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sábado, 13 de julio de 2019

María Luisa de Parma, tele de sincuantassing pulgades

María Luisa de Parma robán dissimuladamén una tele de 55 (sincuantassing) pulgades. 
 
 
Patrossine esta entrada: Puyo Valderrobres.
 
Puyo área tecnológica, Valderrobres, la estirpe de Ramonet Puyo (que bon sel tingue)
 
 
 
María Luisa de Parma (Parma, 9 de diciembre de 1751-Roma, 2 de enero de 1819) fue reina consorte de España como esposa de Carlos IV, de quien era prima carnal por el lado paterno. Era nieta de Luis XV de Francia, hermana de Fernando I de Borbón-Parma y también prima carnal de los reyes franceses Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X. Se la considera la última reina del Antiguo Régimen en España.
 
Era hija de Felipe I, hermano de Carlos III de España y duque de Parma y de la princesa Luisa Isabel de Francia, hija del rey Luis XV. Según muchos historiadores,[cita requerida] recibió una educación discutible, bajo influencia del controvertido abad Étienne Bonnot de Condillac, quien defendía ciertas libertades en cuanto a moralidad que en aquella época resultaban impropias de las damas nobles.
 
En 1765 contrajo matrimonio con el príncipe de Asturias, futuro Carlos IV; eran primos carnales por vía paterna y parientes cercanos por la vía materna de María Luisa. En 1788 se convirtió en reina consorte de España tras producirse la muerte de su suegro el rey Carlos III y ser reconocido como rey de España su esposo, Carlos IV. María Luisa de Parma ejerció una gran influencia sobre su marido. Sufrió un ostensible deterioro físico por los numerosos embarazos y partos. Un problema que tuvo María Luisa fue que varios de sus hijos tenían problemas de salud y de crecimiento: de niña la infanta Carlota Joaquina era demasiado pequeña para su edad; la infanta María Amalia también era demasiado pequeña y estaba constantemente enferma; el príncipe Fernando era muy enfermizo y físicamente inmaduro (llegó a rasurarse por primera vez a los 18 años); de niña la infanta María Isabel era demasiado pequeña para su edad. Esto provocó fuertes rumores en la corte que decían que una maldición pesaba sobre María Luisa y que por eso sus hijos eran enfermizos y físicamente inmaduros. La correspondencia diplomática de diversos embajadores acreditados en España revela los rumores que corrían en la corte madrileña sobre la mala salud de los hijos de María Luisa, particularmente en la década de 1780, que es cuando los rumores tomaron mayor fuerza tras la muerte de los infantes gemelos en 1784.
 
Tras el matrimonio en 1802 del príncipe Fernando con María Antonia de Nápoles, que mantuvo una mala relación personal con ella —la animadversión era mutua; María Luisa le escribió al favorito Manuel Godoy: «¿Qué haremos con esa diabólica sierpe de mi nuera y marrajo cobarde de mi hijo?»—, el llamado «partido napolitano» formado alrededor de los príncipes de Asturias lanzó todo tipo de insidias contra ella y contra Godoy, que la reina madre de Nápoles María Carolina, instigadora de las acciones de su hija, se ocupaba de difundir por toda Europa. Entre otras calumnias se llegó a decir que Godoy era el verdadero padre de la infanta María Isabel de Borbón y del infante Francisco de Paula de Borbón. La reacción de Godoy fue fulminante: en septiembre de 1805 ordenó la expulsión de la corte de varios nobles del entorno de los príncipes de Asturias y más tarde expulsó de España al embajador de Nápoles y su esposa, poco después de que a finales de diciembre de 1805 el reino de Nápoles fuera conquistado por Napoleón y la reina María Carolina destronada, con lo que desaparecía la que había sido el principal referente político del «partido napolitano».
 
Después del fallecimiento en mayo de 1806 de la princesa de Asturias, el ahora llamado «partido fernandino» mantuvo los ataques contra la reina y contra Godoy.​ Con el pleno consentimiento y participación del príncipe Fernando se continuó con una soez campaña de desprestigio contra ellos que consistió en la elaboración de dos series de treinta estampas a todo color cada una, acompañadas de textos que explican o complementan los dibujos, en las que, en palabras del historiador Emilio La Parra López, «en tono procaz y a base calumnias se ridiculizó hasta lo indecible a la reina y a Godoy». La primera serie estaba dedicada al encumbramiento de Godoy —apodado en las estampas como «Manolo Primero, de otro nombre Choricero» o como AJIPEDOBES (que debe leerse de derecha a izquierda)— gracias a los favores de la reina María Luisa que era presentada como una depravada sexual devorada por la lujuria.
 
Estuvo enfrentada con numerosos miembros de la Corte española del momento. Destacó la rivalidad que mantuvieron la reina y la duquesa de Alba, musa de Goya. También tuvo desavenencias con la duquesa de Osuna.
 
La firma del Tratado de Fontainebleau (1807) provocó la entrada del ejército francés en España. Coincidiendo con este hecho se organizó una conjura en la que tomó parte el príncipe de Asturias, Fernando, futuro Fernando VII. El 17 de marzo de 1808 tuvo lugar el Motín de Aranjuez que logró la caída de Manuel Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo. Napoleón Bonaparte aprovechó la situación para intervenir en España al forzar a su vez la abdicación de Carlos IV en su favor y la renuncia del príncipe Fernando a sus derechos de sucesión. Napoleón les había obligado a acudir a Bayona. Este episodio es conocido como las abdicaciones de Bayona y tuvo lugar el 5 de mayo de 1808.
 
María Luisa acompañó a su marido al destierro, primero en Francia, confinados por Napoleón en Compiègne, y posteriormente en Roma, donde falleció, reinando ya su hijo Fernando en España, el cual ordenó el traslado de los restos de sus padres para ser enterrados en el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial.
 
María Luisa y Carlos IV tuvieron catorce hijos en trece embarazos (aparte de estos, la reina tuvo 10 embarazos más que acabaron todos en abortos espontáneos,​ lo cual suma un total de 23 embarazos). De ellos, siete llegaron a la edad adulta:
 
La familia de Carlos IV (1800), obra de Francisco de Goya, Museo del Prado.

La familia de Carlos IV (1800), obra de Francisco de Goya, Museo del Prado.
Carlos Clemente (19 de septiembre de 1771 - 7 de marzo de 1774)
Carlota Joaquina (25 de abril de 1775 - 7 de enero de 1830), reina de Portugal
Un aborto de una niña en el 4º mes de embarazo (19 de diciembre 1775)
Un aborto de una niña en el 6º mes de embarazo (16 de agosto de 1776)
María Luisa (11 de septiembre de 1777 - 2 de julio de 1782)
Un aborto en el 1.er mes de embarazo (22 de enero de 1778)
María Amalia (9 de enero de 1779 - 22 de julio de 1798)
Carlos Domingo (5 de marzo de 1780 - 11 de junio de 1783)
Un aborto de un niño en el 4º mes y medio de embarazo (17 de enero de 1781)
María Luisa (6 de julio de 1782 - 13 de marzo de 1824), reina de Etruria
Carlos Francisco (5 de septiembre de 1783 - 11 de noviembre de 1784)
Felipe Francisco (5 de septiembre de 1783 - 18 de octubre de 1784)
Fernando VII (14 de octubre de 1784 - 29 de septiembre de 1833), rey de España.
Carlos María (29 de marzo de 1788 - 10 de marzo de 1855), pretendiente carlista.
María Isabel (6 de julio de 1789 - 13 de septiembre de 1848), reina de las Dos Sicilias.
Un aborto en el 1.er mes de embarazo (4 de diciembre de 1789)
Un aborto en el 1.er mes de embarazo (30 de enero de 1790)
Un aborto en el 1.er mes de embarazo (30 de marzo de 1790)
María Teresa (16 de febrero de 1791 - 2 de noviembre de 1794)
Felipe María (28 de marzo de 1792 - 1 de marzo de 1794)
Un aborto de un niño en el 5º mes y medio de embarazo (11 de enero de 1793)
Francisco de Paula (10 de marzo de 1794 - 13 de agosto de 1865), duque de Cádiz.
Un aborto de un niño en el 4º mes y medio de embarazo (20 de marzo de 1796)
Un aborto en 1799.
 
Ha sido uno de los miembros más impopulares de la realeza española a lo largo de la historia. Hoy en día se tiende a matizar la leyenda negra que ensombreció su reputación en el siglo XIX. Su relación con Manuel Godoy, aunque muy estrecha, pudo carecer del componente sexual que se le suponía.
De joven, fue una princesa de aspecto agradable, al menos por los retratos que se conocen de Mengs y otros artistas. Pero ya casada, los sucesivos partos hicieron que perdiese casi toda la dentadura, como era común en la época, por lo que tuvo que recurrir a dientes postizos de marfil. Estas prótesis asombraban por su perfección.
En la corte circularon rumores que decían que una maldición pesaba sobre María Luisa pues varios de sus hijos habían muerto siendo muy pequeños.
Aún mayor, se sentía orgullosa de la turgencia de sus brazos, y encargaba sus vestidos con mangas apropiadas para lucirlos.
Su protegido, el primer ministro Godoy, le regaló un caballo (llamado Marcial) con el que fue retratada por Goya (Museo del Prado).
Se rumoreaba que ella y Godoy envenenaron a la primera esposa de Fernando, María Antonia de Nápoles.
La tarde del día 2 de enero de 1819, Fray Juan de Almaraz fue requerido por la reina para la que sería su última confesión. En ella le hacía partícipe de algo inaudito, algo que asombró al clérigo y que a la postre le iba a arruinar la vida: "Ninguno de sus hijos era de legítimo matrimonio". También le instó a que redactara un documento con esa declaración para que se hiciera público una vez que el confesor hubiera muerto. Instantes después, la reina fallecía. Fray Juan de Almaraz, pensó en la orden que le había dado la reina y a los pocos días, el 8 de enero de 1819, redactó un documento que guardó en sobre lacrado:
"Como confesor que he sido de la reina madre de España (q.e.p.d.) Doña María Luisa de Borbón. Juro imberbum sacerdotis como en su última confesión que hizo el 2 de enero de 1819 dijo que ninguno, ninguno de sus hijos e hijas, ninguno era del legítimo matrimonio; y así que la dinastía Borbón de España era concluida, lo que declaraba por cierto para descanso de su alma, y que el Señor la perdonase. Lo que manifiesto por tanto amor que tengo a mi rey el señor don Fernando VII. Por quién tanto he padecido con su difunta madre. Si muero sin confesión, se le entregará a mi confesor cerrado como está, para descanso de mi alma. Por todo lo dicho pongo de testigo a mi Redentor Jesús para que me perdone mi omisión".
 
Muy aficionada a las joyas, el principal creador de ellas durante su reinado fue Leonardo Chopinot, que llegó a ser Guardajoyas Real.
 
Películas en las que aparece el personaje de María Luisa de Parma.
 
Año Película Director Actriz que interpreta a la reina
2006 Los fantasmas de Goya Miloš Forman Blanca Portillo
1999 Volavérunt Bigas Luna Stefania Sandrelli
1995 Carlota Joaquina, Princesa do Brazil Carla Camurati Vera Holtz
 
La Parra López, Emilio (2018). Fernando VII. Un rey deseado y detestado. XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Barcelona: Tusquets. ISBN 978-84-9066-512-1.
RUBIO, María José. Reinas de España. Siglos XVIII al XXI. De María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. Madrid: La Esfera de los Libros, 2009.

viernes, 14 de diciembre de 2018

JORNADA TERSERA. NOVELA SEXTA

Ricciardo Minútolo vol a la dona de Filippello Sighinolfo, a la que advertín selosa y diénli que Filippello al día siguién se reunirá en la seua dona a uns bañs, la fa aná allí y, creén que ha estat en lo home se trobe en que ha estat en Ricciardo.
 
Res mes li quedabe per di a Elisa cuan, alabada la sagassidat de Assicalat, la Reina li va di a Fiameta que continuare en una história, y ella, tota sonrién, va contestá: 
- Siñora, de bona gana.
Y va escomensá:
Mos convé eixí de la nostra siudat, que tan com es abundán en atres coses tamé u es en ejemplos de tota classe, y com Elisa ha fet, tos contaré algo de les coses que pel món han passat, y per naixó, passán a Nápoles, tos contaré cóm una de estes beates que se mostren tan esquives al amor va sé pel ingenio del seu amán portada a sentí los fruits del amor abáns de que haguere conegut les flos o les yemes; lo que a un tems tos fará mes cauteloses en les coses que poden sobrevíndretos y tos deleitará en les ocurrides. 
 
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A Nápoles, Napols, siudat antiquísima y potsé tan deleitable, o mes, que cap atra a Italia, ñabíe un jove noble de sang y espléndit per les seues riqueses, de nom ere Ricciardo Minútolo. Este, encara que per dona teníe a una hermossíssima y grassiosa jove, se va enamorá de una que, segóns la opinió de tots, en mol sobrepassabe en hermosura a totes los demés dames napolitanes. Se díe Catella, y ere la dona de un jove noble de nom Filippello Sighinolfo, al que ella, honestíssima, mes que a res amabe y teníe en apressio. Amán, pos, Ricciardo Minútolo an esta Catella y ficán en obra totes aquelles coses per les que la grássia y l´amor de una dona tenen que podé conquistás, y en tot alló no podén arribá a res del que dessichabe, se desesperabe, y del amor no sabén o no podén deslligás, ni sabíe morís ni li aprofitabe viure. Y en tal disposissió están, va passá que per les dones que eren les seues parentes va sé un día bastán alentat per a que se desfaiguere de tal amor pel que en vano se cansabe. Com Catella no teníe datre be que Filippello, del que ere tan selosa que hasta temíe que los muixóns que pel aire volaben lay prengueren. Ricciardo, sabén dels sels de Catella, de repén va maquiná una manera de satisfé los seus dessichos y va escomensá a mostrás desesperat pel amor de Catella y a habél ficat en un atra noble Siñora, y per amor seu va escomensá a mostrás justán a caball y luchán y fen totes aquelles coses que per Catella solíe fé. Y no u habíe fet mol tems cuan al ánimo de tots los napolitans, y tamé de Catella, estabe que ya no volíe a Catella sino an esta segona Siñora, y tan en aixó va perseverá que tan per sert per tots ere tingut alló que hasta Catella va dixá de sé fura en ell per l´amor que tíndrela solíe, y com si fore de la família, com a veí, al aná y al vindre lo saludabe com fée als atres.
Va passá que, fen una caló que ataubáe, moltes compañíes de dames y caballés, segóns la costum dels napolitans, van aná a recreás a la voreta del mar y a diná allí y a sopá allí; sabén Ricciardo que Catella en la seua compañía habíe anat, tamé ell en los seus amics s´hi va atansá, y en la compañía de les dames de Catella va sé ressibit, fénse primé de rogá, com si no li apetiguere quedás allí. Allí les Siñores, y Catella en elles, van escomensá a gastáli bromes sobre lo seu nou amor, y mostránse mol inflamat, mes materia los donabe per a parlá. Después, habénsen anat una de les Siñores cap allí y l’atra cap allá, com se fa an aquells puestets, habénse quedat Catella en unes poques allí aon Ricciardo estabe, va dixá caure Ricciardo miránla an ella una alusió a sert amor de Filippello lo seu home, pel que ella va sentí sels de repén y per dins va escomensá tota a ensendres en dessich de sabé lo que Ricciardo volíe di. Y después de contindres una mica, no podén aguantá mes, li va rogá a Ricciardo que, per l'amor de la Siñora a qui ell mes amabe, li vinguere en gana aclaríli lo que habíe dit de Filippello. 
Ell va di:
- Me hau conjurat y no tos puc negá res de lo que me demanéu, y per naixó tos u diré, si me prometíu que ni una paraula diréu ni an ell ni a datre, mes que cuan veigáu per los fets que es verdat lo que vach a contátos, que si voléu tos enseñaré cóm podéu vórel. A la Siñora li va aná be lo que li demanabe, y va creure que ere verdat, y li va jurá no díu may. Retirats, pos, apartadets, per a no sé sentits per los demés, Ricciardo va escomensá a díli aixó: 
- Siñora, si yo tos vullguera com tos vach volé, no osaría dítos res que tos dolguere, pero com aquell amor ha passat me cuidaré menos de dítos la verdat de tot. 
No sé si Filippello alguna vegada va pendre a ultraje l´amor que yo tos tenía, o si ha tingut lo pensamén de que alguna vegada vach sé amat per vos, pero a mí may me va demostrá res. Pero potsé esperán lo momén adecuat, cuan yo menos u sospechara, amostre vóldre fém a mí lo que crec que pense que li hay fet yo, es di, vóldre tíndre a la meua dona per a plaé seu, y segóns me pareix la ha solissitat desde fa no mol tems hasta ara en moltes embajades, que totes hay sabut per nella, y ella li ha donat la resposta que yo li hay manat. Pero este matí, abáns de vindre aquí, hay trobat a la meua dona a casa en un atra dona en secret consiliábul, y enseguida me ha paregut de qué parláen. Hay cridat a la meua dona y li hay preguntat qué volíe aquella. Me ha dit: 
«Es eisse fisó y corcó de Filippello, al que donánli respostes y esperanses tú mel has futut damún, y diu que vol sabé lo que enteng fé, y que, si yo vullguera, faríe que yo puguera aná secretamen a una casa de bañs de esta siudat y en aixó me rogue y me canse, y si no fore perque me has fet tíndre estos trates, mel hauría tret de damún de tal manera que may hauríe ficat los ulls aon yo haguera estat». 
Ara me pareix que ha anat massa lluñ y que ya no sel pot soportá mes, y dítosu per a que conegáu quina recompensa ressibix la vostra fiel lealtat per la que yo vach está a pun de morí. Y per a que no cregáu que són cuentos y fábules, si teníu ganes de vóreu y tocáu, vach fé que la meua dona li donare an aquella que esperabe esta resposta: 
que aniríe en son demá cap a la michdiada, cuan la gen dorm, an eixa casa de bañs, en lo que la dona sen va aná contentísima. 
Ara, no creuréu que la enviaría allí, pero si yo estiguera al vostre puesto faría que ell me trobare allí en ves de aquella en qui pensabe trobás, y cuan haguera estat una mica en ell, li faría vore en quí habíe estat; y fen aixó crec que sel ficaríe en tanta vergoña que al mateix pun lo despressio que a vos y a mí vol fé siríe vengat.
Catella, al sentí aixó, sense tíndre en considerassió quí ere qui lay díe ni los seus engañs, segóns la costum dels selosos, va doná fe an aquelles paraules, y sertes coses passades abáns va escomensá a lligá en este fet; y ensenénse en ira, va contestá que ella faríe alló, que no ere tanta faenada féu y que sertamen si ell anabe allí li faríen passá tal vergoña que sempre que veiguére an alguna dona después se li vindríe a la memória. Ricciardo, contén en aixó y pareixénli que lo seu invento habíe sigut bo y donabe resultat, en atres moltes paraules la va confirmá en alló y va aumentá la seua credulidat, rogánli que no diguere may que lay habíe dit ell; lo que ella li va prométre pel seu honor.
Al matí siguién, Ricciardo sen va aná a una bona dona que dirigíe aquells bañs que li habíe dit a Catella, y li va di lo que enteníe fé, y li va rogá que en alló li ajudare. 
La bona dona, que mol obligada li estabe, li va di que be u faríe, y en ell va consertá lo que habíe de fé o di. Teníe ésta, a la casa aon estaben los bañs, una alcobeta mol fosca, perque no ñabíe an ella cap finestra per la que entrare la llum. Aquella, segóns les indicassións de Ricciardo, va prepará la bona dona y va prepará a dins un llit tan be com va pugué, al que Ricciardo, com u habíe planejat, se va ficá y se va quedá esperán a Catella.
La Siñora, sentides les paraules de Ricciardo y habénles donat mes fe del que mereixíen, plena de indignassió, va torná per la nit a casa, aon per cassualidat Filippello despistat en uns atres pensaméns tamé va torná y no li va fé lo ressibimén que acostumbrabe a féli. Notánu ella, va tíndre mes sospeches de les que teníe, diénse an ella mateixa: 
«En verdat, éste té lo cap ficat a la dona en qui demá creu que se donará plaé y gust, pero aixó no passará.»
Y en tal pensamén, imaginán lo que li diríe cuan ya haguere estat en ell, va passá tota la nit. Arribada la hora de nona, Catella va péndre la seua compañía y sense cambiá de propósit sen va aná cap an aquells bañs que Ricciardo li habíe enseñat; y trobán allí a la bona dona li va preguntá si Filippello ya habíe vingut. A lo que la bona dona, adoctrinada per Ricciardo, va di: 
- ¿Sou la Siñora que té que vindre a parlá en ell?
Va contestá Catella:
- Sí, yo soc.
- Pos - va di la bona dona- , anéu en ell.
Catella, que anabe buscán lo que no hauríe volgut trobá, fénse portá a la alcoba aon estabe Ricciardo, en lo cap cubert va entrá an ella y va tancá per dins. Ricciardo, veénla vindre, alegre se va ficá de peu y ressibínla als seus brassos li va di en veu baixeta: 
- ¡Benvinguda sigue l´alma meua!
Catella, per a mostrá que ere un atra, lo va abrassá y lo va besá li va fé grans festes sense di ni una paraula, tenín temó de que si parlabe la reconeguére. La alcoba estabe fosca com la boca de un llop, per lo que cada una de les parts estabe contenta; y no per está allí mol tems guañaben los ulls mes vista. Ricciardo la va portá al llit y allí, sense parlá per a que no puguere reconeixe la veu, durán mol tems en gran plaé y gust, mes per una de les parts que de l’atra van está; pero después de que a Catella li va pareixe tems de dixá eixí la indignassió, ensesa per la ira, va escomensá a cridá aixina:
- ¡Ay!, ¡qué misserable es la fortuna de les dones y que mal se emplee l´amor de moltes en los seus homes! Yo, misserable de mí, fa vuit añs ya que te amo mes que a la meua vida, y tú, com u hay sentit y ara vist, vas tot calén y te consumixes pel amor de una dona extraña, home culpable y mol roín. ¿Pos en quí te creus que has estat? Has estat en aquella que se ha gitat a la teua vora durán vuit añs; has estat en aquella a qui en falsos afalagamens has engañat mostránli amor y están enamorat de un atra. Soc Catella, no soc la dona de Ricciardo, traidó desleal: escolta a vore si reconéixes la meua veu, que soc ella; faltarán mil añs hasta que a la llum estiguém per a avergoñít com u meréixes, gos asquerós y deshonrat. ¡Ay, misserable de mí!, ¿a quí li hay dedicat tan amor tans añs? An este chucho desleal que, creénse tíndre en brassos a una dona extraña, m'ha fet mes caríssies y tendreses en este poc tems que hay estat aquí en ell que en tot lo restán que hay sigut seua. ¡avui has sigut ben pito y potén, gos renegat, cuan a casa sols mostrát tan fluix, cansat y sense forsa! Pero alabat sigue Déu que lo teu hortet has llaurat y no lo de un atre, com te creíes. No me extrañe que esta nit no te arrimares; esperabes descarregá la cárrega a un atra part y volíes arribá mol fresc caballé a la batalla: ¡pero grássies a Déu y a la meua artimaña, l´aigua per fin ha baixat per aon debíe! ¿Per qué no contestes, home culpable? ¡Per Déu que no sé per qué no te fico los dits als ulls y tels trac! Te vas creure que de amagatontes podíes fé esta traissió. ¡Per Déu, tan sap un com l´atre; no has pogut: millós sabuessos te hay tingut detrás del que creíes!
Ricciardo chaláe en estes paraules y, sense contestá res la abrassabe y la besabe y mes que may li fée grans caríssies. Pel que ella, que seguíe parlán, diebe: 
- Sí, te creus que ara me afalagues en les teues caríssies fingides, gos fastidiós, y me vols tranquilisá y consolá; estás equivocat: no me consolaré de aixó hasta que no te hayga presentat a la vergoña de tots los paréns, amics y veíns tením. ¿Pos no soc yo, mol roín, tan hermosa com u pugue sé la dona de Ricciardo Minútolo?, ¿no soc igual en noblesa an ella? ¿No dius res, gos sarnós? ¿Qué té ella mes que yo? Apártat, no me tocos, que per avui ya has combatit prou. Be sé que ya, ara que saps quí soc, lo que faigues u farás forsadamen: pero aixina Déu me dono la seua grássia que te faré passá carénsia, y no sé per qué no envío a per Ricciardo, que me ha amat mes que an ell mateix y may va pugué gloriás de que lo mirara ni una vegada; y no sé qué mal haguere ñabut en féu. Tú has cregut tíndre aquí a la seua dona y es com si la hagueres tingut, perque per tú no ha quedat; pos si yo lo tinguera an ell no me u podríes criticá, en tota la raó del món.
Aixina, les paraules van sé moltes y la amargura de la Siñora gran; pero al final Ricciardo, pensán que si la dixabe anássen en esta creénsia a mol mal podríe portá, va dessidí descubrís y tráurela del engañ en que estabe; y agarránla en brassos y apretánla be, de manera que no puguere anássen, va di: 
- Alma meua dolsa, no tos enfadéu; lo que sol amán no podía tíndre, Amor me ha enseñat a conseguíu en engañ, y soc lo vostre Ricciardo.
Sentín aixó Catella, y reconeixénlo per la veu, va vóldre aventás fora del llit, pero no va pugué; entonses va volé cridá, pero Ricciardo li va tapá la boca en una de les máns, y va di: 
- Siñora, ya no pot sé que lo que ha passat no haygue passat; encara que cridáreu durán tot lo tems de la vostra vida, y si quirdéu o de alguna manera féu que aixó se sápigue alguna vegada per algú, passarán dos coses. La una sirá (que no poc té que importátos) que lo vostre honor y la vostra fama se empañarán, perque encara que diguéu que yo tos hay fet vindre aquí en engañs yo diré que no es verdat, sino que tos hay fet vindre aquí en dinés y preséns que tos hay prometut y que com no tos u hay donat tan cumplidamen com esperábeu tos hau enfadat, y per aixó parléu y quirdéu, y sabéu que la gen está mes disposada a creure lo roín que lo bo y me creurá abáns a mí que a vos. Ademés de aixó, se seguirá entre lo vostre home y yo una mortal enemistat y podríen ficás les coses de modo que o yo lo matara an ell abáns o ell a mí, pel que may podríeu está después alegre ni contenta. Y per naixó, cor meu, no vullgáu infamátos y ficá en perill y buscá riñes entre lo vostre home y yo. No sou la primera ni siréu la radera que es engañada, y yo sol tos hay engañat pel exessiu amor que tos ting y estic disposat sempre a tíndretos, y a sé lo vostre humildíssim criat. Y si fa mol tems que yo y les meues coses y lo que puc y valgo han sigut les vostres y están al vostre servissi, enteng que u siguen mes que may de aquí en abán. Ara, vos sou prudén en les atres coses, y estic segú que tamé u siréu en ésta.
Catella, mentres Ricciardo diebe estes paraules, ploráe mol, y encara que mol cabrejada estiguere y mol se lamentare, no va dixá de escoltá la raó en les sinseres paraules de Ricciardo, y va vore que ere possible que passare lo que Ricciardo diebe; pel que va di:
- Ricciardo, yo no sé cóm Déu me permitirá soportá la ofensa y lo engañ que me has fet. No vull cridá aquí, aon la meua simplesa y exessius sels me han portat, pero estáte segú de aixó, no estaré may contenta si de un modo o atre no me vech vengada del que me has fet; per naixó díxam, no me tocos mes; has tingut lo que has dessichat y me has humillat tan com has vullgut; es hora de que me díxos. Díxam, te u rogo.
Ricciardo, que sen donabe cuenta de que ella estabe encara massa enfadada, se habíe proposat no dixála anássen hasta conseguí que se calmare; pel que, escomensán en dolses paraules a ablaníla, tan va di, y tan va rogá y tan va jurá que ella, vensuda, va fé les paus en ell, y en lo mateix dessich per les dos parts se van quedá juns en grandíssim gust durán mol rato. Y veén entonses la Siñora que eren mes gustosets los besets del amán que los del home, transformada la seua duresa en dols amor per Ricciardo, desde aquell día cap abán lo va vóldre y, obrán en prudensia, moltes vegades van gosá del seu amor. 
Que Déu mos faigue chalá del nostre.


séptima

miércoles, 26 de septiembre de 2018

SEGONA JORNADA. NOVELA SEXTA.

Madama Beritola, trobada en dos cabridets a una isla, habén perdut dos fills, sen va de allí cap a Lunigiana, aon un dels fills va a serví al seu siñó y en la filla de éste se gite, y lo fiquen a la presó; Sicilia rebelada contra lo rey Carlos, y reconegut lo fill per la mare, se case en la filla del seu siñó y trobe a són germá, y tornen a tindre una alta possisió.

Sen habíen enrit mol les Siñores y los joves de les aventures de Andreuccio, cuan Emilia, advertín la historia acabada, seguín lo orde de la Reina aixina va escomensá:

Coses series y doloroses són los movimens de la fortuna, sobre los que crec que no desagrade tindre que sentí tan als felisos com als desgrassiats, als primés fa precavits y als segóns console. Y per naixó, encara que grans coses hayan sigut dites abáns, enteng contátos una historia tamé verdadera y piadosa, que, encara que alegre final tingue, va sé tanta y tan llarga la seua amargura, que apenes puc creure que alguna vegada la dolsificare la alegría que la va seguí:

Mol volgudes Siñores, después de la mort de Federico II lo emperadó, va sé coronat rey de Sicilia Manfredo, al que acompañabe sempre un home noble de Nápoles de nom Arrighetto Capece, teníe per dona a una hermosa y noble dama igualmén napolitana de nom madama Beritola Caracciola.

Arrighetto, tenín lo gobern de la isla a les mans, sentín que lo rey Carlos primé habíe vensut a Benevento y matat a Manfredo, y que tot lo reino se veníe an ell, tenín poca confiansa en la escasa lealtat dels sicilianos no volén convertís en súbdito del enemic del seu siñó, se preparabe per a fugí. Pero sabut aixó per los sicilianos, ell y mols atres amics y criats del rey Manfredo van sé entregats com a prissioneros al rey Carlos, y lo domini de la isla después.

Madama Beritola, en tan gran mudansa de les coses, no sabén qué siríe de Arrighetto y sempre tenín temó de lo que habíe passat, per temó a sé humillada, dixades totes les seues coses, en un fill seu de uns vuit añs de nom Giuffredi, y preñada y pobre, montán a una barcota, va fugí a Lípari, y allí va parí un atre fill mascle al que va nombrá Lo Expulsat;
y en una criandera (nodrissa o assormadora) y tots los demés, a una barqueta va montá per a torná a Nápoles en los seus paréns. Pero va passá lo que no se esperaben: per la forsa del ven, lo barquet minudet, que a Nápoles teníe que arribá, va sé transportat a la isla de Ponza, aon van entrá a una caleta, y se van ficá a esperá la oportunidat per a continuá lo viache. Madama Beritola, desembarcán y fen terra a la isla com los demés, y trobat un puesto solitari y ben lluñ, allí se va retirá sola a queixás pel seu Arrighetto. Y fen lo mateix tots los díes, va passá que, están ella ocupada en la seua aflicsió, sense que dingú, ni marinero ni atre, sen donare cuenta, va arribá una galera de corsaris, que los van capturá a tots y sen van aná.

Madama Beritola, acabat lo seu diari lamén, tornán a la playa per a vore als seus fills, com acostumbrabe fé, a dingú va trobá allí, del que se va maravillá primé, y después, sospechán lo que habíe passat, los ulls cap al mar va atansá y va vore la galera, encara no mol alluñada, que remolcabe al barquet, pel que va está segura de que, igual que al home, habíe perdut als fills; y pobre y sola y abandonada, sense sabé si podríe trobá an algú, veénse allí, desmayada, cridán al home y als fills, va caure a la playa.

No ñabíe aquí dingú que en aigua freda o en un atre michá a les desmayades forses cridare, pel que al seu albedrío van pugué los espíritus aná bambán per aon van volé ; pero después li van torná les forses, jun en mes llágrimes, y mol tems va cridá als fills y per totes les cavernes y covaches los va aná buscán. Cuan va vore que se fatigabe inútilmen y caíe la nit, esperán y no sabén qué fé, se va preocupá una mica y, anánsen de la playa, an aquella caverna aon acostumbrabe a plorá y a queixás va torná. Y cuan la nit ya habíe passat, en molta temó y en incalculable doló, y lo nou día habíe vingut, y ya passada la hora de tersia, com la nit abáns no habíe sopat, obligada per la fam, se va ficá a pasturá herba; y pasturán com va pugué, plorán, anáe pensán sobre la seua futura vida allí. Y mentres cavilabe, va vore vindre una cabreta que va entrá allí prop a una coveta, y después de un ratet va eixí de ella y sen va aná pel bosque; pel que, eixecánse, allí va entrá, de aon habíe eixit la cabreta, y va vore dos cabridets potsé naixcuts lo mateix día, que li van pareixe la cosa mes dolsa del món y la mes grassiosa; y com encara no se li habíe retirat la lleit dels pits después del parto, los va agarrá téndramen y los va assormá en les seues mamelles y mugrons.
Estos no van repudiá lo servissi, igual mamaben de ella com u hagueren fet de la seua mare, y de entonses en abán entre la mare y ella cap distinsió van fé; pareixénli a la noble Siñora habé trobat an esta isla deserta compañía, pasturán herbes y bebén aigua y plorán pel home y los fills y enrecordánsen de la seua vida passada, allí a viure y a morí se habíe disposat. Y, vivín aixina, la noble Siñora en fiera convertida, va passá que, después de algúns mesos, per fortuna va arribá tamé un barquet de pissanos (de Pisa) allí aon ella habíe arribat abáns, y se van quedá uns cuans díes. Ñabíe an aquell barco un home noble de nom Currado dels marquesos de Malaspina en una dona seua valenta y santa; y veníen en peregrinassió de tots los sans llocs que ña al reino de Apulia (Puglia) y a casa seua tornaben. Per a entretindre lo aburrimén, en la seua dona y algúns criats y gossos, un día van volé baixá a la isla; y no mol lluñ del puesto aon estabe madama Beritola, van escomensá los gossos de Currado a seguí als dos cabridets, que, ya granets, estaben pasturán; los cabridets, acassats pels gossos, van escampá cap a la caverna aon estabe madama Beritola. Ella, veén aixó, ficánse de peu y agarrán un tocho, va fé tirá cap atrás als gossos; y allí Currado y la seua dona, que als seus gossos seguíen, van arribá, y veénla morena y prima y peluda com se habíe ficat, se van assustá y extrañá, y ella mol mes que ells. Pero después de que als seus rogs habíe Currado aguantat als seus gossos, después de moltes súpliques van conseguí que diguere quí ere y qué fée allí, y ella los va contá tota la seua historia y les seues desventures. Lo que, sentín Currado, que habíe conegut mol be a Arrighetto Capece, va plorá de compassió y en moltes paraules se les va ingeniá per a apartála de esta dessisió tan rigurosa, oferínli portála a casa seua o tíndrela en ells en lo mateix honor que a san germana, y que allí se quedare hasta que Déu mes alegre fortuna li deparare. An estes ofertes no se va plegá la Siñora, y Currado va dixá en ella a la seua dona y li va di que enviaríe minjá, y robes, perque estabe vestida en draps, per no di que estabe descorcholí, en pilotes, y que u probare tot per a emportássela en ells. Quedánse en ella la noble Siñora, habén plorat mol en madama Beritola los seus infortunios o les seues desgrássies, fets vindre vestits y viandes, en la faenada mes gran del món la va convense de minjá y vestís. Y después de mols mes rogs, dién ella que no volíe aná aon fore coneguda, va conseguí que anare en ells a Lunigiana, en los dos cabridets y la cabreta, que mentrestán habíe tornat aon estaben elles y li habíe fet grandíssimes festes a la noble Siñora. Y aixina, vingut lo bon tems, madama Beritola en Currado y en la seua dona al barco van montá, y en ells la cabra y los dos chotets.

Com no sabíen lo nom de la dona, la van cridá Quirrina; y, en bon ven, pronte van arribá hasta lo delta del Magra, aon van baixá del barco y als seus castells van pujá. Allí, a la vora de la dona de Currado, madama Beritola, en trajes de viuda, com una damissela seua, honesta y humilde y ben creguda va está, guardán lo amor per als seus cabridets y fénlos alimentá.

Los corsaris que habíen assaltat y enganchat lo barco a Ponza en lo que madama Beritola habíe vingut dixánla an ella perque no la habíen vist, en tota la demés gen sen van aná cap a Génova; y allí dividit lo botín entre los amos de la galera, li van tocá, entre atres coses, la niñera de madama Beritola y los dos chiquets a un tal micer Guasparrino de Oria, que los va enviá a casa seua per a tindrels com criats de les faenes de la casa.

La niñera, mol apocadeta per la perdua de la seua ame y per la misserable fortuna que los habíe caigut a damún als dos chiquets y an ella, va plorá amargamen; pero después de vore que les llágrimes no li servíen de res, com ere sabia y espabilada, va pensá que si los dos chiquets eren reconeguts, podríen ressibí molesties, y esperán que, cuan fore, cambiare la fortuna pugueren torná al perdut estat, va pensá no descubrí a dingú quí eren: y a tots diebe (los que li habíen preguntat per naixó) que eren los seus fills. Y al mes gran, no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida lo cridabe; al minut no se va preocupá de cambiáli lo nom; y en máxima diligensia li va enseñá a Giuffredi per qué li habíe cambiat lo nom y en quin perill podíe está si fore reconegut, y aixó no una vegada sino moltes y ben assobín li recordabe: lo que lo sagal, que u enteníe be, fée lo que li enseñabe la sabia nodrissa.

Se van quedá, pos, mal vestits y pijó calsats, y féen totes les faenes mes roínes, jun en la niñera, y en passiensia van aná passán mols añs a casa de micer Guasparrino. Pero Giannotto, cuan ya teníe setse añs, tenín mes atrevimén del que sol tindre un criat, rechassán la baixesa de la condissió servil, puján a unes galeres que anaben a Alejandría, del servissi de micer Guasparrino sen va aná y va está per mols puestos, sense pugué millorá gens. Al final, después de uns tres o cuatre añs de habéssen anat de casa de micer Guasparrino, sén un bon mosso y habénse fet gran de estatura, y habén sentit que son pare, al que creíe mort, estabe encara viu encara que en cautividat tingut pel rey Carlos, casi desesperán de la fortuna, vagán com un vagabundo, va arribá a Lunigiana, y allí va entrá per casualidat com a criat de Currado Malaspina servínli en diligensia y a gust. Y com mol poques vegades va vore a sa mare, que en la Siñora de Currado estabe, no la va pugué coneixe, ni ella an ell: la edat los habíe cambiat mol tan al un com al atre, desde que se van vore per radera vegada. Están, pos, Giannotto al servissi de Currado, va passá que una filla de Currado de nom Spina, que habíe enviudat de Niccolo de Grignano, va torná a casa del pare; ella, sén mol bella y agradable y jove, en poc mes de setse añs, per ventura li va ficá los ulls a damún a Giannotto y ell an ella, y la un del atre se van enamorá. Este amor no va está mol tems sense efecte, y mols mesos van passá abáns de que algú sen acatare; pel que, ells, massa segús y confiats, van escomensá a actuá de manera menos discreta que la que se requeríe. Y anán un día per un bosque ple de abres, la jove y Giannotto, dixán a tota la demés compañía, sen van aná dabán, y pareixénlos que habíen dixat mol lluñ als demés, a un puestet idílic y bucólic ple de herbetes y floretes, y voltat de abres, van escomensá a fé lo amor. Y cuan ya habíen estat juns mol rato, que lo gran plaé los va fé trobá mol curtet, van sé alcansats per la mare de la jove primé, y después per Currado. Ell, apenat sobremanera al vore aixó, sense di res del perqué, los va fé agarrá als dos per tres dels seus criats y a un castell seu los van portá lligats; y de ira y de disgust gemegán anáe, disposat a féls morí.
La mare de la jove, encara que mol cabrejada estiguere y reputare digna a la seua filla, habén vist segóns les paraules de Currado quina ere la seua intensió respecte als culpables, no podén soportá alló, donánse pressa va alcansá al enfadat home y va escomensá a rogáli que li faiguere lo favor de no convertís en verdugo de la seua filla y que no se tacare les mans en la sang de un criat seu, y que trobare un atra manera de calmá la ira, com per ejemple ficáls a la presoneta y que penaren y ploraren lo pecat cometut. Y tantes paraules li va está dién la santa dona que va apartá del seu ánimo lo propósit de matáls; y va maná que a diferéns puestos foren engabiats, y allí ben guardats, en poc minjá y moltes incomodidats, hasta que dessidiguere fé un atra cosa en ells; y aixina se va fé.

Y vaya vida van passá tancats y plorán seguit y fen mes dijú que un flare. Portán, pos, Giannotto y Spina una vida tan dolorosa, y habén passat ya un añ sense que Currado sen enrecordare de ells, va passá que lo rey Pere de Aragó, per un acuerdo en micer Gian de Prócida, va sublevá a la isla de Sicilia y lay va pendre al rey Carlos; pel que Currado, com ere gibelino, va fé una gran festa.

Giannotto va sentí parlán an algún de aquells que lo custodiaben, va doná un gran suspiro y va di:

- ¡Ay, triste de mí!, ¡que fa avui ya catorse añs que vach arrastránme pel món, no esperán datra cosa que ésta, y ara que arribe, me ha trobat a la presó, de la que may mes espero eixí, mes que mort!

- ¿Y qué? - va di lo seladó -. ¿Qué te importe a tú lo que faiguen los altissims reys? ¿Qué tens tú que fé a Sicilia?

A lo que Giannotto va di:

- Pareix que me se trenque lo cor enrecordánmen del que mon pare va tindre que fé allí. Encara que yo era mol chiquet cuan vach fugí de allí, men enrecordo de que lo vach vore Siñó en vida del rey Manfredo. Va seguí lo seladó:
- ¿Y quí va sé ton pare?

- Mon pare - va di Giannotto - puc ya manifestáu perque me vech a cubert del perill que tenía descubrínu, se va di y se diu encara, si viu, Arrighetto Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me dic; y no dudo, si de aquí ixquera, que tornán a Sicilia, no tinguera allí encara una altíssima possisió.

Lo bon home, sense di res mes, lay va contá tot a Currado. Sentín aixó Currado, encara que va mostrá no preocupás del prissionero o presoné, sen va aná a vore a madama Beritola y li va preguntá si habíe tingut algún fill de Arrighetto que se diguere Giuffredi. La Siñora, plorán, va contestá que, si lo mes gran dels dos fills seus que habíe tingut estiguere viu, aixina se diríe y tindríe vintidós añs. Sentín aixó, Currado va pensá que podíe fé una gran misericordia y borrá la seua vergoña y la de la seua filla donánlay an aquell per dona; y per naixó, fen vindre secretamen a Giannotto, lo va interrogá en pels y señals sobre tota la seua passada vida. Y trobán una abundansia de indissis de que de verdat ere Giuffredi, fill de Arrighetto, li va di:

- Giannotto, saps lo gran que ha sigut la ofensa que me has fet en la meua filla, habénte tratat be, com té que fes en los criats, teníes que buscá sempre lo meu honor y lo de les meues coses; y mols atres als que hagueres fet lo que a mí me vas fé, te hauríen matat, cosa que grássies a la meua piedat no vas patí. Ara, ya que me dius que eres fill de un home noble y de una noble Siñora, vull que se acabo la teua angustia y tráuret de la miseria y de la presó aon estás, y al mateix tems lo teu honor y lo meu reintegrá al seu debut puesto.

Com saps, Spina, a qui en amorosa amistat vas coneixe, es viuda, y la seua dote es gran y bona, y les costums de son pare y de sa mare los coneixes, per lo que, cuan vullgues, estic disposat a que, ya que deshonestamen va sé la teua amigueta se convertixque honestamen en la teua dona, y que vigues com un fill meu aquí en mí y en ella.
La presó habíe machacat y ablanit la carn de Giannotto, pero lo generós ánimo propi del seu origen no habíe menguat gens, ni tampoc lo verdadé amor que li teníe a la seua dona; y encara que dessichare lo que Currado li oferíe y u veiguere al seu alcanse, gens va atenuá lo que la grandesa del seu ánimo li demanáe di y fé, y va contestá:

- Currado, ni soc un afanós de Señorío ni ting dessich de dinés ni datra raó me va fé may obrá com un traidó contra la teua vida y les teues coses. Vach vóldre a ta filla y la estimo encara, y la voldré sempre, perque la reputo digna del meu amor; y si yo en ella me vach portá poc honestamen segóns la opinió dels vulgars, vach cometre aquell pecat que sempre porte parello la juventut, y que si se vullguere fé desapareixe se hauríe de extinguí la juventut, y éste, si los vells sen vullgueren enrecordá de cuan van sé joves y los defectes dels demés compararen en los seus, no siríe tingut per serio com u es ara per tú y per mols atres; y com amic, no com enemic, vach pecá, y no una vegada, sino moltes. Lo que me oferixes sempre u vach dessichá, y si haguera cregut que me podíe sé consedit, mol tems abáns u hauría demanat. Si no tens pensat fé lo que les teues paraules diuen, no me alimentos en vanes esperanses; fésme torná a la presó, y fésme allí afligí tan com vullgues, que mentres vullga a Spina te voldré a tú per l´amor seu, faigues lo que faigues, y te tindré reverénsia.

Currado, habénlo sentit, se va maravillá y lo va tindre com enamorat per un amor ruén, y mes lo va volé: per naixó, ficánse de peu, lo va abrassá y lo va besá, y sense tardá mes, va maná que portáren a Spina en secreto cap allí. Ella, a la presó, se habíe ficat arguellada, blanca y fluixeta, y un atra dona pareixíe, y Giannotto pareixíe tamé un atre home. Ells, en presénsia de Currado, en consentimén mutuo se van casá segóns la nostra costum. Y después de uns díes, sense que dingú sen enterare del que habíe passat, los van proví de tot alló que nessessitáben o los apetíe, y pareixénlos tems de fé alegrás a les dos mares, cridán a la seua dona y a la Quirrina aixina los va di:

- ¿Qué diríeu, Siñora, si yo tos tornara al vostre fill gran casat en una de les meues filles? A lo que la Quirrina va contestá:  

- No podría ditos res, y no podría estátos mes obligada del que tos estic, pero mol mes u estaría si vos una cosa que me es volguda mes que yo mateixa me tornáreu; y tornánmela de la manera que diéu, me tornaríeu a mí la meua perduda esperansa y la vida. Y plorán, va callá.
Entonses li va di Currado a la seua dona:

- ¿Y a tú qué te pareixeríe, dona, si tel donára per géndre? A lo que la Siñora va contestá:
- No un de ells, que són nobles, sino consevol misserable si a vos tos vinguere en gana, me estaríe be.

Entonses va di Currado:
- Espero fétos alegrá dins de pocs díes.
Y veén ya als dos joves que habíen recuperat lo seu anterió aspecte, vestínlos honradamen, li va preguntá a Giuffredi:

- ¿Qué te agradaríe mes, ademés de la alegría que tens, que vore aquí a ta mare?

A lo que Giuffredi va contestá:

- No me es possible creure que los seus desventurats acsidéns la haiguen dixat viva: pero si aixina fore, mol me agradaríe, y ademés, en lo seu consell, podría recuperá a Sicilia gran part dels meus bens.
Entonses Currado va fé vindre allí a les dos Siñores. Les dos van fé maravilloses festes a la ressién casada, maravillánse de que Currado haguere arribat a sé tan bondadós y fet lo seu parén a Giannotto, al que madama Beritola, per les paraules sentides a Currado, va escomensá a mirá be, y se va despertá an ella algún recuerdo de les infantils facsións de la cara del seu fill, y sense esperá datra demostrassió, en los brassos uberts se li va tirá al coll, ni lo desbordán amor y la alegría materna li van permétre o permití di cap paraula, la van privá de tots los sentits hasta tal pun que com si estiguere morta va caure als brassos del fill que la abrassabe. Ell, encara que mol se extrañare de habéla vist moltes vegades abáns an aquell mateix castell sense may reconéixela, va reconéixe l´auló de sa mare y reprochánse lo seu descuido, ressibínla als seus brassos plorán, la va besá. Madama Beritola va sé assistida per la dona de Currado y per Spina, en aigua freda y en atres artes seues li van torná les desmayades forses y va torná a abrassá al fill en moltes llágrimes y moltes dolses paraules; y plena de piedat materna mil vegades mes lo va besá, y ell an ella mol la va mirá y la va abrassá. Estes festes se van repetí tres o cuatre vegades, no sense contén y plaé dels concurréns, y se van contá les seues calamidats. Currado ya habíe comunicat als seus amics lo nou víncul familiá, y va organisá una hermosa y magnífica festa.

Giuffredi li va di:

- Currado, me hau contentát en moltes coses y mol tems hau honrat a ma mare: ara, per a que res quedo per fé, tos rogo que a ma mare, a los meus convidats y a mí alegréu en la presénsia de mon germá, que com a criat té a casa seua micer Guasparrino de Oria, qui, com ya tos hay dit, de ell y de mí se va apoderá pirateján y después, que enviéu an algú a Sicilia per a que se informo de les condissións y del estat del país, y que averíguo qué ha sigut de Arrighetto, mon pare, si está viu o mort, y si está viu, en quin estat; y una vegada informat de tot, tórno a natros.

Li va apetí a Currado la petissió de Giuffredi, y sense tardá va enviá a discretíssimes persones a Génova y a Sicilia. Lo que va aná a Génova, va trobá a micer Guasparrino, y de part de Currado li va rogá que al Expulsat y a la seua niñera li enviare, contánli lo que Currado habíe fet en Giuffredi y en sa mare.
Micer Guasparrino se va maravillá mol al sentíl, y li va di:

- Es verdat que faré per Currado consevol cosa que estigue a les meues máns y que ell vullgue. Hay tingut a casa, desde fa catorse añs, al mosso que me demane y a sa mare, y tels enviaré de bona gana; pero li dirás de part meua que se cuido de no creure massa les fábules de Giannotto, que dius que avui se fa cridá Giuffredi, perque es mol mes roín del que ell se pense.
Y dit aixó, fen honrá al valén home, va fé cridá a la niñera en secreto, y la va interrogá sobre aquell assunto. Ella, habén sentit la rebelió de Sicilia y sentín que Arrighetto estabe viu, traénse la temó de damún que hasta entonses habíe tingut, lay va contá tot y li va di les raóns per les que se habíe comportát de aquella manera.


Micer Guasparrino, veén que les coses dites per la nodriza cuadráben en les del embaixadó de Currado, va escomensá a doná fé a les paraules; y va fé mes averiguassións sobre este assunto, cada vegada trobáe mes coses que li féen creure en alló, y avergoñínse del vil trate que li habíe donat al mosso, per a enmendáu, com teníe una filla mol maja de ONSE añs de edat, sabén quí habíe sigut y ere Arrighetto, en una gran dote lay va doná per dona, y después, lo mosso, la filla, lo embajadó de Currado y la niñera, puján a una galera ben armada, van aná cap a Lérici (Lérida o Lleida no), aon se va fé una gran festa a un castell no mol lluñ de allí, propiedat de Currado.

Qué festes va fé la mare al torná a vore a son fill minut, cuántes les de los dos germáns, y los tres a la fiel niñera.

Déu, generossíssim cuan escomense a doná, pel que sabém que no es catalá, va fé arribá alegres noves de la vida y lo bon estat de Arrighetto Capece.

Mentres los convidats estáen a la taula, encara al primé plat, va arribá aquell que habíe sigut enviat a Sicilia, y entre atres coses va contá que Arrighetto, que estáe a Catania encarselát pel rey Carlos, cuan se va eixecá lo poble contra lo rey, van córre a la cárcel y, matán als guardies, lo habíen tret de allí, y com lo mes gran enemic del rey Carlos lo habíen fet capitán y lo habíen seguit a expulsá y matá als fransesos; per naixó, se habíe fet mol amic del rey Pedro, qui tots los seus bens y tot lo seu honor li habíe restituít, pel que tornabe a está en gran possisió; afegín que an ell lo habíe ressibit en máxim honor y li habíe fet moltes festes per les bones notíssies de la seua dona y del fill, dels que después de sé empresonat res habíe sabut, y enviabe a per nells una escuadra en algúns gentilhomes, que veníen detrás.

Currado y algúns dels seus amics van eixí a trobá als gentilhomes que veníen a per madama Beritola y Giuffredi, van sé ressibits alegremen y convidats al banquete, que encara no estabe ni a miges. Ells, de part de Arrighetto, van saludá y agraí a Currado y a la seua dona lo honor fet a la seua dona y a son fill, y tots, mol conténs, van minjá y beure al banquete de les ressién casades y los ressién casats. Y no sol aquell día se va fé festa, sino mols mes; y después de acabá lo jubiléu, pareixénli a madama Beritola y a Giuffredi y als demés que teníen que anássen, en moltes llágrimes de Currado y de la seua dona y de micer Guasparrino, puján al barco, emportánse a Spina, sen van aná.

Van tindre bon ven, y van arribá pronte a Sicilia, y van sé ressibits a Palermo per Arrighetto en tan gran festa (tots per igual, los fills y les dones) que no se podríe contá; y allí se creu que mol tems van viure tots felísos y van minjá perdius.

Séptima

lunes, 24 de septiembre de 2018

JORNADA SEGONA. NOVELA QUINTA.

A Andreuccio de Perusa, Perugia, arribat a Nápoles a comprá caballs, li passen en una nit tres graves calamidats, y salvánse de totes, torne a casa en un rubí.

Nápoles, Nàpols, Napoli


Les pedres pressioses trobades per Landolfo - va escomensá Fiameta, a qui li tocabe novelá - me han portat a la memória una história que no conté menos perills que la narrada per Laureta, pero es diferén en que aquells potsé en uns cuans añs y estos en una nit van passá, com sentiréu.
Va ñabé, segóns hay sentit, a Perusa, un jove de nom Andreuccio de Prieto, tratán de caballs y bésties de cárrega, que habén sentit que a Nápoles se compraben caballs a bon preu, embutínse a la bossa singsens floríns de or, no habén may eixit de la seua terra, en atres mercadés allá que sen va aná; aon, arribat un domenge al tardet y informat per lo seu messoné, al matí siguién va baixá al mercat, y mols ne va vore y mols li van agradá y va entrá en trates sobre mols, pero no podén dessidís per un, per a mostrá que a comprá habíe anat, com bruto y poc prudén, moltes vegades en presensia de los que anabe y de qui veníe va traure la bossa aon teníe los floríns. Y están en estos trates, habén mostrat la seua bossa, va passá que una jove siciliana bellíssima, pero disposada per poc preu a contentá a consevol home, sense que ell la veiguere va passá prop de ell y va vore la bossa, y se va di:
- ¿Quí estaríe milló que yo si estos dinés foren meus? - y va seguí cap abán. Y estabe en esta jove una agüela tamé siciliana que al vore a Andreuccio va corre a abrassál; lo que veén la jove, sense di res, la va esperá apartadeta.

Andreuccio giránse cap a la vella la va coneixe y li va fé grans festes prometénli ella vindre a la seua fonda, y sense quedás allí mes rato, sen va aná, y Andreuccio va torná als seus trates; pero no va comprá res pel matí. La jove, que primé la bossa de Andreuccio y después la familiaridat de la agüela en ell habíe vist, per probá si ñabíe un modo de que ella puguere fes en aquells dinés, o tots o en part, li va escomensá a preguntá quí ere ell y de aón, y qué fée aquí y cóm ere que lo coneixíe. Y ella, en tot detalle los assuntos de Andreuccio li va contá, en poca diferensia de com u haguere explicat ell mateix. Ella habíe estat mol tems a Sicilia en lo pare de éste y después a Perusa, y tamé li va contá aón dormiríe y per qué habíe vingut.
La jove, informada del linaje de ell y dels noms, en malissia, va tramá lo seu plan; y, giránse cap a casa, va doná a la agüela faena per a tot lo día per a que no puguere torná a vore a Andreuccio; y agarrán a una criadeta seua a qui li habíe enseñat mol be tals servissis, casi de nit la va enviá a la fonda aon Andreuccio estabe. Y arribada allí lo va trobá sol a la porta, y li va preguntá per Andreuccio; a lo que, diénli ell que ere ell mateix, ella, portánlo apart, li va di:
- Siñó meu, una noble dama de esta terra, si tos apetiguere, voldríe parlá en vosté. Y ell, al sentíla, consideránse un bon mosso, va pensá que aquella dama debíe está enamorada de ell, com si datre milló mosso que ell no se trobare entonses a Nápoles, y va contestá que estabe disposat y li va preguntá aón y cuán aquella dama volíe parláli. A lo que la criadeta va contestá:
- Siñó, cuan tos vaigue be, tos espere a casa seua.
Andreuccio, sense avisá als de la fonda, va di:

- Pos aném, ves dabán; yo aniré detrás de tú.

La criadeta a casa de aquella lo va portá. Vivíe a un barri de nom Malpertuggio, que lo seu nom ya díe lo bon barri que ere (de mal en pijó). Pero ell, com no u sabíe ni u sospechabe, creén que anabe a un honestíssim puesto y a vore a una Siñora honrada, sense precaussions, en la criadeta dabán, va entrá a la casa; y al pujá per los escalóns, habén ya la criadeta a la seua Siñora cridat y dit:

«¡Aquí está Andreuccio!», la va vore a dal de la escala assomás y esperál. Ella ere encara bastán jove, alta de estatura y en una cara hermossíssima, vestida y adornada honradamen. Y al aproximás o arrimás an ella Andreuccio, va baixá tres grasons a trobál en los brassos uberts y aviánseli al coll un rato lo va está abrassán sense di res, com si una invensible ternura li impediguere féu; después, derramán llágrimes li va besá al fron, y en veu una mica esgarrada li va di:

- ¡Oh, Andreuccio meu, benvingut!

Éste, maravillánse de les caríssies tan tendres, tot parat va contestá:

- ¡Siñora, ben trobada sigáu!

Ella, después, agarránlo de la má lo va portá a baix al salón y desde allí, sense di res mes, en ell va entrá a la seua cámara, que estabe plena de roses, flos de azahar y atres flos y fée mol bona auló, y allí va vore un bellíssim llit encortinat y moltes robes penjades de les vigues de fusta o llumeres segóns la costum de allí, y atres adornos (arreos) mol majos y rics; per estes coses, com ere inexperto, va creure que ella ere lo menos una gran Siñora. Y sentánse damún de un arca que estabe al peu del llit, aixina va escomensá a parláli:

- Andreuccio, estic segura de que te maravilles de les caríssies que te fach y de les meues llágrimes, perque no me coneixes, pero pronte sentirás algo que potsé te faigue maravillát mes, com es que yo soc tan germana; y te dic que, ya que Déu me ha fet una grássia tan gran que abáns de la meua mort hayga vist an algún dels meus germans, encara que voldría vóretos a tots, me moriré consolada.

Pietro, pare meu y teu, com crec que ya sabrás, va viure mol tems a Palermo, y per la seua bondat y agrado va sé y encara es volgut allí; pero entre atres que mol lo van vóldre, ma mare, que va sé una dona noble y entonses ere viuda, va sé qui mes lo va volé, tan, que apartán la temó a son pare, a sons germáns y al seu honor, se va familiarisá en ell tan que vach naixe yo, y estic aquí, com me veus. Después, arribada la ocasió a Pietro de anássen de Palermo y torná a Perusa, a mi, sén mol chiqueta, me va dixá en ma mare, y may mes, pel que yo sé, ni de mí ni de ella sen va enrecordá: pel que yo, si mon pare no fore, mol lo reprobaría, tenín en cuenta la ingratitut seua cap a ma mare, y tamé l´amor que a mí, com a filla seua no naixcuda de criada ni de vil dona, debíe tíndrem; y que ella, sense sabé quí ere ell, moguda per lo fidelíssim amor va ficá les seues coses y an ella mateixa a les seues mans. Les coses mal fetes y passades són mes fassils de criticá que de arreglá; pero aixina van sé les coses, sin embargo.

Ell me va dixá a Palermo sén chiqueta, aon ma mare, que ere mol rica, me va doná per dona a un de Agrigento, gentilhome y honrat, que per amor de ma mare y de mí va vindre a viure a Palermo; y va escomensá a consertá algún trate en lo nostre Rey Carlos. Aixó, sabut pel rey Federico, abáns de que pugueren portás a bon terme, va sé motiu de fel fugí de Sicilia cuan yo esperaba sé la mes gran Siñora que ñaguere an aquella isla. Agarrades les poques coses que van pugué pendre (dic poques en comparassió a les que teníem), abandonades les terres y los palaus, aquí mos vam refugiá, aon lo rey Carlos, reparats en part los mals que per nell habíem ressibit, mos va doná possessions y cases, y encara li done a ton cuñat bones gratificassions o propines, tal com podrás vore: y de esta manera estic aquí aon yo, per la bona grássia de Déu y no teua, dols germá meu, te vech. Y dit aixina, va escomensá a abrassál un atra vegada, y un atra vegada plorán en tendresa, li va besá lo fron. Andreuccio, sentín esta fábula tan ordenada y contada per aquella a la que en cap momén se li acababen les paraules entre les dens ni se li movíe la llengua, enrecordánse que ere verdat que son pare habíe estat a Palermo, y sabén de les costums dels joves, que de bon agrado amen a la juventut, y veén les tendres llágrimes, lo abrassál y lo besál, va tindre alló que ésta diebe per mes que verdadé. Y cuan ella va callá, li va contestá:

- Siñora, no tos té que pareixe gran cosa que me maravilla; perque en verdat, mon pare no va parlá may de la vostra mare y de vos, y si va parlá de alló al meu coneiximén no ha vingut, yo tenía tal coneiximén de vos com si no haguéreu existit; y me es mol agradable habé trobat aquí a man germana, mes encara perque estic sol aquí y no u esperaba. Pero una cosa vull que me expliquéu: ¿cóm vau sabé que yo estaba aquí?

A lo que va contestá ella:

- Este matí me u ha fet sabé una pobre dona que mol me visite perque en lo nostre pare, pel que ella me diu, mol tems a Palermo y a Perusa va está. Me ha paregut mes honesto que tú vingueres a casa meua que yo aniguera a la fonda. -
Después de estes paraules, va escomensá ella a preguntá sobre tots los paréns, pel seu nom; y sobre tots li va contestá Andreuccio, creénse mes encara lo que menos li conveníe creure. Habén sigut la conversa llarga y la caló gran, va fé ella serví vi de Grecia y dolsos y va doná de beure a Andreuccio. Después de aixó, volénsen aná perque ya ere hora de sopá, de cap manera lo va dixá ella, va ficá semblán de enfadás mol, y abrassánlo li va di:

- ¡Ay, triste de mí!, qué cla vech que te soc poc volguda. ¿cóm penses que están en una germana teua may vista per tú, y a casa seua, aon al vindre aquí teníes que habét quedat a dormí, y vols anáten a sopá a la fonda? Soparás en mí: y encara que lo meu home no estigue aquí, que mol me apene, yo sabré be, com a dona, fet los honors. A lo que Andreuccio, no sabén qué contestá, va di:

- Vos me sou volguda com té que séu una germana, pero si no men vach me esperarán tota la nit per a sopá y faré una canallada.
Y ella entonses va di:
- Alabat sigue Déu, ¿no ting yo a casa a qui enviá per a avisá que no te esperon? Y encara faríes mes gran cortessía si los digueres als teus compañs que vingueren a sopá, y después, si vols anáten, ton podríeu aná tots en compañía.

Andreuccio va contestá que del seus compañs no volíe res per aquella nit, pero que ell se quedaríe. Ella entonses va fé vore que enviabe a di a la fonda que no lo esperaren per a sopá; y después de mols atres raonaméns, sentánse a sopá y espléndidamen servits de mols manjars, van está a la taula hasta la nit tancada: y habénse eixecat de la taula, y Andreuccio volénsen aná, ella va di que “ni hablar” perque Nápoles no ere una siudat per a aná pel carré de nit, y menos un forasté, y que lo criat que habíe enviat a di que no lo esperaren a sopá, tamé habíe avisat als de la fonda. Creénse aixó, engañat per la falsa confiansa, se va quedá. Va sé después del sopá la conversa mol llarga, y habén ya passat part de la nit, ella, dixán a Andreuccio dormí a la seua alcoba en un mosset que li ajudare si nessessitabe algo, en les seues dones sen va aná a un atra cámara. Fée molta caló; per lo que Andreuccio, al vore que se quedabe sol, se va quedá en poca roba y se va traure les calses y les va ficá al capsal del llit; y sénli menesté la natural costum de tindre que evacuá lo ventre, li va preguntá al mosset aón se fée alló. Ell li va siñalá a un raconet de la alcoba una porta, y li va di:

- Ahí dins. -
Andreuccio va entrá y va ficá lo peu damún de un tauló que se va desclavá de la viga de la part contraria a la que estabe, va volcá, y ell va caure cap a baix: y tan lo va vóldre Déu que cap mal se va fé a la caiguda, y aixó que ñabíe bastanta eixecada; pero en la brutíssia y gorrinada del puesto aon va aterrissá se va embrutá. Este puesto, per a que milló entengáu lo que se ha dit y lo que seguix, tos diré cóm ere:

Ere un callejón o callizo estret com moltes vegades u veém entre dos cases: damún de dos travessés minuts, que anaben de una casa a l’atra, se habíen clavat algunes taules o taulons y colocat lo assiento del trono. Trobánse, pos, allá baix al carreret Andreuccio, queixánse de la caiguda y del susto, va escomensá a cridá al mosset: pero lo sagal, al sentíl caure ya habíe anat a díu a la Siñora, que, corrén a la seua alcoba, va mirá si les seues robes estaben allí y les va trobá, y an elles los dinés que per sempre portabe damún. Ella, de Palermo, fen vore que ere la germana de un perusino, li habíe parat la trampa aon habíe caigut y no se va preocupá de ell, va aná a tancá la porta per la que ell habíe eixit de cara al váter.
Andreuccio, com no li contestabe lo mosset, va escomensá a cridá mes fort, pero no li va valé de res. Sospechán y massa tart acatánsen del engañ, va pujá per una paredeta baixa que aquella carrereta separabe del carré y va baixá al carré, va trobá la porta de la casa, que mol be va reconeixe, y allí va cridá mol tems, y mol la va sacsá, y va pegá patades, y puñades, tot en vano. Plorán perque ya vee clara la seua desventura, va escomensá a dis:
- ¡Ay de mí!, ¡en poc tems hay perdut singsens floríns y una germana! Y después de moltes atres paraules, va torná a escomensá a fótre cops a la porta y a cridá; y tan fort cridabe que mols dels veíns de la roglada se van despertá, y com no podíen aguantá esta tabalina, se van eixecá, y una de les doméstiques de la dona, que encara estabe mich adormida, assománse a la finestra, va di:
- ¿Quí está fotén tans cops?

- ¡Oh! - va di Andreuccio- , ¿no me coneixes? Soc Andreuccio, germá de la Siñora Flordelís. A lo que ella va contestá:

- Bon home, si has begut massa ves a dormí la mona y torna pel matí; no sé quin Andreuccio ni qué burles són estes que dius. Vésten, au, cóla y díxamos dormí

- ¿Cóm? - va di Andreuccio- , ¿no saps lo que dic? Sí que u saps, y ben be; pero si aixina són les parenteles a Sicilia, que en tan poc tems se olviden, tórnam al menos la roba que me hay dixat ahí dal, y men aniré en Déu de bona gana.
A lo que ella, casi enriénsen, va di:
- Bon home, me pareix que estás ensomián.

Y lo di aixó y embutís cap a dins y tancá la finestra va sé tot a un tems. La gran rábia de Andreuccio, ya seguríssim del engañ, mes la pena va está a pun de convertís en ira, y per la forsa se va proposá reclamá alló que en les paraules no podíe recuperá, pel que, per a escomensá, agarrán una gran pedra, en cops mol mes grans que abáns, va escomensá a fótreli a la porta, que retronabe. Mols dels veíns abáns despertats y eixecats, creén que ere algún pesat y corcó que fingíe per a molestá an aquella bona dona, fastidiats per la sorollina que armabe, assomats a les finestres, com a un gos forasté tots los del barri li lladren, van escomensá a cridá:
- Es de pocavergoñes y sanguangos vindre an estes hores a casa de les bones dones a burlás; ¡Au!, vésten en Déu, bon home; díxamos dormí, y si algo tens que tratá en ella torna demá y no mos donos este fastidio de nit.
Un bachillé sense bachillerat que ñabíe dins de la casa de la bona dona, y a qui ell no habíe vist ni sentit, se va assomá a la finestra y en una gran veu grossa, horrible y fiera va di:

- ¿Quí está ahí baix?

Andreuccio, eixecán lo cap an aquella veu, va vore al que pareixíe un peix gros, en una barba negra y espessa a la cara, y com si del llit o de un fondo somni se eixecare, badallabe y se refregabe los ulls. A lo que ell, no sense temó, va contestá: - Yo soc un germá de la Siñora de ahí dins.
Pero aquell no va esperá a que Andreuccio acabare la resposta sino que, encara mes fort que abáns, va di:

- ¡No sé qué me frene de baixá y fótret gayatades o brancades mentres veiga que encara te mous, burro, borracho que tens que sé, que esta nit no mos dixarás dormí! Y entornánsen cap a dins, va tancá la finestra. Algúns dels veíns, que milló sabíen la condissió de aquell, en veu baixa li díen a Andreuccio:
- Per Déu, bon home, ves en Déu; no vullgues que esta nit te mato éste; vésten pel teu be. Andreuccio, espantat de la veu de aquell y de la pinta, y espentat per los consells de aquells, que li pareixíe que parlaben moguts per la caridat, tan apenat com may va pugué estáu dingú y desesperán de recuperá los seus dinés y la roba, per aon de día habíe seguit a la criadeta, sense sabé aón aná, va agarrá lo camí de tornada a la fonda.
Y ofenénli an ell mateix la corrompina que de ell mateix li arribabe, va aná cap al mar per a rentás, va torse a má esquerra y va aná baixán per una carrera que se díe la Ruga Catalana; y después, caminán cap amún, va vore que veníen cap an ell dos persones en una llinterna a la má. Tenín temó de que foren de la guardia de la corte o atres homes disposats a fé lo mal, per a esquiváls, a una casota que va vore prop, cautamen se va amagá. Pero estos, com si an aquell mateix puesto hagueren sigut enviats, dixán an terra algunes ferramentes que portaben, van escomensá a miráles, parlán de varies coses sobre elles. Y mentres parlaben va di un:
- ¿Qué vol di aixó? Noto la pudina mes gran que may m´ha paregut aulorá. Y dit aixó, alsán una mica la llinterna, van vore al desdichat de Andreuccio y van preguntá:

- ¿Quí ña ahí?
Andreuccio callabe; pero ells, arrimánse en la llum, li van preguntá qué cosa tan asquerosa estabe fen allí. Andreuccio los va contá tot lo que li habíe passat. Ells, imaginánse aón li podíe habé passat alló, se van di:

- Segú que a casa del matón de Buottafuoco (bota foc) li ha passat aixó. Y giránse cap an ell, li va di un:
- Bon home, encara que haigues perdut los teus dinés, tens que doná moltes grássies a Déu de que haigues caigut y no haigues pogut torná a entrá a la casa; perque, si no hagueres caigut, estigues segú de que, una vegada adormit, te hauríen matat y hauríes perdut la vida en los dinés. ¿Pero de qué val ya lamentás? No podríes recuperá los dinés com que ñan estrelles al sel: y encara podríen assessinát si aquell sen que dius una paraula de tot aixó.
Y dit aixó, parlán entre ells un momén, li van di:

- Mira, mos has fet compassió, y per naixó, si vols vindre en natros a fé una cosa que aném a fé, la part que te toco sirá de mes valor del que has perdut.
Andreuccio, com estabe desesperat, va contestá que sí. Habíe sigut sepultat aquell día lo arzobispo de Nápoles, de nom micer Filippo Minútolo, y habíe sigut enterrat en riquíssims adornos y joyes, y en un rubí que valíe mes de singsens floríns de or, y estos volíen aná a robá; y aixina lay van di a Andreuccio, que en mes codissia que ben aconsellat, en ells sen va aná. Y caminán cap a la iglesia majó, com Andreuccio putíe mes que una putput refregada a un femé, va di un:

- ¿No podríem trobá lo modo de que éste se rentare una mica, per a que no putixque tan?
Va di l´atre:

- Sí, estém prop del pou de Torubio, aon sempre sol ñabé una polea y una galleta o cubo; aném cap allá y lo rentarem en un santiamén.
Una vegada al pou, van trobá sol la maroma, se habíen emportat lo cubo; pel que juns van pensá lligál en la corda y baixál al pou, y que ell allí baix se rentare, y cuan estiguere llimpio estirare de la soga y ells lo pujaríen; y aixina u van fé. Va passá que, habénlo baixat al pou, algúns dels guardies de la siñoría (o pel caló o perque habíen corregut detrás de algú) tenín sed, an aquell pou van vindre a beure; y al vórels estos dos rápidamen van colá cametes ajudéume, sense acatássen los guardies que veníen a abeurás.
Y están al fondo del pou Andreuccio ya rentat, va menejá la corda. Ells, en sed, dixán a enterra los seus escuts, les armes y les túniques, van escomensá a estirá de la corda, creén que estabe penjat an ella lo cubo ple de aigua. Cuan Andreuccio se va vore prop del brocal del pou, soltán la maroma, en les mans se va agarrá a la vora. Veén aixó aquells dos, espantats, van afluixá la soga y van fugí lo mes rápit que van pugué. Andreuccio se va maravillá mol, y si no se haguere aguantat be, hauríe caigut un atra vegada al fondo, no sense gran mal o inclús la mort. Pero va eixí de allí y va trobá les armes que sabíe que los seus compañs no habíen portat, y encara mes se va extrañá.
Pero en temó y sense sabé qué fé, lamentánse de la seua fortuna, sense tocá res, va dessidí anássen; y caminabe sense sabé cap aón. Bambán aixina, se va topetá en los dos compañs, que veníen a tráurel del pou; y, al vórel, maravillánse mol, li van preguntá quí lo habíe tret del pou. Andreuccio va contestá que no u sabíe y los va contá lo que habíe passat y lo que habíe trobat fora del pou. Ells, donánsen cuenta de quí habíe sigut, rién li van contá per qué habíen colat y quí eren aquells que lo habíen tret. Y sense mes paraules, sén ya mijanit, sen van aná a la iglesia, y an ella van entrá mol fássilmen, y van aná al sepulcro, que ere de mármol y grandiós; y en un ferro que portaben van eixecá la llosa, que pesabe mol, només lo nessessari per a que un home puguere entrá a dins, y la van apuntalá. Y fet aixó, va di un:
- ¿Quí entrará a dins?

A lo que l´atre va contestá:

- Yo no.

- Ni yo - va di aquell- , que entro Andreuccio.

- Aixó no u faré yo - va di Andreuccio.

- ¿Cóm que no entrarás? A fe de Déu, si no entres te fotrem blau en un de estos ferros hasta que te veigam caure mort.
Andreuccio, acollonit, va entrá, y mentres entrabe va pensá:

«Estos me fan entrá per a engañám perque cuan los u hayga donat tot, mentres estiga tratán de eixí de la sepultura sen anirán als seus assuntos y me quedaré sense res». Y per naixó va pensá quedás en la seua part; y enrecordánsen del pressiós anell del que los habíe sentit parlá, cuan ya habíe baixat lay va traure del dit al arzobispo y sel va ficá ell; y después, donánlos lo báculo y la mitra y los guans, y traénli hasta la camisa, tot los u va doná, dién que no ñabíe res mes. Ells, afirmán que teníe que está lo anell, li van di que buscare per tot arreu; pero ell, contestán que no lo trobabe y fen vore que lo buscae, los va tindre esperán un rato. Ells que, per un atra part, eren tan malissiosos com ell, diénli que continuare buscán be, al momén adecuat, van traure lo puntal que aguantabe la llosa y van fugí, dixánlo an ell a dins del sepulcro, com un tort a una lloseta. La angustia de Andreuccio consevol se la pot imaginá. Va probá moltes vegades en lo cap y en los muscles a vore si podíe alsá la llosa, pero se cansabe en vano. Vensut, va pédre lo coneiximén y va caure damún del arzobispo; y qui u haguere vist entonses mal haguere sabut quí estabe mes mort, lo arzobispo o ell. Pero cuan va torná a espabilás, va escomensá a plorá sense consol, veén que o moriríe allí si no veníe dingú a obrí, de fam y de pudina entre los cucs del mort, o si veníe algú y lo trobabe a dins, lo penjaríen per lladre. Y en estos pensaméns y están mol acollonit, va sentí per la iglesia que caminabe y parlabe molta gen, que anabe a fé lo que ell en los seus compañs ya habíen fet.

Cuan aquells van obrí y apuntalá lo sepulcro, van discutí quí teníe que entrá, y cap u volíe fé; pero después de una llarga disputa un móssen va di:

- ¿Quina temó teniu? ¿creéu que to se minjará? Los morts no se mingen als homes; yo entraré dins.

Y dit aixó, va ficá lo pit damún de la vora del sepulcro, va girá lo cap a fora y va ficá a dins les cames per a dixás caure al fondo.
Andreuccio, veén aixó, ficánse de peu, va agarrá al mossen de una cama y va fé vore que lo estirabe cap a baix. Lo mossen va fotre un crit tremendo y rápidamen se va aviá fora del arca: espantats tots los atres, dixán lo sepulcro ubert, se van doná a la fuga com si foren perseguits per sen mil dimonis. Andreuccio, mol alegre, va eixí fora y per aon habíe vingut sen va aná de la iglesia.

Aproximánse ya lo día, en aquell anell al dit, va arribá al mar y desde allí se va adressá a la seua fonda, aon va trobá als seus compañs y al messoné, que habíen estat tota la nit preocupats pel que haguere pogut passáli. Los va contá lo que li habíe passat, y lo messoné li va di que teníe que anássen de Nápoles per seguridat; aixina u va fé y sen va entorná a Perusa, habén invertit los seus dinés en un anell cuan a lo que hi habíe anat ere a comprá caballs.


SEXTA