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miércoles, 8 de mayo de 2019

LA CAPITULACIÓN DE LOS MOROS ZARAGOZANOS, siglo XII


2.49. LA CAPITULACIÓN DE LOS MOROS ZARAGOZANOS (SIGLO XII. ZARAGOZA)

Alfonso I el Batallador se había adueñado de Zaragoza y se aprestó a organizar la vida de la ciudad, en la que todavía permanecía la mayor parte de los musulmanes vencidos. Dio facilidades para que se quedaran quienes quisieran pagando los mismos impuestos que antes abonaban a las autoridades moras. Además, conservarían sus propias autoridades, legislación y religión, aunque reglamentaba el procedimiento a seguir en las causas entre ambos pueblos. Estas y otras condiciones de amparo tan benevolentes constituían una clara política de captación de los vencidos para que no abandonaran sus casas, si bien les obligaría a concentrarse en un barrio aparte, el de la morería, para evitar cualquier tipo de problema.
No obstante, aún no habían entrado los cristianos en la ciudad cuando había comenzado el éxodo. Alfonso I, preocupado por la sangría humana que este hecho suponía, además de las medidas indicadas, quiso tener un rasgo humano que pudiera convencerles para no huir.
Nada más tomar la ciudad, salió de ella y ordenó detenerse a la larga comitiva de moros, obligando a todos a que mostraran los bienes que cada uno llevaba consigo. Aparte de enseres útiles, aparecieron numerosos tesoros de todo tipo, pero el rey no cogió ni un solo anillo o copa de oro, siendo consciente de que aquella riqueza desaparecería con sus dueños.
No sólo no utilizó la fuerza que le proporcionaba su victoria inapelable, sino que les dijo: «Si no hubiera pedido que me enseñaseis las riquezas que cada cual lleva consigo, hubierais podido decir: «El rey no sabía lo que teníamos; en otro caso, no nos hubiera dejado ir tan fácilmente». Ahora podéis ir a donde os plazca, en completa seguridad». Y les puso una escolta especial para garantizar su integridad hasta los confines de sus dominios, cobrándoles sólo el «miqal» que cada persona estaba obligada a pagar antes de salir.
El cronista moro que narra estos hechos, en los que reconoce generosidad y caballerosidad por parte de Alfonso I, admite que muchos de los que pretendían abandonar Zaragoza, ante aquel gesto del rey cristiano, decidieron quedarse en las casas que sus familias habían poblado durante siglos, acogiéndose al estatuto de mudéjares.
[Lacarra, José María, Vida de Alfonso el Batallador, pág. 67.]



José María Lacarra y de Miguel (Estella, 24 de mayo de 1907-Zaragoza, 6 de agosto de 1987) fue un historiador, filólogo, medievalista y heraldista español, cuya especialidad fue el estudio de la historia de Aragón y de Navarra. Fue asimismo catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza, puesto que desempeñó durante más de cuarenta años hasta su muerte.
En 1923 viajó a Madrid, donde realizó simultáneamente estudios de Derecho e Historia. Alumno de Gómez Moreno, Millares Carlo y Sánchez-Albornoz, en 1930 se graduó e ingresa ese mismo año al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con destino en el Archivo Histórico Nacional. En 1933 obtiene su doctorado en Historia y su licenciatura en Historia. Pudo obtener una beca para estudiar en París de 1933 a 1934.


Durante la Guerra Civil Española, Lacarra realiza una fecunda labor de salvar el tesoro bibliográfico español. Una vez concluida la guerra, marchó a Zaragoza. En 1940 se le asigna la cátedra de Historia Medieval en su Universidad, que impartiría hasta su muerte. Ese mismo año es nombrado primer secretario general de la recién creada Institución Príncipe de Viana, cargo en el que permanecerá durante cuatro años1​. Ese mismo año lanzan el primer número​ de la revista en la cual él mismo colabora asiduamente.

En 1941 funda el Centro de Estudios Medievales de Aragón. Por llamamiento de la Diputación Foral de Navarra organizó excavaciones arqueológicas y restauraciones, las que recogería en su revista Príncipe de Viana.

Para 1945 fundó una revista titulada Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón. Entre 1949 y 1967 dirige la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, donde reorganizó el sistema creando incluso nuevos departamentos. Estuvo al frente de otras instituciones, como la Escuela de Estudios Medievales, la Universidad de Verano de Jaca y el Archivo de Protocolos de Zaragoza.

Destaca su labor como conferenciante a lo largo de su carrera, no sólo en España sino en el resto del mundo. Presentó sus estudios sobre la Edad Media española en Roma, Estocolmo y Texas. Fue invitado como profesor a varias universidades, entre ellas la Universidad de Berkeley. Fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Deusto en 1982 y por la de Zaragoza en 1985; la Universidad de Navarra, su tierra natal, le confirió tal distinción a título póstumo en 1989.

Los libros de Lacarra se centran principalmente en el estudio de Aragón y Navarra en la Edad Media, desde la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador hasta los honores y tenencias de Aragón en el siglo XI. Brindó especial importancia al desarrollo urbano de los núcleos aragoneses de población, sobre todo a Jaca. Como biógrafo, Lacarra analizó la vida y la psicología del Batallador, personaje que siempre le cautivó.

Principales trabajos de Lacarra:

Historia política del reino de Navarra (Caja de Ahorros de Navarra, Pamplona, 1972)5​
Aragón en el pasado (Col. Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1972)
Historia del Reino de Navarra en la Edad Media (Caja de Ahorros de Navarra, Pamplona, 1975)6​
Zaragoza en la Alta Edad Media (Historia de Zaragoza, I, Zaragoza, 1976)
Alfonso I el Batallador (Guara editorial, Zaragoza, 1978)
Colonización, parias, repoblación y otros estudios, 1981
Documentos para el estudio de la Reconquista y repoblación del valle del Ebro, 1981-1985
Investigaciones de Historia navarra, 1983
Estudios dedicados a Aragón, 1987




  •  (Jusué Simonena, 1993, p. 514)
    1.  «Príncipe de Viana - Número 1».
    2.  Doctores Honoris Causa (Universidad de Navarra)
    3.  Véase el prólogo a su libro Alfonso el Batallador, Zaragoza, Guara, 1978. ISBN 84-85303-05-9.
    4.  Lacarra De Miguel, José María (1972). Historia Política del Reino de Navarra 3. Pamplona: Caja de Ahorros de Navarra. ISBN 9788450056990. Archivado desde el original el 2015.


    jueves, 21 de junio de 2018

    LA RECONQUISTA ARAGONESA , AGUSTIN UBIETO ARTETA

    LA RECONQUISTA ARAGONESA , AGUSTIN UBIETO ARTETA

    15.1 . VICISITUDES DE LOS TERRITORIOS MUSULMANES DEL SUR

    Cuando en 1031 desaparece el último califa de Córdoba, al-Andalus
    se nos muestra dividido en más de cien reinos de taifas, división que tiene
    lugar cuatro años antes de que nazca el reino de Aragón (1035). «Al
    formarse los reinos de taifas cristalizaba definitivamente el ansia de
    individualismo de que habían hecho gala los musulmanes aragoneses
    durante generaciones. Recuérdese, si no, a la familia de los Banu Qasi y
    los intentos de los Tuyibíes hasta que Mundir ibn Yahya consiguió
    independizarse y formar el reino de Zaragoza» (J. BOSCH).


    Banu Qasi , Tuyibíes , Mundir ibn Yahya, Zaragoza


    —La inestabilidad fronteriza fue una constante en el valle del Ebro
    musulmán, de modo que los repartos sucesivos del reino Hudí acabaron
    por debilitar la taifa sarakustí. Por otra parte, los musulmanes
    zaragozanos financiaron y enriquecieron a los territorios cristianos del
    norte, sobreviviendo, más de lo que cabía esperar de sus fuerzas reales,
    merced al oro que entregaban a los reyes cristianos para comprarles la
    paz. Con el fruto de estos tributos, las parias, todos los reyes cristianos, los
    aragoneses entre ellos, pagaron los servicios militares y espirituales de
    nobles y clérigos, lo que originó una concentración de la tierra y, por
    tanto, del poder en sus manos, hecho que será importante para
    comprender la historia futura.




    En la segunda mitad del siglo XI y primeros años del XII, se está
    jugando el futuro del valle del Ebro. El valle del Ebro fue considerado por
    todos los gobernantes cristianos como zona expansiva, de ahí que
    lucharan entre sí y buscaran alianzas de conveniencia con los musulmanes
    sarakustanos. Las presiones más fuertes eran las de Castilla y Aragón-
    Pamplona. Alfonso VI no tomó Zaragoza para Castilla en 1086 porque
    la llegada de los almorávides y su victoria en Sagrajas (1086) frenó su
    avance al tener que ir a cortarles el paso, cambiando así el curso de la
    reconquista.



    Al-Mustain II (1085-1110) se salvó, pues, de los castellanos y logró
    también mantener su reino independiente de los almorávides, que habían
    sometido bajo su «protectorado» al resto de al-Andalus, pero no pudo
    evitar la pérdida de importantes poblaciones en la frontera con el reino de Aragón:
    Estada (1087), Monzón (1089), Naval (1095), Huesca (1096),
    Barbastro (1100), Tamarite (1104) y Ejea (1105-1106). Sarakusta estaba
    siendo cercada.

    A al-Mustain II le sucedió su hijo Abd-al-Malik (1110), pero para
    entonces los zaragozanos estaban divididos en dos bandos ante la
    solución a adoptar, y uno de ellos llamó a los almorávides que, tras tomar
    la ciudad, terminaban con la dinastía hudí y con el último reino de taifas.

    —Por otra parte, durante la desmembración del Emirato en el siglo
    IX, la familia berberisca de los Beni Razin había logrado, como tantas
    otras, independizar la antigua «cora» de Sahla respecto a Córdoba. Con
    Abderrahmán III, Sahla (Albarracín) tuvo que volver a la unidad, pero
    la familia Aben Razin subsistió para renacer con el reparto taifal (1031).

    «Los Beni Razín... saldrán adelante y seguirán su marcha, al igual que los
    Beni Hud de Zaragoza, y se mantendrán a flote, como islotes en un mar
    revuelto, hasta el último momento en que los almorávides —verdadero
    simún procedente del Sahara— acabarán con ellos». (J. BOSCH).

    —En definitiva, la toma de Toledo (1085) por Alfonso VI movió al
    rey de la taifa de Sevilla, al-Mutamid (1068-1091), a solicitar ayuda a los
    almorávides quienes, tras atravesar el Estrecho, vencieron en Sagrajas al
    rey castellano (1086).

    Tiene lugar ahora un fanático proceso de «africanización» y centralización de los reinos de taifas que, uno a uno, van cayendo bajo su poder. Ante este hecho, el señorío constituido por el Cid en Valencia había servido de tapón ante los almorávides.

    Sarakusta y Sahla tuvieron las espaldas cubiertas. Pero una vez muerto el
    Campeador (1099), Valencia no tardó en caer en manos de aquéllos
    (1102). Todos los reinos de taifas peninsulares habían pasado a manos
    almorávides excepto Sahla y Sarakusta, que ahora quedaban desamparados.
    Y, efectivamente, Albarracín caía en 1104, mientras que Sarakusta lo
    hacía en 1110.

    No obstante, el dominio almorávide en el valle del Ebro estaba
    sentenciado, asimismo. La toma por los reyes aragoneses de Ejea, Ayerbe,
    Huesca, Barbastro y Tamarite, como se ha indicado, suponía un jaque
    constante a Zaragoza y Lérida, independientemente de que el gobierno
    musulmán estuviera en manos taifales o almorávides.

    En efecto, el reino moro de Zaragoza, una vez perdida su capital en
    1118, se deshizo como la espuma. Los valles del Jalón, Jiloca, Huerva,
    Martín, Guadalope y Matarraña, por el sur, y los bajos valles del Aragón,
    Gállego y Cinca (menos Fraga), por el norte, cayeron entre 1118 y 1127,
    y aunque los almorávides recuperaron una gran parte al vencer a Alfonso
    I en Fraga (1134), está pérdida aragonesa será pasajera. De cualquier
    modo, Sarakusta permanecerá en manos aragonesas definitivamente, y Fraga y Lérida serán reconquistadas en 1149.

    El Bajo Aragón almorávide estaba condenado al jaque-mate.
    Este imperio almorávide, aglutinado por tribus berberiscas del norte
    de Africa, alcanzó en la Península una vida efímera, desde 1086 hasta
    1147; en el valle del Ebro, mucho menos. Sus sucesores, los almohades,
    también oriundos del Magreb, les sustituirán entre 1147 y 1214, pero el
    territorio aragonés se verá ya poco afectado por ellos, pues tan sólo
    sometieron los reinos taifales almorávides del sur, este y sudeste, para
    finalizar deshaciéndose, asimismo, en otras taifas, ahora almohades, tras
    ser vencidos en las Navas de Tolosa (1212) por un ejército compuesto
    por combatientes de todos los reinos cristianos peninsulares.

    Las tierras musulmanas convertidas en aragonesas tan rápidamente se
    vieron sumidas en una tarea múltiple: organizarse, repoblarse y asimilar
    a los musulmanes que quedaron en las ciudades reconquistadas, es decir,
    los «mudéjares», que van a representar un fundamental papel en el futuro
    de Aragón.

    15.2 . LA RECONQUISTA PROPIAMENTE ARAGONESA

    El particularismo montañés frente a los musulmanes no hubiera
    cristalizado durante tres siglos y medio (del VIII a mediados del XI) sin
    la doble ayuda franca y pamplonesa. Pues bien, Ramiro I (1035-1062)
    comenzó a sacudirse toda dependencia, aunque las ansias reconquistadoras
    aragonesas van a encontrar gran oposición por parte de pamploneses y
    castellanos, que también aspiraban a dominar y anexionarse las tierras
    musulmanas del Ebro, abiertas a cualquier ejército.

    Ahora, desde mediados del siglo XI, sin la suma de una serie de
    circunstancias favorables, Ramiro I y sus inmediatos sucesores no
    hubieran podido sobrepasar, quizás, la línea fortificada por Sancho III el
    Mayor. Gracias a esas circunstancias, Sancho Ramírez (1062-1094) y
    Pedro I (1094-1104) se van a quedar con sus ejércitos a las puertas de
    Tudela, Ejea, Zaragoza, Tamarite, Fraga y Lérida y, por vez primera,
    serán capaces de reconquistar por las armas dos posiciones musulmanas
    de relevante importancia: Huesca (1096) y Barbastro (1100). Había
    comenzado la toma del llano que conduce a Zaragoza. ¿Cuáles son esas
    circunstancias?

    —En primer lugar, uno de los principales problemas de la dinastía
    inaugurada por Ramiro I era el de su propia legitimidad. Pues, bien, su
    hijo Sancho Ramírez, entre 1073 y 1074, puso al joven reino en manos
    «de Dios y de San Pedro», es decir, de la Santa Sede, dirigida ahora por
    Gregorio VII, vasallaje que sería confirmado por Urbano II en 1089 y
    renovado en 1095, reinando ya Pedro I.

    El Papa, con su acrecentada autoridad temporal y espiritual, se convirtió en instrumento legitimador de la nueva dinastía. Aragón, así auspiciado y amparado, entró a formar parte, por derecho propio, del concierto de los estados occidentales.


    —Por otro lado, en 1076, el monarca pamplonés Sancho el de
    Peñalén era asesinado y los pamploneses elegían como rey al aragonés
    Sancho Ramírez, quien llegó a un acuerdo con Alfonso VI para repartirse
    el territorio navarro. Aragón se vio favorecido con la zona fronteriza con
    los musulmanes y con la montaña, aparte del denominado condado de
    Pamplona (que incluía la capital y Estella), por el que el rey aragonés se
    vio obligado a prestar vasallaje al castellano. Además de titularse «rey por
    la gracia de Dios de aragoneses y pamploneses», Sancho Ramírez dobló
    el territorio, lo que conllevaba una gran aportación en hombres y en
    recursos económicos.

    —La fragmentación taifal de los musulmanes debilitó militarmente a
    éstos, que ahora tendrán que comprar la paz con oro. El reino aragonés
    participó de ese reparto y las iglesias románicas del Pirineo, por ejemplo,
    van a ser uno de los frutos tangibles del renacimiento económico que
    ahora tiene lugar.

    —Aragón y la parte pamplonesa que le correspondió se convierten en
    ruta obligada de los mercaderes que pusieron en contacto dos economías
    bien distintas: la agraria del occidente europeo y la industrial de al-
    Andalus. Pamplona y Canfranc-Jaca contaron, desde tiempos de Sancho
    III el Mayor, con un arancel aduanero bien revelador del importante
    comercio que controlaban.

    —El afianzamiento, por último, de la ruta que penetraba por
    Roncesvalles y Somport propició la europeización de Aragón. Se cambió
    el rito eclesiástico indígena, el mozárabe, por el romano; se abandonó la
    ininteligible letra visigótica por la Carolina, origen de la actual; se extendió
    por todo el Reino el arte románico; se romanizó la Iglesia y nuevas
    órdenes religiosas de origen europeo sustituyeron a las locales; comenzó,
    en fin, toda una serie de alianzas matrimoniales con casas importantes del
    otro lado del Pirineo que rendirán pronto sus frutos en forma de ayuda
    militar, política, humana y técnica para la guerra.

    Todo cuanto llevamos dicho facilita, por un lado, la restauración
    urbana —que se concretará en el resurgimiento de Jaca, ahora capital del
    reino—, así como la espiritual; y, por otra parte, va a permitir progresar
    en la reconquista de las tierras bajas, a pesar de la oposición del rey
    castellano y de los musulmanes sarakustíes.

    El fuero otorgado a Jaca en 1076 servirá de modelo a muchas poblaciones cercanas al Camino de Santiago, tanto aragonesas como pamplonesas.

    Hasta alcanzar los límites del Aragón actual, aún quedan casi ciento
    cincuenta años de reconquista; aún quedan por incorporar otros muchos Aragones: el Aragón de la Tierra llana; el «regnum Caesaraugustanum»;
    la Extremadura aragonesa (asiento de las comunidades de Calatayud,
    Daroca, Albarracín y Teruel); las tierras del llamado Bajo Aragón,
    incluso un irredento Aragón de playas mediterráneas.

    15.3 . SIGNIFICADO DE LA OBRA DE ALFONSO I

    En 1035 nacía el reino cristiano de Aragón, en el norte; en 1039, el
    reino de Sarakusta pasaba a manos de la dinastía Beni Hud, en el sur.
    Mientras el primero luchaba por sobrevivir, el segundo atravesó un
    momento esplendoroso. Luego, tras unos compases de equilibrio,
    simbolizado, respectivamente, por la catedral de Jaca y por la Aljafería,
    obras coetáneas, la tendencia se invierte.

    Tras las toma armada de Huesca (1096) y Barbastro (1100), ahora se
    plantea la posesión de las ciudades de la misma línea del Ebro, frente a
    las que Sancho Ramírez y Pedro I todo lo más que pudieron hacer fue
    instalar posiciones de vigilancia y hostigamiento, como había ocurrido
    frente a Huesca con el famoso Pueyo de Sancho (hoy ermita de San
    Jorge) y Montearagón. Así, frente a Tudela, habían fortificado Arguedas
    (1084) y Milagro —«Miráculo, Mirador»— (1098); frente a Zaragoza, El
    Castellar (1091) y Juslibol (1101); ante Fraga, Velilla de Cinca (1109);
    frente a Lérida, Almenar (1093). Pero ahí había quedado todo.

    El reino que heredó Alfonso I (1104-1134) adolecía de poder militar
    efectivo. Estaba bastante bien preparado para la defensa del Aragón
    montañoso, pero no para acometer con éxito la reconquista del llano:
    faltaban fuerzas de caballería para oponerse a la caballería musulmana;
    carecía de efectivos humanos; no disponía de máquinas guerreras con las
    que abatir los muros que rodeaban a las ciudades sarakustíes; la nobleza,
    en fin, no estaba especialmente interesada en la reconquista.

    Alfonso I propició una táctica nueva: conceder privilegios y
    exenciones ventajosas a quienes colaboraron con él en la reconquista del
    sur; crear cuerpos de caballería no nobiliaria, es decir, de villanos, incluso
    fundando una especie de orden militar en Belchite; fundamentar una
    nueva legislación jurídica distinta de los fueros de Jaca o de Sobrarbe,
    totalmente desfasados ante las nuevas necesidades; convocar a los
    hombres del otro lado del Pirineo, en virtud de los lazos de amistad y
    parentesco que le unían con distintas casas condales francesas; adquirir en
    Francia ingenios bélicos para batir y asaltar murallas; conseguir del papa
    una «bula de cruzada» que atrajera hombres para tratar de incorporar
    Zaragoza, la auténtica llave del Ebro medio.

    A pesar del intento almorávide de defender el «Regnum Caesaraugustanum» (de cuya capital se habían apoderado en 1110, deponiendo al último Beni Hud) y el actual Bajo Aragón, Alfonso I reconquistó las tierras cuyo perímetro delimitan Tamarite (1107), Ejea (1105-1106), Zaragoza (1118), Tudela (1119), Soria (1120), Calatayud (1120), Molina de Aragón (1128), Celia (1128), Morella (1117), Mequinenza (1133) y Fraga (1134). En menos de treinta años incorporó un territorio casi cuatro veces mayor que el heredado de su hermano Pedro I.

    Muerto el Batallador tras su derrota en Fraga (1134) sin haber
    llegado al mar, como deseaba —por la oposición del barcelonés Ramón
    Berenguer III, que llegó incluso a pactar con el reyezuelo de Lérida
    (1120)—, será precisamente por aquí por donde el contraataque
    almorávide estuvo a punto de recuperar todo lo ganado por Alfonso I.

    15.4 . LA CRISIS POLÍTICA TRAS LA MUERTE DEL BATALLADOR

    La muerte de Alfonso I, aparte de las inmediatas pérdidas
    territoriales, abrió una grave crisis de gobierno. La propia ciudad de
    Zaragoza y todo el «Regnum Caesarugustanum» estuvieron en juego,
    como en la época de Alfonso VI. ¿Serían para Castilla, para Navarra o
    para Aragón?

    Tiene lugar ahora un drama, cuyos actores principales son:
    Alfonso VII de Castilla-León, García Ramírez de Navarra, Ramiro II el Monje de
    Aragón, el conde barcelonés Ramón Berenguer IV y las Ordenes
    Militares a las que Alfonso I había dejado como herederas del Reino.

    Nadie, excepto las Ordenes Militares interesadas, acató tan singular
    testamento. Navarra, que había estado unida a Aragón desde 1076, se
    independizó con García Ramírez «el Restaurador»; Alfonso VII el
    Emperador se apoderó de Zaragoza (1134-1136), donde fue recibido
    como libertador, e incluso entregó al monarca navarro el «Regnum
    Caesaraugustanum» en vasallaje; Ramiro II, hermano de Alfonso I,
    abandonó el monasterio donde profesaba, a petición de los barones
    aragoneses, para convertirse en rey y procurar una descendencia; el conde
    barcelonés Ramón Berenguer IV casó con la recién nacida hija de
    Ramiro II el Monje; las Ordenes Militares, muy a pesar suyo, accedieron
    al fin al incumplimiento del testamento que les era favorable, pero a
    cambio de determinados privilegios. El resultado de esta trama será
    múltiple, destacando, entre otros, los siguientes hechos:

    Navarra y Aragón no volverán a tener una monarquía común
    hasta los Reyes Católicos. Su frontera, hasta mediados del siglo XIII, será
    conflictiva y movediza, aunque esta nueva Navarra se encontró ahora
    cercada por el sur, sin tierras que reconquistar.

    —Como consecuencia de las alianzas y pactos del conflicto originado
    en 1134, las tierras del «Regnum Caesaraugustanum», reconquistadas por el Batallador, seguirán dependiendo del rey de Aragón, ahora de manera
    definitiva.

    —Las Ordenes Militares beneficiadas por el testamento de Alfonso I,
    tras renunciar a él, se van a convertir en garantes y repobladoras del bajo
    Ebro y del Maestrazgo.

    Petronila, hija de Ramiro II, fue casada, cuando sólo tenía unos
    meses, con el conde barcelonés Ramón Berenguer IV, (1137), dando
    origen a lo que, andando el tiempo se conocerá como Corona de Aragón,
    cuyos límites máximos estaban todavía por labrarse.

    15.5 . EL REINO DE ARAGÓN ALCANZA SUS LÍMITES MÁXIMOS

    Una vez solucionada la crisis, Ramón Berenguer IV, como mero
    príncipe de Aragón, y los inmediatos sucesores de éste y de Petronila
    Alfonso II, Pedro II y Jaime I— van a completar la reconquista
    propiamente aragonesa (diferenciada de la catalana, primero, y de la
    valenciana, después), incluso con territorios que hoy no son aragoneses.

    —Ramón Berenguer IV (1137-1162) reconquistó Chalamera (1141),
    Alcolea, Ontiñena (1147), Fraga, Lérida y Mequinenza (1149), Híjar,
    Albalate (1149), Huesa (1151), Alcañiz (1157), Monreal y Castellote,
    entre otras plazas, organizando en el Bajo Aragón y en el curso del Jiloca
    una importante línea defensiva, al estilo de la levantada en su día por
    Sancho III el Mayor en el Prepirineo.

    —Alfonso II (1162-1196), a quien su madre Petronila había
    transmitido el título de rey de Aragón, reconquistó todo el valle del Ebro,
    con Nonaspe, Gandesa, Horta de San Juan, Valderrobres (1169) y la
    zona costera entre Tortosa y Vinaroz, con lo que lograba para Aragón la
    ansiada salida al mar. Por otra parte, apoyado en la línea fortificada por
    su padre, reconquistó una gran parte de tierras hoy turolenses, con
    Montalbán, Aliaga, Cantavieja, Mora y Teruel (1170).

    Pedro II (1196-1213), más atento a los intereses de la Corona de
    Aragón en el sur de Francia, apenas si pudo recuperar para el reino de
    Aragón algunas tierras al sur de Mora de Rubielos y la zona de Ademuz
    (1210).


    Pedro II, Huesca, Osca, 1196, aragonés medieval

    —Jaime I (1213-1276), por fin, recuperaba el resto del Maestrazgo,
    en su vertiente mediterránea castellonense, antes de que se lanzara a la
    reconquista de lo que luego sería Reino de Valencia, independiente de
    Aragón.

    —Por fin, el señorío independiente de Albarracín de los Azagras
    navarros era incorporado en 1284.

    Ahora bien, entre 1239 y 1300 (excepto un fragmento de Ribagorza, que se perdió casi con seguridad en el siglo XIX), una buena parte de las,
    en esos momentos, tierras aragonesas, como se observa al considerar el
    sistema jurídico y administrativo aragonés, pasaron a depender del
    Principado de Barcelona y del Reino de Valencia, respectivamente. En
    este proceso desmembrador territorial aragonés, en el que se incluye la
    salida al mar, Jaime I, el más antiaragonés de los monarcas de la Corona
    de Aragón, será el máximo exponente.

    15.6 . DESARROLLO DE LA CORONA DE ARAGÓN

    En 1137, el matrimonio de Petronila y Ramón Berenguer IV sentaba
    las bases de lo que, andando el tiempo, se constituyó en Corona de
    Aragón, aun cuando en aquel momento los territorios aliados ni siquiera
    estaban unidos geográficamente, puesto que los separaban ambos
    condados de Pallars, más el de Urgell y los almorávides de Lérida. El
    concepto geográfico, político e institucional de la Corona de Aragón es el
    doble fruto de la reconquista peninsular, de un lado, y de la expansión
    mediterránea, por otro.

    —La reconquista peninsular, a partir del siglo XII, es consecuencia
    del equilibrio de fuerzas entre Castilla-Corona de Aragón y Castilla-
    Portugal. Navarra, cuyo papel fue fundamental hasta mediados del siglo
    XI, quedó ahora ahogada, como se ha indicado.

    La frontera entre las Coronas de Castilla y de Aragón fue gestándose
    poco a poco, merced a sucesivos tratados entre ambas —Tudilén (1151),
    Cazola (1179), Almizra (1244), Campillo (1304) y Monreal (1305),
    entre otros— y a la dinámica interna de cada Corona.

    En la de Aragón, la nobleza aragonesa opuso resistencia a la expansión, en tanto que la catalana la apoyó.
    Lo cierto es que en 1305, con la incorporación definitiva de la zona
    de Villena-Alicante-Elche-Orihuela y la renuncia a la de Cartagena y mar
    Menor, había finalizado para la Corona de Aragón la reconquista
    peninsular.

    —La expansión mediterránea es consecuencia, entre otras causas, de
    la finalización de la reconquista peninsular. El Mediterráneo será la espita
    de escape tanto de una organización social secularmente guerrera como
    de la necesidad de captar nuevos mercados para el comercio, fundamentalmente catalán. De ahí que, a finales del siglo XIII, las Coronas de
    Castilla y de Aragón pactarán, asimismo, como lo habían hecho para la
    Península, las respectivas zonas de influencia en el mar común. El tratado
    de Monteagudo (1291) será, en adelante, la base legal de la expansión
    catalano-aragonesa por el Mediterráneo.

    —La Corona de Aragón, tan lentamente gestada, va a ser un amasijo
    de entidades políticas muy diversas, incorporadas en fechas distintas y con alternativas territoriales, según las épocas, de forma que el mapa es
    cambiante. Algunas dependieron, incluso, de súbditos catalano-aragoneses
    en determinados momentos, pero no de la Corona, cual es el caso de los
    ducados de Atenas y Neopatria, en Grecia, fruto de las correrías de
    catalanes y aragoneses a comienzos del siglo XIV, los almogávares, y que
    no pasarían a depender de la Corona propiamente dicha hasta 1381.

    Algunas de las entidades constitutivas de la Corona de Aragón eran
    reinos: Aragón, Mallorca (independiente desde la muerte de su
    reconquistador, Jaime I, hasta 1344), Valencia, Sicilia (entre 1282-1296
    y 1409-1713), Cerdeña (entre 1322 y 1708), Córcega (cuya ocupación
    por parte de los reyes de Aragón fue más nominal que efectiva, y sólo en
    determinados momentos) y Nápoles (ocupado por Alfonso V en 1443 e
    integrado a la Corona hasta 1707).

    El conglomerado resultante incluyó, asimismo, ducados (Atenas y Neopatria, dependientes de pleno derecho sólo entre 1381 y 1385), un marquesado (Provenza, aunque de forma muy intermitente), condados (Barcelona, Urgel, y Rosellón) y un señorío, el de Montpellier.

    Cada una de estas entidades políticas tuvo, dentro de la Corona de Aragón, independencia administrativa, económica y jurídica. Les unía a todas la misma cabeza en calidad de rey, duque, marqués, conde y señor a la vez.

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    Las tierras del Valle del Ebro, por las que avanzaba la conquista cristiana desde los enclaves pirenaicos y de Pamplona, formaron la Marca Superior de Al-Andalus a partir del año 713. Durante más o menos cuatro siglos, y en el área geográfica desde La Rioja y Ribera del Ebro hasta el Cinca (La parte Occidental de la Marca) se produjeron sintonizados sucesos políticos narrados en este libro, que, por aproximación, se titula Aragón musulmán.



    Este imbécil forastero que puso Pablo para dar pena y ganar votos tiene enchufada a su mujer en la universidad de Zaragoza, una universidad donde tienen departamento de catalán pero no de valenciano. sie-manifesta-cosa-tots-homens 

    http://www.roldedeestudiosaragoneses.org/bloque-3-historia-de-aragon-i-113/

    Bloque 3. Historia de Aragón I , Miguel Ángel Pallarés Jiménez


    Vamos a abordar la evolución histórica de nuestra comunidad autónoma, desde los tiempos previos a la romanización hasta los últimos momentos de Aragón como reino. Diferentes culturas y civilizaciones han dejado su impronta en el suelo que pisamos, y de todo ello somos herederos los aragoneses actuales. Los pueblos prerromanos de raíz indoeuropea, ibérica y vascona experimentaron el contacto, pacífico en ocasiones y conflictivo en otras, con una realidad, la romana, que se impondría en el ámbito mediterráneo. Roma impuso su ley y su cultura en un proceso en el que también recibió influencias. Tras el establecimiento visigodo, la imposición en gran parte del territorio aragonés del Islam (suministrador de un notable legado), encontró resistencia en las montañas pirenaicas.

    Ahí se gestó el reino de Aragón, dotado de leyes e instituciones propias, que creció hacia el Sur y se consolidó tras la unión dinástica con la casa condal de Barcelona, adquiriendo una nueva dimensión como cabecera de la Corona de Aragón, muy influyente en la política mediterránea de la baja Edad Media.
    La incorporación de Aragón a otro proyecto de mayor envergadura, la monarquía hispánica que forjó un imperio mundial durante la Edad Moderna, significó para el reino una progresiva pérdida de identidad al no poder afrontar los retos que planteaba esa nueva situación.
    Recursos en red
    También puede ser de interés el libro de Agustín Ubieto Leyendas para una historia paralela del Aragón medieval(Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1998-2010), que se encuentra en libre acceso en http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/30/14/_ebook.pdf



    La conquista del reyno de Nápoles, con todas las cosas que Gonçalo de Fernandes ha fecho despues que partió de España. Estudio y edición de una crónica anónima de 1505

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    La imprenta de los incunables de Zaragoza y el comercio internacional del libro a finales del siglo XV

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    Apocas de la receptoría de la inquisición en la zona nororiental de Aragón (1487-1492), con algunas otras noticias de interés sobre dicho tribunal en este reino.

    Apuntes de Historia y Cultura de Aragón I

    Bardenas