía ir, porque su mujer tenía flujo. - No importa, dijo él; yo cortaré y coseré los vestidos. Y cuanto antes mejor, señoras huéspedas mías; venga esa tela o paño o lo que sea, y sepa yo a quién he de tomar la medida. Lo que me falta son tijeras y las demás herramientas del oficio; pero las supliré con lo que haya en casa; porque en este mundo sólo hay dos cosas que no se pueden suplir, que son, el pan, y la buena mujer. Hizo después sentar a su lado a la muchacha para enseñarla, con que el padre se fue muy pagado y a la madre se le ablandaba el corazón de gusto. Y pasóse el día sin novedad que digna de contar sea, más de que él conoció que la muchacha se le aficionaba clara y determinadamente, y él sin saber por qué, gustaba también de tenerla cerca y mirarla; que aunque labradora, tenía mucha gracia en todo y hablaba y sentía con gran amabilidad. Pues fea, pudiéralo ser su madre, que ella no era sino muy linda, y una rosa del amor al abrir el capullo.

Anochecido casi o entre sol y candil, hora en que los tales jornaleros se suelen tomar un rato de asueto para vaciar la vejiga de lo que contiene y el vientre de flatos, díjoles que con su buena licencia se saldría un poco a la calle a orearse. Y se salió, pero con ánimo y propósito de no volver, porque no podía sosegar en la quietud del oficio que todavía le parecía poco disfraz, sobresaltándose todo el día cuando oía llamar, no fuesen los corchetes que iban a prenderle.

Dando vueltas por las calles un famoso entierro que se encaminaba a la catedral, y con la gente le siguió y se metió en la iglesia. Tocaron muchas sinfonías al muerto, que era una doncella de hasta dieciocho o veinte años de edad, hija de una casa principal, llena de dijes muy preciosos y un vestido de mucha riqueza, con un velo suelto galoneado de oro, y en la cabeza una diadema de valor muy subido según brillaban las piedras. Duraron bien hasta las diez las sinfonías y el canto, y luego cesaron y metieron la muerta en una capilla, la rodearon de luces y se fue todo el mundo, menos Pedro Saputo, que dijo entre sí: ¿Yo adónde he de ir? Aquí podré pasar la noche, y no hay cuidado que me busquen los frailes; mañana amanecerá Dios y veremos lo que conviene hacer. Y diciendo esto se acomodó en un arca o banco de otra capilla enfrente de la muerta, encomendó a Dios su cuerpo y alma, y se dispuso a dormir si el sueño no le hiciese novillos, pues le sentía venir aprisa.

Durmióse pronto con efecto, que tenía necesidad desde la noche pasada; pero sin duda el sueño era tan ligero como dura la tabla en que descansaba, pues oyó a deshora un rechino que le hizo levantar la cabeza. Era el ronquido de una puerta. Y luego vio entrar (porque la luz y resplandor de las hachas que ardían en honor de la difunta llenaba la iglesia) dos hombres y dirigirse a la capilla de la depositada. Llegan, y el uno de ellos, que era un mozo de unos veinticuatro a veintiséis años de edad, principia a despojarla de sus dijes y diadema, y al mismo tiempo le iba poniendo otros que él traía muy parecidos a aquéllos. De que infirió que los de la muerta eran finos y los que le ponían falsos y de sola vista. Concluyéronla de despojar, y dando el joven al otro un bolsillo le dijo: hasta aquí a partir, lo demás es sólo mío: ahí tienes los treinta escudos del pacto y vete a la sacristía. Fuese en efecto, y el mozo se llegó a la muerta y la abrazó y dio muchos besos, y parecía ir más allá, cuando Pedro Saputo no pudiéndolo sufrir, y escandalizado, tomó del altar de su capilla un candelero mediano de bronce y embistiéndole con toda su fuerza acertó al mozo en el hombro y en el pecho, de que cayó en el suelo dando un grito espantoso. Acudió el sacristán o ayudante, violo desmayado, se asusta, corre a por agua, se la echa al rostro, vuelve el mozo en sí, le levanta, y sin color y cerrando los ojos de horror y tan muerto como la difunta se lo llevaba el otro medio andando medio arrastrando; cuando tomando Pedro Saputo otro candelero y haciendo antes caracol con las manos y vuelto contra la madera del altar, dio un rugido tan bravo que pareció que caían las columnas de la iglesia atronándose toda y amenazando sus altas bóvedas; y luego disparando el candelero con todo su brío, dio al sacristán en la espalda y le hizo caer en tierra con el mozo que ya casi expiraba. Faltóle también a él el ánimo entonces, y parecía que los dos iban a quedar allí muertos de horror y susto. No hablaban empero; y después de esforzarse mucho rato y de sacar entre bascas y mortales congojas trasudores fríos una respiración agonizante, pudieron llegar a la puerta por donde entraron, y la cerraron, y se oyeron luego otras más interiores. Y todo sosegado y vuelto a quedar en un silencio majestuoso y solemne, se envolvió Pedro Saputo con los manteles del altar de su capilla, por si alguien le pudiese ver, fuese como fuese, y pasó a la de la depositada. Miróle al rostro, y parecía con su serenidad y apacibilidad que le daba las gracias de tan buen oficio y defensa como le debía. Y pisando con los pies alguna cosa, vio que eran las prendas que habían quitado a la muerta. Recogiólas todas, y poniéndolas con gran respeto en el pecho y componiendo muy bien el velo y el vestido, le puso en las manos un papelcito doblado que decía, escribiéndolo con lápiz que traía consigo:

«Esta noche entre las doce y la una dos hombres infames y descomulgados han cambiado los dijes y adornos de esta doncella y se llevaban los que traía puestos. Pasar querían a ultrajalla; mas otro muerto que invisiblemente la guardaba hala defendido del ultraje y profanación que iba a padecer, y recogido las prendas robadas. Si se quiere saber quiénes son los desalmados que tan gran maldad acometieron, véase quién de los sirvientes de esta iglesia está gravemente contuso de la espalda, y él es uno de ellos y sabe del otro.» Hecho esto y al retirarse vio una cosa blanca en el suelo, alzóla y se halló que era el bolsillo de los treinta escudos que el perdido del joven había dado al sacristán y se había éste dejado caer sin cuidar de recogerle. Míos son, dijo; porque aunque los haga vocear al pregonero, seguro es que no vendrá su dueño a pedillos. Y con esto se retiró a su capilla, volviendo los candeleros a su lugar, y se recostó en el arca.

Mas de la escena que había visto le comenzó a nacer en el ánimo tan grande horror, que se le levantaron los pelos de la cabeza, y se le iba la fuerza de los miembros y la vida del corazón. Al fin, pensado en la obra tan caritativa, y tan heroica y santa que había hecho se fue sosegando y aguardó el día.

Púsose luego a pensar en su estado, y después de verse mil veces en poder de los alguaciles de Huesca y de escapárseles otras tantas por casualidad, y a malas penas, todo en su imaginación, determinó hacer la más atrevida y graciosa travesura que hombre jamás ha imaginado, como se verá en el capítulo siguiente.