viernes, 26 de julio de 2024

1. 10. Extraordinaria aplicassió de Pedro Saputo.

Capítul X.

Extraordinaria aplicassió de Pedro Saputo.

Capsots los pares, tontos los mestres, badocs los veíns, mes valdríe no naixe, o no estudiá res y viure sol o anassen als montes si un sapiguere que allí habíe de topetá en una compañera de trate confortán y recreatiu. Dichós de Pedro Saputo, que encara que se va trobá en mols abatuts va sabé librás de ells y fels la figa. Yo, fora de mon pare... No vull di lo demés. Sobre que ting amics y amigues del alma que a pun estic de tratáls de idiotes, com a creure homens de pro als faramalles, charlatans, engañadós y hipócrites que mo se venen per Licurgos tocats per la Providensia pera remediá la España y reformá lo món.

Habíe lo nostre chiquet pintó sentit parlá al mestre Artigas de autós y llibres del art, y li va suplicá al siñó mossen que li faiguere portá tots los que trobare; y en dos o tres mesos va tindre los que mes se coneixíen allabonses. Se va ficá a estudiáls en molta afissió y no menos constansia, y per los matins y les velades passáe casi tot lo tems en alló, sense olvidá al mateix tems los atres ejercicios, alternán después lo traball per hores y hasta per díes segons lo humor o la disposissió, perque teníe per máxima lo no violentás may ni cansás fen ejercicio. Conque estudiabe, dibuixabe, pintabe, esculpíe, tornejabe, repassabe la solfa, y tocáe los diferens instrumens que sabíe. A sa mare li va di que no anare mes a rentá roba de atres, sino que bonamen serviguere a casa a les persones de mes estat del poble que li pareguere; y encara aixó li díe lo cor que duraríe poc tems, y mentrestán se anare tratán en algo mes de estima y dessensia.

Lo niu

Per capricho va pintá a un taulonet un niu de oronetes al momén de arribá la mare en lo minjá, ya escomensán a traure ploma los minudets, y la va enclavá per la nit desde una finestra a una fusta de les que formáen lo ráfec de la teulada, que no ere alt; y pel matí mol prontet ya lo estáen codolechán los sagals del carré enfadanse perque no podíen sisquera fé fugí a la mare, y cridanla oreneta bruixa perque habíe fet allí lo niu sense vóreu ells. U va sentí Pedro Saputo, y va eixí y va traure lo taulonet, quedán los sagals avergoñits per una part, y per l'atra enriénsen de ells mateixos. 

Va corre la veu y van vindre a vore la pintura infinites persones; pero ell los va di que no podíe vores de prop, sino al ráfec y desde lo carré; y així la va torná a ficá al seu puesto, y tot lo poble veníe a vore aquell prodigio de un chiquet de catorse añs. 

Si no s'haguere perdut después de mort, haguere pugut sé un atre Yalisso, que va fé un goz pintat a un cuadro en tal perfecsió, que pareixíe hasta rabiós, y va costá guerres per tíndrel, y al final, después de mol tems, va sé portat del Asia a Roma y dedicat per Augusto César al Capitolio.

Va pintá aquell añ dos sales, una de un benefissiat ric, y l'atra del hidalgo pare de Eulalia, qui, pera acabá de borrá la memoria de les paraules que va di a sa mare de Pedro Saputo, li fée mes favor que ningú al poble. Y en verdat, encara que lo chiquet ere tan generós, no podíe olvidá del tot les dos raderes expresions que va fé aná contra nell y sa mare; y aixó que no compreníe encara tota la malissia que portáen. Va morí desgrassiadamen lo hidalgo cuan estáe pintán lo radé lienzo de la seua sala. La va acabá, pero afegín a dal dos angels en ademán de estendre sobre lo cuadro un vel blang de crespón en orla negra. Y va ficá encara allí un atre primor; y va sé que an aquells angels va fé lo retrato de Eulalia y lo seu, ixíen tan be que pareixíe que los hagueren tallat los caps y los hagueren apegat als cossos despullats dels angels.

Com ya seguíe les regles del art y sabíe com plasmá la naturalesa, va advertí entonses mols defectes a les pintures de la capella de la Corona; y va demaná llissensia pera ficá un rótul que declarabe quí les habíe fet y la edat que teníe. Pero la obra milló, la obra de mes mérit, y u va di ell cuan ya no podíe equivocás, va sé sempre lo niu de oronetes, que alguns van volé comprá, ñabén qui li va oferí hasta coranta escuts de or, que per als coneixedós que podíe ñabé a un poble com Almudévar, ere mol, sense duda. Se va pedre, com hay dit, a la seua mort, així com atres coses de mol primor y valor que ñabíe a casa seua.

Entre los llibres de pintura van vindre tamé dos en latín y un en italiá, y va di: pos yo estes llengües hay de adepéndreles. Y en efecte se va ficá a estudiá la latina, y en una semana va adependre los nominatius y les conjugassions, perque la seua memoria ere assombrosa. Pero no li van permetre seguí este estudi les dos obres de pintura que va tindre al poble.

Sa bona mare recordabe ara moltes vegades la professía de la gitana, pero calláe per no di lo engañ en que la habíen seduít, exposanse ademés a que no la cregueren, encara que la seua honestidat y mol juissi la abonaren per al que vullguere di en defensa seua. Pero después de ben pensat u dixáe está, y resumíe totes les seues reflexions en estes cristianes paraules: 

Deu me perdono aquell fallo y no me dono tot lo be an esta vida.


Original en castellá:

Capítulo X.

Extraordinaria aplicación de Pedro Saputo.

Zotes los padres, zotes los maestros, zotes los vecinos y zote el siglo, más valdría no nacer, o no estudiar nada y vivir solo o irse a los montes si uno supiese que allí había de topar una compañera de trato confortante y recreativo. Dichoso de Pedro Saputo, que aunque dio con muchos zotes supo librarse de ellos y hacerles la higa. Yo, fuera de mi padre... No quiero decir lo demás. Sobre que tengo amigos y amigas del alma que así estoy en mandarlos para zotes, como en creer hombres de pro a los faramallas, charlatanes, embaidores e hipócritas que se nos venden por Licurgos suscitados de la providencia para remediar la España y reformar el mundo.

Había nuestro niño pintor oído hablar al maestro Artigas de autores y libros del arte, y le suplicó al señor cura le hiciese traer cuantos de ellos se encontrasen; y en dos o tres meses tuvo los más de los que entonces se conocían. Púsose a estudiarlos con mucha afición y no menos constancia, y por las mañanas y las veladas pasaba casi todo el tiempo en ello, sin olvidar al mismo tiempo y de ahí a unos días los otros ejercicios, alternando luego el trabajo por horas y aun por días según el rumor o la disposición, porque tenía por máxima el no violentarse nunca ni cansarse en un ejercicio. Conque estudiaba, dibujaba, pintaba, esculpía, torneaba, repasaba la solfa, y tocaba los varios instrumentos que sabía. A su madre le dijo que no fuese más a lavar ropas ajenas, sino que buenamente sirviese en casa a las personas de más estado del pueblo en lo que le pareciese; y que aun esto le daba el corazón que duraría poco tiempo, y entre tanto se fuese tratando con alguna más estimación y decencia.

Por capricho pintó en una tabla un nido de golondrinas en el acto de llegar la madre con el cebo, ya comenzando a echar pluma los pequeñuelos, y la enclavó por la noche desde una ventana en un madero de los que formaban el alero del tejado, que no era alto; y por la mañana muy tempranito lo estaban apedreando los muchachos de la calle desatinándose porque no podían siquiera hacer huir a la madre, y llamándola maldita porque había hecho allí el nido sin verlo ellos. Sintiólo Pedro Saputo, y salió y quitó la tabla, quedando los muchachos corridos por una parte, y por otra riéndose de sí mismos. Corrió la voz y vinieron a ver la pintura infinitas personas; mas él les dijo que no podía verse de cerca, sino en el alero y desde la calle; y así la tornó a poner en su lugar, y todo el pueblo venía a ver aquel prodigio de un niño de catorce años. Que si no se perdiera en su muerte, quizá hubiera sido otro Yalisso, el cual fue un perro pintado en un cuadro con tal perfección, que parecía le representaba rabioso, y costó guerras por haberlo, y al fin, después de muchos tiempos, fue traído del Asia a Roma y dedicado por Augusto César en el Capitolio.

Pintó en aquel año dos salas, una de un beneficiado rico, y otra del hidalgo padre de Eulalia, el cual, para acabar de borrar la memoria de las palabras que dijo a la madre de Pedro Saputo, le hacía más favor que nadie en el lugar. Y en verdad, aunque el niño era tan generoso, no podía olvidar del todo las dos últimas expresiones que usó contra él y su madre; y eso que no comprendía aún toda la malicia que encerraban. Murió desgraciadamente el hidalgo cuando estaba pintando el último lienzo de su sala, que la concluyó no obstante; pero añadió en lo alto dos ángeles en ademán de tender sobre el cuadro un velo blanco de crespón con orla negra. Y puso aún allí otro primor; y fue que en aquellos ángeles hizo el retrato de Eulalia y el suyo saliendo tan bien, que parecía les hubiesen cortado las cabezas y pegándolas a los cuerpos desnudos de los ángeles.

Como ya seguía las reglas del arte y sabía componerlas con la naturaleza, y ésta y aquéllas con su gusto, advirtió entonces muchos defectos en las pinturas de la capilla de la Corona; y pidió licencia para poner un rótulo que declaraban quién las había hecho y la edad que tenía. Pero la obra mejor, la obra de más mérito, y lo dijo él cuando ya no podía equivocarse, fue siempre el nido de golondrinas, el cual le quisieron comprar algunos, habiendo quien le mandó por él hasta cuarenta escudos de oro, que para los conocedores que podía haber en un pueblo como Almudévar, es mucho sin duda. Perdióse, como he dicho, en su muerte, así como otras cosas de mucho primor y valor que había en su casa.

Entre los libros de pintura vinieron también dos en latín y uno en italiano, y dijo: pues yo estas lenguas he de aprendellas. Y con efecto se puso a estudiar la latina, y en una semana aprendió los nominativos y las conjugaciones, porque su memoria era asombrosa. Mas no le permitieron seguir este estudio las dos obras de pintura que tuvo en el pueblo.

Su buena madre recordaba ahora muchas veces la profecía de la gitana, pero callaba por no decir el engaño con que la habían seducido, exponiéndose además a no ser creída, puesto que su honestidad y mucho juicio la abonasen para cuanto quisiese decir en su defensa. Mas después de bien pensado lo dejaba, y resumía todas sus reflexiones en estas cristianas palabras: Dios me perdone aquel yerro y no me dé todo el bien en esta vida.

1. 9. De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

Capítul IX.

De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

De cóm Pedro Saputo va pintá la capella de la Virgen de la Corona.

O u hay ensomiat o u hay vist; yo crec que es lo segón. ¡Y en quina ocasió y cóm u vach vore! Encara me bull la sang y me se ensén lo coraje de pensáu. ¡Cobart! Allí debía morí, allí debía acabá, que esta va sé la seua intensió o lo seu aturdimén. Pero me va salvá l'ángel antic de Pedro Saputo perque sabíe que passán lo tems había de tindre la inspirassió de escriure la seua vida. Agraíxco la seua protecsió, y cumplixco lo encárrec de la Providensia.  

Tenen los de Almudévar, a la part del poble que mire cap a Saragossa, un santuari y capella de la nostra Siñora de la Corona a un puch o eixecada aon a un atre tems estáe lo castell dels moros

Y com la habíen renovat de la seua dixadesa y ruines van volé tamé pintala, buscán pera la obra un pintó mol afamat de Huesca, Raimundo Artigas, home melancólic, estreñit de genio, coló de fel, sec de carn, llarc de coll y cla de barbes; éste va demaná tressentes libres jaqueses per lo seu traball en la condissió que ell ficaríe los colós y l'aigua llimpia.

un pintó mol afamat de Huesca, Raimundo Artigas, home melancólic, estreñit de genio, coló de fel, sec de carn, llarc de coll y cla de barbes

U va sabé lo chiquet Pedro Saputo y se va alegrá mol perque volíe sabé de pintura, faltanli entre atres coses vore la compossisió y mescla dels colós, ya que al dibuix habíe arribat al extrem de primor y fassilidat. Va aná al mestre Artigas y li va di que lo prenguere com aprendís y criat; y la primera vegada no va volé. Pedro va rogá, suplicá, y veénlo sempre du li va di una mica enfadat pero templadamén:

- Miréu, pos, siñó mestre Artigas, que vullguéu o no vullgáu yo hay de sé lo vostre discípul; y si no, lo vostre mestre. 

Lo va mirá entonses lo mestre Artigas, va menejá lo cap y va contestá: 

- Yo tos admitixgo, chiquet Pedro, perque me es impossible fé un atra cosa obliganme una forsa secreta que no sé lo que es; pero entén que sirás lo meu discípul mentres sápigues menos que yo y may lo meu mestre encara que arribos a pintá milló que Miguel Ángel, perque per an aixó han de passá mols añs y yo soc ya vell, que ting sixanta y nou añs, y an ixa hora que me buscon al món. 

Y tots se van admirá de que lo mestre Artigas li haguere contestat tan blanamen, perque ere de condissió mol aspra, de voluntat absoluta y de opinió forta y asserada.

Van escomensá, pos, a pintá; y lo primé que lo mestre li va enseñá va sé a moldre los colós; y Pedro li preguntáe moltes vegades cóm se mesclaben y quina diferensia ñabíe dels que portáen oli als que no ne dúen, en atres coses del art. Lo mestre Artigas se importunabe, pero unes vegades de bona gana, y atres de mala, satisfée al discípul; y alguna tamé se quedabe mut o li allargáe una clatellada per resposta. Pero ell no se aburríe ni arredráe, sino que cada día procuráe servil en mes afissió y tornáe a les preguntes.

Habíen demanat los del consell al mestre Artigas que primé pintare parres y muixons y después lo que vullguere; y va pintá a la faixa del altá a la má dreta un abre en una parra y mols muixons an ella picán los raíms; y a la punta de un sarmén que fée eixí per un costat va pintá un corv. Li va di entonses Pedro: 

- Siñó mestre Artigas, si me done llissensia li diré una cosa que observo an esta pintura. La hi va doná, y va di:

Lo corv. Edgar Allan Poe.

- Astí hau pintat un corv a la parra, y los corvs mes van als muladás que a les viñes. Una garsa quedaríe milló. Se va assombrá lo mestre Artigas per l'atrevimén del discípul, y li va maná que callare y no sen ixquere de moldre los colós. Va passá un rato, y un atra vegada va di Pedro Saputo:

- Pos encara si me donáreu llissensia diría un atra cosa, siñó, mestre meu. 

- No te la dono, va contestá éste mol alsada la veu. 

- Es una cosa sense importansia, va replicá lo sagal: volía di a vostra mersé que lo corv té que pesá tan com una gallina o poc menos; y de raó hauríe de fé inclinás eixe sarmén solt, y la vostra mersé lo ha pintat tan tiesso com si fore de asser o lo corv estiguere fofo. Al sentí aixó va sé tan gran la rabia del mestre Artigas, que no podén atiná en les paraules va acudí al cacharro dels colós que teníe entre les mans y la hi va aviá en molta furia, chafanse en trossets contra enterra perque lo chiquet va esquivá lo tiro, y va di:

- No vull pintá mes, perque eres un llauradó, un descarat, un insolén, un perillán, un grandíssim bellaco. Y va cridá al poble, y ajuntanlos a la plassa los va di, que mentres tingueren al poble al atrevit de Pedro Saputo, no pintaríe la capella. Entonses Pedro Saputo va demaná llissensia pera parlá y va contá lo que habíe passat en lo seu mestre; y li van doná la raó y lo van aprobá, y no van volé que sen aniguere del poble.

- Pos men aniré yo, va contestá mol emborrascat lo mestre Artigas. 

- Anéu en hora bona, van cridá tots; pero que no se pinto la capella. Y Pedro Saputo eixecán la veu desde una pedra va di al poble: 

- Si lo mestre Artigas sen va y vatres voléu yo pintaré la capella. 

- ¡Que la pinto, que la pinto!, va cridá lo gentío. Y lo justissia y lo consell en los prohomens del poble van encarregá la pintura a Pedro Saputo. Ell entonses mol contén va di:

- Ara miréu, poble de Almudévar; yo pintaré la capella de la nostra Siñora de la Corona, pero me hau de doná lo mateix que li donáeu al mestre Artigas. Y lay van prometre. Los va preguntá qué volíen que pintare, y no sabíen qué dili. Y va torná a preguntáls: 

- ¿Voléu que pinta lo que veéu o lo que no veéu? 

Y van contestá tots: 

- Lo que no veém. 

- Pos yo, va di ell, u pintaré, y tos ha de agradá.

Inmediatamen sen va aná cap a la capella y va borrá lo que habíe pintat lo mestre Artigas, que ere poca cosa. Tres mesos va está pintán, y va acabá l' obra y va di al poble a la plassa: 

- La pintura está acabada. Ara vull que la ermita estigue vuit díes uberta pera que vaiguen a vórela tots los del poble, grans y minuts, sabuts y ignorans, y que si algú trobe defectes a la pintura me los digue pera enmendáls. Y van aná tots a vórela y ningú va trobá cap falta, sino al contrari, lo alabáen mol y díen: 

- ¿Cóm sap fé aixó lo fill de la pupila, que es un chiquet y ningú la hi ha amostrat? Pero li van di que no enteníen les escenes que habíe pintat ni la intensió de ixos cuadros. Y ell los va di: 

- Escolteume, fills de Almudévar: yo tos vach preguntá si había de pintá lo que veéu o lo que no veéu, y me vau contestá que pintara lo que no veéu. Pos be: segons ixa paraula, yo tos hay pintat a un lienzo dos cuadros; la un es un olivá, y l’atre una viña, que són coses que pera vore teniu que aná a Huesca y al Semontano; pero lo que es al vostre lloc no les veéu per dixats y dropos

Al atre lienzo ñan dos cuadros mes; la un es una dona de casa seua mol asseada y cuidada, mol atenta, modesta y aplicada a la seua faena y a la inteligensia de les coses del gobern doméstic, la volten dos chiquets y una chiqueta, fills seus mol grassiosos, llimpios, asseats, ben vestits y criats; que tamé es cosa que no veéu al vostre poble. Al atre ña una sogra y una nora minchán les dos a un plat mol concordes, amigues y ben animades entre elles: cosa que tampoc veéu a la aldea. Per lo voltán y per l'aire ñan bosques, fieres y muixons, nugols, y atres coses segons me s'anáen ocurrín, importabe poc que foren estes o datres. Y a dal a la bóveda o sel de la capella hay pintat a María Santíssima en les mans tancades perque no ña an este poble qui les óbrigue en orassions devotes y sinseres, y la obligo a obriles pera dixá caure damún de vatres les bendissions de que les porte plenes.

Al sentí esta explicassió se van quedá tots espantats de la sabiduría de les pintures, y van cridá mol rato en gran ardó y jubileu: 

- ¡Es verdat!, ¡es verdat! ¡Viva Pedro Saputo! ¡Viva lo fill de la pupila! ¡Viva la honra de Almudévar! Y lo van agarrá y lo van portá a muscles a casa seua alabanlo y cantán a la seua gloria y lo van presentá a sa mare y li van di que ere la dona mes dichosa del món. Ella lo va ressibí plorán de goch, y va doná a tots les grassies per aquell favor que mostraben a son fill.


Original en castellá:

Capítulo IX.

De cómo Pedro Saputo pintó la capilla de la Virgen de la Corona.

O lo he soñado o lo he visto; yo creo que es lo segundo. ¡Y en qué ocasión y cómo la vide! Aún me hierve la sangre y se me enciende el coraje de pensarlo. ¡Cobarde! Allí debí morir, allí debí acabar, que ésta fue su intención o su aturdimiento. Pero me salvó el ángel antiguo de Pedro Saputo porque sabía que andando el tiempo había de tener la inspiración de escribir su vida. Agradezco su protección, y cumplo el encargo de la Providencia.

Tienen los de Almudévar, a la parte del pueblo que mira a Zaragoza, un santuario y capilla de Nuestra Señora de la Corona en un pueyo o montecillo donde en otro tiempo estuvo el castillo de los moros. Y como la hubiesen renovado de su vetustad y ruinas quisieron también pintarla, buscando para la obra un pintor muy afamado de Huesca llamado Raimundo Artigas, hombre melancólico, estreñido de genio, bilioso de color, seco de carnes, largo de cuello y claro de barbas; el cual pidió trescientas libras jaquesas por su trabajo con la condición que él pondría los colores y el agua limpia.

Súpolo el niño Pedro Saputo y se alegró mucho porque quería saber de pintura, faltándole entre otras cosas ver la composición y mezcla de los colores, puesto que el dibujo había llegado al extremo de primor y facilidad. Fue al maestro Artigas y le dijo le tomase por su aprendiz y criado; y la primera vez no quiso. Porfió Pedro, rogó, suplicó, y viéndole siempre duro le dijo un poco despechado pero templadamente. - Mirad, pues, señor maestro Artigas, que queráis que no queráis yo he de ser vuestro discípulo; y si no, vuestro maestro. Miróle entonces el maestro Artigas: meneó la cabeza y respondió: - Yo os admito, niño Pedro, porque me es imposible otra cosa obligándome una fuerza secreta que no sé lo que es; pero entended que seréis mi discípulo mientras supiéredes menos que yo y nunca mi maestro aunque lleguéis a pintar mejor que Miguel Ángel, porque para eso han de pasar muchos años e yo soy ya viejo, que tengo sesenta y nueve, y a esa hora que me busquen en el mundo. Y todos se admiraron de que el maestro Artigas le hubiese respondido tan blandamente, porque era de condición muy áspera, de voluntad absoluta y de opinión fuerte y acerada.

Comenzaron, pues, a pintar; y lo primero que el maestro le enseñó fue a moler los colores; y Pedro le preguntaba muchas veces cómo se mezclaban y qué diferencia había de los que llevaban aceite a los que no llevaban, con otras cosas del arte. El maestro Artigas se importunaba, pero unas veces de buena gana, y otras de mala, satisfacía al discípulo; y alguna también se le quedaba mudo o le alargaba un pescozón por respuesta. Mas él no se aburría ni arredraba, sino que cada día procuraba servirle con más afición y tornaba a las preguntas.

Habían pedido los del concejo al maestro Artigas que primero pintase parras y pájaros y después lo que quisiese; y pintó en la faja del altar a la mano derecha un árbol con una parra y muchos pájaros en ella picando las uvas; y en la punta de un sarmiento que hacía salir por un lado pintó un cuervo. Díjole entonces Pedro: - Señor maestro Artigas, si me dais licencia diré una cosa que observo en esta pintura. Diósela, y dijo: - Ahí habéis pintado un cuervo en la parra, y los cuervos más van a los muladares que a las viñas. Asombróse el maestro Artigas por el atrevimiento del discípulo, y le mandó que callase y no saliese de su molimiento de los colores. Pasó un rato, y otra vez dijo Pedro Saputo: - Pues aun todavía si me dieseis licencia diría alguna otra cosa, señor, maestro mío. - No te la doy, respondió éste muy alzada la voz de punto. - Es una friolerilla, replicó el muchacho: quería decir a vuestra merced que el cuervo debe pesar tanto como una gallina o poco menos; y de razón había de hacer inclinar ese sarmiento suelto, y vuestra merced le ha pintado tan tieso como si fuese de acero o el cuervo estuviese fofo. Al oír esto fue tan grande la ira del maestro Artigas, que no pudiendo atinar con las palabras acudió al cacharro de los colores que tenía entre las manos y se lo tiró con mucha furia, rompiéndose en menudos pedazos contra el suelo porque el niño hurtó el cuerpo al tiro, y dijo: - No quiero pintar más, porque eres un labrador, un descarado, un insolente, un malsín, un grandísimo bellaco. Y se fue de aquel paso y llamó al pueblo, y ayuntado en la plaza dijo, que mientras tuviesen en el lugar al atrevido y vano de Pedro Saputo, no quería pintar la capilla. Entonces Pedro Saputo pidió licencia para hablar y contó lo que había pasado con su maestro; y le dieron la razón y lo aprobaron, y no quisieron que se fuese del lugar. - Pues me iré yo, respondió muy aborrascado el maestro Artigas. - Idos enhorabuena, gritaron todos; mas que no se pinte la capilla. Y Pedro Saputo levantando la voz desde una piedra dijo al pueblo: - Si el maestro Artigas se va y vosotros queréis yo pintaré la capilla. - ¡Que la pinte, que la pinte!, gritó la multitud. Y el justicia y el concejo con los prohombres del pueblo encargaron la pintura a Pedro Saputo. Él entonces muy contento dijo: - Agora mirad, pueblo de Almudévar; yo pintaré la capilla de Nuestra Señora de la Corona, pero me habéis de dar lo mismo que dabais al maestro Artigas. Y se lo prometieron. Preguntóles qué querían que pintase, y no sabían qué decirle. Y tornó a preguntarles: - ¿Queréis que pinte lo que veis o lo que no veis? Y respondieron todos: - Lo que no vemos. - Pues yo, dijo él, lo pintaré, y gustaros ha por mi cuenta.

Inmediatamente se fue a la capilla y borró lo que había pintado el maestro Artigas, que era aún poco y no muy en su lugar. Tres meses estuvo pintando, y concluyó la obra y dijo al pueblo en la plaza: - La pintura está acabada. Agora quiero que la ermita esté ocho días abierta para que vayan a verla todos los del lugar, grandes y chicos, sabios e ignorantes, y que si alguno encuentra defectos en la pintura me los diga para enmendallos. Y fueron todos a verla y nadie halló falta alguna, sino al contrario le alababan mucho y decían: - ¿Cómo sabe hacer esto el hijo de la Pupila, que es un niño y nadie le ha enseñado? Pero le dijeron que no entendían las escenas que había pintado ni la intención de aquellos cuadros. Y él les dijo: - Oídme, hijos de Almudévar: yo os pregunté si había de pintar lo que veis o lo que no veis, y me respondisteis que pintase lo que no veis. Pues bien: según esa palabra, yo os he pintado en un lienzo dos cuadros; el uno es un olivar, y el otro una viña, que son cosas que para ver tenéis que ir a Huesca y al Semontano; pero lo que es en vuestro lugar no las veis por vuestra mucha desidia y cobardía. En el otro lienzo hay otros dos cuadros; el uno es una mujer de su casa muy aseada y cuidadosa, muy atenta, modesta y aplicada a su labor y a la inteligencia de las cosas del gobierno doméstico, rodeándola dos niños y una niña, hijos suyos muy graciosos, limpios y bien vestidos y criados; que también es cosa que no veis en vuestro lugar. En el otro hay una suegra y una nuera comiendo las dos en un plato muy concordes, amigas y bien animadas entre sí: cosa que tampoco no veis en el lugar. Por ahí alrededor y por el aire hay bosques, fieras y pájaros, nubes, y otras cosas según me iban ocurriendo, como quiera que importaba poco fuesen éstas u otras. Y arriba en la bóveda o cielo de la capilla he pintado a María Santísima con las manos cerradas porque no hay en este pueblo quien se las abra con oraciones devotas y humildes, y la obligue a abrirlas para dejar caer sobre vosotros las bendiciones de que las trae llenas.

Al oír esta explicación quedaron todos espantados de la sabiduría de las pinturas, y gritaron mucho rato con grande ardor y júbilo: - ¡Es verdad!, ¡es verdad! ¡Viva Pedro Saputo! ¡Viva el hijo de la Pupila! ¡Viva la honra de Almudévar! Y le tomaron y le llevaron en hombros a su casa alabándole y diciendo cantares en su gloria y lo presentaron a su madre y le dijeron que era la mujer más dichosa del mundo. Ella le recibió llorando de gozo, y dio a todos las gracias por aquel favor que mostraban a su hijo.