domingo, 28 de julio de 2024

3. 15. Del pleite al sol.

Capítul XV.

Del pleite al sol.

Mas de Torubio, pozo, pou, finca, Cretas, Queretes, viña, viñedo


Este capítul, discreto lectó, no voldría que lo llixgueres, perque dirás: trufa, trufa: y ya veus que aixó es contra lo meu crédit y la estimassió del llibre. Be me hay dit a mí mateix, que no debía escríureu; pero me hay contestat, que yo no ting la culpa de que la tradissió haigue conservat este fet. Y pera descárrec de la meua consiensia ting que manifestá que yo, u crega o no u crega, si ha passat, potsé no va sé a Almudévar, pos ña qui u atribuíx a datres pobles. Anem al cas.

Diuen, pos, que mentres Pedro Saputo va está a la Cort, van ficá los del seu poble un pleite al sol, y que cuan va arribá de Saragossa y después que lo van saludá tots, lo van cridá un día a la plassa aon estáe ajuntat lo poble, y li va di un del consell:

- En mol dessich, oh fill, lo nostre Pedro Saputo, esperabem la teua vinguda a la vila pera donát cuenta de una cosa que ham fet y que tú en la teua molta agudesa y sabiduría mos has de ajudá a portá a bon terme y final cumplimén. Has de sabé que fará un mes vam ficá un pleite al sol... tal com va sentí aixó Pedro Saputo, va di:

- ¡Pleite al sol! Y va contestá un de la plassa: 

- Pleite al sol, sí, pleite al sol; perque sempre mos ferix de frente al camí de Huesca. ¿Anem cap allá? Mos ferix la cara; ¿Tornem de allá?, mos torne a ferí la cara. Y l’atre día a Simaco Pérez y a Calisto Espuendas los va passá que de tan feríls lo sol se van quedá segos; y com aixó ya ha passat atres vegades no volem que mos passo a tots, avui un, demá dos, perque después los de atres pobles mos farán momos y mos dirán ullets, garchos y guiñosos. Per naixó ham ficat un pleite al sol, y hasta que lo guañem y no mos ferixque mes de cara al camí de Huesca, no ham de pará. Y ya pots, tú que eres tan espabilat y tan aquell, mirá de fé que aixó no se pergue y traballá en los juches y lletrats, que be los paguem, que yo vach doná l’atre día una ovella mamia que me va tocá per als gastos.

- Pero, siñós, va di Pedro Saputo: ¿es possible que haigáu caigut a la mengua que estáu dién? ¿Pleite al sol hau ficat? ¿Qué dirán los atres pobles?

- Que diguen lo que vullguen, va contestá un atre bárbaro de la gentada; mes val que diguen aixó que no tornamos cèlios com aquell de Tortosa que cante en lo noi y lo mut de Ferreríes, y después no valgam pera res mes que fé bona música y fandangos, y mos faiguen la figa y no u veigam. Y ya pots traballá, sinó a volá d'icho puesto, que pareix que desde que has estat a la Cort del Rey ya no te coneixem. Y an estes paraules ne van seguí datres mes altes, acaloranse la gen de modo que Pedro Saputo va habé de sedí, y fen siñal de volé parlá, se van assossegá y van callá, y ell los va di:

- Yo tos dono paraula que lo pleite se acabará pronte, que no durará ni una semana, y que lo guañarem.

- ¡Be! ¡Be! ¡Viva Pedro Saputo! Y se va desfé la junta. Va preguntá quí ere lo lletrat que defeníe a Almudévar, y va aná a vores en ell y les demés pesses de aquell ajedrez.

Lo lletrat, despert com un mussol, li va di que efectivamen li habíen demanat los de Almudévar que los escriguere una demanda y querella contra lo sol, perque los feríe de cara cuan veníen cap a Huesca y cuan sen entornáen al poble, y que li volíen ficá un pleite; que primé los va di que ere un disparate, pero que no va pugué disuadíls; que después los va volé acolloná en los gastos que vindríen, y que an aixó habíen contestat que no faltaríen dinés; y que en efecte después habíe sapigut que se escotaben y reuníen una cantidat mol considerable. Per esta relassió va vore Pedro Saputo que no ñabíe estafa o malissia; sen va enriure en lo lletrat, y se va está passeján per allí dos díes, y al tersé per la tarde sen va entorná cap a Almudévar discurrín lo modo de eixí del pas, dixán als del seu poble per sabocs hasta la consumassió dels siglos.

Va convocá al poble per lo matí, y los va di desde unes pedres que habíen sigut los solamens y lo peu de una creu: 

- Fills de Almudévar, tos partissipo que ham guañat lo pleite al sol... No tos abalotéu; escoltéu: ya no tos tornaréu segos, ni tos podrán di ullets o garchos, perque no u siréu mai mes. La cosa ha passat de esta manera. Después de vore lo que se va alegá de la nostra part y lo que va contestá la contraria, vach aná a la justissia y li vach parlá llárgamen de la tirria que mos té lo sol, de lo tossut que es, mos ferix sempre de cara; y a forsa de les meues reflexions ha sentensiat al nostre favor; y yo, agarrán una copia de la sentensia, me la vach ficá an esta burchaqueta secreta del meu gabán, y diu aixó:

(¡Cóm van eixecá lo cap y obríen la boca pera sentíu!):

"A la siudat de Huesca, als set díes del mes de novembre del añ a Nativitate mil y tans deu catorse, yo la justissia, alcalde, corregidó, tribunal y definidó de causes, pleites y querelles de la terra y los planetes del sel; a la instansia que se seguix per lo consell y vila de Almudévar contra lo procuradó Benito Camela nomine y de part del sol de España; atento al que per les dos parts se ha alegat, y remitínme al prossés en tot cas tam in preses quam in futurum, declaro y fallo a justissia, ley, consiensia, y raó, y a nom y veu de la católica Majestat del Rey lo nostre Siñó (que Deu lo guardo), que lo consell y vila de Almudévar no demane cap gollería ni lo que diuen cotufas al golfo, peres al olm, sino lo que fa mols añs y hasta siglos que van pugué demaná en lo mateix dret y justissia que ara, y que lo sol de dabán no sigue osat de feríls de cara cuan vaiguen cap a Huesca y cuan sen entornon per lo matí...»

Aquí no va pugué ya aguantás la multitut, y van tirá los sombreros al aire cridán: ¡Viva Almudévar! ¡Viva Pedro Saputo! Y va durá un rato la alifara y selebrasió de la victoria.

Així que se habíen desfogat, va continuá Pedro Saputo y los va di: 

- Ara de eixes perres que hau arreplegat, que segons hay calculat passe de mil libres jaqueses, se podríe fé un pou de pedra pera tindre aigua abundán y bona a tot hora y tems, en una bassa, de la que se podríe passá l'aigua del sel después de aclarida y desenterbolida, com al Mas de Torubio de Queretes.

- ¡No, no!, va cridá una veu de la turba. ¿Aigua dius? Hasta la del sel mos fa nosa. Si hagueres dit una fon o un pou manantial de vi, entonses sí que hagueres assertat; pero d'aigua, ¡mal empleades perres! 

En un atra cosa u podem empleá. Escoltéu lo que passe: per ahí se están sorsín los muros y arruinanse a tota pressa, y día y nit tenim lo poble ubert; que se reforson los muros y faiguem unes portes ben fortes pera tancá de nit pera que no entron los lladres y no torno a passá lo fet de la semana passada, que van entrá a micha nit, van matá gossos, van assustá a la comare y al forné vell, y se van emportá a la filla de Jorge Resmello, a la Resmella, pos ya la coneixíeu; y la tornarán, sí, gora un rasco, o la dixarán que no valdrá pera res. Aixó es lo que ham de fé en eixes perres. Y van aplaudí tots al que aixó va di; y Pedro Saputo va callá, va eixecá los muscles, y sen va aná cap a casa seua, imaginán la ligeresa y fassilidat del vulgo, que igual aclamáe en vives com amenassáe de mort.

Pero, en efecte, lo lectó té que atindres al que hay dit al prinsipi: 

a sabé, que este fet es puro cuento, perque tanta simplissidat, tanta gran tontería, no cap a homens que caminen en dos peus y tenen los ulls a la cara. Ña qui assegure que van sé los de Loharre los del pleite al sol, uns atres diuen que los de Beseit, al Matarraña; yo dic lo mateix. Y tamé u hay sentit de un poble de Galissia y de dos de Andalusía. Pero de éstos y de tots, lo dit, dit. Conque lo lectó se servirá tindre este capítul per no escrit; de lo contrari lo acuso de roín y burlón y enemic de la pas dels pobles.


Original en castellá:

Capítulo XV.

Del pleito del sol.

Este capítulo, discreto lector, no quisiera que lo leyeses, porque vas a decir: trufa, trufa: y ya ves que esto es contra mi crédito y la estimación del libro. Bien me he dicho a mí mismo, que no debía escribirlo; pero me he respondido, que yo no tengo la culpa de que la tradición haya conservado este hecho. Y para descargo de mi conciencia debo manifestar que yo lo creo o no lo creo; y que si ha sucedido, quizá no fue en Almudévar, pues hay quien lo atribuye a otro pueblo, y aun a otros. Vamos al caso.

Dicen, pues, que mientras Pedro Saputo estuvo en la corte, pusieron los de su lugar pleito al sol, y que cuando llegó a Zaragoza y después que le hubieron saludado todos, le llamaron un día a la plaza en donde estaba ayuntado el pueblo, y le dijo uno del concejo: - Con mucho deseo, oh hijo nuestro Pedro Saputo, esperábamos tu venida al lugar para darte cuenta de una cosa que hemos hecho y que tú con tu mucha agudeza y sabiduría nos has de ayudar a llevar a buen cabo y final cumplimiento. Has de saber que habrá un mes pusimos un pleito al sol... Apenas oyó esto Pedro Saputo, dijo: - ¡Pleito al sol! Y respondió uno de la plaza: - Pleito al sol, sí, pleito al sol; porque siempre nos fiere de frente en el camino de Huesca. ¿Vamos allá? Nos fiere la cara; ¿venimos de allá?, nos torna a ferir la cara. Y el otro día a Simaco Pérez y a Calisto Espuendas les sucedió que de así ferirles el sol se tornaron cegatos; y como esto aconteció ya a otros en otras ocasiones pasadas no queremos que nos acontezca a todos, hoy uno, mañana dos, porque después los de otros lugares nos farán mueca y nos llamarán ojitos y guiñosos. Por eso hemos puesto pleito al sol, y hasta que le ganemos y no nos fiera más de cara en el camino de Huesca, no hemos de parar. Y ya puedes tú que eres tan agudo y tan aquel, mirar y fer que esto no se pierda y trabajar con los jueces y letrados, que al fin bien los pagamos, que yo dié el otro día una ovella que me tocó para los gastos.

- Pero, señores, dijo Pedro Saputo: ¿es posible que habéis caído en la mengua que estáis diciendo? ¿Pleito al sol habéis puesto? ¿Qué dirán los otros pueblos? - Que digan lo que quieran, respondió otro bárbaro de la turba; más vale que digan eso que no tornarnos cegatos y después no valgamos para cosa, y nos fagan la figa y no lo veigamos. Y ya puedes traballar si no a volar a d'icho lugar, que parece que desde que has estado en la corte del rey ya no te conocemos. Y a estas palabras siguieron otras más altas, acalorándose la gente de modo que Pedro Saputo hubo de ceder, y haciendo señal de querer hablar, se sosegaron y callaron, y él les dijo: - Yo os doy palabra que el pleito se acabará en breve, que no durará una semana, y que lo ganaremos. - ¡Bien! ¡Bien! ¡Viva Pedro Saputo! Y se deshizo la junta. Preguntó quién era el letrado que defendía a Almudévar, y fue a verse con él y las demás piezas de aquel juego.

El letrado le dijo que efectivamente le habían pedido los de Almudévar que les escribiese una demanda y querella contra el sol, porque les daba de cara cuando venían a Huesca y cuando se volvían al lugar, y que le querían poner pleito; que primero les dijo que era un disparate, pero que no pudo disuadirles; que después los quiso arredrar con los gastos que ocurrirían, y que a esto habían respondido que no faltaría dinero; y que en efecto después había sabido que se escotaban y reunían una cantidad muy considerable. Por esta relación vio Pedro Saputo que no había lo que él sospechara de estafas y malicia; se rió con el letrado, se estuvo paseando por allí dos días, y al tercero por la tarde se volvió a Almudévar discurriendo antes el modo de salir del paso, dejando a los de su lugar por tontos hasta la consumación de los siglos.

Convocó al pueblo por la mañana, y le dijo desde unas piedras que habían sido cimiento y pie de una cruz: - Hijos de Almudévar, os participo que hemos ganado el pleito al sol... No os alborotéis; oíd: ya no os volveréis cegatos, ni os podrán llamar ojitos y guiñosos, porque no lo seréis. La cosa ha pasado de esta manera. Después de ver lo que se alegó de nuestra parte y lo que contestó la contraria, fui al juez y le hablé largamente de la tirria que nos tiene el sol, y de su terquedad y trece de cuenta en herirnos siempre de cara; y en fuerza de mis reflexiones ha sentenciado a nuestro favor; e yo tomando una copia de la sentencia me la puse en este secreto de mi gabán, y es del tenor siguiente (¡cómo levantaron la cabeza y abrían la boca para escucharla!): «En la ciudad de Huesca, a los siete días del mes de noviembre del año a Nativitate mil y tantos diez catorce, yo el infrascrito juez, alcalde, corregidor, tribunal y definidor de causas, pleitos y querellas de la tierra y los planetas de cielo; en la instancia que se sigue por el consejo y villa de Almudévar contra el procurador Benito Gómez nomine y de parte del sol de España; atento a lo que por ambas partes se ha alegado, y remitiéndome al proceso en todo caso tam in preses cuam in futurum, declaro y fallo en justicia, ley, conciencia, y razón, y en nombre y voz de la católica majestad del rey nuestro señor (que Dios guarde), que el concejo y Villa de Almudévar no pide ninguna gollería ni lo que dicen cotufas en el golfo, sino lo que hace muchos años y aun siglos que pudieron pedir con el mismo derecho y justicia que agora, y que el sol en adelante no sea osado de ferilles de cara cuando vengan de Huesca y se vuelvan por la mañana...» Aquí no pudo ya contenerse la multitud, y tiraron los sombreros al aire gritando: ¡Viva Almudévar! ¡Viva Pedro Saputo! Y duró un rato la algazara y jubilación de la victoria.

Así que se desfogaron, continuó Pedro Saputo y les dijo: - Agora de ese dinero que habéis recogido, que según he calculado pasa de mil libras jaquesas, se podría hacer un pozo de piedra para tener agua abundante y buena en todo tiempo, con una balsa inmediata, de la cual se podría pasar el agua lluvial después de clarificada. - ¡No, no!, gritó una voz de la turba. ¿Agua dices? Aun la del cielo nos incomoda. Si heses dicho una fuente o un pozo manantillo de vino, entonces sí que heses acertado; pero d'agua, ¡bien empleado dinero! En otra cosa lo podemos emplear. Oíd lo que m'ocurre: por ahí se están cayendo los muros y arruinándose a toda priesa, y día y noche tenemos o lugar abierto; compónganse los muros y fagamos unas puertas bien fuertes para cerrar de noche que no entren os ladrones y no vuelva a suceder o fecho de la semana pasada, que entraron a media noche, mataron perros, asustaron a la comadre y el hornero viejo, y se llevaron a filla de Jorge Resmello, a Resmella, pues ya la conocías; y la volverán, sí, gora un rasco, o la dejarán que no valdrá para cosa. Esto, es lo que hemos de fer con ese dinero. Y aplaudieron todos al que eso dijo; y Pedro Saputo calló, se encogió de hombros, y se fue a su casa, imaginando en la ligereza y facilidad del vulgo que en una hora muda de afectos, aclamando con vivas y amenazando de muerte.

Pero, en efecto, el lector debe atenerse a lo que he dicho al principio: a saber, que este hecho es puro cuento, porque tanta simplicidad, tan gran tontería, no cabe en hombres que andan con dos pies y tienen los ojos en la cara. Hay quien asegura que fueron los de Loharre los del pleito del sol; digo lo mismo. Y también lo he oído de un pueblo de Galicia y de dos de Andalucía. Pero de éstos y de todos, lo dicho, dicho. Conque el lector se servirá tener este capítulo por no escrito; o de lo contrario le mando desde aquí para malévolo y le acuso de burlón y enemigo de la paz de los pueblos.

3. 14. Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Capítul XIV.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá. De una extraña aventura que los va passá an elles.

Pedro Saputo cride a sa mare a les festes del Pilá.

Desde la Cort habíe escrit al consell de Almudévar donanli cuenta de la seua comisió y diénlos que S. M. agraíe lo regalo, pero encarreganlos que u tingueren callat hasta la seua tornada, per serta raó que los diríe. Y arribat a Saragossa va escriure a sa mare roganli que vinguere a vore les festes y visitá a Nostra Siñora del Pilá.

Se va alegrá mol sa mare, y la resposta va sé presentás en una familia honrada de lo seu poble y emportanse en ella a la filla de sa padrina, que van vullgué aná a Saragossa y en tan bona compañía y al costat de una persona com la pupila no sels podíe negá tan natural y just dessich.

Pedro Saputo va entregá lo plec al Capitá General y li va di lo que de paraula li van encarregá S. M. y lo ministre. Lo preveníen a les seues lletres que ressibiguere mol be al portadó y missaché y que no despressiare los seus consells. En aixó lo virrey lo va convidá a minjá algunes vegades y lo va volé vore tots los díes. Sa mare, veénlo tratá en tan altes persones, donáe seguit grassies a Deu y no sabíe eixí del Pilá, costanlos traball a les pobres sagales tráurela pera fela seguí y vore la siudat.

Van arribá les festes, y lo virrey lo va convidá a vore la correguda de bous al seu balcó, sen entonses lo Cosso aon se corríen y torejáen los bous. Después se van refrescá, y cuan anáe ya a despedís va ressibí un billet. Lo seu sobre díe:

Per al caballé que esta tarde ha estat a la zurda del siñó virrey veén los bous, y portabe una sinta verda al pit. Y a dins va lligí:

"Demá a les dos de la tarde en pun tos aguarde a una casa, la porta es la segona a la dreta al carré de don Juan de Aragó entrán pel Carré Majó. 

- La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que va está al convén en Geminita

Lo fret de la mort va sentí a les seues entrañes al vore este recado; va sé la nova que mes profunda y cardinalmen lo va sobressaltá y va conmossioná la seua vida. Sen va aná inmediatamen de la casa y visita dién que lo cridáen, y ple de confusió sense podé casi fé eixí la respirassió del pit, anáe diénse:

¿Qué es aixó? ¿Ensomio o es verdat? ¡Sor Mercedes fora del convén! ¡La sensible y tendra sor Mercedes! ¿Qué li passaríe? ¿Qué li ocurriríe a la infelís? ¡Y en tans añs no habé sabut de ella! ¡Secreto gran seríe! Be que ella no sabríe quí era yo. Y ara ya u enteng; ¡me haurá vist, y me ha conegut! Obríu, sels, lo camí de San Pedro, y aquí estic per al sacrifissi que lo cas pugue demaná. Y va doná algunes voltes per los carrés pera calmás una mica, procurán en esfors y valor dissimulá la seua profunda cavilassió y tristesa pera no apená a la seua bona mare ni doná a entendre res a les dos sagales.

¡Quina nit aquella! ¡Quin día lo siguién! ¡Qué cambiat se va vore al espill! Li pareixíe que no ere lo mateix; y entre mil embolicades imaginassions va passá lo día y va sentí tocá les tres de la tarde a la Seo; conque se va disposá a aná a la casa de la sita. Lo cor li martelláe, les cames li fallaben, la espasa lo incomodabe, y hasta lo cos li volíe fugí y seguíe arrastrán la intensió de les passes. Va arribá al carré, y sense volé se va trobá a la porta. Va entrá, va cridá, van obrí, va pujá y a un replá de la escala se va obrí una porta; va entrá per nella donanli a cada pas mes forts y mes ansiosos batecs lo cor, cada vegada mes enarbolat. Va vore a una siñora mol ben vestida a la porta de una sala, que pareixíe aguardál; se va dirigí an ella, pero la siñora sen va aná al mateix pas que ell adelantabe cap an ella. Sén passes detrás, se torne a mirá en algún ressel, y veu a un atra siñora no menos ben vestida y misteriosa. Va seguí a la primera sense sabé si debíe saludales o callá, perque cap de elles parláe y no podíe vóreles la cara per la poca llum que permitíen unes cortines de Damasco a les vidrieres, que tampoc estáen del tot ubertes. La que anáe dabán va arribá hasta la finestra y se va pará; la que veníe detrás se va aturá tamé, y ell al mich de les dos, no adivinabe en qué pararíe alló ni podíe coneixe quina de elles siríe sor Mercedes. Mentres miráe a la una y a l'atra, elles guardán lo mateix silensio, van aná adelantán cada una hasta ajuntás en frente de ell entre dos alcobes que ñabíe y se van quedá a unes sis passes com dos estatues. Lo van está mirán aixina un ratet, y ell an elles: y después la que va vindre dabán va di mich en vers, pero en tono serio y fingín la veu, perque sinó lay haguere conegut:

Hau vingut al terré

ben engañat, per Deu;

no un cor, sino dos,

nessessitéu, caballé.


Ell, ixquere lo que ixquere, pero adoptán lo sentit cortessano, va contestá en serenidat y rapidés:


Si de amor es lo terré, 

en un ne ting prou, per Deu;

be pot serví a dos,

si se oferix, un caballé.


Y un atra vegada se van quedá mirán. Entonses la mateixa dels versos va di en la seua veu natural y en molta confiansa y ahínco: 

¡Ay, cèlio!, y van corre les dos a abrassál, ressibinles ell una mica dudós, preocupat sempre de la sort y desgrassia de sor Mercedes. Les va acabá de coneixe, y va exclamá:

¡Filles meues! Perque eren... ¿Quí se u habíe de imaginá? 

Eren Juanita y Paulina, que lo van coneixe al balcó del virrey y van discurrí aquella aventura pera fótreli un bon susto y disfrutá de la seua turbassió y zozobra. No acababen de alegrás, de mirál, de satisfé y assossegá lo cor ple de amor y de tendresa. Y agarranli les mans lo van entrá al estrat.

Van vullgué explicás; pero van preguntá tantes coses y tan atropelladamen, que en ves de contestá, perque ere impossible de aquell modo, va soltá ell tamé una llarga ristra de preguntes. Se van calmá poc a poc, y li van aná dién que estáen casades y habíen vingut a les festes en los seus homens; que Paulina teníe un chiquet de dos añs, y a Juanita se li habíe mort una chiqueta de un añ fée tres mesos; que los homens en una criada pera les dos, en lo huésped y atres forastés sen habíen anat als bous y de allí aniríen a les festes del Pilá hasta les nou de la nit anán de passada a refrescás a un atra casa; que habenlo conegut ahí al balcó del virrey habíen acordat cridál del modo que u van fé; y quedás avui a casa en algún pretexto, que may ne faltaben a les dones, pera vórel y dili que elles sempre eren les mateixes.

Les va preguntá si estáen contentes en la seua sort, y van di que no les penabe habés casat; que Juanita estáe entre be y mal, be per la casa y lo home, perque la casa ere mol rica y lo home un bonachón y calsonassos; y mes que be per lo seu sogre, que ere un home mol instruít y amable, pero que estáe mal per la seua sogra, perque en lo seu genio ere tres vegades sogra, igual per als demés que per an ella. Que Paulina habíe trobat gen sensilla y passífica fora de sé lo seu sogre una mica aspre y gorito, encara que de bona raó en general.

- Pero, ¿es possible, va di después Juanita, que en vóret hagam de torná sempre a sé sagales? ¿Y es possible que no sapigam quí eres después de tans añs? Pero lo día ha arribat; cuan estiguéu casades, vas di; y ya hi estem, cumplix la teua paraula.

- La vach a cumplí, va di ell; no tos u faré dessichá mes, perque be u mereixéu. ¿Hau sentit parlá de Pedro Saputo? Al sentí este nom se van quedá estupefactes, en la boca uberta, mudes, miranse la una a l'atra, miranlo an ell, y com recorrén a la seua memoria la historia de les seues aventures en ell desde lo novissiat.

Al final, va exclamá la mateixa Juanita: 

- ¡Tú, Pedro Saputo! ¡Lo Geminita, lo estudián, lo caballé, ara lo cortessano y home de palau! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podíe sé datre! Ya no me admiro de lo teu mol sabé, de la teua molta agudesa, del teu espabil, ni de res de cuan ham vist desde que te vam coneixe. ¿Qué extrañ que a totes mos vas engañá al convén finginte dona, fen lo que vas fé y que mos encantares de aquella manera?

Pero en fin, a tú te debem lo no habemos quedat allí sepultades pera tota la vida; a tú te debem...

Mira, Paulina, be mos podem perdoná los desatinos y locures que en ell ham fet. ¿Quí se resistix a les teues paraules? ¿Quí pot en ixa grassia? ¿Quí no creu triunfá cuan sense reflexió ni sentit se dixe portá del encán de les teues mirades y té tanta perfecsió y gallardía? - ¿Estás grillada, Juanita?, li va di ell. ¿Acabes y passam a un atre assunto?

- ¿Qué es concluí?, va di Paulina. ¿Quí pot acabá de admirás? 

¡Pedro Saputo, lo nostre antic y primé amán! ¡Oh!, sí que u eres, sí, no u dudem, si no eres algún dimoniet del infern. ¡Y tan segues natres, Juanita! ¡Y tan com ham sentit lo teu nom, no ensertá que sol tú podíes sé! Home y dimoni.

¿De aón has eixit? ¡Ay, cuántes torres haurán caigut als teus peus! ¡Cuántes fortaleses te s'haurán rendit! ¡Cuántes infelises deuen pensá en tú an este mateix instán, y plorá y afligís, mentres estás aquí en natres! Pero eres lo nostre, y de ningú mes; sí, lo nostre, encara que sigue un crimen díu. ¿Per qué te vam coneixe?

Va fé callá tamé a Paulina, y així parlán y tornán sempre al mateix se va passá lo tems hasta les nou; an ixa hora se va alsá y sen va aná cap a la fonda, dién que no podríe torná a vóreles; pero prometinles aná als seus pobles.

Se van acabá les festes del Pilá; van descansá tres o cuatre díes y elles sen van aná en los seus homens als seus pobles, y ell, a Almudévar en sa mare y les sagales.

A la seua arribada lo van visitá tots los del consell o ajuntamén, después de la formalidat y en lo afecte de sempre, los dos hidalgos y mich que ñabíe al poble, y los tres caballés que se donáe a entendre que u eren per tindre dos rucs y una somera y señí espasa los díes de festa. Als del consell va encarregá que parlaren poc de les tres figues, y los va di que pera librás de la baya del vejamen que los donaríen atres pobles no repararen en fótreli treballassos y cascots al simén del obra, y així creuríen que va ñabé an ella algún misteri. Y misteri habíe sigut la seua presensia a la Cort y la seua assistensia a palau.

Pero de habél vist en familiaridat y amic del virrey y de atres personajes no se admiraben, perque, encara que eren aldeans y sense món, be se 'ls alcansabe que Pedro Saputo ere home per an aixó y pera mol mes; ni tampoc se extrañáen de que Sa Majestat li haguere fet tan favor. Y tots se creíen honrats en la fama y gran persona de aquell fill del seu poble.


Original en castellá:

Capítulo XIV.

Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas.

Desde la corte había escrito al concejo de Almudévar dándole cuenta de su comisión y diciéndole que S. M. agradecía el regalo, pero encargándoles que lo tuviesen callado hasta su vuelta, por cierta razón que les diría. Y llegado a Zaragoza escribió a su madre rogándola que viniese a ver las fiestas y visitar a Nuestra Señora del Pilar. Alegróse mucho su madre, y la respuesta fue presentarse con una familia honrada de su pueblo y trayéndose consigo a la hija de su madrina, que quisieron ir a Zaragoza y con tan buena compañía y al lado de una persona como la Pupila no se les podía negar tan natural y justo deseo.

Pedro Saputo entregó el pliego al capitán general y le dijo lo que de palabra le encargó S. M. y el ministro. Preveníanle en sus letras que recibiera muy bien al portador y mensajero y que no despreciase sus consejos. Con esto el virrey le convidó a comer algunas veces y le quiso ver todos los días. Su madre viéndole tratar con tan altas personas, daba continuas gracias a Dios y no sabía salir del Pilar, costando trabajo a las pobres niñas sacarla para hacerla seguir y ver la ciudad.

Llegaron las fiestas, y el virrey le convidó a ver la corrida en su balcón, siendo entonces el Coso donde se corrían los toros. Después refrescaron, y cuando iba ya a despedirse recibió un billete cuyo sobre decía: Para el caballero que esta tarde ha estado a la izquierda del señor virrey viendo los toros, y llevaba una cinta verde en el pecho. Y dentro leyó: «Mañana a las dos de la tarde en punto os aguarda en la casa cuya puerta es la segunda a la derecha en la calle de don Juan de Aragón entrando por la Mayor. - La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que fue en el convento de Geminita.»

El frío de la muerte sintió en sus entrañas al ver este recado; fue la nueva que más profunda y cardinalmente le sobresaltó y conmovió en su vida. Fuese inmediatamente de la casa y visita diciendo que le llamaban, y lleno de confusión sin poder casi hacer salir la respiración del pecho, iba diciendo entre sí: ¿qué es esto? ¿Sueño o es verdad? ¡Sor Mercedes fuera del convento! ¡La sensible y tierna sor Mercedes! ¿Qué sucedería? ¿Qué le sucedería a la infeliz? ¡Y en tantos años no he sabido...! ¡Secreto grande sería! Bien que ella no sabría quién yo era. Y agora ya lo entiendo; ¡me habrá visto, y me ha conocido! Abrid, cielos, camino, y aquí estoy para el sacrificio que el caso pueda pedir. Y dio algunas vueltas por las calles para calmarse un poco, procurando con esfuerzo y valor disimular su profunda cavilación y tristeza para no afligir a su buena madre ni dar a entender nada a las dos muchachas.

¡Qué noche aquélla! ¡Qué día siguiente! ¡Qué demudado se vio en el espejo! Parecíale que no era el mismo; y entre mil revueltas imaginaciones pasó el día y oyó las tres de la tarde; conque se dispuso a ir a la casa de la cita. El corazón le latía, las piernas le flaqueaban, la espada le incomodaba, y hasta el cuerpo le quería huir y seguía arrastrando la intención de los pasos. Llegó a la calle, y sin querer se encontró en la puerta. Entró, llamó, abrieron, subió y en un rellano o descanso de la escalera se abrió de sí misma una puerta; entróse por ella dándole a cada paso más fuertes y más ansiosos latidos el corazón de punto en punto más alterado. Vio una señora muy bien vestida a la puerta de una sala, que parecía aguardarle; dirigióse a ella, pero la señora se fue entrando por la sala al mismo paso que él adelantaba hacia ella. Oye pasos detrás, se vuelve a mirar con algún recelo, y ve otra señora no menos bien vestida y misteriosa. Siguió a la primera sin saber si debía saludarlas o callar, porque ninguna hablaba y no podía verles el rostro por la poca luz que permitían unas cortinas de damasco en las vidrieras, que tampoco no estaban del todo abiertas. La que iba delante llegó hasta la ventana y se paró; la que venía detrás se paró también, y él en medio de las dos, no adivinaba en qué pararía aquello ni podía conocer cuál de ellas sería sor Mercedes. Mientras miraba ya a la una ya a la otra, ellas guardando el mismo silencio, fueron adelantando cada una de su punto a juntarse en frente de él entre dos alcobas que había y quedaron a unos seis pasos como dos estatuas. Estuviéronle mirando así un poco y él a ellas: y luego la que vino delante dijo medio en verso, pero en tono grave y fingiendo la voz, porque se conocía:

Habéis venido al terrero

Bien engañado, por Dios;

No un corazón, sino dos,

Necesitáis, caballero.

Él, saliese lo que saliese, pero adoptando el sentido cortesano, respondió con serenidad y presteza:

Si de amor es el terrero,

Uno me basta, por Dios;

Bien puede servir a dos,

Si se ofrece, un caballero.

Y otra vez se quedaron mirando. Entonces la misma de los versos dijo en su voz natural y con mucha confianza y ahínco: ¡Ah, ciego!, y corrieron las dos a abrazarle, recibiéndolas él un poco dudoso, preocupado siempre con la suerte y desgracia de sor Mercedes. Acabólas en fin de conocer, y exclamó: ¡Hijas mías! Porque eran... ¿Quién se lo había de imaginar? Eran Juanita y Paulina, que le conocieron en el balcón del virrey y discurrieron aquella aventura para causarle susto y gozar de su turbación y zozobra. No acababan de alegrarse, de mirarle, de satisfacer y sosegar el corazón lleno de amor y de ternura. Y tomándole las manos le entraron en el estrado.

Quisieron explicarse; pero preguntaron tantas cosas y tan de tropel, que en vez de responderles, porque era imposible de aquel modo, les soltó él también un largo borbollón de preguntas. Calmáronse poco a poco, y le fueron diciendo que eran casadas y habían venido a las fiestas con sus maridos; que Paulina tenía un niño de dos años, y a Juanita se le había muerto una niña de un año hacía tres meses; que los maridos con una criada para las dos, con el huésped y otros forasteros se habían ido a los toros y de allí irían a las fiestas del Pilar hasta las nueve de la noche yendo de paso a refrescar a otra casa; que habiéndole conocido ayer en el balcón del virrey habían acordado llamarle del modo que lo hicieron; y quedarse hoy en casa con pretextos que nunca faltaban a las mujeres, para verle y decirle que ellas siempre eran las mismas.

Preguntóles si estaban contentas con su suerte, y dijeron que no les pesaba de haberse casado; que Juanita estaban bien y mal, bien por la casa y el marido, porque la casa era muy rica y el marido un bonachón; y más que bien por su suegro, que era un hombre muy instruido y amable, pero que estaba mal por su suegra, porque con su genio era tres veces suegra lo mismo para los demás que para ella. Que Paulina había dado con gente sencilla y pacífica fuera de ser su suegro un poco áspero y gorito, aunque de buena razón generalmente.

- Pero, ¿es posible, dijo después Juanita, que en viéndote hayamos de volver siempre a niñas? ¿Y es posible que no hemos de saber quién eres después de tantos años? Pero el día ha llegado; cuando seáis casadas, dijiste; ya lo somos, cumple tu palabra. - La voy a cumplir, dijo él; no os lo haré desear más, porque bien lo merecéis. ¿Habéis oído hablar de Pedro Saputo? Al oír este nombre quedaron estupefactas, mudas, mirándose una a otra, mirándole a él, y como recorriendo en su memoria la historia de sus aventuras con él desde el noviciado.

Al fin, exclamó la misma Juanita: - ¡Tú, Pedro Saputo! ¡El Geminita, el estudiante, el caballero, ahora el cortesano y hombre de palacio! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podía ser otro! Ya no me admiro de tu mucho saber, de tu mucha agudeza, ni de nada de cuanto hemos visto desde que te conocimos. ¿Qué extraño que a todas nos engañases en el convento fingiéndote mujer, haciendo lo que hiciste y que nos encantases de aquella manera? Pero en fin, a ti te debemos el no haber quedado allí sepultadas para toda la vida; a ti debemos... Mira, Paulina, bien nos podemos perdonar los desatinos y locuras que con él hemos hecho. ¿Quién resiste a tus palabras? ¿Quién puede con esa gracia? ¿Quién no cree triunfar cuando sin reflexión ni sentido se deja llevar del encanto de tus miradas y llama suya tanta perfección y gallardía? - ¿Estás loca, Juanita?, le dijo él. ¿Concluyes y pasamos a otro asunto? - ¿Qué es concluir?, dijo Paulina. ¿Quién acabará de admirarse? ¡Pedro Saputo, nuestro antiguo y primer amante! ¡Oh!, sí que lo eres, sí, no lo dudamos, si no eres algún diablico del infierno. ¡Y tan ciegas nosotras, Juanita! ¡Y tanto como hemos oído tu nombre, no dar en que tú solo podías ser! Hombre y demonio, ¿de dónde has salido? ¡Ah, cuántas torres habrán caído a tus pies! ¡Cuántas fortalezas se te habrán rendido! ¡Cuántas infelices deben pensar en ti en este mismo instante, y llorar y afligirse, mientras estás aquí con nosotras! Pero eres nuestro, y de nadie más; sí, nuestro, aunque sea crimen decillo. ¿Por qué te conocimos?

Hizo callar también a Paulina, y así hablando y volviendo siempre a lo mismo se pasó el tiempo hasta las nueve; a esa hora se levantó y se fue a la posada, diciéndoles que no podría volver a verlas; pero prometiéndoles ir a sus pueblos.

Acabáronse las fiestas; descansaron tres o cuatro días y ellas se fueron con sus maridos a sus pueblos, y él, a Almudévar con su madre y las niñas. A su llegada le visitaron en cuerpo los del concejo, luego de formalidad y con el afecto que siempre, los dos hidalgos y medio que había en el lugar y los tres caballeros que se daban a entender que lo eran por tener caballo y ceñir espada los días festivos. A los del concejo encargó mucho que hablasen poco de los tres higos, y les dijo que para librarse de la baya del vejamen que les darían otros pueblos no reparasen en echarle la idea y la obra, y así creerían que hubo en ella algún misterio, como quiera que, al cabo, misterio había tenido su presencia en la corte y su asistencia en palacio.

Mas de haberle visto familiar amigo del virrey y de otros personajes no se admiraban, porque, aunque aldeanos y sin mundo, bien se les alcanzaba que Pedro Saputo era hombre para eso y para mucho más; ni aun de que a Su Majestad hubiese merecido tanto favor. Y todos se creían honrados con la fama y gran persona de aquel hijo de su pueblo.