(chap. Soc, socs; de una forma pareguda está la soqueta, zoqueta, per a la ma cuan se segue.) (ESP. Zueco; madreña asturiano, madreñes; gallego zoco, zoca.)
champouirau, chapurriau, chapurriat, chapurreau, la franja del meu cul, parlem chapurriau, escriure en chapurriau, ortografía chapurriau, gramática chapurriau, lo chapurriau de Aguaviva o Aiguaiva, origen del chapurriau, dicsionari chapurriau, yo parlo chapurriau; chapurriau de Beseit, Matarranya, Matarraña, Litera, Llitera, Mezquín, Mesquí, Caspe, Casp, Aragó, aragonés, Frederic Mistral, Loís Alibèrt, Ribagorça, Ribagorsa, Ribagorza, astí parlem chapurriau, occitan, ocsitá, òc, och, hoc
martes, 2 de junio de 2026
Soc, Soca, Societat, Soda, Sodomita, Sufflar, Sofisme
(chap. Soc, socs; de una forma pareguda está la soqueta, zoqueta, per a la ma cuan se segue.) (ESP. Zueco; madreña asturiano, madreñes; gallego zoco, zoca.)
miércoles, 1 de abril de 2026
Randa - Arrapar
lunes, 29 de julio de 2024
4. 14. Máximes y sentensies de Pedro Saputo.
Capítul XIV.
Máximes y sentensies de Pedro Saputo.
Solíe di que preferíe enemics espabilats que amics apamplats.
Díe que en general tots los homens són bons y tots roíns, perque no los ham de demaná lo que no poden doná, ni voldre que obron com no los convé encara que igual entenen mal esta conveniensia.
Y en cuan a la justissia, que o no la coneixen en los casos que obren mal, o que no saben lo que val.
Li van preguntá una vegada, quins homens eren los mes perjudissials, y va contestá que los envechosos. Se van admirá de esta resposta, y van voldre sabé lo que sentíe dels lladres, assessinos y datres; y va di, que dels primés, lo envechós pegue en lladre, y per enveja escomensaben a sé roíns; que los atres són uns miserables, ignorans, soques y mal encaminats per uns atres com ells, o perduts per la mala educassió cuan eren chiquets y mossos; pero que al final, tart o pronte se fa justissia. Pero que lo envejós o la envejosa es un verdadé malsín, lo traidó per naturalesa, lo animal propiamen dit, contra qui no ña cástic a les leys ni a les costums, per al mal que cause en general y en particulá, que es mes que lo que mos ve de totes les demés classes juntes de homens perversos y malvats. Que la enveja ha causat mes trastornos al món que la codissia y la ambissió juntes, si no es que la ambissió sigue un nom dorat pera la enveja. Pero que sin embargo podíen alguna vegada, y de particulá en particulá, produí un be paregut al de les cagarrines y colics al cos humano, que si no són frecuens ni mol graves, fan al home templat y sobrio.
Tamé díe moltes vegades que la avarissia no habíe eixecat cap casa; y sí moltes lo orden y la economía.
Díe que los mes grans enemics del be del home solen sé la vanidat y la dropina. La vanidat perque gaste mes de lo que pot y se arruine o diu mes de lo que deu y cau en grans inconveniens; y la perea, la dropina, perque va detrás de les estassions al tems, de la saó als negossis, dels fets als acontessimens, dixansu vindre tot damún, hasta que li cau la casa y acabe a les seues ruines, enrunat y arruinat, o fuch espantada y no trobe aon fotres, pobra, falta de consell y aburrida.
Díe que la tontería es mal incurable (només cal vore a Carlos Rallo Badet) y códul al que sempre se entropesse; y que los tres mes grans traballs que pot passá un home són viure en imbessils, tratá en embusteros y viachá en un cobart (Julio Micolau de La Fresneda fa les tres coses, que pareix lo gos de Quintaneta).
Lo influjo de la imprenta y la aplicassió de cadaú guiada y exitada per los sabuts, díe que lo faríen home al món, perque hasta ara (al seu tems) encara no habíe eixit de chiquet.
Creíe que los homens may habíen sigut millós, sino que a uns atres tems van tindre menos leys y menos sossiedat, y així menos juissi y censura de les seues acsions; pero que la sossiedat se habíe anat constituín milló, encara que no be del tot.
Segons ell, los homens del seu tems no enteníen lo comers, la agricultura, les arts, ni les siensies, perque li pareixíe que no veíe mes que torpesa, casualidat, charlatanisme y miseria.
Cuan se va sabé la seua ressolusió de casás li van preguntá, cóm sén tan sabut caíe an esta vulgaridat. Y va contestá: no es vulgaridat casás, perque es seguí la naturalesa, sino casás mal per interés o per mera y sola raó de nom, y queixás después, o condená lo matrimoni y parlá mal de les dones.
Abans de coneixe a son pare díe que donáe grassies a Deu perque no lay habíe dixat coneixe, pos habíe vist mols chiquets de qui no li penaríe sé pare, y pocs homens de qui voldríe sé fill.
Pero cuan va trobá a son pare, va plorá de pena de no habél conegut desde la cuna. Y sobre lo seu apellit va contestá a don Vicente, son germá de Morfina, que li va preguntá si estáe orgullós de ell: ya me pareixíe a mí que no podíe escapá de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, perque estos linajes són com los vileros que a tota vila se troben.
Com habíe tratat en flares y monges y los coneixíe mol be, díe que an aquells los faltabe un voto, y an estes nels sobraben dos.
Pero no explicabe mes, y no sabem quins votos eren eixos.
Per tres coses (díe) donaría yo la vida: per la religió que professo, per ma mare y per lo meu poble. Li van preguntá una vegada que acababe de di aixó, si la donaríe per lo Rey; y va contestá que no enteníe la pregunta.
Solíe di que en general la primera nessessidat de les dones es parlá; la segona murmurá de atres, y la tersera, sé adulades.
La perea als jovens, la desautoridat als agüelos, la vanidat a les fees, y casá a un home baixotet en una dona alta, díe que són cuatre pecats iguals, contra natura.
Recomanán la frugalidat solíe di: carn una vegada al día, y eixa a
l'olla o rostida. Y condenán la tacañería als plats: lo milló dols es la mel, lo milló coc, lo bon pa, lo milló licor, lo bon vi, y lo milló guiso, lo mes curtet y simple.
Díe que ñabíe cuatre coses que lo ficaben a pun de alferessía: taula menuda, llit curt, mula pesada, y navalla sense esmolá.
Cuatre que li omplíen l'alma de rissa: una agüela en flos, un home gurrumino, un predicadó de mal ejemple, y un flare o retó fenli la roda a una dama.
Y cuatre que li féen portá la má a la espasa:
engañá a un sego, feli la burla a un agüelo, un home peganli a una dona, y un fill maltratán a son pare o a sa mare.
Están a Sevilla li van brindá si volíe aná a vore a una poetisa que componíe sonetos, églogues de pastós y atres poemes; y va contestá que sí, pero que li habíen de di en tems lo día y la hora perque volíe preparás.
- ¿Quína preparamenta nessessitéu?, li van preguntá, y va di:
purgám y llimpiá be la pancha, y después péndrem un elixir que sé fé yo en gitam, mol espessial contra los vomits y la fluixera de ventre.
Entre les sentensies dels antics la que mes li agradáe ere aquella de Virgilio: Felix qui potuit rerum cognoscere causes. "dichós, felís, lo que alcanse a coneixe les causes de les coses»; aixó es, a la naturalesa.
Y de ell la sentensia mes sélebre es esta: que lo mol resá a ningú ha fet san, ni lo mol lligí sabut (només cal vore a Moncho), ni lo mol minjá ressio y fort.
Moltes atres dites y sentensies se li atribuíxen; pero o són mol vulgás, o sels vol doná autoridat en lo seu nom. Y així mateix se conten de ell diferens fets que de cap manera corresponen al consepte que lo seu gran talento y máxima prudensia mereixen.
Yo estic convensut de que així los dits com los fets que corren com si foren seus y són tan indignes de la seua discressió y sabiduría, perteneixen al fals o apócrifo Pedro Saputo, a qui los de Almudévar van fotre fora a gorrades y en raó del seu poble, tan malparat lo malparit, y que, com ham dit, ere un acsiomo, un dropo, gat, torpe, indessén, (algo paregut a Mario Sasot Escuer, lo de la revista de la franja del meu cul.)
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Lo fill de la pubilla va sé mol sobrio, mol fi, mol amable, persona de mol respecte, y tan gran en tot com se ha vist an esta verdadera historia de la seua vida.
Original en castellano:
Capítulo XIV.
Máximas y sentencias de Pedro Saputo.
Solía decir que más quería enemigos agudos que amigos tontos.
- Decía que hablando en general todos los hombres son buenos y todos malos, porque no les debemos pedir lo que no pueden dar, ni querer que obren como no les conviene aunque tal vez entiendan mal esta conveniencia. Y en cuanto a la justicia, que o no la conocen en los casos que obran mal, o que no saben lo que vale.
- Preguntáronle una vez, qué hombres eran los más perjudiciales, y respondió que los envidiosos. Admiráronse de esta respuesta, y quisieron saber lo que sentía de los ladrones, matadores y otros; y dijo, que de éstos mucha parte eran también envidiosos y por envidia comenzaban a ser malos; que otros son unos miserables, ignorantes, rudos y mal encaminados por otros como ellos, o perdidos por la mala educación en su niñez y mocedad; pero que al fin de todos ellos tarde o temprano se hace justicia. Mas que el envidioso es un verdadero malsín, el traidor por naturaleza, el animal propiamente dañino, contra el cual no hay castigo en las leyes ni en las costumbres, para el daño que causa en general y en particular, que es más que el que nos viene de todas las demás clases juntas de hombres perversos y malvados. Que la envidia ha causado más trastornos en el mundo que la codicia y la ambición juntas si no es que la ambición sea un nombre dorado de la envidia. Pero que sin embargo podían alguna vez, y de particular a particular, producir un bien parecido al de las indigestiones y cólicos en el cuerpo humano, que si no son frecuentes ni muy graves, hacen al hombre templado y sobrio.
- También decía muchas veces que la codicia no había levantado ninguna casa; y sí muchas el orden y la economía.
- Decía que los mayores enemigos del bien del hombre suelen ser la vanidad y la pereza. La vanidad porque gasta más de lo que puede y se arruina o dice más de lo que debe y cae en grandes inconvenientes; y la pereza, porque va detrás de las estaciones en el tiempo, de la sazón en los negocios, de los hechos en los acontecimientos, dejándoselo venir todo encima, hasta que se le cae la casa y acaba en sus ruinas, o huye espantada y no encuentra donde meterse, pobre, falta de consejo y aborrecida.
- Decía que la necedad es mal incurable y piedra en que siempre se tropieza; y que los tres mayores trabajos que puede pasar un hombre son vivir con necios, tratar con embusteros y viajar con un cobarde.
- El influjo de la imprenta y la aplicación de cada uno guiada y excitada por los sabios, decía que harían hombre al mundo, porque hasta ahora (en su tiempo) aún no ha salido de niño.
- Creía que los hombres nunca habían sido mejores, sino que en algunos tiempos tuvieron menos leyes y menos sociedad, y así menos juicio y censura de sus acciones; pero que la sociedad había estado mejor constituida, aunque no bien del todo.
- Según él, los hombres de su tiempo no entendían el comercio, la agricultura, las artes, ni las ciencias, porque le parecía que no veía sino torpeza, casualidad, charlatanismo y miseria.
- Cuando se supo su resolución de casarse le preguntaron, cómo siendo tan sabio caía en esta vulgaridad. Y respondió: no es vulgaridad casarse, porque es seguir la naturaleza, sino casar mal por interés o por mera y sola razón de nombre, y quejarse después, o condenar el matrimonio y hablar mal de las mujeres.
- Antes de conocer a su padre decía que daba gracias a Dios porque no se lo había dejado conocer, pues había visto muchos niños de quien no le pesaría ser padre, y pocos hombres de quien quisiera ser hijo. Mas cuando encontró a su padre, lloró de pena de no haberle conocido desde la cuna. Y acerca de su apellido respondió a don Vicente, el hermano de Morfina que le preguntó si estaba muy vano de él: ya me parecía a mí que no podía escapar de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, porque estos linajes son como los gorriones que en todo poblado se encuentran.
- Como había tratado con frailes y monjas y los conocía muy bien, decía que a aquéllos les faltaba un voto, y a éstas les sobraban dos. Pero no explicaba más, y no sabemos qué votos eran éstos.
- Por tres cosas (decía) daría yo la vida: por la religión que profeso, por mi madre y por mi pueblo. Preguntáronle una vez que acababa de decir esto, si la daría por el rey; y respondió que no entendía la pregunta.
- Solía decir que en general la primera necesidad de las mujeres es hablar; la segunda murmurar de otras, y la tercera, ser aduladas.
- La pereza en los jóvenes, la desautoridad en los viejos, la vanidad en las feas, y casar hombre pequeño con mujer alta, decía que son cuatro pecados iguales contra natura.
- Recomendando la frugalidad solía decir: carne una vez al día, y ésa en la olla o asada. Y condenando la prolijidad en los platos: el mejor dulce es la miel, el mejor bizcocho, el buen pan, el mejor licor, el buen vino, y el mejor guiso, el más corto y simple.
- Decía que había cuatro cosas que le ponían a punto de alferecía: mesa pequeña, cama corta, mula pesada, y navaja sin filo. Cuatro que le regaban el alma de risa: una vieja con flores, un marido gurrumino, un predicador de mal ejemplo, y un fraile o clérigo haciendo la rueda a una dama. Y cuatro que le hacían llevar la mano a la espada: engañar a un ciego, burlarse de un viejo, un hombre pegando a una mujer, y un hijo maltratando a su padre o a su madre.
- Estando en Sevilla le brindaron si quería ir a ver una poetisa que componía sonetos, églogas de pastores y otras poesías; y respondió que sí, pero que le habían de decir con tiempo el día y la hora porque quería prepararse.
- ¿Qué preparación necesitáis?, le preguntaron, y dijo, purgarme y limpiar bien el estómago, y luego tomar un elixir que sé yo hacer muy especial contra las náuseas y la flojedad del vientre.
- Entre las sentencias de los antiguos la que más le gustaba era aquella de Virgilio, Felix qui potuit rerum cognoscere causas. «Dichoso el que alcanza a conocer las causas de las cosas»; esto es, a la naturaleza.
- Y de él la sentencia que más se celebra es ésta: que el mucho rezar a nadie ha hecho santo, ni el mucho leer sabio, ni el mucho comer robusto y fuerte.
Muchos otros dichos y sentencias se le atribuyen; pero o son muy vulgares, o se les quiere dar autoridad con su nombre. Y asimismo se refieren de él varios hechos que de ningún modo corresponden al concepto que su gran talento y suma prudencia le ha merecido. Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como los suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría, pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan malparado, y que, como hemos dicho, era un mentecato, un vago y un borracho torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo como se ha visto en esta verdadera historia de su vida.
domingo, 28 de julio de 2024
4. 1. Li propose sa mare a Pedro Saputo que se caso. Revelassió importán.
Llibre cuart.
Capítul I.
Li propose sa mare a Pedro Saputo que se caso. Revelassió importán.
¡Quína llástima que Pedro Saputo passare dels dessat o devuit añs de edat que teníe cuan va eixí del convén! ¡Quínes coses tan amables ñauríe a la seua vida! Perque lo que es ell no nessessitáe mes barbes, mes tempero ni madurassió: ere un gran músic, un bon pintó, literato o lletrat, filóssofo, mol ample de muscles y ben reforsat, un home perfecte, un home complet y fet de totes totes.
Es verdat que com los demés van aná envellín, no haguere pugut tindre sempre los mateixos amors, y se va vore obligat a dixá los que sen anaben de la orfanidat, y aná agarrán los que van aná vinín. Pero aixó an ell ¿qué li fotíe?; algo, ya u vech; perque ni lo cor del home es aixina ni ña verdadé amor sense estima, ni estima sense virtut, y la virtut seguix totes les edats. Pijó siríe encara si tinguere fills, perque éstos creixeríen, trauríen barba, y se faríen homens, y lo pare se quedaríe detrás de ells y sagal sempre. Vaiga, no pot sé, no estaríe be, es disparate pensáu; milló es lo que ara se use.
Per un atra part, ¡sé sempre jove!, ¡no passá may dels vin añs! ¡Ay, qué bo siríe, dirá aquí alguna sagala lectora passada ya de ixa edat o assomanse an ella! ¡Ay, qué bo! Pos mira, lectó, sagala, o entenu tú que lliches, la jove dels cuatre lustros, o los que tingues, que si a la meua má estiguere may siríeu velles, sense que sigue lisonja féu mes bon goch y mos agradéu mes de joves. Una vegada passats los trenta y cuatre o trenta y sing, tos pararía allí y no tos faríeu mes fees. Sí que ha passat ya la juventut y sen va aná lo coló de rosa, y la vivesa dels ulls y la finura de la careta, y lo aire y la amabilidat dels añs de les grassies. Pero encara no sou fees. ¿Qué mes volíeu? Parléu als deu añs mes, y diréu: ¡ay quí los agarrare! Pero no me se ha donat este encárrec; u séntigo, y mes no podéu remediá. Conque admitiu la voluntat o alcansaume llissensia pera servitos.
Ham arribat al llibre cuart de la vida de Pedro Saputo, al que ya es home de mes serios pensamens, ya no li putixen los mantellets, y ya no faltará qui mol pronte li dono una sofrenada y li digue: hola, mosso; mira que eres home. Sino que es lo cas que yo, com lo vull tan y ere ell tan viu y demoniet de sagal, séntigo que no u sigue sempre y tingam que tratá de coses tan formals com sirán les que apunten y seguixen. En tot, ell es lo mateix, y yo tamé, y així ni ell dixará de obrá com qui ere, ni yo de escriure com hay escrit hasta ara. Conque, ¡arredro, tristesa!, ¡oste allá, pesás del alma! Bon ánim y continuem. Aquell inviarn lo va passá Pedro Saputo al seu poble, dedicanse al estudi prinsipalmen y sense olvidá la pintura y la música. Los ratos libres descansáe en la conversa de Eulalia que en tan bon mestre va arribá a sé la sagala mes discreta y amable de la terra. No dixáe de creures digna del mateix favor la filla de sa padrina, perque ere tamé mol amable, grassiosíssima, maja, garbosa, entesa, encara que inossén, y un verdadé diamán traballat, y treballat per tals mans; y tamé lo volíe mol, habenla inclinat sa mare al amor de Pedro Saputo en propósit de que la amistat dels pares se arribare a estretí del tot en la unió dels fills y quedaren les dos cases fetes una sola. Ell, sabenu, contemplabe y alegrabe a san germaneta, pero la part prinsipal sempre ere pera Eulalia.
Sa mare, en fin, después de habéu pensat moltes vegades y habé reculat tantes atres per temó de la seua resposta, se va determiná a insinuali que lo seu dessich siríe vórel casat, a la seua edat ya conveníe. Y li va afechí que al poble mateix podríe casás mol be, si vols casat be, cásat al carré, al seu poble no lo engañaríen. Yo sé, va di, que ña qui te vol y pense en tú mes de lo que tú assertarás a imaginát. De Eulalia tú sabrás a lo que está disposada, habén dit sempre a la seua familia y publicamen que te volíe tan que may voldríe a datre home, perque no lo podíe ñabé ya digne de ella después de habet conegut a tú y merescut lo teu amor. Gala, sí, fill meu, gala está fen, de sé filla de un filldalgo que tú saps lo fanfarrón que ere, del amor en que te vol y diu que tú li correspons. Y lo que es mes, ningú murmure de ella sino que encara pareix que tots la volen mes per esta ressolusió y desenfado. De les demés del poble, grans, minudes y michanes, potsé te costaríe mes preguntá que conseguí lo sí de elles y dels pares; perque yo sé cóm me saluden, yo sé lo que me afavorixen, tratanme com a igual hasta les mes engreídes y pujadetes, visitanme y alegranse cuan yo les visito.
No sé lo que es; pero hasta pera criades me se han brindat sagales de cases mol dessentes. Pero entre totes me pareix que a qui te pots dirigí es a la filla de ta padrina, a tan germaneta, an ixa Rosa que u es verdaderamen y a qui sa mare ha criat com aposta pera tú, y ella mereix un home com tú, perque es un ángel com veus de hermosa y amable, sempre alegre y natural, viva, dóssil y grassiosa, advertida, sempre portán la gloria als seus ulls y an aquella careta que no sé si haurás mirat be, pero que sense parlá diu mol, en un cor puro y tendre, y un pensamén florit; que ben dichós sirá, fill meu, ben dichós al que ella óbrigue lo seu pit y se li entrego del tot.
Pedro Saputo li va contestá:
- Cosa natural es que vosté, siñora mare, me haigáu proposat que me casa. No obstán, a mí me pareix que encara soc massa jove. ¿Qué són vinticuatre añs pera un home, y encara no cumplits?
Y pera mí són menos que pera datres. Tamé crec que coneixéu poc lo cor humano si agarréu com una simple enhorabona los obsequios que tos fan a les cases prinsipals del poble, yo buscaría lo gat.
Y entre tantes sagales com vosté me trobéu, no me atrevería a parlá de llas y enllás mes que en dos, la una perque está vist lo bon dessich de la seua familia, que es man germaneta Rosa; l'atra, Eulalia, perque trencaríe tots los inconveniens y despressiaríe la contradicsió dels seus. Pero no mos engañem, bona mare y siñora meua; yo com Pedro Saputo soc ben ressibit aon vach, y les joves, lo que es per nelles, repararán poc en una vanidat o soberbia que no diu al cor; pero tenen pares, y éstos no poden dixá de pensá en lo pas del tems; y me atrevixco a di que hasta de eixes, si no es Rosa, ñauríe alguna dificultat pera vore nora a la vostra casa. Y la pas después duraríe o no, y lo mateix la felissidat. Lo món se goberne per preocupassions y no per raó; y ñan preocupassions nessessaries, senu unes a uns tems, y atres a datres, y algunes conveniens a tots, perque toquen al alma mateixa de la sossiedat. En fin, siñora y mare meua, tos u diré sense voltes: me sobren bens, o al menos ne ting bastans y puc aumentáls fassilmen; pero me falte nom y familia, y no tenim que cometre la temeridat de buscá desaires o disgustos que mos faiguen mal, mos dolguen y mos ofenguen. De Rosa parlaré mes en particulá al seu momén.
Sa mare lo va entendre y va di:
- Parles, fill meu, com lo que eres y te cride lo món. Es verdat, tens raó, pera la teua desgrassia y pera la meua... Y aquí se va ficá a plorá, se va encaná y no va pugué di res mes.
- No ploréu, mare, li va di ell; pensáu que res tos falte, y que teniu un fill que tos adore y res trobe a faltá en la seua condissió.
- Sí, fill, sí, ya u vech, va contestá ella; pero ya que ham tocat este pun, y eres tan prudén, vull que sápigues lo que hasta ara no me había atrevit a dit:
- Yo entraba a casa una tarde de hivern mol freda y en tronada, y al mateix tems va assertá a entrá al poble y passá per allí un caballé, me va mirá en atensió, va pará lo caball, y com va vore que yo me avergoñía y anaba a ajuntá la porta, me va cridá y va demaná fonda pera un rato, pos encara volíe passá del poble, res mes que calentám, va di, y fe un mosset. Yo li vach di que desmontare y entrare a casa meua si volíe, pero que sentía que fore tan poc digna del tal huésped. Veníe carpidet de fret. Ell se va apeá, va pujá, se va calentá, va minchá algo, y ya manáe al criat traure al caball cuan mirán per la finestra va vore lo tems cruel y va di: no importe la vida ni la hassienda, amable possadera meua; yo a ningú conec ni hay de vore an este poble, si no tos hay de molestá, me quedaría aquí esta nit. Yo, plena de confusió per lo meu mal ajuar, li vach di que mirare lo que fée; que no ere casa aon puguere está a gust y comodamen, perque la bona voluntat en que yo lo serviría no suplíe atres faltes.
Y se va mostrá mol satisfet y contén.
En son demá va nevá, bufáe un airet sers que talláe la cara y no va eixí de casa. A l'atre día va fé un airegaz y unes ventolines que se emportáen les teulades y un fret que no se podíe viure mes que damún dels calius, a les flames del fogaril; y habén enviat al criat a per aigua perque no va volé que yo hi aniguera, me va di:
- ¿Conque sou pubilla? - Sí, siñó. - ¿Y soltera? - Sí, siñó. - ¿Y honrada? - Ya u veéu. - Pos yo, va di entonses, soc mosso y caballé, huérfano tamé de mare, y vach a seguí lo consell de mon pare, que es un home mol sabut. ¿Voléu vindre en mí?
- No, siñó, y perdonéu, li vach contestá yo.
- No siréu la meua criada, sino siñora de casa meua.
- Tos dono les grassies, li vach di tremolán, pero mons pares me van encarregá mol la honestidat y no me van dixá datres bens.
- No tinguéu vergoña, digna donsella, me va di entonses serio pero amorós. Deu me ha fet entrá an esta casa cridanme en la vostra modestia y la noblesa de cor que vach vore a la vostra mirada y vach sentí a les vostres paraules. Los llassos mes amagats que me tenen sujeto al vostre costat són mol forts, creéume, y vull que siguen vissibles y mes forts encara; són del cor, y vull que siguen tamé de la ley. Doneume la má. Y dién aixó me va agarrá de la má y va di:
- Sou la meua dona.
Yo estaba tan fora de mí, que no podía parlá y no li contestaba.
Y ell me va di:
- Parléu o apreteume al menos la má. ¿Admitíu la meua? Yo lay vach apretá y crec que vach di "siñó”. Entonses me va abrassá, y me vach creure, fill meu, me vach creure la seua dona... Aquí va torná a plorá la beneita, y después va prosseguí dién: y en aixó se va pará un día mes, ¡y vach sé ta mare!... No va pugué continuá la pobreta, y son fill la va dixá plorá y gemegá una mica, y después la va consolá y li va di en mol amor que acabare la historia, perque la sentíe en mol gust.
- No ting res mes que di, va contestá sa mare, exepte que lo caballé me va dixá coranta escuts y sen va aná prometinme torná al cap de un mes, pero sense dim cóm se díe ni de aón ere. Tot, fill, me pareix habéu ensomiat; y si tú no hagueres naixcut per somni u tindría. Perque sinó ¿cóm un home tan formal y virtuós podíe engañá aixina a una infelís per pago de habél ressibit a casa meua?
¡Y te li assemelles tan!
Va pensá una mica Pedro Saputo y va di:
- No tos desconsoléu; aquell caballé no tos va engañá, no podíe engañatos, o se va morí o se li va desvindre alguna desgrassia, sigue com sigue, que no li ha dixat torná als brassos de una dona que tan libremen y en tanta reflexió va pendre del modo que hau referit.
No ploréu, no penséu mes en aixó; consoleutos y sigáu felís com u hau sigut hasta ara. Dixéu tot, y alegréu la vostra imaginassió en lo be y estat presén, que tans atres envechen, com vosté mateixa veéu. Y en cuan al meu casamén no tos preocupéu, que ya u aniré yo pensán, y vorem lo que mos anirá milló, ya que no ña cosa que mos apremio, ningú mos fique flarets al cul.
Se va consolá sa mare, y no sen va parlá mes del assunto. Sen va enrecordá Pedro Saputo de lo que habíe sentit del pare, que hasta príncipe lo creíen algúns, y de bona gana li haguere fet algunes preguntes a sa mare; pero va tindre per mes convenién no seguí una curiosidat potsé inútil y no del tot ben vista entre un fill y sa mare.
Original en castellá:
Libro cuarto.
Capítulo I.
Propone su madre a Pedro Saputo que se case. Revelación importante.
¡Qué lástima que Pedro Saputo pasase de los diecisiete o dieciocho años aún de la edad que tenía cuando salió del convento! ¡Qué cosas tan amables habría en su vida! Porque lo que es él no necesitaba más barbas, más tempero ni madurez: era un gran músico, un buen pintor, literato, filósofo, muy robusto y esforzado, hombre perfecto, hombre completo y hecho de todos modos. Es verdad que como los demás hubieran ido envejeciendo, no hubiese podido tener siempre unos mismos amores, y se viera obligado a dejar los que se iban de edad, y tomar los que fuesen viniendo. Mas esto a él ¿qué se le podía dar?; algo, ya lo veo; porque ni el corazón del hombre es ése ni hay verdadero amor sin estimación, ni estimación sin virtud, y la virtud sigue todas las edades. Peor sería aún si había hijos, porque éstos crecerían, barbarían, y se harían hombres, y el padre se quedaría detrás de ellos y muchacho siempre. Vaya, no puede ser, no estaría bien, es disparate pensarlo; mejor es lo que ahora usamos.
Por otra parte, ¡ser siempre joven!, ¡no pasar nunca los veinte años! ¡Ay, qué bueno sería, dirá aquí alguna muchacha pasada ya de esa edad o asomando a ella! ¡Ay, qué bueno! Pues mira, lector, di a esa muchacha, o entiéndelo tú que lees, la joven de los cuatro lustros, o los que tengas, que si en mi mano estuviera nunca seríais viejas, sin que sea lisonja parecéis mejor y nos gustáis más de jóvenes. En llegando que llegaseis al aspecto medio y de tránsito que dan los treinta y cuatro o treinta y cinco a la mujer, os pararía allí y no seríais más feas. Sí que ha pasado ya la juventud y se fue el color de rosa, y la viveza de los ojos y la lisura de la tez, y el aire y la amabilidad de los años de las gracias. Pero aún no sois feas. ¿Qué más queríais? Hablad a los diez años más, y diréis: ¡ay si aquéllos fueran! Pero no se me ha dado semejante encargo; lo siento, y más no poderlo remediar. Conque admitid la voluntad o alcanzadme licencia para serviros.
Hemos llegado al libro cuarto de la vida de Pedro Saputo, en el cual es ya hombre de más serios pensamientos, ya no hedía a las mantillas, y ya no faltaría quien muy pronto le diese una sofrenada y le dijese: hola, mozo; mira que eres hombre. Sino que es el caso que yo, como le quiero tanto y era él tan vivo y diabólico de muchacho, siento que no lo sea siempre y hayamos de tratar de cosas tan formales como van a ser las que apuntan y siguen. Con todo, él es el mismo, y yo también, y así ni él dejará de obrar como quien era, ni yo de escribir como he escrito hasta ahora. Conque, ¡arredro, tristeza!, ¡oste allá, pesares del alma! Buen ánimo y continuemos.
Aquel invierno lo pasó Pedro Saputo en su lugar, dedicándose al estudio principalmente y no olvidando la pintura y la música. Los ratos libres descansaba en la conversación de Eulalia que con tan buen maestro llegó a ser la muchacha más discreta y amable de la tierra. No dejaba de creerse digna del mismo favor la hija de su madrina, porque era también muy amable, graciosísima, bonita, garbosa, entendida, aunque inocente, y un verdadero diamante labrado, y labrado por tales manos; y le quería mucho igualmente, habiéndola inclinado su misma madre al amor de Pedro Saputo con propósito de que la amistad de los padres se llegase a estrechar del todo con la unión de los hijos y quedasen las dos casas hechas una sola. Él conociéndolo, contemplaba y alegraba a su hermanita, pero la parte principal siempre era para Eulalia.
Su madre, en fin, después de haberlo pensado muchas veces y retraídose otras tantas por temor de su respuesta, se determinó a insinuarle que su deseo sería verle casado, y en el estado que ya a su edad convenía más que otro. Y le añadió que en el pueblo mismo podría casar muy bien, porque demás que el que casa en su pueblo ni engaña ni le engañan, yo sé, dijo, que hay quien te quiere y piensa en ti más de lo que tú acertarás a imaginarte. De Eulalia tú sabrás a lo que está dispuesta, habiendo dicho siempre en su familia y públicamente que te quería tanto que jamás querría a otro hombre, porque no lo podía haber ya digno de ella después de haberte conocido a ti y merecido tu amor. Gala, sí, hijo mío, gala está haciendo, con ser hija de un hidalgo que tú sabes lo entonado que era, del amor con que te quiere y dice que tú le correspondes. Y lo que es más, nadie murmura de ella sino que aún parece que todos la quieren más por esta resolución y desenfado. De las demás del pueblo, grandes, chicas y medianas, quizá te costaría más pedillas que alcanzar el sí de ellas y de los padres; porque yo sé cómo me saludan, yo sé lo que me favorecen, tratándome como su igual aun las más engreídas, visitándome y alegrándose cuando yo las visito. No sé lo que es; pero aun para criadas se me han brindado muchachas de casas harto decentes. Mas entre todas me parece que a quien te puedes dirigir es a la hija de tu madrina, a tu hermanita, a esa Rosa que lo es verdaderamente y a quien su madre ha criado como adrede para ti, y ella merece un hombre como tú, porque es un ángel como ves de hermosa y amable, siempre alegre y natural, viva, dócil y graciosa, advertida, siempre llevando la gloria en sus ojos y en aquel rostro que no sé si habrás mirado bien, pero que sin hablar dice mucho, con un corazón puro y tierno, y un pensamiento florido; que bien dichoso será, hijo mío, bien dichoso al que ella abra su pecho y se le entregue del todo.
Pedro Saputo le contestó: - Cosa natural es que vos, señora madre, me hayades propuesto que tome estado. No obstante, a mí me parece que todavía soy joven. ¿Qué son veinticuatro años para un hombre, y aún no cumplidos? Y para mí son menos que para otros. También creo que conocéis poco el corazón humano si tomáis por más que una simple enhorabuena los obsequios que os hacen en las casas principales del lugar, no probaré yo si son otra cosa. Y entre tantas muchachas como vos me encontráis, no me atrevería a hablar de enlace sino a dos, la una porque está conocido el buen deseo de su familia, que es mi hermanita Rosa; la otra, Eulalia, porque rompería por todos los inconvenientes y despreciaría la contradicción de los suyos. Pero no nos engañemos, buena madre y señora mía; yo como Pedro Saputo soy bien recibido donde quiero, y las jóvenes, lo que es por ellas, repararán poco en una vanidad o soberbia que no dice al corazón; pero tienen padres, tienen deudos que no pueden dejar de pensar al uso del tiempo; y sin un arrojo un poco estrepitoso me atrevo a decir que aun de esas mismas, si no es Rosa, habría alguna dificultad para ver nuera en vuestra casa. Y la paz después duraría o no, y lo mismo el contento. El mundo se gobierna por preocupaciones y no por razón; y dígase también que hay preocupaciones necesarias, siéndolo unas en unos tiempos, otras en otros, y algunas convenientes en todos, porque tocan al alma misma de la sociedad. En fin, señora y madre mía, os lo diré sin rodeos: me sobran bienes, o a lo menos tengo bastantes y puedo aumentallos fácilmente; pero me falta nombre y familia, y no debemos cometer la temeridad de buscar desaires o disgustos que nos duelan y ofendan. De Rosa hablaré más en particular a su tiempo.
Su madre le entendió y dijo: - Hablas, hijo mío, como lo que eres y te llama el mundo. Es verdad, tienes razón, por tu desgracia y la mía... Y aquí se puso a llorar y no pudo decir más. - No lloréis, madre, le dijo él; pensad que nada os falta, y que tenéis un hijo que os adora y nada echa de menos en su condición. - Sí, hijo, sí, ya lo veo, respondió ella; pero ya que hemos tocado este punto, y eres tan prudente, quiero que sepas lo que hasta ahora no me había atrevido a decirte:
- Yo entraba en casa una tarde de invierno muy fría y tempestuosa, y al mismo tiempo acertó a entrar en el pueblo y pasar por allí un caballero, me miró con atención, paró el caballo, y como vio que yo me avergonzaba e iba a cerrar la puerta, me llamó y pidió posada para un rato, pues todavía quería pasar del pueblo, no más que calentarnos, dijo, y tomar un bocado. Yo le dije que se apeara y entrara en mi casa si gustaba, pero que sentía fuese tan poco digna del tal huésped ni como había menester en el estado que le veía; porque venía arrecido y entumido de frío. Él se apeó, subió, se calentó, comió algo, y mandaba al criado sacar al caballo; cuando mirando por la ventana vio el tiempo cruel y dijo: no importa la vida ni la hacienda, amable huéspeda mía; yo a nadie conozco ni he de ver en este lugar, si no os he de ser molesto, me quedaría aquí esta noche. Yo llena de confusión por mi mal ajuar, le dije que mirase lo que hacía; que no era casa donde pudiese estar a gusto y cómodamente, porque la buena voluntad con que yo le serviría no suplía otras faltas. Y se mostró muy satisfecho y contento.
Al día siguiente nevó y ventisqueó sin parar y no salió de casa. Al otro día hizo un viento que se llevaba los tejados y un frío que no se podía vivir sino encima de los tizones; y habiendo enviado el criado a por agua porque no quiso que yo fuese, me dijo: - ¿Conque sois pupila? - Sí, señor. - ¿Y soltera? - Sí, señor. - ¿Y honrada? - Ya lo veis. - Pues yo, dijo entonces, soy mozo y caballero, huérfano también de madre, y voy a seguir el consejo de mi padre, que es un hombre muy sabio. ¿Queréis veniros conmigo? - No, señor, y perdonad, le respondí yo. - No seréis mi criada, sino señora de mi casa. - Os doy las gracias, le dije temblando, pero mis padres me encargaron mucho la honestidad y no me dejaron otros bienes. - No os turbéis, digna doncella, me dijo entonces grave y amoroso. Dios me ha hecho entrar en esta casa llamándome con vuestra modestia y la nobleza de corazón que vi en vuestras miradas y palabras. Los lazos más ocultos que me tienen sujeto a vuestro lado son muy fuertes, creedlo, y quiero que sean visibles y más fuertes aún de otro modo; son del corazón, y quiero que sean también de la ley. Dadme la mano. Y diciendo así me tomó la mano y dijo: - Sois mi esposa. Yo estaba tan fuera de mí, que no podía hablar y no le contestaba. Y él me dijo: - Hablad o apretarme al menos la mano. ¿Admitís la mía? Yo se la apreté y creo que dije «señor». Entonces me abrazó, y me creí, hijo mío, me creí su esposa... Aquí volvió a llorar la infeliz, y luego prosiguió diciendo: y con esto se detuvo un día más, ¡y fui tu madre!... No pudo continuar la pobrecilla, y su hijo la dejó llorar un poco, y luego la conhortó y dijo con mucho amor, que acabase su historia, porque la oía con mucho gusto. - No tengo más que decir, respondió su madre, sino que el caballero me dejó cuarenta escudos y se fue prometiéndome volver dentro de un mes, pero sin decirme cómo se llamaba ni de dónde era. Todo, hijo, me parece un sueño; y si tú no hubieses nacido por sueño lo tendría. Porque si no ¿cómo un hombre tan formal y virtuoso engañara así a una infeliz en pago de haberle recibido en mi casa? ¡Y te le pareces tanto!
Pensó un poco Pedro Saputo y dijo: - No os desconsoléis; aquel caballero no os engañó, no podía engañaros, sino que o murió o le sobrevino alguna desgracia, sea como quiera, que no le ha permitido volver a los brazos de una esposa que tan libremente y con tanta reflexión tomó del modo que habéis referido. No lloréis, no penséis más en esto; consolaos y sed feliz como lo habéis sido hasta ahora. Dejadlo todo, y alegrad vuestra imaginación con el bien y estado presente, que tantas otras envidian, como vos misma veis. Y en cuanto a mi casamiento no estéis solícita, que ya lo iré yo pensando, y veremos lo que nos estará mejor, puesto que no hay cosa que nos apremie.
Consolóse su madre, y no se habló más en el asunto. Acordóse en verdad Pedro Saputo de lo que había oído del padre que le daban, que hasta príncipe lo creían algunos, y de buena gana le hubiese hecho algunas preguntas a su madre; pero tuvo por más conveniente no seguir una curiosidad quizás inútil y no del todo bien vista en un hijo con su madre.














